Disclaimer: Esto no me pertenece... bla, bla, bla... no saco dinero con esto... bla, bla, bla... todo lo conocido pertenece a Meyer, si algo no os suena provablemente sea mío.

Año nuevo, historia 'nueva': este fic se llamaba antes 'Mi ex'. Como la idea es la misma, no he creado una historia nueva, pero como he añadido más detalles, porque creo que la historia quedó floja en el primer intento, le he cambiado el título y el summary. También debo comentar que a partir del segundo capítulo no seguiré nada de lo que ya estaba escrito (salvo alguna idea), que me centraré más en otros personajes, que será un fic más largo y que Edward será malo, muy malo de verdad. Como ya he dicho, creo que estos son los puntos a mejorar que encontré al releer la historia y, como es mía, es lo que voy a arreglar.

También comentar que si alguien desea la versión antigua no se la voy a dar. Lo hago por temas de plagio, como imaginaréis, pero no puedo demostrar que algo es mío si yo no lo tengo colgado en ningún sitio y me da cosa. Pero prometo que esta versión os va a gustar tanto que vais a olvidaros de que existió un primer intento fallido de fic. Antes de despedirme, comentar que esn este capítulo no hay cambios grandes, solamente cosas añadidas, así que os sonará realmente familiar.

Y ahora os dejo con esta nueva locura...

Dirty little secrets

Una llamada inesperada

Bella regresó a su piso a las diez y media de la noche. Había salido realmente tarde del trabajo por culpa de un incidente con Mike Newton, su jefe: había terminado de ordenarle todos los papeles para la reunión del día siguiente cuando, por culpa de un estornudo, le dio un golpe sin querer a la mesa de su jefe y la cuarta taza de café cayó encima del montón de papeles. ¿Cómo se podía ser tan patosa con veintitrés años y haber vivido suficiente para contarlo?

Dejó sus zapatos de tacón (le habían recomendado llevar unos en su puesto de secretaria, porque se veía más elegante) en el zapatero de la entrada y se puso unas pantuflas; por lo menos ya no se caía subiendo las escaleras del edificio con aquellos zapatos asesinos. Acto seguido se deshizo el pulcro moño que recogía su media melena de color castaño y se acercó al pequeño espejo que había en la entrada: tal como había imaginado el poco maquillaje que había usado ese día se había corrido por alrededor de sus ojos café dándole un aire de drogadicta que desentonaba con su ropa. Deseó que nadie se hubiera percatado de eso mientras se frotaba los manchurrones con el dedo índice, intentando no sacarse un ojo en el intento.

Fue hacia la saleta de estar. El piso no era ni una maravilla ni muy grande, pero las chicas se habían esforzado en darle un toque moderno, y el resultado había sido inmejorable. Era un loft en un cuarto piso sin ascensor en un barrio mediano de Seattle. Cuando llegaron la pintura de las paredes se caía por doquier, así que se pasaron un mes arreglándolo, para terminar descubriendo que, pese a haberlas pintado blancas, las humedades del edificio hacía que aparecieran de nuevo, por lo que optaron por comprar posters suficientemente grandes que las pudieran tapar. Por un lado había varias estanterías con los libros que Bella había ido devorando desde que llegaron y retales de ropa que Alice, la segunda inquilina, había usado en sus creaciones. Por parte de Rosalie, la tercera en el piso, solamente había maquillaje y revistas del corazón.

En la parte más cercana a la puerta de entrada quedaban un par de sofás y un televisor de segunda mano, además de una de las estanterías. La cocina, en la pared opuesta a la entrada, estaba separada por unas encimeras donde acostumbraban a comer las chicas, sentadas en unos taburetes. Al lado de la cocina había una mesa y sillas plegables, que abrían cuando tenían invitados a cenar. Dos de las habitaciones, la de Alice y la de Bella, estaban en la pared que quedaba a la izquierda de la entrada. La habitación de Rosalie y el baño quedaban a la derecha de la entrada.

