Capítulo 32.

El mal de amores... ¿mata?


Olvidé el asunto del anillo tan pronto como escuché el nombre de Jacob. Me adelanté al príncipe y caminé en dirección al Salón del Trono sin entender la situación. ¿Realmente había escuchado bien? ¿Qué mierdas hacía él aquí? Hasta donde había entendido Heidi había atacado a Quileutendom y las pocas personas que habían logrado escapar se habían escondido en el bosque para protegerse. ¿Dónde mierdas había quedado la lógica de esto?

Empujé la gigantesca y pesada puerta de madera, asomando únicamente la cabeza. Mis intentos de discreción se fueron al grano en cuanto el príncipe llegó por detrás, dándome un susto que me hizo brincar al frente y quedar expuesta ante los reyes.

Hice una torpe reverencia mientras pensaba en qué decir o hacer.

-Muchacha – dijo la Reina con voz amable - ¿Se te ofrece algo?

-¡Pero si eres tú! - Jacob caminó a mí y tomó mis manos. Le miré a los ojos y encontré en ellos un destello de complicidad que me advertían el mantener la boca cerrada hasta que él aclarara las cosas.

-¿Ustedes se conocen? - preguntó el Rey

-Desde pequeños, Su Majestad. - informó el moreno – Ella nació en mi reino, desafortunadamente, a muy temprana edad, perdió a sus padres, quienes han sido los sirvientes más fieles que hayan existido. Como agradecimiento por su lealtad, mi familia decidió criarla hasta que ella pudiera escoger su propio destino. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, desde que ella conoció a la princesa Alice y decidió hacerle compañía. Me imagino que en cuanto escuchaste mi nombre corristeis a ver si se trataba de mí, ¿no es así?

Me limité a asentir torpemente. Debía admitirlo, la imaginación de Jacob era magistral.

-¿Cómo has estado? - se dirigió a mí, revisando mis manos y tentando delicadamente sus cortadas con gesto serio. Fue una pregunta sincera, exenta del teatro que habíamos montado; simple, tan común, ¿pero por qué se me había erizado la piel?

-Ya hablaremos después – agregó ante mi silencio. Pellizcó mi mejilla y sus ojos se dirigieron más allá de mi espalda, a donde Edward estaba, e hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo – Un placer, su Majestad.


Jacob y Sam se habían marchado a las habitaciones que le habían preparado los sirvientes tras la breve charla con los Reyes y el príncipe. Tuve suerte de que se me encargara servir el té. Estaba preocupada de cómo mi amigo actuaría frente a Edward, cuando era evidente que se estaba esforzando por no mostrarle algún tipo de descortesía enfrente de más personas.

Heidi no apareció. Una de sus sirvientas dio el aviso de que su ama tenía una jaqueca que le obligaba a permanecer en cama. Creí que nadie tragaría tan barata excusa, pero al parecer las mujeres del siglo XII eran tan delicadas que incluso el piquete de un zancudo las hacía desfallecer.

Edward fue a verla en cuanto se enteró. Vaya idiota...

Iba de regreso a la cocina cuando me lo encontré de regreso en el pasillo. Decidí ignorarlo. Era una pérdida de tiempo demostrar interés por alguien que días atrás decía amarte y ahora corría en cuanto escuchaba que la bruja de su prometida (la cual no eres precisamente tú) estaba "enferma".

-¿No se te olvida algo? - dijo en cuanto pasé a su lado. Me detuve y le miré- Y ahora me haces ese gesto.

-¿Cuál?

-¡Me estás mirando por encima del hombro!

Blanqueé los ojos y volví mi cuerpo frente a él.

-Tendrías que ver qué tan levantada tienes la barbilla y tus manos... tus manos están sobre tus caderas. Es como si estuvieras molesta porque te he dirigido la palabra.

-¿Y qué si lo estoy? ¿Acaso por qué eres el príncipe no puedo guardar algún tipo de apatía por ti?

Él parpadeó.

-Dijiste que había olvidado algo, ¿qué es? - apresuré.

-Mírate. No deberías de actuar tan segura de ti misma sólo porque un príncipe amigo tuyo está cerca.

-Y tú no deberías de hablar por los demás como si fueras un lector de mentes. Por si no lo sabes, no necesito de nadie para decir o hacer lo que se me venga en gana.

Di un paso hacia el frente, decida a marcharme. Entonces su mano asió mi brazo y me hizo retroceder. Fruncí el ceño al mirarle.

-Toma – me dio el anillo. Estábamos justo al lado de una ventana, así que no lo dudé dos veces y lancé la sortija al exterior con todas mis fuerzas.

El príncipe palideció y se asomó por la ventana, con los ojos abiertos como platos.

-¿Qué habéis...? ¿Qué habéis hecho? - musitó, aún mirando hacia afuera. Después de dos segundos, dio media vuelta para encararme – Fue un accidente, ¿no? Corre, vamos a buscar...

-No quiero.

-¿Qué?

-¡Dije que no quiero!

-¿Acaso has enloquecido?

-Te lo advierto: vuelves a mencionar una maldita palabra sobre esa boda, compromiso o lo que sea en frente de mí, y no será un anillo el que salga disparado por la ventana.

Caminé sin dar oportunidad a que dijera más. Lo escuché llamarme, pero esta vez no me detuve. Si él creía que yo iba a estar allí para rogarle o sufrir mientras obedecía sus caprichos, estaba más que equivocado.

¡Ve y cásate con esa mujer!, ya quiero estar allí para reírme cuando recuperes la maldita memoria y te arrepientas de tu estupidez; entonces haré que supliques perdón de rodillas. Me sentaré sobre tu espalda para lavarme los oídos con tu llanto y...

Su mano alcanzó mi muñeca. Choque eléctrico: de pies a cabeza. Mi determinación se estremeció. Me obligué esquivar esos ojos esmeralda si es que quería mantener algo de voluntad conmigo.

-¿Ahora qué?

-No has ido con mi padre, ¿verdad?

-No hace falta

Él suspiró

-Eres agresiva, grosera e imprudente, jamás te he visto bordar, danzar, cantar o hacer alguna gracia propia de mujeres, pero sí te he visto practicar y usar un arco y soportar el dolor como un hombre... ¿De qué mundo vienes?

