Memento mori es una frase latina que significa "Recuerda que morirás" en el sentido de "Recuerda que eres mortal".


Alice murió a los veinte años, en 1910. Ahora, casi cien años después, ella carga con un increíble secreto y un peso que nadie puede sacárselo, lleva noventa años diambulando entre la vida y la muerte, porque en realidad, ella es la muerte. Su misión en esta no-vida es darle una muerte rápida e indolora a aquellos que son merecedores de éstas, que han hecho cosas útiles y dignas de alabar en sus vidas.

Lo que Alice no esperaba, era que un chico la descubriera en el preciso momento en que ella enviaba a una mejor etapa a la madre de él, quien era el único capáz en el mundo que podía verla, que sabía que ella estaba ahí, presente.


I

Y entonces, la vida abandonó el pequeño cuerpo de aquel niño de tan solo ocho años, que sufría de una enfermedad terminal que acabaría con su vida sin remedio alguno. La ligera luz blanquecina desapareció, y la pálida y fría mano de Alice soltó la delicada del niño, mientras sus ojos veían la expresión de tranquilidad y de paz que se formaba en aquel infantil rostro. Eso era, quizás, lo único reconfortable de la "misión" que la chica ejercía; ver la paz reflejada en los rostros de cada persona que era abrazada por los brazos de la muerte; sus brazos.

El largo pitido sonaba en la máquina junto a la camilla, indicando el detenimiento de aquel pequeño corazón, indicando el fallecimiento de aquel niño, que ahora sólo era un cadáver en una camilla.

Y como pasaba cada vez que ella hacía su trabajo en los hospitales, la puerta se abría, y las enfermeras y doctores entraban con urgencia y rapidez a la sala, sin saber, realmente, que no podían hacer nada más, porque ella ya les había arrancado la vida.

La chica de veinte años que alguna vez se llamó Alice, suspiró mientras en su cabeza revivía los últimos minutos de aquel niño.

— ¿Quién eres tú? —preguntó el niño al ver a la muchacha entrar a la habitación. Ella nunca aparecía de repente, no quería provocar miedo.

Además, estaba decidido. Si el niño podía verla, es porque su hora había llegado, porque su vida ya tenía que terminar, y era su trabajo encargarse de darle una muerte dulce y sin sufrimiento.

—Yo vengo a ayudarte —dijo ella, no muy segura de si sus palabras eran las correctas—. Vengo a darte la paz que necesitas —dijo en tono amable, después de todo, él era sólo un niño.
— ¿En serio? —habló el niño.

Alice supo que si alguien llegase a entrar, sólo vería al niño hablando solo.

—Sí —dijo ella—. Te llevaré al cielo —dijo ella no tan segura de si realmente existía el cielo.

A pesar de cumplir casi cien años siendo lo que era, no podía saber si el cielo exista realmente. No sabía si es que había vida después de la muerte, no sabía nada... Porque ella aún no moría del todo.

Alice caminó hasta pararse junto a la cama del niño, el que la miraba entre deslumbrado y sorprendido. No asustado.

— ¿Tú me vas a llevar al cielo? —preguntó el niño.
—Sí, al paraíso —dijo con una muy pequeña sonrisa en su rostro—. Ya no tendrás más dolor.
—De acuerdo, ¿Pero le dices después a mi mami que la quiero muchísisisisisimo? —preguntó el niño.
—Claro —dijo ella, apenada por tener que apagar esa latiente felicidad en aquel niño.

Alice extendió su mano, y el niño la tomó. La muerte cerró los ojos, suspiró, y se concentró en la energía vital del niño, controlándola hasta sacarla el cuerpo y enviarla a un lugar mejor.

—La muerte es el comienzo de la inmortalidad —susurró las palabras que siempre decía, cada vez que enviaba a las almas a un lugar mejo, cada vez que se encargaba de quitarle la vida a un cuerpo sin salvación.

Después de que el doctor hubiese sentenciado la hora definitiva de muerte, las enfermeras salieron del cuarto con la difícil misión de decírselo a su madre. Alice cerró los ojos, y, antes de que llegaran las enfermeras, apareció junto a la mujer, la que esperaba impaciente y nerviosa en la sala de espera.

—Tú hijo te ama, sólo quiere que seas feliz y que salgas adelante, que no te vayas abajo y que continúes viviendo con su recuerdo en tu día a día —susurró ella a su oído, haciendo que ella la escuchara, pero sin verla.

La mujer abrió los ojos sorprendida, y miró a su alrededor. Entonces, cuando aparecieron las enfermeras, Alice despareció.

