Respice

Youhei se rehusó a deprimirse cuando lo sacaron del equipo de soccer. Colocó hielo sobre sus moretones, hizo bromas con Misae, ignoró los e mails de Mei, se compró comida chatarra y habló con el gato (la mascota oficial) de los dormitorios masculinos hasta bien entrada la noche y el sueño. Recuperó las horas quemadas durante la mañana, aunque debiera estar en clase y se sintió solo en esa habitación contagiada con la luz de esa hora. Entonces llamó a ese chico tan extraño con el que una vez coincidió en un pasillo y que tenía la espalda tan ancha que a él si le hubieran creído que era atleta. Tenía su número celular de casualidad. Inventó una excusa tonta en su momento. "Agradecerte luego por haberme quitado esos matones de encima. Eran tan grandes y desagradables..." pero tenían buenas notas y nadie los agarraba. "Podríamos salir a tomar algo otro día, ya sabes" y se frotaba la nuca en la que comenzaba a formarse un chichón. La idea no pareció gustarle, pero se encogió de hombros y le dictó su número.

Su nombre resultó ser Tomoya Okalgo. Jugaba mal a los videojuegos, detestaba las películas demasiado románticas, tenía una asistencia tan baja como la suya, iba a la misma clase que él pero nunca se habían visto (al menos, Youhei no lo recordaba, aunque sabía que había dejado el equipo de básquet por un chismoso) y dejó el cabestrillo del brazo derecho dos días antes de la pelea de la cual lo salvara a duras penas. Los animales le daban igual, por eso no puso cara ni buena ni mala por el gato de la casera, que ronroneaba entre la comida y la falda de ambos. Como era más alto que Youhei, le vendieron licor en la tienda de abajo y tuvo que abrazarlo, gritar, vociferar de alegría a los dioses que quisieran oírlo hasta que le cerró la boca con un puñetazo. Bebieron hasta que fue muy tarde y el cuarto hubiera estado sumido en sombras, de no ser por la lamparita que Mei insistió en que se llevara para combatir el miedo a la oscuridad. No hablaron de nada demasiado profundo. Las faldas cortas de los uniformes, los profesores idiotas que les habían tocado, los rectores imbéciles que les perseguían por las faltas, el director cretino que amenazó con expulsarles si continuaban de ese modo, durante el mismo período en que se separó de su mujer. Pensaban de un modo parecido. Compartían el desgano por motivos parecidos. Youhei le preguntó si pretendía volver a su casa de madrugada y apestando a alcohol, que iba a asustar a su madre y que su padre lo iba a matar a golpes. Jamás se ha arrepentido tanto de decir algo que pretendía ser una jovial invitación a pasar la noche en su cuarto miserable. Cuánta amargura en aquellos ojos que no expresaban más que pereza y hastío de vivir encerrados para contemplar el desarrollo de un sistema que repelía a sus dueños. De repente cuán poco le molestaba por dentro ser un payaso y reírse de nada y acariciar las solapas de la camisa del colegio (que era áspera, parecía necesitar con urgencia una lavada pero a esas alturas todo daba bastante igual) era casi ley. No sabe si fue suyo el primer beso y por una mezcla de simpatía, ternura o lástima. La boca de Tomoya guardaba un leve regusto a las frituras y cerveza que acababan de ingerir. Esperaba un golpe, quizás. Que él lo empujara y saliera finalmente por la puerta para nunca volver a responder sus llamados, siquiera mirarle de lejos en clase, haciendo de cuenta que no existía. Pero Tomoya le devolvió el beso y Youhei lo atrajo de nuevo desde el linde del dormitorio para que no los vieran. La puerta quedó entreabierta por torpeza de ebrios pero estaban a mitad de semana y en ese lugar casi todos los chicos los estudiaban harto, así que era difícil que se acercara alguno a esas horas a curiosear, cansados como debían estar de hacer orgullosas a sus familias.