Choice of life



Summary: La duquesa de Kent, una mujer con temple decide vivir en Bristhland. Era una mujer fría y sin corazón, dependiente del dinero y el status, hasta que conoce el amor en manos de quien menos espera ¿Dejaría la alta alcurnia por un simple amorío? ThreeShot

Disclaimer: Los personajes de este shot pertenecen a Stephenie Meyer, lo único que es de mi propiedad es la historia, por lo que queda tajantemente prohibida la reproducción parcial o total del texto.


Capitulo I.

Brishtland


Three Shot.


La querida duquesa de Kent había decidido que su nueva adquisición merecía más que una simple felicitación, ella era una mujer de carácter y muy decidida, por lo que dejó de lado todo tipo de consideraciones y sin más informó a su círculo más cercano que se trasladaría a Bristhland. La duquesa daba por sentado que conseguiría comprarlo e informó a todo su circulo intimo que a penas se trasladase haría un baile para celebrar la adquisición.

Había resuelto adquirir aquel hermoso lugar mediante su esposo, el duque de Kent, un hombre de poco carácter que se veía constantemente dominado por la autoridad de su mujer.

Isabella era una dama con idiosincrasia, desde pequeña había demostrado su interés por el dinero y la alta sociedad, a pesar de haber sido pedida en matrimonio por hombres con títulos nobiliarios con los que cualquier muchacha desearía contraer matrimonio, ella se encargó de denegar su mano a cualquier hombre que, según su juicio, no pudiese entregarle lo que realmente ella deseaba: el dominio absoluto de todo cuanto le perteneciese. Tras varias propuestas de matrimonio rechazadas, había aceptado al duque bajo la condición expresa que ella sería quién llevaría las órdenes administrativas de todas las propiedades, algo que sin duda cualquier hombre hubiese rechazado.

El bondadoso duque, que carecía de temple, aceptó de inmediato cegado por la belleza de aquella joven, insistió más aún en el matrimonio al ver que poseía grandes dotes que aumentarían el caudal de su riqueza.

Para la sociedad era bien sabido que Isabella era realmente la señora de todo cuanto le rodeaba, el duque se esmeraba en comprarle lo que ella pidiese, incluso si aquello era inadmisible, para Isabella jamás existiría un no por respuesta.

—Jacob —le llamó cuando vio que Bristhland estaba en arriendo.

El duque no tardó en dejar su estudio para acercarse a su mujer.

—Dime querida ¿Qué es lo que ocurre? —sonrió intentando complacer a su esposa.

Isabella ni siquiera le dirigió la mirada.

—Bristhland esta en arriendo —sentenció mientras bebía su taza de té.

—Lo sé querida, me he enterado por la condesa —explicó mientras intentaba no pensar en lo que desearía ahora su mujer.

Arrendar Bristhland era una locura, era algo absolutamente innecesario, más aún cuando poseían las propiedades más cotizadas de la zona.

—Quiero que me compres Bristhland —exigió mientras hojeaba el periódico.

—¿Comprar Bristhland? —cuestionó anonadado ante la petición que le realizaba su mujer.

—¿Tienes alguna objeción contra aquel lugar? Pues tengo entendido que los jardines son mucho más hermosos que los de nuestra propia casa —inquirió.

Isabella tenía claro el objetivo de comprar Bristhland y no eran precisamente sus jardines.

—No, querida, por supuesto que no tengo objeción en contra de Bristhland, es sólo que…

—Es sólo que nada, está decidido comprarás Bristhland cuanto antes —exigió.

—Pero, Isabella…

—¿Pero? —arqueó una ceja —. La que debería estar exigiendo los peros soy yo… no sé que haces aquí mirándome como si tuviese algo extraño en la cara, en estos momentos deberías estar exigiendo el carruaje para cerrar la compra—reclamó.

Jacob sin más le pidió a su sirviente que le preparase el carruaje, no quería bajo ningún motivo hacer enfadar a su mujer, para él lo único que le servía de consuelo era la recompensa que recibiría si conseguía comprar Bristhland.

Su esposa jamás le permitía tocarle a menos que le hubiese regalado alguna propiedad o quizá algún caballo. Ella prefería dormir en su propia habitación y solamente le visitaba cuando él conseguía agasajarla con cualquier tipo de atención. Isabella tenía un gusto exquisito y muchas veces le criticó por no cumplir a cabalidad sus órdenes.

Al verse sola en la habitación pudo liberarse de aquella fría faceta que creaba cada vez que Jacob estaba junto a ella. Jamás le había amado, en realidad para ella el amor era una de las estupideces más grandes que había creado el hombre. El amor no era más que una fantasía en la que se refugiaban los débiles, para ella, simplemente, era válido el dinero y la estirpe.