II

Una luz blanquecina, que un ser humano podría ver sólo con mucho esfuerzo, rodeó el cuerpo del hombre de setenta y ocho años de edad. Él cerró los ojos y la expresión de tranquilidad que alguna vez tuvo volvió a su rostro, al mismo tiempo que los separados pitidos de la máquina que indica el estado del corazón, se volvía en un sólo y constante sonido agudo. La cabeza del hombre se inclinó hacia un costado, apoyada en la almohada de la camilla donde ahora yacía su cuerpo sin vida.

La chica de aparentes veinte años dejó de tocar los dedos del hombre, y alejó su mano, mirando en silencio el cuerpo sin vida que, gracias a ella, había tenido una muerte rápida e indolora, para al fin poder descansar en la paz que siempre ansió.

—La muerte es el comienzo de la inmortalidad —susurró ella con voz triste.

Giró la cabeza hacia la puerta de la habitación del hospital cuando entraron dos enfermeras y un doctor con urgencia, ella se hizo hacia atrás, despejándoles el camino, como si fuera necesario hacerlo para que las personas pudieran pasar. La chica se movió hasta colocarse a los pies de la cama donde estaba el cuerpo, mientras miraba cómo esas personas trataban, en vano, de revivir al hombre con los electroshock.

—Es inútil —susurró ella—, el hombre ya fue abrazado por los brazos de la muerte, por mis brazos, y ahora descansa en un lugar lejos de su imaginación y creencias, con la paz y la tranquilidad que proseguía a su vida —dijo sin dejar de observar la situación.

Y como si esas personas la hubiesen escuchado, se detuvieron, dándose cuenta de lo inútil que resultaría aquello, y el doctor sentenció la hora definitiva de muerte. Entonces, Alice desapareció.

La oscuridad de la noche y la negrura del cielo se cernían sobre ella, que estaba sentada en el banco de una plaza, observando a la nada, pensando y concentrándose en si recibía algún grito de agonía en busca de ayuda, en busca de una muerte dulce y sin dolor, en busca de la paz de la que muchas personas son merecedoras después de una vida bien vivida.

Después de todo, no tenía nada más que hacer. No podía hacer nada más.

Sentada en aquel banco, con las manos sobre su regazo, con la vista perdida al frente, rodeada por la oscuridad que siempre ha sido su entorno, la chica se lamentaba a sí misma lo que era, se preguntaba una y otra vez qué había hecho para cargar con eso, por qué ella era una de las escogidas para cargar con aquella misión tan terrible y solitaria...

Llevaba un vestido negro, adornado con una gargantilla en el cuello y botines del mismo color. Su cabello, también negro, era liso y largo, hasta la cintura aproximadamente. Sus ojos grises resplandecían, aunque se podía notar que la vida carecía en ellos, y no sólo literalmente. Su blanca y pálida piel parecía resplandecer ante el brillo de la Luna.

Cerró los párpados cuando escuchó la agonía de una mujer, sufriendo y esperando por la muerte dulce que parecía merecer. Alice observó rápidamente cada detalle de esa mujer, y cuando estuvo decidida, desapareció entre las sombras de aquella solitaria y fría plaza.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba frente a una gran casa de tres plantas, un lugar bien cuidado, el patio era bonito y Alice sintió culpa al tener que hacer eso, como cada vez que tenía que hacerlo.

Dio un paso, y sus botines no emitieron ningún tipo de sonido. Ni el más mínimo.

Su vestido se estremecía ante el viendo que corría aquella noche, mientras la chica avanzaba en un sepulcral silencio hasta que atravesó la puerta de la casa y se adentró en su interior.

La casa era bastante acogedora, Alice pudo sentir que la casa era propiedad de una buena familia. Había bonitos muebles adornando el lugar, también había plantas llenas de vida, Alice podía sentirlo.

Cerró los ojos mientras se concentraba en el lugar de donde provenía la débil llamarada de vida, y el sigiloso grito de auxilio que sólo ella podía sentir. No era alguien gritando "Ayuda, auxilio, socorro", sino que era una llamarada de fuego extinguiéndose lentamente, clamando por una muerte indolora, sin sufrimiento, clamando por paz. Encontró la débil llamarada de vida. Había otra también en la casa, una más fuerte, pero al parecer no estaban exactamente en el mismo lugar.

Alice subió lentamente los peldaños de la escalera de aquella casa, en el segundo piso caminó hasta la última puerta el pasillo, que estaba débilmente alumbrado por una única lámpara pegada a la pared.

