Advertencia: Este escrito fue elaborado sin fines de lucro, ninguno de los personajes presentes o mencionados me pertenecen, fueron creados por Caridad Bravo Adams y modificados en las distintas adaptaciones realizadas para sus puestas en cine y televisión. La historia está basada en los personajes de la tercera versión de la telenovela (Televisa, 1993): Juan del Diablo (Eduardo Palomo), Mónica de Altamira (Edith González), Noel Mancera (Enrique Lizalde) y muchos otros.

Este relato fue publicado por mí anteriormente en el Foro Internacional de Corazón Salvaje, pero fue editado para su publicación en fanfiction.

Este fic es una escena perdida de la telenovela Corazón Salvaje, corresponde al primer encuentro entre Mónica y Juan del Diablo, su "conversación", sus sentimientos y sobre todo su reacción al encuentro inesperado.

Espero que les guste... es una historia de dos partes. Los guiones indican diálogo y las cursivas pensamientos o ideas.


A primera vista, parte I

Estaba oscuro y el cuarto era un verdadero desorden. ¿Cómo podía ser Aimée tan descuidada con sus cosas? No es que a ella le importara lo más mínimo que su hermana fuera ordenada o no… allá ella y sus cosas, pero si le iba a tocar arreglar sus chiqueros, entonces sería mejor que no tuviera tantos vestidos.

Vestidos… ¡cómo había soñado ella tener hermosos vestidos para salir a pasear con Andrés! Pero ese gran sueño se había convertido en una terrible y real pesadilla. ¡Cómo había deseado despertar y que todo fuera mentira! Pero comenzaba a resignarse… Ahora ella no tendría nunca nada de lo que soñó… ni marido, ni hijos, ni casa, ni vestidos para salir de paseo… ahora no tendría más que dos hábitos.

No le agradaba estar en la casa. Menos ahora que Andrés estaba en San Pedro. Para su mala suerte, su madre (siempre tan complaciente…) había encontrado la fuerza y la forma de hacerla regresar aunque fuera por unos días y ¿para qué? Para encontrarse con Andrés a la primera de cambio…

Esa tarde, después de ese encuentro y de la novedad de que su madre no estaba enferma como decía en su nota, se había quedado sola. Por supuesto que lo prefería, ya que la opción era ir a pasar la velada con su madrina y con Andrés, y a ellos no quería verlos.

Su hermana había convencido a doña Catalina de que la llevara y Mónica se había visto obligada a ayudar a Aimée a escoger un vestido… y lo había hecho a la perfección. Su hermanita parecía una princesa al salir de la casa. Pero como de costumbre, el egoísmo de Aimée la llevó a ignorar la ayuda prestada por su hermana y a dejarle todo el trabajo de recoger el tiradero que era su habitación… seguramente se imaginaba que como Mónica no iba a ir donde su tía podría aprovechar el tiempo arreglando su recámara.

Mónica aún no lograba controlar su frustración por estar de regreso en la casa. ¿Por qué razón se portaban así con ella? Estaba segura de no haberle hecho mal a nadie y sin embargo, todo a su alrededor se desarrollaba para que ella siguiera sufriendo.

Ahora que su madre y su hermana no estaban, tal vez sería capaz de recobrar la calma. Incluso recoger los vestidos de su hermana podría ser de utilidad… por eso se había decidido a hacerlo inmediatamente.

¿Dónde estaba la lámpara? Seguramente estaría debajo de algún vestido de los que debía acomodar... ¿cerca de la puerta que da a la playa? Sí… por allí estaba esa lámpara… Prontamente se acercó al mueble que daba a esa pared y encendió la luz. Todo ocurrió demasiado deprisa… ¿cómo podía ser posible que le hablaran a la espalda, tan de cerca y llamándola por el nombre de su hermana?

– ¡Aimée! –había dicho una voz a sus espaldas, era una voz potente, sedosa y seductora.

Ella se había exaltado y había dado un ligero salto sobre sí misma, alejándose de la voz que la apremiaba.

– ¿Quién es usted? –dijo Mónica apenas en un susurro y con evidente espanto en su mirada– ¿Qué hace aquí?

