Cuarto día

«No confundas el galopar del caballo con los latidos de tu propio corazón»

Daba vueltas en círculos delante del espejo. Preocupada, desesperada, ansiosa. Cruzaba y descruzaba los brazos en cuestión de segundos mientras que sus pies parecían moverse solos. Era sábado, el cuarto día en Hong Kong; era prácticamente la mitad del viaje, pero Sakura sentía que había pasado una eternidad en ese lugar. Pero no era esa la causa de su nerviosismo, sino el hecho de que no había tenido noticias de Shaoran y Kerberos en todo el día.

Ni cuando tomaron el autobús que los llevaría al Ocean Park, un acuario oceánico de Hong Kong de gran importancia; ni cuando habían visto los espectáculos con actuaciones musicales, de delfines o exhibiciones culturales; ni cuando llegaron a la parte de los tiburones y temió que el techo se resquebrajara y se rompiera todo, provocando así su muerte y la de todos sus compañeros —aunque, al recordar esto, pensó que tenía que dejar de hacer caso a los relatos de Naoko.

Incluso llegó al extremo de montarse sola en un gran globo, a pesar del miedo que le tenía a las alturas, por si Kero no se había aparecido antes a causa de tener tanta gente alrededor. Debía admitir que eso había sido una mala idea, pues había bajado a tierra mareada y sin ninguna novedad.

No los había visto en ningún momento del día ni tampoco había recibido noticias de su parte, y eso le extrañaba.

No había disfrutado de la visita a los pingüinos, con lo bonitos que le parecían, por haber estado tan intranquila. Lo habían notado todos sus amigos, incluso Yamazaki y Shigeru, cuando la vieron tan cabizbaja en la tienda de recuerdos: había visto el peluche de un león e inevitablemente había recordado a Kero.

Aunque Tomoyo había intentado animarla y adivinar qué le pasaba, Sakura no dijo ni media palabra. No podía decir nada porque sería demasiado extraño. Si le dijera a alguien, por más comprensivo que fuera, que se encontraba con los nervios a flor de piel por no saber nada de un chico al que apenas conocía y por su guardián... lo más seguro sería que pensaran que estaba loca. Aunque tampoco le extrañaría demasiado, pues ella también lo pensaba.

Comenzaba a dudar ella misma de la veracidad de sus recuerdos al pasar todo el día sin saber de ellos, como si nunca hubieran existido. ¿Y si en realidad no existían? ¿Y si había tenido fiebre y había delirado? Eso sería más lógico que ser la destinada a ayudar a un hechicero y a una bestia mágica. Pero no, ella sabía, tenía la certeza de que lo que había vivido era real. No porque confiara en sus recuerdos, porque la lógica le gritaba lo contrario, sino por las marcas que aún seguían en su cuello: casi desaparecidas, como si todo lo que le había sucedido se estuviera desvaneciendo, pero reales.

¿Por qué, entonces, no habían intentado comunicarse con ella en todo el día?

Detuvo su frenética marcha y, cuando se miró al espejo, vio que estaba despeinada, ojerosa y más pálida que de costumbre. Su sonrisa, sus ojos brillantes y ese aire de inocencia e ingenuidad que siempre la acompañaban parecían haber sido reemplazados por esa maraña de pelo sin principio ni fin.

Creía que, después de lo que había pasado el día anterior, algo cambiaría. No sabía qué, pero había tenido la esperanza de que así fuera.

«Estaré vigilando: no permitiré que nadie te haga nada, no te preocupes.»

Sin embargo, no había sentido que nadie la mirara como le había sucedido en Wong Tai Sin, ni lo había visto, ni nada. ¿Tan poco habían significado para él esas palabras? Porque a Sakura parecían haberle removido el suelo: desde la sensación de protección que le habían proporcionado hasta la ilusión de que todos los problemas se resolvieran en poco tiempo.

Definitivamente debía hacer caso del consejo de Meiling y no creer todo lo que le dijeran, porque una cosa eran las mentiras de Yamazaki, y otra…

No obstante, antes de poder terminar de pensar la frase se le ocurrió una idea: ¿y si no se habían comunicado por un motivo mayor? ¿Y si les había pasado algo? Intentó deshacer el nudo de angustia que se había situado en su garganta cuado un horrible pensamiento pasó como un rayo por su mente: ¿y si Zhen Lok los había matado?

Pero no, ¡de ninguna manera! Se negaba a sopesar siquiera esa posibilidad. No les podía haber pasado nada. Ella no había sentido nada. Y estaba segura de que lo habría notado, de que algo se lo habría enseñado. Quizás sí era cierto que se había vuelto un poco loca, pero algo le decía que no había ocurrido nada malo.

Volvió a caminar en círculos frente al espejo, tamborileando nerviosamente con sus dedos sobre los brazos. Se sentía impotente por no hacer nada y por ignorar si algo les había pasado. Aún así, Meiling cortó el flujo de sus pensamientos cuando llamó a la puerta con los nudillos.

—Sakura, ¿te queda mucho para salir? ¡Tomoyo y yo también nos tenemos que arreglar!

—Claro, ahora mismo salgo —respondió sin demasiado ánimo.

En realidad no se había arreglado, sólo se había puesto el vestido y el bonito colgante que Tomoyo le había prestado. Suspiró, armándose de valor para superar todas las dudas que había tenido durante todo el día, y abrió la puerta. Salió arrastrando los pies en sus pantuflas de perritos y se echó sobre la cama.

