¡Hacía mucho que no escribía acá! Principalmente, volví por los retos en los que me metí, yay! Esto es una serie de tres fics para un concurso de escritura en un foro.


Reto #1: Misterio

Rate: K

Summary: Todo tiene un por qué en la vida. Pero hay muchos casos en los que esa respuesta puede llegar a costar sangre.

Nota: Primer fic que escribí para el concurso. Lo escribí muy a las apuradas, pero más o menos logré plasmar lo que quería explicar. ¿Cabe aclarar que soy mala, muy mala redactando casos?

Título: "El verdadero misterio"


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Pese a que los crímenes eran sus compañeros diarios (tenía una extraña atracción magnética con ellos, perfecta en plano morboso), si se lo ponía a pensar detenidamente, él no los comprendía del todo.

Sí, había muchos motivos. Amores no correspondidos, venganzas, odios, robos, saldadas de cuentas… Pero el hecho de tener un nombre (Pasionales, por ejemplo) no los convierte en cosas explicables. Por más que algo tenga una palabra que lo señale como tal, esa no explica de lo que se trata, ni le da sentido a lo que uno busca entender.

Dentro de la amplia gama de posibles muertes, había una que, aunque se pusiera a pensar en ello con un profundo grado de reflexión, era la que menos comprendía: El suicidio.

Todo encajaba en aquel rompecabezas.

– Señor Mouri, no sé si usted tiene pensado hacerme perder más tiempo, pero si sabe quién es el culpable de la muerte de mi hija, ¡es mejor que hable ahora! – Gritó la mujer adulta, hecha un mar de lágrimas.

Kogoro movió las manos con torpeza, intentando demostrar mediante el gesto que no tenía la menor idea de quién era el culpable de aquel asesinato.

Pero para Conan, todo encajaba. Se paró al lado de un muchacho joven, vestido como uno de los investigadores de la policía, que estaba en el cuarto hacía una hora y no se movía del lugar donde habían encontrado el cadáver, cercano a la ventana. El paisaje nevado hacía la escena más nostálgica.

– Yo le prometí que regresaría con ella. – lloriqueó, golpeando el suelo con el puño cerrado.

– ¿Esa onee-san era tu amiga? – le cuestionó el pequeño, tironeando de su sweater.

El joven, que aparentaba unos 23 años, alzó la mirada hacia donde estaba la marca de donde había sido encontrado el cuerpo.

– ¿Amiga…? – se cuestionó el muchacho, y guardó un silencio sepulcral.

Aunque no le gustara, todo encajaba.

Conan caminó dando pasos cortos hacia donde estaba Kogoro. Parecía que cada paso que daba le pesaba una tonelada. Arrastró sus pies y durmió al detective, sin muchos ánimos.

– Nadie fue asesinado en esta ocasión. – siseó Conan con la voz de Mouri.

– ¿Cómo dice?! – exclamó ofendida la madre de la víctima.

– ¡Esto es un suicidio!

No los comprendía. No comprendía qué llevaría a una joven de 23 años a cometer suicidio.

– ¡Mi Arisa no--!

– Usted no conoce a su hija. – Kogoro, el durmiente, parecía ofendido en su tono. El niño que hablaba, oculto detrás del sofá, apretó el puño, clavándose las uñas en la palma de la mano hasta lastimarse.

Los de la sala lo miraron, expectantes.

– Mouri-san, por favor, explíquese. – Suplicó Tadashite, el inspector de aquella alejada zona del sur de japón, echándole un vistazo rápido a una de las personas de la sala que parecía haber comprendido.

– Cuando entramos, encontramos que la cerradura tenía signos de haber sido forzada… Pero el cuarto estaba cerrado, ¿no es cierto? – la madre de la víctima sintió con la cabeza – En el cuarto yacía Arisa-san, muerta por envenenamiento.

Un silencio fúnebre colmó el salón, como si recordarlo fuera una estaca en el corazón.

– Supusimos entonces que el asesino tendría que estar entre los que nos encontrábamos en esta casa. La madre de la víctima, Sakura-san, la mucama Akiko-san, y el hermano de la víctima, Kyo-san, que tiene una coartada relativamente válida. Lo más lógico sería que Akiko-san hubiera envenenado el té-

– ¡No! – exclamó la aludida – Yo jamás… ¡No a la señorita Arisa!

Conan maldijo bajo su aliento y tomó aire. No quería seguir hablando.

– El asesino entró el cuarto de Arisa-san, hizo creer que la cerradura estaba forzada, mató a la chica, cerró el cuarto por dentro y luego huyó por la ventana – prosiguió Conan, usando la voz de Kogoro. Las personas de la sala comenzaron a murmurar – Y es ahí donde está el error de este crimen.

