Notas de autora: Nueva tabla para la gente de FMA (juro que algún día terminaré todas las tablas que estoy empezando… ALGÚN DÍA LO HARÉ) Pero esta vez no está centrada en una única pareja/personaje, voy a ir haciendo un recorrido por todas las familias del fandom. Porque en eso consiste esto: ¡family power! XD

Esta tabla la he tomado prestada de la comunidad family 15 de LiveJournal y, aunque seguramente se me escape algo de romance o fluff por en medio, lo más probable es que esté mayoritariamente centrada en relaciones paterno-filiales/fraternales, que los que ya me conocen saben de sobra que son mi gran debilidad. También habrá mucho friendship, que las familias de FMA no son solamente de sangre. Y si alguien me pregunta por qué demonios me ha dado por ponerme a hacer esto… bien, pues no tengo ni idea XD Suele ocurrirme que, cuando paso demasiado tiempo centrada en escribir romance, termino necesitando unas buenas dosis de parental para desintoxicarme. Y qué le vamos a hacer… siempre me gustaron más las precuelas que las secuelas. Soy incapaz de imaginar a cualquier personaje, sea principal o secundario, flotando en el limbo como si no hubiese tenido vida antes del inicio de una historia

Espero de verdad que esto se convierta en una tabla normal de prompts sueltos sin relación unos con otros, para que me la pueda tomar con calma y descansar mi saturado cerebro…

Si queréis echarle un ojo a esta tabla o a cualquier otra que tenga en marcha, pasaos por Land of Sanctuary, mi comunidad de fics en LJ (un poco de propaganda nunca viene mal… el link está en mi profile XD)

Voy a empezar con la gente de Xing, porque no he podido resistirlo. Mi alma de historiadora me impulsaba a darles un background. Y es que siento debilidad por los grandes imperios orientales y las cosas de corte (creo que eso también ha quedado patente en los últimos tiempos, muaja)

Próximamente… ¡el Roy-tachi! 8D

Hala, a leer~

Title: Mamá
Fandom: Fullmetal Alchemist
Characters: Xing-cast (para variar, juas)
Prompt: #5 - Uprooted
Word Count: 6814
Rating: G
Warnings/Spoilers: creo que no… A no ser que se os atragante la sobredosis de elementos pseudo-históricos, LOL. Ah, sí… ¡y exceso de noñería paternal, quedáis avisados!
Summary: No sólo eran los príncipes de Xing los que luchaban por llevar a su clan a lo más alto. La lucha la empezaban mucho antes sus madres, sacrificándolo todo en el camino.

Mamá

En Xing, las esposas del emperador vivían juntas en el serrallo del palacio imperial. Era un recinto amplio, con cientos de cámaras y salas, albergando todo lo que las mujeres pudieran necesitar en su vida diaria. Porque, una vez que cruzabas las puertas del serrallo, el mundo entero se comprimía hasta quedar reducido a aquellas lujosas paredes. Atrás quedaban las tierras del clan donde habían nacido, familia o amigos. Sólo un escolta podía acompañarlas (dos si pertenecías a alguno de los clanes más importantes) y, por supuesto, ese escolta siempre era otra mujer. Las sirvientas y damas de compañía provenían del servicio del propio palacio para evitar la creación de pequeñas facciones, pero también eran mujeres. Ningún hombre podía poner los pies en el serrallo, bajo pena de muerte, a no ser que fuera un eunuco o el propio emperador. Que, para ser sinceros, nunca se dignaba a visitar a sus esposas.

Ellas nunca más volvían a ver la luz del sol o a respirar el aire puro, a excepción de los estrechos y discretos jardines que tenían dentro de su reducido mundo para poder pasear. Sólo se les permitía salir en circunstancias muy especiales, como la gran ceremonia de Año Nuevo o en las fiestas en honor al cumpleaños del emperador, pero siempre como meras espectadoras de lo que ocurría desde galerías y gradas especiales que las mantenían separadas del resto del mundo. Era como haber sido arrancada de la tierra. Desarraigada para siempre de la vida normal, condenada a permanecer dentro de una jaula de oro, que, por mucho que brillara, a fin de cuentas no era más que una jaula.

A veces, la atmósfera dentro del serrallo se hacía demasiado aplastante. Las rivalidades entre clanes no desaparecían con la convivencia diaria, sino más bien todo lo contrario. El amor a su tierra y a su gente era lo único que les quedaba a aquellas mujeres, y se aferraban a ello con tanta violencia que las peleas y escaramuzas estaban a la orden del día allí dentro, a pesar de la fuerte vigilancia a la que eran sometidas. Todas querían ser las primeras en concebir un heredero cuanto antes, porque cuanto más alto estuviera en la línea de sucesión más probabilidades tendría de alcanzar el trono y suceder a su padre. Y aquélla cuyo hijo fuera coronado en el futuro, sería la nueva emperatriz de Xing, y podría salir del serrallo y ver de nuevo el sol y sentarse en el trono junto al emperador.

Su misión no era menos importante que la de los príncipes que luchaban por el trono desde fuera. Y eso era lo que las mantenía fuertes, dispuestas a soportar lo que hiciera falta.

A excepción de las fiestas más importantes, las esposas sólo abandonaban su recinto para visitar periódicamente los aposentos de su señor. Incluso los encuentros estaban programados, por orden de importancia: cuanta más riqueza poseyera tu clan, más posibilidades tenías de ser una de las primeras en compartir lecho con el emperador. También influía la edad. No todos los líderes de los clanes de Xing tenían hijas al mismo tiempo y no era lo mismo entregar por esposa al emperador a una mujer de 18 años que a una niña de 13. Si te quedabas embarazada pero traías al mundo a una niña, solían concederte cierta preferencia después para volver a intentarlo, dándote la oportunidad de concebir un niño, puesto que las princesas no tenían ningún derecho al trono. Y, cuando todas ellas habían pasado ya por la cama de su rey, empezaban las "segundas rondas", en las que influían las preferencias personales del monarca, por encima de privilegios y estatus.

