Choice of life



Summary: La duquesa de Kent, una mujer con temple decide vivir en Bristhland. Era una mujer fría y sin corazón, dependiente del dinero y el status, hasta que conoce el amor en manos de quien menos espera ¿Dejaría la alta alcurnia por un simple amorío? ThreeShot

Disclaimer: Los personajes de este shot pertenecen a Stephenie Meyer, lo único que es de mi propiedad es la historia, por lo que queda tajantemente prohibida la reproducción parcial o total del texto.


Capitulo III.

Decisión de vida.


Este capitulo va dedicado a mi querida Miss_Kathy90 por su gran asesoría en los títulos nobiliarios y por escucharme siempre en mis momentos de locura temporal, más aún porque siempre me orienta para no salirme de lo que he creado en un principio. Kathy eres la reina del spoiler, siempre te sabes todo. Te adoro.



El funeral del duque se llevó a cabo entre lágrimas y sollozos de todos los asistentes, muchos amigos cercanos a la familia asistieron a darle condolencias a la viuda, que ahora tenía algo más en qué pensar.

Ser la viuda de un duque era una gran responsabilidad, pues no faltarían los familiares lejanos que llegasen a reclamar el titulo que les correspondía por derecho.

Isabella no sabría que hacer en caso que debiese dejar su vida llena de comodidades y de reconocimiento social, ella había nacido dentro de los grandes círculos sociales de Inglaterra y no quería por nada del mundo perder aquello.

Sus tristes días fueron acompañados por la baronesa, ella jamás le dejó sola ya que temía por el bienestar de su queridísima amiga.

—¿Te apetece viajar a Bath? —le propuso Alice una tarde.

—¿A Bath? —dijo sin ánimos.

Habían transcurrido unas semanas del deceso del duque.

—Si, a disfrutar de los baños termales y de una sociedad más variada. Sé lo que para ti significa estar en Bristhland, pero a pesar de eso no hay recuerdos sanos por los que debas permanecer aquí —le aconsejó.

—No quiero dejar aún Bristhland, prefiero permanecer una temporada más aquí, quizá nuestro viaje a Bath podría ser aplazado para cuando mis ánimos estén acorde a la situación —sonrió tiernamente a su amiga mientras bebía su té.

Isabella se sentía bastante desanimada, temía que la aparición de un heredero arruinase su vida y los constantes recuerdos de Edward le atormentaban por las noches.

Se levantó del sofá y caminó por la habitación.

—Creo que debería remodelar el estilo de este salón ¿Qué te parece si me ayudas? —sonrió Isabella.

—Está perfecto, querida —dijo mirando los hermosos cortinajes —. No creo que sea necesaria una remodelación.

Isabella caminó lentamente por el iluminado salón, recordó aquellos momentos en que su vida había sido mucho mejor, en donde las preocupaciones se limitaban a mirarse al espejo y comprar nuevas cintas para su cabello, añoró la tranquilidad de una vida así.

Repentinamente sus piernas se debilitaron y un mareo la inundó haciéndole perder el equilibrio, en unos instantes se encontró en el suelo inconsciente.

—¡Bella! —gritó espantada la baronesa al ver a su amiga en el suelo.

Corrió hacía ella.

—¡Traigan un médico! —ordenó a los lacayos.

Los sirvientes levantaron a Isabella que aún permanecía desmayada y la llevaron hacía sus aposentos.

Alice se sentía muy aterrada con todo lo acontecido, su amiga estaba hablando con total naturalidad y sin más cayó al suelo.

El médico de la zona no tardó en llegar a Bristhland ante el rápido aviso de uno de los sirvientes.

Entró en la habitación de la duquesa y le examinó.

—¿Qué es lo que tiene? —insistió Alice al ver que el médico palpaba a su amiga.

—Déjeme continuar con mi trabajo, podría esperar fuera mientras la examino —ordenó.

Alice salió confusa y asustada de la habitación de Isabella.

No se quedó tranquila, caminó de un lado a otro en las afueras de los aposentos de su Isabella, impaciente por tener noticias que pudiesen aclararle lo ocurrido.

Entonces el médico le permitió ingresar, Alice cerró suavemente la puerta.

—¿La duquesa le ha confesado alguna infidencia en estas últimas semanas? —inquirió el médico.

Alice intentó hacer memoria, entonces vio como su amiga se incorporaba lentamente en la cama.

