Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 38

El delicado roce de las sábanas contra su piel la hizo suspirar, moviéndose con pesadez, Videl hundió aún más su rostro en la suavidad de su almohada. A pesar de ya ser hora de levantarse, la cómoda superficie de la cama la mantenía atrapada impidiéndole marcharse. Sin embargo, aquella no era la única razón para permanecer recostada como lo hacía.

Rodeándola desde atrás y aferrándose a su cintura, un musculoso brazo masculino la abrazaba compartiendo entre sí el calor de sus cuerpos. Y cautivada por esa calidez, Videl se encorvó levemente disfrutando de la tácita fricción que se produjo al acariciar con su espalda el pecho de su acompañante que todavía dormía profundamente a su lado.

Y por tal acción, fue capaz de percibir la constante y rítmica respiración de Gohan chocando en su nuca. Apretando los dientes, Videl resistió el impulso incipiente de reírse a consecuencia de esa hormigueante sensación. Gohan, sin tan siquiera saberlo o planearlo, podía sacarla de quicio desde los primeros segundos del amanecer. No obstante, tal realidad, le era de goce puro.

Disfrutando silentemente de ese cosquilleo que la recorría, Videl giró sus retinas a la ventana más cercana enfocándose completamente en ella. La potente luz del sol conseguía filtrarse por las diminutas grietas de las cortinas, inundando tenuemente la habitación con un resplandor matinal. Si bien una vez más intentó ponerse de pie, tal esfuerzo fue frustrado por una nueva limitante.

Ella misma, ella misma se lo impidió.

Por un corto instante quiso ser egoísta, se quedaría allí plácidamente junto a su esposo durmiendo hasta tarde, compartiendo con él, del delicioso confort que las frazadas les obsequiaban a su desnudez femenina. Videl, con una sensualidad perezosa, se volteó con calma para no despertarlo, logrando colocarse frente a frente con él exitosamente.

Y al encontrarse así, a milímetros que las cumbres de sus narices se tocaran, Videl no pudo evitar estudiarlo con una devoción casi religiosa. Sacando una mano de las cálidas mantas, ella, con una delicadeza extrema, delineó con las puntas de sus dedos el contorno varonil de sus facciones. Sin lugar a dudas, los años no habían pasado en vano para los dos, eran similares y a la vez diferentes.

Una década, pensó Videl, aún se le dificultaba creer que haya transcurrido tanto tiempo. Pestañeando, ella recordó aquel lejano día en su adolescencia cuando se topó con él en los pasillos de la preparatoria. Y ahora, al verse desnudos y casados, compartiendo el mismo lecho, Videl sonrió al reflexionar que ella nunca habría imaginado que terminaría de tal modo con él.

Igual de divertida que una niña pequeña, Videl jugueteó con la puntiaguda cabellera de su marido mientras él continuaba pernoctando. Recriminándose mentalmente, la hija del ex campeón mundial se achacaba no haber resuelto uno de los últimos misterios que Son Gohan ocultaba en su mágica y misteriosa existencia: ¿cómo lograba mantener sus cabellos así de puntiagudos?

Siendo dicho enigma una de las muchas incógnitas que la atrajeron a él en su juventud, Videl, incluso en la actualidad, seguía intrigada por ese hecho lleno de la más absoluta naturalidad, una naturalidad que le recordaba porqué desde un inicio se sintió tan cautivada por ese chico callado, tímido, torpe y peculiarmente noble.

En el pretérito, allí se quedó el Gohan delgado y timorato que conoció en la escuela. Tal y como Gohan fue el autor de su propia transformación, ella, asimismo, fue la causante de darle libertad a ese Gohan que yacía escondido en lo más recóndito de su ser. Un Gohan que sólo aparecía ante ella en la intimidad de su habitación, un Gohan que únicamente ella conocía.

La placentera y erótica batalla que sostuvieron en ese arroyo hace muchísimo, fue el inicio de una contienda que ambos, motivados por el mutuo deleite, buscaban revancha al derrotarse uno al otro. Una derrota, que sin importar a quién se inclinara, siempre inundaba sus paladares con el sabor inconfundible de la victoria.

Perder y ganar, tales términos, tanto para ella como para él, eran sinónimos.

Videl, sonriendo y cerrando los ojos, revivió los besos, caricias, jadeos y mordidas que los hicieron sucumbir durante la negrura de la noche dejándolos exhaustos. Volviendo a mirarlo observó su notoria musculatura, quizás el jovencito que le enseñó a volar ya no vuelva jamás, pero reemplazándolo, un Gohan más maduro, un Gohan adulto acaparaba su atención al anochecer.

– ¿Por qué tan sonriente?

Sacándola repentinamente de sus pensamientos, él la estremeció con el sonido de su voz. Una voz que, idénticamente al resto de su ser, dejó en el ayer su tono indeciso y balbuceante para consolidarse en un acento grueso impregnado por una seguridad magistral. Viéndolo parpadear, le correspondió a Videl su turno de ser examinada por aquel par de orbes negros.

– Anda, dime–él le insistió– ¿en qué estás pensando?

– En nada–fingiendo terquedad, Videl se negó a responderle sabiendo cuál sería el método que Gohan usaría para hacerla hablar, y feliz, esperó a que él efectuara su primer movimiento.

– Vamos, no seas así–Gohan, acercándola, se apegó a ella tratando de hacerla responder– ¿qué te da tanta gracia?

– Sólo pensaba en los tutores de Pan, tal vez deberíamos pensar en cambiar su educación–evadiendo el tema, Videl solamente incrementó la curiosidad de su consorte.

– No me mientas, Videl–Gohan cortó aún más la minúscula distancia que los separaba, explorando la curvatura del cuello de ella con sus labios–no seas terca, dime lo que de verdad pensabas…

– El único terco aquí eres tú–ella siguió con su juego, valía la pena actuar con testarudez algunas ocasiones.

– Así que no me lo dirás–juguetón, Gohan se situó por arriba de ella–en ese caso, no me dejas más remedio…

No tardaron en besarse, inundados por una mezcla de nostalgia y de cariño que los encaminaba llanamente a disfrutar del afecto que se profesaban. Y sí para Videl, Gohan había cambiado, para el primogénito de Son Goku, la hija de Mr. Satán también experimentó su propia metamorfosis, una que terminó de destruir la rígida coraza que en su pubertad la encerró.

Escuchar sus risas y contemplarla al sonreír, generaba que Gohan evocara a la Videl fría y desconfiada que en un inicio se comportaba de mil formas menos con amabilidad hacia él. Y al traer al presente a esa Videl, para compararla con la Videl que lo besaba con fiereza, le provocaba sentirse bañado de una infinita felicidad al comprender un detalle dotado de inmensidad.

Fue su culpa, ese cambio de actitud en ella era producto de haberlo conocido a él.

Necesitando respirar, sus bocas dejaron de mimarse llenando de aire sus ahogados pulmones con profundos jadeos. No importaba cuánto había acontecido desde su primer beso, cuando esas negras pupilas se interconectaban con las azules, el recuerdo de aquel gesto marcado por el fuego revivía, haciéndolo sentir otra vez, brevemente, ese joven perdido en un mundo desconocido.

– ¿Ahora sí me dirás qué piensas? –susurrándole, Gohan volvió a insistir.

Dando un sonoro suspiro, Videl muy lentamente se reincorporó sentándose en la cama, a su vez, que Gohan la imitaba a su costado. Él no sabía explicarlo, pero lo sentía y lo veía, algo le sucedía. Gohan, curioso, aguardó silencioso por su respuesta. Videl, por su parte, vio interrumpida su contestación al notar como la mano de Gohan se escurría entre sus cortos cabellos.

Sí, cortos, la extensa melena azabache que la caracterizaba hacía mucho que se marchó.

– Te queda bien ese peinado.

– ¿En verdad te gusta? –Le cuestionó con cierta duda–hace unos años me lo corté, pero algunas veces pienso que no te agrada.

– ¿Por qué crees eso? –Gohan le debatió–yo nunca he dicho tal cosa.

– Lo sé, lo sé–Videl replicó–sólo que me dijiste tantas veces que te gustaba mi cabello largo, que no puedo evitar sentirme un poco extraña.

Aquel par de coletas eran más que un simple peinado, más que un símbolo, era el nexo que la llevaba a recordar a su madre. Ella, con ternura maternal, cepilló sus rebeldes rizos obsequiándole un estilo que la acompañaría hasta incluso sobrepasada su adultez. Y temiendo perder el último vínculo que la unía a ella, Videl de ninguna manera pensó en alterar tal imagen.

No obstante, aquella, como las demás que superó, era una etapa que igualmente debía superar.

Nunca olvidará ese atardecer hace unos años, el cual, fue el único testigo que observó cómo sus largos mechones negros caían uno a la vez acumulándose en el suelo. Del mismo modo, no podrá olvidar la expresión de asombro que Gohan dibujó en él al verla con su recién estrenada apariencia. Con aquel emblemático acto, su renovación estaba completa.

– Aún así ya ha pasado mucho desde que te lo cortaste–él le argumentó–no entiendo por qué lo mencionas ahora.

– Por nada especial, sólo recordaba un par de cosas.

– Todavía no me dices lo que estabas pensando–Gohan, reiterando nuevamente su inquietud le mencionó el tema, sin embargo, esta vez, optó por emplear una sencilla súplica para llegar a ella–ven Videl, ven por favor…

Muda, ella volcó su cara hacia él, cayendo ante la tentación de aceptar el abrazo que le ofrecía. Sin oponer resistencia, Videl se dejó envolver por esos vigorosos brazos que rodearon su delgada silueta. Gohan, acunándola, la oyó reír con un júbilo infantil. Videl aún consideraba increíble que luego de una década, se dejara embrujar como una chiquilla por esa mera pero intrínseca acción.

– Pensaba en nosotros, Gohan, y también en mí–sincerándose, Videl le respondió al posar su cabeza en uno de sus amplios hombros–no sé por qué, pero cuando desperté, lo primero que se me vino a la mente fue nosotros.

– Ya veo–Gohan afirmó meciéndola suavemente– ¿eso era todo?

– En realidad no, también hay algo más–Videl se movió con lentitud para encararlo–sabes, cuando nos conocimos te dije que quería salir de mi ciudad para explorar el mundo, aprender técnicas nuevas y hacerme más fuerte–le dijo acariciándole una mejilla con un dedo–y eso lo logré, he vivido aquí desde hace mucho y le he tomado cariño a este lugar, pero siento que me debo a mí misma algo más…

– ¿Qué cosa?

– Volver, volver a Ciudad Satán.

Gohan asintió silente.

– Mi padre nos ha visitado varias veces, incluso Ireza, pero yo nunca regresé para visitarlos a ellos–Videl, externándole su anhelo, apoyó su rostro contra el de él–cuando nos marchamos, juré que volvería, que regresaría algún día, no he cumplido esa promesa y creo que ya es tiempo de que lo haga.

– Así que eso era, sospechaba que sería algo personal pero no imaginé que fuera eso.

– ¿De qué hablas?

– No te dije nada pero…desde hace un tiempo, noté algo extraño en tu mirada–Gohan, en voz baja, le aseveró–te conozco Videl, sé cómo es tu forma de ser, así que, al ver que tus ojos no tenían ese brillo que los caracteriza, pensé que algo andaba mal, ahora veo que así era…

– Gohan, yo…

– Tranquila, no hace falta que digas nada, entiendo que eches de menos Ciudad Satán–Gohan la interrumpió–además, ha pasado mucho desde la última vez que estuviste ahí, creo que es justo que vuelvas a visitarla.

– Pero–ella meditó– ¿y el reino, qué pasará con él?

– Le diré al señor Picorro que se encargue, nosotros también merecemos a unas vacaciones–contestó el nieto de Ox Satán–será una sorpresa, no le avisaremos a tu padre para sorprenderlo, y así, Pan conocerá Ciudad Satán y visitará a su abuelo…

Videl no le dio una respuesta verbal, con solamente esbozar una gigantesca sonrisa en su semblante fue suficiente para demostrar su regocijo.

– ¿Cuándo partiremos? –sin esconder su ansiedad, Videl le cuestionó airosamente.

– Primero debemos notificarle a los demás nuestra ausencia, después nos iremos–Gohan, sabiendo que al ser el monarca no podía marcharse sin informar su partida, debería primeramente confiarle el reino al que era su mano derecha, su mentor, el señor Picorro–en dos días, visitaremos Ciudad Satán en dos días.

– No puedo esperar por ver la cara de papá al vernos, y la expresión que pondrá Ireza–enterrando su faz en el cuello de su esposo, la mente de Videl fue invadida por un torrente de ideas que la ensimismaron repentinamente:

¿Qué habría sido de su vida si no lo hubiera conocido?

¿Seguiría combatiendo el crimen en las calles?

¿Estaría casada con Shapner como él planeaba?

Y aún más importante para ella:

¿Continuaría enjaulada en esa armadura de solitaria angustia que la aprisionaba?

Por un instante se vio a ella misma, viviendo una existencia vacía bajo la sombra de la fama de su apellido. Rodeada de supuestos amigos y aduladores que sólo la veían como un premio y no como una persona, sin mencionar, lo más crucial: se encontraría encarcelada en esa burbuja que anteriormente llamaba normalidad.

Gohan fue el alfiler que reventó ese globo de falsa cotidianidad en el cual vivía, quitándole la venda que le impedía ver la verdad que mágicamente se escondía a plena vista. Sin él, jamás hubiese aprendido a controlar su ki, ni a volar, ni a pelear excediendo las limitaciones humanas. Sin él, cada día estaría sumergido en una aburrida monotonía, sin él, ella no sería la que es hoy.

Aliviada, se alegró que las cosas no fueran así.

– ¿Qué hora es?

– Son casi las diez–le informó Gohan, volteándose perezosamente a mirar el reloj colgado en la pared.

– ¡Las diez! –pasmada, Videl, pese a no querer, apartó las frazadas de su ser dispuesta a empezar con su jornada– ¿anda, qué esperas, ponte de pie?

– ¡Por favor Videl, aún es temprano! –sintiendo que su cuerpo le pesaba una tonelada, Gohan deseaba permanecer en la cama un poco más, y no precisamente solo–quédate, unos minutos más, quédate…

– ¿Desde cuándo te volviste un holgazán? –Con ironía, Videl le debatió–todos deben estarse preguntando por qué no hemos aparecido.

– No seas así, de vez en cuando tengo derecho a descansar de más–Gohan, viendo que se preparaba para marcharse actuó rápido, sentándose detrás de ella–te lo ruego, quédate, quédate.

Cualquier reflexión o acción que Videl planeara en ese momento, se vio desdibujada por la humilde pero electrizante sacudida que la recorrió, al percibir las yemas de los dedos de Gohan deslizándose por su espalda desnuda, trazando una lenta y placentera línea que viajó desde lo más alto de su ser llegando a territorios provistos por su belleza femenina.

¿Para qué mentir?

¿Para qué engañarse?

Ella quería quedarse.

Claro que quería quedarse.

Y cómo no hacerlo, si con esa escueta caricia le recordaba de nuevo el millar de sensaciones que los acompañó ayer por la noche, después de un día de pesadas reuniones y decretos reales, no existía nada mejor que olvidarse de todo explorando juntos el mundo que habitaba debajo de las sábanas. Y allí, naufragando en ese mar de besos y roces, él volvió a aparecer.

Ese Gohan era especial, tórrido y sublime. Quién diría que oculto en esa fachada de torpeza y timidez, se encontraba un hombre tan entregado y devoto. El más mínimo ápice de cordura que poseía se terminó de desmoronar al verlo besar sus hombros, por segunda ocasión esa mañana relegó sus obligaciones, deseaba sentir, sentirlo, saborearlo y por qué no, disfrutarlo.

Tantas caras, tantas facetas.

Las manecillas del reloj continuaron marcando el tiempo, aún así, a ambos poco o nada les importó. Para cuando Gohan acarició los muslos de Videl, ella supo que no había forma alguna de detenerlo, y mucho menos, de detenerse ella misma. Adoraba aquello, no tendría la hipocresía de negarlo, hacer el amor con benevolencia era el estímulo más adecuado para llenarse de energía.

Era un bribón, con sutileza consiguió salirse con la suya. Pero qué más daba, de todas maneras, ella igualmente se divertía gracias a la firmeza y fluidez de sus movimientos. Y haciéndoselo saber, le agradeció con un centenar de gemidos y jadeos. Al quedarse sin voz por sus faenas, Videl se señaló otro de los hechos que se confirmó con sus años de convivencia.

Gohan era su contrapeso, su equilibrio, su balance.