Si tenías suerte, concebías relativamente rápido. Si no, terminabas cayendo en desgracia.

Un hijo era lo mejor que podía ocurrirle a una mujer dentro del serrallo. No sólo por el alivio de saber que había contribuido a la salvación de su clan al ofrecerle un heredero al emperador, sino también porque su mundo se expandía. Al dar a luz, ellas se dividían en dos. Su hijo se convertía en parte de ellas, en esa parte que saldría de allí y sería libre, y viviría y vería el cielo y haría todas esas cosas que ellas habían dejado atrás. Ellas vivirían a través de sus hijos, sabiendo siempre que una parte de ellas mismas permanecía fuera, atándolas al mundo que habían abandonado, arraigándolas de nuevo a la tierra.

Sólo se les permitía criar a sus hijos hasta que éstos cumplían los 3 años (6 si eran niñas) Y una vez sobrepasado ese límite, los niños eran enviados a las tierras de su clan para ser criados por la familia materna, lejos de la capital y del palacio imperial en el que sus madres permanecían, soportando la vida diaria del serrallo.

Sin embargo, a partir de los 7 años de edad, todos los príncipes y princesas estaban obligados a visitar el palacio imperial también en Año Nuevo y para el cumpleaños del emperador, las dos fechas más importantes de Xing, en las que la nación entera se vestía de gala durante semanas. Y en esos días, aunque ellos se alojaran en dependencias privadas lejos del serrallo, madres e hijos podían reencontrarse y compartir algunos momentos juntos, en estancias vigiladas. Si tenían suerte, incluso podían conseguir un permiso especial del emperador para pasear por los jardines del palacio imperial, aunque aquel privilegio rara vez se concedía. Para el monarca, cuanto menos vieran sus esposas el mundo exterior (y menos fueran vistas por el mundo) mucho mejor.

Ling no recordaba la cara de su madre. Sus primeros recuerdos pertenecían ya a la residencia de los Yao. Su abuelo, su abuela, sus tíos y especialmente sus tutores y escoltas. El maestro Tsai, un hombre viejo con una larguísima barba blanca, que le enseñaba a leer y escribir, y aquellas terribles matemáticas. Fuu, encargado de protegerle e instruirle en las artes marciales. Huan, Bao, Jun y Xiang, los hijos de la guardia de élite, todos más o menos de su misma edad, que eran sus compañeros de juegos y entrenamiento. Lan Fan, su mejor amiga y la que en el futuro se convertiría en su escolta personal, que le acompañaba a todas partes. Sus primos y primas, los que liderarían el clan Yao en la próxima generación. Y Pei… su nodriza, la esposa del hijo mayor de Fuu y madre de Lan Fan.

Nunca se había sentido abandonado o falto de algo. Estaba rodeado por su familia todo día, ya fueran consanguíneos o no. Pei le había criado como a su propio hijo, junto a Lan Fan. Era una mujer muy dulce, de carácter tranquilo. Cuando sonreía, se le formaban pequeñas arrugas en la comisura de los labios y sus ojos se estrechaban suavemente de una forma que recordaba mucho a su hija pequeña. Todas las mañanas le cepillaba el pelo y le ayudaba a vestirse, y por las noches le bañaba y le metía en la cama, arropándole con cariño. Pei nunca le llamaba waka, como los demás miembros de su guardia personal, sino Ling. Era obvio que tenía un don especial para cuidar de los niños. Y durante mucho tiempo, el pequeño príncipe estuvo secretamente convencido de que aquella mujer era su madre de verdad.

A veces oía hablar de la princesa a los demás miembros de la guardia de élite. También oía hablar de Shui, la hermana mayor de Lan Fan, que vivía en el palacio imperial. Un día le comentó impresionado a su amiga que no tenía ni idea de lo importante que era su hermana, viviendo en la capital con el emperador. Lan Fan se rió y repuso:

- Shui-neesan sólo está allí protegiendo a tu madre. Ella es su escolta personal. Vive con ella en el serrallo y la cuida para que nadie pueda hacerle daño.

Y aquellas simples palabras cambiaron por completo la visión que Ling tenía del mundo hasta la fecha.

Nunca se había sentido abandonado o falto de algo… pero de repente empezó a mirar de forma distinta cómo Pei acunaba a veces a Lan Fan entre sus brazos y la besaba, provocando las risas de la niña. El rostro entero se le llenaba de amor infinito al mirar a su hija. Un día que Huan tuvo un accidente durante un entrenamiento, vio también cómo su madre acudió rápidamente a curarle la herida, riéndose con indulgencia al ver a su hijo reprimir estoicamente las lágrimas de dolor y revolviéndole el pelo con cariño para consolarle. La madre de Xiang se entretenía todas las mañanas peinando el largo pelo negro de su hija en dos gruesas trenzas que después enroscaba en sendos moños, mientras la niña parloteaba con ella alegremente sin parar. Y Jun, que no tenía padre porque había muerto en una batalla siendo ella muy pequeña, entrenaba todos los días con su madre en el dojo para mejorar todo lo posible y que ambos se sintieran orgullosos de ella.

Ling se preguntaba si su madre le envolvería en sus brazos para hacerle cosquillas y reír a carcajadas con él. Si vendría a verle entrenar en el dojo y aplaudiría sus logros y consolaría sus fracasos con un beso o una caricia. Cuando el maestro Tsai comentaba que estaba mejorando mucho con la caligrafía o Fuu elogiaba la destreza que estaba adquiriendo en el combate, se preguntaba si su madre estaría orgullosa de él. Cuando veía a su tía meciendo a su primo pequeño, que apenas tenía unos meses de edad, cantándole para que se durmiera, deseaba que su madre le cantara en voz baja antes de irse a dormir. Y muchas noches se quedaba despierto en la cama, mirando por la ventana, sintiéndose triste sin saber por qué.

