Herencia Maldita – por Naty Celeste

Disclaimer: La Saga Twilight y los personajes originales son de la increíble Sthephenie Meyer, los personajes adicionales y la historia son mias (ojalá eso no sea algo malo XD)

Summary: El nunca quiso esto, todo lo que deseaba era ser normal, pero eso no era lo que el destino le deparaba al hijo de una híbrida y un licántropo.

Bueno, va historia nueva, varios personajes originales, así que me como las uñas! espero les guste! muchos besos!!!

Capítulo 1: Fenómeno

- ¡Maldición, he dicho que no! –grité antes de azotar la puerta tras de mí y apoyarme contra ella con los ojos vidriosos por la rabia. Las manos me temblaban, así como los brazos… pero eso no era lo peor. Lo que realmente me torturaba en ese momento era la sed. No era fácil aguantarla, y los años sólo habían hecho que se intensificara la necesidad.

Pero no podía pensar en eso. Estaba harto de que todo el mundo me aconsejara que cazara. No quería ser lo que era. No quería ser un fenómeno sin remedio ni salida.

Justo entonces respiraba con dificultad por intentar controlar la ira que corría libre por mis venas. Había tenido esta discusión con ella un millón de veces. Las recordaba a todas y cada una. En esa en espacial, yo tenía quince años, y mi madre me suplicaba que me uniera a la familia en el próximo viaje de caza. Sabía exactamente qué pasaría luego, pero eso era normal. Había tenido este sueño desde hacía semanas.

Desperté a la mitad de la noche, justo como siempre lo hacía. No había ningún sonido a mí alrededor… al menos no uno que los demás pudieran escuchar. Solo los de siempre. Los sonidos que me torturaban desde los cinco años. Todos los malditos pensamientos de las personas de todo el condenado hotel. Casi todos dormían, así que eso hacia que las palabras se volvieran incoherentes y las imágenes brillantes. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se inundaba con los colores de los sueños ajenos, impidiendo que fuera capaz de descansar una sola noche.

Me llevé las manos a la cara y me froté los ojos. Ahora tenía veinte años. Los había cumplido recientemente, y tenía la esperanza de que dejaran de intentar persuadirme, basados en mi reciente aumento de edad. Ahora era un adulto, y tenía el derecho de hacer lo que quisiera… ser lo que quisiera.

Y claro, para hacer esta noche incluso más parecida al resto, estaba la sed. La forma en que me quemaba la garganta y hacía que me ardiera la boca… la forma en que podía oír absolutamente todos los latidos del corazón de la persona de la habitación de junto, de la que solo estaba separado por esa delgada pared. Me temblaron las manos de nuevo. Sólo podía pensar en lo que era, en lo que jamás podría dejar atrás.

Me levante de mala gana con un bufido y me fui hasta la nevera sin encender la luz. Saqué un cartón de leche del pequeño aparato y la bebí del envase. Eso ayudaba a veces… por lo menos con la sed. Los temblores eran un asunto completamente distinto. Tenía que relajarme, o debería empezar desde cero una vez más.

No me molesté en ponerme camisa para salir. Era lo suficientemente tarde para que no abundara la gente, y hacía el calor suficiente para que no llamara demasiado la atención si alguien me veía. Bajé por la playa y me acerqué al murmullo constante del agua mientras llenaba mis pulmones del aire cálido y del olor a iodo del mar.

Seguí caminando hacia el agua y me sumergí completamente. Eso había funcionado bastante bien las últimas veces. Las voces se amortiguaban un poco con la presión de la profundidad, y las imágenes cesaban casi por completo. Esta noche el agua era cálida, como siempre lo era en estas costas de Brasil. Pero claro, yo no podía quedarme sumergido por siempre, al contrarío que la mayor parte de los miembros de mi… familia, yo tenía que respirar. Últimamente eso parecía ser lo único que tenía en común con la gente normal.

Salí a la superficie y miré la luna por unos minutos, flotando en el agua tranquila. Extrañaría este lugar, era bastante bonito. Pero sólo podía quedarme en un sitio por un máximo de unos cuantos meses. De lo contrario me encontrarían, y no quería que lo hicieran. Mi familia y yo teníamos conceptos diferentes de lo que era bueno y lo que era malo, de lo que era normal y lo que era extraño.

