VII.

Morok, el Primer Horror

Gracias a la información obtenida de Wik, Atreyu y el resto llegaron pronto a la colina donde se alzaba un árbol seco con una abertura en su lado derecho que semejaba una casa. Al atreverse a mirar dentro de él no pudieron distinguir nada, sólo una enorme oscuridad que invadía el tronco. Zenpu le dijo a Asdjob que, en caso de fallar en esa misión, regresara a toda velocidad a Hyat y buscara ayuda para rescatar a su princesa, sin preocuparse de su propio destino. Por su parte, Atreyu le recomendó a Fújur que buscara a la humana y cumpliera con la misión si llegase a suceder lo peor.

-Descuida, mi Pequeño Señor, todo irá bien, estoy seguro de ello… –contestó tranquilamente el poderoso dragón, guiñando un ojo rubí.

-La traeré a salvo –afirmó el caballero, colocando su frente con la del equino.

Se despidieron sin decir palabras de más, sabían que no sería algo sencillo. Atreyu y Zenpu apretaron sus espadas para cerciorarse de que no bajarían indefensos y, finalmente, penetraron en el árbol. Cuando atravesaron la entrada se toparon con una largas escaleras que descendían a las entrañas de la Tierra y otras que continuaban en línea recta, indudablemente por dentro era más grande de lo que aparentaba.

-¿A dónde deberíamos ir? –preguntó en voz alta Zenpu.

-Creo que empiezo a entender las palabras de Wik… –avisó Atreyu.

-¿Las palabras?

-"Recuerda los cantos"… –citó– este sitio es parecido al que nos narraban las ancianas de la tribu frente a la fogata cuando los cazadores se iniciaban. Si eso es correcto, el Ser de las Sombras es conocido como "el Primer horror".

-¿Y cómo van esos cantos? –volvió a interrogarle el caballero.

-Fueron incontables los que nos cantaron. Y el Primer horror fue hace mucho, cuando aún era muy pequeño. No logro recordar todas las estrofas, pero hay una que dice:

Ya lo sabe todo cazador
Que al enfrentarse al Primer Horror
Al centro deberá descender
Aún cuando a esto pueda temer

-Entonces deberíamos bajar… –comenzó el descenso el caballero.

Atreyu le imitó, comenzando con el largo camino de esta aventura. No sabían cuánto tiempo había pasado, pero parecía que se trataba de horas, pues aún no paraban de hacerlo. Lentamente notaron cómo las paredes, hechas de madera, cambiaban hasta dejar ver una gruta hecha de una fría piedra gris. Continuaban en silencio, sin molestar al otro ni sacarlo de sus pensamientos. A decir verdad, de no ser porque Zenpu pertenecía al pueblo de Hyat, Atreyu podría confiar plenamente en él. Para los Pieles Verdes lo más importante era el honor y el caballero había probado que le era totalmente leal a su princesa, además, no actuaba con imprudencia y parecía sopesar sus acciones antes de llevarlas a cabo. Éstas eran cualidades muy preciadas por su tribu, de haber nacido en el Mar de Hierba indudablemente sería un gran cazador en estos momentos, sin embargo… las cosas no eran así y aún cuando Atreyu decía que no debía estancarse en el pasado, con errores cometidos por unos cuantos, no podía evitar desconfiar ligeramente de los hyatinos.

Por su parte, Zenpu pensaba que había algo muy extraño en esa situación. ¿Por qué el Ser de las Sombras se llevaba sólo a las mujeres? ¿Qué quería decir Wik con el llanto de los habitantes de Arlequín? Ja Kuti no era de Allegro, ella no debería haberse visto envuelta en esa situación, ella debería estar a salvo en palacio, gobernando sobre su pueblo; por más que había deseado que su soberana se arrepintiera de ir en busca del Piel Verde, ella se mantuvo firme y comunicó su deseo a su padre, quien no pudo negarse debido al gran arrepentimiento que tenía para con la Emperatriz Infantil. Así que inmediatamente se ofreció en acompañarle, sabiendo que ella era muy joven para ir sola y demasiado vulnerable por pertenecer a la corona de Hyat.

Finalmente llegaron hasta abajo, donde el camino continuaba recto ante ellos, un largo pasillo era todo lo que se podía ver, Zenpu pensó en improvisar una antorcha con lo que llevaban, mas luego notó que no había necesidad de ello, pues se alcanzaba a ver unos metros a su alrededor sin importar la dirección. Minutos más adelante el camino se partía en cuatro, cada uno de diferente color. Los caminos eran blanco, amarillo, negro y rojo pero, por demás, no existía diferencia alguna entre ellos, por lo que no sabían hacia dónde ir.

-¿Los cantos mencionaban esto? –le miró Zenpu.

-No los recuerdo todos… –murmuró– Las ancianas los relataban varias noches y, en especial, narraban cómo un cazador de nuestra tribu venció al Primer Horror hace mucho tiempo. Con él no sirve la fuerza, sino la astucia, creo que va algo así:

Y cuando la ruta se abra
En tu piel tienes la guía,
Morok tu Miedo labra,
No le mires cuando sonría.