De uno que has olvidado.

-No te rías, pero creo que existen – continuó, con una sonrisa avergonzada – Mundos alternos... o algo así. Me equivoco, ¿verdad?

Me encogí de hombros en respuesta. Ambos sonreímos. Él pareció olvidar el asunto del anillo. Hizo un gesto, por un momento me lo imaginé metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla. Te extraño, idiota.

-Canto.

-¿Eh?

-Y también soy buena con algunos instrumentos de música – balbuceé

-¿Entonces por qué...?

-Porque hay alguien a quien no pude proteger en el pasado. Ahora quiero que sea diferente. -Oye – agregué, sin poder contenerme

-¿Qué?

-Tú... ¿te enamorarías de alguien como yo?


Rosalie Hale

-Rose...

-¡Shhh! No hagas preguntas y sólo sígueme.

Arrastré a Emmett por los pasillos lo más rápido que mis pies me lo permitieron.

-¿Sucede algo?

-¡Shhh! - volví a repetir mientras lo obligaba a esconderse detrás de unas paredes para cuando un par de sirvientas aparecieron en nuestro camino.

El moreno me vio con ojos desconcertados mientras yo me asomaba para verificar si el camino había quedado libre de intrusos. Entonces lo jalé de la camisa e hice que corriera hasta llegar al último cuarto del pasillo. Abrí la puerta con la llave que llevaba preparada en las manos, lo metí de un empujón y cerré detrás de mis espaldas con una patada de caballo.

-Rose... ¿pasa algo malo?

-Depende

-¿Depende? ¿Depende de qué? Rose... me estás asustando.

Sonreí en la oscuridad y me acerqué hasta rodear su cuello con mis brazos.

-No me digas que realmente te da miedo que estemos solos aquí, en este cuarto solitario y oscuro.

Vi en sus ojos que había entendido a lo que me refería. Una sonrisa traviesa se pintó en sus labios. Sus manos se acomodaron en mi cintura, pegué mi cuerpo al suyo, su espalda chocó contra la pared, me puse de puntitas y mi boca se quedó a una escasa distancia de la suya. Saboreé su aliento. Él intentó besarme pero lo detuve. Me gustaba juguetear de esa manera, ver que no era la única que se moría de ganas por comernos a besos, pero sobre todo, me encantaba esa sensación de control sobre él.

Debí de haber dejado por un momento mis estúpidas niñerías. Al menos así lo hubiera podido besar antes de que la puerta se abriera de par en par, mostrando la figura de mi futura suegra.

¿Acaso la señora no tenía nada que hacer más que acosarnos?

Me alejé de Emmett y salí sin necesidad de que se dijera palabra alguna. No sabía si llegar a ese punto era bueno o malo. Me sentía como un cachorro bien domesticado.

Tomé asiento frente a la mesita del centro ubicada en mi habitación, cogí de mal humor la manta que había estado bordando durante los últimos días. La tomé por las puntas y la vi con detenimiento. Haciendo a un lado mi genio de bruja, esto apestaba. Mi falta de talento para las artes culinarias quedaba más que demostrado cuando, en lugar de una flor, parecía que estaba bordando una añara. Y no sólo eso, la tarde pasada había hecho explotar una olla de barro mientras aprendía cómo hacer una jodida sopa de abas, y hoy por la mañana, antes de secuestrar a Emmett, me di cuenta que había matado a una inocente petunia. Aún no comprendía que había estado mal en mis cuidados, pero de lo que sí estaba segura es que la reina me iba a matar cuando se enterase.

Rechiné los dientes. ¡Quería estar con Emmett, no tejiendo estúpidas mantitas inútiles!

Un par de sirvientas arribaron poco después. Llevaban noticias: nuevos invitados habían llegado al castillo para la fiesta de Edward y la Reina había ofrecido el castillo para alojar a unos cuantos. Una comida se serviría en su bienvenida y yo, como prometida del príncipe, debía de estar presentable para la ocasión.

Comenzó nuevamente el ritual: un baño con aceites aromáticos y agua caliente antes de perderme en un hermoso vestido de seda. Si algo no soportaba era que me dieran tirones en el cabello, así que eso lo dejé en mis manos, por el propio bien de las chicas que me acompañaban. Me hice un sencillo tocado, el cual adorné con unos cuantos mechones de cabello sueltos a los costados de mi rostro.

-Lady Rosalie, sois realmente hermosa.

-Gracias – ronroneé mientras me veía en el espejo.

Emmett me esperaba en las escaleras.

-¿Todo bien? - preguntó, tomando mi mano y dándome un beso en la mejilla – Estás preciosa.

No había nadie más consiente de mi belleza que yo. Desde niña siempre recibí comentarios al respecto y cada uno de ellos elevó mi ego hasta que lo perdí de vista. La inseguridad no era uno de mis problemas, o al menos no lo había sido hasta esa tarde.

Llegamos al comedor. Emmett sujetaba mi mano al presentarnos. Las miradas se posaron en mí. Sentí como mi barbilla se enaltecía junto con mi vanidad ante los rumores que llegaban a mis oídos: "Qué hermosa", "Parece una diosa", "Su cabello es tan brillante como el oro", "Sus ojos sólo son comparables con zafiros".

Emmett me guió a su lado en la mesa. Tomé asiento. La reina Selene se encontraba en la silla principal. Vestía un elegante vestido con bordados de oro y discretos adornos de piedras que hacían juego con su corona. Su presencia, como siempre, era notable e imperial. Me pregunté vagamente por qué una mujer con su hermosura y juventud no tomó la decisión de volver a casarse.

Distinguí entre los invitados a mis amigos. Alice, Edward y Jacob se encontraban en la mesa. Mi sangre hirvió al notar que la bruja de Heidi estaba placenteramente con su trasero acomodado en la silla, mientras Bella estaba en la fila de sirvientes. Aposté a que mi hermano también estaba cerca.

-¿Por qué Bella no está sentada con nosotros? - le pregunté a Emmett

-Sería demasiado sospechoso. A mí tampoco me gusta esta situación, pero lo que queremos es que mantenga un perfil bajo, ¿no es así?