—Mi lady —interrumpió sus pensamientos una de sus doncellas —. Le ha venido a visitar la Baronesa.

De inmediato se colocó de pie y fue al vestíbulo a recibir a su única y adorada amiga.

Alice había sido para ella la hermana que nunca pudo obtener, una de las pocas cosas en la vida de las que no se vio satisfecha. Hacía poco su adorada amiga había contraído nupcias con el barón de Bristol, Jasper Whitlock y a pesar que muchas veces le había insistido que ese hombre no era bueno para ella, su amiga se dejó llevar por los bajos instintos de un supuesto amor eterno y verdadero.

—Mi querida Alice —le sostuvo sus manos al verla.

—Isabella, cada día más radiante —le halagó Alice.

—Me han dicho que has adquirido Thunder Place —sonrió Isabella.

—Así es, mi querido esposo ha insistido en tener una casita de campo y no he podido negarle aquel capricho —sonrió mientras se sentaba en el delicado diván.

—¿Te has enterado que adquiriré la casa vecina? —sonrió victoriosa.

—¿Comprarás Bristhland? —cuestionó sin asombro.

Para ella no era novedad que su queridísima amiga adquiriese cuanto le complaciese.

—He enviado hace menos de cinco minutos a Jacob para que negocie la compra —sonrió complacida.

Isabella ordenó que de inmediato sirviesen el té para compartir con su amiga los detalles que le hacían creer que Bristhland era sin duda la mejor adquisición que ella podía pedir, aunque para la baronesa no cabía duda alguna que había dicho aquello de cada una de sus adquisiciones.

—¿Le has contado a Jacob lo que planeas hacer en Bristhland? —inquirió su amiga sorprendida.

—Por supuesto que no, Jacob no es más que la marioneta encargada del trabajo sucio —sonrió complacida —. No creo que sospeche cual es mi interés en vivir allí.

—Si se enterase que te enredas con el mismísimo Príncipe de Inglaterra se moriría —susurró Alice para que las criadas no pudiesen oír.

—Retírense —les ordenó la señora para así conseguir más intimidad.

Las ocho sirvientas se marcharon en silencio, mientras que Isabella esperaba continuar su relato sobre las aventuras con el príncipe.

—¿Cómo harás para verle en Bristhland? —inquirió su amiga.

—Sin duda eso será lo de menos, con lo distraído que es mi esposo, nada me costará perderme en un paseo a caballo —sonrió —. Por otra parte pretendo terminar los enredos con el Príncipe.

—¿Terminarás tu amorío con William? —inquirió realmente sorprendida.

—Si, definitivamente este será nuestro último encuentro. Sin lugar a dudas William es todo un galán y un hombre al que cualquier mujer desearía, pero no olvides que consiguiendo su interés el mío rápidamente decae, ahora mi objetivo es otro —bebió un poco de su té antes que se enfriase.

—¿Quién es ahora?

—El Rey —sonrió.

—¿El Rey? —cuestionó Alice.

No sabía que pensar si la locura de su amiga había sobrepasado los límites posibles o si es que jamás en su vida Isabella había oído las palabras dignidad y decoro.

—Si, Raymond I, es un hombre muy atractivo, sin duda para sus treinta y ocho años se mantiene de maravillas ¿No lo crees? —sonrió.

—Pero, su esposa, la Reina te tiene en alta estima, no puedes hacerle eso —le criticó.

—¡No seas aburrida! Sólo será un par de semanas, luego de eso buscaré otro candidato —le explicó.

Aunque para ella era difícil meditar quien sería el siguiente, después de todo en Inglaterra lo más elevado en la sociedad era la realeza y para ella el Rey sería lo último a lo que podía aspirar.

—¿Y luego del Rey? ¿Quién saciará tus deseos de ralea? —inquirió Alice atónita al oír hablar a su amiga con tal liviandad.

—Hay muchos reinados en Europa, de seguro encontraré a algún candidato digno de mis atenciones —sonrió.

Alice, para quien no había sorpresas cuando se trataba de su amiga, se vio absolutamente intrigada en lo que realmente planeaba Isabella con el Rey.

—¿No pretenderás darle un hijo? —reprochó.

—No desfiguraré mi trabajado cuerpo por un crío, no me creas capaz de aquello —admitió ofendida —. Aunque si la Reina pronto falleciese, no me molestaría plantarle un hijo al Rey con tal de obtener el puesto de la difunta —sonrió.