Se sentó en el sofá, junto a Alice, quien parecía estar totalmente absorta en un programa de la tele. Una de esas comedias románticas, o algo por el estilo le pareció a Bella. Alice Brandon tenía la misma edad que Bella, pero era todavía más bajita que la primera, de cabello negro y corto, y nariz respingona. Trabajaba como practicante en la marca María Withlock; su sueño siempre había sido ser diseñadora, pero por el momento se encargaba de remendar y zurcir vestidos para ganarse un sueldo y poder pagar su parte del piso y la comida. Por otro lado, trabajaba en sus diseños en casa, muchas veces hasta altas horas de la madrugada, y se los ponía ella o se los daba a sus amigas, principalmente Bella y Rosalie.

Las dos jóvenes, con cara de cansancio, restaron unos instantes en silencio. Alice ya llevaba un pijama y estaba abrazada a una de las almohadas naranjas que había de adorno en el sofá. Bella se había quedado en la misma posición en la que se había desplomado.

—¿Qué miras? —le preguntó Bella, acomodándose. Estaba tan cansada que ni pensaba levantarse para prepararse algo de comida.

Alice no apartó la mirada de la tele para responder.

—Andrew, que había dejado a Rebecca, la ha vuelto a llamar. Y Beverly le dice que sólo puede ser por tres motivos.

Bella se rió. No quería saber qué estaba pasando, sólo el nombre del programa.

—¿Y qué razones son? —quiso saber Bella, con curiosidad. Pero Alice, tan absorta en la comedia, solo le hizo un gesto de asentimiento.

Decidió ir a por algo de leche y cereales en la cocina. Las encimeras de mármol y madera oscura ya estaban cuando llegaron, pero tanto la nevera como los fogones eran de segunda mano. Aunque Rosalie insistía en comprar un lavavajillas, ninguna de las otras dos había terminado por aceptarlo; la consecuencia de un día de trabajo eran platos sucios ordenados por montones. El mayor era el de Rosalie, y el más pequeño el de Bella.

Pegado con un imán en la nevera encontró una nota de Rosalie: "He salido con Em. Volveré tarde, pero volveré. No me dejéis tirada fuera de casa. Rose". Bella se rió al recordar la semana anterior, cuando Rosalie se había ido a dar una vuelta con su nuevo amante y sus dos compañeras, pensando que no iba a dormir en el piso esa noche, cerraron con llave desde dentro. La rubia estuvo llamando literalmente tres horas tanto al teléfono fijo como a los móviles de ambas porque ninguna de las dos respondía a los golpes que daba en la puerta. Finalmente, Alice la oyó cuando se levantó a por un vaso de agua.

Cuando volvía a la saleta de estar, con un tazón de leche con copos de trigo, reconoció la musiquilla de su teléfono móvil, así que fue a por él en el bolso que había dejado en la entrada.

—Hola mamá —la saludo, nada más ver la foto que le hizo a Renée en sus últimas vacaciones en Jacksonville en la pantalla del aparato—. Sí, acabo de llegar. Sí, sí, todo muy bien —repuso a sus preguntas, alejándose de la saleta de estar. No quería estorbar a Alice—. Ayer hablé con papá, dice que todo va muy bien por Forks —sonrió. En realidad, su padre le había comentado que quizás iba a casarse con su actual novia, Sue Clearwater, pero no quería darle la noticia ella a su madre. Ya lo haría su padre cuando fuera el momento.

Oyó como Alice tosía desde el sofá. Tenía que gritar porque su madre le hablaba desde el manos libres de un coche y al parecer eso estaba molestando un poco a su pequeña amiga.

—Mamá, te llamo mañana —le dijo—, es que ahora tengo que cenar. Me muero de hambre —sabía que si le decía eso, Renée no tendría el menor reparo en colgar si era por el bien de la salud de su hija. Madres exageradas y protectoras.

Abandonó el teléfono en la mesilla de la sala de estar y se sentó a comer con Alice, quien no le había dirigido ninguna mirada todavía. Era normal en su compañera de piso que quedara poseída de ese modo por algunas series de televisión: le encantaban, las seguía y si no podía mirarlas se ponía de muy mal humor.

—¿Qué ha pasado? —volvió a preguntarle.

Alice iba a responderle, pero volvieron a llamar al teléfono. Bella lo agarró sin mirar quien la llamaba.