Sus amigas ya estaban prácticamente listas: bien vestidas, bien peinadas, con los zapatos puestos y unas ganas enormes de divertirse. A pesar de que Sakura se caracterizaba por ser muy enérgica, ese día no podía más que mostrarse apática y desganada.

—Quizás no deba salir esta noche —comentó, como si no fuera premeditado, y sus amigas la miraron con extrañeza—. No me encuentro demasiado bien.

Tomoyo y Meiling se lanzaron miradas de preocupación y se sentaron al lado de Sakura.

—Oye —llamó con voz suave Tomoyo—. ¿De verdad no te ocurre nada, Sakura? Pareces algo deprimida. —Dudó un momento antes de seguir hablando—. ¿Ayer te dijo algo tu padre?

—¡No, para nada! —negó efusivamente.

Sentía mucho no poder decirles nada. Eran sus amigas, confiaba mucho en ellas, pero era una completa locura el simple hecho de pensar en contárselo. ¿Qué pensarían de ella? No la creerían, seguro.

Permanecieron unos segundos en silencio durante los cuales sus dos amigas continuaron lanzándose miradas confundidas. No sabían qué le pasaba, pero estaba claro que algo le había ocurrido. Y debía ser algo importante si había hecho tal mella en su estado de ánimo. Con todo lo que le habían insistido, supieron que no se lo diría porque le preocupaba demasiado, pero, aún así, ambas estaban determinadas a hacer que se relajara y se lo pasara bien. La primera en hablar de nuevo fue Meiling.

—¡Alegra esa cara, Sakura! —exclamó palmeando su pierna—. No te vas a quedar encerrada esta noche: vas a ir a esa discoteca con nosotras y lo vas a pasar de miedo, ¿entendido? —Al ver que la aludida iba a replicar, alzó una mano—. ¡No, nada de excusas! Ahora mismo te pones los zapatos y dejas que te peinemos y arreglemos.

—Pe-pero…

No le dejaron decir nada. Sin permitirle siquiera pensar, la obligaron a calzarse unos zapatos negros que le hicieron ganar un par de centímetros y la empujaron hasta el cuarto de baño. Ella siempre había estado al lado de cualquiera que la había necesitado a pesar de que no fuera demasiado perceptiva y de que muchas veces la hicieran rabiar con sus bromas, y sentían que ahora, con la cara tan triste que tenía, debían animarla.

—Un poquito más por aquí… —susurró Tomoyo concentrada mientras le pasaba una fina brocha por los ojos.

A los pocos minutos ya habían terminado de arreglarla y, a pesar de que Sakura se veía distinta —si hubiera sido por ella, se habría quitado todo el maquillaje que le habían puesto, porque sentía como si llevara una máscara—, les pareció que así tenía mejor cara. Al menos sus ojeras estaban disimuladas, sus labios algo más rosados y sus párpados, lo que menos le había gustado a ella, con un suave color verde.

Habría dicho que tenía la impresión de ser un payaso, pero no quería ofenderlas; después de todo, lo hacían por ella. Tomó un pequeño bolso para meter el móvil y se llevó un paquete de pañuelos. Si a mitad de la noche se acordaba, entraría en el baño para limpiarse la cara.

—Creo que le falta algo —musitó Meiling mirándola desde todos los ángulos posibles y, después, con expresión triunfal, cogió una pinza que llevaba en un extremo una flor y le apartó el pelo, haciendo que una de sus orejas quedase al descubierto.

—¡Sí! —Tomoyo agarró las manos de Sakura y la miró con una gran sonrisa—. ¡Sakurita, estás deslumbrante!

Si bien era cierto que sus amigas no habían dejado nada al azar, ella no lo veía para tanto. Suspiró y les devolvió la sonrisa como si en realidad le hiciera ilusión todo eso. Sin embargo, lo único que quería era saber cómo estaban. ¡Estaba desquiciada! Todo el día, y había llegado la noche. Estaba demasiado tiempo sin recibir noticias y sentía que no podría aguantar mucho más con la incertidumbre tan grande de la que era presa.

No pudo seguir pensando en eso porque al instante llamaron a su puerta. Meiling fue muy deprisa para abrirla y se encontraron con que Rika, Chiharu y Naoko, junto a Yamazaki y Shigeru, los estaban esperando. Naoko, al igual que Tomoyo, había optado por unos pantalones y una camisa, mientras que Rika y Chiharu prefirieron ponerse un conjunto de falda y camiseta. Los chicos, pese a que iban con ropa de calle, también tenían pinta de ir bien arreglados.

—¡Vaya, qué guapas vais! —exclamó Chiharu muy alegre. Sakura lo atribuyó a que en breves momentos pasarían los profesores para que se reunieran todos en la entrada del hotel.

En efecto, no pasó mucho tiempo hasta que el profesor Terada pasó por su pasillo diciendo a voces que en cinco minutos tenían que estar allí.

—¿Bajamos ya? —Rika se alisó la falda nerviosamente mientras lo decía.

Una vez abajo, vieron cómo la mayoría de sus compañeros ya estaban prestando atención a las palabras de los profesores. Sakura y sus amigos se acercaron para poder escuchar también lo que estaban comentando.

—No vayáis solos a ninguna parte, ni siquiera al baño. Sí, también va por vosotros —dijo una de las profesoras a dos chicos que comentaban que eso era cosa de niñas—. Si alguien se pierde, que vaya a un sitio donde haya mucha gente e intente llamarnos por teléfono a alguno de nosotros. El profesor Masaki se quedará en el hotel por si hay algún contratiempo.

