Triste primer aniversario III.

Lunes; por fin lunes, cuando ya todo en el mundo había pasado: las celebraciones, las tristezas, las ceremonias… incluso su noviazgo con Harry. Una vez más, y sea como sea, la vida seguía su curso, imperturbable; y Ginny tan sólo había conseguido una noche en vela - llena de lágrimas y dolor – un aniversario más… y un novio menos, pues si en algún momento - en que su mente llegó a perder la cordura – pensó que él iría a su encuentro arrastrándose y pidiéndole perdón, las llevaba bien dadas; primera y principal, porque en lo más hondo de su corazón, algo le decía de forma insistente, que no era a quien ella había llamado con desprecio "sucio borracho" el culpable de su actual situación, sino ella misma. Su mente no sabía cómo eso era posible, ni de qué modo; pero su corazón lo tenía más que diáfano: ella había maltratado a George y a Harry. George era su hermano, su sangre, tarde o temprano la perdonaría; pero Harry no tenía porqué hacerlo, si ella misma no le daba un buen motivo. ¿Y qué motivo podía ser ese, si la chica seguía pensando que, tanto él como su hermano, se habían comportado totalmente de un modo irrespetuoso y lamentable? ¿Y por qué su propio corazón se empeñaba en culparla a ella, entonces?

Se levantó de la cama, con los ojos hinchados, todos los músculos del cuerpo agarrotados, un inmenso embrollo mental, y un dolor en su alma asfixiante, casi insoportable. Exhaló con desaliento, completamente derrotada pues, fuera como fuera, todo había terminado ya, pasando por encima de ella y arrollándola por el camino: absolutamente todo.

No tuvo tiempo de salir de su cuarto y caminar hacia el lavabo, para darse una ducha que aquel día, de nada serviría; pues un firme repiqueteo de nudillos tras su puerta se adelantó a sus intenciones.

- Ginny, ¿estás despierta? – escuchó la apremiante voz de su hermano George, reclamando su atención.

- Estoy despierta – se obligó a responder con voz cortante.

- ¿Puedo pasar? – pudo escuchar de nuevo aquella voz demasiado amable, que le dificultaba sobremanera la tarea de mantener un enfado "razonable".

- Pasa.

Inmediatamente, su hermano mayor apareció en el hueco de la puerta, entró con paso decidido, aunque cansado, y cerró la puerta tras él. Se tomó su tiempo para observarla, con una sonrisa cordial, antes de decidirse a hablar.

- Es evidente que has estado llorando – comenzó, demasiado solemne para su propio carácter – Eso está bien.

- ¿Has venido a regodearte en mi dolor? – ella pudo desahogar su furia por fin, creyéndose liberada. – Pues espero que lo disfrutes.

- En absoluto, ni lo uno, ni lo otro. He venido a hacerte entender que aún no has llorado la pérdida de Fred, y que ya va siendo hora de que lo hagas – dijo sencillamente, con sinceridad.

- ¿Pero qué narices estás diciendo? – lo traspasó con una mirada llena de indignación - ¡Sí la he llorado! ¡Miles de veces, de días, de noches, desde que nos dejó! ¿Qué sabrás tú…? – interrumpió la frase en el acto, dándose cuenta de a quién había estado apunto de acusar, y precisamente de qué.

Pero él no se ofendió, en absoluto; tan sólo mantuvo su sonrisa amable, cariñosa y llena de comprensión.

- No la has llorado lo suficiente, ni como necesitabas hacerlo – insistió. Antes de que ella pudiera hacer o decir nada al respecto, la cogió de la mano, y la arrastró a que lo acompañase para que ambos se sentasen encima de la cama, y la miró a los ojos. - ¿Recuerdas lo que hiciste con Harry después de que él acabó con Voldemort definitivamente? Intentaste ser fuerte a todas horas, demostrar que tú sola podías con todo, que no lo necesitabas. Y lo único que conseguiste fue negar la realidad, alejarle de tu vida para intentar no volver a perderle – había inmensa tristeza en sus ojos.- Estás haciendo lo mismo con Fred, aunque no lo creas: intentas retenerle, escapándote a una fantasía de la que nos culpas a los demás, por negarnos a seguirte.

- ¡Eso es absurdo! – negó con todas sus fuerzas; su cabeza se agitó en un mar de confusión y de temor.