—No, nada que pudiese ver con este asunto —le explicó.

Isabella se sintió muy débil, lo último que recordaba era haber estado hablando del salón y ahora se encontraba en su habitación.

—¿Qué ocurre? —dijo aún mareada.

El médico la miró seriamente y se acercó a ella, Alice le acompañó.

—Querida duquesa, usted está embarazada —afirmó con seguridad.

Isabella no lo pudo creer, sintió un mareo nuevamente ante la noticia, pero se mantuvo atenta a lo que el médico decía.

—Según lo estimado usted debe tener dos meses de embarazo —le explicó —. Me alegra mucho que tenga un recuerdo de su marido creciendo en su vientre.

Isabella tenía claro que aquel bebé que crecía dentro de ella no era precisamente de su difunto esposo, pero eso era una confidencia que se llevaría a la tumba.

La duquesa le agradeció al médico por su visita y acordaron que vendría una vez al mes para ver su estado y el del pequeño que crecía en su vientre.

Isabella no dejó de pensar en Edward, en que aquel pequeño hijo que crecía en su vientre era de él ¿Qué diría si se enterase que sería padre?

Una vez que se retiró el médico Alice se dejó caer en cama.

—¿Embarazada? —susurró.

—Ni me lo digas que con todo lo que ocurrió no había notado nada extraño —dijo reposando su cabeza en el almohadón.

—Bien, lo importante es que ahora debes hacer reposo por el pequeño que crece en ti —sonrió su amiga mientras el sostenía la mano —. Lastima que le faltará una figura paterna.

—Alice, tú sabes muy bien que esa figura paterna no está descartada del todo —susurró.

La baronesa comprendió a que se refería con lo que le declaraba.

—Lo sé, pero aún así sería arriesgado decirle que él es su padre, recuerda que tu bebé será el heredero de todo lo que implica ser el Duque de Kent —sonrió Alice.

—Siempre y cuando sea varón —le recordó.

Esa semana Isabella se vio imposibilitada de hacer algo sola, si no estaba Alice para cuidarle, estaban sus doncellas que no le dejaban levantarse de la cama antes del medio día.

Aquella mañana Isabella y Alice decidieron invitar al té a algunas de las personalidades más importantes de la zona, para así no sentirse tan solas y evitar las habladurías que rondaban la imagen de la duquesa.

—Se ve usted muy saludable —sonrió lady Elizabeth.

—Muchas gracias —respondió Isabella.

—Debe ser una suerte para usted estar embarazada —inquirió Jane al verle tan tranquila, para ella jamás hubo dudas de que aquel hijo que esperaba no era del duque.

—Lo es —se limitó a responder con tranquilidad —. Es el mejor recuerdo que podría albergar, será el mejor regalo que mi querido Jacob podría haberme dado.

Para nadie en el condado era novedad que Jane siempre había estado prendada del duque, pero este prefirió a Isabella por sobre cualquier otra.

Aquella velada fue demasiado agotadora para Isabella, no se sentía muy bien, además tenía claro que todas aquellas mujeres habían venido con la intención de descuerarle, pues si no hablaban de sus amoríos con el criado que fue despedido, hablarían de lo gorda y horrible que se veía embarazada, de que aquel hijo no era del duque y que buscaba amasar más fortuna si es que el bebé fuese un varón.

Más de alguna excusa existiría para hablar mal de ella y eso lo tenía claro, por lo que cuando finalizó la jornada se sintió aliviada de haber acabado con un asunto tan desagradable.

—Que desatino de Jane al preguntarte algo así —dijo Alice antes de marcharse.

—Ya estoy acostumbrada a ese tipo de comentarios —respondió Isabella exhausta.

Por el bien de Isabella y del bebé que estaba esperando, lo más propicio sería que se mantuviese en Bristhland, así evitaba que cualquier ajetreo pusiese en peligro el bienestar de ambos, por lo que los planes de viajar a Bath se pospusieron.

Sus días fueron alegrados por Alice, la única real amiga que poseía y aunque sus padres eran muy buenos con ella, la distancia les impedía venir a visitarle.

Sus días pasaban con rapidez, los meses parecían desaparecerse en instantes y el momento esperado llegó.

El médico había estado alojándose en casa de Isabella a la espera de que el bebé naciese, una noche Alice dormía a los pies de la cama de su amiga cuando la sintió quejarse y de inmediato despertó.

