Hola, aquí me tenéis de nuevo, con un proyecto que ha surgido de muchos otros, porque al fin y al cabo, no va a ser más que la recopilación de pequeños relatos que se me ocurren de vez en cuando y que voy a reunir aquí. Os voy a contar pequeñas historias sobre cómo imagino yo algunos pasajes de la vida de Harry y Ginny después de la muerte de Voldemort. Y empiezo con "Reencuentro", un relato en dos partes que narra, como el título bien dice, el reencuentro entre mi pareja favorita después de la Batalla de Hogwarts. Pero con el tiempo habrá otros, contando su boda, el primer embarazo de Ginny, cómo Harry se convirtió en Jefe del Cuartel General de Aurores... La verdad, todo lo que se me ocurra. En vez de publicar varios relatos cortos independientes, he decidido unirlos todos aquí, en esta serie, que he llamado, "Harry y Ginny: dos vidas, un amor". Espero que disfrutéis con mis pequeños desvaríos, jeje.

Este es el avance de "Reencuentro": Voldemort ha muerto, pero también Dumbledore, y Fred, y Remus, y Tonks... y Harry, a los ojos de Ginny.

Pasen y vean. No digo más.

Y ahora van las dedicatorias:

- A todos los que me habéis añadido como uno de vuestros autores favoritos.

- A todos los que habéis añadido alguna de mis historias a vuestros relatos favoritos.

- A todos los que seguís mis relatos y a todos los que les habéis dado una oportunidad alguna vez.

- A los que me dejáis reviews o lo habéis hecho en alguna ocasión (son casi como el aire que respiro, no podéis imaginar cuánto los necesito)

- A Jor y a Yaniita Potter (porque este relato se me ha ocurrido leyendo vuestros fics, jeje, ya os contaré)

- A Cirze: por ser mi amiga del alma, mi inspiración, mi soporte, mi paño de lágrimas, mi crítica más sincera, mi hermana...

- A Lia (Snith-bcn): por aguantarme con tanta paciencia y alegría, mi joven amiga.

- A todos los que leáis esto, con la esperanza de que os guste, o al menos os entretenga.

A todos los que he nombrado, infinitas gracias, no podéis imaginar el honor que me hacéis.

Y ahora sí, a por el relato se ha dicho.

Reencuentro (Parte I).

Por Ginevre

Harry había vuelto, y lo había hecho solo, sin Sirius, sin Dumbledore, sin Remus, sin Tonks, sin Fred…y sin ninguno de los que habían conseguido sobrevivir a aquella pesadilla. Había vuelto solo, para buscarse a sí mismo entre tanto sufrimiento, para hallar un maldito motivo por el que seguir viviendo.

Grimmauld Place se conservaba exactamente igual a como él la recordaba: ajena a todo, inmune a las manos de cualquier dueño por el que hubiese pasado, cómoda ahora entre las suyas propias. Una gran casa recia, legendaria, llena de historias que contar y de recuerdos atrapados entre sus vetustos muros, algunos perdidos, otros que desgarraban como lava candente el corazón de aquel joven que pretendía hacerla suya, de una vez y para siempre.

Caminó despacio, vagó por los pasillos llenos de un polvo que aún no se veía con derecho a retirar, impasible, ante los retratos de tantos Black, que destilaban silencioso odio por saberle su dueño, observándolo desde sus venenosas pupilas pintadas, con temor casi reverente, pues únicamente de él dependía ya que muriese su último recuerdo.

Y de nuevo sintió un atrayente deseo por marcharse junto a ellos, ellos… Anhelaba tanto reencontrarse con sus padres, con su padrino, su querido director, y sus amigos… agradecerles tantas y tantas cosas, sentir su cariño y reír junto a ellos… Reír… como ya no había vuelto a hacerlo desde que consumó su más profunda venganza, disfrazada de justicia; desde que relegó a Voldemort al más cruel de los infiernos: el olvido.

Durante mucho tiempo, había creído tener un único motivo por el que volver, que le había unido a la cordura en sus momentos de mayor debilidad: su adorada Ginny. Pero este motivo había dejado de existir. En cambio, otro igualmente poderoso reinaba en su lugar: su ahijado, Teddy, quien, huérfano como él a muy temprana edad, había pasado a ser su mayor responsabilidad, a pesar de que el niño contase también con su abuela materna. Porque él sentía que, tan sólo alguien que sabe lo que es vivir sin padres, puede consolar a quien los ha perdido.