- ¡Lo que es absurdo es lo que estás haciendo! – él alzó la voz de forma inesperada - ¡Fred se ha ido! ¡Por amor de Merlín! ¡Déjale marchar y recuérdale como él lo hubiese deseado! ¡Con alegría! ¡Con amor! ¿No ves que estás apunto de perder a Harry con tu actitud? ¿Es eso lo que quieres? ¿Lo que Fred querría? ¿Así es como tú honras su memoria? – le reprochó, dando rienda suelta por fin a toda la frustración que lo embargaba.

Ginny lo miró, estupefacta. Hubiese deseado asegurarle que mentía, o que se equivocaba, que se había vuelto loco… Pero sabía que no era así. En aquel momento se sintió como una niña tonta e ignorante, que había creído ser más lista que nadie, más digna, y que en cambio no sabía nada de nada de lo que realmente importaba. Rompió a llorar, con un llanto desgarrador, y se abrazó a su hermano con todas sus fuerzas, sintiéndose completamente débil, y no avergonzándose por ello.

Él la abrazó con la misma fuerza, con la misma necesidad y desesperación que ella estaba mostrando, pues también la necesitaba. Ya más sereno, le acarició el cabello con ternura.

- No te preocupes, hermanita, todo se arreglará – le aseguró.

- No se arreglará – ella negó entre sollozos – Lo que os hice ayer no tiene nombre, ni disculpa. Vosotros dos sois, en el mundo, los últimos que mereceríais el trato que yo os di. Harry jamás me lo perdonará.

- Tú no tienes un novio cualquiera, enana, y no me refiero a la fama – soltó una risita llena de significado, intentando hacerla sonreír. – Si existe alguien en este mundo capaz de entender el dolor, la frustración, la pérdida… ese es Harry. Habla con él cuanto antes, hazlo.

- Seguro que no quiere ni verme…

- Puede ser. Cuando se cabrea, Harry es el tío más tozudo y cabezota que me he echado a la cara.

- ¿Y entonces? – ella lo miró fijamente a los ojos, aún llorosa, buscando una respuesta.

- ¿Entonces, qué? – él se encogió de hombros con una sonrisa - ¿Eres Ginny Weasley o no lo eres? ¿Eres esa tía decidida, fuerte y valiente por quien él lleva años babeando como un idiota o no lo eres?

Por fin ella rió, sin poderlo evitar.

- Eso creía… - afirmó con tristeza.

- Lo eres. Eso jamás lo dudes. Ve, habla con él. Sé que, te diga lo que te diga cuando lo hagas, en el fondo de su corazón, te estaba esperando.

- Gracias y… perdóname – le pidió con ternura, besándole en la mejilla.

- No hay nada que perdonar. ¿Para qué están los hermanos? Bueno, me voy. Ponte guapa para él. ¿De acuerdo?

Su hermana asintió, decidida, y el pelirrojo caminó con tranquilidad fuera del cuarto, volviendo a cerrar la puerta tras él. Cuando estuvo solo, una lágrima rebosante de amor, de ternura, de amargura, de dolor y de esperanza, recorrió su juvenil rostro. Se la secó con un ademán alegre, y bajó las escaleras en busca del magnífico desayuno, que seguramente ya aguardaba sobre la mesa como siempre pues, la vida sigue.

~~O&o&O~~

Cuando Ginny entró en el Cuartel General de Aurores, reparó en que las miradas de muchos de aquellos eternos vigilantes y defensores de la paz y la justicia, se posaban en ella con inmenso respecto, algunas con admiración. Allí, pudo sentir aquel aura que había estado buscando con tanto ahínco: de reverente recuerdo, de solemne respeto. Pero halló algo más: esperanza, confianza… futuro. Ambas caras de una misma moneda completa.

Asintió, satisfecha, y caminó con decisión hasta la mesa que su hermano y Harry compartían; aunque tan sólo halló al pelirrojo, enfrascado en el estudio de un pergamino, que seguramente contenía su próxima misión.

- ¿Cómo estás? – le preguntó a modo de saludo, posando su mano en la mano de él, con suavidad, y buscando la sinceridad de sus ojos.

- Algo así como debes estar tú – su hermano anunció, exhalando aire como un globo pinchado. – Harry ya me ha contado lo que os pasó ayer. Cuando ha llegado, te juro que si se hubiese topado de frente con un Colacuerno Húngaro, se hubiese hecho una cartera con sus escamas, simplemente usando sus manos desnudas.

Ella sonrió con tristeza, pues ya lo esperaba.

- ¿Qué vas a hacer con Hermione? – en cambio preguntó.