—¿Te encuentras bien? —inquirió desesperada.

Los gemidos de Isabella y la presión en su vientre eran más respuesta de la que podía entregar con palabras.

Alice de inmediato fue en búsqueda del médico.

—Traigan agua fría y agua tibia, paños húmedos y secos —ordenó a las sirvientas Alice mientras ayudaba al médico.

Isabella estaba en posición, esperando que el momento llegase.

—¡Puja, querida, puja! —chilló la baronesa dándole fuerzas a su cansada Isabella.

La duquesa en su interior se otorgaba fuerzas para continuar, aquel pequeño ser que estaba a punto de nacer era el reflejo del real amor que alguna vez existió entre Edward y ella, por lo que no podía bajar los brazos en esos momentos, debía luchar para ver el rostro de aquel bebé y recordar entonces a aquel hombre que alguna vez dejó partir. Hizo su mayor esfuerzo y gritó de dolor al sentir como la presión aumentaba y aún no conseguía su cometido.

—¡Puje! —le ordenó el médico.

Exhausta suspiró y pujó lo más fuerte que pudo, pero aún así era insuficiente y el dolor le podía.

—Isabella —le presionó la mano Alice —. ¡Tú puedes, vamos otro intento!

Agotada y exhausta, con el corazón latiendo con firmeza, hizo un último intento y depositó toda su fuerza en él. El grito se escuchó por toda la casa, no tardó en ser acompañado del llanto de un infante.

Isabella reposó su cabeza sobre el almohadón y Alice posó sobre su frente un paño húmedo.

El médico cortó el cordón umbilical y luego de hacer unas revisiones al pequeño se lo entregó a su madre.

—Es un saludable niño —sonrió el doctor.

Alice e Isabella sonrieron, era un niño, un pequeño bebé con escaso pelo y de piel clara, sus ojos estaban hinchados y les era imposible saber el color de estos.

Isabella le contuvo en su pecho y el bebé no dejaba de llorar sobre él, ella le acarició una y otra vez, se sentía orgullosa de si misma, había traído al mundo un pequeño a pesar de todas las dificultades que la vida le presentó.

No tardaron en llegar las tarjetas de felicitaciones, los obsequios de todos los amigos y no tan amigos de la duquesa.

Incluso el mismo príncipe le regaló un ajuar al pequeño.

—¿Qué nombre le pondrás? —inquirió Alice.

—Charles Anthony III —sonrió Isabella agotada los ojos ya se le cerraban.

—Como tu padre, pero ¿Por qué Anthony?

—Es el segundo nombre de Edward —susurró.

Alice se quedó cuidado esa noche al pequeño Charles, mientras que Isabella durmió agotada todo lo que quedaba de noche.

La baronesa al tercer día debió volver a Thunder Park, ya que su esposo estaría de regreso después de un largo viaje en Londres.

Se despidió de su amiga y del pequeño Charles que ya había abierto sus pequeños ojitos dejando vislumbrar un color plomizo en ellos.

—Es hermoso —dijo antes de marchar —. Espero verte pronto.

—No te preocupes —le sonrió agotada Isabella —. No lograremos percatarnos de cómo ha pasado el tiempo y ya le habremos visto como todo un galán —besó la frente del pequeño Charles al que estaba amamantando.

Isabella pudo levantarse al sexto día, los constantes dolores le habían impedido hacerlo antes.

Recibió muchos regalos por parte de su familia y prometió visitarles a penas le fuese posible.

Tal cual como había predicho Isabella el tiempo pasaba muy rápido, el pequeño Charles estaba diciendo sus primeras palabras y jugaba con uno de sus cascabeles de plata que le había obsequiado el mismísimo Príncipe William.

—No muerdas eso —le criticó con dulzura Isabella mientras leía el diario.

La duquesa disfrutaba dedicándole el mayor tiempo posible a su pequeño bebé, no se perdía ningún momento a su lado y a penas pudo, viajó con él para comprarle ropa y hermosos cascabeles para su colección.

El día en que Charles dio sus primeros pasos hacía su madre, Isabella decidió hacer un picnic con él. Aquella tarde recordó esas preciosas imágenes de Charles caminando hacía ella con tan solo once meses.

El pequeño de ondulado cabello castaño e impactantes ojos esmeralda reía mostrando sus dos dientes inferiores.

