Disclaimer: La saga "Crepúsculo" le pertenece a la autora Stephenie Meyer. La historia a continuación es de mi completa autoría y el uso de sus personajes es únicamente con fines de recreación sin fines de lucro.


"Dr. Edward Cullen: El que cura muchachas"

— ¡Ah, Edward! — gimió una mujer al otro lado de la pared de mi habitación.

Completamente molesta tomé mi almohada y la coloqué sobre mis oídos en un intento de acabar con los sonidos.

¡Ya estaba harta!

Bufé aún más irritada al comprender que mi intento no había dado fruto y los sonidos aún eran perceptibles.

Mi "comprensivo" vecino, el guapo pero odioso Edward Cullen, tenía como costumbre pasar noches locas de pasión con una mujer diferente cada vez.

Y no es que yo piense que la gente no merece liberación y gratificación sexual periódica. ¡Afrodita me guarde de eso! El predicamento de la situación era la expresión fónica de la gratificación.

La chica de esta noche había resultado ser una gritona con increíbles alcances vocales.

Después de unos minutos y un fuerte grito el ruido acabó.

¡Gracias Alá!

Me dispuse a dormir cuando una nueva ronda de gemidos comenzó. Genial.

Simplemente genial.

Me desperté con el sonido incesante de la maquina despertadora que descansaba en la mesa de noche. Me levanté y a regañadientes me dirigí al baño de mi habitación.

Las inmensas ojeras de un color violáceo y nauseabundo no me impresionaron, ni siquiera lograron preocuparme; más bien incendiaron la mecha de mi enojo contra el idiota de Edward.

Después de un gratificante baño que consiguió serenarme y de vestirme para el trabajo, me encaminé a despertar a Kimberly.

— Preciosa — susurré besando sus mejillas — Despierta pequeña princesa.

Le hice leves caricias en su abdomen y me regaló su hermosa risa mientras abría sus imponentes ojos azules.

—Buenos días Kimy.

La acaricié de nuevo y la cargué en mis brazos, recordando con nostalgia cuando no era más que una bebé.

— Hola Bella — contestó radiante, muy diferente a mi despertar — ¿Ayed Edwad cudó a ota muchacha ciedto?

Su precaria forma de comunicarse siempre me sacaba una pequeña sonrisa. Aún batallábamos con las erres.

— Si linda.

Mi cara debía ser un poema. Un intento de sonrisa, tratando de esconder la repulsión.

— Pelo a ella le dolía mucho poque gitaba — aseguró preocupada y con su ceñito fruncido.

Suspiré.

Para nuestra desgracia nuestras habitaciones estaban unidas por una pared al dormitorio de Edward; así que Kimy era escucha libre de paga de los espectáculos para adultos que se montaba nuestro comprensivo vecino. La difícil situación en que me ponía el hecho de que ella escuchara era aún peor que mi falta de sueño reparador. No podía decirle a una niña de apenas cuatro inocentes años que Edward Cullen únicamente saciaba sus compulsiones sexuales como cualquier hombre normal de su edad y condición física; aunque un poco más conducido por tendencias ninfómanas.

"¡Excelente forma de explicarlo Bella! Deberías comentarlo con Kimy", comentó mi voz interna con un tono burlesco.

Kimy sabía que Edward es médico, así que me valí de eso para inventarme que él curaba muchachas enfermas por las noches como un acto de caridad y debido a que sus dolencias eran demasiado fuertes, las 'pobres' gritaban de dolor.

Claro, un 'dolor' que las dejaba inertes viendo estrellitas de colores y con los músculos relajados.

— Bueno linda, vamos a bañarte nos esperan en el kínder.

La alisté para su día mientras cuidaba de no arrugar mi ropa. Ambas teníamos que estar presentables, ella por ser una pequeña alumna y yo por ser una de las maestras.

Le coloqué el colgante que nuestra madre le regaló siendo una bebé. Dentro descansaba un pequeña foto de nuestros sonrientes padres el día de su boda. Suspiré suavemente para no perturbarla.

A pesar de ser una mujer adulta, aún necesitaba de mis padres. Y su muerte tan trágica hacía apenas un año y unos cuantos meses me había dejado devastada. Mi único consuelo fue Kimberly.

