Título: Galletas

Ranking: M (Lemon al Final)

Sumary: Una genio de las matemáticas, una escuela loca por conseguirla de tutora y el idiota albino que conoce el precio por tenerle. ¿Qué tantos líos puede un paquete de galletas causar?

Advertencias: Lemon Final/UA/Quizás un poco de OoC/Diferencia de edades/Tema Escolar.

Pareja: InuYashaxKagome

Disclaimer: Todos los derechos de creación de InuYasha son de la maravillosa Rumiko Takahashi. Inu no me pertenece.

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Hermana

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— ¿Estás consciente de que te puedo denunciar?

InuYasha gruñó como respuesta a la hermana mayor de la familia Higurashi y Kagome casi se desmayaba en su sitio ante la amenaza.

¡Lo había olvidado por completo, ahora existía algo llamado ley!

No era aquella lejana y primitiva época, dónde las chicas a su edad se desposaban con hombres mayores, actualmente era muy mal visto que una estudiante tuviera una relación de ese tipo. Estaba tan ensimismada en su aparente felicidad que no recordaba las circunstancias en que se hallaban.

¿Por qué el inútil de InuYasha tuvo que nacer antes? Y para colmo, su hermana había resultado ser Kikyou…

Vaya karma con sus reencarnaciones.

Kikyou estudió con calma sus rostros llenos de confusión y desesperación, disfrutando poner en aprietos a su ex novio y ahora cuñado. El ambarino la retó con la mirada varios segundos antes de que ella utilizara su sonrisa burlona y él apartara su insignificante desafío de la mesa. Por un segundo le pareció verlo con unas tiernas orejas blancas algo caídas pero no le dio importancia a su visión. Era imposible.

— ¿De verdad lo harías, Kikyou? —Preguntó su hermana al verla tan seria con el tema. Aunque la más pequeña se veía realmente consternada no funcionaría su mirada de cordero degollado en esta ocasión. No importaba cuánto quisiera a su hermanita y que fuera su consentida, no cedería en algo tan importante como el hombre al que le confiaría a alguien de su familia. Menos si ya conocía al idiota.

Los ojos castaños siguieron mirándola con ternura, causando que no pudiera resistir por mucho.

Bueno, por lo menos era un idiota noble.

—Creo que puedo pasarlo por esta ocasión. — Mencionó casi al descuido, tratando de evitar el tono venenoso en su voz y las ganas de gritar que ella merecía algo mejor. Para su desgracia Kagome lo quería y tenía que aceptar esa dolorosa verdad por el resto de sus días. Excepto quizás si consiguiera a alguien mejor… Los miró, observando la felicidad resplandeciente que emitían ambos y consideró perdida su causa. —Solo tengo una condición. —Añadió. —Sigues siendo menor, así que si él jura no tocarte…

Al instante el albino escupió el vaso de agua que había estado tomando sobre su rostro y volteó la mirada hacia el techo como si de pronto hubiera algo demasiado interesante que ver. Con el gesto contraído, Kikyou retiró lentamente el asqueroso líquido con un pañuelo de su rostro y buscó la reacción de Kagome pretendiendo no pensar en nada, pero esquivaba la mirada con un fuerte sonrojo cubriéndole el rostro.

No hubo más que decir.

Con toda la dignidad, y porte de una mujer distinguida, la heredera del templo Higurashi desenfundó su arco y flecha para vengar el honor de su familia y acabar con el canalla.

Su cuñado notó de inmediato su gesto, recordando con claridad porque no le gusta ir a ver a Kikyou al pequeño dojo del Templo cuando los visitaba.

Si se enojaba, era peligroso que tuviera armas al alcance.

Sus pies reaccionaron por sí mismos antes de correr a la puerta y tratar de salvar su vida y más importante, escapar de un posible atentado contra sus herederos.

La pelinegra vio con horror cómo su novio huía y su hermana mayor iba a su encuentro, lista para vengar cualquier ofensa que creyera que había causado.

Quiso replicar que cualquiera que fuera su castigo era bienvenido siempre y cuando no lo dejara impotente, pero no le dio tiempo a nada. Antes de darse cuenta y pretender alcanzarlos, los dos estaban lejos de su alcance, mirando sus figuras en la lejanía correr hacia el horizonte, con el eco dela voz de aquella orgullosa mujer resonando en todo el lugar.