Era como si le hubiesen arrancado de la tierra… como sentirse desarraigado

- Lan Fan –le preguntó un día a su amiga, preocupado-. ¿Qué haces tú cuando no puedes dormir?

Ella reflexionó por un momento.

- Me voy a dormir con mamá –admitió al final-. Si pones la cabeza en su pecho, oyes su corazón. Es muy tranquilizador.

Y el niño se hundió de hombros, deprimido. Muy bien. Ésa era la peor respuesta que podría haberle dado.

Según iba pasando el tiempo, cada vez pensaba más en su madre. Pero tenía miedo de preguntar. Le asustaba estúpidamente que le contaran cosas de ella, porque pensaba que eso sólo le entristecería aún más. Y él odiaba estar triste. De modo que se tragaba como podía las ganas de saber cómo era ese rostro que él no recordaba, cómo era su pelo o su sonrisa. Cómo era su forma de reír y su carácter. Cómo era ella en general… y qué quedaba de ella dentro de él.

Un día, mientras todos los Yao comían juntos en el salón principal de la residencia familiar, su abuelo tomó la palabra y anunció:

- Ling, ¡ya has cumplido los 7 años! Este año tienes que volver al palacio imperial para las fiestas de Año Nuevo, así que podrás ver a tu madre. ¿Estás contento?

El niño se congeló de golpe en mitad de una pelea con uno de sus primos por el último muslo de pollo que quedaba en la bandeja.

- ¿E-en… en serio? –dejó escapar a duras penas.

- ¡Claro! Todos los príncipes tienen que visitar el palacio imperial para pasar en la capital las fiestas más importantes. No sé si el emperador te recibirá o no, aún eres demasiado pequeño para una audiencia, pero me consta que tu madre está deseando verte…

Los últimos meses de otoño pasaron mortalmente lentos. El invierno se hizo más largo que nunca. Ling sentía una molestia constante en el estómago, como si siempre estuviera hambriento. Pero aquello no era hambre. No se aliviaba con la comida. Lan Fan no hacía más que preguntarle si se encontraba mal, pero él sacudía con energía la cabeza y guardaba silencio. Le daba demasiada vergüenza admitir que aquel reencuentro le ponía tan nervioso. De hecho, casi parecía estar aterrorizándole.

¿Y si a su madre no le gustaba? ¿Y si la decepcionaba de alguna forma? ¿Y si ella no resultaba ser cómo la había imaginado? Porque la había imaginado muchísimo, oh, sí… Puede que nunca preguntara sobre ella, pero eso no significaba que no hubiese pasado horas delineando un retrato imaginario de su rostro y su personalidad.

La noche antes de iniciar el viaje a la capital, Pei acudió a arroparle, como siempre. Pero la tensión que atenazaba el corazón del niño era ya demasiado insoportable y no pudo resistirlo más.

- Pei… -llamó con voz temblorosa, arrugando la frente-, tú… ¿vendrás conmigo también a la capital?

- Claro –asintió ella-. Fuu, Den Lu y yo iremos contigo.

- ¿Y no viene Lan Fan?

Pei sonrió suavemente, como si acabaran de contarle un chiste que sólo ella entendía.

- ¿Quieres que vaya?

- Sí…

- Muy bien, pues le diré que se prepare.

Se hizo el silencio. Ling se aferraba tan fuerte a las mantas de su cama que sus manos se habían convertido en puños y los nudillos se le habían puesto blancos. Pei frunció un poco el ceño, mirándole, y preguntó:

- ¿Qué te ocurre, Ling?

- Yo… -empezó, pero se le trabó la voz y tuvo que callarse, haciendo un esfuerzo por recuperar la calma. Le gustaría saber dónde demonios habían quedado todas aquellas tediosas clases de autocontrol con las que Fuu aburría a sus alumnos antes de empezar los entrenamientos en el dojo-. Pei… ¿cómo… cómo es mi madre?

La expresión de la mujer se iluminó inmediatamente con una amplia sonrisa. Riendo por lo bajo, se sentó con cuidado en el costado de la cama del príncipe, posando una mano con delicadeza sobre su pecho para tranquilizarle.

- Es una mujer preciosa –contestó, su voz cargada de cariño-. Y muy fuerte y valiente. Tu abuelo tardó mucho en tener una hija, ¿sabes? Por eso ella tuvo que irse al palacio imperial siendo aún muy joven, con apenas 13 años. Incluso mi hija Shui es un poco mayor que ella. Pero no tuvo miedo en ningún momento. Me sentí muy orgullosa de ella. También fui yo quién la crió, como a ti.

- ¿De verdad? –la expresión de Ling se suavizó un poco, aunque no aflojó el agarre a las mantas-. Y… ¿es seria, como Fuu, o…?

Pei se echó a reír abiertamente.

- ¡Qué va, qué va! ¡Es muy divertida! Tiene un gran sentido del humor. Siempre estaba haciéndoles bromas a tus tíos, ellos estaban hartos de ella. Les ponía trampas por la casa y se burlaba de ellos todos los días. A tu abuelo le costó mucho enseñarle modales. Ella quería luchar, como los demás guerreros, no ser una princesa.

Conforme la mujer hablaba, la tensión fue desapareciendo de las manos de Ling, que se quedó embobado mirando a su nodriza con una expresión imperdible que valía la pena guardar para siempre en la memoria. Pei ensanchó su sonrisa y siguió hablando.

- Te pareces tanto a ella, Ling… Cuando te veo sonreír es como si viera a tu madre. Siempre estaba riendo, pero también tenía mucho carácter. Es muy cabezota y su terquedad solía meterla en problemas. Nunca se dejaba mangonear por nadie y se las ingeniaba para salirse siempre con la suya. Su desparpajo divertía mucho a tu abuelo, en realidad. Sé que él la echa mucho de menos, por eso se alegró tanto de tenerte aquí cuando llegaste a casa.