Esa pequeña bebé que me entregó la policía mientras los paramédicos le curaban los pequeños cortes que tenía en sus bracitos, resultado de la colisión que sufrió el auto de mi padre en una curva de la carretera hacia nuestro pueblo natal.
Mamá y papá murieron en el instante. De ese modo, ambas nos volvimos huérfanas. Legalmente Kimberly pasaba a mi total resguardo y lo acepté sin rechistar ni una tan sola vez. Mi pequeña hermana me había dado fuerzas para reponerme y superar de a poco mi duelo. Ella me necesitaba y era un recuerdo permanente de mis padres.

Volví de mis recuerdos y tomé su mochila y lonchera. Ella me sonreía desde la puerta calentando mi corazón. Salimos de casa, a enfrentarnos a un nuevo día.

ӝӝӝӝ

Después de una larga y ajetreada jornada, se llegó la hora de regresar a casa. Durante el camino Kimberly me relató sus aventuras del día y me contó con desgano que tenía tareas que hacer; a lo que reí. Era una pequeña dramática.

Durante la tarde trabajé un poco en las tareas pendientes para la semana siguiente, mientras Kimy me acompañaba coloreando animada sus 'odiadas' tareas; y una vez las terminó, nos dedicamos a jugar a las princesas y el té.

La noche llegó en un abrir y cerrar de ojos. Preparé la cena y comimos en un cómodo silencio, ya que mi pequeña estaba demasiado cansada para concentrarse en otra cosa que no fuera mantener los ojos despiertos y masticar. Su baño la relajó completamente, y mientras la vestía con su pijama se quedó dormida pacíficamente.

Sonreí al verla tan tranquila y besé su frente luego de acomodar las mantas de su cama. Su rostro era idéntico al de mi madre. Era hermosa.

El departamento estaba en completo silencio y no había nada más que hacer. Me dejé caer en el sillón recordando que era viernes y decidí que unas películas antes de irme a dormir me harían reír un poco.

El teléfono de la casa sonó mientras vertía un poco de refresco en un vaso. Regresé a la sala con el vaso y un bol lleno de palomitas que deje en la mesa de centro mientras me acercaba a contestar sin detenerme a ver quién llamaba.

— ¿Diga?

— ¡Bella! ¡Es viernes por la noche! ¡Tienes 15 minutos para vestirte y salir a perder la conciencia conmigo y con Rosalie! — gritó una descontrolada Alice a través del auricular que inmediatamente alejé de mi oreja. Mis tímpanos eran capaces de captar su voz desde lejos.

— Lo siento Alice — contesté riendo ante su tono — Kimberly.

Esa fue toda mi explicación. Sonreí. Tal como Alice decía, las mejores amigas no necesitan muchas palabras para comunicarse.

— Por el amor a Dios, ¡consigue una niñera! — su tono de voz irritado me divirtió aún más. El pequeño bufido que soltó me sacó una pequeña sonrisa.

A pesar de ello, cambie a un tono de voz serio. Nos es que no me agradara salir con ellas a divertirme, pero tenía responsabilidades que cumplir y una de ella era asegurar la estabilidad emocional de mi hermana y no exponerla al trato personas desconocidas.

— Lo siento, pero sabes muy bien que no puedo. Otro día Allie.

— De acuerdo, ¡aguafiestas! Te veo mañana. Te quiero.

— Igual Alice.

Colgué feliz. A pesar de mi negativa sabía que mis amigas comprendían mi situación y me apoyaban. El tono de voz de Alice no era de reprobación sino de cariño y comprensión.

Ya que me embargaba un sentimiento de alegría me decidí a ver una película en la misma línea y me senté a verla en mi sofá. Hugh Grant me hizo reír y suspirar muchas veces hasta que de un momento a otro me dormí.

En mi sueño Edward me tomaba de la mano y caminábamos juntos por un parque con Kimberly. Su sonrisa era hermosa y su cabello cobrizo brillaba radiante con la luz del sol. Era perfecto.

Sus esmeraldas verdes me contemplaban con adoración y mis rodillas temblaban como gelatina.
Kimy corría tras unas inocentes palomas que comían con parsimonia algunos trozos de pan en el suelo. Él volteaba hacia mi, y sus dos poderosas manos acariciaban mi rostro y supe que iba a besarme. Su rostro se acercaba al mio lentamente y su aliento aumentaba mis ansias.
Justo cuando sus labios estaban a escasos milímetros de los míos unos gritos en el pasillo me despertaron.