Los invitados continuaban llegando. Mi egocímetro estaba en su límite tras cada nueva presentación. Estaba a punto de explotar, cuando de repente apareció. Se trataba de una chiquilla linda, de cabello castaño y rizado que le llegaba hasta la cadera y piel blanca que hacía buen juego con sus ojos amielados; pero no fue su físico lo que me alarmó. Lo que me alarmó fue que Emmett, al verla, soltó mi mano al instante para ir a su encuentro.

-¿Helia?

-Hola, Emmett – respondió ella con voz amistosa, suave y dulce.

-Cielo santo, ¿Hace cuánto que no te veo?

-Desde que éramos niños. ¿Siete años te parecen bien?

-Te has convertido en una hermosa mujer.

-Y tú en un hombre muy galante. Decidme, ¿son cierto los rumores de que te has comprometido con una bella mujer? ¿Realmente faltarás a la promesa que me hiciste de niños?

¿Promesa? ¿Qué promesa? La reina se unió a ellos.

-Tendrás que disculpar a mi hijo, Helia.

-Su Majestad. Muchas gracias por la invitación.

-Sin embargo, a su favor puedo decir que, hasta hace apenas unos meses, si alguien le preguntaba a Emmett sobre una mujer para contraer matrimonio, tu nombre era el primero que se asomaba en sus labios.

Los tres sonrieron. Y yo, por primera vez en mucho tiempo... me sentí invisible.


Princesa Alice.

-¿Estás bien? - pregunté a Bella en cuanto entramos a la habitación, con la excusa de que quería acomodarme el vestido.

-Haciendo a un lado mi instinto homicida, sí.

Me sorprendía cómo es que podía mantener su humor aún cuando estaba viendo al hombre que amaba atender a otra mujer.

-Disculpa que diga esto, aún sabiendo que todo es por culpa de un hechizo, pero Edward es un tonto.

-No, Alice, no digas eso... Edward no es un tonto... Él... ¡Él es un idiota! ¡El más grande de todos!.

No supe qué decir. No sabía ver más allá de la extraña e indescriptible expresión de su rostro. ¿Estaba bromeando o lo decía en serio? ¿O acaso era una mezcla de ambos sentimientos?

Me puse de pie y caminé hacia ella. Sin decir nada, le di un abrazo.

-Alice... - Le escuché murmurar mientras hacía el intento por alejarse. La abracé con más fuerzas. Siempre he creído que todos necesitamos que nos den un abrazo de vez en cuando para recobrar fuerzas, o al menos para descansar un poco.

La dejé ir tras pasar unos cuantos segundos. Bella se apartó incomoda, con el ceño algo fruncido y mirando sus pies. Esperé a que ella tomara la palabra.

-¿Has hablado con Jasper?

No esperaba algo así. Ella me miró a los ojos.

-Apuesto a que no – dedujo fácilmente, con tono desaprobatorio.

-No he tenido la oportunidad, con tantos ojos puestos sobre nosotros todo el tiempo.

-Bueno, ahora mismo no hay nadie por acá.

Se asomó por la ventana y me llamó con un gesto en la mano.

-Las caballerizas están por allá, si no me equivoco. Llegarías en cuestión de segundos.

-¿Insinúas que yo...?

-No parece tan alto. En caso de que las cosas salieran mal, no pasaría de una torcedura del tobillo.

Creo que palidecí. Aún así, realmente quería ver a Jasper, hablarle y escuchar su voz. Verlo a distancia los últimos días era como ver el reflejo del agua en un desierto.

-Voy a intentarlo – dije, con decisión. Mi amiga sonrió en respuesta e hizo las cortinas a un lado.

Me arremangué el vestido, dispuesta a hacer el primer movimiento. Crucé primero una pierna, montando la ventana como si fuera un caballo. Bella sujetó uno de mis brazos y echó un vistazo alrededor, corroborando que no hubiera nadie vislumbrando mi atareado escape.

-Cruza la otra pierna, yo te sostengo, cuando lo hayas echo, me das tu otra mano para que te ayude a resbalar hasta abajo – dijo.

Tragué saliva y asentí. Arremangué aún más mi vestido, crucé la pierna y estiré mi mano, la cual Bella asió de inmediato, con firmeza. Comencé a descender, con mi espalda pegada a la pared de piedras. Estaba sudando y mis brazos comenzaban a doler por el estiramiento. No importa, me obligué a pensar con optimismo, veré a Jasper dentro de poco...

Crash.

El sonido de algo desgarrándose. Vi hacia arriba. Mi fondo se había atorado en una de las grietas... junto con el vestido.

-¿Bella?... - susurré

-... No puedo alcanzarlo. ¿Por qué no sigues bajando?

-¡Terminaría sin vestido!

-Olvídalo. Te arrojaré algo de ropa en cuanto tenga las manos libres.

-Pero...

Suspiré. Realmente no sabía qué pensar acerca de lo fácil que Bella se las ingeniaba para resolver este tipo de problemas. Decidí hacerle caso y continuar con mi descenso cuando una de mis sandalias resbaló por una piedra musgosa, haciéndome perder por completo el equilibrio. De no ser por Bella hubiera caído estrepitosamente. En cambio, quedé colgada en el aire, con los articulaciones de mis brazos a punto de reventar por la fuerza que los estiraba hacia arriba.

-¡Un momento! - gemí, buscando con los pies alguna ranura para recobrar el equilibrio. No podía verme, pero estoy segura que, de tener enfrente un espejo, vería reflejado no a la recatada princesa por la que era conocida, si no a un menudo chango bailando por las pulgas. Podía sentir cómo mis piernas flacuchas se balanceaban de aquí a allá, como si no tuvieran peso alguno.

No importa, seguía repitiendo, todo está bien, veré a Jasper.

-¿Qué haces? - escuché a mi amiga gruñir desde arriba - ¡No eres tan ligera como pareces...!

-¿Alice? ¿Bella?

Ella guardó silencio y yo dejé de moverme en cuanto escuchamos nuestros nombres justo debajo.

Y como lo del vestido y lo de la sandalia no había sido suficiente, Jasper tenía que aparecer de la nada y verme en el estado más deplorable posible.

