Hola a todos... Zafy tiene el escalofrío de nervios que siempre le da antes de un "estreno"

Pues bien, aquí con una nueva historia larga, que espero se animen a leer, a comentar, y sobre todo, que disfruten...

Antes de empezar debo agradecerles por el apoyo que siempre me brindan a lo largo de las historias que voy colgando, sus comentarios siempre son agradables y me encantan, logran hacerme tener una sonrisa durante el día...¡Gracias por ello!

También les quería comentar algo de mi vida personal: desde inicios de año que he asumido a nivel familiar nuevas responsabilidades, las cuales las he asumido gustosa, no crean que es un martirio o una queja, pero el tema es que desde entonces el tiempo libre con el que dispongo es mucho menor, ya que antes generalmente llegando del trabajo podía dedicarme a escribir y ahora llego mucho más tarde a casa y algunas veces, aunque trato, el tiempo es muy corto, por lo que les quería pedir paciencia, trataré, como siempre de responder a los comentarios, pero que sepan que siempre los leo y estoy atenta a ellos. Por esa razón también, las actualizaciones continuarán siendo unicamente los lunes a esta hora...

Sepan también que, como casi siempre ocurre, esta historia ya está terminada, por lo que no deben preocuparse de que la deje a la mitad ni nada de eso...

Gracias por haber leído aquella parte de mi vida personal... *Zafy se sonroja* y ahora no los entretengo más... empecemos con la historia, hoy hay el prólogo y el capítulo uno, es que el prologo es pequeño, pero pensé que necesario de ser puesto...

Espero que les guste...

Advertencias: Este fic es Slash, chico/chico; si no te agrada, no leas.

Se habla de drogas y enfermedades, ninguno de los sintomas/tratamientos son reales. (no sé porqué pongo esto pero lo leí en algún sitio y bueno... me pareció buena idea hacerlo)

Disclaimer: Ninguno de los personajes es mío, (aunque ya quisiera tener a Draco... jeje); pertenecen a JK; no gano dinero ni nada con esto, simplemente pasarla bien y esperar que los demás lo hagan.


UN VIAJE HACIA LA VIDA

PROLOGO:

"EL CUADERNO DE LA VIDA"

Draco agitó la varita sobre el grupo de pergaminos que tenía sobre el escritorio, esperando que el hechizo hiciera los cálculos necesarios para poder culminar, de una vez por todas, aquel informe en el que había estado trabajando los últimos dos días. Mientras el hechizo se realizaba empezó a sentir un dolor punzante en la sien. Nuevamente ese terrible y odioso dolor. El hechizo, al parecer debido a su nuevo dolor de cabeza, se detuvo, dejando todo a medias.

Gruñó frustrado, agradeciendo el haber tenido la precaución de hacer varias copias antes de hacer el hechizo final, y se puso en pie, caminando hasta el lado opuesto de su amplia oficina, abrió un estante oculto tras una pintura, aquel que usaba para guardar los documentos importantes y de gran valor, y en el que ahora, además de letras, pagarés y títulos de propiedad, se encontraba una gran cantidad de frascos con pociones y etiquetas, indicando en cada uno el momento en que se debían tomar y sus efectos. Tomó el que tenía un contenido en color verde y lo abrió rápidamente, la cabeza comenzaba a pulsarle más fuerte aún y temía desmayarse como la última vez. Sabía que debía evitar eso a toda costa, pues no podría dar la misma explicación de la última vez a su secretaria o a su padre. Bebió un gran trago y se apoyó con una mano temblorosa sobre la pared, esperando a que el dolor remitiera, como siempre ocurría.