Con una de mis manos limpié el sudor de mi frente y trabajé en recobrar el ritmo cardíaco y mi respiración. Una vez me recuperé, los ruidos llamaron mi atención.

— ¡MALDITO! — gritaba una mujer colérica. Su voz estaba cargada de indignación.

— ¡Tanya, cálmate! — pidió un hastiado y desesperado Edward. Me tensé y después sonreí maquiavélicamente.

Una mujer se encontraba gritándole a viva voz a Edward Cullen, no podía perdérmelo. Lo consideraría una retribución por las tantas noches sin dormir.

"Tu único resentimiento es no ser la que grita", me susurró mi conciencia y gruñí. No quería pensar en eso y tratando de evadir mis pensamientos me acerqué a mi puerta. La abrí un poco, lo suficiente como para visualizarlos a ambos. Y en silencio me dispuse a ser fiel observadora del acontecimiento del siglo.

— ¡¿COMO QUIERES QUE ME CALME?! — preguntó irritada una esbelta pelirroja. Su rostro era hermoso a pesar de que sus senos se veían demasiado falsos y el vestido que portaba apenas cubría su cuerpo. Reprimí una arcada al contemplar el tipo de mujeres con las que Edward compartía intimidad.

— ¡Fue un error! — profirió mientras su blanca mano halaba su sedoso y sexy pelo cobrizo.

"¿Con que 'sexy', huh?", la vocecita en mi mente se lo estaba pasando en grande. Y yo me sentía cada vez más confundida.

— ¡DIJISTE BELLA! — gritó la pelirroja completamente irritada y fuera de sí — ¡ESTABAS CONMIGO Y DIJISTE B-E-L-L-A!

Mis ojos se abrieron desmesuradamente y mi respiración se atoró. Era una completamente estupidez negar que yo estaba enamorada de Edward Cullen. Lo amaba desde que fue mi mejor amigo en secundaria y manteníamos aún una amistad. Me apoyó mucho con la muerte de mis padres, pero me había alejado para no lastimarme más con las constantes mujeres que entraban y salían de su vida. Kimberly lo quería mucho, pero no era sano para mi y tampoco era un modelo de vida que Kim debía asimilar a pesar de no comprenderlo del todo.

Poco a poco fui analizando las cosas. Él musitó mi nombre en medio de una noche con otra mujer. ¿Eso significaba que...?

— ¡Tanya! — contestó él irritado por la indiscreción de la pelirroja mientras sus ojos refulgían de enojo. No supe como interpretar su accionar. ¿Le daba vergüenza?

— ¡TANYA NADA! — profirió la loca pelirroja con una mueca dramática y falsa — ¡SE ACABÓ EDWARD CULLEN!

— ¡No había nada entre nosotros! — respondió él muy enojado y con un tono de voz que solo usaba cuando estaba tenso y furioso — Y sí, yo amo a una Bella, y ella es mucho mejor que tú en todos los sentidos. Así que quiero que desaparescas de mi vista inmediatamente. Y que te quede claro que entre tú y yo no existe, ni existió, ni existirá algo porque de todos modos ni puedo tener orgasmos con tus quejidos de cacatúa y tu actuar tan estúpido y superficial.

Me congelé ante sus palabras y al parecer fueron el colmo para la plástica pelirroja que gritó como loca y se fue corriendo por el pasillo maldiciendo a Edward.

Una parte de mi sintió unas imperiosas ganas de reír descontroladamente, pero yo seguía petrificada por el significado de las declaraciones de él.

"¡ME AMA!", pensé con un gritito en mi cabeza. La felicidad bullía en mi corazón al saberme correspondida después de tanto sufrimiento y porque no decirlo, falta de sueño.

— Sí, Bella Swan — afirmó Edward con su sonrisa torcida — Sí te amo.

"¡MIERDA! ¡Pensé en voz alta!", me recriminé.

— Sigues haciéndolo hermosa — susurró después de una carcajada que sonó como cantar de ángeles en mis oídos de tonta enamorada.

Me levanté del suelo y abrí la puerta. Él me miró con un brillo especial en los ojos, mientras se colocaba delante de mí en el rellano de la entrada al departamento.

— ¿Puedo pasar? — preguntó sonriendo de lado, y hasta mis bragas temblaron.