—Hola, cielo —repuso, al reconocer la voz de su novio. Antes de que Alice se volteara para fulminarla con la mirada, ella se encerró en su habitación.

No era la más grande de todas, pero era suficiente para ella: había pintado las paredes de un tono violeta muy pálido, y la había decorado con fotografías de ella, sus amigas y su novio. También tenía allí su ordenador portátil para el trabajo y un armario para poder guardar la ropa. Cosas básicas, explicaba siempre que le decían que su habitación estaba muy vacía.

—Siento no haberte llamado hasta ahora, Jake —le explicó a su novio—. Tiré el café de Newton encima de los papeles para la reunión de mañana y me tuvo arreglándolo hasta las diez —su novio se rió divertido—. A mi no me hace nada de gracia —repuso ella, molesta. Pensaba que Jacob iba a compadecerse y a darle ánimos insultando a Mike Newton, no riéndose de ella.

Se sentó en su cama, con una mueca contrariada en el rostro. Empezó a quitarse la ropa sin apartar el teléfono de su oído; iba a aprovechar para ponerse el pijama, así se iría a dormir nada más terminar de cenar. Unos viejos pantalones de chándal y una camiseta de algodón de color verde con publicidad de una cafetería de Forks, su pueblo natal.

—No, no me enfado —le contestó a Jacob cuando él vio que había metido la pata.

Habían empezado a salir justo antes de que ella se mudara a Seattle por su nuevo trabajo. Él seguía viviendo en Forks, pero cada fin de semana se alternaban: uno iba a verlo ella, al siguiente venía él. Bella siempre pensó que su relación no iba a tener mucho futuro por culpa de la distancia, pero al parecer, la cosa iba viento en popa; llevaban saliendo dos años y medio, y apenas habían tenido conflictos. No como con su anterior novio, cuya relación había sido de lo más destructiva.

Sintió una punzada en el estómago al acordarse de su ex y decidió prestarle más atención a Jacob, quien le contaba un incidente ocurrido en la comisaría con unos expedientes erróneos (habían ido a visitar a una tal 'Joseline McKee', por un delito relacionado con la prostitución y contrabando de drogas. Se encontraron con una viejecita adorable de ochenta años que los invitó a tomar unas pastas, y descubrieron que la había denunciado el vecino del piso de abajo, porque ponía el televisor demasiado alto y lo molestaba por las noches). Desde hacía un año, Jacob Black había empezado a trabajar en la comisaría de Forks junto con Charlie Swan, el padre de Bella. Su novio y su padre se llevaban de maravilla. De hecho, parecían más unos buenos amigos antes que suegro y yerno.

—¿Todo bien con Charlie? —preguntó Bella, para cambiar un poquito de tema. Acertó con la respuesta: GENIAL.

Se rió ante el entusiasmo de Jacob.

—Sí, estaba cenando —le contestó ella. Su novio se excusó por molestarla, y le dijo que iba a llamarla por la mañana siguiente—. Perfecto. Buenas noches, Jake —se despidió ella. Todavía le costaba demasiado decirle te quiero pero él ya se había acostumbrado.

Volvió a la saleta de estar. Estaban dando anuncios (una abuela bailaba al son de música electrónica debido a la felicidad que le había ocasionado un descuento en una tienda) y Alice se había comido los cereales de Bella. Como tampoco tenía mucha hambre, no le dijo nada, y se sentó a su lado.

—¿Y cuales son los tres motivos por los que te puede llamar un ex, según Beverly? —apeló Bella, refiriéndose a la serie que estaba mirando Alice.

La morena iba a responder cuando el teléfono de Bella volvió a sonar. Su madre ya la había llamado, Jake también y su padre era demasiado introvertido como para llamarla sin un motivo aparente. Además, el teléfono móvil etiquetaba ese número como desconocido. ¿Quién sería?

—¿Sí? —preguntó Bella, extrañada. Notó como Alice la miraba con curiosidad al ver que había tardado más de lo normal en descolgar el teléfono. Si eran unos de una compañía telefónica que la llamaban para ofrecerle una oferta se iba a enfadar de verdad.