Sigue la pequeña estrella,
Tómala para superar la Primera,
En la Segunda cuídate de las alas
Y a la Tercera busca a la Reina.

-¿De qué nos sirve eso? –preguntó Zenpu.

-Es lo único que tenemos por el momento… –respondió el Piel Verde, agachándose frente a los caminos– Me es imposible leer un rastro aquí, es como si no hubiera sido transitado por pie alguno en miles de años o quizás, nunca antes.

-Bueno, si la estrofa decía que nos guiáramos en su piel, no entiendo eso. A ustedes se les llama los Pieles Verde y no hay ningún camino con ese color… –comentó incómodo con el acertijo.

-Quizás no sea precisamente la piel, sino algo que hay bajo la piel… –mencionó mientras sacaba una flecha.

Enterró la punta en la palma de su mano sin titubear, el dolor producido era mínimo en comparación con todo el entrenamiento recibido desde muy pequeño por los hombres de su tribu. Una gota de sangre escarlata se asomó.

-¿El camino rojo? –le miró Zenpu.

Atreyu regó la gota de sangre sobre el camino sin querer, se oyó como si la misma cayera en una poza, pues parecía entrar en contacto con el agua y luego, una línea carmesí se dibujó a lo largo del camino rojo, brillando y enseñándoles la ruta correcta.

-Era obvio con el simple color de la sangre… –dijo en voz alta Zenpu.

-No todos los fantasios tienen sangre roja… –respondió Atreyu, comenzando el recorrido.

La delgada línea brillaba justo en el centro, indicándoles continuamente que iban por el camino correcto. Los dos jóvenes pensaban constantemente en la respuesta a los misterios encerrados en los cantos, sin hallar una respuesta favorable ninguno de ellos. Por fin llegaron hasta una amplia sala donde podía apreciarse un trono de piedra en el centro, largas estalactitas y estalagmitas completaban el cuadro, oyeron una voz grave salir del fondo de la caverna:

-¿Quién osa llegar ante mi presencia?

-Muéstrate ante nosotros –habló Zenpu.

-¿Así que un mosquito se cree lo suficientemente valiente para retarme? Le daré el gusto de verme… –se rió sádicamente.

Atreyu mencionó a Zenpu en voz baja que lo mejor sería no dar sus verdaderos nombres, como prevención ante cualquier ataque del Ser de las Sombras. El caballero asintió en silencio y esperó la llegada de aquél que gobernaba bajo tierra. Unos pasos pesados inundaron el sitio y minutos después llegaba ante ellos un fantasio el doble de grande que ellos, aunque no tanto como ninguno de los pensadores profundos. Sus ojos brillaban cual ónix y su cabello azabache caía suelto sobre su nuca. Portaba un collar de conchas y un tocado en la cabeza hecho de piedras preciosas que confirmaba su estatus. Usaba una vestimenta azul brillante casi plateado de una maravillosa confección. La imagen frente a ellos no correspondía a lo esperado.

-¿A qué han venido? Ahora están bajo mi dominio y no podrán escapar, inconscientes bípedos –se burló de ellos, sentándose en el trono.

-Mi nombre es Nadie –dijo Atreyu, haciendo una reverencia, luego señaló a Zenpu–, él es Ninguno, hemos venido a hablar con usted, Señor Morok…

El ser les miró perplejo, no esperando que supieran su nombre. Al llegar a Arlequín se había asegurado de que nadie le mirara, se había asegurado de no despertar sospechas respecto a su identidad. Sabía que al hacerlo mostraría un punto débil, por eso se había llevado a las mujeres sin que nadie le viera. Para los seres de las sombras, el que conocieran su nombre representaba una clara ventaja de tu adversario. Sin embargo, se abstuvo muy bien de mostrar su preocupación ante ellos.

-Nadie y Ninguno… qué nombres tan particulares… –les miró atentamente– Debo pensar que son falsos, ¿no es verdad?

-Es sólo precaución… –le miró Atreyu.

-Me gusta tu actitud, Nadie, pero ya muchos antes que tú han venido creyendo poder derrotarme y todos ellos han fracasado en el intento. El que llegaran aquí sin percance alguno sólo me dice que eligieron bien el camino, pero hasta ahí se acaba su suerte. Supongo que vienen por las mujeres, como los hombres de Arlequín.

-Así es… –asintió Zenpu.

-Eso no significa que les ayudaré, estando adentro no pueden salir y correrán el mismo destino que el resto.

-He sabido que le gustan los juegos, Señor Morok… –habló Atreyu.

-¿Y piensan jugar contra mí? –se burló de ellos– Me están subestimando, críos. He vivido mucho, mucho más tiempo que ustedes, incluso más que su abuelo o el abuelo de su abuelo, es imposible que unos chiquillos piensen siquiera en retarme.

-¿Acaso duda de su poder? –le incitó Zenpu.