—¡Isabella, eres el demonio! —admitió Alice.

—Es un verdadero cumplido —sonrió con ironía.

Ambas amigas disfrutaron de una agradable conversación llena de ironía e insolencia, claro está que este no era el comportamiento habitual que ambas poseían, si no que simplemente las leyes del decoro no eran imprescindibles cuando se reunían a disfrutar de la honestidad que las caracterizaba.

Isabella lamentó que la visita de su amiga se viese interrumpida por el horario, antes cuando eran pequeñas disfrutaban de largas horas de agradable compañía, pero ahora los deberes maritales pesaban sobre aquellos agradables recuerdos.

Su esposo no tardó en llegar. El duque debió aumentar la alta suma por la que compraría Bristhland, aún así consiguió el preciado regalo para su esposa.

—Mi amada Isabella —sonrió al verla leyendo.

—¿Qué tal te ha ido? —inquirió despreocupándose de las atenciones de su esposo.

—He conseguido la compra de Bristhland en una alta suma y después de rogar demasiado a los propietarios quienes no estaban convencidos en querer venderla, pero tu adorado esposo hace todo por complacerte y he aquí las escrituras —le tendió los derechos de propiedad.

Isabella se sintió absolutamente complacida ¡Al fin!

Ahora tendría para si una locación en donde poder estar cerca de la realeza, más aún de lo que ya estaba y poder conseguir lo que tanto buscaba: amoríos con el Rey Raymond I.

La promesa de la duquesa de Kent no tardó en propagarse, estaba toda la nobleza invitada a festejar la nueva adquisición en cuanto ella estuviese allí.

El duque estaba impaciente, esta noche su esposa al fin vendría a verle y podría disfrutar de la suave piel de su amada y aunque muchas veces había debido recurrir a sus criadas para recibir lo que le correspondía de su matrimonio, jamás había desistido en ser complacido por la suavidad y la exquisitez de Isabella.

Se recostó en la cama, casi desnudo esperando la entrada de su esposa.

Isabella estaba furiosa, detestaba tener que entregarse a aquel repugnante hombre, pero aún así había conseguido planear a la perfección aquel encuentro.

—¡Dominique! —llamó a la doncella mientras que buscaba las ropas adecuadas para visitar la habitación conyugal.

La muchacha no tardó en llegar, sabía para qué la necesitaba la señora por lo que se había dado una ducha con pétalos de rosa.

—¡Aquí estas! —le criticó —. Ponte esto, en el momento en que entres no hables ni le dirijas la palabra, estaré allí por lo que ya sabes que hacer —sonrió.

Dominique esperó fuera de la habitación matrimonial de su señora.

—Isabella —susurró Jacob al verla entrar en tan exquisitas y finas ropas.

—Querido mío, veo que hoy me esperas muy bien —sonrió al ver la bandeja dispuesta para disfrutar de la larga noche.

—Pensé que tú habías solicitado este tentempié —aclaró.

—O no por supuesto que no, pero no seas humilde, me ha encantado tu detalle —sonrió mientras le servía vino en una copa de cristal.

Para ella nada podía salir mal, su maquiavélica mente había tramado todo de principio a fin y no había espacio para errores. La comida había sido solicitada por ella para así hacer beber y comer en exceso a Jacob, embriagarlo hasta que no pudiese ver ni la punta de su nariz y así Dominique podría hacer el trabajo sucio por ella.

Nunca olvidaría todo lo que había hecho esa muchacha por ella.

Los orígenes pobres de Dominique le impedían continuar subsistiendo, una huérfana desamparada jamás pensó que una duquesa le diese cobijo en su propia casa.

La pobre chica de cabellos castaños y fino cuerpo podría perfectamente suplantar a la duquesa, es por esto que la había traído consigo en cuanto la vio y ahora le era de una utilidad única.

Dio de beber al duque lo suficiente para que no pudiese distinguir el rostro de la que sería su amante por aquella noche.

—¡Oh, querido mío! Esperadme un momento, aún tengo una sorpresa para ti —sonrió alejándose del ebrio.

—No hace falta —arrastró sus palabras mientras reía.

Tomó a Isabella por las caderas y acarició la extensión de su cuello, recorriéndole con su lengua. Para ella el olor que desprendía su aliento era asqueroso e insufrible, pero aún así no podía rechazarle del todo y levantar sospechas.

—Cariño —intentó zafarse

—. No seas impaciente, te tengo algo que mostrar, un nuevo atuendo y lo he comprando pensando en ti —le hizo un puchero —. ¿No pretenderás dejarme con él guardado?