Para Isabella, Charles era el motivo de vivir, era la felicidad que se le había agotado hacía más de un año, el recuerdo del verdadero amor que un día sintió por un hombre y un amargo recuerdo también por no haber sabido elegir por él.

Aún así sonreía junto a su pequeño al verle sentado a su lado, era hermoso y nadie podría negarlo, sin lugar a dudas algún día sería un gran casanova.

El pequeño Charles creció con gran rapidez y su primer cumpleaños fue celebrado con una gran fiesta, todos los conocidos de Isabella estaban invitados al baile de su pequeño hijo.

—Esto es magnifico —sonrió la baronesa —. Es espectacular.

—Digno de alabanza —acotó Jasper.

—Gracias, pero creo que es lo mínimo que merece Charles —sonrió Isabella al ver que sus invitados llegaban.

Victoria, la condesa de Essex había venido a visitar al pequeño Charles que estaba en los brazos de su madre.

—Querida tanto tiempo —sonrió al ver a Isabella —. Sigues tan hermosa como la última vez que te vi y que pequeño más hermoso.

Isabella sabía que la condesa era una mujer excepcional, había pasado también por las mismas habladurías que ella y le comprendía perfectamente.

—Muchas gracias, me alegra que hayas podido venir —sonrió.

Recibió a los invitados uno por uno y se encontró con el duque de Anjou y su esposa.

—Mi queridísima Isabella, que gusto verte —dijo el duque.

—El gusto es mío —sonrió la duquesa de Kent.

—Que hermoso es tu hijo —sonrió la esposa del duque.

—Muchas gracias —dijo quitándole Charles de la boca el cascabel.

—Me he permitido traer conmigo un invitado —sonrió Marco, el duque de Anjou.

—No te preocupes, me alegra que hayas traído a aquel invitado, sabes que mi casa es tu casa —le sonrió.

Isabella conocía a Marco de pequeños, de hecho una vez al año él venía a visitar a su padre. Isabella y Marco eran primos paternos y desde pequeños habían criado un gran afecto.

—Aunque mi querido amigo se ha quedado entretenido con alguna dama —sonrió mientras le buscaba con la mirada.

—No te preocupes, de seguro pronto aparecerá nuestro misterioso invitado —le respondió Isabella —. Y, dime ¿Quién es?

—Es el nuevo Conde de Radford —sonrió la duquesa.

—Creo que algo leí sobre él, era un sobrino del antiguo duque ¿No es así? —dijo Isabella mientras le pedía a una sirvienta que tomase a Charles que había estado muy inquieto.

—Si, así es sobrino materno, el único en la línea de sucesión —sonrió Marco.

Isabella al ver que nadie más faltaba, entró al gran salón e invitó a todos a disfrutar del banquete preparado en honor a su hijo.

—Esto está exquisito —le susurró Alice.

—Debo reconocer que como anfitriona no existe otra igual a ti —sonrió Jasper.

—No me halagues Jasper —le pidió —. Me harás ruborizar.

La cena fue muy bien evaluada por los invitados, todos se expresaron hacia la anfitriona de forma positiva, de hecho la llenaron de halagos.

Entonces reunión a los aproximadamente trescientos invitados y se dirigió a ellos, para dar el baile inicial y despedir al pequeño Charles, entonces se vio sorprendida al ver que hacía su entrada el Rey y la Reina de Inglaterra.

—Hace su entrada el Rey y la Reina de Inglaterra —anunció Frank.

El príncipe William, ya estaba allí y sus padres se dirigieron hacía Isabella.

—Mi Rey —saludó Isabella con una reverencia —. Mi reina —volvió a repetir el gesto.

—Querida duquesa ¿Cómo ha estado usted? —sonrió la reina.

—Muy bien, muchas gracias por preguntar ¿Su salud como ha estado?

Era bien sabido por todos que la reina últimamente había tenido serios problemas de salud.

—He mejorado notoriamente —sonrió la reina.

Isabella luego de la recepción de los reyes, continuó con lo que tenía planeado.

—Es hora que mi pequeño Charles se vaya a dormir, estamos muy agradecidos a todos ustedes por haber venido hoy a su primer cumpleaños, pero es hora que se vaya a dormir y nosotros iniciemos el baile —sonrió.

—¡Por el futuro duque de Kent! —vitoreó una voz varonil entre los invitados.

