Just Feel Better

Advertencias: Twincest hecho de una forma muy extraña. Me disculpo de antemano por todo el contenido "inapropiado" que puedan encontrar en este fanfic.
Disclaimer: ¡Vocaloid no me pertenece! Hecho sin fines de lucro.
Segunda Parte, Gran Final: Muy Parecido al Amor

A veces no hay segundas oportunidades, no habrá otro momento. Hay veces en las que es ahora o nunca. Hay veces en las que confundimos nuestros propios sentimientos, pues hay muchas formas de amar. Y que una persona no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su corazón.

Escena I, De Whisky, Café y el Sentido de Pertenencia

La punta de su bota derecha golpeaba de manera inquieta el suelo bajo su persona. Sentada en aquél café con su hermano, esperando no a un completo extraño, sino que a dos, como que a veces a una le entra la impaciencia.

Un joven se acercó a tomar el pedido. Con tranquilidad, contrastando con la inquietud de Miku, Mikuo había pedido una taza de café cortado y ella se conformó con un cappuccino, pero cuando un hombre se sentó de improvisto justo frente a ellos y los saludó como si los conociera de toda la vida, la joven de cabello verde ahogó un aullido de sorpresa.

- ¿Profe Hiyama?

- ¿Lo conoces? – Le preguntó Mikuo, visiblemente impresionado.

- Él es… era, mi profesor de canto. ¿Qué hace aquí, señor?

- Pues la verdad, querida Miku… Vengo a conocer a mis hermanos.

Un silencio muy incómodo se hizo entre los tres. Miku no tardó en codear al mozo, aún presente, y sugerirle que le eche whisky a su café, pues no le vendría nada mal un traguito.

Luego de observarlo durante un rato, Mikuo no tardó en pedirle que multiplique la orden por dos.

- Profesor… eh, Kiyoteru, ¿es por tu… o debería decir, nuestro padre, que has vuelto aquí? – Le preguntó la de pelo verde, recordando que su nuevo hermano se había ido del colegio hace algún tiempo, de improvisto.

- La verdad no. Eh, luego de lo de enterarme del rollo de papá con… bueno, con su madre, me fui de casa. No podía mirarlo a la cara por lo que le hizo a mi madre, ni tampoco a ella por perdonárselo.

Ambos hermanos se miraron y luego volvieron su vista a él, dispuestos a seguir escuchando su versión de la historia.

- Entonces, ¿por qué decidiste volver?

Cuando el castaño se encontraba a punto de responder, fue pisado de manera brutal por unos zapatos de cuero negros bajo la mesa. Con ese pisotón, le fue imposible no recordar que tenía que mantenerse al margen y no revelar nada sobre la organización de Hiyama, dato que habían acordado ocultarle a Miku como una forma de protegerla de los posibles prejuicios hacia el hombre que era su padre.

- La verdad es que yo… Bueno… esto…

- ¡Hiyama Kiyoteru!

Desde el otro lado de la cafetería se encontraban tres figuras mirando directamente hacia las otras tres. Bueno, en realidad las primeras se aproximaban más a la cifra del dos, puesto que una de ellas había salido disparada al encuentro de su "tío".

Un calor agradable recorrió el cuerpo de Yuki al sentirse a sí misma entre los brazos de Kiyoteru. En un abrazo así, tan inocente y puro, podría parecer que se escondía el más fogoso de los pecados. Mikuo no sabía qué pensar hasta que el hombre que desde hace unos años empezó a ejercer el rol de padre en su vida, se paró frente a ellos.

- Ganamos – Le explicó a Mikuo con calma, como si éste supiera de lo que estaban hablando – Le quitamos al ex esposo de Karin a Yuki. Mamá, Kiyoteru y yo nos encargaremos de cuidarla a partir de ahora.

El joven de cabello castaño despegó la vista y tardó un poco en comprender de lo que estaban hablando, pero lo hizo.

- Así es – le explicó a Miku algo nervioso, tratando de no demostrar que mentía descaradamente – Luego de que mi hermana falleciera me encargaron cuidar de Yuu, pero luego su padre nos demandó y nos metimos en un lío gordo… - Kiyoteru veía por primera vez a su padre luego de años, pero el tiempo que permaneció sin su niña le parecieron siglos. Ésta era la razón por la cual, a pesar de no tener la más pálida idea del motivo de la presencia de Yuki ahí, no le importaba en absoluto. Ya se lo contarían después.

