DISCLAMEIR: NADA DE ESTA HISTORIA ME PERTENECE. LA IDEA ES MIA, PERO EL UNIVERSO Y LOS PERSONAJES PERTENECEN AL DIOS DE MI RELIGION, NUESTRO AMADO GEORGE LUCAS!


Prólogo.

Coruscant, ciudad imperial.

Diez años, diez años desde el día en que lo había perdido todo, incluido su propio nombre. Ahora era otra cosa, un ser mitad bestia, mitad máquina, que ni siquiera entraba en el calificativo de humano. Y no lo lamentaba.

Ahora era Darth Vader, Cazador de Jedis, Comandante Supremo de la Flota Imperial y Ejecutor del Nuevo Orden del Emperador. Era todo lo que siempre había deseado ser, sin estúpidas y vejatorias normas hechas adrede para contener su poder, y fuera de alcanza de cualquiera de sus viejas debilidades.

Su nombre inspiraba temor en cualquier punto de la galaxia. Los reyes se inclinaban ante él. Los inútiles senadores se arrastraban por el suelo ante su presencia. Los extintos jedi temblaban con sólo el sonido de su respirador. Y no había nada conteniéndole. Nada.

Por que estaba solo.

Una verdad tan simple y profunda que siempre se le escapaba. El odio, la ira, el miedo que infundaba a cuentos le rodeaban, y el desprecio que sentía por los demás seres vivos, a quienes asesinaba sin remordimientos, lograban desterrarla de su corazón la mayor parte del año.

Pero este día era diferente. Las trompetas, las risas, las declaraciones, el sonido de fuegos artificiales estallando en el cielo se lo recordaba. La galaxia entera estaba de fiesta. Hoy se conmemoraban diez años desde la creación del infierno. Diez años desde la desaparición de la Republica. Diez años desde la aparición de Darth Vader.

Diez años desde que su vida se había extinguido.

Se repetía que no era así. Se repetía que debía estar satisfecho con ser quien era. Que el otro, el extinto, era débil. Que él representaba el poder en persona. Pero en lo más profundo de su corazón, los restos de lo que alguna vez había sido un valiente caballero jedi, un abnegado hijo, un devoto esposo, y un esperanzado padre, los restos de Anakin Skywalker, clamaban en agonía.

Porque hoy hacía diez años de la perdida de sus sueños, de la marcha de quien él consideraba un hermano, de la extinción de la pura y luminosa criatura que habría sido su hija – él siempre, siempre, había insistido que era una niña –, y del fallecimiento de la razón de su existencia. Su amada esposa. Su ángel. Padmé.

Y el agónico y aterrador conocimiento de que él y sólo él, con sus acciones, había sido el responsable de tal perdida, lo asfixiaba más que la máscara que debía portar para respirar. Él, y sólo él había sido la mano ejecutora. Y dicha verdad llameaba a su alrededor consumiéndolo, más penetrante que los fuegos de Mustafar, en un llanto constante que ni siquiera la negra armadura de Darth Vader lograba detener.

Esconder, sí, incluso de él mismo. Pero nunca parar.

Y ese día se manifestaba. Mañana volvería a envolverse con su máscara y probaría al mundo, tratando de probárselo a sí mismo, la maldad que fluía por sus venas y que no encontraba mayor placer que ver todo extinto. La luz, la amistad y la vida.

Mañana lo haría. Mañana lo probaría, y continuara sumido en esa verdad durante los siguientes nueve meses. Pero hoy, sólo por hoy, Darth Vader permitiría que en su corazón, el hombre llamado Anakin Skywalker, recordara sus perdidas y llorara por ellas en paz.

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Alderaan…

La princesa Leia Organa acababa de cumplir diez años, pero el día no había sido tan espectacular como pensaba. O quizá lo correcto sería decir que si lo había sido. Demasiado. Un gran fiesta coreada de importantes invitados, hermosos vestidos de gala, peinados imposibles y joyas pomposas.

Ella hubiera preferido celebrarlo en las calles, con sus amigos, aquellos que frecuentaba a escondidas de sus tías y que nada tenían que ver con la nobleza. Niños que nunca se inclinaban ante ella por su corona, pero que pocas veces le llevaban la contraria por miedo a su carácter.