—¡Por el futuro duque de Kent! —levantaron todos sus copas.

Isabella le entregó a Charles a una de las criadas para que le hiciesen dormir, mientras que ella continuaría encargada del festejo.

Inició el baile con el Conde de Arlington, un joven amable quien siempre gustaba bailar con ella.

Así el número de parejas fue perfecto y se inició el baile. Sus ágiles pies disfrutaban después de tanto tiempo poder bailar, pues no lo hacía de la última vez que celebró un baile en Bristhland y a pesar de ser invitada muchas veces a varios eventos, debió rechazarlos por su luto y por Charles.

Finalizada la música luego de bastante, se dirigió a sus aposentos a ver si Charles dormía.

—Alice —le susurró a su amiga cuando la encontró de camino.

—Isabella —sonrió.

—Voy a ver a Charles, pronto volveré —le explicó.

Subió hasta llegar a su habitación, abrió la puerta y se sorprendió al ver un hombre con su hijo en brazos.

—¡¿Qué pretende?! —chilló Isabella —. ¡Suelte de inmediato a mi hijo!

El hombre de un porte considerable estaba de espaldas a Isabella y al ver que estaba tan molesta se volteó.

Isabella se petrificó en el acto al ver que el hombre que sostenía a su hijo era Edward.

Llevaba una chaqueta de terciopelo y vestía muy elegante.

—Buenas noches, Isabella —sonrió —. No se moleste usted por mi intrusión en la habitación de su hijo, simplemente deseaba conocer al niño.

La duquesa no encontró palabras para responder a aquel saludo. ¡Edward estaba allí! Vestido de etiqueta, con su hijo en brazos y ella no sabía que hacer, todo su desplante y su seguridad quedaron escondidos quizá donde.

—¿No me vas a saludar? —inquirió Edward nervioso.

Él había planeado este encuentro por largo tiempo, no quería volver a verla sin antes estar absolutamente seguro de ser capaz de presentarse frente a ella.

—¿Qué haces aquí? —dijo con la garganta seca.

—He sido invitado por el duque de Anjou —sonrió.

¿Edward invitado por un duque?

—¿Invitado por el duque? —dijo confusa arrebatándole de las manos a Charles.

Extrañamente el niño no había llorado en brazos de aquel desconocido.

—Pensé que lo sabias, pero he heredado el titulo de Conde de Radford, con todo lo que ello conlleva, Marco ha sido un gran amigo en mi inserción y cuando me enteré que era tu primo el interés en aquella amistad aumentó —sonrió deslumbrando a Isabella.

—Edward yo…

—No me interesa hablar del pasado Isabella, yo sólo he venido aquí con un propósito y al cumplirse no tendré nada más que hacer aquí —le dijo decidido.

Edward había sufrido mucho por aquella hermosa mujer y a pesar de entender su forma de actuar nada cambiaba el daño que Bella le había hecho aquella noche en los jardines de Bristhland.

Isabella sentía que su corazón volvía a la vida, el ritmo se vio notoriamente aumentado cuando él se acercó a ella a una distancia indiscriminada.

Edward le levantó el rostro y ambos mantuvieron conectadas sus miradas.

—Isabella, dime ¿Charles es mi hijo? —sentenció a tan solo centímetros de los labios de la duquesa.

Tembló notoriamente al sentir el hálito dulce que salía de su boca, Isabella no pudo controlarse y estampó un necesitado beso en los labios de aquel hombre que seguía siendo el único al que había amado.

Edward sintió una necesidad de responder a aquel beso, pero necesitaba saber la verdad.

La separó de él suavemente, la sostuvo de ambos brazos con suavidad y le repitió la pregunta.

—Dime, Isabella ¿Charles es mi hijo? —exigió decidido.

—Edward, después de ti no ha habido nadie más, ni siquiera mi difunto esposo —explicó con el corazón roto.

Él debía saber toda la verdad, independiente que después de aquello Edward se marchase.

El conde se sentó al borde de la cama y miró fijamente al pequeño, besó su frente y jugó con el cascabel que sostenía en sus pequeñas manos.

—Edward —sollozó —. Edward, perdóname por todo lo que te he hecho, yo he sido una estúpida al escoger esta vida, te amo a ti, solamente a ti y el día en que decidí ir a por ti, Jacob tuvo ese horrible accidente que terminó con su vida —sollozó.