El duque que ya no veía muy bien, logró distinguir el rostro triste de su mujer y en un acto de benevolencia le permitió marcharse de su lado.

Sin pensarlo dos veces la duquesa se dirigió hacía donde esperaba Dominique y le exigió que no hablase nada en absoluto.

Fue así como se quedó esperando fuera de la habitación mientras los quejidos de su marido llenaban el vestíbulo.

A penas el duque se quedó dormido Dominique salió de la habitación e Isabella ingresó en ella.

Complacida por el trabajo hecho por la muchacha le envió el desayuno a la habitación para que disfrutase en señal de agradecimiento.

El día en que se decidió a viajar a Bristhland el tiempo le acompañó en gran medida, el día soleado y con una leve brisa era especial para cambiar de locación.

Mientras iba en el carruaje se dedicó a leer ignorando por completo las sandeces que decía su marido al recordar la noche anterior.

—¿Sabes que el Príncipe William está en Winstmenster? —señaló el duque revisando el diario.

Por supuesto que Isabella lo sabía, había recibido la noticia de la propia boca del Príncipe quién la esperaba cuanto antes allí.

—¡Oh! No tenía la menor idea, eso significa que le tendremos de vecinos mientras dure nuestra estancia en Bristhland —sonrió complacida.

—Así es, me alegra saber que William tiene tan buena relación con nuestra familia —sonrió complacido Jacob.

Isabella bajó del carruaje y observó nuevamente el esplendor de Bristhland, hacía muchos años que había ido a visitar a los antiguos propietarios y no salió de su asombro con la belleza del lugar, ahora que podía, se sentía orgullosa de ser la señora de Bristhland.

—Mi querida duquesa —se presentó uno de los sirvientes.

Ella le miró despectivamente, había osado dirigirle la palabra, de seguro los últimos señores de Bristhland les permitían demasiado atrevimiento.

—He traído mis propios lacayos conmigo, no necesita dirigirse a mí directamente, en caso de querer comunicarme algo hágalo con Frank —dijo mientras extendía sus guantes hacía el hombre.

Para Steve, un sirviente que había estado toda su vida trabajando en Bristhland era insufrible e inconcebible que una mujer le tratase de aquella manera por más que fuese la señora de aquel lugar.

—Tranquilo padre —le pidió su joven hijo mientras cenaban.

—¡Esto es insólito! —reclamó —. ¡Intolerable! Con mis años de servicio aquí en esta casa, merezco más respeto que el que aquella mujer demostró. Mi obstinación por permanecer en Bristhland me hace pasar estos terribles momentos en vez de habernos ido junto a los Witham.

—Tranquilo, mañana quizá se haya adaptado al lugar y tolere que le lleves los mandados —intentó tranquilizarle.

—¡Oh! Edward, no sé que haría sin ti —sonrió —. La muerte de tu madre habría sido intolerable sin tu apoyo.

El joven Edward estaba encargado de los establos de Bristhland, era el domador de caballos más cotizado en la zona y a pesar de haber recibido excelentes ofertas, jamás las había aceptado por permanecer con su padre.

Aquella mañana había decidido levantarse aún más temprano de lo usual, la duquesa había enviado una nota la noche anterior exigiendo que a primera hora estuviese listo el caballo porque saldría a disfrutar de un paseo.

Así tal cual lo pidió, Isabella se levantó antes que amaneciera, pidió a sus doncellas que la bañasen con esencia de rosas y que peinasen sus cabellos castaños. Escogió aquel vestido que se ceñía perfectamente a su cuerpo y decidió llevar sombrero.

Una vez lista se dirigió hacía las habitaciones traseras para revisar que todo estuviese en orden.

Una de las habitaciones había sido un taller de pintura, los ventanales daban hacía el establo.

Entonces allí vio a un muchacho joven, de una estatura bastante imponente y un cuerpo muy bien trabajado, estaba arreglando la silla de montar sobre el animal.

—¿Quién es? —preguntó a una de las sirvientas que las acompañaba.

—Es el hijo de Steve, aquel hombre que la recibió cuando llegó a Bristhland, señora —le respondió la doncella.

—¿Cómo se llama? —osó exigir.

—Edward, Edward Cullen —respondió.

Aquel hombre que había nacido en baja cuna, tenía el porte de cualquier Dios, de hecho se cuestionó si el Príncipe William poseía más belleza y gallardía que aquel hombre que vestía harapos.

Se criticó por ver así a un simple criado, ella había nacido para grandes cosas, no para un simple domador de caballos, por más guapo que fuese.

Salió rápidamente de la casa y fue a buscar el caballo.