El dolor pasó luego de unos largos minutos, la habitación dejó de sentirse inestable e incluso el temblor en sus manos se detuvo. Con más calma dejó el envase, ahora tapado nuevamente, junto con los demás, y estaba a punto de cerrar la puerta cuando un pequeño resplandor llamó su atención. Sabía que no era nada que se hubiera iluminado o brillado realmente, sólo que entre tantas pociones y papeles un cuaderno de tapas negras con letras doradas había capturado su atención. Sin pensarlo mucho lo sacó con cuidado, tratando de no tirar ni desordenar nada, y cerró la puerta del estante; el cuadro de un paisaje italiano volvió a esconder el armario mientras él se sentaba tras el escritorio. Dejó el cuaderno a un lado y volvió a ejecutar el hechizo de cálculo, esta vez no hubo problema alguno y luego de un momento más el informe quedó finalizado con las proyecciones de una de las empresas que tenía a cargo. Le dio una rápida mirada, efectivamente, las proyecciones iban tal como las había calculado unos meses antes. Eso era bueno, a su padre no le gustaba recibir noticias desagradables respecto a sus inversiones. Miró hacia el reloj de pared, eran ya las ocho de la noche, llevaba allí encerrado casi todo el día, apenas había salido media hora para tomar un rápido almuerzo, y eso había sido muchas horas antes. No le extrañó no sentir hambre, últimamente no lo tenía.

Con un par de hechizos archivó los informes, recordándose que al día siguiente tenía una cita en la oficina de su padre para discutir aquello. Esperó que, por lo que durara la reunión al menos, los dolores de cabeza lo dejaran de aquejar, aunque por si las dudas llevaría un poco de poción, de todas maneras, no sería extraño que tomara un poco de poción delante de su padre, pues, dada la presión y la cantidad de trabajo que ambos tenían normalmente, los dolores de cabeza no eran cosa rara. Aunque a él nunca antes le había dolido la cabeza, ni bajo la más grande presión. Pero eso era antes, ahora… ahora las cosas eran diferentes.

Negó con la cabeza, alejando aquellos pensamientos de su cabeza, sabía que era algo que en algún momento tendría que tomar en serio, pero por el momento quería mantenerse ocupado con su trabajo, con los informes, las visitas a las empresas que tenía a su cargo y las reuniones con los encargados y su padre.

Se estiró sobre la silla, tomando una profunda bocanada de aire y agradeciendo nuevamente que el dolor de cabeza se hubiera marchado, cuando el libro negro volvió a llamar su atención. Lo tomó entre las manos, reconociéndolo, se trataba del libro que su padre le había dado cuando había cumplido once años, habían pasado ya muchos años desde eso, un poco más de once años.

Levantó la vista hacia el reloj nuevamente, la cena en la Mansión se servía a las nueve, aunque nadie le ponía mala cara si es que no llegaba; normalmente no lo hacía, o bien porque se iba de recorrido por los bares muggles, o, como pasaba últimamente, porque se la pasaba en la oficina trabajando, como era lo correcto, cuidando de la fortuna y las inversiones de su familia, y no sería nada fuera de lo común que esta noche actuara de la misma manera.

Dejó el cuaderno sobre su escritorio y sacó de uno de sus cajones un cenicero y un paquete de cigarros, luego se puso en pie y se sirvió una taza de té caliente, para nuevamente sentarse tras el escritorio. Le dio un sorbo a la bebida y cerró los ojos, disfrutando de lo reconfortante que le parecía aquella simple taza de té, encendió un cigarro y le dio una calada, dejándolo luego sobre el cenicero, entonces abrió el cuaderno. En la primera página se podía ver, con letra verde y delgada, pulcramente escrito:

"Cuaderno de la vida de Draco Malfoy"

Eso lo había puesto él, podía recordar aquella tarde, hace muchos años, en la habitación que tenía en la propiedad de la familia en Francia, se había sentado tras el escritorio, delante de la ventana que dejaba ver los hermosos y enormes jardines, y había escrito la primera línea de lo que sería el plan de su vida. Lo que su familia y todos esperaban de él. Lo que él sabía que debía hacer.