- La cuestión es qué va a hacer ella conmigo – negó con la cabeza, abatido. – Como me atreva a plantarme delante suyo, otra que acabará el día con una cartera nueva – por un momento, ambos rieron. – Pero necesito hablar con ella, sea como sea.

- Lo sé. Yo también he venido a hablar con Harry, sea como sea.

- No lo encontrarás aquí – Ginny lo miró, sorprendida. – Ha aprovechado un par de horas libres que tenía para ir a machacarse en el gimnasio.

- ¿Ma-machacarse? – eso sonaba verdaderamente mal.

- Mejor que lo veas por ti misma, es algo complicado de explicar. Es un edificio de color blanco situado a un par de calles de aquí, hacia el Callejón Diagon. Tiene un gran letrero sobre la puerta, que pone "Boxing King". Te aviso que es un sitio muggle, no se te ocurra usar la magia allí. Y no te asustes por lo que veas.

- ¿Por qué dices eso? – ella se alarmó.

- Bueno… es un lugar algo… rudo. A mí no me gusta, pero Harry se empeña en ir allí para… - no terminó la frase, encogiéndose de hombros - Como te he dicho, mejor que lo veas por ti misma. No te entretengas, o quizá ya se haya marchado cuando llegues allí.

- ¿Debería ir, entonces? Quizá le sepa mal que yo interrumpa lo que quiera que haga allí – preguntó, dubitativa.

- Oh, no. Debes ir, sin duda. Entenderás algunas cosas si lo haces. Nos veremos mañana, enana. Esta noche no iré a casa; tengo asuntos personales que resolver – se despidió, ofreciéndole una sonrisa de ánimo.

- Hasta mañana, entonces – ella se despidió también, poco convencida, y se marchó del Ministerio sin perder más tiempo.

No le costó encontrar el edificio que su hermano le había descrito. Sin pensarlo, entró en él, y nada más hacerlo se topó de frente con una mole altísima y plagada de músculo, que la observaba con auténtica curiosidad, desde detrás de un recio mostrador; los dos hombres con los que el tipo estaba conversando la miraron también, con la misma cara de sorpresa. Por un momento, se planteó si se habría equivocado; no podía ser que Harry tuviese nada que hacer en un sitio como aquel. Pero el nombre del sitio era correcto, y también la dirección. Así que, armándose de valor, caminó con seguridad hasta alcanzar a los tres hombres, y preguntó.

- ¿Dónde puedo encontrar a Harry Potter?

- ¿Potter? Por ese pasillo, la segunda sala a mano derecha – el hombre le indicó, señalando hacia su izquierda con el brazo extendido.

- Gracias – ella tan sólo pudo responder, incrédula. Realmente Harry estaba allí, no podía imaginarse para qué.

Caminó hacia el pasillo sin volverse a mirar atrás.

Tal y como le había dicho la masa de músculos, encontró a Harry golpeando un extraño saco que oscilaba, colgado del techo, por una recia cadena; llevaba las manos cubiertas por unos extraños guantes que a la chica dejaron estupefacta, supuso que para protegerlas, y el torso desnudo y sudoroso debido al intenso esfuerzo. Pegaba con toda su rabia, una y otra vez, poniendo toda su fuerza y sus ganas en ello. Ginny no pudo dejar de observar, durante unos segundos, el extraño ritual, llena de fascinación; no sabía cómo sería recibida pues, después de ver aquello, si algo estaba claro es que su hermano Ron se había quedado bien corto al describir la furia que el joven auror estaba mostrando, pero inhaló con fuerza, se armó de valor y decidió acercarse a él, observándole con timidez, algo inusual en ella.

- ¿Por qué no te compras uno para practicar en casa? – decidió preguntarle por fin, con voz amable.

Por un momento, el moreno hizo como si no hubiese notado su presencia y continuó golpeando y golpeando, hasta que con un último golpe especialmente agresivo, abandonó su tarea.

- Porque, hace un año, decidí que la ira que siento jamás volverá a entrar en casa de nadie a quien quiera, incluida la mía – él respondió, girándose a mirarla con sorprendente tranquilidad.

Ambos quedaron en silencio, él mirándola a los ojos con intensidad, algo que la hizo sentir vergüenza.

- No vas a volver a La Madriguera, ¿verdad? – Ginny se decidió a preguntar, tristemente.

- No, Ginny, no voy a volver. Después de todo lo que ha sucedido este fin de semana, me he dado cuenta de que ya no puedo posponer más mi independización.