—Isabella, no me digas cosas que no son ciertas, mil veces te dije que no quería malos recuerdos, que mejor no me los dijeses. Ahora no me interesa saber si deseabas buscarme o no, me ha quedado claro que tu amor por el dinero y el status es mucho más fuerte de lo que se suponía era amor por mi —dijo fríamente.

Edward había ensayado una y otra vez lo que le respondería a Isabella, él había visto como era tratado Jacob y sabía que ella no era una mujer fiel, la conocía mejor que nadie y sabía que mientras más debilidad le demostrase más limpiaría el piso con su corazón.

Isabella le tomó de los brazos y le obligó a mirarle.

—Edward, sé que he sido una estúpida, engreída, poco amable y traicionera al dejarte ir, pero he sufrido mucho estos dos años y ya no soporto más —lloró.

—Mi querida duquesa —se levantó de la cama —. No hace falta que usted exponga sus sentimientos hacía mi persona, debe saber usted que dentro de poco haré mi proposición a una muchacha de muy buena familia y si me acepta pronto podré rehacer mi vida —mintió.

El jamás había tenido otra mujer, jamás había mirado a otra que un fuese a Bella, ella era para él lo único que realmente valía la pena y a pesar de haberle negado su amor, Edward muy dentro de su corazón la seguía amando.

Isabella sintió como su corazón volvía a presionarse en su interior, produciéndole un dolor intenso en su pecho.

—Edward —logró decir en un débil susurro.

—Isabella, le daré mil libras mensuales a Charles, para que no le falte nada, principalmente para que nunca se diga que su padre no se preocupó de él —le explicó y abandonó la habitación dejando a Isabella al borde de la cama sosteniendo al pequeño Charles.

Edward salió de allí antes que se sintiese débil y cayese nuevamente en brazos de la duquesa.

Alice quien había subido a la habitación para ver por que su amiga tardaba demasiado, vio al conde salir rápidamente de allí, ambos se miraron y Edward cortó el contacto al ver de quién se trataba.

—¡Bella! —dijo Alice al verla llorando —. ¿Era él quien bajaba las escaleras?

Isabella asintió mientras lloraba.

—¡Oh! Querida, ¿Cómo ha logrado entrar?

—Ahora Edward es el conde de Radford —sollozó.

—¿Conde? ¿Edward, el chico que era domador de caballos ahora es Conde? —cuestionó Alice.

La duquesa volvió a asentir en silencio.

—¿Te ha hecho algo?

—Le he dicho que Charles es su hijo y le he pedido perdón, pero él no me ha perdonado y aún le amo —hipó.

Alice acarició la espalda de su amiga, intentando consolarle, aunque sabía que eso era imposible, más cuando aún le tenía allí.

—Amiga, sé lo difícil que es para ti, pero debes ir al salón todos han notado tu ausencia —le aconsejó Alice.

La duquesa limpió sus lágrimas y volvió al salón acompañada de la baronesa.

—Tú puedes —le susurró su amiga.

Apareció en el salón y de inmediato el Vizconde de Cleveland le invitó a bailar.

Ella dichosa aceptó y volvió a entregar su mejor sonrisa.

Edward le observaba mientras Marco le hablaba sobre alguno de los invitados a esta fiesta.

—Edward, nos deberemos quedar esta noche —señaló el duque de Anjou

—¿Quedarnos? —inquirió algo molesto.

—Así es, Isabella como bien sabes es mi prima y me ha ofrecido esta casa para disfrutar un par de días —sonrió.

—No puedo quedarme, bajo ningún concepto —se excusó Edward.

—No puedes fallar ahora, debes conocer más la alta sociedad y ahora sería ideal, sobre todo porque mi prima es la más indicada para hacerlo —sonrió Marco.

Para el duque de Anjou el pasado de Edward era un secreto, pocas personas sabían que había vivido el Bristhland, en realidad nadie de la alta sociedad sabía de donde provenía, simplemente sabían que gracias a su madre él había conseguido el titulo.

Edward se rindió ante la insistencia de Marco.

Una vez terminado el baile se retiraron los invitados con lentitud, Isabella simplemente quería olvidar aquel encuentro con Edward, olvidar sus hermosos ojos y sus exquisitos labios, omitir aquellos recuerdos felices en los que él era la fuente inagotable de felicidad.