Tres tardes anteriores a ese cumpleaños habían ido de visita unos inversionistas, con sus hijos y sus esposas, tal como se debía hacer, su madre había llevado a las mujeres a tomar el té mientras él le enseñaba a los niños los jardines de la Mansión. Se trataba de cuatro chicos y una chica, todos ellos se conocían porque sus padres siempre hacían negocios juntos, y al inicio se sintió algo excluido de la conversación, en la que mencionaban a personas que él no conocía, sin embargo, no se dejó amedrentar y trató de llamar su atención, guiándolos hacia el laberinto que había en el extremo más alejado, sólo entonces los chicos lucieron genuinamente interesados en él. Se mostró cortés con ellos, respondiendo a sus preguntas y guiándolos por un camino que se sabía ya de memoria, hasta el otro extremo, debía reconocer que aunque en el inicio no le habían agradado mucho, si eran muy graciosos, aunque se comportaban de una manera diferente a la que él se comportaría con los hijos de los socios de su padre. Supuso que la educación no era igual para todos.

Al finalizar la visita ellos le habían comentado que al día siguiente irían, acompañados por una de sus tutoras, a Paris, usarían un traslador para aparecerse en el lado mágico de la torre Eiffel, una parte que los muggles obviamente no conocían, ni sospechaban que existía, y que pasarían allí la tarde, que aparentemente había mucho que ver y que por supuesto estaba invitado. Draco asintió contento y dijo que tendría que pedirle autorización a sus padres, pero que les preguntaría a la primera oportunidad.

Al finalizar la visita uno de ellos, el que parecía el líder del grupo aún con sus diez años, le repitió la invitación.

No fue hasta que los inversionistas se marcharon y que ellos se sentaron a cenar que sacó el tema a colación, entre las muchas preguntas que su padre le hacía sobre el comportamiento de esos niños y si es que había podido sacar alguna información adicional. Lucius sabía que los niños algunas veces eran una gran fuente de información en cuanto a los negocios se trataba, y no porque los padres comentaran muchas cosas con ellos ni mucho menos, sino porque podían escuchar a escondidas, por pequeñas frases que los padres soltaban sin darse cuenta. Por supuesto que Draco estaba muy bien entrenado para no darles esa ventaja a los demás, pero también en jalarles la lengua a los otros niños.

Su padre se negó inmediatamente, argumentando que su obligación por el momento no era ir de paseo con aquellos niños, que eso haría de su tarde improductiva y que debía aprovechar que esos niños no volverían con sus padres al día siguiente para estudiar y seguir trabajando en los cursos de finanzas y diplomacia. Su madre había abogado por él, pero no con mucho entusiasmo, desistiendo casi inmediatamente.

Frustrado había vuelto a su habitación, luego de picotear un poco su postre y recibiendo además una reprimenda por no comportarse adecuadamente en la mesa. Por regla general Draco no lloraba delante de sus padres, no era correcto mostrarse débil ni dejar que los demás vieran sus debilidades, aquello era entregarse en bandeja de plata al enemigo, y los Malfoy no debían, bajo ningún motivo, hacerlo. Esa noche contuvo las lágrimas durante mucho rato, hasta que ya no lo pudo soportar más y lloró en su cama, tendido de costado y tratando de no hacer demasiado ruido. Realmente se había sentido entusiasmado de poder salir a dar un paseo, de hacer algo diferente a estudiar o entretener a los hijos de los inversionistas, pero al parecer estaba atrapado en esa rutina y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Al día siguiente los inversionistas volvieron, esta vez sin sus esposas ni sus hijos, y Draco se pasó la tarde garabateando pergaminos, mientras miraba el jardín y la tarde pasar lentamente, demasiado descorazonado para prestar real atención en las lecciones del día, lo cual había resultado muy mala idea, pues en la noche se ganó una nueva reprimenda por no haber estudiado.

Al segundo día los inversionistas volvieron con sus familias, esta vez para una cena, la cena de cierre, en celebración del maravilloso contrato que acababan de firmar. Los chicos contaron emocionados la maravilla de mundo que había dentro de la Torre Eiffel, mientras los padres hablaban de negocios y lo bien que les iría con la nueva fusión de empresas y las señoras de moda y de algunos chismes de la alta sociedad francesa. Draco se pasó toda la cena mirando su plato y comiendo educadamente, aunque sentía un nudo en la boca del estómago.