Pegué un gritito y comencé a patalear como loca, sin saber bien con qué objetivo. Lo único que podía pensar con claridad era que Jasper estaba contemplando mis rodillas huesudas y mis calzones blancos y pomposos.

-¡A-Alice! -gimió Bella - ¡Lo siento, no aguanto más!

Una parte de mí, mientras caía, pensó: "Y esto es lo que sucede cuando decides seguir los consejos de un amiga loca".

Caí sobre los brazos de Jasper. Yo hubiera preferido caer sobre una roca, abrirme la cabeza, desmayarme y olvidarme de todo lo acontecido. Mis ojos se encontraron con los suyos, que estaban bañados de diversión. Me permitió poner los pies sobre la tierra.

-¿Estás bien? Parecías... umm... ocupada.

Mis mejillas se encendieron. Jasper era un caballero, pero hasta el más cortés caballero del reino no podría resistirse a gastarse una pequeña burla al ver a una mujer en el estado en el que él me había hallado. No podía culparlo.

Algo cayó del cielo, proyectando una sombra sobre nosotros. Bella había lanzado una de mis faldas desde arriba, haciendo más evidente el hecho de que, prácticamente, me encontraba en calzones.

-¡Suerte! - dijo y desapareció. Mi cara ardía de vergüenza, pero aún tenía cabeza para decidir que lo más conveniente era vestirme.

-¿Podrías...?

-¡Oh!, claro – entendió y el rubio me dio la espalda.

Cambié mis rasgadas ropas por las nuevas con resignación.

-Ya puedes girarte.

Lo hizo y al verme me regaló una sonrisa. Yo bajé la mirada en respuesta.

-¿Qué sucede? - preguntó, de pronto se escuchaba preocupado - ¿Te heriste...?

Negué con la cabeza.

-Tengo vergüenza – confesé en un susurro.

Él soltó una risita sin poder contenerse. Aquello me molestó.

-Lo siento, lo siento – dijo, aún riendo. Intenté mantener el gesto enfadado, pero fue imposible. Jasper estaba riendo. Era la primera vez que lo veía reír desde que me había decidido confesarle mis sentimientos.

-¿Quieres... dar un paseo? - pregunté, aprovechando la situación. Ya había hecho el ridículo, ¿qué mas daba seguir haciéndolo?. Él asintió, aún con una sonrisa en los labios, y me cedió el paso para que yo comenzara a caminar.

Entramos al bosque y recorrimos algunos metros en silencio.

-Realmente tengo curiosidad. ¿Te puedo preguntar algo?

Me detuve y esperé a que continuara.

-¿Qué hacían Bella y tú?

La vergüenza me invadió nuevamente. Mis mejillas enrojecieron al notar que Jasper apenas y podía contener la risa mientras aguardaba por mi respuesta. Aún así, decidí ser sincera:

-Iba camino a las caballerizas. Quería verte. Bella dijo que si salía por la ventana nadie lo notaría. Pero las cosas no salieron bien, y de pronto apareciste tú... - lo que me hizo pensar al respecto – Es cierto. ¿Qué hacías tú allí?

-Yo también quería verte – respondió – tenía pensado escalar hasta llegar a tu ventana.

Sentí que mis ojos se iluminaban al mismo tiempo que una sonrisa se pintaba en mi cara. Di un paso al frente. Jasper sujetó mis manos con las suyas.

-Te quiero – solté con ilusión.

-Yo también.

-Sin embargo...

-Alice – me abrazó. ¿Podía él sentir lo fuerte que latía mi corazón al estar entre sus brazos? - Es demasiado egoísta lo que te voy a pedir pero, ¿podrías no pensar en nada más que en nosotros por el momento? Tu padre, tu reino, el príncipe Eric... Yo solucionaré todo. Por eso, ¿podrías dirigir tus pensamientos únicamente a tu amor por mi?

Asentí, confiando plenamente en él. Sus manos acariciaron mi rostro gentilmente mientras sus labios iban al encuentro de los míos. Cerré los ojos, alcé mis brazos hasta su cuello y me entregué a ese beso amable, con sabor a miel.


Tomó el arco y lanzó una flecha.

Asintió con orgullo, sus habilidades habían mejorado considerablemente en cuestión de días. Lo que era mejor, recién se había percatado que el tiro con arco era algo que realmente le gustaba y no se le daba tan mal. Aquellos que decían que siempre sería un asco en los deportes, podían meterse sus palabras por donde mejor les cupiera.

Continuó practicando hasta que le dolieron los brazos y se le marcaron cayos en las manos, gotitas de sudor caían de su cabello. Tenía los pies descalzos y sucios, y los pantalones llenos de tierra. Decidió descansar bajo la sombra de aquel árbol que ya le resultaba muy familiar e inhaló hondo cuando una brisa de aire refrescó su frente.

Cuando abrió los ojos, descubrió que había anochecido. Se puso en pie rápidamente, acomodó la odiada falda alrededor de su cintura, se calzó las sandalias y corrió de regreso al castillo.

Se detuvo cuando encontró a Edward saliendo por la misma puerta de entrada. No iba solo. Le acompañaba "Lady Heidi". Decidió actuar como si no los hubiera visto y continuó caminando.

Quizás había corrido demasiado rápido pero ya no tenía energías más que para arrastrar los pies hasta llegar a su habitación. Decidió descansar en una de las fuentes del jardín. Sumergió una de sus manos en el agua fría y clara y se mojó la cara. Era una noche fresca.

-¿Lo extrañas, no?_ Chapotear en las resbalosas calles de Forks.

Asintió. Jacob se sentó a su lado. Ella no se molestó en preguntar en qué momento había aparecido de la nada.

-¿Dónde estabas? Te estuve buscando durante toda la tarde.

-En el bosque.

-Dudo mucho que hayas ido a oler las flores o a perseguir mariposas. ¿En qué problema te estás metiendo?

-En ninguno. Estoy practicando tiro con arco.

-Sabía que algo así sería.

El moreno la observó con detenimiento.

-No hagas eso -dijo él tras unos segundos

-¿Qué cosa?

-Actuar como si nada estuviera pasando. Es fastidioso.