La Videl amarga, áspera y reprimida se esfumó. Son Gohan, sin necesitar sonrisas de galán ni coqueteos de don juan, lograba sacudirla convenciéndola definitiva y magnamente que él, ese chico con demasiado ingenio para su edad, ese individuo poseedor de poderes más allá del entendimiento, era el hombre de su vida.

Un complemento, eso eran recíprocamente. Él le ofreció espectaculares extravagancias, y ella, le obsequió esa apetecida paz que como mujer era capaz de brindar. Y al aferrarse a su cintura con sus piernas desvestidas, se negó a dejarlo ir, Gohan le pertenecía, desde la punta de sus pies hasta el último de sus puntiagudos cabellos.

Con su bamboleo alcanzando su cumbre, lo buscó. Lo tomó por su rostro varonil y lo besó, lo besó ahogando sus vocalizaciones en sus labios humedecidos sintiéndose desfallecer. Sonrientes, agitados y sudorosos miraron el techo como si en este se proyectara una película. Se vieron en su pasado, aquel dúo de defensores de la justicia ahora sólo era una anécdota, una bella anécdota.

Y apareciendo en sus mentes, ella, esa niña que los combinaba en un sólo ser, los hizo voltearse a verse. Pan era el mayor símbolo de su unión, su pequeña personificaba su mutuo afecto, el motivo que los hacía dormir abrazados esperanzados por volver a mirarse al despertar. Y sin ella, no hubieran logrado superar cada obstáculo que los retó al madurar su matrimonio.

Ya no eran ni uno ni dos, eran tres. Eran una familia, y sin dejarse embriagar por los lujos propios de la monarquía, lo reafirmaban afables: eran padres. Levantándose, abandonaron su aún tibio lecho conyugal. Las ropas no se demoraron en cubrirlos. Estaban retrasados, más que meramente retrasados, no obstante, tal noción no pudo romper con ese sentimiento que los acogía.

Gohan la amaba, y ella a él. No necesitaban más.


Hoy no era un día cualquiera, quizá para los demás sí, pero para él no. Frente al espejo de su habitación se vistió deprisa, había aguardado por ese momento con tanta expectación que los nervios le explotarían si continuaba reprimiéndose. Necesitaba hacerle esa pregunta, en verdad lo necesitaba. Y con más ahínco, deseaba escuchar su respuesta.

¿Lo que dices y sientes es verdad, la amas?

Sí.

¿Estás dispuesto a tener que esperar un largo tiempo para poder estar con ella?

He esperado toda mi vida, no me molesta aguardar un poco más.

Si así de fuertes son tus convicciones, las respetaré, aunque comprenderás que no puedo ser indulgente con ella.

Esas habían sido sus palabras y las de Gohan aquella lejana tarde una década atrás. Prometiéndose a sí mismo fortaleza y paciencia, aguardó año tras año a que esta precisa ocasión llegara, y al fin, con el arribar del sol matizado por el cantar de las aves, ese instante tan esperado por su cordura y por su corazón, finalmente tocó a su puerta.

Sin lugar a dudas esa fue su batalla más difícil, una batalla que orgulloso y esperanzado confiaba haber ganado. A lo largo de esa contienda recibió muchos golpes dolorosos, sin embargo, igualmente fue visitado por sutiles y efímeros chispazos de auténtica alegría. Krilin, viéndose preparado para empezar con sus labores habituales, salió de su alcoba caminando con solidez.

Una gigantesca ilusión iba creciendo en él con cada paso que realizaba, avanzó por los pasillos del castillo llenándose de positivismo. Tal y como lo venía haciendo desde hacía años, Krilin desde los primeros minutos de la mañana se enfocó en sus deberes, los lacayos pulían los pisos dejándolos impecables, a su vez, que las sirvientas cambiaban las plantas decorativas en los aposentos.

El reloj, del mismo modo, ejecutó su deber indicando segundo a segundo el andar del tiempo. Habiéndose asegurado que la mesa estuviera correctamente servida, y al ver a los asistentes colocando los platillos sobre ésta, en la cabeza de Krilin, una serie de recuerdos lo ensimismaron por un breve pero intenso santiamén.

Una vez que el proceso de transición del poder se efectuó como se tenía previsto, Gohan, inmediatamente, asumió su puesto encargándose de su exaltada y delicada designación. En síntesis, la estructura social y monárquica continuó por su normal camino pese al cambio de gobernantes, los que sí se transformaron, fueron algunos minúsculos pero enormes detalles.

¡Vaya Goku, voy a echarte mucho de menos!

Vamos Krilin, no exageres–Goku le sonrió–no es que nunca más nos volvamos a ver, además, sabes dónde estaré, así que puedes ir a visitarnos cuando gustes…

¿Y tú Goku, nos visitarás?

Lo prometo, sé que cuando me concentro en mi entrenamiento me olvido de muchas cosas–le reconoció frotándose la nuca y riéndose–pero vendré de vez en cuando a visitarlos…

¿En verdad quieren irse, Goku?

Sí, Krilin–Goku habló con una inesperada seriedad–viví muchas cosas aquí, me llevo muchos y bellos recuerdos, pero sabes, muy en el fondo, siempre he extrañado la montaña Paoz, la casa de mi abuelo, la selva, los ríos, todo eso Krilin, extraño todo eso, quiero regresar y vivir lo que me quede de vida allí, Gohan ya es un hombre, puede cuidarse solo, y también tiene una familia propia que cuidar, pese a no estar cerca, sé que él hará las cosas bien…

¿Cómo lo tomó Gohan?

Bien, nos comprendió a su mamá y a mí…

¿Y Goten?

Míralo tú mismo–Goku lo señaló con un dedo.

Krilin se volteó rápidamente, el infante hablaba ansioso con su madre, a pesar de la distancia, el hombrecillo sin fosas nasales lo escuchó al afirmar que no podía esperar por conocer el sitio que sería su nuevo hogar, asimismo, le preguntaba a Milk si Trunks podría ir a visitarlo, cuestionamiento que la antigua soberana replicó positivamente para júbilo de Goten.

Encontrándose a punto de emprender su marcha a una nueva existencia, las despedidas no se hicieron esperar. Ox Satán abrazó fuertemente a su nieto menor, besó a su hija y le dio un apretón de manos gigante a Goku. Gohan, por otro lado, sacudió la alborotada cabellera de su hermano antes de rodear a su madre con sus brazos, finalmente, le deseó suerte y felicidad a su padre.

¿De verdad no quieren que les ayude? –Gohan insistió por última vez–saben que haría cualquier cosa, sólo pídanlo.

No, hijo, gracias, pero nosotros queremos hacer por nuestra cuenta lo que debimos haber hecho–Milk le respondió–cuídate mucho, estoy muy orgullosa de ti, no dudes de ti mismo y por favor no olvides escribirnos…

Uniéndoles, la más reciente miembro de la familia, se despidió de ambos comprendiendo en su interior el gigantesco salto personal que estaban por dar. Quién mejor para entenderlos que Videl, la mujer citadina que deseosa de aventuras y nuevos rumbos, salió de su ciudad hallando un sitio dónde poder crecer y sentirse satisfecha consigo misma.

Recuerda lo que habíamos hablado, sé tú misma, no te impongas cadenas como yo lo hice–Milk le aconsejó–y cuando sea necesario, usa ese gran carácter que tienes, esa es tu mejor arma, úsala con sapiencia.

Lo haré…

Los ojos de Krilin los miraron al elevarse en el aire, Goku cargaba a Milk mientras Goten flotaba por encima de ellos sin borrar su emocionada sonrisa infantil. El trío aceleró dejando a sus espaldas tanto a la Tierra del Fuego como esa etapa de sus vidas, su ciclo en aquellos monárquicos territorios se acabó, ahora, Milk y su esposo, se retiraban para responder una pregunta mutua:

¿Si desde el comienzo se hubieran marchado de la Tierra del Fuego, qué habría sido de ellos?

Todos estaban finalizando sus círculos para iniciar otros.

Todos, excepto él.

Y no queriendo quedarse rezagado, Krilin, pacientemente, esperó.

– ¡Krilin!

Sacudiéndolo, la gruesa voz de Picorro lo sobresaltó.

– Hola Picorro, qué ocurre.

– ¿Y Gohan? –Le cuestionó al no verlo en la sala del comedor– ¿acaso no piensa bajar a comer?

– No lo sé, ya debería estar aquí, probablemente se quedó dormido.

– Espero que llegue pronto, tengo pensado hablar con él con respecto a Dieciocho–aseguró el guerrero verdoso–y estoy muy seguro que sabes qué fecha es hoy.

– Sí, lo sé, para qué negarlo, hoy es el día de la liberación de Dieciocho.

– Habrán pasado diez años, pero aún sigo desconfiando de ella.

– ¡Esta vez no Picorro, no volveremos a tener este mismo debate!

– Veo que no has abierto los ojos, en fin, todavía no me fío de esa mujer.

Picorro, él sin duda seguía siendo el mismo. Desconfiado y cauteloso, Picorro nunca le quitó su mirada vigilante a Dieciocho durante la década entera en la cual permaneció enjaulada. Él siempre se mantuvo lejos del alcance de la vista, pero sus oídos, sus oídos alertas buscaron incansables el más ínfimo murmullo que alertara que la prisionera trataba de recuperar su libertad.

– ¡Vamos Picorro! –Krilin trató de bajar la tensión– ¿acaso nunca deseas relajarte tan sólo un poco?

– ¿Para qué? –Picorro debatió– ¿para convertirme en un perezoso como ustedes?

Krilin únicamente se carcajeó como contestación.

– ¿De qué te ríes?

– De nada Picorro, de nada–asintió cruzándose de brazos–veo que hay cosas que sí cambian y otras que no.

– Estaré afuera, regresaré en unos minutos para discutir con Gohan la liberación de Dieciocho.

Liberación.

¡Qué poderosa palabra!

Y lo era para Krilin.

Ya que eso implicaba dos posibilidades: una lo haría infinitamente feliz, la otra destruiría sus ilusiones.

– Quiero que recupere su libertad, pero no deseo perderla…


– ¿Aún duerme?

– Así parece, no escucho ningún ruido.

– Ya debería estar despierta.

– En ocasiones es igual de perezosa que tú.

– ¿Yo, perezoso?

– Sí, algunas veces lo eres–Videl le señaló–ahora baja, los demás deben estar preguntándose dónde estamos.

– Bien, las estaré esperando.

Habiendo salido de sus aposentos, ambos se dirigieron a la habitación que alguna vez le perteneció a Gohan en su infancia, y que ahora, tal como la fue para él, esa recámara le ofrecía comodidad a la niña que los representaba a los dos más allá de cualquier ideal: Pan. Viendo a su esposo marcharse, Videl abrió por completo la puerta introduciéndose en el dormitorio.

Pese a caminar con cuidado y silencio, su sigilo se vio interrumpido al pisar uno de los tantos juguetes que yacían regados por doquier. La reina no tardó en fruncir el ceño, ya había olvidado cuántas veces le ordenó a Pan limpiar el tremendo desorden que ella misma creaba. Por un breve instante se recordó en su juventud, en ese entonces, no imaginó convertirse en madre.

Madre.

Ella era madre de una niña.

Sentándose con suavidad en la cama de su hija, a Videl le fue imposible no extender una mano para mimar los cortos cabellos negros que la adornaban. Sintiendo sus rizos entre sus delgados dedos, Videl revivió aquella mañana hace poco más de cuatro años, una mañana que marcó el inicio de una nueva etapa en su existencia, la cual, llegó para quedarse.

¿Qué era esa inusitada sensación que creía desde su interior?

¿Por qué ahora sentía la necesidad de proteger a otro y no a sí misma?

Náuseas recurrentes, un abrumador agotamiento, una felicidad extrema que se convertía en una tristeza angustiosa. Tales síntomas sólo podían indicar una cosa, y al considerarlos, un océano de miedo la azotó con crueles oleadas. Con esa posibilidad tomando cada vez más fuerza, Videl evocó a su propia mamá y a Milk, mujeres que de un modo u otro le dieron la vida y la hicieron madurar.

Y al confirmarse su intuición, todo en su ser y en el ya extraño mundo que conocía, volvió a cambiar. Jamás olvidará la cara de Gohan al comunicarle la noticia, existían tantos términos para describirla: tonta, boba, feliz, jovial, sincera, sorprendida, ilusionada. Con ello, Videl se encontró atrapada en un infinito carrusel gracias a la extrema felicidad de Gohan al hacerla girar en el aire.

Asimismo, al llegar a oídos del pueblo su buena fortuna, éste no se demoró en exclamarle sus felicitaciones. Y de igual manera, su padre al enterarse no soportó la idea de estar lejos de ella visitándola recurrentemente para verla. Los meses pasaron, y asombrándola, llegando al punto de robarle el aliento en una más de una vez, su vientre fue creciendo ante sus ojos atónitos.

Su estadía en la preparatoria, sus peleas contra ladrones y mafias, sus sesiones solitarias de entrenamiento, su encarnizada persecución de un superhéroe enmascarado, el ataque de un déspota cazador de recompensas, su viaje de exploración personal y posterior boda. Tales eventos eran capítulos en el libro de sus memorias, y justo en ese momento, se escribía un episodio más.

¡Oye, me haces cosquillas! –Videl alegó entre risas.

Lo sé, por eso lo hago–riéndose también, Gohan no desistió de sus acciones.

¡Pues deja de hacerlo! –inútilmente, ella trató de frenarlo.

Discúlpame, es que no puedo evitarlo–el antiguo Gran Saiyaman, entusiasta, continuó besando y acariciando su pronunciado abdomen–es que estás tan redonda Videl, y eso me encanta.

¿Redonda? –Fingiendo estar ofendida, le dio una palmada en la cabeza– ¿así que te divierto, soy una especie de chiste viviente para ti?

Dibujando su rostro más furioso, Videl quiso jugarle una broma a su marido al voltearse dándole la espalda. Como era de esperar, Gohan la inundó con millones de disculpas al creer que realmente la ofendió. Videl, al mejor estilo de una chiquilla en medio de una travesura, luchó por enjaular las estridentes carcajadas que se acumulaban en ella al oírlo pidiéndole su perdón.

Anda Videl, por favor, no te enfades, sólo quería jugar un poco contigo, nada más…

Podrá haber pasado mucho tiempo desde que se conocieron, pero él seguía siendo tremendamente ingenuo, y más, si se trataba de ella. Sintiendo sus gruesas palmas rodeando su estómago, la hija del ex campeón mundial creyó conveniente dar por acabada su jugarreta. Girando con lentitud, a causa de su estado, la chica que reemplazó a Milk lo miró de frente.

Aún me asombra el hecho de que seas tan fácil de engañar–ella le susurró, al delinear varios círculos en una de sus mejillas.

La única persona que puede hacerlo eres tú…

Gohan…–dijo su nombre con un repentino desánimo.

¿Qué pasa Videl, ocurre algo malo? –notando su cambio de humor, Gohan se volcó a ella.

¿Y si me equivoco Gohan? –La melancolía se marcó en su voz–no sé si estoy lista para esto, en unos meses nacerá el bebé, me aterra cometer un error…no soportaría saber que nuestro hijo crecerá odiándome…

Eso nunca sucederá, Videl, nunca–Gohan le aseguró tajante–este bebé es tuyo y mío, nuestro…y puedo decirte que sé que jamás te odiará, no pienses eso, no lo hagas–él se acercó más a ella–esto es nuevo para los dos, no importa cuánto libros lea, ninguno podrá enseñarme lo que es ser padre, tendremos tropiezos, es normal, pero sabremos aprender de ellos…

En el fondo siempre envidié eso de ti, sabes qué decir cuando es necesario.

Me gustaría que eso fuera cierto, pero no lo es, simplemente repito lo que mi abuelo me dijo muchas veces–replicó el hermano de Goten–es él, yo no, el que siempre sabe decir lo que es necesario en el momento justo…

No importa, igual me alegra escucharte–su volátil ánimo fluctuó nuevamente, esta vez, para bien–y no te subestimes, tal vez tengas la apariencia de un hombre ingenuo, pero no eres un tonto, te amo mucho, mi amor…

Mi amor.

¡Cuánto amaba oírla llamarlo así: mi amor!

Ni el ataque más poderoso de su maestro, ni la técnica más destructiva de su progenitor, eran capaces de igualar el impacto que esa frase pronunciada por Videl logra generar en él. Y para Gohan, tal frase sólo podía ser contestada de una forma. Sintiéndose un adolescente otra vez, la besó, la besó lento y profundo, queriendo que su amor por ella la llenara llegando a su futura hija.