-¿Dudar de mi poder? –se alzó, majestuoso– ¡Pequeño insolente! Las tinieblas son mi dominio, habito en las pesadillas del resto, mis sirvientes son innumerables, tus temores me fortalecen, he doblegado países enteros… ¿y tú dices que dudo de mi poder? Simplemente no tengo interés en unos insectos, no tienen nada que yo desee, pierdo mi tiempo con ustedes.

-Quizás tengamos algo que ofrecerle… –se adelantó Zenpu antes de que hiciera algo en su contra.

-Jaja, ¿qué podría ser tan preciado? ¿Qué cosa podría interesarme lo suficiente para liberar aquello que les es importante?

El caballero inhaló profundamente y, de una pequeña bolsa colgada a su cinto, sacó un objeto redondo envuelto en un pañuelo dorado. Al descubrirlo, Morok vio una esfera que brillaba como si contuviera a todas las estrellas en su interior, luego cambiaba a una tonalidad perla y finalmente los colores del arcoiris se confundían en ella para volver a iniciar este efecto tan curioso.

-Es una perla del lago de Hyat, tomada de la concha del guardián Fullund, en la caverna de Ruhi…

Los ojos de Morok brillaron de codicia al verla, en realidad era un objeto raro de encontrar, aquello que podría comenzar o terminar una guerra. El guardián de Fullund no la entregaba con facilidad y únicamente dada por él es que podría mostrar todo su valor.

-Con ese objeto podrías tener un poder casi ilimitado… –le miró– El que estés dispuesto a darlo sólo puede significar que tienes algo más precioso que recuperar, quizás ¿amor? ¿Acaso he capturado a la dueña de tu corazón?

-Mi corazón, mi alma y mi espíritu le pertenecen a Hyat… –mencionó, inmutable– No puedo amar, soy un simple caballero. He venido y estoy dispuesto a darte la perla, eso es todo lo que debes de saber. Intenta arrebatármela y la romperé en ese preciso momento.

-Ninguno, muy hábil de tu parte… –sostuvo su mirada, comprendiendo que no bromeaba, luego volteó a ver al otro sujeto– El que tú poseas la perla de Fullund te permite continuar con vida, pero no es lo mismo para Nadie, ¿qué tienes que ofrecerme?

Atreyu no había pensado en eso, era obvio que Morok pidiera algo a cambio y él, ¿qué tenía él para ofrecer? Era un jinete de dragón, el héroe de Fantasia, un emisario de la Emperatriz Infantil, pero sin ÁURYN no podía probar esto último, por lo que no había seguridad de que le creyera, además, no todos los fantasios le estaban agradecidos y algo le decía que lo mejor era continuar de incógnito ante el Ser de las Sombras; llevó la mano hasta su cinto y se topó con una pequeña bolsa de cuero.

-Estar tanto tiempo bajo tierra, sin nada que te deleite. Lejos de aquí está la Campiña de Ewjori a la que cientos de fantasios asisten diariamente. Estoy seguro de que tú también, Morok, has oído hablar de la Fruta adecuada –contestó con seguridad.

-¿Mi sabor favorito? ¿Aquello que más me ha deleitado? Sí, quiero volver a probarlas, las suyas eran puras, sinceras, cristalinas, tan inocentes… no he probado otras iguales… mataría por volver a regocijarme con ellas… –sonrió.

Morok tu Miedo labra,
No le mires cuando sonría

Y ahora entendía Atreyu por qué no debía hacerlo. Morok era el Ser de las Sombras que podía ver a través de tu alma, aquello a lo que más le temías, por eso le consideraban el Primer Horror. Pudo contemplar esos dientes blancos y afilados pero, allí donde debería distinguirse su garganta, se topó con su más grande pesadilla, aquella que le helaba la sangre, aquella que le quitaba el aliento, aquella que le petrificaba el cuerpo, aquella que detenía su corazón. Seguramente Zenpu había visto lo mismo, pues sus pupilas se dilataron y unas gotas de sudor frío corrieron lentamente por sus sienes.

-Tres juegos, supérenlos y a cambio podrán rescatar a alguno de mis prisioneros. Pero… les aseguro que antes de que acabe el día, ustedes se unirán a ellos. Les haré ver por qué nadie juega en mi contra, les haré entender por qué mi nombre no es pronunciado por cualquiera, les haré saber por qué la muerte es preferible antes que llegar a mi cueva… –habló gravemente mientras sonreía.

Detrás de él un rayo de luz alumbró un jardín compuesto de piedra, en el centro se apreciaba una extraña poza que parecía susurrar y de la cual se levantaban pequeños vapores que desaparecían en segundos. Atreyu y Zenpu comprendieron que esa extraña agua que había se trataba en realidad de lágrimas, lágrimas puras derramadas por corazones vírgenes, lágrimas sinceras arrancadas del corazón de las mujeres. Esas lágrimas que eran el más dulce manjar de ese Ser de las Sombras, de Morok. Y sólo entonces notaron que las demás figuras de piedra que completaban el cuadro eran en realidad el resto de los habitantes de Arlequín, sus rostros mostraban el más grande horror, mostraban su Primer Horror.