Además, aún tenía cuentas que arreglar con su padre.

Pero Miku, que en realidad era quien tenía que estar escuchando y tragándose cada una de las mentiras que sus parientes estaban cocinando, miraba con fijación a la última figura. Una figura que hasta hace unos segundos había permanecido cruzada de brazos. Y esa figura se trataba de Ritsu. Había venido para acompañar a su jefe con la misión de guardaespaldas, pero su objetivo se le olvidó en cuanto notó que era minuciosamente analizado por un par de ojos verdes.

El hermano del medio, Mikuo, fue el primero en darse cuenta de este hecho. Con todo el ajetreo del viaje, había olvidado enteramente la amenaza que suponía un Ritsu de lealtad dudosa rondando por ahí.

La única joven del grupo se levantó con calma, captando inmediatamente la atención de todos, incluido su padre, y fue al encuentro de él, de Ritsu. De su Ritsu.

- Como mencione la empresa le corto los huevos – Amenazó Mikuo por lo bajo, consciente de que cualquier intento de evitar el contacto entre esos dos sería en vano.

Escena II, Imprevistos

"…Así que me atrevería a decir que, de alguna manera, ahora estamos… bien.

Escríbeme lo más pronto posible, ya te extraño.

Tu Rin"

Envió el mensaje luego de un tremendo suspiro de cansancio.

- ¿Qué haces? – Le preguntó su hermano de improvisto, sentándose sobre la mesa de escritorio frente a ella como quien no tiene nada mejor que hacer.

- Le enviaba un correo a Miku – Contó la rubia sin despegar la vista del monitor – Me pregunto en qué andará metida ahora…

- Supongo que estará conociendo a su padre biológico – imaginó encogiéndose de hombros – Seguro que estará bien. Gakupo andará más preocupado que ella misma.

- Eso espero – Le confesó apagando por fin el aparato, para dar un leve giro con la silla móvil y mirar a su hermano por primera vez, desde que entró a la sala. Se encontró con una mirada divertida de su parte, casi burlona. Conocía esa mirada. Esa era SU mirada. Una mirada que no auguraba algo bueno bajo ninguna circunstancia.

- ¿Qué miras, feo? – Le preguntó haciéndose la desentendida. Claramente tramaba algo.

- Es que… quiero presentarte a alguien… - Le dijo ampliando su sonrisa – Es muy bonita.

El rostro de Rin inmediatamente se oscureció al escuchar tal ocurrencia.

- ¿Qué sucede? – Le preguntó casi al instante, borrando aquella sonrisa de autosuficiencia.

- Es que… Len – Trató de empezar, sin saber bien cómo expresarse.

- ¿Acaso no quieres conocerla? Ella es hermosa, confía en mí, Rin.

- No – Le rechazó de manera seca – Te dije que te quería fuera de mi vida amorosa. Principalmente, porque ni siquiera tengo una.

- Yo sólo quería…

- Creo que no he sido lo suficientemente clara al respecto – Le dijo de forma muy seria – No te metas – Pronunció despacio, alzando levemente el tono de voz.

- Bien – Aceptó sin muchas ganas – Perdóname por querer ayudarte – Se disculpó desviando la mirada.

- Eh, no te cortes – Le pidió tomando su mano casi sin darse cuenta – Mejor que nadie sé que nunca funciona. Por experiencia, ¿recuerdas?

Aquella mirada que le dedicó el menor congeló a Rin por unos instantes. Sentir esa mirada sobre ella de verdad le dolía. Meses atrás, sentir la mirada de amor de Len sobre ella habría logrado que la rubia se le tirase en seco, porque ella también lo adoraba. Pero ahora estaban en otras circunstancias, la Kagamine mayor había madurado, y decidido que no se lo haría saber. A escasas horas de cumplir los diecisiete años no se encontraba entre sus planes tirarse a su hermano. Tampoco figuraba en su plan de vida ya.

No era sano, no era normal…

Rin no iba a permitirlo.

- Lenny, ¿me harías un favor? – le preguntó de forma abrupta.

- Claro – Aceptó de inmediato, aún después del dolor que le proporcionó la actitud fría de su hermana hacia su persona.

- Acompáñame a la iglesia esta noche…

Escena III, Podría ser Peor

- Hum – se limitó a soltar una vez que la verdadera explicación por parte de su preciado Ritsu acabó – Bueno… podría ser peor – Soltó como si hablara del clima.