Cuando terminó de decir eso, el profesor Terada volvió de hablar con uno de los recepcionistas y, tras palmear sus manos y frotarlas, muy animado, sonrió ampliamente.

—No hagáis ninguna locura y tened siempre cuidado. Bien, una vez todo aclarado: ¡nos vamos!

Los alumnos se pusieron a cuchichear emocionados, pues sería la segunda vez que saldrían por la noche y, esta vez, no a un karaoke.

Fueron a pie dada la cercanía del lugar. De hecho, llegaron medianamente temprano y el portero, que era más alto que el profesor Terada —y eso que él no se caracterizaba precisamente por ser bajo—, les dejó pasar sin ningún tipo de problema. Cuando entraron, pudieron ver que el local era bastante grande, oscuro (aunque no impedía ver con total claridad las caras de las demás personas), de colores azules y verdes y con una gran barra iluminada por una luz de neón, también azul. En una pared, la más cercana a la barra, había grandes mesas con sillones para que la gente tomara sus copas y descansaran y, en el centro, una pista de baile enorme.

No había mucha gente a esa hora, así que tenían el local prácticamente para ellos. Chiharu sugirió que se sentaran en una de las mesas y, cuando lo hicieron, Shigeru y Yamazaki fueron de nuevo a por cervezas. Esta vez, Sakura no quiso tomar nada. La última —y primera— vez que lo había hecho no había sido demasiado agradable y le hizo entrar en un estado un tanto paranoico: seguro que esa vez sería peor si bebiera, pues ya estaba alterada por sí sola como para acrecentar esa sensación.

A pesar de todo, Sakura no podía negar que se estaba divirtiendo. Las constantes bromas de Yamazaki y los consiguientes refunfuños de Chiharu ayudaban a ello, así como las anécdotas que todos estaban reviviendo. Sin quererlo, la nostalgia se apoderó de ella: ese asunto del destino, Shaoran, Kerberos y Zhen Lok la había absorbido tanto que apenas se había parado a digerir que, en efecto, sería el último. La última vez que estaría así con sus amigos.

—¡Y cuando Takashi contó la historia de la pelota de playa! —rió Chiharu, aunque en el momento se había enfadado con Yamazaki—. Un montón de chicos se pusieron a jugar para ver quién ganaba el amor de Sakura.

La aludida se sonrojó un poco, pero no pudo evitar reír también. Eso había ocurrido hacía ya bastantes años, y recordaba cómo cinco o seis niños compitieron por ella. De repente, un recuerdo le vino a la mente y llamó la atención de sus amigos.

—¡¿Recordáis cuando Shigeru tuvo que hacer de Princesa Aurora y Yamazaki de Príncipe Azul? —Esa obra había causado la risa del público, pues los papeles fueron repartidos al azar y los principales personajes les tocaron a dos chicos.

—Permíteme que te diga algo —interrumpió Yamazaki, alzando el dedo índice con cara seria—: antiguamente sólo los hombres podían actuar, así que también tenían que interpretar a mujeres. Por eso había princesas con bigotes.

Sakura miró a Chiharu, que esta vez no se había lanzado sobre su novio para callarlo. Ante la mirada extrañada de su amiga, ella se encogió de hombros, sonriendo.

—Esta vez ha dicho la verdad.

—Siempre lo hago.

—¡No digas tonterías, nunca lo haces! —bramó Chiharu, dándole un pequeño golpe en la nuca.

Naoko inclinó la cabeza un poco y sus ojos le brillaron. Todos habían quedado en silencio y dirigieron sus ojos hacia ella.

—Queréis… ¡¿Historias de miedo? —Su expresión risueña sorprendió al resto de sus amigos, que tenían diversos gestos.

Sakura negó con la cabeza varias veces y pensó en algo para evitar que se pusiera a contar un cuento de terror. Se levantó de su asiento y movió los brazos arriba y abajo.

—¡Bailemos! —Sonó desesperada pero, excepto Yamazaki y Shigeru, que prefirieron quedarse en la mesa con Naoko para escuchar su historia, todas fueron a la pista de baile.

La primera en llegar fue Sakura, que dio una vuelta sobre sí misma, ya más animada. Tomó las manos de Tomoyo y dio también un giro con ella. Su amiga, alegre porque hubiera cambiado su ánimo, rió. Formaron un círculo y comenzaron a bailar con una extraña coreografía que habían visto en una serie infantil. Sus carcajadas eran tan fuertes que creían que, de seguir así, se escucharían más que la música.

Conforme fueron pasando los minutos, el lugar se fue llenando. Por lo que habían podido ver, había otro viaje de estudios por allí, aunque no sabían exactamente de dónde vendrían. Pasada media hora, Chiharu dijo que iba a sentarse ya que le dolían los pies, y prefirieron ir todas juntas pero, antes, Sakura informó de que iba a ir al baño —todavía quería quitarse todo lo que Meiling y Tomoyo le habían puesto en la cara.

—Pero no vayas sola, Sakurita. Ya oíste al profesor Terada —insistió Tomoyo—. ¿Quieres que te acompañe yo?

—No te preocupes —Se adelantó Rika—. La acompañaré yo, que también quiero ir. ¿Vale?

Tomoyo asintió, satisfecha, y Rika y Sakura se dirigieron al otro extremo del local. Cuando llegaron, Rika entró en uno de los cubículos y Sakura sacó el paquete de pañuelos del bolso, se dirigió a uno de los espejos y comenzó a limpiarse todo el maquillaje. Pronto ya no le quedaba nada. Al notar que Rika tardaba demasiado, se acercó a donde se había metido.