Un infantil suspiro la sacudió, Videl observó silente como Pan se reacomodaba en el colchón continuando con su deleitante dormitar. Y al verle su faz, Videl fue enviada casi mágicamente al pretérito, justo cuando descubrió que en ocasiones el dolor más desgarrador del cosmos era el precursor de una alegría digna de la más sublime apoteosis.

¡Continúa, falta poco…sólo un poco más!

Y allí, escuchando las palabras de coraje de su suegra mientras apretaba con furia las sábanas, Videl libró la que fue, es y será, la batalla más bella que ha sostenido. Cada lágrima, cada grito, cada quejido y cada resoplido valieron la pena al escuchar su llanto primigenio. Lloraron juntas, lucharon juntas y triunfaron juntas, eran madre e hija, reunidas por primera vez.

Quiero verla, quiero verla…

Tan frágil y a la vez tan vigoroso, Videl no supo cómo definir ese estremecimiento que la recorrió al cargarla entre sus brazos. Ella aún lloraba, y su sollozo vibró con una intensidad que hizo temblar el castillo entero hasta alcanzar a un joven caballero que aguardaba del otro lado de la puerta. Y él, impaciente y apresurado, las buscó con sus pupilas hallándolas unidas para siempre.

Tanto él como ella eran los pilares de una nueva generación, su historia lentamente le daría su lugar a la siguiente. Y envueltos en aquel paradigma de jovialidad, los plácemes llovieron sobre el dúo convertido en trío. Goku abrazó a su hijo, Milk no dejó de mirar a su nieta, Goten invadido por la impaciencia contemplaba a su sobrina y Mr. Satán reconfortaba a su agotada primogénita.

¡Está preciosa! –Milk, emocionada, exclamó– ¡Goku, ya somos abuelos!

¿Milk, por qué lloras? –Goku se le acercó al verla sollozar.

¡Me siento tan vieja, la familia está creciendo y yo no dejo de envejecer!

Mamá, no digas eso…

Vamos Milk, no pienses así, no eres ninguna anciana.

Se parece tanto a ti cuando naciste, eres idéntica a ella–Mr. Satán, cargando a la criatura con cuidado, no pudo evitar afirmar el notorio parecido entre las dos–son dos gotas de agua…

Papá, no exageres–contestó una exhausta Videl.

No exagero, es la verdad.

Es cierto, se parece mucho a ti–Gohan, vislumbrado a su hija, se le acercó por detrás al ex campeón mundial–tiene tu cara.

Pero tiene tus ojos–Videl recalcó, recordando el oscuro tono azabache en las retinas de la bebé.

¿Y cómo se llamará? –Goten, sin darse cuenta, formuló la pregunta que nadie había elaborado.

¡Cómo olvide eso! –Milk inquieta, les dijo– ¿cuál será su nombre, ya lo tienen pensado?

Mirándose calladamente, los otrora defensores de Ciudad Satán se hablaron sin usar ni un sólo vocablo. Una infinidad de posibles nombres habían cruzado por sus mentes con anterioridad, pero uno a la vez, ambos los fueron descartando, y con ello, se vieron arrinconados contra la pared al no saber cómo bautizar al ser que muy pronto los visitaría para jamás marcharse.

Sin embargo, eso cambió cuando la ojiazul le dio un vistazo a un antiguo libro familiar.

Pan, mamá, a Videl se le ocurrió llamarla Pan.

¿Pan? –Ese nombre golpeó a Milk en su corazón– ¿hablan en serio?

Sí, señora, pensé que le gustaría, por eso lo mantuvimos en secreto hasta ahora.

¿Qué te pasa, mamá? –Goten le cuestionó al notar su semblante pensativo.

Ese era el nombre de mi madre, Goten, así se llamaba tu abuela.

Leer. A Videl, en su adolescencia, la mera noción de sostener un libro entre sus manos le causaba un tremendo aburrimiento. Ella era de actuar, no de reflexionar. No obstante, sin imaginarlo, el gusto por la lectura se arraigó en ella con sutileza, no tanto a como a su esposo, pero aún así, con el suficiente ahínco como para pasar una tarde completa sumergida en los textos.

Viéndose imposibilitada de ejecutar sus acostumbrados entrenamientos a consecuencia de su embarazo, Gohan le sugirió a su esposa buscar alguna alternativa que no la hiciera pasar día tras día encerrada en la monotonía. E impulsada por su curiosidad innata, Videl se sorprendió a ella misma al hallarse rodeada de los cientos de estantes que adornaban la biblioteca del palacio.

Ojeando página por página, Videl retrocedió décadas en el pasado de la Tierra del Fuego, topándose con el calcinante relato del incendio que devoró el alcázar, y por supuesto, con la vehemente huida de las llamas que protagonizaron el abuelo de su marido y el vestido de novia, que Milk y ella tiempo después, usarían para sus respectivas bodas.

Y justamente, al conocer más de las raíces de la familia real, Videl llegó a una cruda conclusión. El destino fue muy cruel con ella y con Milk, de una manera similar, padecieron el doloroso adiós de sus madres. Separadas por los años y la distancia, suegra y nuera, estaban más vinculadas de lo que imaginaban.

Ensimismada, Videl frotó su vientre con ese pensamiento. Ambas mujeres merecían cerrar esa herida que yacía abierta en ellas, y tal vez, ese diminuto ser que venía en camino haría realidad tal deseo. Susurrante, Videl leyó un nombre en específico perdido entre los miles de párrafos allí escritos. Y con una idea flotando en su cabeza, no tardó en decírsela a un sorprendido Gohan.

Sé que ese era el nombre de su madre, señora–Videl se dirigió a ella sin dejar de mirarla–me gusta el nombre, y si usted está de acuerdo, me encantaría que mi hija se llamara de ese modo.

–Milk respondió por instinto–sí, claro que sí, llámenla así…

Entonces está decidido, se llamará Pan.

¿Puedo cargarla? –Goten le indagó a su hermano, ahora en su faceta de paternidad.

Sí, Goten, pero sostenla con cuidado…

– ¿Mamá, eres tú? –sacándola de ese mar de remembranzas, la persona que la llevó a verse de una manera jamás imaginada, le habló haciéndola reaccionar con torpeza.

– Sí, Pan, soy yo.

– ¿Qué pasa?

– Ya es hora de levantarse, dormiste más de lo debido–Videl se puso de pie apartando las frazadas que la cubrían–anda, ve a ducharte y luego desayunas, todos se deben estar preguntando por qué no has bajado aún.

– ¡Pero quiero seguir durmiendo! –holgazana, Pan tiró de las mantas para volver a refugiarse en ellas.

– Lo siento, señorita, pero ya has dormido suficiente–Videl le ordenó, sin vociferar pero con un acento de autoridad muy marcado.

– ¡Pero mamá!

– ¡Pero nada!

Delineando una clara expresión berrinchuda en su cándido rostro, Pan saltó de la cama siendo vigilada muy de cerca por los azulados ojos de Videl. Quien al observar el desastre de habitación de su hija, no se demoró en aclarar su garganta deteniendo en seco los pasos de Pan. Para la pequeña ese sonido ya era más que conocido, su mamá, sin duda, no se andaba con rodeos.

– Primero asea este desorden, creí haberte dicho anoche que lo hicieras.

– Se me olvidó–se excusó con leve humorismo.

– Pues esta vez no se te va a olvidar.

Viendo como Pan recogía uno a uno sus osos de felpa y demás juguetes, a Videl tal escena le hizo soltar una sutil risa. Ella, que en su niñez y adolescencia fue un símbolo de rebeldía, ahora yacía imponiendo el orden tal y como su propio padre solía demandárselo. Sin apartar su mirada de Pan, Videl se interrogó internamente si aún quedaba algo de esa chica malhumorada de antaño.

Sí.

Ella es Videl, tanto por fuera como por dentro.

Pero es una Videl diferente, una Videl que supo aceptar y asimilar su nueva vida.

La justiciera con coletas todavía sigue allí, pero sólo como un bello recuerdo que nunca dejará de ser parte de ella. Años atrás, en el comienzo de su madurez, Gohan le imploró ser siempre ella misma, que jamás cambiara, actuando eternamente como la Videl que él conoció. Una hermosa y sincera petición, pese a eso, al ir envejeciendo, la propia Videl, deseó ir más allá de sus límites.

No es correcto estancarse.

Se debe crecer.

Y eso quería.

La testarudez y vigor de Pan eran un reflejo de su anterior yo, Pan encarnaba los ideales que con valor y pujanza defendió en su ya superada pubertad. Seguía siendo terca, punzante, sarcástica y si la ocasión lo requería: gruñona. Aún así, gracias en gran medida a la mismísima Pan, en ella floreció una mujer centrada, una mujer que sin codiciarlo, será la inmortal inspiración de su hija.

Y quizás, mucho más adelante en el porvenir, una segunda Videl se plasme evocando a la primera.


Se quedó petrificada observando la cazuela que hervía, reaccionando por impulso, Milk pestañeó descongelándose regresando a la realidad. No supo exactamente qué pasó, se hallaba tranquilamente preparando el refrigerio que con el cual recibiría a su esposo e hijo luego de entrenar, cuando al pensar en su nieta su mente se desprendió de ella por un instante.

Milk sonrió al recordarla, hacía unos meses visitaron el reino que alguna vez gobernó, pasando todo el día con Pan quien no dejaba de asombrarla. Desde el momento de su nacimiento, entre Pan y ella se creó un invisible pero profundo vínculo mucho más dinámico que el simple nexo de una abuela con sus sucesores. Pan tenía la fuerza de su padre, y sin dudar, el carácter de su madre.

Sin embargo, Pan también poseía parte de su esencia. Si al conocer a Videl, Milk se identificó con ella, con Pan, la esposa de Son Goku, igualmente se observaba en la niña. Y ese hecho, el de ser una mujer, le brindó una felicidad que silentemente deseaba. Antes, su vida se encontraba rodeada de hombres, con Videl el ambiente femenino se incrementó, y con Pan, éste se expandió.

La hija de Ox Satán volvió a ensimismarse sin darse cuenta, su existencia entera dio un vuelco radical desprendiendo de su alma la amargura y distanciamiento que ella misma forjó. La Milk de años atrás, hubiera reprendido a Pan por jugar en el jardín del castillo ensuciando su vestido. La Milk de ahora, era precisamente quien la llevaba a hacer tal cosa sin la más remota reprensión.

Su familia creció, y ella, no fue la excepción.

Gohan, hijo–sus propias palabras revivieron en sus oídos–necesito hablar contigo, por favor acércate.

¿Ocurre algo malo, mamá? –cuestionó el recientemente coronado monarca.

Despreocúpate, no es algo malo pero sí es serio.

Unos días después de la boda y la coronación de Gohan, éste ya se estaba amoldando a su puesto con naturalidad. Viendo que su primogénito y su joven nuera eran capaces de desarrollarse por sí solos, Milk se envalentonó para iniciar con aquella plática que venía ensayando mentalmente. Gohan soltó su mano para recorrer su camino, y ella, ansiosa, deseaba hacer lo mismo.

Escúchame Gohan, te eduqué lo mejor que pude, sé que cometí muchas equivocaciones que lamentaré toda la vida pero que me alegran reconocer–Milk, hablándole con lentitud fue tomando confianza–tú ya tienes una responsabilidad que atender, y no te hablo solamente del reino, me refiero también a tu esposa…

Eso lo sé muy bien, mamá–le comentó–pero no entiendo a qué quieres llegar.

Como sabes, cuando tu padre y yo nos casamos él pensó en regresar a las montañas Paoz–Milk le relató–pero yo me negué, me aferré a las paredes del castillo porque la idea de vivir en una selva rodeada de animales salvajes me horrorizó, y persuadí a tu padre para que nos quedáramos aquí.

Gohan asintió sin opinar.

Al mirar atrás y recordar los tropiezos que di, me pregunto cómo habrían sido las cosas si hubiera aceptado el deseo de tu padre, por eso, viendo que ya tienes todo bajo control y que mereces tu propio espacio, he tomado una decisión–Milk hizo una pausa, dándole la oportunidad a Gohan de recuperar la elocuencia.

¿Decisión?

Sí, hijo–ella recalcó–he decidido irme del castillo para acompañar a tu padre a las montañas Paoz, él me apoya y está entusiasmado con la idea, también queremos que Goten venga con nosotros, este ambiente de realeza y etiqueta no es para él, y quiero que sea feliz en un lugar donde se sienta más cómodo.

Pero mamá, no…

Lo siento, hijo–lo interrumpió–pero ese es mi deseo, debo hacerlo Gohan, de verdad, quiero marcharme del reino.

Mamá, estás confundida, si te quedas verás que pronto se aclararán tus pensamientos.

No, hijo–reafirmó tajante–no estoy confundida, al contrario, muy pocas veces en mi vida he estado más segura de algo, sé que te duele que nos vayamos, aún así te pido que nos entiendas, entiéndeme, ya me quedé muchos años estancada, quiero recuperar el tiempo perdido…

Y yo no quiero que te vayas mamá, no quiero que se vayan.

Milk no lo pudo soportar, y se lanzó a su hijo abrazándolo con todas sus fuerzas. Lloró, ella lloró sin lograr contenerse mientras Gohan buscaba alguna idea que consiguiera persuadirla. Pero fue inútil, él sabía que nada en el mundo sería capaz de disuadirla. Su madre era una mujer dueña de una increíble firmeza, y al proponerse algo, por muy difícil que pareciera, ella lo materializaba.

Aquella, era una batalla que Gohan tenía perdida.

Era injusto, Milk era consciente de ello. Pese a vivir bajo el mismo techo casi toda su vida, ambos vivían como extraños, caminando alejados uno del otro, recorriendo su respectivo sendero sin alcanzar encontrarse. Y ahora, que finalmente las turbias aguas se apaciguaron, el suave oleaje se encargaba de distanciarlos otra vez.

Cruel y doloroso; sí, pero absolutamente necesario. Milk vio el rostro derrotado de su primogénito, con culpa y remordimiento se recriminó por hacerlo sentir destrozado arruinando la alegría de su reciente casamiento. No obstante, su anhelo incesante no le permitiría ocultarlo más. Y resistiéndose la mirada opacada de Gohan, Milk no dio marcha atrás.

Aunque quisiera, ya no era posible.

Y la noche antes de irse, sintiendo aún una combinación de culpabilidad por alejarse de Gohan e ilusión por recomenzar con Goku, Milk, guardando silencio a una prudente distancia, escuchó como ambos, hablándose de hombre a hombre, se vieron las caras reflejando sus pensamientos en sus facciones, atrapados en una burbuja de contrariedad.

Sé que tu madre ya habló contigo.

Sí, papá, mamá ya me lo dijo todo.

Entiendo que parece precipitado, pero te aseguro que nosotros sólo…

No hacen falta más explicaciones, con las de mamá son más que suficientes–Gohan se le adelantó–no estoy molesto o disgustado, no piensen eso de mí, solamente que la noticia me fue inesperada…

Ya no eres un niño pequeño, sé que podrás vivir tu vida sin nosotros sin problemas.

Me resultará difícil, tenlo por seguro papá, pero eso no me detendrá.

Goten está muy emocionado con el viaje–Goku le dijo levemente incómodo, trataba afanosamente por sembrar la felicidad en el ambiente–pienso, que al igual que tu madre, que esto es lo mejor para él.

Aunque no me creas, creo lo mismo–opinó Gohan–espero que mi hermano se sienta feliz, mamá tiene razón, este lugar, el castillo, no es para él…

Vendremos de visita, tú también puedes visitarnos, estar lejos no es razón para no volver a vernos–Gohan sonrió como siempre solía sonreír.

Por cierto, papá–Gohan retomó su seriedad– ¿exactamente dónde y cómo piensan vivir?

Antes de venir aquí, vivía con mi abuelo en su cabaña, era pequeña pero espero que aún siga de pie allí después de tantos años.

¿Una cabaña? –Gohan dudó–discúlpame papá, pero no creo que ese sea el lugar indicado para que ustedes tres vivan, quizás debería construirles un sitio para…

No te preocupes, nos la arreglaremos nosotros mismos, ya lo verás, todo saldrá bien.

– Y así fue–murmuró Milk abandonando sus recuerdos.

La desolación les dio la bienvenida al llegar, una desolación que era como un lienzo en blanco listo para ser pintado trazo a trazo por sus ansiosas manos. El primero en dejarse poseer por las verdes montañas fue Goku, y máxime, cuando se vio frente a frente con la maltrecha y dañada cabaña que en su niñez él llamó su hogar.