- Y… ¿t-también le gusta el pollo?

- ¡Por supuesto! Y nunca se quedaba satisfecha si no repetía al menos dos veces. También le encantaba correr descalza por la hierba del jardín.

- ¡Cómo a mí! –exclamó el niño, ilusionadísimo. No quedaba ni rastro de angustia en su rostro-. ¿Y sabe cantar? ¿Y le gustan las cosquillas? ¿Tiene ella también esos besos que curan heridas? ¿Crees que me echará de menos? ¿Pensará en mí? A lo mejor le gustaría verme pelear, ¿eh? ¿Crees que le gustaría estar conmigo?

- De eso no tengo ninguna duda –la sonrisa de Pei se enterneció. Ling tuvo la impresión de que se le habían humedecido los ojos-. Ella misma lo ha dicho. Seguramente ahora esté tan nerviosa como tú.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque Shui nos escribe con frecuencia y nos cuenta cómo están las cosas allí.

Ling se quedó callado de repente, su cerebro procesando aquellas palabras. Y su expresión volvió a decaer.

- Y… ¿por qué no escribe mamá?

- Las esposas del emperador no tienen permitido mantener contacto con el exterior –explicó la nodriza, suspirando-. Por eso no pueden viajar ni visitar a sus familias. Cuando entran en el serrallo renuncian a todo lo demás.

- Ella… -Ling volvió a aferrar fuertemente las sábanas-, ¿ella renunció a mí?

- No, todo lo contrario. Ella renunció a todo por ti. Le hubiese gustado no ser una princesa, pero siempre fue muy responsable. Ella asumió con orgullo la misión que se le había encomendado. Una misión importantísima: poder ofrecer un heredero al trono que perteneciera al clan Yao. Lo dio todo por su clan, ella amaba a su gente y quería salvarles. Fue muy valiente, Ling, nunca se quejó ni protestó. En eso también te pareces a ella.

Él no parecía muy convencido, de modo que Pei envolvió suavemente con su mano uno de los pequeños puños del niño y añadió:

- ¿Sabes lo que dijo cuando tú naciste?

Ling alzó la vista hacia ella, sorprendido, y negó lentamente con la cabeza.

- Dijo que jamás había visto algo más maravilloso en este mundo –los ojos de Pei brillaron-. La única vez que la he visto llorar en toda su vida fue el día que fuimos a recogerte al palacio y tuvo que despedirse de ti.

Ling se quedó estático, imaginando la escena. Una joven mujer sin rostro besando a un bebé en la frente, intentando reprimir las lágrimas.

- Pero ha pasado mucho tiempo… ¿y si ahora me ve y no le gusta cómo soy?

- Eso no ocurrirá, créeme –Pei le acarició el pelo, ensanchando su sonrisa-. Siempre le encantaron los hombres de pelo largo.

Ling se llevó las manos a la cabeza, tocándose el cabello que en los últimos años se había dejado crecer. Suelto le sobrepasaba ya los hombros. Y una enorme sonrisa le cruzó la cara entera.

- ¿Cómo se llama mamá, Pei?

- Shu Lien –contestó la mujer, pronunciando su nombre con el mismo amor que usaba al pronunciar el de Lan Fan.

- Shu Lien… -repitió Ling, imitando el tono. Y entonces se echó a reír, agitando los brazos y los pies con entusiasmo-. ¡Qué nombre tan bonito! Ahhh, ¡qué ganas tengo de ver a mamá! ¡Estoy tan nervioso…! Le voy a decir que la echo mucho de menos y que me gustaría correr descalzo con ella por el jardín.

Pei también rió, divertida.

- ¡Eso la hará muy feliz!

El viaje a la capital fue largo y a Ling se le hizo igual de interminable que los meses de espera. Cuando paraban para hacer noche, volvía a pedirle a Pei que le contara más cosas de su madre y arrastraba con él a Lan Fan para que se sentara a su lado a escucharlas también, repitiendo una y otra vez:

- ¿Has visto? ¡Pei dice que me parezco mucho a mamá!

La niña apenas podía contener la risa ante semejante explosión de entusiasmo. Incluso Fuu parecía a punto de reírse a veces, cuando nadie lo miraba.

Pero, cuando finalmente llegaron a la capital, Ling se sintió tan sobrecogido por la ansiedad y la impresión que enmudeció durante horas. El palacio era demasiado grande y allí había demasiada gente desconocida. Demasiada agitación y tensión en el ambiente. Los demás príncipes llegaban también desde sus respectivas tierras, concentrándose para la celebración del Año Nuevo. Ling fue presentado secamente a algunos de sus hermanos y hermanas, pero no prestó mucha atención. Sus rostros le bailaban en la memoria y no retuvo el nombre de ninguno de ellos. Se agarraba con fuerza a la mano de Pei, buscando con los ojos a su madre, como si fuera a aparecer por allí de un momento a otro. Cuando le preguntó a Fuu, éste se limitó a contestar que primero tenían que pedir permiso al emperador para entrevistarse con la princesa Shu Lien y que ella pudiera salir del serrallo un rato.

Aquellos contratiempos le fastidiaron sobremanera. A él le importaba un pito el emperador. Sólo había viajado hasta allí para ver a su madre.

- No te preocupes –le dijo Lan Fan aquella noche, cuando ambos se preparaban para dormir en los aposentos especiales que el palacio había habilitado para los miembros del clan Yao-. Mamá dice que los príncipes que vienen por primera vez al palacio tienen preferencia sobre los demás para visitar a sus madres. Y creo que sólo sois tres príncipes y una princesa los que habéis llegado nuevos este año.

Eso no le consolaba, pero asintió igualmente, agradeciéndole a su amiga el comentario.