Allí se encontraba Edward, quien de más cerca le pareció aún más guapo de lo que había logrado ver a distancia.

Sus claros ojos adornados de hermosas pestañas hacían aún más interesante el naciente, pero negado gusto de la duquesa hacía Edward.

Sin mirarle más, ni dirigirle palabra alguna intentó subir al caballo pero falló rotundamente. Sintió como las manos de aquel hombre se posaron en sus caderas.

Volteó sorprendida al verle tan cerca de ella.

—Perdone —dijo sin mirarle Edward quien se veía arrepentido de haber osado ayudarle de aquella manera, después de todo la duquesa no tenía consideraciones con los criados.

—Gracias —respondió fríamente a sus disculpas.

Volvió a montar y se dirigió rápidamente hasta donde se había citado con el Príncipe.

Entre el bosque, existía una pequeña construcción que conoció muy bien Isabella cuando era más niña, allí debía encontrarse con el Príncipe.

Isabella pretendía terminar todo tipo de vínculo esa misma tarde con él y así poder comenzar la seducción con el padre del príncipe: El rey Raymond I.

—¡Oh! Mi amada Isabella —se acercó a ella el joven príncipe.

Isabella se sintió agradada ante el deseo que explayaban los ojos de aquel joven.

Sin dudarlo se entregó a sus brazos y le besó ardientemente, deseando entonces comenzar con la despedida de aquel amorío se abrazó fuertemente al fornido cuerpo del joven y se entregó en un beso que le hizo despertar cada rincón de su ser.

Sin importarle el lugar, ni las condiciones en las que se encontraban, William tendió una pequeña frazada sobre el piso de madera.

Ambos desesperados por arder en pasión se dejaron caer sin importar nada, para ellos existía aquel momento y nada más.

Para Isabella aquellas manos que le recorrían no eran más que las de un hombre desesperado por su amor, alguien que le entregaba la pasión que necesitaba.

Una vez más la calidez de la masculinidad de William se adentró en ella como tantas otras veces, sintió la exquisita sensación que recorrió su cuerpo mientras que él se adueñaba de cada centímetro de su expuesta piel.

No tardó en sentirse plena en los brazos de aquel experimentado joven.

—¿Cuándo te volveré a ver? —dijo William anhelando saber de ella.

—No habrá otra vez —dijo firme mientras que William enlazaba su corsé.

—¿Qué locuras dices? ¿Te has cansado de mí? —inquirió el joven.

—De ninguna manera —mintió —. Es mi marido, creo que sospecha y prefiero evitarte problemas amor —le besó tiernamente —. Te llevaré siempre en mi corazón a pesar de no poder estar en tus brazos.

Con toda naturalidad fingió la tristeza que cualquier amante poseería al separarse de su amado.

Y un par de lágrimas sin sentimientos cayeron de sus ojos.

William con el corazón roto la vio marcharse en su caballo.

Para ella era un romance agotador que debía terminar, las ansias de ver al príncipe no eran más que para disfrutar del buen sexo que le otorgaba, pero últimamente la calidad de este había decaído, así como el interés de ella por él.

Al llegar se sorprendió de ver a Edward limpiando uno de los potrillos.

—¿Qué hace usted? —dijo intentando oír nuevamente su voz.

—Mi trabajo, señora —dijo fríamente.

—Si, pero ¿A demás de ser domador de caballos que más hace usted? —inquirió intentando conversar con aquel hombre.

—Bien, me gustaría tener tiempo para poder hablarle señora, pero mi trabajo ni siquiera me impide aquello —señaló despectivamente.

Ella notó el tono de insolencia y resentimiento ocupado por Edward, pero aún así no le importó.

—Entonces te ordeno que dejes de hacer aquello y mandes a cualquier otro que pueda —señaló con decisión.

—Me gusta lo que hago y no comprendo que interés le puede llevar a usted hablar con un simple criado, vaya y busque compañía entre los de su especie, señora —recalcó la última palabra mientras caminaba hacía los establos.

—No seas insolente Edward, no me gustaría tener que despedirte mucho menos disminuir tu salario —sonrió satisfecha al ver que el joven detenía sus pasos.

El joven se sintió bastante apocado ante lo que ella sugirió, pero no le quedó alternativa que detenerse y escucharle.

—Mañana iré en un viaje de campo y deseo que me acompañes —sonrió.

—¿Qué haría yo en un viaje de campo, señora? —criticó duramente la idea de la duquesa.

—Acompañarme por supuesto —explicó.