Por su parte, Milk giró dándole un largo vistazo al paisaje. Eran los únicos seres humanos en kilómetros en la redonda, el césped cubría enteramente el piso y los cientos de árboles a su alrededor adornaban la tranquila vista. En el pasado se quedaron los lujos, y orgullosa de ya no verse sumergida por ellos, Milk no se demoró en reconstruir su nuevo yo.

Allí, no muy lejos de donde se hallaba parada, Milk observó una diminuta llanura rodeada de vegetación decorada con un riachuelo que fluía silente pero vigoroso. Y deteniéndose en medio de esa explanada, Milk lo supo, era ahí, ese era el sitio que debió convertirse en su morada. Acogiendo esa convicción en su ser, ella no se demoró en darle rienda suelta a sus fantasías.

Por un santiamén la vio, juraría que así fue, esa imagen se proyectó con una solidez que la pasmó. Y en los días venideros, tal sueño se materializó dibujando una inmensa sonrisa en su faz. Los tres, usando la madera de los incontables robles, fueron dándole forma, pieza por pieza, a esa humilde pero cálida edificación que representaba lo que más buscaban: paz.

Eran ellos al fin. Sin sirvientes atendiéndolos, sin joyas o riquezas en sus atuendos, sin nada que los hiciera aparentar perfección, simplemente eran ellos tres. Y para deleite de Goku, Milk empleó su habilidad culinaria tomando los exóticos y extravagantes ingredientes de Paoz, creando una interminable gama de platillos que, contra el apetito del guerrero, no duraban ni un parpadeo.

– ¡Mamá, mamá! –esa voz, más gruesa y menos infantil, llenó las paredes de la casa.

– ¡Estoy en la cocina!

– ¡Qué bien huele! –Goten, igual de hambriento que su padre, desesperadamente curioseaba las cacerolas aún cerradas.

– ¡Goten! –golpeándolo en sus impacientes palmas con su fiel cucharon, Milk lo reprendió– ¿dónde están tus modales?

– ¡Pero mamá, estoy muriéndome de hambre!

– ¡No te daré ni una sola cucharada hasta que no te hayas dado un baño! –Sin olvidarse de su disciplina, Milk impuso el orden–anda, obedece, ve a ducharte.

– Sí, mamá.

Goten, resignado, se encaminó a la planta alta mientras se iba quitando su uniforme de entrenamiento. Al verlo Milk suspiró, su Goten, aquel niño de baja estatura, había crecido convirtiéndose en todo un joven apuesto y lleno de energía, la cual, en ocasiones, se desbordaba incontrolablemente. En definitiva, Goten ya era un adolescente.

Exhalando, Milk regresó a sus labores. Todavía le asombraba cuán diferentes eran sus hijos, Gohan lucía una seriedad tremendamente marcada, tal seriedad lo representaba tal y como es: un hombre sensato y maduro. Goten, en contraste, era muchísimo más liberal. Haberlo sacado del castillo multiplicó exponencialmente su vivacidad, volviéndose un chico que derramaba ímpetu.

No obstante, ese ímpetu debía canalizarse para que fuera de provecho, y Milk sabía cómo.

– ¿Milk, ya está lista la cena?

– En unos minutos…

Más hambriento que un ejército, Son Goku se acercó a su esposa alegrándose al percibir el inconfundible aroma que emanaban de los alimentos aún en cocción. Increíblemente, no era necesario decirle qué hacer, y tan veloz como un relámpago, se marchó deseoso de darse un baño y así disfrutar de cada bocadillo que Milk elaboró.

Por millonésima vez ella sonrió, al fin, aquel agujero que se mantuvo abierto en su alma por tantos años desapareció. Si bien se lamentaba por su inútil terquedad, Milk sabía que no era el momento para lamentaciones, no se estancaría llorando por el pretérito, disfrutaría de su presente esperando con confianza el futuro que segundo a segundo se iba cristalizando.

– ¿Se divirtieron?

– Sí, pero aún sigo sin poder ganarle a papá.

– Ya verás que pronto lo harás–Goku le comentó antes de darle una enorme mordida a su pescado asado.

Ya sentados en la mesa, el trío, sobre todo los caballeros, saborearon el festín en sus platos llenando sus insaciables estómagos. Viendo con sutileza a Goten comer, Milk se preparó para iniciar con la conversación que desde hacía unos días pretendía tener con él. Y dándole un último sorbo a su sopa, la antigua soberana de la Tierra del Fuego le habló:

– Goten, he pensado en lo que me pediste…

– ¿En serio?

– Sí, ya eres un chico y comprendo que tengas ese deseo de ver más del mundo, cuando eras niño las montañas eran suficientes para ti, pero hoy ya no lo son…

Goten la veía ansioso.

– ¿Dime hijo, exactamente qué es lo que deseas de la ciudad?

La historia volvía a repetirse. La travesía que en su época Gohan realizó, ahora era anhelada por Goten. No para encontrar a una doncella a la cual desposar y así coronarse Rey, sino, por la mera aspiración de estar rodeado de más personas, y principalmente, impregnarse del entorno electrizante que sólo una metrópoli rebosante de otros jóvenes es capaz de producir.

– Sólo quiero ver cómo se vive allí, Trunks me ha dicho que…

Trunks, esa era la clave. Desde que se conocieron ambos forjaron una amistad más sólida que el acero, convirtiéndose en el peso y contrapeso para cada uno. Trunks, viviendo de la Capital del Oeste, una urbe gigantesca y repleta de facetas, implantó en Goten ese afán por querer experimentar lo que era estar en una ciudad.

– No voy a encadenarte, hijo–Milk, con pausa le dijo–sé que deseas conocer más lugares y personas, pero no puedo permitirte que te marches a vivir solo a la Capital del Oeste, está demasiado lejos y no podría soportar la inmensa distancia.

– ¡Pero mamá!

– Escúchame, aún no he terminado–Milk profundizó su tono–pero tengo una idea que tal vez te guste.

Goten la miró expectante.

– Desde que vinimos aquí has estudiado por tu cuenta, y creo razonable que no quieras quedarte acá encerrado todo el tiempo, por eso quiero que te inscribas en la misma escuela en la que estudió tu hermano hace unos años.

– ¿Aquella escuela que está en Ciudad Satán?

– Sí, esa misma–le afirmó Milk–acabarás tus estudios allí y así conocerás a más gente como tanto quieres.

– ¿Y podré quedarme a vivir ahí?

– Sí.

Las retinas de Goten se ensancharon, no lo podía creer, su madre le estaba concediendo, parcialmente, su petición.

– Pero dar este paso trae consigo responsabilidades, si deseas vivir en Ciudad Satán tendrás que hacerte responsable de ti mismo…

– ¿Y cómo haré eso?

– Bueno, Gohan buscó un empleo y con eso logró sobrevivir por su cuenta–Milk le señaló–una vez que ya estés en la ciudad, quiero que no descuides tus estudios y que de vez en cuando vengas a vernos.

– No muestres tus poderes públicamente, recuerda lo que pasó con Diecisiete, los habitantes de Ciudad Satán podrían asustarse si ven tus habilidades–Goku, con una inesperada sapiencia le aconsejó.

– Esas son mis condiciones–Milk puntualizó con firmeza y tranquilidad– ¿las aceptas?

Ciudad Satán no era la Capital del Oeste, no visitaría esas discotecas y clubes nocturnos que tantas veces escuchó mencionar de Trunks, aún así era una experiencia que deseaba palpar. Se toparía con situaciones que ni imaginaba, pero ya las enfrentará y como Gohan hace una década atrás, conocerá lo que es convivir con otros adolescentes construyendo su propio carácter.

– ¡Sí! –Goten, entusiasmado le respondió, y levantándose de su asiento se aproximó a su madre para abrazarla–vendré a visitarlos, se los prometo.

– Lo sé hijo, lo sé, confío en ti–evitando verse dolida, esbozó un rostro sereno–no te metas en problemas, no faltes a la escuela, no te desveles por las noches y no dudes en volver si es necesario.

La idea no le gustaba completamente, desprenderse de él le causaba una inquietud monumental al pensar qué estará haciendo, habrá comido bien, duerme cómodo por las noches. Como su mamá, le era imposible no preocuparse por él, pero tal como le pasó con Gohan, ya era hora de soltarlo y permitirle labrar su destino.

Los hijos dejaban a los padres, y los padres deben dejarlos ir.

Al caer el atardecer, Milk se esforzó por grabar en su memoria esa imagen delante de ella. Goku y Goten abrazados deseándose buena suerte, y con lentitud, Goten caminó hacia ella para rodearla con sus brazos prometiéndole que ella se enorgullecería de él. Con una maleta llena de ilusiones, Goten emprendió el vuelo despidiéndose de sus progenitores efusivamente.

– Ya se fue–sin ocultar su tristeza, Milk lo vio alejarse en el horizonte.

– No te preocupes Milk, Goten sabe cuidarse solo, ten fe en él.

– Mi hijo mayor ya está casado y con una hija propia–Milk comentó mirando a su marido–y ahora Goten se va de casa a conocer el mundo–se lamentó–me siento tan vieja, cuándo pasó tan rápido el tiempo.

– Así son las cosas, Milk–Goku le acarició el cabello. Milk, queriendo reflejar una apariencia positiva para la partida de Goten, se arregló dejando su larga cabellera azabache libre cayendo por su espalda–sabes, con este peinado me recuerdas el día cuando nos reencontramos en el torneo de las artes marciales.

– Ha pasado tanto desde entonces…

– Ven Milk, pelea conmigo.

– ¿Qué tonterías dices, Goku? –ella le cuestionó–no tengo la fuerza para vencerte.

– Eso no me interesa, sólo quiero volver a pelear contigo como ese día–le aseguró muy sonriente– ¡por favor, luchemos!

Era una mujer con muchas caras: la de una guerrera, la de una reina, la de una esposa, la de una madre y más recientemente, la de una abuela. Y hallándose únicamente con la compañía de su cónyuge, sintió como regresaba a sus orígenes, reiniciando el ciclo de su vida. Sin quitarle la mirada de encima a Goku, Milk fue apretando sus puños de forma automática.

Observando sus claras intenciones, él se entusiasmó. Milk no escondió su floreciente vigor, y dispuesta a demostrarlo, saltó ejecutando una elaborada pirueta que le permitió patear con potencia a su rival. Lento al principio, pero intenso después, un interminable intercambio de golpes iba y venía entre los dos rememorando aquella tarde que los hizo unirse eternamente.

Y a varios kilómetros más adelante, un optimista Goten contemplaba como los rascacielos de Ciudad Satán se agrandaban al acercarse más y más. Gohan ya tuvo su aventura, era su turno para tener la suya. No por un reino, no por una corona, no por una chica, no por una esposa, sino para vivir, Goten quería vivir y eso haría.

Al igual que los personajes de los cómics de su infancia, él protagonizaría su propia historieta.


Dolor, esa era la primera sensación que invadía su cuerpo al recordarla: dolor. Dieciocho junto a su hermano, le habían proporcionado una de las golpizas más grandes que ha padecido en su vida, volviéndose un recuerdo que nunca podrá olvidar. Y con tal evocación, una avalancha de remembranzas cayó sobre él mientras masticaba silentemente la comida en su plato.

Colocando la cuchara en el tazón, Gohan se volteó a un costado mirando a su hija comiendo ávidamente tal y cómo su abuelo lo haría. De una manera más normal, Videl hacía lo mismo hallándose sentada a su derecha. Si bien no lo conversaron antes de abandonar sus aposentos, ambos recordaban perfectamente que ese día no era uno cualquiera como los demás.

Con sigilo, Gohan observó sus alrededores. Cruzado de brazos y reclinado en una pared, Picorro se mantenía pensativo esperando su oportunidad para hablar con él. Girando sus ojos al lado contrario, se encontró con un Krilin que se esforzaba por irradiar tranquilidad, pero sus manos sudorosas e inquietas lo traicionaban delatándolo.

Y allí, al verlos a los dos, Gohan volvió a pensar en la persona que generaba tal ambiente: Dieciocho.

– No posterguemos más las cosas, todos aquí sabemos que hoy es un día muy importante–Gohan rompió el silencio, haciendo que los presentes se ganaran su atención.

– ¿Por qué hoy es un día importante, papá? –Pan, reflejó la curiosidad heredada por su madre al cuestionarle.

– Ven hija, vamos a dar un paseo–sabiendo que se tocaría un tema delicado, Videl se puso de pie para darle espacio a los caballeros–y de paso Pan, podremos platicar un poco.

Viéndolas retirándose del comedor tomadas de la mano, Gohan se levantó lentamente de su asiento caminando en dirección opuesta, siendo seguido de cerca por Krilin y Picorro. Entrando en la sala del trono, el ahora Rey no se sentó allí, sino que, se aproximó a una de las ventanillas de la habitación asomándose por ella, observando con detenimiento, un sitio en particular.

– Me doy cuenta que los dos quieren hablar de lo mismo, así que empecemos–Gohan se giró para mirarlos, dejando detrás de sí los calabozos que confinaban a la rubia otrora cazarrecompensas–dígame señor Picorro, qué piensa de esto.

– Creo que deberías mantenerla dónde está, es peligrosa, nunca dejaré de desconfiar de ella…

– ¡No, no puedes hacer eso Gohan! –Krilin, interrumpiéndolo, cortó sus palabras de modo airado–Dieciocho fue enjuiciada y condenada, durante todo ese tiempo ella no hizo nada malo, ni siquiera intentó escapar ni una sola vez, ahora, diez años después, su condena se ha cumplido, es justo liberarla.

Picorro pretendía replicar fiel a su estilo, pero Gohan haciendo un ademán los tranquilizó.

– Usted siempre ha tenido un ojo encima de ella desde hace una década, señor Picorro, así que dígame–Gohan se dirigió a su viejo mentor–¿por qué sigue pensando que es peligrosa?

– Porque si con tanta facilidad dejó de provocar problemas, con esa misma facilidad podría volver a hacerlo–gruñón y receloso, Picorro dio su opinión–pero sé que la liberarás, no trataré de convencerte de no liberarla, así que haz lo que tú creas correcto, de todas formas, el Rey eres tú, yo no.

– Y creo que no es necesario que te pregunte lo que piensas Krilin, sé perfectamente lo que estás pensando–le sonrió a su amigo desprovisto de nariz–vengan, sígueme, llegó la hora.

Picorro los acompañó sin pronunciar ni una frase, por otra parte, para Krilin, cada centímetro que avanzaba generaba que su corazón fuera cobrando más fuerza llegando al punto de casi explotarle. Y cómo evitarlo, si a medida que continuaba caminando, más y más reminiscencias, se hicieron presentes en sus pensamientos.

Soy, soy huérfana, nunca conocí a mis padres…

Esa confesión lo inició todo.

La fría y dura coraza que la envolvía se fue agrietando, revelando a la verdadera mujer que yacía allí adentro. Porque inclusive, hasta una guerrera tan férrea como ella, estaba encadenada por sus más profundos canguelos. Y por primera vez en su existencia, Dieciocho decidió combatirlos no con el poderío de sus músculos, sino, con el de su voluntad.

Una voluntad que se vio fortalecida gracias a Krilin.

Gero nos enseñó a pelear, no sólo a usar armas comunes y corrientes, sino también, a considerarnos a nosotros mismos como armas.

¿Y qué pasó luego?

Lo seguimos, lo hicimos durante años–alejándose de la realidad, la mente de Krilin escapó ocultándose en los recuerdos de sus recurrentes conversaciones con la antigua mercenaria–yo, en el fondo, pensaba que lo que hacía era una manera de vengarme del destino…el destino me quitó a mi familia y nos obligó a Diecisiete y a mí a vivir como ratas, ahora éramos nosotros los que controlábamos nuestras vidas, y por un tiempo, creí que era feliz.

¿Nunca quisiste alejarte de ese hombre?

Como dije, al principio estaba satisfecha con mi vida, pero pronto Diecisiete empezó a cambiar, ser sólo una herramienta de Gero ya no era suficiente para él, quería más, mucho más que únicamente ser un secuaz–Dieciocho le relató–Diecisiete me convenció de traicionar a Gero, lo eliminamos y sin él controlándonos nos vimos libres de hacer lo que quisiéramos, pero ya me di cuenta que esa libertad no era más que pura apariencia.

¿Ya no eras feliz?

No, y honestamente, cada vez que pensaba en eso buscaba la manera de huir de mí misma–la rubia le admitió girándose con lentitud para mirarlo–siempre evadí mis propios sentimientos, porque no sabía cómo comprenderlos, y entonces sucedió lo impensable, una reina enfadada con su hijo prófugo apareció contratando nuestros servicios, y una vez más, escapé de mis dudas concentrándome en realizar el trabajo para el cual me contrataron.