- No… ¿O sea que no estás enojada? – Le preguntó Kiyoteru algo atónito.

- ¿Ni traumatizada? – Preguntó su padre pasando una mano por su cabello, o lo que quedaba de él.

- ¿Ni te sientes traicionada? - Adivinó Mikuo tratando de dar con los pensamientos de su hermana.

Una vez que Miku y Ritsu se encontraron no había nada que los demás pudieran hacer al respecto. Ella simplemente le pidió que le diga que había estado haciendo aquí. Luego, una cosa vino tras otra y… Bueno. La verdad salió a la luz.

- Hum… – Volvió a decir hundida en cavilaciones, y luego de unos instantes agregó – No.

- Pues bienvenida a la familia entonces – Pronunció el Hiyama mayor con orgullo – Eres hija única.

- Gracias. ¿Me disculpan? – Preguntó por cortesía – Esta… Bueno, éste y yo tenemos que hablar.

Pero Miku Hatsune no prestaba a sus nuevos familiares la atención que demandaban… Sus pensamientos giraban únicamente alrededor de cierta cabeza rojiza. Su hermano se sentía en aquellos momentos completamente ignorado. La de verde había pasado de su existencia al igual que la de los otros, y como Kiyoteru no soltaba a su "hija" ni de coña, lo único que Mikuo y el Hiyama mayor podían hacer era dirigirse miradas incómodas de a ratos.

Miku optó por llevarse a Ritsu a la calle, lo más lejos posible hasta perderse de la vista de la niña y los hombres, lo que dio lugar a una discusión entre padre e hijo, una que llevaba mucho tiempo pendiente.

- Así que tú te la llevaste – Concluyó soltando a la niña Kaai y levantándose del suelo para enfrentarlo a los ojos – Tal como la trajiste, esperaste que me encariñara y luego te la robaste de un golpe y sin pensarlo. ¿Sabes, papá? A veces puedes ser un ser humano muy cruel.

- A veces debo serlo – Admitió el hombre mirando al suelo mientras los ojos verdes de Mikuo se posaban fijamente en él – Lo hice para tenerte de vuelta. Mamá y yo te extrañamos mucho, y deseábamos que volvieras como sea. Si quieres culpar a alguien, cúlpame a mí – Se entregó de manera pasiva – Pero no sigas huyendo de tu madre.

- No puedo perdonarlos por haber hecho eso, de la misma manera en la que no pude perdonarte por traicionar a mamá. Tú… tú no tienes límites. No quería decírtelo frente a tu hija, pero creo que mi hermano Mikuo tiene la edad suficiente para juzgarte bien. Siempre hiciste lo que se te antojaba sólo porque podías. Te burlaste de cientos y saliste siempre con la tuya, pero la verdad es que…

- Hiyama Kiyoteru – Le llamó una vocecita a escasos centímetros del suelo.

- Espera Yuki – Le cortó sin prestarle atención – La verdad es que tú eres un…

- Hiyama Kiyoteru, basta…

- Que esperes, Yu… Tú eres alguien sin corazón.

- ¡Basta! – Chilló la niña golpeando al castaño - ¡Cállate!

- Yuki… ¿qué demonios estás diciendo?

La niña encontró sus ojos miel con los cristales azules de su maestro – Mira – Le dijo señalando el rostro del hombre mayor – Lo lastimas…

Escena IV, De Rodillas

Se encontraba de rodillas junto a ella, en el último lugar sobre la faz de la tierra en donde esperaría uno estar con Rin. Aún no asimilaba que a alguien como ella se le ocurra ir a la iglesia con alguien como él. Ni siquiera estaba seguro de que podía pisar el suelo de ese lugar. Siendo sinceros, ni lo entendía bien, pues desde los trece había dejado olímpicamente los domingos "de fiesta", como le decían sus padres, para otros más devotos.

Len Kagamine no se sentía capaz de levantar la cabeza. La verdad es que aunque nunca fue muy creyente, y asistía por obligación, ahora no podía mirar a la imagen de Él sin bajar la cabeza casi al instante. Tal vez no era digno. Luego de los trece, su consciencia le dijo que abandonara el templo. Tal vez nunca fue digno.

Simplemente asqueroso estar allí junto a personas mucho mejores que él. Se sentía como mierda… Pero sólo porque sabía que en el fondo, lo era.