- Comprendo – por un momento, ella bajó la mirada. - Sé que todo entre nosotros ha terminado. Pero necesitaba pedirte perdón antes de despedirme, porque seguramente no querrás volver a tener nada más que ver conmigo, por cómo te he tratado. Aunque ya no sirva de nada, quiero decirte que, aunque siga sin gustarme vuestro modo de mostrarlo, ahora comprendo que George y tú teníais razón. Yo no había aceptado la muerte de Fred, y estaba enfadada conmigo misma por ello, y con los demás como reflejo de mi propia frustración. Esta mañana George me ha hecho ver la realidad, y por fin he podido dejarlo marchar – sonrió con tristeza, pero serena.

- Eso es maravilloso.

Él se tomó su tiempo para quitarse los guantes de boxeo, sin decir ni una palabra más, y después caminó hasta la chica, tomándola por la barbilla y haciendo que los ojos de ambos se encontrasen.

- Nada entre nosotros ha terminado – la seriedad del tono de su voz chocó con fuerza contra el dulce beso que él grabó en sus labios.

- Te llamé sucio borracho – ella apenas susurró, emocionada, sintiendo que estaba apunto de derretirse por su contacto.

- Bueno… sucio no creo que estuviese, al menos espero que no se notase demasiado – sonrió a modo de disculpa - pero borracho lo estaba, como una cuba – ahora sonrió abiertamente – Y no me arrepiento, ni lo haré nunca. George y yo hemos decidido celebrar la victoria sobre Voldemort todos los años de ese mismo modo, así que más te valdrá irte acostumbrando. Sabemos que es lo que Fred querría, y es lo que nosotros queremos también.

Ella rió nerviosamente.

- Y descargué toda mi frustración sobre ti – añadió, para asegurarse de que lo que estaba viviendo junto a Harry era completamente real.

- Lo sé. Para hacer eso yo uso este saco, y tú me usaste a mí. Cuando vuelva a pasarte, sólo es cuestión de cambiarme por él, ¿no te parece? – añadió con amabilidad, acercándola a su cuerpo para apresarla entre sus brazos, en un dulce abrazo. – Oh, lo siento, estoy lleno de sudor – intentó apartarse de ella, pero Ginny se aferró a su cuerpo con fuerza, impidiéndole moverse ni siquiera un milímetro. Él volvió a reír, divertido.

- ¿Cómo consigues estar tan sereno? – quiso saber, maravillada.

- ¿Crees que necesitaría hacer esto si estuviera sereno? Hace tiempo que sé que tardaré muchos años en superar todo lo que pasó, si es que lo consigo alguna vez. Y soy consciente de que a ti te pasa lo mismo. ¿Quieres que lo intentemos juntos, princesa? – le ofreció, estrechando aún más su abrazo y adorándola con la mirada.

- ¿Eso significa que todavía quieres casarte conmigo? – Ginny acarició su varonil y atractivo rostro con adoración.

Él acercó sus labios al cuello femenino y lo besó suavemente, con apenas un roce que la hizo estremecer de placer.

- ¿Tú qué crees? – susurró a su oído.

Ginny gimió quedamente y Harry volvió a besarla, disfrutando de las sensaciones que provocaba en todo su ser.

- ¿Gracias a esto te estás poniendo tan fornido? – ella le preguntó, ya sin vergüenza, separándolo de su cuerpo lo justo para poder observar sus marcados abdominales –No me lo habías dicho.

- Todos tenemos nuestros pequeños secretillos – dijo con picardía. - Vengo aquí regularmente a ponerme en forma, pero sólo me dedico a darle una paliza al saco de boxeo cuando me siento enfadado, o estresado, o frustrado.

- ¿Así te has sentido este fin de semana?

El joven asintió.

- Lo siento – se lamentó tristemente.

- No te preocupes, ya ha pasado todo – volvió a estrecharla con fuerza y tomó sus labios entre los suyos con desesperación.

- ¿Qué son esas monstruosidades que llevabas en las manos? – Ginny preguntó con curiosidad, cuando fue capaz de volver a respirar, y justo antes de atraparlo ella misma entre un largo e intenso beso.

- Son guantes de boxeo, y mejor vamonos a casa, que este no es lugar para hacerte lo que ahora mismo tengo en mente – la abrazó de forma posesiva, mientras ella soltaba una alegre carcajada.

- ¿Y el trabajo? – se hizo de rogar, pícaramente.

- Me queda toda una hora libre todavía. ¿Qué dices, mi amor? ¿Me acompañas?