— Claro — susurré temblorosa apartándome de la entrada. Con su andar felino camino los pasos que lo separaban de la puerta y la sala. Su esbelto cuerpo se dejó caer elegantemente sobre el sofá en el que minutos antes soñé con él.

— Supongo que se llegó el día en que me anime a contártelo todo mi hermosa Isabella.

Su sonrisa era arrebatadoramente bella. Capaz de congelar el tren de mis pensamientos y hacerme pensar únicamente en que parecía más un dios griego que un simple mortal.

"¿Decirme todo?", me pregunté en medio de mi adoración enfermiza.

— Sí Bella, confesártelo todo — su mirada era intensa. Su mano me indico que me sentara a su lado y no dude en obedecer rápidamente.

— Mi mente trabaja mal. Digo todo en voz alta.

— A mí me encanta que sea así Bells — una de sus largas manos acariciaba mi mejilla sonrosada mientras profería sus palabras. Era tan apuesto y mi corazón latía demasiado deprisa. Su roce era como una corriente eléctrica placentera, me recorría por entera. Con un susurro le pedí que continuara. Necesitaba que hablara pronto, antes de dejarme llevar por mis desconocidos instintos.

— Pues... yo... — su tartamudeo calentó mi corazón. Nunca lo había visto nervioso, pero era adorable. El gran Edward Cullen, el presidente de la clase en secundaria, el estudiante estrella en la facultad de Medicina, el más grande conquistador de mujeres temblaba ligeramente ante mí.

— ¿Sí? ¿Tú qué Edward? — a pesar de mi estado mi voz era suave. Estaba tan enternecida y halagada ante su nerviosismo. Mi mente y corazón sabían perfectamente que era lo que él tenía que decirme; pero deseaba profundamente escucharlo de su boca. Grabar en mi memoria sus ojos, su tono de voz y sus caricias mientras me confesaba sus secretos.

— Desde que tengo memoria me acuerdo de ti — dijo, con melancolía y dulzura — Desde que las niñas me empezaron a gustar tu nublaste mi mente, pero nunca dije nada por miedo a tu rechazo. Crecimos, pero en secreto siempre te amé, las demás mujeres que desfilaron en mi cama eran un intento para olvidarme de ti porque me decía a mí mismo que no era merecedor de ti.

Mi corazón bombeaba muy rápido y sin duda la alegría recorría mis venas llenando cada recoveco de mi cuerpo con la más pura felicidad. Por fin mis sentimientos eran correspondidos. Sentía, y sabía, que todas aquellas noches de tristeza y desvelo tenían recompensa.

— Pero yo entiendo si tu no me amas. Es totalmente comprensible. Mi comportamiento ha sido incorrecto y hasta reprochable.

A pesar de ser orgulloso y a veces altanero, bajó la mirada y contempló sus manos. Sus mejillas se sonrosaron de vergüenza y fue todo lo que necesité ver. No resistí más, levanté su barbilla y susurré un "Siempre te he amado" antes de lanzarme a devorar sus labios con un hambre que no conocía.

Él respondió inmediatamente y llevó sus manos a mi cintura, tomándome posesivamente. Y de nuevo la electricidad causo un escalofrío en mi cuerpo, pero esta vez de placer.

Cuando el aire faltó, su boca se deslizó por mi cuello, conociendo y marcando. En ese exacto momento olvidé todo y me dejé llevar. Me levantó en brazos y se dirigió a mi cuarto. Me recostó en mi cama y se posicionó sobre mí sin dejar caer su peso.

Prenda por prenda nuestra ropa desapareció, dejándome sorprendida con su belleza y su masculinidad. Sus besos recorrieron todo mi cuerpo con adoración, dejándome saber que el también disfrutaba de mi apariencia.

Después de los besos y caricias el momento de la verdad llegó.

— Edward, soy virgen — susurré apenada bajando la mirada y rogando que fuera gentil conmigo. El miedo se instaló en mis terminaciones nerviosas. Lo amaba mucho y esperaba que su amor fuera tan grande y capaz de ser suave y considerado.

— No bajes la mirada princesa — levantó mi barbilla y me dio un beso cargado de amor, respeto y agradecimiento — Me enorgullece saber que soy el primero y el último. Porque Isabella Swan, eres mía tal como yo soy tuyo.

— Solo tuya — susurré en confirmación y se adentró en mí por primera vez.