Al menos su regalo de cumpleaños si le gustaba, pensó, mientras se asomaba en su inmenso balcón para contemplar las estrellas. Después de mucho insistir, su padre había accedido a llevarla a Corusant, donde llevaría a cabo una serie de reúnes importantes del senado. A Leia le encantaba la política, tanto como odiaba las pretensiones dinasticas. Algún día soñaba ser una figura importante en el senado, para luchar por la justicia y la libertad de la galaxia, como esa hermosa mujer que a veces contemplaba en sus sueños...

Sus sueños...

- ¿Princesa, todavía no estáis dormida? – Leia giró el rostro para enfrentarse con el rostro de su nana, que la miraba con una mezcla de reprobación y cariño –. Se que ha sido vuestro cumpleaños, pero deberías ir a dormir pronto.

La jovencita asintió conteniendo un bostezo. Ella tenía razón.

- Claro, Martha, iré ahora. Buenas noches.

La criada bostezó y se despidió de ella. Leia contempló el cielo una vez más, conteniendo el impulso de alzar la mano para tratar de alcanzar las estrellas.

Había un extraño presentimiento aquel día, como si algo muy importante fuera a cambiar... como si el hueco que siempre inundaba su alma pronto hubiera de ser cerrado.

Como si se acercara la respuesta a todas las cuestiones que la inquietaban.

Unos momentos más tarde, sacudiendo la cabeza por su propia ingenuidad, la princesa se retiró hasta su lecho. Con un poco de suerte volvería a soñar con esa extraña mujer, tan hermosa y triste, o quizá con el niño de cabellos rubios que desde que era una niña había estado presente en su alma.

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Tatooine

Hacía rato que Luke debía estar en la cama, y el muchacho sabía que si su tío lo descubría despierto a esas horas le caería un buen castigo, pero había sido imposible resistirse. Hoy no era un día normal. Hoy cumplía diez años.

Acostado sobre la fresca arena de Tatooine, el niño clavaba la vista con esperanza en las estrellas. Él siempre se había sentido fuera de lugar en aquel planeta, como la pieza de un puzzle que no encajaba. Odiaba el ardiente calor que provocaban los dos soles al hundirse en su piel, la aspereza de la arena, y la completa desolación que lo cubría todo. Pero al mismo tiempo, se sentía culpable por dicho sentimiento.

Sabía cuan agradecido debía estar con sus tíos por acogerle, y como bien decía tío Owen, la vida no era más que esto, y él sólo un insignificante ser de los cientos que habitaban en el universo. Y aun así...

Aquel día cumplía diez años, y como todos sus anteriores cumpleaños, había abandonado la granja a escondidas y corrido al desierto, a contemplar las estrellas... a soñar que su padre descendía de ellas en una nave espacial y luego lo tomaba para llevarlo consigo. Sabía que sólo era un sueño, que nunca se haría realidad... Pero la simple fantasía bastaba para llenarlo de gozo.

No obstante, en ese cumpleaños el sueño tomaba un matiz diferente. La próxima semana viajaría a Corusant de excursión con el colegio, y por fin podría ver por sí mismo las maravillas que el universo ofrecía. Bien habían valido los meses de insistencia si al final su tío le había permitido ir.

Sabía que sólo era un excursión, un par de días... pero de algún modo, en lo más intimo de su ser, sentía que el viaje iba a ser algo más, algo distinto... Había algo que lo esperaba en la capital del imperio, algo que siempre había sido suyo.

Y contemplando las estrellas, Luke sonrió con ilusión y se dijo a sí mismo que estaba dispuesto a tomarlo.


Aquí va un fanfiction UA de lo que pudo pasar en el fantastico universo de star wars. El fanfic esta basado en otro que leí hace años en no se qué página y que no he vuelto a encontrar. Tenía guardados los primeros capitulos y me propuse reciclarlos, con gran cantidad de diferencias, por supuesto. Los protagonistas serán la familia Skywalker al completo, sin excepción. Ya entenderéis más adelante. Espero que os resulte entretenido...

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