PRÓLOGO

De repente el fuego se transformó en una manada de fieras salvajes. Serpientes, quimeras y dragones flameantes se alzaban, bajaban y se volvían a alzar, y aquella acumulación de siglos de la cual se alimentaban saltaba por el aire entre garras y colmillos afilados antes de ser consumida por las llamas.

El infierno se cernía sobre él y sólo podía chillar su desesperación esperando ser oído por encima del fragor de las devastadoras llamas. Sus brazos aferraban convulsos el cuerpo inconsciente de su compañero mientras desgarraba su garganta a gritos, esperando una ayuda que en el fondo sabía que jamás llegaría. La inestable torre de mesas chamuscadas sobre la que se refugiaban no tardaría en precipitarles al violento mar de fuego que bramaba bajo sus pies.

De repente le vio, bajando en picado hacia donde ellos se encontraban. No muy seguro de que no fuera una alucinación, extendió el brazo con apremio, conocedor de que probablemente ésa era su única y última oportunidad. Y casi desfalleció de terror cuando su mano, caliente y sudada, resbaló en su intento de agarrar la que le tendían. Al segundo siguiente, sin ser apenas consciente de quién y cómo, el cuerpo de Goyle fue alzado bruscamente y él mismo se agarró de nuevo a la mano que volvía a tenderse hacia él. Ahora libre de su carga, se impulsó con la fuerza que da la desesperación, ayudando a su salvador a subirle en su escoba.

—¡Hacia la puerta, hacia la puerta! —se oyó gritar como un loco— ¡Vamos hacia la puerta!

Entre bocanadas de humo negro, casi sin poder respirar, volaron entre los escasos objetos que las llamas todavía no habían devorado, esquivándolos cada vez que uno de ellos salía proyectado al aire, como si esos seres nacidos del fuego maléfico los lanzaran para divertirse. De repente, la escoba giró en redondo, precipitándose hacia una serpiente de fuego que les esperaba con las fauces abiertas.

—¿Qué haces? ¿Qué haces? ¡La puerta está por el otro lado! —chilló despavorido.

Dando una vez más muestra de sus excelentes dotes de buscador, el arrojado dueño de la escoba atrapó la diadema, el motivo de que se encontrara en esa Sala, y giró rápidamente eludiendo la envestida de la serpiente, alzando el vuelo y dirigiéndose hacia donde debía encontrarse la puerta de la Sala de los Menesteres. Sin poder parar de gritar ni un segundo, completamente fuera de sí, se agarró todavía con más fuerza si cabe al cuerpo del otro joven, que ahora llevaba la diadema ensartada en su muñeca y volaba a una velocidad demencial teniendo en cuenta la escasa visibilidad. De pronto, entre la humareda y por encima del hombro de su salvador, vio una mancha rectangular en la pared hacia la que se dirigieron sin perder tiempo. Unos segundos después, sus pulmones se llenaban de aire y chocaban contra la pared del corredor exterior. Cayó de la escoba, estampándose contra el suelo de piedra donde quedó tendido, jadeante, preso de un ataque de tos y náuseas.

—Y C-Crabbe… —logró pronunciar con voz estrangulada— C-Crabbe…

Alguien respondió en tono seco:

—Está muerto.

Horas después, no conservaría de lo sucedido en aquella Sala otro recuerdo que no fuera el de haber experimentado un profundo terror.

Vincent Crabbe había muerto.

Gregory Goyle jamás quiso hablar de ello.

Draco Malfoy huía hasta de la simple llama de una vela y no entendía por qué.