—Rika, ¿te queda mucho para salir?

—¡Un poquito! —Su voz sonó ahogada—. ¿Te importa si te vas y yo voy más tarde?

—Claro —concedió Sakura, algo confundida por el apuro con el que había hablado su amiga—. Oye, ¿seguro que estás bien?

Después de que repitiera varias veces que sí y que iría después, Sakura salió de allí y volvió a adentrarse en la oscuridad de la discoteca. Avanzó unos cuantos pasos y después se detuvo, vacilante. Volvió al baño, pensando que mejor esperaba a Rika para que ninguna de las dos se volviera sola.

No obstante, se quedó paralizada al ver que Rika ya había salido del baño y se encontraba apoyada contra la pared, tras una columna. No la hubiera reconocido si no hubiera sido por el pelo, que sobresalía por los lados de otra cabeza más, la de un hombre, que la tapaba por completo. Creyendo que la estaba obligando, se acercó sólo para reconocer que era el mismísimo profesor Terada… Un momento, ¡el profesor Terada, el que los había enseñado a leer!

Visiblemente turbada, se dio la vuelta y caminó hacia la barra: ahora sí que necesitaba tomar algo, de preferencia agua fría. Pero antes de que pudiera llegar, una mano fuerte la tomó del brazo y la retuvo. Ella pensó asustada que podría ser el profesor Terada porque la había descubierto; de ser así, se dijo, ella le convencería de que no diría nada a nadie.

Si bien estaba convencida de que era él, cuando se giró descubrió que no era así. Abrió la boca mucho y se quedó sin saber cómo reaccionar por unos instantes, aturdida por la violenta sacudida que había dado su estómago de repente: Shaoran estaba ahí, con el pelo igual de alborotado que siempre, más alto de lo que lo recordaba, una camisa de un marrón que combinaba con su cabello y sus ojos, castaños casi dorados por la cambiante luz, la miraban desde arriba.

—Sha-Shaoran —balbuceó. Estaba todo el día sin recibir noticias de él y ahora se lo encontraba en una discoteca, la misma a la que había decidido llevarlos su profesor—. ¿Qué… qué haces a-aquí?

—Os he seguido—contestó como si fuera lo más natural del mundo—. Este sitio está oscuro y hay mucha gente, Zhen Lok podría aparecer y…

Guardó silencio. Sakura sabía lo que estaba pensando: Zhen Lok podría aparecer y matarla. Pero eso no tuvo importancia para ella, porque el peso que había albergado en su pecho todo el día ya se había desvanecido.

—¿Y Kero? —preguntó cambiando de tema, haciéndose oír por encima de la música. Shaoran se rascó la nuca antes de responder.

—No está aquí, está investigando algo que Zhen Lok podría querer.

Sakura iba a seguir cuestionando. Entendía que, en caso de que el oscuro hombre estuviera ahí para atacarla, Kerberos no podría hacer nada por toda la gente que había alrededor, pero una preocupación desgarradora se apoderaba de ella al saber que Shaoran se estaba exponiendo a tal peligro.

En cambio, en vez de continuar hablando, oyó una vocecita aguda que le era muy familiar y que gritaba su nombre.

—¡Sakurita! —Meiling se acercó rápidamente hacia ellos y, bajo la atónita mirada de Shaoran, la apartó un poco para hablar con ella a solas—. Estaba en la barra y te he visto. ¿Quién es el bombón con el que estás hablando? ¿Lo conoces?

Sakura, muy sonrojada, miró con duda a Shaoran, que se mostraba confuso; no sería fácil explicar por qué se conocían, así que simplemente suspiró y negó con la cabeza.

—No, se ha puesto a hablarme en chino y como no lo…

—¿En chino? —repitió Meiling abriendo mucho los ojos; acto seguido, se sonrió—. Si me lo permites, Sakurita, me iré a seguir hablando con él por ti. —Le guiñó un ojo, se giró y se acercó a Shaoran, comenzando a decir algunas palabras en chino.

Sakura se rascó la nuca, como antes había hecho Shaoran, y se quedó parada mirando cómo hablaban: Meiling jugaba con su pelo y, sorprendentemente, vio cómo Shaoran reía. ¡Reía! Ella no lo había visto reír en cuatro días, quizás sonreír, pero… ¿Reír?

Bufó y se fue directamente a la barra, tal y como iba a hacerlo desde un principio, sólo que ahora tenía sentimientos más confusos que antes.

Pensó con acidez que, por supuesto, era más fácil reír con Meiling, que era más bonita que ella, más divertida y, con suerte para él, menos problemática. ¡Pero ella también era divertida y bonita! Un poco, al menos —o eso le decían siempre sus amigas y su padre—. Y no es que fuera problemática porque sí: ella no había decidido que esa adivina cambiara su vida de la noche a la mañana.

Antes de llegar a la barra se detuvo en seco: ¿tenía envidia de Meiling? ¿Por qué? No tenía sentido. ¡No podía tener envidia de Meiling, era una de sus mejores amigas! Se giró para mirar en dirección a donde estaban ellos. Hacían una bonita pareja, y no tendrían problemas para entenderse porque los dos hablaban tanto chino como japonés. Esa reflexión hizo que una sensación opresiva se estableciera más profundamente en su pecho.

