Aqui les dejo esta invención, solo para que nose olviden de mi

Es corta, para dar tiempo mientras realizo la otra..

Graciias por leer, busquenla en mi perfil


A Bella Swan la estaban enfundando en satén y encaje, estrangulando con sartas de perlas, enterrándola bajo cargamentos de regalos con envoltorio de plata. Donde quiera que miraba en su acogedor apartamento, había recordatorios de la boda que tendría lugar exactamente a cabo de catorce días... su boda.

Habían enviado las invitaciones hacía semanas. La iglesia y el pastor, las flores y las velas, los músicos y la empresa de catering... todo estaba dispuesto para el acontecimiento social de la temporada. Todo menos la novia.

Acababa de llegar a casa después del trabajo aquel viernes de junio, la primera tarde que tenía solo para ella desde tiempo inmemorial. Entre las reuniones con la empresa que organizaba la boda y los distintos contratistas, las fiestas y despedidas de soltera las cenas y las recepciones, apenas había tenido tiempo para pensar en las últimas semanas. Y, cómo no, su profesión como directora de contabilidad en la próspera empresa de publicidad de su padre, también le robaba gran parte de su tiempo.

Y necesitaba tiempo para pensar.

Sonó el teléfono... por sexta vez desde que había entrado en su apartamento apenas hacía media hora. Como había hecho antes, dejó que saltara el contestador.

- ¿Bella? ¿Estás ahí?

Bella reconoció la voz. Rosalie era una de sus damas de honor, una vieja amiga. Pero Bella no tenía fuerzas para hablar con ella aquella noche.

- Está bien, supongo que habrás salido. Escucha, llámame cuando tengas un minuto, ¿de acuerdo? Todavía no hemos decidido si quieres que todas las damas de honor se pongan el mismo color de labios para la boda. En ese caso, tenemos que reunirnos y probamos varios pintalabios... para ver qué color nos favorece más a todas, ¿no crees? Ah, y he visto a Jessica Stanley esta tarde. Dice que le encantaría almorzar con nosotras antes del gran día, si tienes tiempo. Bueno, llámame, ¿vale? Adiós.

Bella enterró el rostro en las manos. ¿Pintalabios? ¿Quién podía pensar en pintalabios? Bella intentaba decidir si estaba a punto de cometer el mayor error de su vida.

Volvió a sonar el teléfono. En aquella ocasión, era la voz grave y sonora de su prometido la que resonó por el altavoz del contestador.

- Bells, soy Edward. Supongo que estarás en una de tus celebraciones, o algo así. Sólo quería decirte que voy a estar muy ocupado en el trabajo durante los dos próximos días... ya sabes, adelantando tareas para que podamos irnos de luna de miel. Seguramente trabajaré todo el fin de semana. Si me necesitas, déjame un mensaje y me pondré en contacto contigo, ¿de acuerdo? Eh... Te quiero - añadió, demasiado deprisa - . Hasta pronto.

Bella levantó la cabeza, muy lentamente, y contempló la máquina como si pudiera revelarle el rostro del hombre con el que había accedido a pasar el resto de su vida. Un hombre al que había conocido desde que estaba en la cuna. Un hombre cuyo cuerpo podía visualizar tan bien como el suyo.

Un hombre que, de repente, le parecía un extraño.

Y le entró el pánico.

Media hora después, estaba saliendo por la puerta con una maleta en la mano. Había dejado un vago mensaje en el contestador de su madre para que nadie la diera por desaparecida. Bella tenía que pensar muy seriamente en su futuro, y sabía que no podría hacerlo allí.

Horas más tarde, Bella metió la llave en la cerradura de la casa del lago que sus padres habían comprado a medias con la familia de su prometido hacía años. Había empezado a llover durante el viaje hasta allí y se había empapado al salir del coche y correr a refugiarse al porche delantero.

Sacudió las gotas de lluvia de sus gruesos rizos de color dorado rojizo y entró en la habitación principal de la casa con un suspiro.

Hacía tiempo que no estaba allí, pensó mientras dejaba la maleta en el suelo. Los recuerdos la asaltaron cuando cerró la puerta y encendió las luces. La casa de cuatro habitaciones y dos baños era antigua pero sólida, y lo bastante espaciosa para alojar cómodamente a dos familias siempre que decidían pasar juntas las vacaciones... un hecho frecuente durante la niñez de Bella.

Bella deslizó los dedos por la enorme mesa redonda de roble donde habían disfrutado de tantas comidas y juegos de mesa divertidos. En el salón se habían sentado alrededor de la televisión para ver incontables partidos de fútbol y cintas de vídeo familiares. Habían pasado innumerables tardes cálidas y perezosas en las mecedoras del porche acristalado de la parte de atrás. Los Swan y los Cullen habían sido grandes amigos desde hacía muchos años. Desde que Bella tenía uso de razón, todo el mundo había coincidido en que Bella y Edward eran la pareja perfecta.

Se habían resistido durante años, siguiendo obstinadamente caminos separados, considerándose primos más que un matrimonio en potencia. Habían jugado juntos al escondite y al fútbol, habían nadado en el lago y atrapado luciérnagas en el prado, discutido, reñido y charlado juntos, pero nunca habían coqueteado durante su adolescencia.

Pero luego algo había cambiado. Y sin darse cuenta, Bella, a sus veintisiete años, estaba prometida a Edward, de treinta, y sus alborozadas madres escogían juntas colores, encargaban flores y seleccionaban menús. Seguramente hasta habían elegido los nombres de sus nietos, pensó con aquella sensación asfixiante que la dominaba cada vez más a menudo a medida que se aproximaba la fecha de la boda.