Aún así, aquella llamada, aquel canto de sirena que le atraía con fuerza hacia el otro lado, resonaba una y otra vez en su mente: poderoso, atractivo, susurrante… Por eso estaba allí, en busca de un porqué definitivo que le atase al mundo, que le hiciese desoír el canto, dándole fuerzas para vivir.

No sabía cuántas horas llevaba caminando, ni le importaba: o aquel mismo día concluía con éxito su búsqueda, o no podría resistir durante más tiempo la llamada, caería rendido en brazos de la liberadora muerte, o quizá peor, de la locura.

Sin saber cómo, acabó observándose en un gran espejo de cuerpo entero, ajustado al interior de una de las puertas pertenecientes a un recio armario ropero. Se giró para mirar a su alrededor, sorprendido, pues no recordaba en ningún momento haber entrado en aquella estancia. La habitación de Sirius, se dijo, de su padrino. Definitivamente, no era ese el mejor lugar para dejar de escuchar aquella oda a la añoranza, a la tristeza, con que su mente se empeñaba en atormentarle una y otra vez, como única cantinela. Finalmente, arrastró sus pies hacia el sillón, que permanecía cubierto con una gran sábana blanca, a un lado del cuarto, y se dejó caer en él. Rendido, cerró los ojos por un momento, intentando serenarse.

- Eres un cobarde – escuchó de pronto, y abrió los ojos, sobresaltado – Un maldito cobarde.

No podía creerlo: de pie ante él, Sirius le observaba con los brazos en jarras, lleno de indignación y de desprecio.

- ¿Y tú fuiste el único motivo por el que no enloquecí en Azkabán? ¡Por Dios, que no puedo creerlo! ¡Qué tiempo más perdido!

- Padrino, yo… - intentó defenderse, pero el otro lo fulminó con la mirada.

- Vamos, Canuto, no seas duro con él, no es justo que lo seas.

Al escuchar aquella otra voz, se levantó rápidamente, volviéndose hacia todos lados, intentando hallar su fuente. Ahora sí que no era capaz de confiar en lo que sus ojos y oídos cansados le ofrecían. Una inmensa sonrisa se perfiló en sus bellos labios.

- Papá… - tan sólo pudo susurrar.

El hombre le sonrió abiertamente justo al lado de su furioso padrino.

- Hola, hijo.

- ¿Y…? ¿Y mamá?

Ya era definitivo, no podía ser de otra manera: había cruzado. No sabía cómo, pero se había rendido por fin y se había marchado junto a ellos. Había resultado tan fácil, tan poco traumático, tan natural…

- Tu madre no vendrá, muchacho, no para de llorar viendo en qué te has convertido – le acusó Remus, que se había materializado limpiamente al otro lado de Sirius.

- Pero yo…

- Tampoco tú le machaques, Lunático – volvió a interceder su padre por él – Al final ha conseguido aquello que ninguno de nosotros fue capaz de lograr.

- ¡Sí! ¿Pero para qué? ¡Será tu hijo, Cornamenta! ¡Pero no deja de ser un maldito cobarde! – continuó Canuto, indignado.

- ¡Y pensar que todos nosotros morimos por él! ¿Este es nuestro orgullo? ¿Nuestra alegría? ¿El que tenía que dar sentido a nuestras muertes y alcanzar la felicidad para nosotros? – gritó Lunático, ya sin ocultar su profundo desdén.

Su padre lo miró con compasión, sin dejar de sonreírle, a su lado, a pesar de que él no lo mereciese.

- ¡No! – Harry gritó, desesperado - ¡No! ¡No! ¡No lo comprendéis! ¡Noooooooo!

Despertó, envuelto en sudor, con todos los miembros agarrotados por la fuerza que ejercía a través de sus puños cerrados y la tensión de sus piernas, rígidas como palos. Torpemente se puso en pie y miró a su alrededor, buscándolos a ellos, esperanzado. Pero tan sólo su propia imagen le fue devuelta desde el espejo de la puerta aún abierta, al otro lado, frente a él. Se había quedado dormido y había soñado con sus seres más queridos, nada más. Estaba solo, de nuevo solo, y ya era hora de que lo fuese asimilando, se obligó a pensar.