¿Bella? —repuso una voz al otro lado del auricular. No le costó ni dos segundos reconocerla, aunque hacía ya más de tres años que no la había vuelto a oír. Incluso le vino en mente el aroma del interlocutor nada más reconocerlo.

—Sí, soy yo —contestó realmente desconcertada—. ¿Qué quieres? —inquirió a la defensiva la muchacha. Notó como el corazón se le aceleraba ante ese misterio. La ponía nerviosa que lo llamara, debía reconocerlo.

Hola. Bueno, verás… —empezó él, desconcertado—. He ido a visitar a un amigo, aquí en Seattle, y estaba con una chica. Esa chica me ha empezado a hablar de sus compañeras de piso, y resulta que vive contigo…

—Rosalie —maldijo entre dientes Bella. La rubia no tenía la culpa: nunca les había contado ni a Alice ni a Rosalie qué pasó con ese chico ni mucho menos por qué no quería hablar con él. Rosalie no lo podía saber de ningún modo.

Me dio tu teléfono, y he pensado… —notó como el chico dudaba—. He pensado que podríamos quedar mañana para tomar algo. Sólo estaré en la ciudad un par de días, y no conozco a nadie más aparte de ti y de Emmett —Bella se apostó algo a sí misma que, en ese momento, se encogía de hombros.

Iba a decirle que era una mentida realmente enorme que ÉL no conociera a NADIE en Seattle salvo al nuevo amante de Rosalie y a ella, pero le daba igual. Le picó la curiosidad ante aquel repentino interés por verla.

—Me parece bien —contestó Bella—. Te mando un mensaje mañana con el lugar y la hora.

Genial —repuso el chico. Seguro que en ese momento sonreía de oreja a oreja, por el tono de voz.

Ambos colgaron sin decirse nada más y Bella volvió a la realidad. Alice estaba a su lado, una ceja enarcada y realmente desconcertada. La serie había vuelto a empezar, dos chicas se reían por alguna broma divertida que acababa de decir un chico, pero en el piso nadie les hacía el menor caso. Era como si la llamada de Bella hubiera bajado el volumen a todo lo demás.

—¿Qué ha hecho Rosalie? —preguntó, vencida por la curiosidad.

Bella suspiró.

—Darle mi teléfono móvil a mi ex —concluyó—. Se llama Edward Cullen. Hemos quedado mañana para ir a tomar algo.

Alice se quedó boquiabierta.

—¡Es exactamente lo mismo que pasaba en Las chicas cotillas! —exclamó su amiga. Bella imaginó que ese era el programa que estaba mirando su amiga—. Beverly le dice a Rebecca por qué Michael la llama.

—¿Y por qué lo llama, Beverly? —le preguntó, muerta de curiosidad a Alice, llamándola como al personaje de esa serie.

—Elemental, Rebecca —contestó su amiga, siguiéndole el juego—. Un novio solamente te llama por tres motivos —empezó—: El primero es porque quiere demostrarte lo bien que le va todo desde que dejasteis de salir juntos, en un intento de subirse la autoestima a él mismo o cobrar venganza por algo del pasado —levantó un dedo al hacer esa explicación—. También puede llamarte porque quiere acostarse contigo, que es un modo de hacer lo mismo que antes, pero así él siente que tiene más control sobre ti, con lo que ibas a demostrarle que no lo tienes superado —levantó un segundo dedo—. Y, finalmente, también te llama porque quiere volver contigo —levantó el tercer dedo.

Bella suspiró.

—¿No puede llamarte porque de verdad quiere ir a tomar una simple copa contigo porque está solo en la ciudad? —preguntó su amiga.

—Nunca —repuso Alice, negando con la cabeza—. Además, esa es la cuarta excusa que utilizan los tíos para quedar con una tía —se rió.

Genial, pensó Bella. Pero le picaba la curiosidad. ¿Por cual de esas razones la había llamado Edward Cullen?


¿Y bién? ¿Qué os ha parecido?

Yo espero que os haya gustado. De todos modos, como siempre en el primer capítulo, sabéis que si sigo, será si tengo vuestro apoyo y nada más.

Feliz año nuevo,

Erised Black.