Y, sólo años después, se volvió a encontrar a sí mismo, una vez más, de rodillas y junto a ella. No tenía idea de lo que pensaba su gemela ahora, pero él no rezaba. Lo había olvidado.

Sólo reflexionaba. Pensaba sobre muchas cosas, su mente divagaba… Se iba hasta los confines del mundo para luego centrarse en la persona a su lado.

La persona que amaba, y eso no cambiaría nuca.

"Muchos se aman, pocos saben amar."

Por alguna razón esa cita llegó a su mente.

¿Y qué tal si él no sabía amar? ¿Si no sabía amarla?

Sus dudas se despejaron, era claro como el agua que algo en él no funcionaba. Vivía con la idea de que la haría feliz haciéndola suya. Pero la misma Rin le dio a entender que siendo suya, no sería feliz.

- Entonces… ¿Qué es lo que quieres de mí? – Preguntó por lo bajo casi sin darse cuenta. Su hermana le hizo caso omiso, y por su mente pasó fugazmente la idea de que la pregunta tal vez no era para su hermana… Sino para Él.

Él, que según dicen, nos creó a todos por una razón. Len concluyó rápidamente que la única razón de su existencia era amar a su hermana, siendo o no eso lo que quería aquél Dios.

¿Pero hacerla suya realmente era la única manera de amarla?

Su corazón dio un vuelco al plantearse aquella pregunta. ¿Había acaso otra forma de amar? Si la había, era una prioridad aprenderla.

Giró la cabeza levemente y se encontró con su reflejo con los ojos cerrados y la cara entre las manos. No parecía llorar ni estar rezando, pues su respiración era siempre uniforme. Casi parecía que estuviera durmiendo.

Ese amor eterno que le tenía debía ser canalizado de alguna forma. No iba a alejarse de ella, pero había entendido ya que la solución tampoco era acercarse con oscuras intenciones.

Porque este amor eterno era una bendición. Duraría para siempre, y lo soportaría todo. Siempre lo supo.

Y… y tal vez Dios sí lo mandó a él para hacer a Rin feliz.

Sólo que no era de la manera que él pensaba.

El reloj de pared marcó las doce en aquella capilla. Rin levantó la vista y la dirigió hacia su hermano, que también se percató de esto, y sonrió.

- Feliz cumpleaños, Len – Le felicitó – Levántate para que pueda darte un abrazo.

Éste obedeció y recibió un cálido abrazo de su parte. Le correspondió durante unos momentos y luego se apartó lentamente.

Un beso en la mejilla de su hermana fue posado por los labios del rubio – Feliz cumpleaños, Rin – Dijo con suavidad.

Hoy era un nuevo día. Uno en el que se prometió firmemente continuar con el sueño que acababa de nacer en él, ese sueño de aprender a amar.

Porque este amor eterno era una bendición. Duraría para siempre, y lo soportaría todo. Siempre lo supo.

Se retiraron ambos rubios con tranquilidad caminando de la mano por las desoladas calles. Atrás, dejaban a una capilla que marcó notablemente a uno de ellos. Uno que ahora, simplemente, se sentía mejor.

Escena V, Como si nada hubiese pasado.

- Sí… Estoy aquí. Lo sé. Perdón Kaito… Sí. No, no sé qué día es hoy. ¡¿QUÉ? No, mentira. Sí. Adiós.

Ritsu la miraba hablar por teléfono. Seguía exactamente igual a cuando la había dejado, solo que… estaba diferente. De alguna forma y por alguna razón que él no había averiguado aún, ella no parecía interesarse mucho en la relación que ellos habían tenido, en la razón por la cual él no dijo nada o en el beso que se dieron. Ella simplemente hacía como si nada hubiese pasado.

- ¿Qué día es hoy? – Le preguntó Ritsu sin inmutarse mientras caminaban, y la peliverde ya se encontraba marcando otro número.

- Hoy es el cumpleaños de los gemelos. Rin y Len, ¿los recuerdas?

- Ah, sí. Los rubios peleoneros, ¿verdad?

- Ahá – Asintió sin mirarle y colocando el teléfono de nuevo al oído.

- ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! – Chilló en medio de una –hasta hace cinco segundos- calmada madrugada – ¡Siiiiiii! ¡Pásame con Len! ¡FELICIDADES LEEEN! Lamento no poder estar ahí. Sí. ¿Sabes qué?... ¡Deberían venir a conocerlos! Oh, no. ¿Pero no te espantes eh? Sí, te sorprenderás de ver a mi hermano, es un trozo de pan. No… No ese, el otro. De acuerdo, nos vemos en la estación a la tarde. Adiós.