Tres días. Tres días interminables de banquetes, espectáculos, entrevistas, audiencias y demás patochadas de corte tuvo que soportar Ling antes de que un emisario del emperador se dignara a presentarse ante ellos para comunicarles que podrían ver a la princesa Shu Lien a la mañana siguiente. Los nervios se le crisparon de golpe, como si acabaran de darle una descarga eléctrica. Aquella noche no pudo dormir. Y por la mañana, mientras Pei le vestía con sus mejores galas para el encuentro, deseó con todas sus fuerzas que el nudo de su estómago se aflojara de una vez. No quería terminar vomitándole en la cara a su madre por los nervios nada más verla.

Pei y Lan Fan le acompañaron hasta la sala indicada. Él había vuelto a enmudecer y se limitaba a caminar a zancadas con los labios apretados y la vista fija en el frente. Sentía las manos empapadas de sudor, agarrado a Pei con una y aferrándose la elaborada túnica con la otra en un puño apretadísimo. Y, cuando las puertas se abrieron ante ellos, no pudo evitar empezar a temblar.

La sala, aunque decorada con el mismo lujo que lucía todo el palacio, no era muy grande comparada con las demás en las que Ling había estado en los últimos días. Sin embargo, oyó a su madre antes de verla.

- … por Dios, Shui, no te burles de mí, ¿vale? –decía Shu Lien cuando ellos cruzaron el umbral. La voz le temblaba enormemente-. ¡Ha pasado mucho tiempo! Ni siquiera se acordará de mí, ¿y si ahora me ve y no le gusta cómo soy…?

Su lamento se desvaneció de golpe al oír cómo se cerraba la puerta de la sala y se volvió en el acto hacia los recién llegados. Los colgantes de oro que adornaban su elegante moño tintinearon como un manojo de campanillas. Y se quedó allí tiesa, con los labios apretados y cara de angustia, aferrándose a su lujosa túnica con ambas manos en puños apretadísimos.

Ling sólo necesitó tres segundos. La miró a la cara y pensó que aquello era absurdo. ¿Cómo iba a olvidarla? No, no la había olvidado… Recordaba sus ojos negros, rasgados como los suyos, aunque un poco más grandes. Recordaba su boca y la forma en la que se torcía. Recordaba haberla visto hacer muecas graciosas para divertirle. Recordaba haber estirado las manos hacia los adornos de oro de su pelo mientras ella sacudía la cabeza levemente para hacerlos tintinear, riendo. Incluso recordaba su voz. Esa voz que había dado vida a la letra de aquella vieja nana que a veces acudía a su mente sin saber por qué. La recordaba tan vívidamente que el corazón le saltó en el pecho. Y entonces soltó la mano de Pei.

- ¡Mamá!

Shu Lien se tambaleó al ver al niño correr hacia ella. Se tropezó patéticamente con la túnica al intentar salir a su encuentro y terminó desplomándose de rodillas en el suelo, pero aquello no le impidió abrir los brazos con una deslumbrante sonrisa y envolver a su hijo en ellos cuando Ling llegó hasta ella y se tiró a su cuello.

- ¡Ling! –exclamó, con la voz quebrada de emoción, estrechándole fuertemente contra su pecho-. Ling, mi vida…

Él cerró los ojos, sonriendo, e inspiró profundamente. ¿Cómo iba a olvidarla…? Aquél era el olor de su madre, el calor de su madre. Lo recordaba, lo conocía. La sensación de seguridad y paz, de estar en casa, de volver al lugar al que se pertenece. De no ser nunca más un desarraigado…

- Ling… –Shu Lien le apartó un poco de ella para mirarle, sin parar de sonreír. Sus ojos húmedos le recorrían con avidez-. ¡Qué ganas tenía de verte! ¡Llevo semanas sin dormir por los nervios!

- ¡Yo también! –replicó él, orgulloso de encontrar de nuevo otro punto más en común con ella. Y la bola de incertidumbre que había estado creciendo en su pecho durante meses explotó-. ¡No podía dormir y tenía dolor de tripa todo el tiempo, ¿sabes?! Un día me puse tan mal que tuve que quedarme en la cama casi una semana. El abuelo decía que era por comer demasiado, pero Pei dijo que eran los nervios. T-tenía miedo de que no me recordaras, p-porque ya no soy un bebé, como cuando me fui de aquí… -a Ling se le acabó la cuerda y su histérica perorata murió poco a poco hasta que finalmente se quedó sin voz. Pero al ver que la sonrisa de su madre se ampliaba tanto que le cerraba los ojos, tragó saliva y recuperó el ánimo suficiente para enroscar los brazos en torno a su cuello y apretar el abrazo, musitando-: Me alegro tanto de verte, mamá…

La sonrisa de la joven mujer tembló de emoción e inclinó el rostro hasta apoyar su frente en la del niño, dejando finalmente que las lágrimas le cruzaran las mejillas.

- Qué alegría, hijo… -susurró, y el alivio que invadió su rostro fue tan intenso que el pequeño príncipe se quedó estático-. Yo también tenía mucho miedo, ¿sabes? Mucho… Te he echado tanto de menos…

Ling enmarcó la cara de su madre con sus pequeñas manos, mirándola fijamente. Pei tenía razón, era tan guapa… Podía ver en ella rasgos que encontraba en su propio rostro y aquello le inundó de calidez. Le gustaba mirarse en sus ojos, tan parecidos a los de él. Era como contemplarse en un espejo. Su sonrisa era muy diferente a la de su nodriza, mucho más pícara, más traviesa, pero tan similar a su propia sonrisa que sintió una inmediata complicidad afianzándose entre ellos, como un lazo invisible. Y Shu Lien también debió sentirlo, porque le envolvió el rostro entre las manos, acariciando sus mejillas y su pelo con una expresión maravillada que dejó al príncipe con el corazón en un puño. Era como si de verdad ella creyera que no existía nada más maravilloso en este mundo. Su cara se inundaba de amor infinito, como la de las otras madres que él había visto mirar a sus hijos. Pero esta vez, ese gesto era suyo, era para él

A Ling no le faltaba nada. No estaba desarraigado. Lo tenía todo justo ahí, ante él. No quería volver a olvidar el rostro de su madre nunca más, ni volver a sentirse solo. Y también lloró y rió contentísimo cuando ella le cubrió el rostro de besos con tanto entusiasmo que casi lo asfixió.