Y así fue como tú y Diecisiete fueron a Ciudad Satán y ocurrió lo que ocurrió.

Exactamente, Diecisiete perdió la cabeza, de una forma que jamás imaginé, yo sólo quería capturar al chico para reclamar la recompensa, pero otra vez Diecisiete deseaba más, y se le metió en la mente la tonta idea de conquistar ese lugar, aunque me duela admitirlo, él mismo provocó su final.

¿Pero sigues queriéndolo, no es así? –Krilin le indagó–él era tu hermano, la única familia que tuviste desde niña.

¿Qué clase de pregunta es esa? –Lo increpó con una pizca de molestia–por supuesto que lo sigo queriendo, para bien o para mal, él fue, es y será por siempre mi hermano, nunca olvidaré a ese niño que me ayudó a escabullirme de ese sucio orfanato, el que robaba frutas en las tiendas, el que me acompañaba en las noches frías, ese es mi hermano y me duele mucho ver en lo que se convirtió…

Krilin, automáticamente, sin pensarlo, extendió una mano tocando tímidamente la de ella.

¡Fue un completo idiota, si tan sólo me hubiera escuchado pero él mismo se encegueció! –Dieciocho gruñó alzando la voz, Krilin sin dudarlo, apretó el tenue agarre de sus palmas unidas–ya no quiero hablar más de eso, ya no quiero hablar más de nada, vete, déjame sola, aléjate de mí.

Golpeado por su repentino cambio de actitud, Krilin vio como ella soltaba bruscamente su unión dándole la espalda.

¡No lo hagas!

¡No lo hagas, por favor!

¡No vuelvas a encerrarte en ese caparazón!

¡No lo hagas, por favor!

¡No lo hagas!

Esas súplicas no salieron de su boca, sino de su alma, su alma le rogaba a gritos no esconderse ni apartarse de él. Muchos dirían que es un hombre un poco cobarde, pero cuando el momento así lo dicta, ese hombrecillo de baja estatura se viste usando una armadura de gallardía, y desobedeciendo la petición de Dieciocho, él se quedó, y en lugar de irse, se acercó.

Era tan suave y cálida, tal perfección moldeada y viviente lo estremeció al rodear con sus brazos su delgada cintura. Increíblemente, pese a que una parte de ella así lo quería, no lo rechazó. Y allí, abrazándola desde atrás, Krilin le habló casi de manera inaudible, como si compartieran un secreto que nadie más en todo el mundo podía saber.

Quieta, sin moverse, y abrumada por ese asombroso paroxismo, ella le masculló:

¿Qué es lo que me estás haciendo? –Cuestionó la antigua cazafortunas– ¿por qué te hablo de mí, por qué lo hago…y por qué siento tanta paz al hacerlo?

Él guardó silencio.

Ha cambiado tanto en tan poco tiempo, me había guardado cosas dentro de mí para que nadie nunca las supiera, y aquí estoy, pasando mis días encerrada en una patética celda de la cual puedo liberarme si me lo propusiera, pero prefiero quedarme donde estoy para hablarte…tengo miedo, mucho miedo.

No lo tengas, no tengas miedo de mí ni de nada–ansioso, no puedo permanecer callado–quiero escucharte, quiero saberlo todo de ti, quiero ser todo para ti, Dieciocho, yo me…yo me enamoré de ti, y jamás me alejaré de ti, ni aunque me lo pidas…

¡No te burles de mí!

No me burlo, y lo sabes, sabes que nunca me burlaría de ti.

Existen muchas cosas que deseo decir, pero no me atrevo…

Dilas, no te reprimas, no eres un arma ni un monstruo…eres un ser humano, una mujer, una persona y tienes sentimientos–Krilin la abrazó con más ímpetu–es algo natural, es normal que desees sentirte querida, no es un crimen ni un pecado, y tú, más que nadie, merece ser querida, amada, y yo quiero amarte, déjame amarte…

¿Quién eres?

¿Cómo logras esto?

¿Por qué me siento tan aliviada estando contigo?

Igual como le pasó a Krilin, el espíritu de Dieciocho fue la que soltó esas interrogantes.

Déjalo salir, no sientas temor, eres una mujer tremendamente fuerte, miles de veces más fuerte de lo que yo podría ser en mis más sublimes sueños, di todo lo que quieras decir, puedes susurrar o gritar, yo te escucharé–con lentitud, y muy esperanzado, él la giró haciendo que se miraran–te lo diré eternamente, te amo Dieciocho…

Pronto los papeles se invirtieron, fue ella quien lo abrazaba a él. Si bien era un eco muy sutil, Krilin escuchó el inconfundible sonido del llanto. Él sonrió, eso era bueno, ella se liberaba, al fin se liberaba por completo. Y fue gracias a él, a él y sólo a él. Sintiéndose un adolescente enamorado, y en cierta forma lo era, Krilin se dejó morir de amor.

La acunó contra su pecho sin dejar de oírla llorar: cuánta amargura, cuánta frialdad, cuánto dolor oculto debajo de ese rostro inexpresivo.

¿Y qué quieres hacer con tu vida ahora? –Krilin le indagó con suavidad–puedo darme cuenta que ya no deseas ir por allí, vagando sin rumbo persiguiendo fugitivos…

¡Quiero vivir, quiero tener una vida, quiero vivir!

Y así, abrazados, sin que él o ella lo esperaran, sucedió.

El universo entero se desdibujó para él cuando lo sintió, fue húmedo y hermosamente tibio, fue un sencillo beso en la mejilla, corto y casto; no obstante, aquello valió más que cualquier riqueza material. Y tan rápidas como aparecieron, así se esfumaron. Las lágrimas se marcharon dando rienda suelta a una expresión de curiosidad, una curiosidad que lo embrujó.

Esbozando una sonrisa furtiva Dieciocho lo supo, lo había conseguido, logró su propia resiliencia. Odiaba enjaularse y ya no lo haría nunca más, esa prisión mental se destruyó, y con orgullo, victoriosa, caminó fuera de ésta para no regresar jamás. Habiendo dejado en el pasado ese fárrago que definía y delineaba su ser, Dieciocho se dispuso a convertirse en la interlocutora de Krilin.

Ya fue suficiente de mí por hoy, es mi turno para escucharte, háblame de ti, quiero saber más que sólo tu nombre…

Yo no soy de la Tierra del Fuego en realidad–sin demoras, la complació–desde niño me vi envuelto en las artes marciales, quería ser un gran peleador…

¿Pero terminaste aquí, por qué?

Verás, hace muchos años…

– ¡Krilin, Krilin! –La voz de Gohan lo sacudió, sacándolo de su letargo– ¿te pasa algo?

– No, no, me encuentro bien.

– ¿Seguro, te ves…?

– De maravilla, me veo de maravilla.

Un batallón de soldados les esperaba en las afueras de las mazmorras, los cuales, al notar la presencia de Gohan se plantaron con más firmeza en el piso, actuando como estatuas dotadas de conciencia. Con un mero gesto de Picorro un cuarteto de éstos reaccionó, encaminándose a la entrada de la celda que confinaba dentro de sus paredes de piedra a Dieciocho.

Avanzando tras de éstos, Gohan, Picorro y Krilin se internaron en aquellas lúgubres catacumbas repletas de prisiones, y éstas, pese a su numerosa cantidad, sólo una era utilizada. Irremediablemente sus pasos se detuvieron, ellos de un lado de las rejas, ella en el otro. Sin elocuentes discursos, sin efímeras alegorías, únicamente bastó una orden nada más.

– Abran la puerta…

Sin retirar su infranqueable vigilancia, Picorro observó como la puerta metálica era abierta concediéndole la salida a la mujer que yació allí por una década. Y ella, increíblemente calma, caminó cruzando el umbral de su galera colocándose frente a ellos. Para intriga de Dieciocho, Krilin no la miraba, él mantenía su vista clavada en el suelo resistiéndose a la idea de verla.

– Puedes irte, Dieciocho–Gohan intercambió miradas con ella, quien poca atención le prestó.

– ¿Y adónde iré?

– A dónde tú quieras ir…

Ya no había nada más que hacer ni decir, su presencia ahí resultaba completamente innecesaria, y sabiéndolo, Gohan se retiró sonriendo ante el verdadero motivo de su ida: Krilin. Viendo de soslayo que Picorro no se movía, el antiguo superhéroe de Ciudad Satán debió solicitarle, sutilmente, que lo acompañara al castillo junto con sus subordinados.

Mudez.

Más mudez.

Y aún más mudez.

¿Qué había sucedido con todo aquello que quería decirle al verla liberada?

Ella recuperó su libertad, pero ahora era él quien se encarceló en la afonía.

– ¿Qué te ocurre? –Dieciocho le indagó a raíz de su evidente elipsis–desde que te conocí no has dejado de parlotear, y ahora repentinamente te quedas mudo.

– Yo…

– ¿Qué?

– Yo quisiera, Dieciocho, preguntarte algo…–recobrando con lentitud su don del habla, Krilin se atrevió a contemplarla.

– ¿Qué cosa?

– Verás, yo, yo…

Él volvió a titubear.

Ella frunció el ceño.

– Antes de que hables, me gustaría pedirte un favor.

– Lo que sea.

– Dame un beso.


– ¿Dijiste algo, Pan?

Ahí estaba otra vez la ansiedad. Por más que se esforzaba por apegarse a su lectura le fue imposible hacerlo, hoy, a diferencia de muchas veces en el pasado, la lectura no la arropó con aquella mística de siempre, no, esa tarde sus pensamientos eran el opuesto perfecto de esa ordenada biblioteca.

– Sí, mamá–la niña, a unos metros de ella, le habló consiguiendo capturar su interés– ¿por qué estás tan extraña?

Si bien era muy joven, Pan no era ninguna niña despistada o ingenua. Y gracias a esa curiosidad que heredó precisamente de su madre, Pan no tardó en cuestionarle el motivo de su actitud tan distante. Físicamente su cuerpo se encontraba allí, pero su espíritu y mente se habían embarcado en un viaje que la hizo alejarse de la realidad.

– Estoy bien, hija, sólo pensaba.

– ¿En qué?

– En tu abuelo Satán, y en…Ciudad Satán.

– ¿Mamá, cómo es allí?

– ¿Ciudad Satán? –Videl cuestionó distraída, Pan asintió–no es tan diferente que aquí, bueno, siendo honesta–se rectificó a sí misma–sí lo es, es muy distinto al reino.

Pan la miró intrigada.

– Aquí hay hermosos paisajes montañosos, ríos y lagos; praderas y bosques–le narró–en cambio, Ciudad Satán es…su nombre lo dice, es una ciudad, hay edificios por todas partes, carreteras, embotellamientos, tiendas y ruido, mucho ruido.

– No suena como un lugar lindo–Pan le comentó con sinceridad.

– Quizás así te parezca, Pan, pero Ciudad Satán tiene su encanto, o al menos, para mí lo tiene–Videl volvió a perderse en sus recuerdos, reaccionando segundos más tarde–allí crecí, allí viví, y aunque me marché hace ya tantos años, una parte de mí nunca se fue de ahí, aún sigue estando allá.

Videl, ensimismada nuevamente, acarició su muñeca izquierda con delicadeza. Pese al tiempo trascurrido, todavía podía sentir su reloj comunicador firmemente atado a ella. Había perdido la cuenta de en cuántas oportunidades debió salir de clase a consecuencia de un llamado policial. Una risa suave se escapó de sus labios al recordar, con puñetazos y patadas, ella sembró probidad.

Pero la ley va mucho más allá que sólo golpes.

Y ella, como idealista de la entereza, deseaba conocer ese más allá.

Girando a su derecha, Videl observó la mesa ante ella, y amontonados delante de sus ojos se vislumbraban aquellos gruesos libros que le mostraron la otra cara de la legalidad. Derrotar ladrones en las calles ya era una etapa superada, y ésta la llevaba a la siguiente. Aquello en un principio podría parecer un capricho; sin embargo, era una auténtica ambición.

¿De qué valía entrenar los músculos si el intelecto se quedaba atrás?

Y al mejor estilo de Gohan, Videl se dejó llevar, descubriendo una faceta de las leyes que no conocía. Estatutos y normas; veredictos y condenas. La chiquilla que detenía rufianes con solamente sus manos, se convirtió en una mujer que dictó equidad con sensatez. Esa era su vocación, su verdadera vocación, quedando eso demostrado cuando dio su primera sentencia.

La Tierra del Fuego no era inmune al crimen, pese a ser menor que en Ciudad Satán, la criminalidad radicaba en sus caminos y senderos. Y Videl, ahora soberana de esos lares, retomó su papel justiciero en dicho lugar. Por más que quisiera lo contrario, resultaba imposible de lograr. La justicia ya había anidado profundamente en ella.

Con los años, dentro de las fronteras del reino, su reputación llegó a sobrepasar la de su era juvenil.

– ¡Mamá!

– ¡Ahh!

Estaba más que comprobado: no recuperaría la concentración hasta no regresar a Ciudad Satán.

– Lo siento Pan, hoy estoy algo distraída–admitió la primogénita de Mr. Satán, enseguida se puso de pie buscando algún método para salir de ese enérgico hechizo que no la dejaba ser ella–anda, vamos afuera a caminar.

¿Tanto le alegraba la idea de volver?

¿Tanto que la sacaba de sí?

¿Tanto en verdad?

Fue tal su desconcierto que no recordaba cómo llegó a los jardines del palacio, después de una rápida visita a la biblioteca del alcázar, tanto ella como Pan quisieron pasear llegando al exterior del castillo, donde una vez más, la desconcentración la tomó como prisionera. Videl se sacudió, tenía que actuar con normalidad, y al recordar a Pan, la preocupación la golpeó en su corazón.

– ¡Pan! –Gritó– ¿Pan, dónde estás?

Miró de un punto a otro, pero la diminuta heredera a la corona no apareció. Para su creciente angustia, simplemente hallaba arbustos y plantas sin importar en qué dirección apuntaran sus retinas azuladas.

– ¿Qué ocurre?

No obstante, alguien más si hizo acto de presencia. Dándole, parcialmente, una pizca de tranquilidad.

– ¡Gohan! –exclamó denotando preocupación– ¡soy una descuidada, le perdí la pista a Pan y no la encuentro!

– Cálmate, clámate–la apaciguó–relájate y siente su ki, te darás cuenta que no está lejos de nosotros.

– ¿Su ki? –habló con duda, e inmediatamente se abofeteó mentalmente por su torpeza– ¿cómo pude olvidar algo tan obvio?... ¡me siento como una tonta!

Rápidamente se dio la vuelta tranquilizándose, y tal como hacía muchísimo Gohan le enseñó, canalizó toda energía que la rodeaba detectando relativamente cerca, para su alivio, el ki inconfundible de Pan quien paseaba por allí sin correr ningún peligro. Frotándose las sienes, Videl se reprochó por haberse dejado dominar por la paranoia sin pensar con claridad.

– Me doy cuenta que estás muy tensa–Gohan le acotó mirándola.

– Yo diría olvidadiza, que no recordara que podía buscarla por su ki es el colmo–ironizó Videl–hoy no ha sido mi día…

– ¡Vamos, olvídate de ese mal humor! –Él trató de animarla–te buscaba para decirte algo importante, te aseguro que la noticia te alegrará.

– Dime, te escucho.

– Siendo honesto, en realidad son dos noticias–le sonrió–la primera: ya he hablado con el señor Picorro, le conté nuestras intenciones de visitar Ciudad Satán y él se encargará del reino durante el tiempo que no estemos por aquí.

A pesar de su positivismo, Gohan notó como el nerviosismo se incrementó en el rostro de su esposa.

– ¿Qué pasa, creí que te alegraría? –Gohan le debatió desilusionado.

– Sí, claro que me alegro por volver a Ciudad Satán–replicó la otrora justiciera–pero estoy tan ansiosa por visitar a mi padre y la ciudad que eso mismo me distrae por completo, literalmente estoy en las nubes.

– Entiendo, pero ya verás que cuando estemos allá volverás a ser la de siempre.

– Eso espero Gohan, eso espero–se cruzó de brazos recordando las más recientes palabras de su marido, y no resistiendo la intriga, le preguntó– ¿y cuál es la segunda noticia que ibas a darme?

– Ahh–se carcajeó–un viejo amigo que no has visto en años vino a visitarte.

– ¿Un viejo amigo?

– Así es, él está aquí y quiere saludarte.

– ¿Aquí, dónde?

– No seas impaciente, pero primero cierra los ojos por cinco segundos.

– ¿Para qué?

– Videl, sólo hazlo quieres.

– De acuerdo–le dijo acatando su petición– ¿eso es todo lo que tengo que hacer, Gohan?... ¿Gohan?