No defraudaría a sus padres, ni a sus amigos, ni a nadie en el mundo. Jamás lo haría, jamás. Ahora sabía qué debía hacer, y lo más importante: sabía porqué y para qué.

Aún cansado, se trasladó a Valle de Godric, tenía algo importante que resolver allí.

&&&&&&&

Habían transcurrido dos semanas, dos desoladoras semanas desde que Voldemort fue destruido en la Segunda Batalla de Hogwarts. El mundo mágico rebosaba una alegría que Ron no era capaz de compartir en su corazón, herido como nunca, pero no vacío. Tumbado en su cama boca arriba, con la mirada fija en la pared del fondo de su cuarto en La Madriguera, pensaba en Dumbledore, en Remus, en Tonks, en Fred… y en Harry. Todos los caídos durante aquella maldita guerra permanecían aún en su memoria como si de un miembro amputado hace nada se tratase, al que continuaba sintiendo parte de sí mismo como si todavía siguiese allí, como si jamás lo hubiese perdido, como si tan sólo tuviese que mover levemente la mano para poder tocarlo, como si un trozo de su alma no se hubiese marchado con él… Era consciente de que Fred, su jovial hermano, jamás regresaría, de que el dúo fantástico había sido cruelmente separado para siempre, y le dolía, cómo le dolía, pero contemplar, día tras otro, cómo la vitalidad de George se apagaba, cómo su otro hermano vagaba por la casa como un muerto en vida, cómo todos, incluidos sus propios padres, hacían de tripas corazón para intentar animarle, sin lograr más que una forzada sonrisa amable apenas visible, y cómo Harry vagaba también sumido en su propio infierno, ajeno a casi todos los habitantes de aquel triste hogar, que se deshacían en atenciones para consolarle… aquello le consumía.

¡Sintió furia, ira, impotencia! ¡Rabia! ¡Y frustración! ¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Frustración! ¡Porque su hermana trataba a Harry como si también él hubiese muerto en la batalla! ¡Como si nunca hubiese regresado! ¡Por Merlín! ¿Se había vuelto loca? ¡Tanta frialdad! ¡Tanto desprecio! ¿Por qué? Hermione había intentado hablar con ella, preguntarle, pero el mutismo de la chica era sagrado en aquel aspecto; y Harry seguía vagando, día tras día, sin que nadie lograse obtener de él más que dos palabras para agradecer la comida, o para decir que se marchaba a dar aquellos largos paseos que duraban horas y horas, y que se negaba a compartir con nadie.

Y en medio de tanto dolor, su salvación, su pequeña y sagrada isla, su refugio de cordura: su maravillosa Hermione. Aquella joven que, sobreponiéndose a su propio sufrimiento, había decidido quedarse en La Madriguera acompañándolos a todos, empeñada en no marcharse de allí hasta que una pena llevadera, una amable añoranza, se adueñase de todos sus heridos corazones, permitiéndoles volver a vivir. También ella lloraba en silencio por las noches, la había oído en más de una ocasión, atreviéndose a consolarla algunas veces, alejándose de su lado cuando él mismo necesitaba llorar a solas su propio dolor. Pero Ron sabía que no sólo ambos lloraban por los desaparecidos, sino también por los que habían quedado allí: por sus padres, por sus hermanos mayores, por George, por Ginny, por ellos mismos… y por Harry, el gran héroe de todo aquello… aunque el más atormentado.

Cumplida la misión para la que todo el mundo mágico estaba convencido de que había nacido, el niño que vivió, el salvador, se había quedado solo: había perdido por el camino a casi todos sus seres queridos, la muerte se los había arrebatado como cruel recompensa a sus desvelos. Tan sólo le quedaban sus mejores amigos: Ron y Hermione, y una familia que lo adoraba pero con la que, irónicamente, no podía quedarse, porque el miembro más importante de ella para él, el centro del que debería haber sido su mundo a partir de ahora, ya no lo deseaba a su lado. Ron sabía bien que, cuando Harry había mirado más allá antes del la Última Batalla, siempre había contemplado el dulce rostro de Ginny, su mayor motivo para luchar hasta el final, además de ellos mismos. Porque, muertos todos los que más amaba, ¿para quién desear seguir estando vivo, si no?