La maquiavélica mente de Isabella tramaba ya un plan para poder tener un encuentro con aquel joven de cuerpo perfecto, por más que negase Edward Cullen tenía un encanto natural que incluía quizá su aspecto descuidado.

Para Edward no quedaba otra opción que satisfacer a la duquesa, de otra manera si aquella despiadada mujer decidía despedirle, él y su padre no tendrían donde ir y sería una terrible desgracia para ambos.

Aquella tarde Isabella se enteró que su amiga Alice acababa de llegar a Thunder Place y ante la desesperación de contarle todo y ponerla al tanto de las últimas novedades en cuanto a su entretención de medio tiempo: Edward.

A penas pudo salió en su carruaje para visitar a su amiga, sabía que sería desconsiderado de su parte ir a esta hora y sin invitación, pero para ella siempre había de existir tiempo, más si se trataba de serios asuntos.

Al entrar a Thunder, pudo ver que era realmente hermoso y sus decoraciones resaltaban de forma grata para el visitante.

—¡Oh! Mi querida Isabella —sonrió Alice al ver a su amiga esperándole.

Ambas se abrazaron como si hubiese pasado demasiado tiempo sin verse.

Alice la guió hacía un pequeño salón en donde podrían conversar tranquilas y sin interrupciones.

—¡Dios! Esto ha sido una mala idea, ha sido más difícil de lo que creí —reconoció en voz alta.

Isabella se negaba a creer que se sentía cautivada por el domador de caballos, ella no había pensado en aquel momento en que le ordenó que le acompañase al día de campo.

—¿Se te ha hecho difícil romper con el príncipe? —inquirió Alice intentando comprender.

—Sabes que a mi no me cuesta terminar las relaciones, querida —arqueó una ceja —. Es algo mucho peor…

Alice no pudo imaginarse que agobiaba así a su amiga a tal punto que llegase a buscarle.

—¿Qué ocurre? Sabes que si de discreción se trata soy la mejor —sonrió Alice intentando comprender a su amiga.

—Es que al llegar a Bristhland me he quedado prendada de alguien indebido —susurró avergonzada.

—¿Prendada? ¿Desde cuando Isabella se prenda? Tú no sabes que es eso —le criticó con cariño.

La duquesa asintió, no sabía por qué había utilizado aquella palabra, en realidad a ella sólo le había llamado la atención aquel criado, no era cualquier hombre, para ser un sirviente era demasiado guapo y con buen porte, además sus ojos eran realmente hermosos y su dicción perfecta. Se ordenó de inmediato detenerse.

—No lo sé, Alice —susurró mirando sus manos nerviosas.

—Dime ¿Qué sientes cuando le ves? —inquirió mientras bebía una taza de té.

—Bien —analizó Isabella —. Me agrado su cuerpo, tenía una espalda perfecta, no era robusto ni delgado, más bien era perfecto, tiene unos brazos que me hablaban por si solos y me exigían estar en ellos y…

—¡Bella! ¡Por Dios! —criticó —. Pregunté que sentías por él no la descripción detallada del cuerpo de aquel hombre.

—Lo siento —se avergonzó.

—¿Estás ruborizada? —le levantó el rostro Alice —. Jamás en mi vida te había visto ruborizada, esto es peor de lo que creíamos.

—¿Lo crees?

—Sólo dime que sientes por él cuando le ves —insistió Alice.

—Bien, mis manos se tensaron en mis faldas, mi corazón se detuvo y sentí una necesidad imperiosa por tenerle cerca —explicó aún tensa y ruborizada.

—Está más que claro —dedujo Alice —Estás prendada.

Isabella no pudo olvidar esa conversación durante el viaje de regreso a Bristhland.

Al llegar fue recibida por sus doncellas quienes la bañaron mientras ella se relajaba en la bañera.

¿Realmente podría ella estar prendada de un simple sirviente que no tenía alcurnia y su salario era completamente deplorable? ¿Alguien cuyas condiciones de vida eran completamente distintas a las de ella? ¿Un ser que no tenía estudios de la nada y se dedicaba simplemente a los establos?

Era una absoluta locura, pero aún así el recuerdo de aquel joven no le dejó en paz en toda la noche, las imágenes mentales que poseía del cuerpo de Edward.

Sin darse cuenta despertó a primera hora de la mañana. Buscó entre sus vestidos el más adecuado para la cabalgata y le pidió a una de sus sirvientas que le avisase al duque de su salida a caballo.

Se colocó un sombrero que hacía juego con el conjunto y los guantes especiales para sostener las riendas sin dañar sus delicadas manos.

Caminó lentamente intentando ocultar su desesperación por llegar a los establos.