—InuYasha… ¡Te mataré!

Hubiera reído por la ironía de la escena, si no estuviera a punto de perder a sus posibles hijos a manos de la tía.

— ¡Hermana, por favor! ¿No puedes pasarlo por alto? ¡Vas a volver a matarlo!

Verla de ese modo, a la persona que había guardado sus emociones por años, le hizo sonreír.

Y así, mientras una persecución ridícula era llevada a cabo, ambas mujeres rememoraron el vínculo que habían compartido durante toda su vida y ahora, drásticamente cambiaría.

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—Es hermosa. —Exclamó, emocionada. Su madre sonrió orgullosa, sintiéndose aliviada de su reacción.

La miró, con sus grandes ojos color miel y aquella piel más blanca que el papel.

Su hija siempre había sido una niña inexpresiva y de pocas emociones reflejas en su rostro infantil, le preocupaba el hecho de que su padre nunca estaba cerca por el trabajo y ella era la única persona con la que convivía, además de su abuelo.

No tenía amigos de su edad, pero con la llegada de la pequeña bebé a la familia estaba segura que jamás se volvería a sentir sola.

Para Kikyou, el verla era como encontrar un objeto valioso que había perdido, la mitad de su alma. En esos orbes de chocolate, en la sonrisa de su rostro redondo había algo que le agitaba el corazón y la hacía sentir que había encontrado a alguien muy especial para ella.

—Su nombre es Kagome, será tu hermana menor.

Hermana. Eso sonaba bien.

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— ¡Kagome!

—Estás acabada. —Masculló una chica castaña con burla. —Kikyou te encontró.

La morena le lanzó una mirada venenosa, retándola a burlarse nuevamente, y giró con una sonrisa llena de falsedad. Creyó que esta vez podría escaparse a la astuta y molesta mirada de la mayor.

— ¿A dónde ibas?

Bufó con fastidio.

Desde que se había convertido en una estudiante sobresaliente en la clase de matemáticas varios niños habían empezado a molestarla y a acosarla para pedir ayuda, pero su hermana apenas se había enterado acudió de inmediato a amenazar silenciosamente a todo el salón, tratando de protegerla.

No era algo malo la mayoría de las veces, sabía cuánto cuidaba de ella y de verdad que la quería como a nadie pero había empezado a exagerar tanto en su cuidado que ni siquiera podía salir por la ciudad de paseo con su amiga Sango sin contarle detalladamente de qué lugar irían a visitar.

—Yo solo…

—No tienes permiso. —Interrumpió. —Es peligroso.

— ¡Voy con Sango! ¡Ella es mayor!

—Y son más de las cuatro, si van al centro tardarían por lo menos dos horas en cualquier actividad que hicieran y regresarías cuando estuviera por ocultarse el Sol.

—Pero…

—Vamos a casa.

No protestó. Era imposible ganarle a la sobre protectora de Kikyou.

A cambio, harta de su ridículo comportamiento, esa misma noche decidió fugarse a la casa de su amiga, esperando… No sabía lo que estaba esperando, pero no quería que se entrometiera más en sus asuntos y siguiera controlando su vida.

Pero mientras vagaba sin sentido, contemplando la vista nocturna fue retenida por unos sujetos de aspecto descuidado y expresiones repugnantes que huyeron a los pocos segundos con el sonido de las patrullas que se acercaban, llevando a su madre y a su hermana en su interior.

Había sido una suerte que Kikyou se sintiera culpable esa noche y fuera a buscarla, que no la encontrara y pensara de inmediato en la casa de Sango, que fuera lo suficientemente alarmista y paranoica para arrastrar a los policías con ella y causar el escándalo que los alejó de ella.

Kagome regresó en brazos de su madre llorando amargamente, prometiendo no volver a hacerlo. Los policías le interrogaron brevemente sobre los hombres que apenas alcanzaron a ver en su huida, pero estaba tan asustada que no recordaba nada de sus caras. Buscó la mirada de su hermana pero ella solamente acariciaba cariñosamente su cabeza sin verla, sin sonreírle, sin decirle nada.

Desde ese momento en adelante Kikyou dejó de seguirla a todas partes, vigilándola solamente desde la distancia.

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Kikyou se había enamorado.