Ron tenía a sus padres, y Harry los tenía también, pero el pelirrojo volaría algún día a escribir una nueva y prometedora historia… junto a Hermione. En cambio su amigo volaría, y pronto, eso lo tenía bien claro, pero en la más profunda soledad.

El chico apretó los puños, desesperado. La vida no era justa, pero su hermana, tampoco.

- Ron, ¿puedo entrar?

Él dio un respingo: aquella voz le había devuelto de golpe desde el oscuro mundo de sus elucubraciones.

- Claro, Hermione. Entra.

La puerta se abrió tímidamente y la chica penetró en el cuarto, caminó lentamente hacia él y se sentó a un lado de la cama.

- Creí que quizá… estarías dormido – se atrevió a acariciarle el rostro fugazmente, sin apartar su dulce mirada de los ojos de él.

- No, estaba pensando – se oyó él mismo responder con cierta dureza. Se culpó por no ser capaz de pronunciar frases más largas, últimamente – Estaba haciendo tiempo para la hora de la cena.

- De eso quería hablarte, Ron. Harry…

- ¿Qué pasa con Harry?

Él se levantó de la cama, como impulsado por un resorte, y quedó frente a su novia, observándola cada vez más preocupado.

- Sabes que esta mañana se ha marchado a caminar bien temprano y… todavía no ha vuelto.

- ¡Por Merlín! ¡Es cierto que hoy no ha vuelto a comer! ¡Pero yo creía que aparecería en cualquier momento y no me he parado a pensar en ello! ¿Cómo que no ha vuelto? ¡Ya lleva todo el día fuera! ¡Es demasiado tiempo! – casi zarandeó a la chica, quien lo observaba, llorosa.

- Lo sé, y temo que le haya sucedido algo, que él haya hecho algo… - no pudo continuar - ¡Oh, Ron! ¡Sabes cómo se comporta desde que volvimos a La Madriguera!

- ¡Hay que buscarlo! ¡Debería haberme dado cuenta antes! ¡Y tú deberías haberme avisado antes también!

- Tus padres ya llevan varias horas buscándolo, sin ningún resultado. Han probado en Grimmauld Place, en el Valle de Godric, en el Ministerio… incluso en Privet Drive. Pero nada…

- ¿Y por qué demonios no me habéis avisado hasta ahora?

- Lo siento, Ron, creía que lo encontraríamos enseguida. Intentaba no molestarte. Sé que no has dormido bien estas últimas noches y pensaba que estarías descansando… - desvió su mirada, llena de culpabilidad. – Tus padres han regresado desolados. Ya no sabemos dónde buscar…

- ¡Recorreré una por una todas las calles de Londres, si hace falta! ¡Y luego seguiré con cada pueblo! ¡Miraré bajo cada piedra!

Se levantó con ímpetu, cogió la chaqueta que tenía abandonada sobre una silla, y salió del cuarto con pasos rápidos y decididos; bajó la escalera como alma que lleva el diablo y, sin detenerse para hablar con sus padres y con George, que le observaban desde el comedor, se encaminó hacia la salida.

- ¡Volveré con él! ¡Eso lo juro!

Abrió la puerta con vehemencia, sin dar tiempo a nadie de hacer nada por evitarlo, y se lanzó fuera sin reparar en la figura que, precisamente, intentaba entrar en aquel mismo momento. Chocó con aquella persona frontalmente y con tanta fuerza, que ambos rodaron por el suelo, derribados. Cuando, después de agitar la cabeza rápidamente, intentó aclarar su vista por el golpe, se encontró con el cuerpo de Harry tumbado frente a él, mirándole con sorpresa.

- ¿Se puede saber qué demonios haces? – le gritó el otro, con enfado.

- ¡No! ¿Qué demonios haces tú? – sin darse cuenta, había cogido a Harry por la camisa y lo zarandeaba sin contemplaciones.

- ¡Ron! ¿Te has vuelto loco?

- ¿Loco? ¿Loco?

Abrazó a su mejor amigo con fuerza, apunto de echarse a llorar de alegría. El moreno le devolvió el abrazo, cada vez más sorprendido. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando el Sr. y la Sra. Weasley, George y Hermione se abalanzaron sobre él para abrazarlo también.