Ya llevaba casi cinco años por mi cuenta y no pensaba volver ahora. A diferencia de mi padre, yo no planeaba ser un fenómeno para siempre, y sabía que ninguno de ellos apoyaría mi decisión. Hoy era la séptima noche que lograría pasar sin transformarme. No era mucho, pero era un comienzo. Más de lo que lograba la mayoría de mis intentos.

De todas formas siempre llamaba cada un par de meses, en parte para que supieran que estaba bien, y en parte para saber algo de ellos. Aunque también utilizaba el tiempo para intentar que dejaran de buscarme.

Por suerte, uno de mis… "dones" heredados, era la inmunidad de mi abuela a los poderes de los vampiros, así que eso dejaba al abuelo fuera de la búsqueda, y los genes de mi padre impedían que Alice me viera, así que por un lado, la combinación había sido buena. Claro que las voces, la sed y las transformaciones involuntarias inclinaban la balaza hacia el otro lado.

Salí del agua después de un rato, cuando sentí que el amanecer se aproximaba, pero no me molesté en secarme. Sabía que eso no era exactamente normal, pero parecerlo no era una prioridad ahora. Primero lograría ser normal, y luego aprendería las costumbres y el protocolo que se suponía debería seguir.

Aunque en realidad mi plan no era muy definido. Solo planeaba dejar atrás primero las transformaciones. Y una vez que lo hiciera, podría encargarme de la parte de vampiro. Había abandonado la sangre hacía tiempo, pero mi teoría era que los genes de mi padre me habían congelado en mi lugar, impidiendo que la abstención hubiera el efecto que deseaba. A mi cuerpo todo le daba lo mismo, estaba paralizado sin poder avanzar, sin posibilidad de cambio.

Entré al hotel y subí a mi habitación lo más rápido que pude sin excederme de la velocidad humana. Puede que parecer normal no fuera una prioridad, pero aún debía guardar las apariencias. No era tan estúpido como para provocar a los Volturi, o que alguien me tomara fotos y me encontraran por una página de Internet marcada como "Extraño fenómeno vive entre nosotros".

Entré a la habitación y comencé a guardar en un bolso las pocas cosas que llevaba conmigo al viajar. Ya había donado el resto de las porquerías que había ido adquiriendo con el correr de las semanas, y jamás me aferraba a mucho. Era más fácil llevar la vida que llevaba si no te encariñabas con las cosas, los lugares o las personas. Todo lo que conservaba eran un par de fotografías viejas y mi billetera. También empacaba una tableta de calmantes para el avión. No quería ponerme nervioso y terminar entrando en fase en pleno vuelo.

No era algo a lo que podía recurrir siempre, pero era importante en ocasiones como esa. Llamé a la aerolínea para confirmar la hora del vuelo y al cortar suspiré profundamente y marqué el número que me sabía de memoria mejor que ningún otro, el del celular de mi hermana menor, Alexandra. Yo también llamaba desde un móvil, pero no había manera de rastrearlo, incluso con las influencias y el dinero de los Cullen. Aunque solo por si acaso, me deshacía de estos aparatos cada pocas semanas. Sonó dos veces antes de que contestara.

- ¿Hola? –escuché la voz de mi hermana al otro lado de la línea y se me formó un nudo en la garganta. Si había algo que extrañaba más que a nada en ese mundo incorrecto y bizarro, era a ella.

- ¡Lexy! –chillé como niño. De verdad me gustaría poder pasar tiempo con ella sin tener que regresar a todo, solo le llevaba un par de años, y solíamos ser muy unidos de niños… pero desafortunadamente para mí, era un paquete sin divisiones.

- ¡Will! –gritó al otro lado imitando mi tono de voz. Escucharla era como una bocanada de aire fresco. Ella era la única que entendía mis razones para marcharme.- ¡Te extrañaba tanto! ¿Cómo es-

La pregunta se cortó a medias y después de un ruido escuché la voz de mi madre.

- ¿William? William, ¿estás bien? –preguntó angustiada.

- Sí, sí lo estoy, no te preocupes.