No tardó en ver a Edward con ambos caballos listos y la cesta que había ordenado traer.

—Buenos días Edward —saludó mientras acariciaba el lomo del animal.

—Buenos días señora —respondió algo molesto con la presencia de la duquesa.

Ella sin duda era una preciosa mujer, se atrevía a decir que la más bella que él había visto, pero aún así su carácter dominante y su orgullo eran para él absolutamente detestables.

—No me digas señora Edward, me haces sentir anciana —le criticó.

—¿Cómo debo llamarle entonces?

—No lo sé, como te sientas más cómodo —sonrió coqueta mientras Edward le ayudaba a subir al caballo.

—Me siento cómodo diciéndole señora —dijo sin mirar los hermosos ojos castaños que le hacían olvidar quien era.

—Por favor, sólo dime señora cuando existan más criados o visitas, cuando estemos solos podrías llamarme mi lady o simplemente Bella —sonrió.

—Es demasiado cercano decirle de aquel modo, me limitaré a llamarle como mi lady —expresó mientras subía a su caballo.

—¿Dónde iremos? —sonrió Bella al ver que Edward era tan obstinado como ella había creído.

—No lo sé, la que deseaba hacer esta cabalgata era usted —dijo dominando al animal.

—Quiero que me enseñes los lugares más hermosos de Bristhland y los menos frecuentados —sonrió pensando en que quizá lograría su objetivo aquella misma tarde.

Edward le llevó al pequeño estanque que existía al norte de Bristhland, Isabella observó el hermoso lugar, no sin antes ver lo precioso que se veía Edward cuando hablaba de aquella zona, parecía que la naturaleza le asentase mejor al sirviente de lo que lo hacían los establos.

—Edward ¿Conoces algún lugar secreto que me puedas mostrar? —dijo con impaciencia.

En el lugar en donde se encontraban podrían ser divisados por cualquier transeúnte y ella deseaba tener intimidad para seducir al domador, quizá después de todo sepa domar a más de una bestia, pensaba Isabella para sí.

—Si se lo mostrase ya no sería secreto —sonrió Edward.

—¡Vamos! Yo quiero conocerlo, quizá así me pueda escapar de mi terrible esposo —se quejó.

Edward abrió los ojos ante la sorpresa, la duquesa se quejaba de su esposo ¿Acaso la maltrataría? Sería extraño él siempre le entrega lo que ella pedía, de seguro hablaba de satisfecha.

El joven no muy convencido decidió mostrarle a la duquesa el lugar que él había construido.

Lo había hecho hace muchos años, era su escondite cuando quería escapar de los retos de su madre. Una pequeña casita subterránea en la que tenía de todo y era lugar suficiente para cinco adultos, se sentía orgulloso de aquella construcción pues se había esmerado muchas semanas intentando obtener mejores resultados.

Ahora que ya era un adulto, había arreglado aún más los interiores, amoblándola e incluso dejando unas frazadas en caso que tuviese algunos problemas.

Isabella se sorprendió al darse cuenta que era lo que Edward le iba a mostrar.

—Entre usted, le aseguro que este lugar esta bien construido —susurró.

Mientras Isabella bajaba aquellas escaleras sintió como los nervios se apoderaban de ella.

—¿No me acompañarás? —criticó al ver que Edward no bajaba con ella.

—No se vería bien que usted y yo estuviésemos allí —explicó Edward desde arriba.

—Amarra los caballos, aquí nos quedaremos a merendar —sonrió.

Ella no tenía planes de merendar lo que traía en la cesta, en realidad esperaba otra cosa y su mente ya había comenzado a trabajar en ello.

Poco a poco la duquesa comenzó a acostumbrarse a la idea de que Edward era un sirviente, pero al parecer cada vez le molestaba menos.

Ambos se sentaron sobre las frazadas que estaban en el suelo de la construcción.

—¿Realmente lo construiste tú? —cuestionó mientras le entregaba la merienda.

—Si, ahora pienso pintar los interiores, esta madera ha perdido su brillo y quiero hacer de esto algo más acogedor —explicó.

—Ya veo —dijo sirviéndole algo de vino.

Se acercó a él lentamente, dejando de lado su copa e intentó besarle.

Edward al sentir la cercanía de la duquesa se alejó.

—Señora —criticó —. Es usted una dama, por favor no denigre esa imagen que poseo de usted.

—Edward, he sido una dama demasiado tiempo y tú eres más que un simple criado para mí, desde ayer no he podido dejar de contemplar tu belleza —le cerró el paso al ver que quería escapar.