- ¿Serás capullo? ¿Dónde has estado?

- Esta mañana en Grimmauld Place y en el Valle de Godric, y esta tarde en casa de Kingsley. ¿Por qué?

- ¿Cómo que porqué? ¿Cómo que porqué? – volvió a gritarle Ron.

- Hijo, por favor, serénate – le pidió el Sr. Weasley, ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse.

George hizo lo mismo con Harry.

- Entremos a cenar. Después Harry ya nos lo contará todo – añadió el hombre, más tranquilo ahora que ya no temía por el chico.

Todos entraron para acomodarse alrededor de la mesa, ya dispuesta para la cena.

- Voy a lavarme las manos – dijo, Harry, y al girarse para ir al cuarto de aseo, se topó de frente con Ginny, que acababa de bajar de su habitación.

- Lo siento, Ginny, no me había dado cuenta…

Ella bufó con desdén, impidiéndole terminar.

Más que harto por la situación que se repetía una y otra vez con ella, Harry sintió que ya había tenido suficiente.

- Perdonadme, majestad, por seguir respirando. No era mi intención – le soltó con acidez, y se fue en busca del cuarto de aseo.

Nadie allí esperaba aquella reacción. Hasta el momento, el moreno siempre había respondido con triste amabilidad a los desplantes de la chica. Pero quizá, quien menos lo esperaba fuese ella misma. Un miedo atroz la fulminó como un rayo. Caminó hacia su silla y se dejó caer en ella, pálida, ausente.

- ¿Qué ha sucedido hoy? ¿Por qué tanto revuelo? – preguntó el chico cuando regresó para sentarse a la mesa, observándolos con expectación.

- ¡Harry! ¡Has permanecido todo el día fuera! ¡No sabíamos donde estabas! ¡Y al llegar la noche hemos pensado que tú, que quizá tú…! – le reprochó Hermione, rompiendo a llorar.

Ginny clavó los ojos en ella, sorprendida. ¿Harry había estado en peligro? ¡Y ella ni siquiera se había enterado! Intentó disimular, pero un intenso nerviosismo se apoderó de sus manos, que empezaron a temblar. Las puso en su regazo, bajo la mesa.

- Por Merlín… Lo siento, lo siento, Hermione – se disculpó él, cayendo en la cuenta de lo que había hecho – Ni siquiera he sido consciente de que ha pasado el día tan rápido. Al principio tan sólo pretendía darme una vuelta por Grimmauld Place, pero todo se ha complicado y… Por favor, perdóname. Perdonadme todos. No se me ha pasado por la cabeza que podría preocuparos.

- ¿Cómo no vas a preocuparnos, Harry, si vagas por ahí como un fantasma en penitencia? – volvió a gritar ella, descargando todos los nervios que había generado.

Todos miraron al chico, asintiendo con la cabeza, George incluido. Ninguno de ellos se había atrevido a decírselo antes, pero ya que todo estaba dicho, hicieron piña ante aquella verdad.

- Esa actitud ya se ha terminado. Desde el próximo lunes, entraré a formar parte del Cuartel General de Aurores, y tú también, Ron, si lo deseas – ahora lo observaron con la boca abierta, totalmente sorprendidos – Veréis… Mientras estaba comiendo en casa de Heroch Argory, un vecino del Valle de Godric, me ha llegado una lechuza de…

- ¿Dónde dices que has comido? – quiso saber Molly, anonadada.

- En casa de Heroch Argory. Bueno, es algo complicado de contar. Estaba echando un vistazo a la casa de mis padres, para hacerme una idea general de qué tipo de reformas necesita y cuánto tiempo puede tardar en volver a estar habitable, intentado echar cuentas sobre cuándo podré mudarme a ella, cuando…

- ¿Mudarte a ella? – ahora fue Arthur quien le interrumpió.

- Sí, dejaré Grimmauld Place en cuanto pueda mudarme a ella y…

- ¿Grimmauld Place? – Ron se sentía cada vez más conmocionado.

- ¡Por Merlín! – Casi rió él - ¿Vais a dejarme que termine o esto va a convertirse en una novela por entregas?