El estar pensando de esa manera le confirmó que era más sano ir con sus amigos que seguir vagando sola, así al menos volvería a divertirse y no haría falta que Shaoran la cuidara. Lo cual era ridículo, se dijo, porque al estar hablando con Meiling, tan cerca de ella, era imposible que se diera cuenta de lo que fuera que pasara a su alrededor.

Alguien le dio un par de golpecitos en el hombro. Ante la nueva llamada, se giró esperando encontrar un rostro conocido, pero comprobó que no lo conocía de nada: era un chico alto y con el pelo muy oscuro, rasgos angulosos y ojos claros.

—Perdona, eres de Japón, ¿verdad? —Sakura asintió—. ¡Genial! No estaba seguro, pero… —Se pasó una mano por el pelo y se despeinó premeditadamente—, bueno, yo también. Nosotros —corrigió, sonriendo— venimos de Hokkaido.

—¡Hokkaido! —exclamó Sakura con interés, el chico parecía agradable y muy amable—. Estuve allí un verano, pero no lo pasé demasiado bien.

—Oh, vaya. ¿Y eso?

Sakura se encogió de hombros aparentando que no se acordaba. Había sido hacía mucho tiempo, ¿tal vez quince años? Era cierto que apenas se acordaba de nada, sólo lo que le habían contado. Ella tenía tres años y lo estaba pasando en grande. Habían ido todos: Touya, su padre, su madre y ella. Pero no regresaron los cuatro a casa. Al parecer había sido un accidente de coche: su madre murió.

—Da igual —respondió apartando sus dolorosos recuerdos y sonriendo a duras penas.

—¿De dónde eres tú?

Vaya que si era simpático, pensó. Parecía muy interesado en ella y tenía una agradable sonrisa.

—De Tomoeda. No es muy grande —explicó—, pero no creo que pudiera vivir en ningún otro sitio.

—Ahá. —Miró hacia todos lados y, tras señalar una esquina de la barra que estaba pegada a la pared, se dirigió a Sakura de nuevo—. ¿Qué te parece si nos sentamos allí para tomar algo?

Asintió, segura de que pasarían un rato divertido hablando. Tras unos minutos, llegaron y se sentaron en los taburetes altos. Él, después de preguntarle a Sakura que cuál era su nombre, le comentó que se llamaba Ryuunosuke, pero que le podía decir Ryu como hacían sus amigos. Al cabo de unos pocos minutos más le preguntó que si quería bailar, a lo que Sakura asintió antes de decir que llamaría a sus amigos para que se les unieran.

—¿Por qué no vamos nosotros primero y después los llamas? Una sola canción, Sakura —pidió con un puchero.

Sakura rió.

—Está bien. ¡Pero sólo una y voy a por ellos! Tienen que estar preguntándose dónde estoy.

Cuando se levantó del taburete Ryu la condujo a la pista de baile, pero no para bailar. La llevó a una de las tantas columnas que había repartidas por todo el local e hizo que se apoyara en ella. Él se quedó frente a Sakura y puso la mano izquierda sobre su hombro, en la pared. Ella estaba confundida: ¿no iban a bailar? ¿Por qué, entonces, estaban ahí parados sin hacer nada?

Era cierto que no era muy perceptiva, porque, si lo fuera, se habría dado cuenta del giro que había tomado la conversación desde hacía ya algún tiempo. Ryu la miraba intensamente, sin pestañear, y Sakura simplemente sonreía, ajena a la situación que estaba viviendo.

—Tienes un nombre muy bonito, Sakura. —Ella sonrió y apartó la mirada, tímida, pero Ryu hizo que volviera a mirarlo—. Pero tú eres aún más bonita.

Lo miró, sorprendida, y se sonrojó mucho. Había descubierto que la inocente amistad que había empezado con Ryuunosuke no era ni tan inocente, ni tan amistad. Se removió bajo su brazo, algo nerviosa, pensando cómo podría salir de ahí sin ofenderlo.

—Ryu, yo…

—Eres más que bonita: eres preciosa.

Su cara adquirió el tono de un rojo más candente y pensó que, si seguía diciéndole cosas así, se le subiría toda la sangre del cuerpo a la cabeza. Lo peor de todo era que veía a Ryu cada vez más cerca. Y no quería que la besara, si era eso lo que tenía pensado hacer. ¡Apenas había besado a una persona en toda su vida! Sólo una vez, con catorce años, para una representación escolar. Pero ella no contaba eso como un beso real.

Cuando pensaba levantar una mano para apoyarla en el pecho del muchacho y mantenerlo a raya, vio cómo su expresión cambiaba drásticamente. Ya no sonreía ni tenía los ojos entrecerrados, y se había alejado de ella unos cuantos palmos. Se despidió con un seco «Nos vemos» y se fue a toda prisa. Lo vio irse, nuevamente confundida y, cuando tomó aire, notó algo sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vio que era un brazo apoyado en la columna, por encima de su cabeza.

Un sentimiento de anticipación se apoderó de ella cuando dirigió su mirada hacia la izquierda y, tal y como había imaginado, vio a Shaoran, que miraba con gesto amenazador en la dirección que había tomado Ryu.

—¿Qué… qué haces? —preguntó con la poca voz que le había quedado después de todo.

Él la miró sin comprender y apartó el brazo de la columna, dispuesto a irse nuevamente. Sakura estuvo a punto de pedirle que volviera a ponerlo ahí, porque así se sentía más segura, pero recapacitó a tiempo.

—¿Qué haces aquí? —Repitió a media voz, por lo que él tuvo que acercarse hasta quedar casi a su altura para poder escucharla, haciendo que Sakura se echara un poco hacia atrás por la repentina cercanía.