—Señora, por favor —criticó alejándola.

—He visto como me miras Edward, para mí tus ojos son el reflejo de tu pasión —sonrió dejando caer un lado de su vestido, quedando expuesto uno de sus hombros.

Edward cerró los ojos e intentó calmar su respiración.

Aquella mujer lo había acorralado en una esquina del lugar y estaba a escasos centímetros de su boca.

Él sabía que si era descubierto le matarían, pero aún así no pudo resistirse al exquisito aroma a rosas que desprendía su cuerpo y sintiendo el calor de sus labios se rindió ante el roce de aquella dama.

Isabella victoriosa besó desenfrenadamente a aquel joven que no le había permitido dormir tranquila.

Se despojó rápidamente de aquel vestido, mientras que besaba aquellos exquisitos labios dulces de Edward.

Este desató el corsé de la duquesa y pronto cayó al suelo, así como todo el resto de sus ropas, quedando absolutamente desnuda frente a él.

—¿te gusta lo que ves? —inquirió ella con una voz atrayente.

Edward asintió en silencio, todo su cuerpo se había paralizado y una conocida molestia se había adueñado de su pantalón.

Sin tarda más el asunto, Isabella dejó caer el cinturón que sostenía los pantalones de su amante y bajó sin dudar la ropa interior que le envolvía.

No pasó desapercibido para ella la magnitud del espécimen de aquel muchacho, el perfecto molde de un Dios griego, aquel que cualquier mujer desearía.

Se mordió sensualmente el labio inferior y se saboreó lentamente al ver la tensión y firmeza de la masculinidad de Edward.

Se arrodilló frente a él, petrificado y absorto Edward fue testigo de cómo Isabella introducía lentamente su miembro dentro de su boca.

Estremeció al sentir como acariciaba el extremo de él y luego con fuerza volvía a realizar la maniobra.

Temblaba allí de pie, lleno de éxtasis y de sensaciones nuevas, quizá aumentaba el frenesí al saber que esto era un juego prohibido.

No tardó en separar a Isabella de él, deseaba su cuerpo, no simplemente su boca.

La recostó con delicadeza sobre las frazadas y se posó sobre ella.

Bebió de sus pezones y los masajeó con necesidad, sin demorar más se introdujo dentro de ella.

Isabella sintió la presión en su intimidad, el roce de las paredes de ambos le producía una sensación exquisita y un espasmo recorrió todo su cuerpo al sentir como él le retiraba su masculinidad y la introducía nuevamente.

La humedad la embargó a tal punto que deseo sus labios con impaciencia, necesitaba descargar tanta lujuria y deseo, se apoderó así de su boca y no descansó hasta que le faltó el aire.

Edward aumentó la frecuencia de sus embestidas e Isabella al sentir un calor interno insufrible, arqueó su cuerpo deseando aún más de él.

Los constantes jadeos y gemidos que ella expulsaba hacían que Edward decidiera aumentar aún más la potencia de sus movimientos, la duquesa jamás había sentido tanto placer, para ella esto era algo inigualable.

La fricción de sus cuerpos húmedos y calurosos, las exquisitas sensaciones albergadas por sus simples cuerpos desnudos, el deseo y la lujuria acumulados por ambos hizo que estallaran en un alarido de placer.

Ambos exhaustos dieron por finalizado aquel glorioso momento.

—Gracias —jadeó Isabella.

—Es usted magnifica señora —sonrió Edward.

—Te dije que no me dijeses así —le criticó.

—Mi lady es usted una diosa en lo que respecta al arte de amar —le susurró en el oído.

—Por lo que a usted respecta, usted y su acompañante son de hoy en adelante mis protegidos. He de halagarle su forma de amar y lo bien que le ha dotado Dios —sonrió Isabella gustosa de haber aceptado caer en aquel juego.

Para Edward fue una gran sorpresa ver que una mujer de tan distinguida estirpe se refiriese así de él y su cuerpo, pero aún así disfruto al oír ese tipo de halagos de ella.

Isabella enredó sus dedos en los cabellos cobrizos del que ahora era su amante y besó a Edward con impaciencia.


Hola mis niñas.

He aquí una idea que nacio anoche y no pude hacer oidos sordos a ella.

Este será un three shot, simplemente tres capitulos no más.

Agradezco a todas aquellas que me han apoyado y dejado sus mensajes en estos momentos dificiles.

Muchas gracias por leerme y aún más por dejar REVIEW

espero ansiosa sus comentarios, dentro de mañana y pasado este three Shot estará terminado.

(Deje su alerta para estar al tanto de esta locura)

Cariños.

Manne