Prólogo

Otra vez tuvo el inútil gesto de limpiar las lágrimas inexistentes con el dorso de su mano. Y una vez más se sorprendió al ver su piel completamente seca. Jamás se había sentido tan humana antes de conocerlo. Ni siquiera hacía tantas décadas, cuando en realidad lo era. Ahora se escondía entre las sombras de un lugar alejado, observando a la única persona que había amado… abandonándola quizás para siempre. Quizás dirigiéndose a una muerte segura.

Pero no quería… bueno, no debía hacer nada para detenerlo. Él debería ser capaz de conservar la vida que le había tocado. Sin que ella influyera en sus decisiones y nublara su juicio.

Después de todo, Edward era humano, y Bella no era más que un monstruo con demasiada conciencia de sus actos como para poder considerarse como algo bueno. Por un momento deseó que nada hubiera sucedido, que él pudiera haber sido como sus tantas otras distracciones… pero luego descartó la idea inmediatamente. No se arrepentía de lo que había sucedido. Por que aunque su muerto y frío corazón se rompiera en mil pedazos, él debía ser feliz.