—Protegerte. Ya te lo dije.

Ante esa respuesta, Sakura se enfadó. ¿Es que acaso no la veía capaz de librarse por sí misma de él? Porque lo era, no necesitaba un guardaespaldas.

—¿De Ryu? —Shaoran asintió con el ceño fruncido, adivinando que ese tal Ryu era el chico que acababa de irse—. ¡Oh, por favor! No necesitaba que me ayudaras, lo tenía todo controlado.

—Desde donde yo estaba no lo parecía —replicó cruzándose de brazos.

La respuesta y seguridad el muchacho ante su situación hizo que Sakura se enfadara. ¿Es que acaso no la veía capaz de librarse por sí misma de él? Porque lo era, no necesitaba un guardaespaldas.

—¡¿Me estás diciendo que no crees que pueda lidiar con mis propios problemas? —rebatió, herida—. ¡No necesito otro hermano! Ya soy mayor y sé cuidarme yo solita.

Shaoran pareció darse cuenta de que lo había malentendido e intentó apaciguarla.

—No, no quería decir eso. Verás…

Él se había acercado un poco más a Sakura y, sin pretenderlo, sus ojos viajaron a los labios del muchacho. Se veían diferentes de los de Ryu, como más suaves, aunque quizás no hubiera demasiada diferencia realmente.

Se ruborizó por completo cuando terminó de pensar eso y se obligó a apartar su mirada de ahí para clavarla en el suelo.

—Podrías haberte quedado con Meiling —susurró, recordando cómo reía con ella.

—¿Cómo? —Sakura no lo miró.

—Lo estabas pasando bien con ella.

Su susurro fue aún menor, por lo que Shaoran tuvo que acercarse un poco más a ella para poder oírla. Aunque eso fue más bien su excusa, porque no había tenido ningún problema para escucharla a pesar de la estridente música que los rodeaba.

—Pero quiero cumplir la promesa que te hice ayer —dijo a la desesperada; la verdad era que Meiling parecía simpática, sí, pero no había dejado de vigilar a Sakura desde que se alejó de ellos—. Perdóname si te he ofendido.

Ella suspiró y, tras negar con la cabeza, le dirigió una sonrisa.

—No importa. —Sabía que no había sido justa con él: la había protegido de Zhen Lok, no tenía derecho a reclamarle nada. Aún así, no podía evitar sentirse desanimada.

Se mantuvieron en silencio, escuchando cómo la música del local cada vez era más y más fuerte. Sakura retorcía sus manos, nerviosa.

—¿Podemos salir un momento a la calle para hablar? —Él asintió y, pasando por delante de ella, la condujo a la salida de atrás de la discoteca.

Una vez fuera, ella se apoyó en la fría pared y desvió la mirada, pensativa. Hacía algo de frío y ya era más de media noche, seguramente el profesor Terada les diría pronto que debían volver al hotel. Sakura se sonrojó cuando recordó cómo había visto a Rika y a su profesor, pensando que, de no haber sido porque volvió al aseo, no los habría descubierto en esa situación.

Se frotó los brazos para que no se entumecieran y, al ver cómo Shaoran no decía nada, suspiró.

—Siento haberte hablado así antes. —Él iba a replicar, pero Sakura no le dejó decir nada—. Es sólo que hoy he estado muy nerviosa. —Lo miró a los ojos y extendió los brazos a los lados con exaltación—. ¡No he sabido nada de ti ni de Kero en todo el día y de repente llegas y…!

Bajó los brazos y los pegó a su cuerpo, frustrada por no poder expresarse como quería. Shaoran seguía sin pronunciar ni una palabra y ahora había inclinado levemente la cabeza haciendo que su pelo impidiera que se vieran los ojos.

—¿Estabas preocupada por mí? —preguntó con voz bajita, entrecortada, y con la cabeza cada vez más baja; Sakura asintió.

No obstante, él seguía sin decir nada y se habían sumido en un incómodo silencio. Sakura creyó comprender y comenzó a disculparse ruidosamente.

—¡Hoe, lo siento! ¿Te he incomodado? Es que pensé que, quizás, tú y Kero…

Shaoran levantó la cabeza y la calmó con una sonrisa.

—Tranquila. No tienes por qué preocuparte.

Eso ya lo sabía ella. No era su obligación preocuparse por ellos, pero lo hacía. Además, no había sido él el que había recibido el mensaje de que debía salvarla, sino ella. Eso tenía que significar algo, ¿no?

—Creo que será mejor que vuelva dentro —informó Sakura a media voz—. Seguramente nos iremos dentro de poco al hotel y se molestarán si no estoy allí.

Él afirmó con la cabeza y abrió la puerta, permitiéndole pasar. Se despidieron con un suave «adiós» y se internó de nuevo en la oscuridad de la discoteca. Esta vez no la siguió.

Se abrió paso entre la gente, mirando de vez en cuando hacia atrás pero sin lograr ver a quien buscaba, y llegó a la mesa en la que habían estado sus amigos casi toda la noche.

—Sakura, ¿dónde te habías metido? —preguntó Tomoyo en cuanto la vio llegar—. Rika llegó hace ya un buen rato, y cuando Meiling ha vuelto nos ha preguntado que si todavía no habías llegado.

Sakura suspiró y recorrió una a una las caras de sus amigos: Naoko, Yamazaki y Shigeru parecían tranquilos y seguían contando cuentos de terror, a juzgar por el gesto de desagrado que Chiharu portaba, y Rika y Meiling hablaban animadamente, casi sin percatarse de que había llegado.

