Disclaimer: Todo pertenece al inimitable J.R.R. Tolkien. Yo solo lo tomo prestado un poco.

Parece que la inspiración vuelve poco a poco. Espero que os guste ^^


Siempre contigo

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El claro sonido de la campana de primera hora resonó por toda la ciudadela. Un par de palomas echaron a volar, sobresaltadas por el súbito tronar del cántico solitario, allá, en la triste fortaleza.

Gondor amanecía pálido y gris aquella tierna mañana de primavera. El sol aún no calentaba, a pesar de que el solsticio de Verano hacia tiempo que había pasado. La ciudadela blanca se mantenía silenciosa; atenta y expectante ante el inminente peligro que se escondía tras las montañas de la Sombra. Y los habitantes de Minas Tirith miraban al cielo encapotado sin entender porque el astro solar aún no se había dignado a visitarles, conscientes de que el rumor sin nombre que se extendía sobre ellos y que había sobrevivido ya a varias generaciones de hombres, seguía ahí, observándoles, siempre acechante.

Pero ninguna de estas cosas preocupaba en ese momento al pequeño niño que se acurrucaba silencioso en el umbral de la puerta. Puerta que daba al patio de la guardia real, cerca de la Torre Blanca, en donde varios soldados se entrenaban con rudeza. El pequeño levantó unos ojos claros y limpios de las páginas del pesado libro que sostenía entre sus manos y observó con interés como uno de los soldados, el más joven y bajo, aunque con trazas ya de convertirse en un fuerte guerrero, acertaba al otro, más alto pero más lento, con un certero sablazo y conseguía arrojar la espada de su contrincante al suelo.

Los ojos del niño brillaron fuertemente, y una sonrisa de admiración fue extendiéndose poco a poco por su cara. Aunque en ese momento nadie se fijaba en él, pues todos palmeaban y felicitaban al otro joven, que con una ancha y noble sonrisa le tendía la mano a su oponente y se la estrechaba con fuerza.

— Pronto nos superaréis a todos en destreza, mi señor — dijo el otro, inclinando la cabeza con respeto — espero paciente el día en que nos capitaneéis hacia la victoria

El joven, de largo cabello castaño, rasgos fuertes y ojos vivaces, sonrió con orgullo mientras que, con un gesto algo avergonzado, se apartaba algunos mechones sudados de la cara. Giró la cabeza y posó la mirada en el otro muchacho, que rápidamente apartó la vista, volviéndose a centrar en el libro. El joven esbozó una sonrisa burlona y se acercó hasta él.

— Tu turno, hermano — dijo tendiéndole la espada de entrenamiento. El pequeño se acurrucó más contra el hueco de la puerta, y devoró el libro con los ojos, fingiendo repentino interés — Faramir, levanta.

— No quiero

El mayor ahogó un suspiro, y negó con la cabeza mientras tomaba asiento junto a su hermano. Este continuaba leyendo el viejo pergamino, aunque sus ojos no se movían, y sus manos aferraban el cuero de la portada como si les fuera la vida en ello.

— Enano, no seas cabezota — el joven esbozó una picara sonrisa mientras hundía su codo en las costillas del otro. Faramir se tambaleó en su sitio y se vio obligado a soltar el libro y a apoyar ambas manos en el suelo para no caerse.

— Bruto — masculló el niño incorporándose y evitando los ojos de su hermano mayor — no soy cabezota, Boromir. Pero no quiero luchar. No se me da bien

Para sorpresa del otro, el mayor lo miró fijamente durante unos segundos y, acto seguido, echó la cabeza hacia atrás y estalló en sonoras carcajadas. Su risa, fuerte y poderosa, resonó por toda la fortaleza, y de repente el lugar pareció convertirse en algo mucho más calido, mucho más acogedor. Faramir lo miró desconcertado y abrió la boca para decir algo, pero su hermano, con un rápido ademán, cesó la risa y aprisionó su rubia cabeza bajo su brazo, estrechándole con brusquedad.

— Por Elendil. ¿Qué te hace pensar eso, pequeño idiota? — espetó Boromir haciendo caso omiso de los vanos intentos de su hermano por liberarse de su prisión, y de leve tinte morado que estaba adquiriendo su rostro- ¿Acaso no recuerdas el día en que venciste al mayor de los hijos del consejero en una pelea cuerpo a cuerpo? ¿O cuando nos diste una lección en aquella competición de tiro con arco? Hasta nuestro padre tuvo que reconocer que lo habías echo a la perfección.

