Título: If I could just be the object of your desire

Fandom: The Mortal Instruments

Pairing: Isabelle/Clary

Disclaimer: Las tipas son de Cassandra Clare.

Summary: Abriste los ojos. Te diste cuenta de lo mal que estaba eso. Debías apartarte (pero no querías). —Viñeta, Isabelle/CLary. Para Leeh.

NotaAnnayAna: ¡Feliz cumpleaños, espo Leeh! Esperamos que te guste el coso, que te la pases muy bien y blablablah. Te amamos, bitch (L).


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Que te hayan dejado en el Instituto mientras se van a cazar lo-que-sea no te extraña, incluso ya ni siquiera te molesta, porque se podría decir que estás acostumbrada, pero que te dejen allí con Isabelle, eso sí que no lo entiendes.

Te observa con frialdad, pero sabes que es una chica dulce –con, Alec, con Jace–. No entiendes su odio hacia ti, ni su indiferencia, pero te molesta, y te arde, porque no le has hecho nada, ni si quiera le diriges la palabra.

«¿Qué hora es, Isabelle?»

No te contesta, sigue mirando sus uñas. Te ignora. Podrías intentar preguntárle de nuevo, pero no lo harás, no. Porque es lo que ella quiere y definitivamente no estás dispuesta a darle esa satisfacción.

(Debes estar enferma o algo, porque ese pensamiento inmediátamente te lleva hacia otro [donde la besas y ella encaja sus uñas en tu espalda] y eso no puede ser normal.)

Aunque, ¿Cuándo has sido tú normal? Nunca. Por eso tal vez no detienes las imágenes que de pronto se pegar tras tus parpados, todas bizarras pero adorables. Son inevitables, te dices, y si abres los ojos, todo es peor, porque la vez, tan malditamente perfecta y horriblemente hermosa.

Te observa mirándola y un «¿Qué?» seco brota de sus labios.

«Nada.» Contestas a la defensiva, pero encogiéndote de hombros para intentar ocultarlo.

Pero no lo logras, al final, y ella lo nota. Lo sabes porque te sigue mirando, y sus ojos negros se vuelven más oscuros pero brillan de algo y quieres dejar de mirarla. El problema es que ya te atrapó, y al parecer, no te dejarará ir.

Cuando menos te das cuenta, estás a un paso de ella. Puedes ver claramente la sorpresa y el disgusto en su cara (pero hay algo más, algo que suaviza sus facciones y hace brillar sus ojos). Y te impulsa a seguir, a continuar. Un paso, sólo uno. Pero tus pies parecen estar pegados a la tierra. Abres la boca, unas cuantas veces, y no sale nada.

Entonces, Isabelle te jala hacía ella.

Presiona sus labios contra a los tuyos y comienza a moverlos insistentemente, con una mano en tu nuca, te impide apartarte. Sus ojos están abiertos y los tuyos se cierran conforme te relajas. Y sabes que en algún momento ella también los cerró. Tomaste su largo pelo en tu mano, y era escurridizo como agua negra y suave. Lo amaste.

(Lo detestaste)

Pronto, no sabes cómo en algún instante te recostó sobre el sofá. Estaba sobre ti, tocándote la cintura y besándote los labios, mordiéndolos y bebiendo de tu risa.

Tú movías tus manos por su cuerpo, primero torpemente y segundos después con seguridad. Desplazó sus labios a tu barbilla, tu cuello y tú jadeas y estás segura de que un poco más y te hubieras ahogado con tu propio aliento. Pero ella no paró, al contrario, continuó. Y te mordió el hombro en algún momento, y supiste que te estaba odiando, no te estaba queriendo, porque no le caes bien, y las dos son chicas y está mal. Cada beso es un «te detesto», cada mordida un «te odio» y cada toque un «no te soporto».

Abriste los ojos. Te diste cuenta de lo mal que estaba eso. Debías apartarte (pero no querías).

Así que ella lo hizo. Acomodó su cabello y sus ropas, limpió su boca con el dorso de su mano y salió de allí. Lo último que escuchaste fue el golpe de la puerta al cerrar, antes de tirarte a la silla de nuevo.