Llevada por la costumbre, dejó su maleta en el dormitorio que normalmente ocupaba cuando se alojaba allí. Durante años había dormido en una de las camas gemelas de aquella habitación, Alice, la hermana de Edward, dos años menor que ella, había ocupado la otra. Edward tenía una habitación para él solo y los dos matrimonios dormían en los dos dormitorios restantes.

Cuando las familias fueran allí de vacaciones después de la boda, Bella compartiría la cama con Edward, algo que nunca habían hecho bajo el mismo techo que sus padres.

Acababan de dar las ocho y Bella se había saltado la cena, pero no tenía hambre. Encontró zumo en lata en la nevera y se lo llevó a la habitación principal mientras decidía cómo ocuparía las horas que tenía por delante. Por un momento consideró la idea de sentarse en el porche acristalado viendo cómo caía la lluvia, pero luego pensó que aquello sólo serviría para deprimirla aún más. Así que optó por distraerse. Abrió el mueble del vídeo y seleccionó una cinta al azar, la insertó en el reproductor y se acurrucó en el amplio sofá de cuero bajo un edredón de punto que su abuela había tejido hacía años.

A medianoche, ya había visto dos películas de acción, amor y aventura. Cuando sonó la pieza final y apareció en pantalla el letrero de Fin, Bella se sorprendió sorbiéndose las lágrimas y preguntándose cómo sería sentirse amada con tanta desesperación, más que a la vida misma, por uno de esos héroes apuestos y románticos de las películas.

Iba a casarse con un joven banquero práctico, predecible y sumido en la rutina. Un tipo muy agradable, se apresuró a añadir, atractivo, próspero, responsable, fiable. Lo quería, claro que sí. Le conocía de toda la vida. ¿Pero estaba enamorada de él, o sólo se iba a casar con él porque todo el mundo lo esperaba?

Estaba tan confundida...

Estuvo a punto de meter otra cinta, pero era tarde y estaba cansada y no le apetecía hacer más comparaciones entre aquellos maravillosos romances de ficción y su relación con Bella. Se puso un pijama cómodo y se metió en la cama, cubriéndose la cabeza con las mantas como si quisiera esconderse de un futuro que se cernía con demasiados interrogantes y muy pocas respuestas.

Sorprendentemente, se quedó dormida casi de inmediato.

Algo la despertó poco tiempo después. Abrió los ojos y parpadeó, preguntándose si el ruido había sido parte de su inquietante sueño o provenla del exterior. El viento soplaba con fuerza, así que podía haber sido una rama rozando la casa. Nada de qué preocuparse, se tranquilizó enseguida, y volvió a acurrucarse en la cama.

Oyó otro ruido en el porche delantero, y Bella se incorporó al instante en la cama. ¡Había alguien allí fuera!

Se levantó de la cama de un salto, pensando con celeridad. El único teléfono de la casa estaba en el salón. ¿Podría llegar a él antes de que el intruso entrara en la casa? Buscó frenéticamente un arma, y sus dedos se cerraron en torno a un frasco de laca. Había oído que podía apuntarse a los ojos... ¿pero luego qué?

Confiaba en no tener que averiguarlo.

Salió a puntillas de su dormitorio y atravesó el salón lo más rápidamente posible. Su mano se cernía sobre el teléfono cuando la puerta principal se abrió de par en par. Entró un soplo de aire frío y húmedo y un hombre alto y empapado apareció en el umbral.

Aterrorizada y furiosa, Bella giró sobre sus talones, apuntó con su spray de laca y gritó:

- ¡Vete de aquí ahora mismo, ladrón!

- Que e...

El hombre se tambaleó hacia atrás y levantó las manos automáticamente para defenderse. Un bolso de viaje cayó al suelo.

Bella se quedó boquiabierta al reconocer al intruso.

- ¿Edward?

- Caramba, Bells, me has dado un susto de muerte.

Bella pulsó el interruptor de la luz y contempló su atractivo rostro mojado por la lluvia y enmarcado por su pelo oscuro y aplastado. Edward la miró con aparente perplejidad.

- ¿Qué haces aquí? -preguntaron los dos al unísono, Bella apoyó los puños en las caderas, con el frasco de laca todavía sujeto en su mano derecha.

- ¡Me has seguido! No tenías derecho a hacer eso.

- Que de...

- Lo único que quería era pasar dos días sola. Sólo dos días, ¿es mucho pedir?

- Bueno, yo...

- El matrimonio es un gran paso. Sobre todo cuando dos personas se han conocido toda la vida y sus familias han sido amigos íntimos desde siempre. Si algo saliera mal, sería... bueno, catastrófico. Vio cómo Edward contraía la mandíbula.

- Lo sé, yo...

- Entonces, ¿por qué no puedes darme un par de días para pensarlo? ¿Para decidir si estoy haciendo lo correcto? ¿Por qué has tenido que seguirme?

- Bella, yo no...

Tal vez fuese el miedo que acababa de pasar lo que le había tirado de la lengua, tal vez las semanas de preocupación lo que culminó en aquella confesión pero fuese lo que fuese, Bella no podía contener el torrente de palabras.

- Tengo que ser sincera contigo, Edward. Ya estaba dudando si debía casarme contigo, pero el que me hayas seguido hasta aquí revela una parte inquietante y controladora de tu personalidad que no conocía. Si crees que puedes...

- Maldita sea, Bella, no te he seguido. De haber sabido que estabas aquí, me habría ido a otro sitio. La verdad es que yo también he venido para pensar-. Bella parpadeó, luego lo estudió con incertidumbre.

- ¿Ah, sí?

Edward asintió con tristeza.

- Yo tampoco estoy seguro de querer casarme contigo.