- Sí… -comentó entonces Shui, llevándose una mano a la cadera con una expresión que recordaba enormemente a la de Fuu-, por lo que veo, no le gustas en absoluto, ¿eh?

Shu Lien rompió a reír, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sonrió con alegría a Pei y a Lan Fan, que se habían acercado también para saludar a Shui. Y, mientras su escolta abrazaba a su madre y alzaba en sus brazos a su hermana pequeña, ella volvió a centrar toda su atención en su hijo.

- ¡Has crecido tantísimo! –exclamó, colocándole las manos en los hombros para mirarle de pies a cabeza, aún arrodillada en el suelo-. ¡Qué guapo estás, cariño!

- Pei dijo que te gustan los hombres con el pelo largo –replicó Ling con determinación, poniendo los brazos en jarras y mirando a su madre con firmeza-. ¡Así que no volveré a cortármelo nunca más!

Ella parpadeó, sorprendida, y soltó una sonora carcajada. Ling volvió a sonreír. Le encantaba su risa.

- Eso está bien –comentó con picardía, guiñándole un ojo-. Pero te aseguro que ninguno podrá gustarme nunca tanto como tú.

La sonrisa del niño creció hasta dejar al descubierto todos sus dientes, rebosando ilusión por todos sus poros. Y Shu Lien volvió a atraparlo en un abrazo, arrastrándolo con ella mientras ambos reían, sus rostros juntos, nariz con nariz. Le meció suavemente, como si le acunara, y Ling volvió a echarle los brazos al cuello y esta vez fue él quién le llenó a ella el rostro de besos.

Les permitieron estar juntos toda la mañana. Unas criadas trajeron té y aperitivos y los cinco se sentaron juntos a comer y charlar animadamente. Ling se hizo un ovillo en el regazo de su madre, recostándose en su pecho y envolviéndose en sus brazos, y se puso a parlotear como un loro, hablando sin parar alentado por las constantes preguntas de Shu Lien sobre la vida diaria en la residencia de los Yao y sobre sus tíos, el abuelo, Fuu y todos los demás. El príncipe se inflaba de orgullo cuando veía a su madre entusiasmarse con sus hazañas. No escatimaba detalles divertidos, deseando verla reír otra vez. Y a aquellas anécdotas se unieron después las de la propia Shu Lien, que empezó a contarles los pormenores de la vida en el serrallo y cómo se las ingeniaban para divertirse allí.

Ling terminó llorando de la risa en más de una ocasión con sus historias. Cada vez que Shu Lien narraba con dramatismo alguna broma o trastada que había organizado hacia alguna de sus compañeras, él veía reflejarse en ello sus propias travesuras, los juegos que había llevado a cabo con Lan Fan y los demás. Aquello lo hacía todo aún más divertido, como si su madre y él pensaran de la misma manera incluso estando tan lejos. Era cierto que se parecían. Era cierto que ella era increíble. Ling también se sintió repentinamente orgulloso de ella, pensando que había sido idiota por envidiar a los demás, ya que su madre era en realidad la mejor de todas. Qué maravilloso sería tenerla en casa todos los días… poder hablar con ella y jugar con ella…

El tiempo se le pasó volando. Cuando unas damas de compañía entraron en la sala para anunciar que la princesa debía retirarse ya, tuvo la impresión de que en vez de horas sólo habían pasado segundos. Y el alma se le cayó a los pies.

- ¿Podremos vernos otra vez mañana? –le preguntó con aire lastimero, arrugando la frente.

La sonrisa de Shu Lien decayó un poco, pero le acarició el pelo con cariño en un gesto tranquilizador.

- ¿Podéis dejarnos a solas un momento? –inquirió la princesa, dirigiéndose al resto de mujeres presentes.

Pei y Shui asintieron, levantándose y retirándose junto con las damas de compañía. Lan Fan vaciló un segundo e intercambió una rápida mirada con Ling antes de seguir a su madre y a su hermana. Shu Lien esperó hasta que todas estuvieron a una considerable distancia de ellos y entonces se volvió de nuevo hacia su hijo.

- Ling, quiero contarte un secreto –le murmuró, cruzándose los labios con un dedo-. Ven aquí –posó una mano sobre su nuca y le atrajo hasta apoyar su cabeza en su pecho-. ¿Lo oyes?

Ling cerró los ojos y escuchó con atención. No tardó en captar los latidos. Y se dio cuenta de que Lan Fan había tenido razón aquella vez que habló sobre el sonido del corazón de su madre. Era tranquilizador.

- ¿Tu corazón?

- Sí –Shu Lien le besó entre el pelo-. ¿Sabes una cosa? Cuando tú estabas dentro de mí, formándote y creciendo, tú corazón y el mío latían al mismo ritmo. Tu corazón nació a partir de un pedacito del mío, en realidad. Y no importa dónde estemos, porque siguen latiendo a la vez. Por eso puedo sentir todo lo que tú sientes como si estuviera a tu lado, por muy lejos que estés de mí.

- ¿En serio? –Ling se incorporó, mirándola a los ojos con la boca abierta.

- ¡Claro que sí! –ella se irguió con orgullo-. Hay momentos en los que de repente me entra la risa y me echo a reír sin motivo alguno, y pienso "¡Algo divertido acaba de pasarle a Ling, qué alegría!". Otras veces me siento muy triste y entonces pienso "Maldición, hoy mi niño no ha tenido un buen día". ¿No te has fijado en que cuando te caes o te haces daño en el dojo, el dolor se te pasa enseguida?