-Es que realmente no está pasando nada – masculló Bella

-¿Ah, no? -alzó él una ceja incrédula - Tu príncipe no te recuerda, si lo hace se muere, y está a punto de casarse con algo peor que una bruja. ¿Eso es nada?

-Estoy tratando de pensar en una solución. Si no la hay, no es como si el mundo fuera a acabarse por eso.

-El mundo no, pero, ¿tu corazón?

-Tampoco.

-Tendrías que verte en un espejo para comprender el origen de mis dudas.

-Un mal de amores no me va a matar, ¿sabes? Te estás confundiendo. Me veo así por el desvelo. Mi cuerpo no se acostumbra a esta época y me cuesta trabajo dormir.

Jacob apretó los labios. Era difícil creer en sus palabras cuando sus ojos demostraban todo lo contrario. Bueno, realmente Jacob estaba seguro que Bella podía superar cualquier trágico escenario que se le pudiera pintar, el problema era el dolor y las cicatrices. Oh si, las cicatrices: Isabella no les daba importancia y ese era el problema, éstas terminarían cobrando una alta factura si seguían siendo ignoradas como hasta ahora.

Jacob sacó un pañuelo de sus bolsillos y lo humedeció en el agua de la fuente.

-Traes mugre por todas partes – le dijo a Bella y le comenzó a limpiar la cara – Vamos.

-¿A dónde?

-A mi habitación.

Ella frunció el ceño en señal de confusión, a lo que Jacob explicó:

-Hay una tina con agua caliente y cena recién hecha allá.

No lo diría, pero los deseos de enredar sus dedos en ese cabello espeso y castaño habían nacido desde el momento en que Bella había salido del baño, secándose las puntas con una toalla, y lo habían estado torturando mientras ella tomaba asiento y comía de los platos que los sirvientes habían subido para la cena.

-Oye – habló la castaña mientras tomaba asiento con las piernas cruzadas sobre la cama - ¿Es seguro que estés acá?

-Lo es. Esa mujer no puede hacernos nada por el momento.

-Por el momento – repitió la muchacha. Algo parecía no gustarle – Ten cuidado, ¿quieres?

-¿Preocupada?

-¿Y qué si es así?

-Sólo come

-¿Qué hay de ti?

-Hay suficiente para ambos, ¿ves?

Ella había tomado un cubierto y picado algo de fruta. Los ojos de Jacob habían encontrado, sin intención, un espacio en el que podía divisar una de las costuras de su sostén. Desvió la mirada al instante, sintiéndose estúpido. No es como si anteriormente no hubiera visto eso y más; pero por alguna razón, muy psicológica quizás, no era lo mismo contemplar algo así como un hombre que como un perro.

Estaba a punto de enloquecer para cuando la muchacha mencionó algo sobre ir a la biblioteca antes de dormir. Él no dudo en mostrarse de acuerdo. ¡Que los dioses la alejaran de él en ese instante, en el que sus instintos de hombre parecían estar totalmente despiertos!

-Gracias, Jake – dijo Bella al volverse para darle un puñetazo amistoso – Es bueno tenerte cerca.

-Siempre, Bella – respondió él, dando un paso hacia el frente e inclinándose para darle un beso en la mejilla.

Se podía permitir al menos eso, ¿no?

La castaña lo vio, asombrada. Él le regaló una sonrisa torcida, boba. Quizás estaba siendo demasiado vanidoso con su persona pero casi podía apostar a que ella se había ruborizado. Dio media vuelta antes de que se pudiera decir algo y la dejó sola.

Isabella tocó su mejilla en la que aún podía percibir el cosquilleo cálido que los labios de Jacob habían dejado. Permaneció allí, de pie sin hacer nada y sin darse cuenta hasta que una segunda presencia le hizo compañía.

-¿Qué haces aquí? - cuestionó ella, aunque era una pregunta estúpida. La sonrisa del príncipe indicó que él pensaba lo mismo.

- Creo que yo debería de ser quien exija tal respuesta.

¿Y qué te hace pensar que yo tendré siquiera la intención de contestarte?

No sé. ¿Por dónde debería comenzar? ¿Por el hecho de que yo estaba mucho antes de que tú llegaras o por que soy el príncipe de este castillo y tengo todo el derecho de estar donde a mi se me antoje a la hora que desee?

Ella rechistó. Pensó por un momento en irse, pero su orgullo y (debía de admitirlo aunque le fuera difícil) el deseo de estar al menos un instante, al menos con una riña de por medio, con aquel muchacho la detuvieron. Por el contrario, pasó a un lado de él y se acercó a uno de los libreros, aparentó buscar entre los libros, pero la verdad es que tomó uno al azar y luego fue y se sentó en uno de los sillones, sintiendo la mirada del príncipe todo el tiempo sobre su espalda.

-Eres una mujer con gustos extraños – señaló él, acercándose unos pasos - ¿A qué persona se le antoja leer a tan altas horas de la noche?

-A mí... y lamento informarte que no soy la única.

-¿Ah, no?

-Tú también estás aquí – señaló.

-¿Siempre te ha resultado así de fácil ignorar la presencia de un noble? - preguntó Edward al ver que ella prefería ver las hojas del libro que a él.

La muchacha respondió con simple y despreocupado encogimiento de hombros. Él frunció el ceño, confundido, ¿qué pasaba con ella? No lo entendía. En sus casi veinte años de vida jamás había conocido a persona, niño o anciano, hombre o mujer, de cuna noble o no, que se dirigiera y comportara frente a él con esos modales. Nadie excepto su primo Emmett y viejos amigos de la infancia. Es más, pensándolo bien, ¡ni siquiera ellos!.

-Sólo para estar seguros – habló - ¿Realmente estáis consciente de quién soy yo?

-Sí.

-Soy el príncipe de Voltarie – explicó, aún así.

-Lo sé.

-El heredero al trono.

-Entendido.

-Voltarie es uno de uno de los reinos más ricos y poderosos que existen.

-Felicidades

-¿Realmente no te importa? - soltó al fin, cansado de que todos sus esfuerzos obtuvieran siempre un monosílabo de respuesta

-No.