- ¿Estás intentando decirnos que te marchas, jovencito? – le abordó directamente la Sra. Weasley, con lágrimas en los ojos.

- En parte, sí – había tristeza y decisión en su semblante – Me marcharé el próximo domingo. Ya lo he decidido.

- ¡Pero eso no puede ser! ¡Tú perteneces a esta familia! ¡Te marcharás de aquí cuando te cases! – argumentó Molly sin pensar realmente en lo que decía. Rápidamente se tapó la boca, dándose cuenta de que había metido el dedo directamente en la llaga.

- Es cierto. Todos ustedes son mi familia, la única que tengo. Pero ya soy mayor de edad, Sra. Weasley, y necesito asumir las riendas de mi propia vida. Le prometo que volveré a comer los domingos, como un hijo bueno – le sonrió con cariño.

- Voy a la cocina a por el segundo plato – anunció Ginny de pronto. Las manos le temblaban de forma incontrolada.

- Pero eso no puede ser, no me puedes abandonar, Harry… - le pidió Ron.

- A ver, Ron. ¿Tú no deseabas ser auror? – contraatacó el moreno.

- Claro. ¿Pero qué tiene eso que ver…?

- Si me hubieras dejado terminar, te habría contado que esta tarde he estado en casa de Kingsley porque él tenía una oferta que hacernos: quiere que lo antes posible, el próximo lunes si podemos, tú y yo nos incorporemos a la plantilla de aurores del Ministerio de Magia. Si quieres, vas a pasar más horas conmigo que con tu propia novia, de ahora en adelante.

- Pero… ¿Y los tres años de academia? – se asombró el otro, mirándolo sin comprender.

- Kingsley quiere que los compaginemos con el trabajo. Argumenta que hemos acumulado mucha más experiencia y tenemos más valor que gran parte de sus hombres. Y… después de lo que pasó, nos necesita. Ha perdido mucha gente durante la guerra. Yo voy a aceptar, lo tengo más que decidido. Tú puedes hacer lo que quieras.

- Pero eso no puede ser, - se inmiscuyó Hermione - ¿Qué será de tu séptimo año en Hogwarts, entonces?

- No voy a volver a Hogwarts, allí ya no hay nada para mí – sentenció.

Un fuerte estruendo hizo que todos se girasen hacia el pasillo. Ginny había dejado caer la fuente de comida que transportaba. Hermione y Molly se levantaron de sus sillas y se apresuraron a alcanzar a la chica, que parecía sumida en un trance hipnótico. Rápidamente recogieron los restos de comida y cristales con sus varitas, pero ella no pareció notarlo.

- Vamos, cariño. Parece que no te encuentras bien. Te acompañaré hasta tu cuarto y te acuestas un rato – le ofreció su madre cariñosamente, tomándola de una mano y haciendo que se marchase con ella, cual una autómata – Esto no ha terminado – se giró para amenazar al chico, ceñuda.

Un velo de silencio se adueñó del salón.

- ¿Qué ha pasado hoy, Harry? Has regresado cambiado, diferente… - el Sr. Weasley lo encaró sin tapujos, una vez Molly ya no podía escucharles.

- He pensado mucho… No voy a permitir que nadie vuelva a sufrir por mí, nunca más, como ha sucedido hoy aquí sin que yo me diese cuenta. Necesito tomar decisiones, Sr. Weasley, decidir el resto de mi vida. Y eso es lo que estoy haciendo.

- Entiendo. Pero marcharte… ¿es realmente necesario? – lo miró de forma paternal.

- Es la mayor necesidad de todas. Si me quedo, seguiré sintiendo que mi vida está en manos de todos… menos en las mías propias. Además, sabe bien que no puedo quedarme. Esto no es vida, no para mí.

- Hijo, no siempre será así. Ya verás cómo Ginny recapacitará y…

- No puedo estar pendiente de las decisiones que tome ella. Ginny ha elegido su futuro, y ya es hora de que yo elija el mío. He hablado muy en serio al afirmar que me marcharé el próximo domingo, y si no me voy antes es para hacer menos traumática nuestra despedida. Voy a echarles de menos, infinitamente, y tampoco he bromeado al decir que pienso venir a visitarles todos los domingos.

- Yo también me marcho, papá – se sumó George.