A pesar de su silencio y discreción, el amor en sus ojos era tan evidente que Kagome de inmediato exigió conocer al culpable. Ella le contestó, sorprendida de que estuviera interesada en sus asuntos, que si quería verlo lo traería a comer algún día.

Ese momento llegó más pronto de lo que esperaba.

No entendía como su adorada hermana había terminado fijándose en un idiota molesto, huraño y gruñón, que aparte de todo se atragantaba sin culpa con el supuesto regalo que había llevado para su familia.

Galletas. Galletas cubiertas de caramelo suave y colorido amarillo que fueron deliciosas los segundos que las probó, convirtiéndose de inmediato en su postre favorito, y ganadas con sudor y sangre en contra de aquella bestia mal hablada que osaba tocar a la pelinegra mayor.

No sabía si estaba molesta por ella, por su hermana o ese desconocido. Aunque también era muy guapo y causaba que su estómago sintiera cosas raras y sus mejillas se tornaran rojas sin razón.

La primera comida fue un desastre, con ellos compitiendo en quién acababa más rápido con todo sobre la mesa y la atención de Kikyou, la misma que tenía una sonrisa curiosa mientras permanecía observándolos en silencio. Los meses pasaron y las visitas frecuentaron, cada vez que se veían se convertían en enemigos mortales que platicaban con descaro sobre cualquier cosa, a pesar de la diferencia de edades.

Fue así como Kagome se enteró que las galletas las había comprado su hermana pensando que le gustarían, y el perro las había peleado por celos a ella. Sin embargo, ambos terminaron fascinados por el sabor.

Se creó entre ellos un lazo de confianza distinto, extraño, como si siempre se hubieran conocido y fue agradable combatir en verdaderos duelos a su lado hasta que un día simplemente dejó de ir.

Kikyou y él habían terminado.

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La noche se veía tan bella y melancólica como solo ella podría apreciarla, acompañándola en su malestar. Su ánimo definitivamente no era el mejor de todos.

La luz remarcó su rostro, esa enigmática aura que producía la Luna antes de desfallecer lo acoplaba todo a las circunstancias. Antes de entrar a la casa quiso sentarse un rato en el árbol sagrado a pensar.

Era lo que necesitaba, pensar. En todo lo que le había sucedido, en las cosas que faltaban. En el inevitable hecho de que esa noche, una hermosa noche, su hermana ya…

— ¿¡Kikyou!? —Llamó con sorpresa la persona que rondaba sus pensamientos. Se acercó con cautela, observándola más bella que ninguna, en aquél momento estando a punto de perderla. —Oye, te estuve buscando y… ¿estás llorando? —La pelinegra negó.

— ¿Por qué? —Musitó con voz endeble, exponiendo su debilidad ante ella, el ser que sin ninguna razón la desmoronaba sin dificultad. —No lo entiendo, ¿hice algo malo?

—No entiendo tu pregunta…

— ¡Te vas a casar con ese idiota! —Arremetió, golpeando suavemente su pecho con el índice de su mano derecha. — ¡Me vas a dejar! ¡Nos abandonarás a mí, a mamá y a Souta! ¡Estoy segura que si el abuelo viviera pensaría igual!

Aquella chica la miró con sorpresa, desarrollando rápidamente una marcada mueca de pánico.

—Kikyou, ¿no me digas que aún estás ena…?

—Por supuesto que no, tonta. —Interrumpió fríamente, recuperando aquella mirada de muerte que era capaz de controlar a las multitudes de su escuela. Kagome trató de tomarla entre sus brazos, acercándose con cautela a su hermana. Tras de ella pudo ver el reluciente cristal de una copa, una botella semi vacía y el aroma a alcohol impregnado en su sistema, arremolinado con forma de sonrosadas mejillas. —Yo… Yo dejé a InuYasha por ti. Nunca te pondría por encima de nadie.

No podía creer lo que estaba viendo. Kikyou casi nunca tomaba, pero cuándo lo hacía sus borracheras solían ser un caos emocional difícil de controlar. Era como si todas aquellas palabras y emociones que no expresaba en el día a día se juntaran en su garganta y amenazaran con hacerla explotar. Sintió el temor y la culpa atascándose en su garganta.