Se detuvo unos cuantos segundos más en la cara de Rika, preguntándose cómo habría podido llegar a esa situación con el profesor Terada. Le parecía increíble. De hecho, aún seguía sin asimilarlo del todo: estaba segura de que si se lo hubieran contado, habría roto a reír como si fuera la cosa más absurda que le hubiesen dicho nunca.

—¿Me estás escuchando? —Tomoyo agitó su mano frente a la cara de Sakura, logrando que reaccionara.

—Oh, lo siento —se disculpó sonrojándose y obligándose a apartar los recuerdos que no paraban de venirle a la mente cada vez que miraba a Rika.

Su amiga simplemente la miró con detenimiento, intentando averiguar en ella la razón por la que se estaba comportando de un modo tan extraño, incluso más atolondrado que de costumbre. No obstante, su escrutinio duró escasos segundos ya que Rika sugirió que fueran a la salida porque dentro de poco se cumpliría el plazo que habían puesto los profesores.

Notó que Sakura volvió a ruborizarse y apartó la mirada de Rika, y se preguntó si habrían discutido. Pero no, eso no era posible: Rika y Sakura se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de su mentalidad, una tan madura y otra tan infantil.

Después de luchar contra la gente para abrirse paso, llegaron fuera y esperaron hasta que llegaron sus compañeros y los profesores, quienes explicaron que no podían quedarse más tiempo, pese a las protestas, ya que a la mañana siguiente tendrían que madrugar mucho para hacer todo lo que tenían previsto.

Comenzaron a caminar, quedándose Sakura un poco rezagada para no tener que enfrentar a Rika, que hablaba con Chiharu sobre algo que no alcanzaba a oír. Tomoyo se dio cuenta y aminoró la marcha para quedar a su altura.

—Sakura, ¿qué te ocurre? —La aludida la miró y abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero al parecer se lo pensó mejor y la cerró—. Has evitado mirar a Rika desde que has llegado. ¿Ha pasado algo? ¿Os habéis peleado?

Sakura se sintió mal, pues últimamente lo único que hacía era preocupar a Tomoyo. Tomó aire para intentar despejar sus ideas y le indicó que caminara más lenta aún.

—No, no ha sido nada de eso. —Parecía tener una pelea interna, mas finalmente suspiró y bajó los ojos—. No es algo que me incumba, y creo que no debería ir diciéndolo sin que ella esté enterada siquiera de que lo sé.

A pesar de que el sentido de la lealtad y fidelidad de Sakura la abrumaba y le hacía sentirse orgullosa de ser su amiga, Tomoyo se quedó pensativa. No comprendía qué podía saber de Rika que la tuviera tan perturbada y que, a la vez, lo hubiera descubierto por sí misma, pero la entendía.

—No te preocupes —susurró, sonriendo—. No tienes que decirme nada. Me alegra que no haya sido nada malo.

—En realidad… no sé si es bueno o malo. —Regresó su mirada temblorosa a su mejor amiga—. ¿Crees que debería hablar con ella? Ya sé que no te he contado nada… pero, ¿qué opinas, debería decirle que lo sé? —Se llevó las manos a la cabeza, preocupada—. ¡Pero quizás la haga sentir incómoda, porque no tengo derecho a saberlo! ¡No debería saber que…!

Tomoyo alzó una mano para detener lo que fuera que iba a decir, porque sabía que toda esa preocupación que manaba desde lo más profundo de sí misma la cegaba y le impedía pensar lo que decía. No obstante, no fue ella quien la interrumpió, sino una cantarina Meiling que caminaba hacia ellas con una gran sonrisa.

—¡Sakurita! —La tomó de un brazo y se puso a su mismo nivel; tras saludar a Tomoyo, regresó su atención a quien la había centrado originalmente—. ¿Cómo lo has pasado esta noche? ¡Yo muy bien! —Quizás esperaba que Sakura dijera algo, pero ella lo único que hizo fue mirarla confusa, sin saber qué hacer—. Muy, muy, muy bien.

Se oyó una risita de Tomoyo, que atrajo las miradas de sus dos amigas, y le preguntó el porqué de su buen humor.

—¡Ay, Tomoyo! —Exclamó, feliz de que le hubiera dado pie para hablar, dejando claro que esperaba que le preguntaran—. ¡He conocido a un chico guapísimo! —Ante la sonrisa de Tomoyo, se vio animada para continuar con lo que había ido a contarles—. Y simpático, ¡muy simpático!

Sakura la miró de reojo sin ninguna expresión, escuchando atentamente lo que estaba diciendo. En realidad ella no sabía si era simpático o no. Ni siquiera sabía si le había caído bien, no había tenido oportunidad de hablar lo suficiente con él como para saberlo.

—Tiene el pelo castaño, me recordó al chocolate —describió con una risita nerviosa—, y sus ojos son preciosos, tan brillantes… Aunque no pude ver bien el color porque no había suficiente luz —murmuró enfurruñada.

«Parecidos al ámbar», pensó Sakura después de suspirar de nuevo. Ella sí los había podido ver bien, y muy de cerca, además; lamentablemente, con ella no había reído y no había podido apreciar cómo cambiaban por ese nimio hecho.

—Además es muy alto y masculino —continuó Meiling muy exaltada mientras Tomoyo la miraba divertida—, y su nombre es tan… ¡Fuerte! —Alzó los brazos cuando le vino a la mente esa palabra para describirlo, soltándose de Sakura sin darse cuenta, por lo que ella aprovechó para cruzarse de brazos—. Se llama Xiao Lang.