- ¿Cómo quieres que no me preocupe? No se nada de ti por meses y ahora-

- ¿Qué tal todos? –levanté la voz para interrumpir lo que decía. En realidad no quería escuchar sus reproches ni su ataque de histeria. Además, quería preguntarlo antes de cortar. Su voz se desvaneció cuando notó que seguía el mismo libreto que tenía planeado para todas las llamadas.

- Cortarás en menos de un minuto, ¿cierto? –tragué y esperé a que contestara mi pregunta. Taró un momento en continuar, y cuando lo hizo, noté las lágrimas en su voz-. Todos están bien –susurró con la voz quebrada-. ¿Y tú?

- Muy bien. Debo irme –se hizo un silencio y escuché otro movimiento.

- ¿Will? –era mi hermana de nuevo. Sólo a ella le permitía que acortara mi nombre de esa forma.

- ¿Sí? –contesté casi sin sonido.

- ¿Volverás a casa? –me preguntó, aunque ya sabía la respuesta que le daría. Me costó volver a hablar.

- No por ahora –respondí en voz baja.

- Te quiero –susurró.

- También yo –le contesté-. Más que a nadie –me aclaré la garganta-. Diles que no se preocupen ¿quieres?

- Ajá.

- Y que no me busquen. Volveré en cuanto… pueda, ¿ok?

- No me harán caso –se quejó.

- Lo sé, pero eres bastante persuasiva, tal vez funcione.

- Mamá dice que te quiere –murmuró. Cerré los ojos y suspiré profundamente antes de seguir.

- Yo también a ella. A todos –hizo una pausa.

- ¿Will?

- ¿Sí?

- Feliz cumpleaños –susurró, y luego la comunicación se cortó. Alejé el celular de mi oreja con los ojos llorosos y manos temblorosas, y lo dejé caer al piso. Estas conversaciones me torturaban, y es que a pesar de todo, a pesar de las peleas, los regaños, mi rebeldía y nuestras diferencias, esa era mi familia, y yo los amaba. Incluso aunque renegara de mi herencia y mis genes, seguía queriendo a las personas que me los habían dado.

Automáticamente levanté el pie y aplasté el celular contra el piso. No soportaría que me intentaran devolver la llamada. Claro que no contestaría si lo hicieran, pero ver el número en el identificador me superaría. Enredé los puños en mi pelo corto y tiré de él, frustrado. Detestaba sentirme de esta forma. Detestaba dudar de mis decisiones y cuestionar mis elecciones. Detestaba esa chispa de esperanza en la voz de mi hermana cada vez que me preguntaba si volverá.

Sentí el inevitable aumento en el temblor de mis brazos y una vez más, eso me convenció de que hacía lo correcto. Esa era la razón por la que debía mantenerme alejado. Debía lograr detenerme, y quizás luego, en un futuro, podría mantenerme en contacto con ellos con más frecuencia. Cuando fuera normal, y no hubiera forma de que me convencieran de volver a transformarme, o de volver a una dieta de sangre.

Suspiré y busqué en el cajón de la mesa de noche que estaba a un lado de la cama. Encontré lo que buscaba de inmediato, era lo único que había en el cajón además de la Biblia del hotel. Saqué el pequeño reproductor de música y me puse los auriculares a toda prisa. El molesto tipo de la habitación contigua no dejaba de pensar en una ridícula y exagerada demostración de amor para su novia. En mi opinión, una buena demostración de amor sería no engañarla con el ama de llaves en cada oportunidad que tuvieran, pero ese era yo. Quizás un ramo de flores funcionaba igual de bien para él.

De todos modos no tenía por qué juzgar. Nunca había estado en una relación que durara más de treinta minutos. Bueno, una vez, pero no estaba dispuesto a intentarlo de nuevo. Respiré profundamente cuando sentí el calor recorrer mis extremidades, y luché por calmarme. Todo eso estaba en el pasado. Puse la música bien alta y logró ahogar la mayoría de las voces. Aunque las imágenes seguían tras mis ojos. Me recosté masajeándome las sienes con el pulgar y el índice, dibujando círculos para calmarme.