Era tan diferente del pasado. No era la hermana que había querido y odiado tanto, ni aquella sacerdotisa valiente que conoció hace muchos años. Era como la mezcla de ambas, sin ser ella, y Kagome no tenía idea de que sentir en esos momentos.

—Oye, me estás asustando. Vamos adentro, te ves mal y…

— ¡No vas a volver adentro! —Reclamó, tomándola de las manos. —No puedes ir ahí, no lo permitiré.

—¿Kikyou?

— ¡No después de todo lo que he pasado, cuidándote! Ese tonto no es capaz de hacerlo como te lo mereces… —Sollozó. —Él te molestaba. —Murmuró despacio. —Hablaba de lo molesta que eras y yo no podía soportarlo, yo te quiero tanto…

—Hermana. — Kagome sonrió enternecida.

—Desde el momento en que naciste has sido como si hubiera recuperado algo muy valioso. Sentí que te debía tanto, pero no he sido capaz de…

—Detente. —Interrumpió molesta, tomándola con fuerza entre sus brazos. —Aunque no lo entiendas muy bien, eres la persona a la que le debo mucho más que mi vida y por eso te amo, a pesar de que estás exagerando hermana melodramática. —Profirió divertida. —InuYasha solo se está presentando, soy muy joven para casarme…

— ¿De verdad?

—De verdad.

—Pero… tienes un anillo.

—Tú me lo diste en la graduación. No puedo creer que lo confundieras.

—El alcohol me hace imaginar cosas…

—Lo sé, solo espero que no bebas el día de mi verdadera boda.

La miró.

—Lo prefiero a llorar.

—De todos modos lo harás, así que es mejor estar consciente.

—Eso creo… Tengo sueño.

—Vamos adentro.

Ambas sonrieron, contemplándose fijamente la una a la otra, volviendo al interior de templo. InuYasha no tardó en entrometerse y ser sermoneado por una emocional y temperamental hermana sobre protectora, había pensado que esos días quedaban bastante lejanos.

Tendría que buscar a alguien para entretenerla en lo que se acostumbraba a estar sin ella. Quizás Bankotsu, que esta época se mostraba muy interesado por ella; si Miroku se le acercaba tanto Sango como Kikyou lo asesinaban, y ni loca Sesshoumaru sería una opción para ella. Pensándolo bien, todos sus conocidos habían renacido cerca de ellos.

Excepto Naraku, él estaba perfectamente bien como un muerto.

Los tres tenían un destino bastante curioso.

Jamás había pensado cuán profundamente su hermana la quería, y quizás si no tuviera esos recuerdos de la época antigua no habría entendido que Kikyou la considerara la mitad que le faltaba. Estaban conectadas.

Y agradecía con toda su alma que ella le hubiera ayudado a encontrar su verdadera felicidad.

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N/Kou: Si, dije alguna vez que sería en una semana pero me quedé sin computadora, así que espero que encuentren bondad en el fondo de su corazón para perdonarme .-.

Yo sé que quieren matarme. Con toda sinceridad, alce la mano quién no quiere a Kikyou en la historia *le lanzan tomates y se cubre con InuYasha* Ya, la historia no fue tal y como la planeé pero me gustó mucho. Kikyou en el fondo es una sentimental, yo lo sé xD Espero que se haya entendido la referencia a su pasado, ya saben, cuando Kikyou era solo una parte del alma de Kagome pero logró de nuevo su propia identidad.

Por un segundo me tenté a revivir a Naraku (?) pero no sé si alguien lo habría tomado bien xD

Ya, puedo vivir en paz, al fin dejaré esta historia terminada. Falta "Él no cambia" :3 Y en cuanto lo publique -pondré todo mi esfuerzo a que sea esta semana- finalmente me enfocaré en otras historias atrasadas y publicaré un nuevo long-fic InuxKag, mi primera historia ya corregida, que tengo muy abandonado a mi fandom natal TwT

Fue un gusto volver a compartir con ustedes una historia aburrida y sin sentido, pero llena de galletas. Me despido, deseando de corazón que alguna vez puedan volver a acompañarme en una historia, no saben cuánto las -y los- atesoraré. Ya, me vuelvo sentimental también y eso que no tomo alcohol xD

Los y las amo, ¡galletas para siempre! :3

Recuerden que las amodoro con todo mi kokoro, corazonas :3

¡Mil gracias!