—Queridísima prima —sonrió Marco al ver que ya estaban solos.

Isabella no pudo evitar mirar a Edward.

—Te quiero presentar al Conde de Radford —sonrió Marco —. Le he buscado toda la noche, pero como bien dijiste tú es algo misterioso.

Ambos hicieron una reverencia y Edward galantemente le besó la mano.

Isabella sintió como el latido de su corazón se aceleró.

—Hemos de abusar de tu hospitalidad —interrumpió la duquesa.

—Así es mi querida Isabella, ya que nunca te visitamos y nos has reclamado por aquello quería saber si podríamos quedarnos unos días haciéndote compañía —sonrió Marco algo nervioso ante la posible respuesta de su prima.

—Por supuesto que puedes querido Marco, eso no debes ni preguntarlo —respondió Isabella con una sonrisa.

De inmediato ordenó a los lacayos que preparasen las habitaciones de invitados y les entregó una habitación matrimonial a los Duques de Anjou, mientras que a Edward le otorgó un aposento más alejado de ellos, pero más cercano a la habitación que le pertenecía.

Estaba bien, quizá Edward estaba molesto, sentido y triste, tenía todo el justo derecho de estarlo, pero ella era una mujer, una autentica mujer y no se dejaría amedrentar por un antiguo amor que ahora era un conde, ella siempre había sido una mujer fuerte y poderosa, ¿Por qué actuaba distinto con Edward?

Ella sabía como volver a conquistarle, por lo que aquella noche se vistió con sus mejores ropajes, se perfumó con su exquisito aroma a rosas y se encaminó a media noche hacía la habitación de Edward.

Estaba nerviosa y tensa, deseaba sentirle nuevamente y olvidar todo lo que le había amargado la vida, deseaba volver a sentirse en manos de un hombre al que amaba y deseaba con locura y ese solamente podía ser el Conde de Radford.

Abrió la puerta y vio a Edward dormido sobre la amplia cama.

Caminó sigilosamente hacía él y se introdujo entre las sabanas.

Sintió la piel tibia de Edward, intentó subirse sobre él sin ser sentida, no quería despertarle pero falló rotundamente cuando sintió una prisión en sus muñecas.

—¿Qué haces aquí? —dijo Edward con una voz ronca.

—Vengo a exigir lo que es mío —sonrió y estampó un beso que silencio a Edward en el acto.

Recorrió sus labios con desesperación, acarició la espalda de Isabella y se deshizo de la molesta prenda que le impedía tocarla completamente.

Sus senos quedaron expuestos ante Edward y este los besó exquisitamente, mordisqueando las erectas cumbres.

La intimidad de Isabella rozaba constantemente con la prominente erección de Edward. El calor de sus cuerpos iba en notorio aumento, la pasión afloraba en ambas pieles sudorosas. Isabella se deshizo del ropaje que cubría a Edward y disfrutó al ver desnudo el miembro de su amado.

Se escondió entre las sábanas y besó la punta del sensible espécimen de Edward, acarició nuevamente la zona haciéndole estremecer en la cama, impacientemente le introdujo una y otra vez dentro de si y acarició constantemente sus sensibles paredes haciendo que el conde se retorciese de placer.

Edward no soportaba las caricias de aquella mujer que le había robado hasta el alma, así que la tomó fuertemente y la trajo hasta sí, la aprisionó entre su cuerpo y la cama. Sus pieles tibias volvieron a rozarse.

El joven conde estaba decidido a apoderarse del cuerpo de Isabella y sin más se abalanzó sobre sus pechos húmedos y ansiosos de su boca.

Besó, mordisqueó y succionó una y otra vez las cumbres de ellos y volvió a besarle en los labios. Ella masajeó la espalda de aquel hombre, acarició sus tonificados músculos y gimió al sentir como Edward se apoderaba de su lóbulos, mordisqueó su oído y jugó con su lengua.

Edward sintió una fuerte presión en su erección, abrió las piernas de Isabella aún más y esta soltó un quejido ante la fuerza aplicada por Edward, sin más introdujo sus dedos en su intimidad y la sintió tan húmeda que no hizo falta más, lentamente, pero con seguridad ejerció presión en ambas intimidades y se adentró a ella.

La punta de su miembro sintió la calidez de las paredes de Isabella.

Se movió al ritmo que su propio cuerpo exigía, haciendo estremecer a Isabella en sus brazos.