- Por supuesto – ambos caminaron fuera de la sala, hacia la taquilla donde Harry había guardado su muda de ropa, para que pudiese darse una ducha refrescante y cambiarse de nuevo. - ¿Boxeo? – quiso saber, extrañada, mientras caminaban.

- Es un deporte muggle muy violento y desagradable, que realmente detesto, donde dos hombres o dos mujeres se dedican a golpearse sin piedad, hasta que uno de ellos queda literalmente fuera de combate – ella lo miró con ojos desorbitados, espantada. - Sólo uso los guantes y el saco para desahogarme, nada más. Yo jamás practicaré ese deporte, ni loco.

- Más te vale…

De pronto, Harry la cogió por la cintura, y la arrastró con él a los vestuarios, metiéndola dentro de una de las duchas.

- ¿Pero qué haces? – ella se alarmó, temiendo que alguien los sorprendiese allí.

- ¿No quieres ducharte conmigo? – él preguntó, comenzando a despojarla de su ropa, con deliberada lentitud, mientras depositaba en sus labios besos intermitentes, y arrebatadoramente seductores.

- ¡Alguien nos puede descubrir! ¿Es que te has vuelto loco?

- Loco por ti – siguió desnudándola sin clemencia, con una sonrisa arrogante – Además, he sellado la puerta con un Colloportus – Ginny fingió indignarse con una mueca, aunque realmente se había sorprendido por la osadía del chico. - Cuando se den cuenta de lo que está pasando, tú y yo ya habremos terminado.

- ¿Terminado, de qué? – ella preguntó con voz anhelante, derritiéndose en sus brazos.

- De lo que tú desees. ¿Qué es lo que deseas en este momento?

- ¿Tú qué crees? – comenzó a desnudarlo también, provocadora.

- Creo que la ducha nos espera…

El agua comenzó a derramarse sobre sus ardientes cuerpos desnudos.

~~O&o&O~~

Aquella misma tarde, Hermione caminó, preocupada, hacia el despacho de la Directora McGonagall. La sabia mujer no solía citarla en aquel recinto lleno de recuerdos para ambas, ni en ningún otro, pues la castaña era un modelo de virtudes y de buen comportamiento. Pero lo más extraño de todo, era que se había negado a incluir en el mensaje - que Neville tan amablemente le había entregado -, el motivo de tan extraordinaria convocatoria. Aunque aquel hecho no iba a frenarla, precisamente.

Así que accedió a la torre con paso firme y decidido, dispuesta a tratar con la veterana profesora – del modo más razonable posible - cualquier asunto que la hubiese obligado a hacerla comparecer allí.

Hizo chocar sus nudillos contra la puerta y esperó, pero nadie la abrió para ella. Comenzando a preocuparse de verdad, hizo girar el pomo, decidida, y tras abrirla, la franqueó sin titubear. Lo que halló en el cuarto sobrecogió su corazón, y no sólo por la sorpresa. Ante ella, Ron Bilius Weasley se mostraba de pie, con la mirada fija en sus anonadados ojos, y postura firme, aguardándola. Las piernas le temblaron como si estuviesen hechas de gelatina, y su rostro palideció. Sabía perfectamente el profundo esfuerzo que aquel hombre había hecho para llegar allí, y mucho más para permanecer en aquel lugar, al que había jurado jamás volver. No pudo hablar, no sabía cómo poner orden en la oleada de pensamientos y sentimientos que se agolpaban en su mente y en su corazón. Pero él sí lo hizo, con voz firme y deliberadamente serena.

- Tenías razón, Hermione; si pretendo hacerte feliz, no puedo ofrecerte medias tintas. No es justo para ti, y tampoco lo es para mí – hizo una pausa para poder continuar; mientras, ella comenzaba a derramar silenciosas lágrimas, que intentó limpiarse de forma torpe y distraída. – Ya no tengo miedo a perderte, ni a perder nuestra amistad, porque no voy a perderte; nunca, jamás, voy a permitir que eso suceda; al menos, no por mi propio deseo.

- Ron… - apenas pudo susurrar, emocionada.

- He venido para advertirte que te vayas preparando, pues la próxima vez que salgas de este castillo, nada va a impedir que eso suceda; y con "eso", sabes perfectamente a qué me refiero.

Ella soltó una risita nerviosa, mirándolo con adoración.

- Aunque si deseas que "eso" suceda esta misma noche, puedes marcharte conmigo. Si he sido capaz de llegar hasta aquí, no iba a ser menos convenciendo a la Directora de que te deje marchar por una noche. Nadie se enterará, te lo prometo. Neville ha dejado caer "por ahí", que estás en la enfermería, con una extraña y contagiosa enfermedad, que Pomfrey todavía no ha diagnosticado – explicó con nerviosismo, mirándola esperanzado.