Alice atravesó la puerta de la habitación, y vio a la mujer, acostada sola en aquella cama, con expresión de intranquilidad, con el dolor impregnado en cada centímetro de la pálida piel de su rostro. No había nadie más, y eso le extrañó; normalmente las personas procuraban estar siempre en cada momento con sus seres queridos que están al borde del fin de la vida. Pero Alice lo agradeció, no le gustaba hacer su trabajo con personas a su alrededor, aunque no pudieran verla. La otra vida que había sentido estaba en la tercera planta.

—Jacqueline —pronunció la muerte en un susurro el nombre de la mujer, la que abrió extrañada los ojos y miró a la joven. Esa mujer podía verla.
— ¿Q-Quién eres t-tú? —preguntó ella con voz débil y temblorosa.

Alice caminó en silencio hasta situarse junto a la cama donde se encontraba la mujer, dándole la espalda a la puerta.

—Vengo a darte la paz y la tranquilidad que necesitas, vengo a ayudarte a descansar después del sufrimiento provocado por tu enfermedad —pronunció ella con el rostro inexpresivo y una voz que destilaba tristeza.
— ¿Me ayudarás a morir? —habló la mujer.

Alice miró en silencio a la mujer, y al momento de tomar la mano de aquella mujer, se concentró todo lo posible para no quitarle la vida al tacto, como siempre pasaba. Sólo agradecía que pudiera hacerlo a voluntad.

— ¿Puedes sentir mi piel? —habló el espectro mirando a la mujer, con sus grises ojos resplandeciendo.
—Estás fría, demasiado —dijo la mujer, que al sentir el tacto con la muchacha dejó atrás cualquier tipo de miedo que tuvo ante la idea de irse, de dejar la vida en la tierra.

Ella podía tocarla. Eso también significaba que era su hora.

—Todos merecen descansar —susurró ella—. Todos merecen paz después de la vida. Tú fuiste una buena mujer, Jacqueline.
—Si todos merecen... descansar —habló la mujer, aún con voz débil—, ¿Por qué estás aquí? ¿No deberías descansar también, como todos?

Alice se quedó en silencio. Nunca nadie había hablado de otra cosa que no fueran ellos mismos, con preguntas sobre qué pasaría o a dónde irían. Nadie jamás había preguntado acerca de ella.

—Yo tengo una misión que debo cumplir. Cuando dicha misión esté completada podré unirme al descanso eterno.
— ¿Y cuándo terminará aquella misión? —preguntó la mujer.
—Me encantaría saberlo —respondió la muerte.
—Dile a mi hijo que lo adoro, por favor. Que sea fuerte —dijo la mujer, cerrando los ojos.
—Claro —susurró ella.

Alice cerró los ojos y se concentró en el tacto con la mujer, se concentró en la escaza y débil llama de vida que sentía en el interior de aquel cuerpo.

—La muerte es el comienzo de la inmortalidad —susurró, y la vida abandonó el cuerpo de aquella mujer, llevando su alma a un lugar fuera de la creencia de cualquier persona, fuera de la imaginación de cualquier persona, incluso de la muerte misma.

Alice abrió los ojos cuando sintió una voz detrás de sí.

— ¿Quién eres tú? —preguntó una voz masculina detrás de ella, y la muchacha se colocó de pie de inmediato, para girarse y mirar a la puerta, en dirección al chico de unos veintitrés años, que la miraba confundido.
— ¿Puedes verme? —preguntó ella confundida, extrañada.
—Por supuesto, ¿Quién eres y que...? —el sujeto detuvo sus palabras cuando sus dorados ojos se desviaron hasta el cuerpo sin vida que yacía en la cama—. Mamá... —susurró mientras sentía que un terrible terror le recorría la espina dorsal—. ¡Mamá! —exclamó el tipo soltando lo que tenía en sus manos y corrió hasta la cama, donde se detuvo frente a ella, mientras luchaba contra las lágrimas, intentando detenerlas en sus ojos—. ¿Qué le hiciste? —preguntó él.


Notas finales:

Complicado? Demasiado trágico? Que les parece? xD

La verdad es que no estoy muy acostumbrada a escribir cosas tan... Amm... Oscuras xD Asi que decidí probar suerte con este fic. No tendrá más de veinte capítulos, & actualizaré por lo menos dos veces a la semana.

Un review? Una critica? Felicitaciones o tomatazos? todo es recibido ^^

Mi blog, por si les interesa ver alguna cosa ^^

http:// hayleydreams .blogspot .com (recuerden sacar los espacios, la pagina no deja publicar enlaces ¬¬)

Un saludo a todos!