Pero él no respondió. Y no sintiéndose con el ánimo suficiente para juegos, Videl abrió los ojos de repente descubriendo que él se había desaparecido dejándola sola en medio de la vegetación. Dentro de su mente empezaba a formular toda clase de reprimendas hacia Gohan, cuando, inusitadamente, el sonido de un par de botas posándose en el césped la alertó.

– ¿No estoy para jueguitos, Gohan? –Refunfuñó mientras se giraba– ¿qué pretendes…?

– Buenos días, señorita Videl, cuánto tiempo sin verla.

Flameando libre con el viento, aquella capa rojiza era sin duda un elemento que lo volvía reconocible a donde fuera que vaya; sin embargo, para Videl, ese ridículo casco anaranjado era el máximo símbolo que podría llegar a representar a ese pintoresco pero valeroso superhéroe proveniente de las páginas de una historieta.

– Gran Saiyaman–luego de un santiamén, sus labios recuperaron su capacidad de oratoria–no esperaba verte otra vez, pero me es grato hacerlo.

– Digo lo mismo, señorita Videl.

– ¿Señorita? –Videl se rió–me temo, Gran Saiyaman, que ya no soy aquella chiquilla que conociste antes, como podrás imaginarte, ya soy una mujer casada–con sutileza le mostró su anillo de bodas en su dedo.

– Sí, puedo darme cuenta, su marido es un hombre muy afortunado–bromeó el peculiar paladín de la justicia.

– ¿Dónde has estado todos estos años, Gran Saiyaman? –Videl, uniéndose a la jugarreta, le consultó.

– Con honestidad no lo sé, después de la última vez que nos vimos desaparecí y pensé que sería para siempre, y de repente, sin esperarlo, aparecí aquí, delante de usted…

– ¿Así nada más?

– Así nada más.

– Lamento decirte, Gran Saiyaman, que tú también envejeciste, y quizás, finalmente maduraste un poco.

– ¿Madurar, no entiendo?

– Me refiero a tu tonta presentación, sólo mírate, cuando apareciste frente a mí no la hiciste.

– ¡Haberlo dicho antes! –Gohan, disfrazado, saltó levemente hacia atrás simultáneamente a que Videl le veía con incredulidad, y con la atención de la reina sobre él, el héroe inició con su legendaria introducción– ¡mientras en este mundo exista el mal, el fuego de la justicia seguirá ardiendo!

Videl, conteniendo su risa, lo observó recordando tantas cosas del lejano ayer. Entretanto, Gohan bailaba igual, o incluso, peor que en su adolescencia.

– ¡Yo jamás perdonaré a los que trabajan para el mal!–vociferó a todo pulmón– ¡lucho por el bien, soy el Gran Saiyaman!

Algunas cosas, nunca cambian.

– ¿Qué te pareció?

– Es lo más ridículo que he visto en años, aunque me trajiste muchos recuerdos.

– Y hablando de recuerdos, yo tengo uno en mente.

– ¿Cuál?

– Cuando te estaba enseñando a usar tu ki, prometimos que algún día volveríamos a pelear, y pienso que ya es hora de saldar esa cuenta pendiente entre nosotros.

– ¿Pelear?

– Eso dije.

– ¿Acaso quieres que te termine pateando el trasero?

– Quiero ver que lo intentes–fingiendo arrogancia, Gohan procuraba hacer hasta lo imposible por convencerla, si bien una parte de él sabía que ella lo haría.

– Lo lamentarás en unos minutos–con lentitud, ella fue colocándose en su habitual posición de combate– ¿qué esperas?... ¡toma tu postura!

– Sí, claro–el Gran Saiyaman así lo hizo, no sin antes soltar una leve carcajada.

– ¿De qué te estás riendo? –frunciendo el ceño, la pelinegra indagó.

– Discúlpame Videl, pero aún no me acostumbro a verte usando un vestido.

– ¡Cretino! –jovial, Videl le gruñó al lanzarse contra él.

Tal vez se hallaba un poco fuera de forma, pese a eso, experimentó aquel mismo entusiasmo que sintió la primera vez que lo enfrentó hacía mucho. Veloz, corrió hacia él en tanto éste le esperaba con una sonrisa en su rostro. Encontrándose cerca de él, Videl saltó tratando de golpearlo con un puñetazo directo al mentón, empero, el superhéroe se desvaneció antes de recibir su ataque.

No obstante, él no fue el único en evaporarse.

– ¿Acaso olvidaste que me enseñaste a hacer eso también? –hablándole atrás de él, Gohan escuchó la característica voz de su esposa.

– No, no lo he olvidado–flotando, el Gran Saiyaman se dio la vuelta para mirarla–y confío en que no hayas olvidado lo demás.

– ¿Lo demás? –Arqueó una ceja– ¿te refieres a algo como esto?

Lentamente, Videl entrecruzó sus manos por encima de su cabeza y en sus palmas se fue acumulando gradualmente su ki hasta formar una brillante esfera de energía. Se mantuvieron así por unos instantes, ambos, por igual, estaban reviviendo su juventud ya superada contagiándose mutuamente con una socarrona jovialidad.

– ¡Masenko!

Videl gritó liberando su ofensiva. Gohan permaneció quieto en su sitio, paralelamente, la descarga energética de Videl se le acercaba cada vez más impactándolo de lleno generando una potente explosión. La nuera de Milk se cubrió protegiéndose de la resplandeciente detonación, y al despejarse el humo, sus pupilas azules procedieron a buscarlo topándose con su ausencia.

– Ni creas que te escaparás, cobarde.

Concentrándose, la actual reina de la Tierra del Fuego rastreó la más diminuta señal de ki que hubiera en sus cercanías. Abruptamente, un puño enguantado intentó castigarla aunque gracias a su concentración fue capaz de esquivarlo. Materializándose nuevamente, Gohan disparó una sucesión fulminante de ráfagas de ki que llovieron como un diluvio sobre la ojiazul.

Recordando las secciones de entrenamiento que tuvo junto a Krilin y los demás, Videl elevó su poder envolviéndose en una burbuja que la escudó de los disparos. Imitando su movimiento previo, la hija del ex campeón mundial le regresó los cañonazos, los cuales, Gohan desvió fácilmente con unos cuantos manotazos.

– ¿Qué te pasa? –Sorprendiéndolo, Videl se plasmó frente a él–no niego que yo estoy algo oxidada, pero me sorprende que tú lo estés más.

– Me doy cuenta que has mejorado mucho, Videl–Gohan la felicitó.

– Entreno cada vez que puedo, y ahora te mostraré cuánto he mejorado–acomodando un mechón de su corta cabellera azabache detrás de una oreja, Videl se propulsó encaminándose contra el defensor de la rectitud.

Haciendo gala de esa agilidad y rapidez que exhibía antaño, Videl lo bombardeó con una tormenta de puñetazos y puntapiés que le exigieron emplear sus oxidadas habilidades de lucha. No importaba quién de los dos ganara, eso era lo último que les interesaba al dúo de combatientes, solamente deseaban desempolvar su añeja y amistosa rivalidad.

Se dibujaban en un sector y seguidamente se esfumaban de allí, reapareciendo como dos fantasmas en un área distinta. A medida que la batalla se desarrollaba, tanto él como ella, fueron ganando más confianza y movilidad perpetrando maniobras más elaboradas. Pronto las plantas de sus pies se posaron el piso del bosque sin detenerse, en verdad gozaban de enfrentarse otra vez.

– ¡Ahhhh!

Contundente, así fue la patada que Videl logró obsequiarle a su marido haciéndolo tambalearse notoriamente. Imparable, la peleadora avanzó sin contemplaciones saltando al situarse delante de él, con dicha táctica, pudo imprimirle más vigor a su acometida que se cristalizó como un rodillazo a la barbilla que lo hizo escupir una sutil cantidad de saliva.

– ¡Bravo Videl, bravo! –Exclamó con una auténtica alegría–podrán haber pasado muchos años, pero eres la misma Videl que recordaba.

– ¡Ya fue suficiente palabrería! –Jadeante, lo retó–yo recuerdo que eras más fuerte, Gran Saiyaman, me temo que te has vuelto un debilucho.

– ¿Un debilucho?

– Sí, creo que la edad ya te está afectado–bromeó con su característico sarcasmo.

– También veo que no ha perdido su sentido del humor, señorita Videl.

– Como tú no quieres atacar, lo haré yo.

Alzando su brazo derecho al firmamento, Videl creó una pequeña partícula de luz que fue ensanchándose, generando un sonido vibrante convirtiéndose en un disco giratorio. Sin darle la oportunidad de decir ni media frase, Videl liberó su Kienzan que inmediatamente empezó a sobrevolar la zona que junto a ellos protagonizaba la contienda.

– Me impresionas, Videl–el Gran Saiyaman volvió a felicitarla–eres por mucho, más poderosa que cuando nos conocimos.

– ¡Y aún no has visto nada!

Replicando su anterior técnica, esta vez con su extremidad izquierda, Videl le dio vida a un segundo Kienzan que salió catapultado para apoyar a su gemelo. Si bien parecía que estuviera danzando un baile estrambótico, en realidad, la elegancia de sus acciones controlaba al par de sierras circulares que rotaban rodeando a Gohan.

Acelerando, el enmascarado escapó de los Kienzan al desintegrarse; sin embargo, Videl no lo dejaría irse así de fácil. Gohan se encumbró sobrepasando las densas capas de nubes en el cielo, a sus espaldas, los Kienzan controlados por la veterana justiciera de Ciudad Satán, le pisaban los talones aproximándose a él a gran velocidad.

Frenando en seco, el sucesor de Ox Satán se giró permitiendo que las embestidas lo atravesasen por completo, o al menos, esa impresión se dio en ese agónico santiamén. Notando perfectamente la falsedad de esa ilusión, Videl no se dejó engañar detectando en el acto la verdadera ubicación de su cónyuge, quien se ocultaba entre la nubosidad que decoraba el día.

– ¿Qué te ocurre, sólo vas a esquivar mis ataques? –le gritó.

– Vamos Videl, no seas tan impaciente, disfruta del momento.

– ¡Cierra la boca!

Videl les ordenó a sus Kienzan que lo atacaran directamente, Gohan por su lado, incrementó su poderío desplazándose en dirección a ella, iniciando así, su contraataque. Expulsado un vehemente relámpago de ki, destruyó sin dificultades los discos de energía. No obstante, Videl no daría por concluida la disputa tan fácilmente.

– ¡Taiyoken!

Tomándolo con la guardia baja, un potente resplandor azotó a Gohan robándole su visión dejándolo enceguecido. Aprovechándose de su innegable vulnerabilidad, la fémina se abalanzó hacia el monarca ciego liberando un aluvión de derechazos, que en un principio, ocasionaron el resultado que Videl pretendía obtener.

A pesar de su comienzo exitoso, Gohan borró su placidez.

Una a una, las arremetidas de Videl fueron siendo bloqueadas por las manos y rodillas de Gohan. Y allí, para diversión de él, la vieja Videl, esa Videl que perdía la paciencia cuando sus planes no iban como esperaba, reapareció resonando con soeces comentarios, refunfuñando y gruñendo al intensificar la aceleración de sus embates.

– No importa que no pueda verte, aún puedo sentir tu ki, Videl–Gohan, riéndose como si hubiese hecho una travesura, le alegó–así que sé cuáles son tus movimientos.

– Me parece fantástico, por lo menos no te ganaré tan fácil–evidenciando agotamiento, Videl se detuvo apartándose un poco.

– ¡Ese es el espíritu de pelea!

– Y hablando de pelea, no hemos terminado todavía–sabiendo que el final se avecinaba, Videl apuntó sus brazos a él disparándole un copioso número de bolas multicolores de ki.

Encontrarse envuelto en aquella lluvia de detonaciones no le molestó, al contrario, Gohan no podía estar de mejor genio. Sabía que eso funcionaría, lo sabía. Desde que abandonaron la cama esta mañana él advirtió el comportamiento distante de Videl, y el único método efectivo para hacerla volver a la normalidad, era que tuvieran un enfrentamiento al estilo de su pubertad.

Progresivamente sus globos oculares se recuperaron, devolviéndole su vista permitiéndole así mirarla mientras ella se divertía. Contemplarla riéndose escandalosamente y sin frenos lo maravilló, tal imagen fue como darle un vistazo al pasado, a la Videl que apenas daba sus primeros pasos en la manipulación del ki y que deseaba aprender todo con impaciencia.

Recordar lo que alguna vez se fue, hace valorar lo que se es hoy.

Soportando las hostilidades generadas por la guerrera, Gohan elevó su ki súbitamente formando una ventisca de aire que sacudió la atmósfera, golpeando a Videl sin que ésta lograse eludirla. La nada suave brisa la empujó en caída libre hacia tierra, atravesando varias de las ramas de los muchos árboles allí situados hallándose a metros de impactar con el pantanoso suelo.

– ¿Sabe, señorita Videl? –Sosteniéndola en sus brazos, el superhéroe le dialogó al salvarla–rescatarla del peligro me trae muchísimos recuerdos, cómo extraño los viejos tiempos.

– No exageres, siempre he podido cuidarme yo sola, pero no niego que a mí también me trae recuerdos.

– Hay cosas que cambian, Videl, pero lo que más importa es recordar todo aquello que nos mantiene unidos–Gohan, saliéndose de su personaje de historieta y cargándola aún, le musitó.

– ¡Mamá, mamá! –y ejemplificando la anterior aseveración de Gohan, Pan, ese pequeño ser que representaba su unión, se abrió camino entre la vegetación encontrándolos en un parpadeo– ¿mamá, quién es ese señor tan extraño?

– Es un amigo que no veía en varios años, Pan–posteriormente de que Gohan la soltara, Videl se irguió por su cuenta.

– ¡Qué ropa tan rara!

– ¿Es tu hija, Videl?

– Sí, te la presento, su nombre es Pan–Videl, siguiéndole la corriente a Gohan, no delató su identidad–Pan, él es el Gran Saiyaman, luchamos juntos por la justicia cuando vivía en Ciudad Satán.

– Mucho gusto, Pan–el héroe la saludó con una enorme sonrisa.

– ¿Por qué se viste tan raro? –la niña, sin descubrir quién se escondía debajo de ese casco, le cuestionó con ingenuidad.

– Porque soy un superhéroe, y los superhéroes como yo se visten con ropa genial–Gohan le contestó, a su vez, que Videl negaba con la cabeza.

– ¿Estaba peleando con mi mamá? –Pan lo interrogó–si mi papá se entera se va a enojar con usted.

– Tranquila, tu mamá y yo sólo estábamos jugando–rió animosamente–además, conozco a tu papá, somos amigos, sé que no le molestará, después de todo, él y yo solíamos intercambiar lugares.

– ¿Te quedarás con nosotros, Gran Saiyaman? –Videl se unió a su hija en los cuestionamientos.

– No Videl, únicamente vine para saludarte y para ver cómo estabas–replicó el justiciero–y espero que ya te sientas más relajada, como te dije antes, disfruta del momento, disfrútalo.

– ¿Te volveré a ver?

– Todos los días Videl, todos los días.

Con calma fue elevándose, no sin antes darle una mirada a Pan quien se la devolvió con intriga.

– Es idéntica a ti Videl, son como dos gotas de agua–sonriente, él le acotó–ahh casi lo olvido, escuché por ahí que eres la jueza del reino, veo que aún continúas haciendo justicia, eso me alegra.

– Sí, en ocasiones se necesita más que sólo una paliza para hacer respetar las leyes.

– Estoy seguro que haces un enorme trabajo, fue un gusto volver a verte, Videl.

– Aunque no lo creas, dijo lo mismo, hasta luego, Gran Saiyaman.

– Adiós, señor.

– Nos veremos después–acelerando, el héroe se marchó perdiéndose en la distancia.

Pan y Videl se quedaron de pie, una al lado de la otra, observando el paisaje. Dándose la vuelta, Videl se enfocó en la infante a su derecha, quién se volteó a verla instantáneamente.

– ¡Qué señor tan extraño! –Pan le dijo a su madre al tomarla de la mano.

– Es un sujeto peculiar, pero es un buen amigo.

– Y su ropa es horrible.

– ¿Verdad que sí? –Videl no contuvo su risa.

– ¿De quién hablan?

– ¡Papá!

Cubierto con su vestimenta cotidiana, Gohan hizo acto de presencia guiñándole un ojo a Videl que sólo dibujó una expresión de complicidad. Colocándose ante Pan, el nieto de Ox Satán se agachó sujetándola y acomodándola sobre sus anchos hombros. Reunidos, los tres caminaron juntos de regreso al castillo.