La novicia había retrocedido de espaldas por la habitación y sus manos cubrían su pecho en una muda oración de auxilio. El marino no pudo dejar de sorprenderse. Aunque la había asustado, la joven no había huido gritando como era de suponer que haría cualquier mujer asustadiza, sino que lo estaba enfrentando… a su manera, pero lo estaba enfrentando.

No esperaba encontrar a esa mujer allí, esa era la habitación de su Aimée… claro que una chica con hábito y en esa casa solo podía ser Mónica, la hermana mayor de su mujer. ¿Sabría la monjita quién era él? Lo averiguaría…

– No se asuste tanto –dijo acercándose a ella y haciendo que la chica terminara pegando a la cama de su hermana– no está frente al demonio.

– N…no estoy asustada –dijo Mónica recobrando un poco su aplomo y dispuesta a enfrentar al hombre que tenía en frente.

¿Quién era ese hombre? Hablaba con seguridad y había entrado sin esconderse… eso le daba una corazonada que no le gustaba nada… ¿cómo se había atrevido a ingresar a su casa y precisamente a ese cuarto? Es más, estaba segura de que la había llamado "Aimée"… ¡Dios bendito! ¿Sería posible? Sabía que su hermana era casquivana, coqueta e incluso un poco atrevida, pero ¡no era posible que se relacionara con este tipo de gente! Armándose de valor agregó:

– ¡Y más vale que se vaya! –amenazó en vano la novicia, que se movía nerviosa intentando buscar un punto de apoyo.

El extraño hombre miraba las cosas de la habitación y la ignoraba. Eso la alteraba más que si hubiera intentado algún acercamiento violento o levantara la voz. ¿Qué quería ese joven de aspecto tan rudimentario?

Juan del Diablo por su parte, se había ubicado de manera que la mesita de la habitación de Aimée se encontraba entre él y la joven y bella novicia. Tal vez de esa manera ella no se sintiera tan amenazada como parecía sentirse… Para aliviar la situación tomó entre sus dedos un vestido que se encontraba sobre la mesa y evitó mirar a la chica que parecía estarse armando de valor para decir algo más.

– Con usted nada… –respondió él con calma– ¿dónde está Aimée? –preguntó sencillamente y sin alterar el volumen de su voz.

Para Mónica aquello fue una confirmación. Era verdad que su hermana conocía a ese hombre y más preocupante aún, él la conocía a ella. Seguramente Aimée había perdido la cabeza…

– ¿Aimée? –dijo aún deseando que no fuera cierto lo que presentía– ¿busca a mi hermana?

Él no respondió a su pregunta. ¡Por supuesto que buscaba a Aimée!, esa chica debía ser lenta… desde su llegada estaba preguntando por la menor de las de Altamira…

– ¿No está? –dijo buscando divertirse un poco a costas de la hermana mayor de su mujer. La chica parecía enojarse más a cada momento, así que la diversión estaba asegurada, ¿o no?

– No tengo por qué informarle y le ruego que se marche.

Entonces Juan del Diablo se dio cuenta de la verdad… Mónica era un adversario inteligente, un poco temeroso, pero inteligente… se reponía prontamente y no parecía dispuesta a dejarse dominar. Probablemente lucharía con uñas y dientes para que nadie la avasallase. Podía notar la mirada altanera de la condesa en el lugar donde debía estar la mirada misericordiosa de la monja. ¡Vaya con la novicia! Eso hacía más interesante el enfrentamiento… y él nunca rechazaba un reto.

– ¿Salió con su mamá? –preguntó notando la incomodidad y el enojo de la señorita que tenía en frente y acentuando el tono intimo que utilizaba.

– Eso a usted no le importa.

La ira contenida de Mónica era más que palpable y Juan la festejó con una leve risa que exasperó aún más a la novicia. ¡Comenzaba la diversión!

– ¡No sabía que las monjas fueran tan enojonas! –y esto hizo saltar a la mujer.

– ¡No voy a tolerar sus estúpidas burlas! Y si no se va… –comenzó a amenazar.