Unos días después, cuando su cumpleaños llegó, su padre le dio aquel cuaderno:

Uno tiene que tener su vida planeada, y este cuaderno te ayudará a hacerlo. No se debe dejar nada al azar, las cosas que se hagan deben ser por un motivo, para llegar a algún punto mejor, para alcanzar una meta —explicó Lucius con voz estricta luego de la cena por su cumpleaños, sentados ambos en la oficina principal de la Mansión, Draco había estado allí sólo un par de veces y el ser invitado a entrar en ella era un gran honor.

¿Es como una agenda, padre? —preguntó mientras abría el cuaderno, estaba en blanco, no tenía nada escrito aún.

Es más que eso, deberás anotar tu nombre y luego verás como el cuaderno se llena de datos importantes, por ejemplo sobre cuál es el momento propicio para casarte y tener a tu heredero; conforme lo vayas llenando verás como nueva información aparecerá, indicándote incluso advertencias sobre las decisiones que tomes. Es una tradición en nuestra familia entregarle ese cuaderno a nuestro heredero al cumplir once años. Este año empezarás la escuela, es decir que saldrás al mundo por fin, deberás ser cuidadoso con los amigos que escojas, las conexiones que hagas; también con los enemigos, porque siempre hay enemigos, en todos lados, incluyendo la escuela.

Gracias, padre —asintió Draco, aunque no muy consiente en realidad de lo que su padre le decía.

Tienes que empezar a trabajar en eso ahora mismo —continuó Lucius, tenía una copa de vino en la mano y bebía lentamente —, planeando que pasará contigo de ahora en adelante.

Y Draco había empezado esa misma noche. La segunda página, la que decía: "Tiempo antes de la escuela" iniciaba con lo siguiente:

05 de junio de 1991:

Hoy mi padre me ha dado este cuaderno, él dice que debo planear mi vida, que es lo correcto y lo que se espera de mí. Pues bien, antes de ayer me hablaron de un espacio mágico en la torre Eiffel, uno que no conozco y que mi padre no me ha permitido visitar, cuando cumpla diecisiete años y sea mayor de edad, iré allí, y lo recorreré de cabo a rabo; y luego de eso seguiré con otros sitios, viajaré a todos los lugares donde no me han permitido ir, veré el mundo que mi padre no me deja ver.

Sí, eso haré.

Draco sonrió ante lo descarado de su rebeldía, no había pensado en ese viaje ni en esa parte de su vida en muchos años, tal vez la última vez había sido cuando había tenido quince años, antes de que la guerra iniciara.

No quiso detenerse a pensar en aquella guerra y siguió avanzando las páginas de su cuaderno, encontró que a los diecisiete años se suponía que debía empezar a estudiar en la escuela de Finanzas de Londres, sin embargo, por la guerra, lo había hecho en Estados Unidos. Pudo ver el tachón del plan original y la nueva opción: "Curso en la Escuela de Finanzas para magos inversionistas de New York". Recordó con nostalgia aquella época, había sido una etapa de conocimiento, y no sólo académica, se había divertido como nunca viviendo solo, aunque no demasiado, siempre había tenido en claro, gracias a sus padres, que no debía entretenerse en pequeñeces ni en gente poco productiva, sino en estudiar y aprender como objetivo principal.

La siguiente entrada que lo hizo detenerse a leer fue la que anunciaba: "Buscar una esposa", databa de inicios de mil novecientos noventa y nueve, cuando la guerra ya había llegado a su fin. Había una lista de candidatas, especificando no su físico o personalidad, ni siquiera había fotos de ellas, sino su linaje y las riquezas de sus familias. Había una señal aprobatoria al costado del nombre de Katrina Bündnis.

Por un instante pensó en su esposa, la había conocido unos meses antes de la boda, luego de hablar con su padre y con el padre de ella y recibir la aprobación necesaria. No podía negar que era bonita, y tal vez algo inteligente, sin embargo, desde el inicio le había dejado las cosas claras: Tenía que casarse porque así lo exigía su condición y la norma, pero eso no significaba que realmente tenían que estar unidos íntimamente.