El murmullo se extendió nuevamente por la habitación. Kogoro carraspeó.

– Estamos en una zona nevada, y debería haber pisadas en el suelo que indicaran el camino tomado por el criminal. Pero claro, el verdadero asesino no podía dejar pisadas… Porque estaba muerto, en este mismo lugar.

Conan desvió la mirada al joven que escuchaba la deducción con gesto pensante, como si estuviera atando cabos.

– Arisa pidió que le llevaran el té a su habitación. – Akiko contuvo el aliento – Con la navaja que encontramos en sus ropas hizo unos cortes torpes en la cerradura, y entró a su cuarto, intentando que todo parezca un robo. Akiko-san tocó la puerta, y no vio las magulladuras en la cerradura porque tenía la bandeja entre las manos, y eso le tapó la vista hacia abajo.

Sakura cayó de rodillas al suelo, como si comenzara a entender poco a poco las acciones de su hija.

– Envenenó su propio té y preparó todo. Envolvió las cosas de valor de su habitación y las tiró por la ventana, que cerró y rompió al mismo tiempo que tomaba el té envenenado. Bueno… Todas las cosas de valor, menos una.

Tadashite-keibu lo miró extrañado.

– Sakuya-san… – el brillo del exterior dio de lleno en los anteojos de Conan, logrando así que él oculte su mirada – ¿Podrías mostrarnos el cuello de la víctima?

El joven muchacho con el que Conan había hablado antes se acercó al cuerpo y corrió sin mucho esfuerzo el cabello de la chica, dejando a la vista de todos una gargantilla de oro.

– ¿Creen que el ladrón es tan tonto como para olvidar algo tan a la vista?

El silencio nuevamente condenó a los que habitaban la sala.

– ¿Entonces por qué lo hizo?! – exclamó Sakura, llorando a lágrima suelta.

Eso era un misterio.

¿Era un misterio?

– Por mí. – Interrumpió Sakuya.

La madre de la víctima volteó a mirar al muchacho, entre sorprendida, alarmada y petrificada. El joven golpeó la pared con furia.

– Le prometí a Arisa que volvería con ella. No le expliqué por qué me fui… No… Yo debería… – la voz del muchacho se quebró, mientras derramaba amplias lágrimas – ¡Yo no podía volver con ella!

Se escuchó un ruido sordo en el salón, y Conan desvió la mirada para verla a ella caer de rodillas, cubriéndose los ojos llenos de lágrimas.

– Pero… – lloriqueó el joven – Rompí muchas, muchas promesas. Como ayudante de la policía, yo siempre… estaba ocupado con casos y muertes… Me metí en algo más grande por culpa de mi estúpido sentido justiciero y… No me podía dar el lujo de volver con ella y ponerla en peligro.

Conan quiso hacerlo callar.

– Constantemente, rompí mi promesa de volver. En broma, le dije que parecía que la única manera de reencontrarnos sería por culpa de un asesinato… Pero ella no… – volvió a quebrarse. Tomó una gran bocanada de aire para continuar – ¿Por mí…? Arisa no… Arisa me quería. Ella no podría haber hecho eso por mí cul---

– ¡Claro que fue por vos! – gritó ella, hablando por primera vez logrando que todos en la habitación se volteen a verla – ¿Qué es lo extraño?! ¡Siempre fuiste el aire que ella respiró, la razón de sus sonrisas, el motor que hacía que su corazón latiera! ¡Ella no pudo esperar más, te amaba lo suficiente como para no poder vivir sin vos a su lado!

Ran ahogó un grito de desesperación en su garganta, cerrando los ojos, dejando que las lágrimas den rienda suelta por su rostro. Dio un paso hacia adelante, flaqueando.

– ¿Dejó de confiar en mí…? – le preguntó Sakuya, tomando a la joven como cita de autoridad, porque parecía saber de lo que hablaba.

– ¡No, no, no! – respondió ella, ahogada en sus propias lágrimas – ¡Ella jamás dejó de confiar en tu promesa! Ella quería esperarte de por vida, ¡de por… vida! – tartamudeó, colocándose una mano en el pecho, intentando acallar el gran dolor que sufría – Fue su voluntad de vivir la que no te creyó más… – por un momento, abandonó el llanto desesperado. Sus ojos, normalmente brillantes, ahora parecían apagados, sin vida – Fueron sus ganas de seguir sin vos las que flaquearon.

– Ran… – soltó por lo bajo el niño, dejando caer el moño que tenía entre sus manos y acercándose a ella para consolarla.

– ¡A--- Arisa! – gritó Sakuya, ahogado en angustia.

No.

No era un misterio.

Las mujeres, y el gran amor que podían profesar…

Eso sí era un completo misterio.