Ella sintió como se adueñaba de su interior, como la penetraba con insistencia.

Sus labios buscaron desesperados los de Edward para así poder descargar toda la pasión que le recorría, pero este se los negó aumentando aún más la potencia de sus embestidas.

Isabella venía decidida a ser ella quien dominase el asunto y no se dejó someter por más que las innumerables sensaciones le pidiesen exigir más.

En un descuido de Edward, Isabella volteó la posición quedando ella sobre él.

Sostuvo con sus manos las muñecas de Edward y se volvió a introducir de él con impaciencia.

Se movió rápidamente y el ritmo se vio notoriamente aumentado, los movimientos circulatorios de sus caderas le permitían sentir aún más gozo, por lo que continuó, se sentía en el paraíso en manos del conde, de aquel domador

Se obligó a resistir a aquellas exquisitas sensaciones, intentó soportar los espasmos que recorrían su cuerpo.

Edward bebió el sudor de los senos de Isabella, esta estremeció al sentir la fría humedad de la boca de su amante, su cuerpo ardía en pasión.

Corrió sus caderas y sacó el miembro de Edward y lo volvió a introducir en ella, repitió la maniobra lentamente, mientras que el conde no soportaba el cosquilleo producido en la punta de su viril espécimen.

Isabella lo introdujo de una vez y continuó moviéndose sin descanso, una y otra vez, sentía que iba a llegar al clímax, sus extremidades se acalambraban y ya no podía más, estaba a portas del orgasmo, pero se exigió continuar, el martirio debía ser de Edward no de ella.

El joven conde sintió como su miembro se debilitaba ante los roces constantes y no tardó en sentir como la electricidad recorría todo su cuerpo y alcanzó el clímax en el interior de Isabella.

Recordó aquellos momentos gratos que habían pasado juntos en donde la pasión del ambiente los había llevado a hacer innumerables locuras y sonrió agotado y extasiado en brazos de aquella mujer.

Isabella conforme al ver que Edward había llegado al orgasmo continuó con el acto, no se detuvo a pesar de que él estaba satisfecho, se movió aún con más energía y destreza, el miembro aún firme de Edward se mantenía en su interior recibiendo millones de descargas eléctricas que se veían aumentadas por la sensibilidad de la zona.

—Detente —rogó Edward.

Isabella hizo oídos sordos a la petición y continuó danzando sobre él hasta que se sintió satisfecha y dejó recorrer aquella exquisita sensación que le hacía perder la noción del mundo. El éxtasis supremo para ella volvía a llegar en las manos del mismo hombre.

Una vez compuesta de tanto placer, se levantó de la cama, tomó su ropa y se vistió.

—Muchas gracias —sonrió y cerró la puerta.

Edward quedó anonadado al verla marchar.

Buscó sus ropajes y salió tras ella.

Isabella sintió la presión en tu brazo.

—Bella —le rogó.

—¿Qué ha dicho mi querido Conde? —sonrió picara.

—Bella por favor —rogó.

—Eres tú el que me ha alejado ahora, no lo olvides —sonrió mientras soltaba la amarra que Edward tenía sobre ella.

—Me arrepiento, te amo —se acercó más de lo permitido.

Ella se separó de él, le miró a los ojos y vio sinceridad en ellos, él volvía a ser aquel hombre de modales simples que amaba con locura.

—Toma mi mano y sígueme, no mires a tras, nuestra historia se escribe hoy y ahora —tendió su mano hacía él.

Edward la aceptó y la atrajo hasta sí.

Sus labios se encontrarlo deseosos y se olvidaron de todo aquello que alguna vez le hizo daño, de ahora en adelante no existirían barreras entre ellos.

La vida les había dado una segunda oportunidad de ser felices y esta vez la duquesa había elegido correctamente.

La mejor elección de su vida sin duda era Edward Cullen. Conde o no conde de Radford, el siempre sería el domador que logró conquistar su esquivo corazón.


THE END.


Hola chicas.

¿Como estan?

Si, demasiado para un three shot :D

Pero no pude resistirlo

perdon si es que hay algunas fallas por alli, pero subí rápidamente.

Gracias a todas aquellas que me han dejado su RR.

Obligada a amar será actualizado entre hoy y mañana.

(en lo posible hoy, pero lo dudo)

Las quiero mucho.

Manne