Ling agrandó los ojos poco a poco, impresionado.

- ¡Es verdad!

- ¡Por supuesto! Porque yo siento el mismo dolor y te mando en el acto uno de esos besos que curan todos los males volando por los aires para que te recuperes cuanto antes.

Ling soltó una carcajada ante la imagen mental de un beso a propulsión surcando los cielos de la capital como una especie de cohete en dirección a las tierras del clan Yao.

- Eres increíble, mamá…

- Bueno, y en realidad ésa es sólo una de las muchas cosas increíbles que sé hacer –presumió la mujer en broma, haciéndose la interesante-. También sé trepar por las columnas del serrallo llevando corsé y túnica de gala.

El niño volvió a reír y la sonrisa de Shu Lien se enterneció al mirarle.

- No tienes de qué preocuparte –añadió un poco más seria, contemplándole con amor-. Aunque sólo podamos estar juntos un rato, ahora ya sabes que yo estoy contigo todo el tiempo. Te echo de menos todos los días. Desearía estar contigo en casa, poder verte aprender y entrenar y crecer. Desearía poder arroparte por las noches y darte besos de verdad, no de ésos imaginarios que vuelan por los aires –Ling vio cómo se humedecían los ojos de su madre. Pero ella era fuerte. Parpadeó rápidamente para evitar las lágrimas y a cambio esbozó una enorme sonrisa-. Pero canto para ti todas las noches, ¿sabes? Intento estar siempre contenta para que tú también lo estés. Todos los días pienso en cosas divertidas que poder hacer para contarte cuando vengas. ¡Y a partir de ahora podremos vernos todos los años! Así que quiero que tú vivas de la misma manera, ¿de acuerdo? Tienes que ser feliz y hacer muchas cosas para contármelas después en tus visitas. Tú eres quién me mantiene unida a la tierra, Ling. Quién me ata a nuestra casa y a nuestra familia. Y siempre que te sientas solo, piensa que yo estoy aquí y que formo parte de ti, y que mientras viva tampoco te faltará nada. ¿Vale?

Él se quedó callado un momento, reflexionando sobre aquellas palabras. Recordó las cosas que Pei le había contado sobre las esposas del emperador. Y su rostro se transformó con decisión.

- Mamá, a partir de ahora, cuando Lan Fan escriba a Shui yo también escribiré, para que veas cómo mejoro en caligrafía. Cuando volvamos para el cumpleaños del emperador, te traeré recuerdos de casa para que puedas ponerlos en tu habitación y sentirte más cerca de nosotros. Prometo hacer muchas cosas divertidas para que seas feliz. Y cuando crezca… -se interrumpió un momento, tragando saliva-, ¡cuando crezca seré el nuevo emperador de Xing y entonces podrás salir del serrallo y estar conmigo todo el tiempo!

Shu Lien agrandó los ojos sorprendida.

- Bueno –rió con ligereza, aunque la broma no logró ocultar el orgullo que la había invadido-, no creo que cuando tengas treinta años te queden ganas de tener a tu madre zumbando a tu alrededor o de que te arrope cuando te vayas a dormir…

- ¡Pues claro que sí! –replicó él, convencidísimo-. Serás mi emperatriz y los dos iremos juntos a ver lugares maravillosos. Te llevaré a ver todos los sitios que no pudiste ver por estar encerrada aquí. ¡Te lo prometo! –ahora sí logró dejarla muda, pero Ling no se amilanó-. Pei me dijo que vosotras tenéis la misión más importante de todas. Que lo dais todo por el clan para traer a un heredero al trono. Mamá, te prometo que no será en vano. Nada de esto será en vano.

Las esposas del emperador vivían a través de sus hijos. Ellos las ataban al mundo que habían abandonado, las arraigaban de nuevo a la tierra. Pero, gracias a ellas, sus hijos también encontraban su lugar en el mundo. Gracias a ellas tenían una misión en la vida, un objetivo que cumplir y unos sueños que alcanzar. Ellas eran las que les ataban también a la tierra y les arraigaban a todo lo demás.

Ling permaneció mirando a su madre cuando se despidieron y las damas la guiaron a ella y a Shui por una puerta privada de nuevo hacia el serrallo. Shu Lien le dijo adiós agitando la mano con una sonrisa, pero antes de que las puertas se cerraran tras ellas, Ling pudo ver cómo se encogía, hundiendo la cara entre las manos, y cómo Shui le posaba una mano en el hombro para consolarla. Y aquello sólo afianzó aún más su resolución.

En los días que permanecieron aún en la capital, el pequeño heredero de los Yao se aprendió las caras y los nombres de todos sus hermanos y hermanas (al menos, de todos los que participaban en las ceremonias con él) Aprendió quiénes eran los mayores, quiénes pertenecían a los clanes más influyentes, qué tenía de especial la familia de cada cual… y qué puesto ocupaban él y el clan Yao en todo aquel barullo.

Cuando volvieron a casa, al terminar las fiestas de Año Nuevo, le contó todo con pelos y señales a su abuelo, y por primera vez en su vida habló con él de futuro y de responsabilidad. Y después la vida siguió su curso.

Nada había cambiado, pero ya nada era igual. Ling cumplía con sus quehaceres cada día. Estudiaba y se esforzaba por aprender y mejorar. Seguía sacando de quicio a su familia y tutores con sus bromas y tratadas. Metía en líos a Lan Fan cada dos por tres al arrastrarla en sus travesuras. Se reía a carcajadas, jugaba como si la vida entera le fuera en ello. Todas las noches le pedía a Pei que le hablara de Shu Lien. Cada vez que Lan Fan escribía a su hermana mayor, él también añadía algunas frases, y al recibir las respuestas ambos las leían juntos con las cabezas inclinadas sobre el papel. Y siempre se dormía con una sonrisa, tarareando mentalmente la nana que su madre le cantaba desde la capital cada noche.