- Lo tienes todo bien atado, Weasley – finalmente ella pudo afirmar, con voz acusadora, pero llena de ternura.

- Acabo de decirte que para mí, ya no habrá vuelta atrás, si tú me perdonas. Haría cualquier cosa por ti, Granger; cualquier cosa – alegó con pasión.

Al escucharle, ella corrió hacia él y se abrazó a su cuerpo con fuerza, enterrando la cabeza en su pecho. El pelirrojo la rodeó con sus brazos, exhalando un suspiro de satisfacción; había pasado tanto miedo temiendo perderla de forma definitiva, que casi se había olvidado de respirar.

- Me invitarás a cenar, al menos – Hermione aseveró entre sollozos emocionados.

- Por supuesto. En Hogsmeade, nos espera una magnífica y romántica cena, y una cálida y acogedora habitación para dos – besó su cabello, enamorado, soltando una risa de impaciencia. – Te amo, Hermione Granger.

- Yo también te amo, Ronald Weasley; jamás lo olvides.

- Te juro que nunca lo haré.

Abrazados, ambos salieron del despacho de la Directora, convenientemente protegidos por la capa de invisibilidad, que Harry tan pícaramente había prestado a su mejor amigo para la ocasión.


TODO LLEGA A SU FIN

Pues sí, todo llega a su fin, absolutamente todo; y por supuesto, también el segundo relato del presente fic, que he concluído con este capítulo.

Quizá os preguntéis porqué he tardado tanto en concluirlo. La razón principal es que sabía qué quería contar en él, pero no encontraba un modo satisfactorio para mí sobre cómo hacerlo. La inspiración me ha llegado después de ver la última (en todos los sentidos) película de la saga. La vi por primera vez el pasado viernes por la noche, y una segunda ayer por la tarde (y la cosa no quedará ahí, jeje); y después de haberme pasado casi el fin de semana completo llorando por el montón de sensaciones encontradas que me ha provocado este tan esperado final, por fin he hallado las palabras adecuadas para contaros aquello que os quería contar en este relato.

He de deciros que la película Harrry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte II, me ha parecido una adaptación magistral del que para mí, es el mejor libro de los siete de la saga, aunque no el más importante, pues todos lo son por igual. Si todo en ella me gusta sobremanera, hago aquí una mención especial a esa maravillosa pareja con la que yo confieso haber soñado alguna vez: Neville y Luna. Para mi gusto, ojalá Rowling los una como pareja "oficial", aunque eso suponga desdecirse de sus propias palabras, dichas anteriormente. La verdad, a mí no me importaría, en absoluto :)

Y sé que a muchos, lo que voy a decir a continuación no os gustará, pero es mi opinión. El sábado por la tarde, cuando mi marido y yo fuimos al cine a ver la peli por segunda vez, antes de deleitarnos con ella nos ofrecieron varios trailers, entre ellos, el de la primera parte de la peli "Amanecer", de la saga Crepúsculo. Y he de deciros, con total sinceridad, que a los allí presentes, a todos, y había mucha gente en la sala, os lo prometo, nos dejó totalmente indiferentes. Ni un comentario, ni un oh!, absolutamente nada. Eso me dio un subidón de moral, que no podéis imaginar. Dicho esto, pensaréis que no me gusta es saga, y eso no es verdad, en absoluto: es agradable, amena de leer, romántica, curiosa... vamos, que se deja leer, y también ver. Pero de ahí a compararla con la obra de arte, con la inigualable e inolvidable obra de arte que son las novelas de la saga Harry Potter escritas por J. K. Rowling... como desde hace unos años algunos se empeñan en hacer... con los valores morales que esta ofrece, con la inmensa carga tanto moral como emocional que soporta Harry Potter en toda la historia, y también todos los demás personajes, con ese mundo maravillosamente mágico que tanto nos hace soñar... para mí, eso es sacrilegio, simple y llanamente. Ahí queda eso, para quien le interese.

Este capítulo lo dedico a quienes se sientan tan satisfechos, emocionados, y huérfanos como yo me siento este fin de semana y me seguiré sintiendo durante mucho tiempo más, con el final de la saga cinematográfica de Harry Potter. Que sepáis que no estamos solos, y nunca lo estaremos.

Un abrazo muy fuerte, y hasta pronto.

Rose.