– Papá, a que no adivinas qué pasó.

– Umm no tengo idea, cuéntame, Pan.

– Apareció un señor muy raro, dijo que era amigo de mamá.

– ¿Muy raro?

– Dijo que era un superhéroe, pero a mí me pareció un tonto–convencida de ello, Pan aseguró.

– ¿Un superhéroe? –Gohan se expresó con admiración–ya sé quién es, es el Gran Saiyaman, el héroe más fabuloso que he conocido en mi vida, me encanta su traje, es lo máximo.

Resoplando, Videl conectó sus ojos con los de su hija viéndose con un rostro de resignación. Acaso Gohan nunca admitirá lo ridículo que se ve vestido así, se cuestionó mentalmente la primogénita del ex campeón mundial. Pero para qué negarlo, volverlo a ver usando su viejo atuendo de Gran Saiyaman refrescó su memoria, trayéndole miles de evocaciones que la impregnaron de emoción.

¡Qué tonta había sido!

¿Cómo pudo haberse sentido nerviosa por volver a casa?

Vería a su padre y a Ireza. Pasearía por calles de la ciudad como cuando era joven, quizás visite la escuela sólo para recordar las cientos de veces que se salió de clase ante un llamado policial. Cómo se verá Ciudad Satán hoy en día, habrá cambiado mucho desde la última vez que la vio, Videl se interrogaba en sus adentros, y sin dejar de cuestionarse, se preguntó:

¿Ciudad Satán me reconocerá cuando nos veamos?

Este no es un adiós, es sólo un hasta luego…yo volveré algún día, doy mi palabra, yo volveré.

Esa voz era la suya, y a la vez, no. Era la voz de la Videl que alguna vez fue, una Videl que ahora formaba parte de su pasado. Y si bien ya no es esa Videl, su promesa, esa promesa que soltó al viento antes de partir hacia lo desconocido continuaba latente. Su apariencia física envejeció una década, pero su voluntad y credibilidad solamente se hicieron más fuertes.

Ya no más retrasos ni miedos sin fundamento, era hora de regresar.

– ¿Todo en orden? –Gohan, notando el abrupto cambio en su esposa, le indagó.

– Mejor que nunca…

Gohan sonrió, la firmeza de su contestación le confirmó que era ella otra vez. Aquella nube de dudas se disipó, y para Videl, eso únicamente podría significar una cosa. Gohan se disponía a hablarle a Pan cuando Videl, sin la más mínima muestra de vacilación, se le adelantó:

– Pan, quiero que hoy te vayas a la cama temprano, más tarde iré a preparar tus maletas para que salgamos mañana por la mañana.

– ¿Por qué, adónde iremos?

– Daremos un paseo, iremos a Ciudad Satán.

– ¿Nos vamos de viaje?

– Sí.

– ¿Pensé que nos iríamos en dos días?

– Cambio de planes–sonriente, se volteó a verlo–partiremos al salir el sol.

Y Gohan no se opuso, al igual que ella, él no ocultaba su entusiasmo. Volvería a recorrer aquellas avenidas repletas de personas, escucharía el sonido de una bulliciosa urbe resonando en sus oídos, caminaría entre los citadinos sin ser recibido con reverencias, y más importante aún, reviviría esos momentos que lo hicieron ser quién es.

El hijo de Milk y Goku volvió a sonreír, ese viaje será como tener una segunda adolescencia.


– Vamos, señor Picorro, quite esa cara–Gohan, hablándose a su mentor, trató de hacerlo cambiar de aspecto–al menos alégrese por Krilin, es una gran noticia, yo no me lo esperaba.

– Por lo único que me alegro es que al fin se fue esa mujer de aquí, aunque no termino de desconfiar de ella.

– ¿Usted siempre será el mismo, verdad señor Picorro?

– Y ustedes nunca dejarán de tomar las cosas a la ligera.

– No diga eso, no tiene nada de malo relajarse un poco de vez en cuando–Gohan, disfrutando del sol matutino en las afueras del castillo, aguardaba junto a Picorro por la llegada de Videl y Pan–volviendo a lo de Krilin, simplemente cuando me enteré me quedé boquiabierto, jamás imaginé algo así, pero me alegro mucho por él, Krilin merece ser feliz…y Dieciocho también.

– Sigo sin entender por qué los humanos quieren casarse.

– Es por amor, señor Picorro, así de simple, por amor.

– ¡Bah, cursilerías!

Riéndose a carcajadas por la respuesta de Picorro, Gohan desvió su mirada al sur apaciguando gradualmente su risa. Al parecer, el destino tenía planeado que él y Videl no fueran los únicos que se dispusieran a embarcarse en un viaje. Pero a diferencia de la suya, la odisea de Krilin junto a la otrora mercenaria era solamente de ida.

¿Gohan, puedo hablar contigo un minuto?

Claro, Krilin.

Habiendo regresado de estar con su esposa e hija en el bosque que rodeaba el castillo, Gohan se vio sorprendido por Krilin que lo esperaba con una notoria ansiedad. Viendo a Videl y a Pan enrumbarse a sus habitaciones, ambos caballeros se dirigieron a la sala del trono donde Krilin buscaba la manera de expresarse, suplicándole al cielo que le otorgara el don de la elocuencia.

Como no sé muy bien por dónde empezar, iré directo al grano–ganándose la atención de Gohan, Krilin dio inicio a sus palabras–Gohan, tú mejor que nadie sabe que yo no soy de aquí, vine al reino hace muchos años buscando a tu padre luego de no saber nada de él por muchísimo tiempo, cuando lo encontré me quedé, porque en aquel entonces, tu madre no me permitió marcharme…

Sí, eso lo sé–lo interrumpió– ¿y adónde quieres llegar con esto?

Aunque tu madre no me dejó irme, el encanto y la quietud del reino me hechizó, y por voluntad propia quise quedarme–alegó–pero ahora, siento que ya es el momento de que retome mi camino, ya es hora de que me marche.

¿Te irás?

Así es, y no lo haré solo.

¿Hablas de…?

Sí, Dieciocho me acompañará y eso me recuerda que debes saber algo más.

¿Qué cosa?

Dibujando un semblante de ilusión y alegría, Krilin le replicó sin rodeos:

Le propuse matrimonio a Dieciocho, y ella, aceptó.

¿Lo dices en serio?

Claro que sí–comentó Krilin–ella quiere encontrar su propio lugar en el mundo, yo también, así que lo hablamos y decidimos irnos del reino mañana mismo.

Bueno Krilin, no te miento al decirte que me tomas por sorpresa con esta noticia, pero no dudes que me alegro por ti…

Quisiera agradecerte tu apoyo, Gohan–Krilin, agradecido, se le acercó extendiéndole la mano–sé que Dieciocho hizo cosas muy malas, pero yo siempre supe que en el fondo ella no era como se veía en el exterior, y cuando casi todos la tachaban de ser una monstruosidad, el único que me apoyó fuiste tú, muchísimas gracias Gohan.

No tienes que agradecerme nada–con gentileza, Gohan le brindó un apretón de manos–quiero ser honesto contigo, luego de lo que pasó con ella y su hermano en Ciudad Satán, me sentía igual que el señor Picorro, pero siempre he confiado en ti, y si tú veías algo diferente en ella, por muy descabellado que sonara, te creí, aunque me llevó algo de tiempo convencerme completamente.

Precisamente por eso te lo agradezco tanto, Gohan–el hombrecillo calvo le aseveró–yo no tenía ninguna prueba, nada que demostrara que estaba en lo correcto, perfectamente Dieciocho hubiera intentado escapar y peor aún, provocar un alboroto como el de Ciudad Satán pero aquí en el reino–Krilin ladeó su cabeza un poco, antes de volver a mirarlo–pero tenía fe, Gohan, tenía fe, y cuando todos me veían como un loco, tú no lo hiciste.

Me doy cuenta que existen dos Dieciocho, la que nosotros vemos y la que sólo tú conoces–Gohan reflexionó ganándose un sutil carcajeo de su acompañante–sé que serán felices juntos, y recuérdalo, puedes venir a visitarnos cuando desees.

Gracias Gohan, lo haremos…

¿Pero dime, exactamente hacia dónde irán?

Siendo sincero, aún no lo sabemos, únicamente queremos viajar por ahí hasta encontrar un sitio al que podamos llamar hogar, nuestro propio hogar…

Al salir el sol al día siguiente, y bajo la vigilante contemplación de Picorro, Krilin y Dieciocho se alejaron del palacio a toda velocidad dejando a sus espaldas la Tierra del Fuego. Gohan los vio perderse en el paisaje montañoso hasta desaparecer por completo de su vista, y al presenciar su marcha, el Rey no pudo evitar pensar que todos, sin importar cuándo ni adónde, necesitaban salir a buscarse a sí mismos.

Y mientras Gohan emprendía su respectiva travesía en compañía de su esposa e hija, volando en dirección opuesta, Krilin y Dieciocho hacían lo propio desconociendo cuál sería el destino o el rumbo de su aventura. Dieciocho se mantenía en un silencio sepulcral, y Krilin esforzándose por igualar su ritmo, giró sus ojos observando el reflejo del delicado anillo que adornaba la mano izquierda de Dieciocho.

Sonriendo, lo recordó.

Antes de que hables, me gustaría pedirte un favor.

Lo que sea.

Dame un beso.

Aquello había sonado más a una orden que a una petición; sin embargo, no le importó el tono, sino, que se enfocó en obedecer. Titubeante, se le acercó parándose frente a ella que no quitaba la dureza de sus pupilas. Si bien su cara podría interpretarse como de enojo, Krilin, conociéndola, ya sabía que ella siempre usaba la misma expresión sin importar las circunstancias.

Después de diez años de pláticas, infructuosas al comienzo, reveladoras al desarrollarse, Krilin y Dieciocho destrozaron en su totalidad cualquier barrera o muro que ellos, deliberada e inconscientemente, construyeron dentro de sí aprisionándose en amargura y soledad. Y reemplazándolos, edificaron varios puentes entre ellos, como el del cariño y el del amor.

Krilin, por su parte, jamás olvidará esa ocasión en la que Dieciocho, sin aviso y actuando por impulso, se agachó a su altura besándolo en la mejilla para enseguida continuar con su sanadora charla. Se quedó petrificado por una eternidad hasta que finalmente reaccionó, y tal suceso, se convirtió en una visión recurrente en su memoria que se repetía una y otra vez aún sin creerlo.

Y sí para él eso fue una sorpresa, para Dieciocho, tal acontecimiento la hizo naufragar en un torrente de preguntas: ¿por qué le dio ese beso, qué la llevó a hacerlo, por qué sentía la necesidad de repetirlo?

Dieciocho…

¿Qué esperas? –Le cuestionó con su típica voz malhumorada y exigente– ¡bésame!

Besar: algo tan común para el resto del mundo, era para ella, una experiencia desconocida. Tuvieron que pasar varias noches de recriminaciones para que terminara aceptándolo, ella quería saber lo que sentía ser besada. Lo conjeturó tantas veces en su mente, y cada vez con un resultado diferente que sólo incrementó su curiosidad por compartir esa caricia.

Lo imaginó húmedo, cálido, electrizante, íntimo, fugaz, lento, profundo, tierno, salvaje, inocente, atrevido. Y cuando al fin Krilin posó sus labios en los de ella, se dio cuenta de cuán acertadas y equivocadas estaban sus especulaciones. Creyó que sería de una sola manera, y con el pasar de los segundos, al prolongarse aquel roce, comprobó que en realidad, era de todas las formas a la vez.

Quimérico, utópico y etéreo.

Pero sobre todo, verdadero.

Al separarse, ella se volteó queriendo esconder de Krilin el sonrojo que la invadía. Aún así, él padecía de otro efecto. No tendría la fuerza de Goku, ni el orgullo de Vegeta, ni la sapiencia de Gohan, pero se armó de valor a su estilo, y tomándola de uno de sus brazos, la rotó haciendo que ella le mirase todavía ensimismada. Valiente, retomó la pregunta que reposaba en el tintero.

¿Tenía pensado preguntar si te quedarías o si te irías? –le dialogó–pero eso no era lo que realmente quería preguntarte, yo…

¿Qué? –recuperándose sutilmente, le objetó.

¿Te casarías conmigo?

¿Qué? –repitió.

Cásate conmigo–sonó como un ruego, si bien, auténtico–te amo Dieciocho, te amo…ya te lo había dicho, y quiero que no lo olvides, te amo, y aunque no me ames, yo a ti sí.

Yo…yo…

Tengo miedo Dieciocho, tengo miedo de perderte–confesó soltando todo aquello que ocultaba–me aterra que salgas por esa puerta y te marches lejos de aquí, de mí, no soporto la idea de no poder estar contigo.

Ella continuaba sin articular ni una palabra.

Siempre tuve un sueño, puede sonar tonto o insignificante, pero muy en lo profundo de mí, he deseado tener mi propia familia–Krilin sonrió con leve melancolía–primero Goku y luego Gohan, ambos consiguieron lo que yo soñé tantas veces, y mientras ellos construían sus vidas, yo me quedaba atrapado en sólo ilusiones.

Dieciocho pretendía decir algo pero él se le adelantó.

No soy muy alto, incluso tú eres mucho más fuerte que yo, pero sabes, sé que te haría muy feliz, quiero hacerte feliz, Dieciocho…déjame hacerte feliz.

Sola: así era como se veía al vislumbrar su futuro. Sola: rodeada de nada más que miles de recuerdos de su hermano fallecido. Sola: vagando por allí sin un propósito o un significado. Sola: como la pieza de un rompecabezas que no encajaba en ninguna esquina. Sola: era una viajera errante que esperaba por su último aliento con la esperanza de hallar paz.

Sola. Sola. Sola. Sola. Sola.

¡No!

¡No quería estar sola!

¡Ya no más!

¡No más soledad!

¿Qué me dices, Dieciocho? –Con manos temblorosas, Krilin sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta una diminuta caja negra–me encantaría poder colocarte este anillo…

¿Compromiso?

¿Matrimonio?

¿Ella, comprometiéndose?

Había vivido demasiado tiempo sumergida en la angustia, ya era el momento de probar la dulzura. Y quién mejor para rodearla de dulzura que la misma persona que se la dio a conocer. Krilin, sintiendo como la ansiedad se acumulaba en su cuerpo, empezó a bajar su mirada creyéndose derrotado al no escuchar respuesta a su propuesta.

Y entonces, ella habló.

Sí.

Y así, las dudas, la incertidumbre, el temor y el desconcierto se desvanecieron como huellas en la arena al ser borradas por la marea.

Sí Krilin, me casaré contigo.

Dieciocho…–conmocionado, se aproximó para darle la sortija.

Pero primero, dame otro beso.

Allí estaba otra vez, ese modo de conversar demandante y sólido, cuánto le alegraba oírla hablar así.

– ¿Qué diablos te pasa? –Dieciocho, sacándolo de sus evocaciones, lo sobresaltó de improviso– ¿por qué tienes esa tonta sonrisa en la cara?

– Por nada Dieciocho, por nada–pese a su contestación, no desapareció la felicidad de su rostro–sólo estaba pensando algunas cosas, nada más.

– En ocasiones te comportas tan extraño, más de lo normal.

Carcajeándose con suavidad, Krilin giró su vista a su derecha distinguiendo en el lejano horizonte una extensa mancha azulada que se extendía por miles de kilómetros. Al ver tal imagen, una idea llenó su cabeza ampliando aún más la sonrisa que adornaba su faz.

– ¿Dime Dieciocho, conoces el mar? –le cuestionó mirándola deseoso de su réplica.

– No, algunas veces lo había visto de lejos, pero nunca de cerca.

– ¿Te gustaría conocerlo ahora mismo?

– ¿Ahora?

– Sí, ahora.

Dieciocho dejó de mirarlo por un santiamén, mientras buscaba, inútilmente, una excusa válida para no hacerlo, aún así, no halló ni una. Tal hecho le comprobó que ya no existían cadenas ni hilos sujetándola, era libre, verdaderamente libre de hacer lo que le placiera y con quién quisiera. Con rapidez se volteó, dándole la afirmación que, en el fondo, tanto ella como él, querían oír.

– Sí, quiero conocerlo, vamos.

No fue necesario decir más, y girando en pleno vuelo, los dos se orientaron en la dirección en la que esa larga franja azulosa se hacía notar. Por medio de su creciente aceleración, no tardaron en sobrevolar aquella casi infinita extensión de agua. Dieciocho, silenciosa, mantenía sus ojos clavados en la brillante superficie del mar viendo su propio reflejo en éste.