Dioses. ¿De qué estaba hecha esta niña? ¿Qué clase de poder corría por sus venas como para mostrar semejante actitud y él no tuviera la capacidad de sentirse ofendido? Todo lo contrario. Encontraba algo de diversión en todo esto. Era como un juego en el que el reto era dejarla sin palabras. Estaba ideando un contraataque, cuando descubrió que ella se había acercado a él. Su cabello olía a esencia de fresas, un aroma que había percibido anteriormente en otras mujeres, pero que ahora le resultaba peculiarmente exquisito.

-No intentes ganar un juego de palabras contra mí. Es imposible, sobre todo en tu condición.

¿Su condición? ¿Cuál era su condición? No era la primera vez que esta niña le decía cosas extrañas. Se obligó a contener la respiración, el perfume a fresas no le dejaba concentrarse.

-Tenéis el cabello húmedo – apuntó y se encaminó hacia la ventana para cerrarla, en parte por sincera preocupación, en parte para anteponer una distancia que ni él mismo entendía porqué le era tan necesaria.

¿Estaba huyendo? Se negaba a verlo de esa manera, pues no había razones para hacerlo. Si bien la muchacha no tenía el físico que le atraía de inmediato, tampoco le desagradaba, pero...

Ya había tenido el mismo debate interior, justo por la mañana, cuando ella le había hecho la pregunta de si él podría amarla. La muchacha había aguardado por su respuesta, de pie, con sus ojos chocolate mirándole fijamente.

-¿Te enamorarías de alguien como yo?

"Sin duda" – fue lo primero que pensó, pero sus labios dieron otra respuesta

-Cualquier hombre podría quedar encantado contigo.

-Cualquier hombre – había repetido ella, empuñando las manos - ¿Pero qué hay de ti? ¿Simplemente no te gusto nada? ¿Ni para pasar una noche?

Aquel comentario directo le había sobresaltado, le había hecho pensar. Si bien estaba a nada de pedir la mano de Lady Heidi en matrimonio, eso no había impedido de que en los últimos días, cuando podía, fuera al bosque a despedirse de sus amadas doncellas, quienes, con húmedas mejillas, le rogaban por una última noche que él no podía negarles.

Sin embargo, esta muchacha estaba allí, pidiéndole lo mismo que, si las cuentas no le fallaban, cinco mujeres le habían pedido en los últimos días. ¿Por qué se negaba ahora? ¿Era por la descomunal diferencia de personalidades? ¿Su corazón se ablandaría si se lo pedía de una manera más amable y con lágrimas en los ojos?

De alguna modo supo que esa muchacha jamás le pediría algo llorando. De alguna manera, también, estuvo seguro de que no era ese el problema. No se trataba de modales. Había algo más.

-Estoy a punto de prometerme – había contestado aún lleno de dudas – no es propio que me hagas ese tipo de comentarios.

Edward regresó al presente, cerró la ventana y dio media vuelta. La muchacha había vuelto a tomar asiento en el sillón y hojeaba el libro, tenía las piernas cruzadas en forma de mariposa y los pantalones de manta se asomaban por debajo de la falda.

-"Estoy a punto de prometerme, no es propio que me hagas ese tipo de comentarios" – dijo la muchacha de repente, con una pésima y exagerada imitación de su voz, como si todo este tiempo hubiera estado fisgoneando en sus pensamientos. Luego soltó una risita, claramente burlona, mientras sus ojos seguían fijos en las hojas del libro, como si estuviera hablando sola o leyendo en voz alta – Te hubieras escuchado. Tanto recato no le va al príncipe más mujeriego de la historia.

¿Cómo sabía ella...?

-¿Me has visto salir al bosque...?

-¿Al bosque...?

-Te diré que lo hago por amabilidad. Es lo menos que puedo hacer al contemplar sus corazones rotos por mi causa...

- De modo que... – le interrumpieron - ¿te has estado acostando con otras mujeres?

Silencio. El príncipe supo que había hablado de más y tuvo miedo al verse reflejado en la naciente ira de esos ojos color chocolate. La muchacha se puso de pie y caminó en su dirección, en sus manos llevaba el grueso libro que había estado hojeando hasta el momento. Una vocecilla le advirtió que debería cuidarse de ése objeto.

-Yo...

-¡Eres un cerdo sin vergüenza! - el libro salió volando en su dirección. Afortunadamente, sus reflejos actuaron rápido y pudo esquivarlo, hecho que sólo pareció incrementar la rabia de la muchacha, quien sabe el cielo cómo ni cuándo, había conseguido toda una dotación de libros para atacarlo.

-Un... ¡Un momento!

-¡Mujeriego de mierda! ¡No puedo creerlo!

Los libros salían disparados con furia y sin freno uno detrás de otro, y fue imposible esquivarlos todos. Finalmente, terminó derrumbado por un ancho volumen pasta dura con más de dos mil páginas que fue a dar justo a su nariz.

-¡Espera! ¡Me rindo! -gruñó, aún mareado por el golpe. La castaña comenzó a avanzar lentamente en su dirección y se agachó para que sus ojos quedaran a la misma altura. Él retrocedió, sin levantarse del suelo, hasta que su espalda pegó con la pared - ¿Qué planeas hacerme?

-¡Te pienso arrancar esa cosa que te cuelga entre las piernas, maldito patán! - siseó ella en respuesta.

¡¿De dónde mierda sacó esa navaja?! Edward palideció y se echó más para atrás, recordando que estaba acorralado. Tragó saliva mientras tomaba valor para encontrarse de nuevo con esa mirada psicópata y, cuando así fue, tuvo que cubrirse la boca para ahogar una risita que hasta a él mismo agarró desprevenido.

-Tú... ¿te estás riendo? - inquirió ella, con voz indignada - ¿Realmente te parece gracioso?

-Algo; sí – aceptó él, aprovechando la distracción para arrebatarle el arma y aprisionarla contra el suelo.

La cabeza de Isabella se golpeó en el acto.

-¡Auch!

-Lo siento, lo siento... ¿Por qué te estoy pidiendo disculpas? -reaccionó -¡Tú eres la que comenzó a atacarme por nada!

-¿Por nada? ¡Te estoy dando una lección, bastardo mujeriego!