La de verde colgó y siguió caminando sin nada que informar al de rojo a su lado.

- ¿Van a venir? – Se dignó a preguntar muerto de curiosidad.

- Ah, sí. Vendrán en la tarde para conocer a mi familia biológica. ¿Me acompañas al mercado? Es que debo comprar una torta – Le informó por fin tirando de su brazo en dirección a uno de esos negocios 24|7.

En otro rincón de este inmenso mundo dos hermanos se encontraban haciendo los preparativos para el viaje. Cada tanto se miraban y sonreían. Ambos se sentían… en paz. Sí, era algo extraño. Era… era como si nada hubiese pasado… ¿o no?

- Increíble que desperdiciemos cuatro horas de nuestro cumpleaños viajando en tren – Se puso a pensar Kagamine Rin – Pero aún más increíble es que Kaito haya decidido ir con nosotros.

- Pues en realidad, aunque vaya con nosotros, no creo que vaya "por" nosotros – puntualizó el rubio.

- Probablemente – le dio la razón – Aunque ese ya es su problema. Prefiero no meterme en sus cosas.

- Estoy de acuerdo.

Se sentía raro no estar todo el tiempo peleando. No pelear sin motivo, claro, pero se sentían aún más extraños al encontrarse en una situación donde una pelea normalmente solucionaba las cosas.

- ¿Volveremos el jueves, verdad? – Le preguntó el menor a punto de comprar los boletos.

- Tal vez no debamos comprar los boletos sin llegar al lugar. ¿Y si queremos quedarnos más tiempo?

- ¿Y si queremos irnos antes? No tendremos excusa para zafarnos de una familia que probablemente esté compuesta en su mayoría por enfermos mentales.

- No lo sé – Suspiró Rin mirando en la distancia – Haz lo que quieras.

Len dudó un segundo, pero tuvo que resignarse y hacer lo que todo caballero haría – Está bien, no compraremos los boletos – cedió con tranquilidad.

- ¿Qué? No, espera… Mejor cómpralos.

- No, tienes razón… Deberíamos darle una oportunidad a la familia.

- ¡No! ¿Y si nos equivocamos?

- Dios – exclamó Kaito empujando a Len sin demasiada fuerza – Deme tres boletos para el domingo. Es más que suficiente, ¿verdad? – Los gemelo se miraron y asintieron levemente – Es que parecen unos novios – Se excusó tomando los boletos, pagando y dirigiéndose sin esperarlos hacia el vagón al cual debían abordar.

Bueno, ahora que se lo pensaban, no era como si nada hubiese pasado. A partir de este cumpleaños número diecisiete, las cosas serían… diferentes.

- Bah, no le hagas caso – Le aconsejó a su hermana, percibiendo en ella cierto nerviosismo – Es que está tan desesperado por ver a su novia que tiene visiones.

Escena VI, Saber Amar (Final)

- ¡Kaito! – Le recibió con un abrazo de intenciones dudosas su ex cuñado - ¿Qué tal el viaje? – Preguntó por cortesía.

- Pues… no ha estado tan mal – Le comentó con aburrimiento – Eh, ¿sabes? Quiero buscar a una persona, así que espero no te moleste que luego de la fiesta salga por mi cuenta.

- No hay problema – Le permitió sonriendo levemente – Sería bueno que me avises si puedo ayudarte.

- Pues… Vale. Yo te aviso más tarde – Aceptó regalándole una leve sonrisa de agradecimiento. Aún sentía algo raro en su estómago cuando Mikuo se portaba amable con él.

- ¡Ah! ¡Casi lo olvido! – Recordó aplaudiendo con demasiada energía – Quiero presentarte a alguien.

De un tirón Mikuo pareció traer de la nada una delicada mano que parecía hecha de porcelana. Uñas rojas perfectamente pintadas hacían de esta mano un objeto de atención, pero lo que en realidad había capturado la concentración del peliazul fue la poseedora de aquellas manos. Ella era…

- Tú… - Fue todo lo que alcanzó a pronunciar.

- Quiero presentarte a mi esposa, Meiko Sakine de Hatsune – Le presentó tomándola de la cintura y dándole un beso en la mejilla como si de un trofeo se tratase.

