Vis inertiae

Kirashuisho le dice a Jun que se apure a servir las copas para sus invitados imaginarios. Jun siente mucho frío en esa dimensión, que está por encima del cielo: anillos planetarios como mesas interminables y usan estrellas para sentarse. Tiene la impresión de que debería apurarse, pero no solo para complacer a su Ama (si no lo hace, el anillo de la rosa mandará descargas eléctricas por su sistema nervioso: el dolor es indecible), sino también para ir (o volver) a alguna parte, donde quizás lo espera alguien más o menos importante. Pero no puede haber nadie más importante que Kirashuisho, tal y como ella se lo recuerda, con un guiño de su único ojo y un apretar de los dientes, repitiéndole que quedan nueve copas de vino rojo. Sin embargo, la mirada de Jun se hunde en el líquido carmín. Cree ver el satén de un vestido repleto de volados blancos, embebido en toneladas de sol. Corre solo por un prado cubierto de flores que huelen a delicia, la propietaria (su rostro está borroso, pero casi recuerda su voz, a veces mandona y otras tan suave que daba gusto estar…¿a su cargo?) extendiendo una mano delicadamente para que él se la bese y se arrodille para recibir su bendición. Carmesí. Esa palabra significa algo que le duele en el corazón. Pero aunque fuerce sus ojos vacíos en los recuerdos huecos, no puede encontrarlo. Y esa necesidad dura solo un momento, antes de que Kirashuisho haga que una de las copas se reviente entre sus dedos, causándole gran dolor.