Me salió en segunda persona, pero acá está el Arnold/Helga. Intenté que en este no hubiera tanto manoseo descarado, pero creo que me salió al revés xp

---

Todavía te cuesta creer que sea tuyo, así que de vez en cuando rozas disimuladamente tus manos con las suyas o pasas por al lado suyo sólo para sentir su olor. A veces te gustaría mandarle notas en clase, pero sabes que al final sus amigos se terminarían dando cuenta que no se los tiras hechos una bola de papel o le escupes, así que reprimes el impulso. Te agradaría poder sentarte al lado suyo, pero él todavía no puede decírselos a ellos. Todo se reduce a eso y muchas veces te da una bronca tremenda que le avergüences (y te gustaría poder golpearlo con la misma facilidad que a Stinky por comportarse como un idiota). Hasta a veces dejas de hablarle durante unas horas para que luego sus labios te quiten todo pensamiento coherente y te importe una mierda si quiere que sus amigos no se enteren hasta el día de su muerte.

Parecía que sus labios hacían magia, si el santo tan hermoso no besara tan bien seguramente se habría hartado de esa situación hace bastante y lo habría publicado en algún diario.

Pero se contiene. Calla y concede.

Porque a pesar de que a veces Arnold puede ser un imbécil, otras un santurrón y a veces ambas, todavía guardas el miedo de que valla a dejarte si le presionas demasiado, tienes miedo que vuelva con Laila. Crees que si eso llegase a pasar no podrías soportarlo y terminarías muriendo de angustia.

Siempre callas lo que le parece, sobretodo cuando eres arrastrada hasta los lababos durante los recreos mientras que nadie los ve para besarse y meterse mano debajo de las remeras, que es cuando más lo sientes tuyo y te gustaría gritarle un par de verdades, pero en vez de eso, prefieres morderle la piel hasta dejarle marcas tan grandes que después tendrá que explicar a sus amigos con argumentos demasiado estúpidos.

Siempre sus besos son así, a las apuradas, mordiendo y lamiendo todo a su paso, con las manos enredadas en los pelos del otro. Besos desesperantes y desesperados, que te sumergen en una atmósfera utópica de placer.

Juegan con sus lenguas hasta que se cansan.

Crees que podría vivir con tan sólo besarle, morderle o morderle cualquier parte de su cuerpo, porque tu vida siempre giró a ese bobo con cabeza de balón y eso parecía que fuera a cambiar en un buen tiempo.

Cuando el beso baja en intensidad hasta sólo besarse lento sin lengua, sólo la ternura y el amor callado que ambos se prodigan, toca el timbre que anuncia el final del recreo.

Él es el primero en separarse. Está demasiado agitado, sonrojado hasta límites insospechados (y eso hace que se te infle el corazón en todo el pecho al pensar que eres es la causante de semejantes reacciones), con los labios rojos hinchados de tanto besar y con la camisa fuera del pantalón.

Abre la boca para hablar, pero la cierra al instante, suspira y comienza a acomodarse la camisa, igual que tú, tal vez no era demasiado importante lo que te quería decir, así que lo dejas pasar.

Pero cuando están por decidir quién sale primero para que no descubran que entraron juntos al baño, él te agarra de la muñeca y suelta sin más:

—Hoy voy a contárselo a Gerald cuando venga a mi casa.

Abres los ojos con impresión sin poder creértelo, pero antes de que puedas decir algo, Arnold, con su otra mano, te toma de la cintura y te saca del lavabo.