—Shaoran —susurró Sakura a la vez que Meiling, ganándose una mirada extrañada de parte de sus dos amigas.

Meiling se detuvo inmediatamente y Tomoyo frunció la boca, muy confundida por todo lo que tenía que ver con Sakura últimamente.

—¿Sabías cómo se llama? —acusó Meiling levantando un dedo y señalándola—. ¡Cuando llegué a donde estabais me dijiste que no habías entendido nada de lo que te decía!

—¿Sakura estaba con él? —Se oyó la voz de Tomoyo, alzándose como un catalizador de la incomprensión creciente de Meiling.

—Sí, pero… —respondió Sakura poniéndose nerviosa. Había metido la pata por dejar a su mente volar sin intentar siquiera controlarla—, pero no lo entendía —mintió, mordiéndose la lengua para no cometer ninguna otra equivocación.

—¿Entonces cómo sabes su nombre?

La confusión que reinaba entre las tres había hecho que sus voces se fueran alzando cada vez más. Sin embargo, al estar a una distancia prudente del resto de sus compañeros se aseguraban de que no las oyeran.

—¡No entendí nada! Es sólo que dijo algunas cosas y eso me sonó a un nombre.

Su excusa era muy pobre y la mirada inquisidora de Meiling hacía que estuviera más y más nerviosa a cada segundo que pasaba. Tomoyo, por su parte, las miraba sin decir nada. Aún así, Meiling decidió que Sakura no tenía motivos para mentirle, por lo que aceptó lo que le decía.

—Bueno, da igual. —Hizo un movimiento con la mano parecido al que haría si estuviera espantando a una mosca, volvieron a ponerse en camino y continuó hablando—. Pues eso, me contó que tiene cuatro hermanas y…

Pero ya sólo la escuchaba una persona, Sakura, porque Tomoyo la escrutaba con la mirada intentando descubrir qué era lo que pasaba ahí.

Sakura nunca le había mentido y jamás habían tenido secretos entre ellas. Siempre se lo habían contado todo, pero al parecer algo había hecho que Sakura cambiara de opinión. Primero, cuando Sakura enfermó y se tuvo que quedar en el hotel: cuando volvieron y vio la camiseta manchada de sangre se asustó, pero a pesar de la excusa que les había dado, no la creyó del todo; después, en el templo: había desaparecido veinte minutos, o más, y después había aparecido sin más con otra excusa poco creíble; y, ahora, aunque entendía lo de Rika, creía que había gato encerrado en ese chico del que hablaba Meiling, porque Sakura se mostraba tan efusiva como una roca.

No era que no la creyera o que tuviera motivos para dudar de ella, pero la conocía toda su vida —incluso eran familia, muy lejana, porque sus madres eran primas, pero al fin y al cabo familia—, y la conocía muy bien. No obstante, no pasaba de ser una corazonada, y le dolía. Le dolía que no quisiera decirle sus preocupaciones, pero no podía hacer más que aceptarlo.

Sakura, por su parte, había descubierto que Shaoran tenía cuatro hermanas que adoraban meterse con él y que, cuando era pequeño, llegaron a vestirlo de princesita. Al parecer Meiling le había caído en gracia, porque a ella no le había hablado nada más que de su padre.

Sin quererlo, un nudo se asentó en su estómago impidiéndole pensar en ninguna otra cosa que no fuera la mirada que tenía cuando le relataba todo eso y, tal y como en ese momento, una tristeza tremenda la invadió, provocándole ganas de llorar. No lo hizo.

Continuó escuchando a Meiling, que ahora decía que, cuando creía que podría pasar algo entre ellos, se despidió de forma muy seca y salió a todo correr hacia el interior de la pista de baile. Sakura supuso que fue cuando Ryu se le acercó tanto que creía que iba a besarla.

Evocó el sentimiento que le había embargado instantes antes de alzar la vista y toparse con esos ojos tan duros y la sacudida que dio su estómago cuando le dijo esas palabras, a pesar de que no le habían sentado demasiado bien porque la hacían parecer una completa inútil —pero una inútil que, en esos momentos, parecía tener algo martilleándole en la cabeza (y en el corazón):

«—¿Qué haces aquí?

Protegerte. Ya te lo dije.»


NA: ¡Tanto tiempo sin pasarme por aquí! El caso es que me da hasta vergüenza pedir disculpas xD llevo bastante tiempo perdida, pero es que no he podido avanzar en lo que llevaba. A pesar de eso he decidido publicar este capítulo, porque después de mediados de septiembre tendré tiempo libre y podré centrarme un poco más, así que espero que los capítulos salgan rápidos.

No sé si quedará alguien por ahí (?) Espero que sí, la verdad xD porque aunque me guste escribir... También me gusta compartir con todos ^^

Espero que el capítulo os haya gustado, y ya dije que, aunque parezca de transición, no lo es. Es decir, es un fic cortito, más o menos, no me puedo permitir capítulos de transición xD No tengo demasiado que comentar acerca de él, ciertamente, solo que recuerdo que me divirtió mucho escribirlo, y es que la faceta "celosa" de Sakura ha salido a la luz. Aunque no sean celos, exactamente (o eso piense ella xD).

¡Espero también vuestras opiniones y comentarios en los reviews! ^^ Y ya sabéis que agradezco mucho a aquellos que se toman un par de minutitos para decirme qué les parece esto =)

¡Nos vemos!