Todos se giraron para mirarle con sorpresa.

A Arthur casi le saltaron las lágrimas. Presentía que pronto algo así sucedería, pero no se sentía preparado para ello.

– No sabía cómo deciros esto, pero aprovecho la ocasión de Harry para anunciaros que me mudo a vivir a la tienda. Necesito despedirme de Fred antes de darme una oportunidad a mí mismo, y eso debo hacerlo solo. No existe mejor lugar para ello que el sitio que representó nuestros mejores sueños y alegrías en común.

Hermione se echó a llorar en brazos de Ron.

- Vamos… no es el fin del mundo, todos nosotros sabemos mucho sobre eso… - intentó bromear George, pero no fue capaz de ofrecerles la sonrisa burlona que tanto se había esforzado por mostrar – En el fondo, sabéis que lo mejor para todos es dejarnos marchar, a Harry y a mí. Eso no significa perdernos, en absoluto.

- Lo sé, hijo, lo sé… Sé que ambos sois hombres maduros, responsables y cabales, pero yo siempre os veré como mis niños… Me siento muy orgulloso de vosotros.

- Y más que se sentirá, Sr. Weasley – añadió Harry – Usted tiene a la Sra. Weasley, Ron tiene a Hermione, pero George y yo, en este momento, tan sólo nos tenemos a nosotros mismos. Sabe perfectamente lo que quiero decir. Nos hará bien partir.

- ¡Y una mierda, Harry! ¡Vosotros sois mis hermanos! ¡Nos tenéis a todos, aquí! – negó Ron con la cabeza, tozudo.

Harry lo abrazó con emoción.

- ¿Qué vas a hacer, Ron? Kingsley me ha dicho que tenemos toda esta semana para pensarlo. Yo ya le he dado mi respuesta, pero tú puedes tomarte tu tiempo para decidir.

- Hogwarts no puede enseñarme nada ya que yo desee aprender. Trabajaré contigo.

- Lo sabía – se jactó él – pero no quería presionarte, tú mismo debías tomar la decisión.

- ¿Serás chulo? ¿Cómo que lo sabías?

- Te conozco como si te hubieses convertido en mi mejor amigo desde los once años – le sonrió con sarcasmo.

- Yo sí voy a volver a Hogwarts – dijo Hermione – Lo siento, pero en esto no puedo acompañaros.

- Harry y yo lo teníamos claro sin necesidad de que tú lo anunciases – respondió su novio, intentando hacerse el gracioso. Ella lo miró con cara de reproche – No pasa nada, esta no es más que una nueva elección en nuestras vidas. Somos los mejores amigos y siempre lo seremos, hagamos lo que hagamos con ellas – trató de animarles.

- Así se habla – le felicitó su padre – Ahora, ayudadme a encontrar un modo de contarle todo esto a Molly cuando regrese. Creo que va a intentar matarnos antes de darnos a todos su bendición. Y por favor, mostrad tacto, sabéis perfectamente lo sensible que se siente.

&&&&&&&

El resto de la semana fue más normal, y a la vez mucho más extraño para todos. Fingir que todo iba bien, que la tristeza por la partida de George y Harry no se sumaba al dolor que les desgarraba por dentro, les sumió en una especie de carrera por demostrar quién soportaba mejor aquella agonía, intentando hacer felices al resto. Ginny se había convertido en el centro de atención de todos ellos, pues un extraño malestar la había mantenido en cama la mayoría de los días transcurridos. Harry no fue a su habitación a visitarla, se interesaba por su estado de salud preguntando a los demás, pues no deseaba importunar a la chica con su presencia.

La mañana del domingo sorprendió a Harry de pie, junto a la ventana de su cuarto en La Madriguera, mirando a lo lejos y perdido en sus propios pensamientos. No había podido dormir en toda la noche.

- ¿Harry?

Escuchó la voz de Ron, dando golpecitos tras la puerta.

- Pasa, Ron.

Al entrar el pelirrojo, se sorprendió de hallar a su amigo completamente vestido, como si se hubiese preparado para viajar. Lo observó con suspicacia. No se había dado cuenta de que alguien lo había estado acechando desde el fondo del pasillo y que, al desaparecer él dentro del cuarto de Harry, esta persona se había apostado bien cerca de ellos.