Nunca le había gustado estar triste. Pero ahora tenía un aliciente más para vivir con toda la plenitud posible.

- Oye, Lan Fan –le preguntó a su amiga un día que ambos estudiaban idiomas juntos en la habitación del príncipe, él tirado en su cama de cualquier manera y ella sentada educadamente en el suelo a sus pies-, ¿tú crees que los corazones de dos personas diferentes pueden latir al mismo tiempo aunque estén muy lejos el uno del otro?

La niña alzó la vista hacia él, que se asomaba por un costado de la cama, y se quedó pensativa unos segundos.

- No lo sé –musitó, y alzó un dedo-. Pero mamá me dijo una vez que los corazones de la familia y los amigos siempre permanecen unidos por un lazo, y que los corazones de la gente que quieres forman parte de tu propio corazón. Quizá todos puedan latir a la vez, como si fueran uno solo.

- ¿Un solo corazón? –Ling se la quedó mirando con la boca torcida-. Qué cosa tan increíble, ¿no?

- Tiene que ser verdad –Lan Fan se encogió de hombros-. ¿Cómo podemos sentir si no a nuestro lado a la gente que no está con nosotros?

Sí, tenía que ser verdad… Por eso, cuando le sobrevenía un repentino e inexplicable ataque de risa, Ling pensaba de inmediato "¡Qué bien, algo divertido acaba de pasarle a mamá!". Cuando se sentía decaído, miraba hacia el cielo y mandaba un beso aéreo hacia las estrellas. Y cuando volvieron al palacio imperial meses después para el cumpleaños del emperador y logró volver a ver a su madre, lo primero que hizo al hundirse en sus brazos fue apoyar la cabeza en su pecho, buscando el latido de su corazón.

Era como volver a casa.

--Fin--

N/A: Vale, vale… NECESITABA escribir esto. Ahora ya me he quedado tranquila, por fin. Y no me importa si ha quedado demasiado ñoño, porque cuando estoy ñoña esto es lo que hay, se siente, LOL. Eso sí, he disfrutado escribiéndolo como no tenéis ni idea… *-*

En la carrera sólo he estudiado la estructura y el funcionamiento del Imperio Otomano, porque con la tontería del eurocentrismo nunca nos vamos muy al este en las clases de historia para estudiar también los grandes imperios orientales (mmm, creo que eso ya lo he dicho aquí antes) Sin embargo, los harenes imperiales funcionan más o menos igual en todas partes (yo prefiero el término "serrallo", que es lo mismo pero no suena tan árabe como "harén")

Las mujeres no pueden salir ni tener contacto con nadie. Sólo viven para traer al mundo un heredero y punto final. Aquello no es un puticlub, como mucha gente cree, sino un lugar súper cerrado y austero, casi como un convento de clausura, muy mitificado simplemente por tratarse de un pegote de mujeres encerradas en un recinto al que los hombres no pueden entrar. La vida en el serrallo es un mundo a parte, he leído algunas novelas al respecto y la verdad es que casi se mastica la pesadez del día a día allí dentro. Las esposas del emperador en realidad están en pleno centro de la vida política. Tienen un gran poder y una gran influencia, sus jugadas políticas o sus intrigas pueden terminar decidiendo el futuro del país, porque ellas también se buscan las mañas para promocionar a sus hijos desde dentro. También estaban sometidas a grandes peligros y a una gran tensión. Así que siempre he pensado que ser una concubina del emperador debe ser de todo menos agradable.

Por lo poco que sé, tanto el Imperio Chino como el Imperio Japonés tenían un importante rasgo en común: aunque el emperador tuviera 50 concubinas (o las que fueran) solía elegir a alguna de ellas como esposa principal y ésa se convertía en emperatriz. En el Imperio Otomano, sin embargo, el emperador no tenía ninguna esposa principal y la emperatriz era la madre del monarca que estuviera reinando en ese momento. He hecho una mezcla entre los tres para darle forma a Xing, porque en realidad su estructura me recuerda más a los otomanos que a los chinos. No creo que el emperador de Xing tenga una esposa principal, teniendo en cuenta que en teoría todos los clanes deben tener las mismas oportunidades de acceso al trono, aunque siempre haya algunos más poderosos que otros. No sería políticamente correcto (aunque eso no impide que luego el emperador tenga a su favorita, por supuesto) La lucha de los príncipes por el trono también me recuerda a los otomanos, para los que la sucesión por primogenitura era más un chiste que otra cosa (si querías reinar, más te valía liquidar a todos tus hermanos y quedarte solo en la línea de sucesión) Para los chinos y los japoneses, aunque también había muchas disputas y rencillas, creo que la primogenitura tenía más peso. Y además, no importaba de qué concubina fuera el hijo, siempre lo asumían como hijo de la esposa principal, lo que no tendría mucho sentido en un imperio con una división de clanes tan marcada como Xing.

Y… cuando me pongo a divagar así me siento súper friki, así que mejor lo dejo antes de que me salga de control XD

Pero no lo puedo evitar, ¡soy historiadora y lo llevo en la sangre! Estas cosas me vuelven loca, juas.

Resumiendo, que para variar he disfrutado como una enana maquinando esto. Los asuntos políticos son otro de mis grandes fetiches argumentales, cosa que también habrán notado los que me conozcan desde hace más tiempo ya. Y como yo disfruto haciendo esto, pues santas pascuas. ¡No me arrepiento de nada! XD

Espero que vosotros también lo hayáis disfrutado. Los siguientes prompts serán mucho más ligeros y cotidianos, en realidad sólo he escrito esto para quitarme de la cabeza todas estas cuestiones que me llevaban agobiando varias semanas. Ya veremos qué más se me va ocurriendo.

¡Mil gracias a todos los que se hayan tomado la molestia de leer esto!

¡Cuidaos muchísimo, mis queridos lectores! :D