Ella comenzó a patalear, así que él tuvo que aprisionar sus piernas con las suyas. Volvió a reír.

-¡Sigue riendo! ¡Después de todo son las últimas risas que darás en este mundo!

-Primero tenéis que lograr escapar de mí – replicó él, sabiéndose victorioso. Aún si el nivel de violencia de esa mujercita era algo nunca visto ni en sueños, sus fuerzas estaban totalmente desequilibradas. Jugó un poco con la posición de sus cuerpos. Esta vez, ambos quedaron de rodillas al suelo, acomodó las manos de la muchacha detrás de su espalda, sin hacerle daño, pero con la fuerza necesaria para que no pudiera liberarse. - ¿Qué haré con vos? Habéis estado a punto de herir al príncipe.

-Tú...

-Shh...

Posó la punta de su dedo sobre los labios de la muchacha. Ella no dudó en morderlo.

¡Ñak!

-¡¿Qué haces?! ¡Suéltame!

-¡Pribmero libérabme túb! - ordenó ella, aún con la carne entre los dientes.

Él gruñó, más no accedió a rendirse. ¡Tendría que arrancarle la mano para lograr que aceptara algo como eso!

-¡Duele!

La castaña presionó con un poco más de fuerza.

-¡Duele! ¡Duele, maldición!

-¡Prométeblo!

-¿Qué?... ¿Qué quieres que prometa?

-!Queb Nob teb abcostarasb con másb mubjebresb hastab queb teb casesb!

Sabía que pedirle que no durmiera con su esposa era mucho, aunque ganas le sobraron. Por el momento se conformaba con saber que no estaba allí, como abejita picando todas las flores que se encontrara en el bosque. Sobre esa supuesta boda y de la bruja Heidi, ya se encargaría después.

-No entendí nada de lo que has dicho.

Bella blanqueó los ojos y ejerció un poco más de fuerza en los dientes.

-¡Era una broma! - gimió Edward - ¡De acuerdo! No iré más al bosque para despedir a mis doncellas.

-¡Júrablo!

-No deberías de tomar los juramentos a juego...

¡ÑAK!

-¡Mierda! ¡Lo juro! ¡Lo juro! ¡Lo juro por mi nombre!

La morena finalmente abrió la boca y liberó su dedo índice en medio de risitas.

Edward descubrió que tuvo deseos de devolverle la maldad y se sobresaltó. Ya bastante reprochable era su conducta hasta ahora. En su vida había siquiera sospesado la idea de usar su fuerza contra alguna mujer y, mucho menos, se imaginó que pudiera soltar maldiciones en presencia de una. Contuvo la respiración al ser consciente de lo mal que estaba obrando y todo por culpa de esa chiquilla que actuaba más como un animalito salvaje que como una doncella, atacándolo, maldiciendolo a toda garganta. Era de esperarse que los lados oscuros de su alma se agitaran en respuesta...

No es la primera vez.

Frunció el ceño. Isabella sintió que las manos que la sujetaban perdían un poco de fuerza. El corazón de Edward comenzó a latir fuertemente y sus pensamientos se crisparon en su cerebro, una secuencia ilegible de imágenes se pegaron unas con otras, creando una masa palpitante. ¿Quién...? ¿Quién le había hecho sentir lo mismo...?

Isabella permaneció quieta, escuchando como la respiración del príncipe se hacía profunda y pesada. La fuerza que la tenía sometida había desaparecido, dio media vuelta, presintiendo que algo extraño sucedía.

-Ey – susurró al hallarse frente a frente con Edward. Los ojos del muchacho se anclaron en los suyos, ausentes y llenos de preocupación. Ella comenzó a asustarse - ¡Ey!

Él no reaccionaba, lo único que hacía era palidecer más y más. Isabella lo sacudió de los hombros.

-¡Edward!

-B-Bella... - susurró él, alcanzando su mejilla con la punta de sus dedos temblorosos antes de encogerse ante el dolor.

Entonces Bella comprendió: él estaba recordando... recordando y muriendo al mismo tiempo. Tenía que frenarlo. Rápido. Lo recogió para que pudieran ambos ponerse de pie, una vez lo consiguió, juntó todas sus fuerzas en la pierna derecha y le estampó una patada en la boca del estómago. El príncipe gimió al momento, expulsó una extensa bocanada de aire, tosió fuertemente y, finalmente, le miró a los ojos.

-Tú... estás... complemente... loca – ahogó, antes de caer inconsciente al suelo.

Isabella se resbaló hasta caer a su lado y se permitió respirar. Edward dormía tranquilamente, con un ligero ronquido. Quizás el golpe no había sido lo más ortodoxo, pero había funcionado; además, se lo debía, la mordida no había sido suficiente. Contempló el rostro del príncipe y frunció el ceño... De verdad eres guapo, pensó antes de darle una débil codazo en las costillas, maldito idiota...

Cuando Edward despertó, crispó el rostro y descubrió que le dolía la cabeza y el cuerpo entero.

Esa muchacha loca... ¡¿Estaba allí?! Se acercó en silencio al notar que estaba profundamente dormida.¿Qué clase de agresor se queda dormido al lado de su derrotada víctima? La observó un momento y alzó una ceja, incrédulo, ¿cómo había logrado burlar su fuerza? Lo único que podía recordar era el rodillazo final en el estómago. No recordaba nada más, pero estaba seguro que había sufrido más agravios. Una patada en el estómago no era capaz de dejarlo tan dolorido como estaba, aunque sí, el estómago era lo que más le dolía además de la cabeza.

Miró hacia el cielo, la luna estaba ya muy alta. Observó meditabundo a la muchacha que dormía en el suelo. ¿Qué hacer? Despertarla podía significar otra lluvia de libros y golpes, pero tampoco podía dejarla allí botada, ¿llevarla a su habitación? Tenía entendido que estaba al lado de los aposentos de la princesa Alice, pero no sabía con exactitud de cuál se trataba y, además, estaba algo retirado. Su habitación estaba a unos cuantos pasos. Se agachó para acomodar a la castaña sobre su espalda, cuidando no despertarla, y se puso en pie, ¿cómo alguien tan ligera había podido causarle tanto daño?; caminó hacia su habitación, procurando que nadie los viera. Al llegar, la dejó caer sobre la cama; fue entonces cuando se percató de que seguía sin curarse las heridas. ¿Por qué es tan testaruda? se preguntó mientras iba en búsqueda de una caja con ungüentos. Limpió los rasguños y vendó las cortadas más profundas con mucho cuidado, cuando terminó, sus ojos se concentraron en observarla allí tendida, tentándolo...