El dolor inicial fue agonizante, sentí como si mi cuerpo se desgarraba, pero sabía que era normal, que tenía que pasar ese dolor. Sus besos eran una distracción, y una confirmación de que estaba haciendo lo correcto amándolo.

Después de unos minutos en los que él me esperó como todo un caballero, el dolor se convirtió en placer. Mis gritos eran cada vez más grandes, no sabía cómo controlar las sensaciones. Quería acabar con ello, quería más de lo que él me estaba dando, quería algo pero no sabía muy bien que era. Luego de unos minutos supe que era lo que buscaba, cuando el culmen del placer nos llegó al mismo tiempo. Dejándonos exhaustos, felices y complacidos.

— Te amo — susurró suavemente antes de unir sus labios a los míos castamente.

Unas traicioneras lágrimas abandonaron mis ojos.

— Yo también te amo.

Y en medio de la felicidad absoluta de sabernos amados, nos abandonamos al sueño.

ӝӝӝӝ

Los rayos del sol en mi rostro me despertaron y bufé enojada por el hecho de que olvidé cerrar las malditas cortinas. Miré el reloj, eran las once y treinta minutos. Arqueé una ceja ante la extrañeza de no encontrar a Kimy conmigo. Como costumbre ella se despertaba a las ocho y se movía a mi cama para dormir unas cuantas horas más en mis brazos.

Como si se tratara de un tornado todas las imágenes de la noche anterior se colaron en mi mente y fui consciente del peso de la mano de Edward en mi cadera. Me impulsé como un resorte para quedar sentada en el colchón. Él estaba acostado de lado, con su cabellera brillante y sus ojos completamente abiertos.

— ¿Bells? ¿Qué sucede cariño? — preguntó asustado, sentándose. Traté de no prestar atención a la deliciosa forma en que se contraían los músculos de su abdomen.

— Kimy — dije simplemente. Levantándome y colocándome con vergüenza una pijama. Él también se puso de pie y tuve que voltear para no saltarle encima y dejarme llevar por mi libido. Él río musicalmente. Y lo maldije por saber guapo e irresistible.

Se colocó su ropa rápidamente y tomando mi mano salió conmigo de mi habitación, en una pseudo 'caminata de la vergüenza'. Dentro del departamento sólo se escuchaba el sonido de la televisión. Y efectivamente, en la sala encontramos a Kimberly sintonizando sus caricaturas favoritas del fin de semana.

— Buenos días princesa — la saludé abrazándola enternecida, y ella se colgó en mí como un pequeño chimpancé bebé. Reí por las cosquillas que me causo.

— Hola — contestó sonriendo y dejando un beso en mi mejilla — Hola Edwad.

— Hola preciosa — la tomó de la cintura y ella se volteó hacia él contenta y dejándose mimar por sus besos.

— Kimy, ¿llegaste hoy en la mañana a mi habitación? — pregunté sonrojándome y temerosa de la respuesta. Yo, Bella Swan, que me prestaba de estricta y temerosa de exponerla a situaciones perturbadoras, me había atrevido a ponerme frente a sus pequeñas narices desnuda y junto a un hombre en igual condición.

— Sí, pelo estabas con Edwad y estaban dodmidos — relató ella riendo y con un tono tierno — Así que los deje dodmid.

Me enternecí tanto que mi corazón se derritió de amor.

— ¿Bella? — preguntó curiosa viéndome directamente a los ojos desde los brazos de Edward.

— ¿Sí mi amor? — la tomé suavemente y la acuné en mi pecho.

— Estabas enfedma ayed — susurró riendo y escondiéndose en mi pecho. Me sonrojé brutalmente, mientras Edward me miraba curioso y con una sonrisa en los labios ante la escena.

— ¿Enferma? – preguntó con la curiosidad pintada en su rostro — ¿Porqué lo dices Kimy?

— Es que Bella dice que las muchachas gitan contigo poque las cudas cuando están enfedmas —contó ella sonriendo. Edward rompió en risas y me sonrojé aún más.

— Bueno Kimy, tienes razón. Ayer tu hermana estaba grave — aseguró divertido y con un brillo en sus ojos que sólo había visto la noche anterior. Temblé.

— Entonces quédate todas las noches a cuidadla — pidió una inocente Kimy.

— Planeo hacerlo Kimy — aseguró él con una sonrisa lasciva — Planeo hacerlo…