Ella era hermosa en cada sentido de la palabra.

Su corazón se aceleraba con cada una de sus miradas, fuese fría o fuese cálida, al final no importaba. Siempre eran esos ojos que tanto amaba, de pupilas color escarlata.

La sensación de la textura de su cabello la percibía aun entre sus dedos. Aquel cabello tan corto que dejaba su cuello de nívea castidad. Una mujer peculiar. De melena rojiza, tanto amaba llenarla de caricias.

Aquel cuerpo que le hacía temblar, un escalofrió recorría su columna con solo deslizar la yema de sus dedos por la sinuosa curva de su cintura. La piel de sus caderas hermosas, cubiertas con ropa interior de encaje… rojo.

Sus largas, torneadas, piernas que se enredaban a su cintura durante la intimidad. Sensualidad, roja sensualidad, sublime sus manos que descendían tiernamente por su espalda. Era una joven dulce en el cuerpo de una mujer mancillada. Llenaba de besos sus senos, en busca que los sintiera aquel corazón que latía en ese nido de amor destrozado.

Cuanto la había amado cada que salían a divertirse. Acompañándola a fiestas formales como un torpe mayordomo, escabulléndose a los laberinticos jardines donde nadie les observaba, en un romántico encuentro, tomándole de la cintura y meciéndose al compa de la música, un vals, un tango, no importaba. Ella seria siempre ella, siempre aferrándose a él.

Esa actitud torpe de mayordomo, que realmente no sabía hacer nada por el mismo. Pacientemente volvía a explicarle, pacientemente esperaría que no rompiera nada de nuevo. No le agradaba mucho la idea, se sentía degradado con esa imagen, pero era la forma perfecta de esconder su propia naturaleza.

Aquella naturaleza macabra que se sintió seducida por el lirio rojo que se abría completamente, llenándose de rojo. Aquel rojo escarlata, hermoso, goteante, viscoso, secándose en ella. Quería verla húmeda nuevamente, que ese hermoso rojo que le sentaba perfecto recorriera toda su silueta. Quería verla dejarse ir con una marea granate, verla hundirse desnuda y brotar de la espuma rojiza como una Venus.

Y fue su Afrodita, cubierta de rojo. Fue su Diosa. Fue su amante, y de alguna forma….fue su amada.

Conservaba su abrigo, aun con ese aroma exquisito a perfume, aquel que le quitó en el ataque de ira cuando le vio detenerse. No, si ese niño vivía, si el recuerdo de aquel hombre permanecía. Ella nunca le amaría completamente. Debía olvidarse de él, debía quedarse con él…

…Debía morir por él…

Su ira, su enojo, fue tanto que nunca la dejo acabar de hablar. La sierra antes de darse cuenta había calado hondo en su pecho...Destruyendo el nido de ese corazón mancillado.

Deseaba cuidarla, estrecharla en sus brazos, embriagarse de su aroma cual narguile. Volverse adicto a la suavidad de su cuerpo, al sabor de sus besos, convirtiéndola en su droga personal. Que nadie más la tocara, que ella no tocara a nadie más.

Ella era suya, y en cierta forma, el también era suyo. Quería que fuera suya eternamente, prometiéndole una infinidad de veces que nunca la dejaría sola. Y aunque sabía que no podría mantener esa promesa, deseaba quedarse con ella por siempre. Amarla siempre.

Pero ella ya no estaba. Su risa se había extinguido, su fotografía se volvía un efímero sueño. Deseaba verla brotar de ella como una rosa gigantesca floreciendo de un pequeño botón. Deseaba bailar con ella bajo la luz de la luna, deseaba oírla regañándolo, deseaba oírla gemir con cada movimiento de su anatomía…. Deseaba oírla murmurar su nombre contra su oído… Deseaba oírla decir "Te amo"

Y deseaba responderle que él también la amaba…

Con roja pasión.