Draco no gustaba de las mujeres, cuando era adolescente había sufrido mucho pensando en la idea de tener que casarse con una, pero ese miedo había sido dejado de lado cuando había crecido y asumido su papel de joven heredero. Katrina se había mostrado asombrada de su honestidad y, según ella misma dijo, frialdad, pero entendía que aquello no era más que un negocio y que estaba dispuesta a aceptar lo que fuera que su padre ordenara. Los límites se habían establecido en esa primera cita: habitaciones separadas, actuar correctamente ante los demás, no comentar su trato con ninguna persona, ni siquiera sus padres, no cometer actos que pudieran desencadenar en un escándalo; en el tema del sexo Draco había dicho que ella era libre de hacer lo que le plazca con su tiempo, tal como él haría, pero que bajo ningún motivo debía ser a la vista de sus amigos o familiares, y que dado el momento indicado, tendrían a un heredero. El divorcio no formaba parte de aquel trato. Ninguna familia de la alta sociedad se divorciaba. Jamás.

Avanzó unas cuantas páginas más y encontró un nuevo aviso:

2025: Nacimiento de un heredero.

Frunció el ceño y dejó el cuaderno abierto sobre la mesa, volvió a dar una calada al cigarro mientras sentía que aquellas palabras taladraban mente:

"Nacimiento de un heredero"

Debía anotar el nuevo obstáculo en ese cuaderno para que su vida se replanteara y re planificara una vez más, como pasó durante la guerra, cuando supo que no podría permanecer en Inglaterra por un largo tiempo.

2025: Nacimiento de un heredero.

Sabía que aquello no se haría realidad. Le quedaba muy poco tiempo, el justo apenas para poder embarazar a Katrina y tal vez para ver nacer al heredero.

Cerró el cuaderno y se puso en pie, el reloj indicaba ya más de las diez de la noche, se había perdido la cena, pero eso no le importaba mucho, no se sentía con ánimos de escuchar la conversación de su padre respecto al día de trabajo, y las grandes decisiones que había tomado; tampoco a su madre y Katrina hablando del día fructífero de compras que habían tenido, o la reunión de té a la que habían asistido.

Luego de guardar el cuaderno nuevamente en su estante de seguridad, salió de su oficina, el edificio principal de la corporación Malfoy estaba desierto, todos se habían ido a casa y probablemente él sería el último allí.

Pensó en caminar un poco antes de volver a casa, pero recordó que no había sacado las pociones que podía necesitar para la madrugada, por si el dolor o algún otro síntoma volvían, y regresó. Abrió el estante de seguridad y el cuaderno llamó su atención nuevamente, luego de dudarlo un poco más, lo sacó y llevó a casa, junto con las pociones.

Tal como esperaba no había nadie ya despierto. Se negó al ofrecimiento de comida que le hizo uno de los elfos y subió al segundo piso, las habitaciones tenían las puertas cerradas. Pasó de largo por la puerta de su esposa y se metió a la que había sido su habitación desde niño, ahora sin los póster ni adornos de su juventud, se había convertido poco a poco en una habitación fría e impersonal. Nunca había reparado en ello. Tal vez el estar leyendo aquel cuaderno había traído consigo una serie de recuerdos desterrados.

Siguió su rutina al pie de la letra. Se desvistió, tomó una ducha, cepilló sus dientes con esmero y secó su cabello, para luego cepillarlo también. Se puso el pijama de seda y se metió a la cama, las luces de las antorchas bajaron un poco, tomó la poción que debía beber para las noches y el cuaderno, colocado sobre la mesa de noche, volvió a llamar su atención.

Invocó una pluma y un tintero y lo abrió en la fecha actual:

16 de Julio de 2001:

Hace dos semanas me enteré que voy a morir en menos de un año.

*O*O*O*


Gracias por leer...

Ya vamos viendo el perfil de la historia, espero que les esté gustando...

Zafy