- No estarás pensando en irte por la mañana… Has de acompañarnos a casa de Bill y Fleur, han insistido mucho en que vayamos todos a visitarlos.

- No pienso ir, no quiero incomodaros coincidiendo con Ginny.

- Ella no va a venir, no se encuentra bien.

Una mueca de dolor que el moreno ocultó rápidamente, no pasó desapercibida para su mejor amigo.

- Aún así, prefiero pasar la mañana solo. No tengo ganas de visitar a nadie. Discúlpame ante ellos y diles que ya iré a verlos en otra ocasión.

- Se entristecerán, pero bueno, si quedarte es lo que quieres… Todos volveremos pronto y, después de comer, Hermione y yo te acompañaremos a Grimmauld Place. Harry… ¿No vas a hablar con ella antes de irte? – cambió de tema, intentando por enésima vez que el chico recapacitara.

- No. Ginny ya no existe para mí, así debe ser.

Ron negó con la cabeza, pero no añadió nada más.

Desde el pasillo, la pelirroja, se tapó la boca con la mano, para no gritar, y salió corriendo hacia su cuarto.

- Bueno, lo dicho. No se te ocurra largarte sin nosotros.

- No, pesado – mintió – Ve tranquilo.

- Hasta luego, entonces.

- Hasta luego, Ron. Vete ya.

Harry esperó en su cuarto, pensativo, hasta no escuchar ningún ruido en la casa que le delatase la presencia de los Weasley. Cuando por fin pudo sentirse libre de vigilancia, extrajo su varita de un bolsillo de la chaqueta y encantó el gran arcón, que contenía todas sus pertenencias, para poderlo transportar fácilmente hacia la chimenea. Sentía en el alma haber engañado a su mejor amigo, pero sabía bien que, si esperaba a que regresasen todos ellos para despedirse, su partida se convertiría en un drama, al igual que iba a serlo la de George, y él no deseaba que lo fuese. Una vez asumida su marcha por todos, dispondría de tiempo suficiente para disculparse. Caminó hacia la puerta del cuarto y antes de salir, recorrió la estancia con una mirada nostálgica. Decididamente, había sido feliz allí, al menos todo lo que había sido capaz de serlo. Luego salió y caminó hacia las escaleras sin haber cerrado la puerta, tampoco deseaba que Ginny le oyese marchar. Ya apunto de descender por ellas, una loca idea pasó por su cabeza: tenía bien claro que no iba a despedirse de Ginny, pero eso no significaba que no pudiese observarla por última vez. Quizá con suerte ella tampoco habría cerrado la puerta de su cuarto, y él, desde el pasillo y bien disimuladamente, podría atesorar un último recuerdo. Dudó. Iba a traicionar toda su determinación si lo hacía. Pero el deseo de verla por última vez pudo más que todas las razones que intentó esgrimir en contra de tan descabellada idea.

Despacio, con minucioso cuidado, caminó hasta alcanzar el cuarto de la chica. Maravilloso, sonrió: la puerta no estaba cerrada. Se vio obligado a detenerse junto a la entrada, si no quería ser descubierto. Pegado a la pared, y muy lentamente, comenzó a asomarse dentro con cautela.

Lo que vio le heló la sangre en las venas. Ginny yacía encima de la cama, hecha un ovillo, llorando y apretándose el estómago como si le doliese, desesperada. En aquel mismo instante, se olvidó de irse, de intentar que ella no le viese, de todo lo que no fuese correr junto a la chica para socorrerla. Irrumpió en el cuarto, dándole un gran susto, pero tampoco le importó. Rápidamente la tomó en brazos, dispuesto a llevarla al hospital.

- Tranquila, tranquila. Voy a llevarte a San Mungo – intentó calmarla con el suave tono de su voz – Sólo aguanta un poco más, un poco más.

Casi lloraba, el terror se había adueñado de todo su ser.


Nota. Sí, ya sé que soy mala, muuuuuuy mala ¡Buajajajajáaaaaaa! Tranquilos, la segunda parte llegará muy pronto, e incluirá una escena... subidita de tono. Por favor, enviadme reviews (con comentarios buenos o malos, pero que sean constructivos, por favor), hacedme feliz.

Hasta pronto.

Rose.