Me desperté un poco desorientado cuando la música se detuvo y miré la hora automáticamente. Era tarde. No acostumbraba dormir más de una o dos horas por noche, no porque no lo quisiera, sólo era que no podía, pero la media hora que había logrado pasar inconciente ahora, había hecho que me retrasara demasiado. Debería apresurarme para alcanzar mi vuelo.

Tomé todo lo que había arriba de la mesa que estaba junto a la puerta y me apuré a salir. Compré algo de comer en el aeropuerto -aún no soportaba la comida del avión-, y me registré para abordar como uno de los últimos en llegar. Le entregué mi tarjeta de abordaje y mis documentos a la mujer parada en el pequeño escritorio y los miró por un segundo. Creo que esta vez me llamaría "Mario Bustrof" o algo así. Me los devolvió con una sonrisa.

- Que tenga un buen viaje, señor Bitrus. ¡Bitrus! Eso era. Le devolví la sonrisa intentando ser cortés. La mujer no estaba nada mal. Si no hubiera tenido que irme le hubiera propuesto ir al depósito. Tomé los papeles de su mano mirándola a los ojos. Justo antes de desaparecer de su vista por la puerta, le guiñé el ojo rápidamente y noté como se ruborizaba. Sonreí y escuché alguna de las fantasías que pasaban por su mente. Eran demasiado melosas, con promesas de amor y declaraciones ridículas. Nada que yo pudiera ofrecer en realidad.

Subí al avión con cierto desagrado. En el espacio cerrado todos los perfumes se intensificaban, todo se volvía diez veces peor: los pensamientos, los latidos de los corazones, la sed que todo eso me provocaba. Cerré los ojos y apreté las manos a los apoyabrazos del asiento, intentando con todas mis fuerzas concentrarme en algo más. En algo que no fuera la suave piel de la persona junto a mí. Esa piel sensible y tierna que queda expuesta cuando se deja caer la cabeza hacia atrás, descansándola en el asiento. Cada uno de los tentadores latidos que palpitaban rítmicamen-

- ¿Señor? –abrí los ojos de golpe, agradeciendo la interrupción de la aeromoza-. Señor, ¿se encuentra bien? –preguntó con tono amable. Demasiado en el estado en el que se encontraba. Sólo podía pensar en lo mucho que le dolían los pies y la cintura. Eso hizo que volviera algo de mi perspectiva. Era una persona, no un almuerzo parlante. Aún me miraba fijamente, preguntándose qué rayos me sucedía. Me di cuenta de que no le había respondido.

- Sí, sí –solté acomodándome en el asiento-. Lo siento, estoy bien –sonrió forzada pero cálidamente.

- El Capitán ya encendió el letrero de abrocharse los cinturones.

- Oh… -dije mientras buscaba el mío-. Gracias –murmuré mientras lo abrochaba rápidamente, un poco avergonzado por haber estado tan sumergido en mis propios problemas.

- ¿Hay algo más que pueda hacer por usted? –"Por favor, no me obligues a caminar" pensaba para sus adentros, manteniendo la sonrisa automática a pesar de todo. Le sonreí.

- No, muchas gracias –contesté, y después de asentir con la cabeza y de sonreír con algo más de sinceridad, siguió su rumbo hacia su asiento en la parte de atrás. Yo estaba en primera clase. Lo prefería así, no por la comodidad, sino por que siempre había menos cantidad de gente, y eso reducía un poco la cantidad potencial de víctimas. Había tantas cosas que podía hacer para lastimarlos, tantas formas en las que podía perder el control y que resultara fatal para uno de ellos… o para todos.

Detuve mi línea de pensamiento en seco. No podía pensar en ese tipo de cosas. Ya me había tomado los calmantes y no tardarían en hacer efecto. Respiré profundamente y una vez que estuvimos en el aire, encendí de nuevo mi reproductor de música, poniéndolo a un volumen que probablemente hubiera hecho estallar los oídos de un humano normal. Debía relajarme y dejar que el tiempo pasara. Serían casi diez horas hasta México, y no podía perder el control bajo ninguna circunstancia

Bueno, primer capi! Díganme qué piensan, porfis! Me como las uñas! Besotes, y gracias por leer!