Carraspeó y se obligó a enterrarla con todas las almohadas y cojines que pudo localizar al reconocer el rumbo de sus pensamientos. ¿Quién lo diría? Que tendría a una mujer yaciendo entre sus sábanas por razones distintas a la pasión. Bebió un poco de agua directamente de un jarrón que permanecía en una mesita de noche y tomó asiento en el sofá más cercano a la ventana. Una punzada se hizo presente en su dedo índice derecho, lo alzó, a la luz de la luna, logró divisar la marca que los dientes de esa niña le habían dejado. Recordó todo lo que podía y apretó los labios al descubrir que estaba sonriendo como un tonto. ¿Por qué se sentía tan... feliz? Giró para verla y sonrió nuevamente al divisar la montaña de sábanas, cojines y almohadas que él mismo había creado; lo único que alcanzó a ver fue uno de sus pies. Así está bien... Estamos mejor de esta manera.

Lo despertó un revoloteo suave sobre su cabello, abrió los ojos lentamente y la imagen que se le presentó al instante le resultó más agradable de lo que imaginaría.

-¿Hasta cuándo piensas dormir?

-Es normal que esté cansado cuando he sido ferozmente atacado por una oveja salvaje.

-¿Oveja salvaje?

Edward estiró los brazos y las piernas al ponerse en pie, a pesar de haber pasado la noche en un sofá, había dormido muy bien.

-Así es. He decidido que te llamaré así.

-Te recuerdo que tengo un nombre.

-Uno que no me gusta. Antonieta: demasiado serio para tu persona.

-Pensé que no lo recordabas.

-No te llamo así porque no te va. Siento que estoy llamando a alguien que no eres tú.

Bella dio media vuelta para evitar que Edward la viera. Se sentía tan idiota y estúpidamente feliz por sus palabras, que le avergonzaba.

-Gra-gracias – tartamudeó, maldiciendo su torpeza –Por vendarme las heridas... y por dejarme dormir en tu cama.

Un toque de nudillos contra la puerta interrumpió la respuesta de Edward.

-¿Quién es? - pidió saber

-Mi Señor, vengo a limpiar vuestros aposentos – contestó la voz de una criada al otro lado.

La mirada del príncipe se dirigió hacia Bella, llena de preocupación. Bella entendió de inmediato y mucho más. La situación ameritaba a crear rumores y a esa bruja no le iba a gustar saber que "su príncipe" había pasado la noche con otra mujer. Además, eso implicaba que ella y las demás personas le prestaran atención. Necesitaba esconderse. De inmediato. Hizo señas al príncipe para que abriera mientras ella se arrastraba debajo de la cama.

La criada ingresó a la habitación en silencio. Bella únicamente vio sus pies.

-Alteza, ¿está bien que limpie estando vos aquí?

-No tengo muchas ganas de salir al exterior.

-Puedo venir más tarde... o si lo deseáis, puedo haceros compañía...

¡Ni te atrevas a aceptar, maldito bastardo! Gruñó Bella en la oscuridad

-Agradezco vuestra oferta, pero me temo que tengo que rechazarla.

-¡Lo siento mucho si os ofendí, Mi Señor!

-No os apenéis. Sois una dama hermosa, por favor, ved y encontrad a un hombre digno de vos.

-¡Si tan siquiera tuviera esa suerte! Como me gustaría ser bendecida como esa muchacha, la que acompaña a la princesa Alice. Todos en el castillo comentan de su encuentro con el príncipe Jacob, en cómo él la estrechó entre sus brazos.

-Un abrazo no significa siempre esa clase de amor. Se puede tratar únicamente de amistad- señaló Edward.

-Es amor, Mi Señor, ayer el príncipe la llevó a su habitación, ordenó a un par de criadas que prepararan un baño con sales aromáticas y mandó a cocinar deliciosos platillos. Yo misma los vi, ya muy entrada la noche. El príncipe la despidió con un tierno beso en la mejilla. ¡Los rumores dicen que le pedirá matrimonio hoy mismo, en la fiesta que se hará a nombre de su cumpleaños, Alteza!

Isabella tuvo un mal presentimiento del silencio que se hizo en la habitación. Únicamente escuchaba los pasos de la muchacha rodear la cama y el sonido de las sábanas siendo dobladas y desplegadas una y otra vez. Cuando la joven criada se retiró, ella salió gateando con sus codos. Edward se acercó y le tendió la mano para que pudiera ponerse en pie.

-Deberías irte de inmediato – dijo, con rostro serio y mirada afilada - ¿O acaso sabe el príncipe Jacob que disfrutas pasearte de cama en cama?


Jujuju... Sigo viva (✿◠‿◠)

Y ustedes posiblemente estén preparando antorchas y lanzas para lincharme (+_+)

Pero en fin ... Siento mucho la demora (╥_╥)

He estado terriblemente ocupada, con decirles que ni vacaciones he tenido desde diciembre: entre proyectos finales, último año de la universidad, tareas, trabajo y mi poca vida social... un día de estos moriré sobre el teclado. (┛◉Д◉)┛彡┻━┻ (Si lo hago, por favor, venguen mi muerte)

Bueno ya, dejando de lado todo mi dramatismo (y emoticonos, jeje) ¡últimos capítulos de la historia! 1/5. Así que pronto descansarán de mí. Realmente no sé si publicaré más historias sobre twilight, ¡tengo tantas en mente!, pero creo que prefiero adaptarlas a personajes propios, así que ya les iré contando después.

Bueno, me voy... que la vida y mis obligaciones continúan (desgraciadamente ¬¬). ¡Muchas gracias por su paciencia y por todos sus comentarios llenos de preocupación y apoyo! ᕙ(⇀‸↼‶)ᕗ

Bueno ya U_U ¡Saludos! Nos leemos pronto (espero xD)