Nadie dijo nada. Miku y los gemelos junto a Yuki estaban muy ocupados armando un escándalo al intentar encender las velas sin incendiar la casa para preocuparse por la escena que envolvía a esos tres. Fue Ritsu el único que alcanzó a presenciar aquella imagen, quedando ésta para siempre en su memoria.

Ritsu conocía a Meiko. Había crecido con ella y sabía que si no se desligaba de Mikuo era por conveniencia. La empresa a la que le dedicó su vida la removería de su cargo sin compasión. Era por esa razón que se dejó manosear frente a Shion por el hombre que llamaba su esposo.

Y Kaito… Kaito la quería a pesar de todo. Pero era un sentimiento demasiado fuerte para él verla por vez primera luego de tanto tiempo y estando ella en brazos de otro… Y no cualquier otro. En brazos de Mikuo Hatsune.

Mikuo Hatsune… no era de fiar. Mikuo Hatsune no hacía las cosas porque sí. Mikuo Hatsune no acariciaba a su esposa a menos que sea por conveniencia, y en esos instantes, mientras saboreaba el delgado cuello de la castaña, Ritsu Namine pudo advertir un brillo peculiar en sus ojos. Tal vez lo esté haciendo por venganza, o simplemente por diversión.

- ¿Estás con Meiko y no me lo dijiste? – Le preguntó Miku poniéndose en silencio al lado de Kaito, y de manera imperceptible para todos los demás, la de verde tomó su mano.

- Soy su esposa – Le informó Meiko mirando de reojo a un esposo repentinamente cariñoso, que se cortó al escuchar la voz de su hermanita pillándolo en aquella situación. Meiko se felicitó mentalmente, había dado en el clavo.

La escena pasó a ser vista por todos en la sala – Ah – fue todo lo que salió de su boca antes de girarse a mirar a los gemelos y levantar el encendedor en su mano derecha – ¡Lo tengo! ¡Vamos a cantar!

Había sido muy inmaduro de parte de Mikuo ocultarle semejante noticia a su hermana hasta ese instante. ¿El motivo? La verdad es que ni él mismo estaba seguro. Tal vez fue por vergüenza, por el miedo a ser desaprobado, o tal vez, sólo tal vez… Mikuo tenía intenciones más oscuras.

Que los cumplas feliz…

Desperdició el tiempo y si se hubiera enterado de otra manera, tal vez Miku no habría tenido la misma reacción. Pero Mikuo había actuado de manera vengativa, egoísta y primitiva.

Que los cumplas feliz…

Mikuo había hallado la manera de lastimar a Kaito. Kaito, el mismo que había enseñado a Miku a amar. Ni más ni menos que su primer amor y alguien a quien ella amaba.

En su día dichoso…

Y aunque ella ya no lo ame como antes, eso no significaba que no lo ame con todo su corazón. De la misma manera funcionaba la relación de Rin y Len. Aunque no se proclamen unidos de manera carnal, se pertenecían de una manera mucho más profunda. Y como Kiyoteru, harían lo imposible, desafiarían a quien sea e irían hasta el fin del mundo por el otro.

Que los cumplas feliz…

Porque eso es lo que hacen aquellos que se aman. Amigos, hermanos, padres, compañeros, amantes, completos desconocidos… Porque aunque haya diferentes maneras de amarse, hay sólo una forma de entregarle a otra persona tu corazón.

Porque el amor eterno es una bendición. Dura para siempre, y lo soporta todo. Siempre lo supimos. Estaba escrito en lo más profundo de nuestro corazón.

Fin.

Comentario Final.

Creo que crecí como persona a lo largo de esta historia. Y sí, tal vez haya divagado un poco y pasado de una cosa a otra. Perdonen, es que simplemente quería llegar a este punto. Me alegro mucho de haber terminado, espero que les haya gustado y me dejen un último comentario antes de cerrar la ventana. Me harían muy feliz, ¿saben?

Gracias por seguir esta historia todo este tiempo. En serio. He pasado por mucho y esta historia creo que la recordaré hasta la tumba. Yo misma me he marcado con cada una de estas palabras. Espero que también haya ayudado a alguien con esta historia. Y si no, espero al menos haber logrado entretenerlos.

Existe la posibilidad de que en algún futuro próximo escriba el epílogo.

Si es que… eso les hace sentir mejor. Porque al fin, luego de tantos meses, al terminar esta historia…

Me siento mejor.

Just feel Better.