Krilin no renunció a observarla, y pese a tratar de disimularlo, ella no ocultó su mohín de asombro evidenciando su sentir. Aún no sabía concretamente hacia dónde se dirigían o qué harían al llegar a donde fuese que llegaran, pero eso lo tenía sin cuidado, ya descubrirán qué les tiene reservado el destino. Bueno o malo, fácil o difícil, a Krilin sólo le importaba una cosa: ella.

Gracias por regalármela, yo la cuidaré, pensativo, Krilin le agradeció al cielo. Sin intenciones de detenerse, ambos continuaron con su marcha e inevitablemente, sus siluetas se fueron difuminando en el panorama como lágrimas que se mezclaban en la lluvia. Dejando detrás de sí el pasado, dándole lugar al presente, un presente que se convertirá en un mutuo porvenir.

Goku y Milk; Gohan y Videl. Ellos ya habían escrito las primeras páginas en su libro de la vida, ahora, les tocaba a Krilin y a Dieciocho escribir las suyas.


"Al mirar atrás para recordar lo sucedido, aún me tranquiliza que las cosas hayan salido bien después de todo".

Reclinado cómodamente sobre la corteza de un árbol, Gohan, vestido con ropas comunes dando la apariencia de ser algún ordinario, disfrutaba de la belleza del atardecer en el verdoso parque de Ciudad Satán. Gohan respiró profundamente llenándose de la tranquilidad que aquel sitio le ofrecía, esa ciudad siempre tendrá un significado especial para él.

Porque allí fue donde su vida cambió radicalmente.

Porque allí fue donde aprendió lo que era ser uno más.

Y más importante aún, porque allí fue donde él la conoció.

La risa infantil de su hija lo hizo voltearse a la izquierda, Pan les tiraba pequeños trozos de maíz a varias palomas haciendo que éstas la rodearan. Pese a verse cubierta por ellas, la niña no se asustó, al contrario, sus carcajeos sólo se incrementaron al estar envuelta por las aves. Gohan rió con cierta ironía, hacía diez años aquel lugar fue devastado por Diecisiete reduciéndolo a polvo.

Hoy, una década más tarde, su primogénita jugaba ahí sin el más mínimo temor. Ganándose su atención, el sonido de un par de botas aproximándose se manifestó a su lado haciéndolo girar. Videl, al igual que él, se olvidó de los atuendos reales y monárquicos, volviendo a usar vestimenta más sencilla, tal y como solía hacerlo antaño.

Gohan no se demoró en abrazarla tomándola por sus hombros, ella, reaccionando, le brindó una sonrisa muda pero complacida. Llevaban tres días en Ciudad Satán, y desde el primer instante en que arribaron, se vieron acogidos por una interminable ola de recuerdos que los azotó uno tras otro, con cada paso que daban al recorrer las calles y avenidas de la metrópoli.

Mr. Satán, como tenían planeado, se sorprendió enormemente al verlos parados en la puerta de su hogar. El antiguo campeón no perdió la oportunidad de jugar con su nieta, Pan, riéndose, no dejaba de decirle que su frondosa y canosa barba le producía comezón al besarla reiteradamente. Pero para el ya envejecido alcalde, aquellas palabras sólo lo motivaron a mimarla todavía más.

Videl, por su parte, casi se queda sorda cuando Ireza gritó a través del teléfono al reconocer su voz. La rubia, literalmente, se volvió loca al verla, apretándola con sus delgadas extremidades al tenerla frente a ella. Platicaron de mil temas: ellas recordando momentos de su añeja amistad, los caballeros tocaron el mismo tópico: Videl.

¿Así que está considerando dejar la alcaldía, Mr. Satán?

Correcto, ya es hora de dejarla–le contestó a su yerno–quiero dedicarme a mí, me gustaría escribir mi autobiografía y por qué no, pasear por allí.

Esa noticia les dolerá mucho a los ciudadanos de Ciudad Satán, lo han reelegido por varios años consecutivos como su alcalde.

Sí, y se los agradezco mucho, pero ya no tengo las fuerzas suficientes para continuar.

Entiendo a qué se refiere…

– Quizás ya es tiempo de volver, no tardará en anochecer–Videl, rompiendo la burbuja de sus remembranzas, lo regresó al presente.

– Vamos, paseemos un poco más–acunándola en su abrazo, Gohan la persuadió–además, habíamos dicho que esperaríamos la noche para cenar en algún restaurante.

– Está bien–aceptó–llamaré a Pan.

Videl caminó acercándose hacia Pan, y al caminar, ella se maravilló con un detalle que no podía ser pasado por alto. La gente, las personas que igualmente estaban allí, pasaban junto a ella sin reconocerla. Era como si fuera una completa desconocida, y eso, muy dentro de ella, le gustó. Se sintió como alguien más, sin la etiqueta de ser una figura reconocida. Únicamente era ella.

Aquella época, donde la saludaban y hablaban sólo por ser la hija de Mr. Satán se terminó. Videl, continuó andando hasta llegar con Pan, quien, ensimismada, veía fijamente un par de estatuas que se robaban las miradas de los transeúntes al verlas. Agachándose a su altura, Videl la tomó en sus brazos viendo con ella al dúo de monumentos.

– Mamá–le dijo sin apartar su atención de esas esculturas–esa estatua se parece al señor tonto que nos visitó hace unos días.

– Es él, hija.

– ¿De quién es la otra estatua? –curiosa, Pan se la señaló con sus diminutas manos.

Videl giró un poco para mirarla, Pan por su parte, miró a su madre con extrañeza al notar el semblante sonriente en ella. Volteándose intrigada, Pan examinó la efigie teniendo la sensación de reconocerla aunque no comprendía por qué. Sin dejar de observarlas, una presencia masculina se posó detrás de ellas uniéndoseles a contemplar a la pareja de figuras de piedra.

– ¿Sabes quién es ella, papá?

– Sí, claro que lo sé–Gohan le respondió–yo la conozco…

A pesar de los años, Gohan jamás olvidará a esa jovencita personificada en esa imagen rocosa. Ciudad Satán no es cualquier lugar, pese a todas sus imperfecciones es extraordinaria para Gohan. Allí no fue un príncipe, ni un Rey, fue un adolescente normal asistiendo a la escuela como lo hacían los demás. Obtuvo un empleo, y sin planearlo, se convirtió en un superhéroe icónico.

Sin embargo, Ciudad Satán le dio el regalo más grande que pudo darle: ella.

Ciudad Satán los hizo conocerse.

Ciudad Satán los hizo necesitarse.

Ciudad Satán los hizo enamorarse.

Ciudad Satán los hizo ser quienes son.

Perdido en un mundo extraño, Ciudad Satán lo acogió. Perdida en un mundo monótono, Ciudad Satán se lo presentó. Lógica y magia; plebeya y prócer; valentía y timidez. Fue un capricho al principio, pero hoy en día ese capricho demostraba irrefutablemente que fue lo mejor. Así tuvo que ser, no existía otra posibilidad, ese viaje no sólo fue para ayudarlo a él, fue para ella también.

– Videl, hay algo que quiero darte–sacudiendo la atmósfera de silencio, Gohan le afirmó a su esposa.

– ¿Qué cosa?

– ¿Recuerdas cuando estábamos entrenando en aquel bosque y en un río encontramos unas rocas debajo del agua?

– Sí, por supuesto que lo recuerdo, tenían un brillo muy hermoso, parecían diamantes.

– Y supongo que también recordarás que tomé algunas–Videl asintió–pues antes de venir aquí, ordené que hicieron esto con ellas.

Rebuscando en uno de sus bolsillos, Gohan sacó un minúsculo paquete. Abriéndolo por ella, Gohan le mostró su contenido. Delicadamente elaborados, dos sencillos pero bellos pendientes se ganaron el interés de Videl. Los accesorios demasiado lujosos nunca habían sido de su adoración, y conociéndola, Gohan deseaba darle un obsequio que sabía ella apreciaría por su simbolismo.

– Acércate, te los pondré.

Sin demorarse ni un segundo, Gohan se los colocó fácilmente en cada oreja. Contento, Gohan le acarició el rostro notando como su blanca piel se combinaba con el reluciente resplandor de sus aretes.

– Gracias, mi amor.

Esa frase. Santo cielo, cuando Videl lo llamaba así desataba un terremoto en él.

– No hay de qué.

– ¿Qué tal se ven, Pan?

– Te quedan muy bien, mamá.

– Pan, hija, eres tan parecida a tu madre–Gohan viéndolas, no escondió su admiración por su enorme parecido.

Un parecido que no era solamente físico, Pan personificaba a su madre en su totalidad, y pensando en eso, él le cuestionó a su hija:

– ¿Aún no sabes quién es? –le habló señalándole la estatua.

– No.

– Te daré una pista: la conoces desde el primer día de tu vida.

– ¿Mamá? –le preguntó con una evidente sorpresa.

Videl meramente le sonrió.

– ¿Tienen hambre? –su esposo y primogénita dijeron que sí con un gesto–entonces, vamos a cenar.

Saliendo del parque, la familia Son Satán atestiguó como la oscuridad de la noche se cernía sobre la urbe provocando que las luces artificiales los bañaran. Luego de una tarde lluviosa, dichas luces se reflejaban en una infinidad de charcos que actuaban como espejos, mostrándoles un sinfín de distintos ángulos y perspectivas de la ciudad. Viéndola como no lo habían hecho antes.

Era diferente, pero igual a la vez. Nuevos edificios, avenidas que no anteriormente no existían, pero lo demás, era la misma esencia. El viejo edificio de la preparatoria, el inconfundible sonido del tráfico, el rápido cuchicheo de los citadinos al avanzar, las lámparas de neón en las fachadas de las discotecas, y ante todo aquello Videl amplió su sonrisa, se encontraba en casa, en casa.

Ciudad Satán no dejaba de asombrarlos. Tanto así, que inclusive, se pasmaron al descubrir a un aventurero Goten construyendo su vida ladrillo a ladrillo por sí mismo en Ciudad Satán. Gohan le deseó suerte, su hermano menor mecería vivir su aventura. La vida no se detiene, se adapta, se moldea, evoluciona. La suya cambió, maduró, y la del resto de su familia, no era una excepción.

– Mira eso, Gohan–rompiendo nuevamente su concentración, Videl le alegó.

– ¿Qué?

– Ese cartel de allí.

Al parecer se trataba de un cartel promocional de una película pronto a estrenarse; no obstante, más allá de la trama del filme, fueron los protagonistas los que apresaron momentáneamente a Gohan. El galán del film era un hombre rubio acompañado de una elegante damisela pelirroja, y el yerno de Mr. Satán, al reconocerlos, no se demoró en reírse copiosamente.

– En un planeta dividido donde amar no es un derecho, sino una imposición, la decisión de ambos cambiará sus vidas y las de dos reinos, sin importar las consecuencias–Gohan leyó en voz alta la sinopsis de la película–del aclamado director, el Comandante Red, ésta súper producción estelarizada por los famosos actores Shapner y Ángela, nos robará el aliento con su pasión e intensidad, no se la pierda: En el amor y en la guerra, próximamente en su cine favorito.

– Vaya, veo que a esos dos les ha ido muy bien–Videl, con su ironía, le comentó–se nota que siguen siendo igual de engreídos que antes.

– Deberíamos ir a verla, se ve interesante.

– Sí, por qué no.

– Papá, tengo hambre.

– Yo también, Gohan, continuemos.

Ella se aferró a él entrelazando sus dedos, provocándole un cosquilleo que revivió la primera vez que lo hicieron. Viendo sus palmas unidas, Gohan se dio cuenta de la verdad, ya no era un jovencito ingenuo, ni tampoco un príncipe idealista que se vestía de superhéroe. No. Ya era un adulto, un esposo, un padre. Y ese cambio en su existencia tenía dos culpables: Ciudad Satán y Videl.

– ¡Papá, papá!

– ¿Sí, Pan?

– Papá cuéntame, cómo conociste a mamá.

Videl lo miró atenta y con gran expectación, ese era un relato que definitivamente ella también quería escuchar. Gohan no tardó en iniciar su narración, aquella narrativa relucía gracias a sus personajes y momentos: reyes, entrenamientos, batallas, cazarrecompensas, torneos de artes marciales, una chica justiciera, un torpe chico en busca de su prometida, y como gran final, una boda. Pero, en el fondo, ellos personificaron el espíritu de esa fábula.

Porque, tal y como lo quiso el destino, allí estaban, paseando juntos, tomados de la mano, escribiendo su propia historia.

Fin

Hola, cómo están, espero que muy bien. Antes que nada, quisiera darles las gracias por haberme acompañado durante los cinco años en que este fic se desarrolló, les entrego mi eterno e infinito agradecimiento para todos aquellos que leyeron de principio a fin, sin importar si me regalaron algún comentario o no. Esta fue la culminación de una historia que aprecio muchísimo, con personajes que estimo de igual forma. Con esto finalizo un proyecto extenso y laborioso, el cual jamás imaginé que crecería del modo en que lo hizo.

Lamento tanto que el epílogo se haya demorado demasiado en ser publicado, créanme cuando les digo, que no fue mi intensión hacerlos esperar una eternidad, pero deseaba que la conclusión no dejara cabos sin atar, por eso me extendí de la forma en lo que lo hice. Se suponía que el episodio número treinta sería el último, pero me di cuenta que muchos elementos quedarían explicados muy deprisa, y quería terminar la historia sin dejar nada mal explicado o sin desarrollar correctamente, por eso el fic se alargó más de lo planeado.

También, les brindo mis más sinceras disculpas por todas las faltas ortográficas y dedazos que se hayan encontrado a medida que leían desde el capítulo uno hasta el último. Reconozco con toda honestidad que al principio era muy distraído, tremendamente distraído, no le prestaba mucha atención a la ortografía, pero al avanzar, entendí lo importante que ésta es y por eso corregí los errores que encontré al releer los episodios más antiguos, para luego continuar teniendo más cuidado al escribir.

Asimismo, admito que el relato en sus inicios era muy endeble, con una narración sumamente simple y escueta, pero al ir progresando con el pasar de los capítulos, fui tomando más confianza mejorando así, eso espero yo, tanto la calidad de la narración como el desarrollo de la trama. Yo quería que la historia tuviera de todo un poco: acción, suspenso, romance, drama, comedia y misterio. No sé si conseguí realizar ese objetivo, los únicos que pueden decir sí lo hice o no son ustedes. Así que los escucho, denme su opinión honesta.

Cómo seguramente ya lo habrán notado, Gohan y Videl son definitivamente mi pareja favorita de DBZ. Además, ellos son la unión de mis personajes masculino y femenino predilectos de la serie, y es por eso que al verlos juntos, miles de ideas salen a flote en mi mente. Desconozco si mis fics son buenos o malos, únicamente sé que les pongo mucho cariño al mirarlos crecer escena por escena. Y este relato en particular, me es más que especial, y ahora al concluirlo quedo muy contento con el resultado final.

El Príncipe Gohan se ha convertido en una frontera que no creo poder superar por más que me lo proponga, es la historia más larga que he escrito con más de ochocientas páginas, lo reitero, dudo muchísimo que vuelva a crear algo tan extenso como esto. Gracias, gracias y gracias, fueron sus comentarios apoyándome y sus alertas de favorito lo que me motivaron a continuar. Cuando lo inicié en el año 2010, pensaba que el fic tendría de diez a quince capítulos, nunca pensé que terminaría siendo de treinta y ocho.

Igualmente, me disculpo por el crecimiento desmedido de algunos capítulos. Sé lo pesado y cansado que resulta leer tanto de golpe, pero como mencioné antes, conforme iba escribiendo la historia fui ganando más confianza, además, que quería detallar lo mejor posible los sucesos, y eso como consecuencia, hizo que los episodios fueran abultándose desmedidamente. Comprendo que quizás esto fue muy molesto para ustedes, aunque sencillamente no pude evitarlo. Discúlpenme, pero le fui tomando gusto a los capítulos kilométricos.

Como nota curiosa, me gustaría confesarles que le hice un pequeño guiño al fic de una amiga que quiero mucho, siendo más exacto, me refiero al nombre de la película que protagonizan Shapner y Ángela: En el amor y en la guerra. Videl Tateishi es la autora de esta historia y deseaba hacerle una humilde dedicatoria, además de ese relato, ella posee otros fics de Gohan y Videl muy buenos que con toda confianza les recomiendo leer por si son amantes de esta pareja. Bueno, lo veo y no lo creo, El Príncipe Gohan se ha terminado definitivamente, extrañaré mucho este fic, pero jamás, jamás lo olvidaré. Me despido, nuevamente les agradezco su compañía, adiós a todos.

Gracias por leer y hasta la próxima.