– Además, nunca había visto a una tan bonita –interrumpió el marino a la chica, descolocándola un poco.

Él era conciente de lo que un halago suyo podía provocar, siempre fue su mejor arma para conquistar a las chicas, y era realmente muy bueno en eso. Ahora estaba comprobando de una chica del puerto y una de alta alcurnia en el fondo eran iguales… dinero, posición y linaje no las hacía diferentes en lo esencial. Ya se lo había dicho don Noel en alguna de sus muchas pláticas "todos los seres humanos son iguales, aunque ellos mismos se empeñen en decir que no".

Se acercó un poco a ella y, nuevamente, la chica lo sorprendió con una amenaza.

– ¡Voy a llamar a los criados! –dijo alejándose un poco de él.

Realmente la chica ignoraba que él estaba perfectamente enterado de todo lo que concernía a Aimée y a las de Altamira, y más extraño aún, ignoraba completamente quién era él, ¿supondría que esa amenaza detendría a Juan del Diablo? Jajajaja, era risorio pensar así.

Seguro de sí mismo, se acercó a ella y decidió seguirle un poco la corriente, nadie le iba a arrebatar la diversión que se le servía frente a los ojos.

Ella amenazaba con los criados, ¡pues él le hacía ver su "susto" por tal promesa!

– No, no, no –comenzó a decir Juan, e intentó detenerla antes de que saliera por la puerta.

Mónica, nada acostumbrada a este tipo de situaciones se asustó realmente. ¿Se atrevería ese hombre a sujetarla?, ¿a hacerle daño? Su instinto la hizo saltar hacia atrás y separarse de la mano que intentaba asirla por el brazo.

– En esta casa solamente hay una criada –aclaró él, ahora con voz seria y retadora, para que ella notara que no iba a engañarlo con falsas amenazas.

Estaba verdaderamente asustada. Juan del Diablo se dio cuenta de eso… e intentó hacerla enojar nuevamente para que se le pasara el miedo y regresara la rival de altura que había visto segundos antes… además, la curiosidad por esa mujer estaba abriéndose camino en su mente, no estaría de más saber algo nuevo acerca de Aimée y su familia. Después de mirarla atentamente decidió hablar otra vez.

– ¿Es por eso que se metió de monja? –dijo mirando la habitación nuevamente, pero regresando toda su atención al rostro asustado de Mónica– ¿no soporta que la toque un hombre?

Entonces fue cuando vio a la verdadera rival que el miedo y la sorpresa le habían ocultado. Los ojos de la mujer que tenía en frente eran fieros, su mirada penetrante y sus palabras filosas como cuchillos.

– Lárguese –dijo casi en un susurro, pero con autoridad.

Juan comprendió que lo mejor era dejar la situación pasar. Se daba cuenta que su última apreciación había sido muy personal e íntima y, como lo dijo sin pensarlo, realmente había herido a la chica. Ella realmente no tenía la culpa de que Aimée no estuviera… Solo se encontraba en el lugar equivocado y en el momento inoportuno, no tenía que pagar por el enojo del pirata, ¿o sí?

El dolor que vio asomarse en esa mirada con su último ataque le hizo ver que había traspasado la línea, había sido cruel con ella… no recordaba haber sido cruel con una mujer antes…

Tal vez se debía a ese desasosiego que lo invadía desde que estaba con Aimée y los muchos juicios sobre Mónica que había escuchado de labios de ella. Tal vez era solamente la frustración de regresar de viaje y no encontrarla en su casa… no lo sabía, pero comprendía que lo mejor era dejar las cosas así con su "cuñada".

– Está bien, me voy –dijo retrocediendo hacia la puerta por la que había entrado– Dígale a Aimée que vine.

La mirada de la chica no se suavizó lo más mínimo, ni siquiera se movió de su sitio o hizo intentos de gritar. Solo se quedó mirándolo… fue inevitable que Juan del Diablo hiciera un último comentario antes de marcharse.

– Que Dios la guarde, ¡Santa Mónica! –dijo burlón y consiguiendo que ella lo mirara enojada nuevamente.