— Padre dice que el arco no es noble. Que mata al azar — murmuró el otro con voz muy baja y los ojos clavados en el suelo. Boromir cejó la presión y su mandíbula se tensó durante un segundo, al tiempo que sus ojos se endurecían. Con un gesto suave, algo inusitado en él, soltó a su hermano pequeño, lo agarró por los hombros, y con un leve zarandeo le obligó a mirarle.

— ¿Qué mata al azar? ¿Acaso una flecha va sin rumbo?. No, hermano. Las flechas de los orcos matan al azar, las de los hombres de Gondor siempre saben que camino seguir, y son letales para todos nuestros enemigos.

Faramir le miró durante unos segundos, intentando asimilar lo que su hermano le decía. Poco a poco sus ojos relampaguearon con ese brillo inteligente que los caracterizaba, y en su rostro empezó a reflejarse algo de esperanza.

— ¿De veras piensas eso, hermano?

— Totalmente

Faramir sonrió levemente, y Boromir hizo lo mismo, dejando escapar una carcajada, y revolviendo bruscamente el pelo de su hermano pequeño, ignorando totalmente las quejas de este. Ambos apoyaron sus espaldas en el umbral de la puerta, el uno enfrente del otro, en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Faramir observó durante un buen rato la imponente Torre Blanca, que ahora se alzaba sobre sus cabezas amenazadoramente. El niño recordaba que no siempre le había producido esa sensación. Aún podía ver, si se esforzaba lo suficiente, a una mujer, de largos cabellos rubios y piel pálida, asomarse por una de sus ventanas, y mirar al horizonte con melancolía.

— Hoy hace casi cuatro años….— murmuró el niño sin apartar la vista de los sombríos ventanales- que ella se fue.

Boromir siguió en silencio los ojos de su hermano, clavando la mirada en la alta torre. Y no pudo evitar esbozar una triste sonrisa al adivinar sus pensamientos.

— Lo sé. La recuerdo como si fuera ayer.

— Pues yo no — Faramir giró la cabeza bruscamente y miró a Boromir con cierta ansiedad brillando en sus ojos claros — Su imagen casi ha desaparecido de mi memoria. Y me da miedo hermano, me da miedo no poder recordarla. Me asusta casi tanto como la posibilidad de que tu también desaparezcas.

Boromir escrutó a su hermano largamente, percatándose de su respiración agitada y fijándose en su pequeño rostro, ahora contraído levemente por la angustia. Sin decir nada, se llevó las manos al cinturón y descolgó algo de él, algo que depositó en las manos de Faramir. Este miró hacia abajo y abrió la boca con sorpresa.

— Padre te lo ha dado…

— El cuerno de Gondor — dijo Boromir posando su mano en uno de los hombros de su hermano, y obligándole a mirarle — Ha pertenecido a nuestra casa desde hace generaciones, como ya bien sabrás por todos esos libros que lees. Se dice que siempre que se haga sonar, el que lo porte recibirá auxilio. Siempre habrá alguien que acuda a mi llamada en Gondor, Faramir, por eso no debes preocuparte por mi.

— Yo siempre acudiré- replicó el niño, aferrando el gran cuerno de asta de buey salvaje del Este, echo de plata y adornado con caracteres antiguos, como si de ello dependiera su vida.

— Lo sé

Boromir se puso en pie, engarzando el cuerno de nuevo en el tahalí, como era su costumbre. Y acto seguido, le arrojó la espada a su hermano con una irónica sonrisa.

— Y ahora en pie enano, tu entrenamiento no se retrasará más.

Faramir le devolvió una sonrisa idéntica, y se incorporó rápidamente, siguiendo a su hermano hacia el centro del patio. Se sentía capaz de muchas cosas en ese momento. Y pensó que aunque su padre jamás le pudiera volver a mirar como antes de que su madre muriera, a él ya no volvería a afectarle. Que ya no buscaría más su aprobación. Porque siempre tendría a Boromir.

Y sabía que él siempre estaría ahí para protegerle.


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