PRÓLOGO

Apenas recuperé la conciencia, deseé con todas mis fuerzas sumergirme de nuevo en un sueño profundo que me alejara de la realidad por el mayor tiempo posible. Mi cabeza parecía una bomba de tiempo lista para estallar en cualquier momento. Cada vez que intentaba mover algún músculo, este no me respondía y en su lugar únicamente sentía un dolor atroz, inexplicable, terrible, como si hubiera caído desde lo alto de un edificio y sobrevivido por el simple producto de un milagro. Debido a ello preferí permanecer quieto por los siguientes minutos y esperar a que mi cuerpo respondiera de una manera más positiva. Mi respiración era entrecortada, y mis pulmones se resentían cada vez que estos inhalaban el poco oxígeno que ese mundo albergaba. No debía caer en desesperación, ese sería mi mayor error, mismo que podía costarme la vida.

A duras penas logré recordar lo sucedido previo a mi desvanecimiento, pues todo se manifestaba dentro de mi mente como una especie de imágenes desordenadas y confusas. Al observar el firmamento, noté que estaba mucho más gris y desteñido de lo que recordaba. Las gotas de lluvia caían como dardos que se clavaban sobre mi rostro, mis ojos y mi piel, lastimándolos sin que pudiera evitarlo. Pensé en las veces que tuve la oportunidad de evitar encontrarme en ese punto de mi vida, y que quizás nunca volvería a ver a mi madre, quien me esperaba con los brazos abiertos en otra realidad muy diferente a aquella en la que me encontraba. El pensar que seguramente sólo quedaría un despojo humano de mí en ese mundo extraño y desconocido cuando todo hubiera terminado, me producía una sensación desagradable en mi interior.

A pesar de saber que estaba librando una batalla perdida, no podía dejar que esa poderosa criatura acabara tan fácilmente con mi soplo de vida y mis sueños. No obstante, existían razones más fuertes por las cuales había decidido mantenerme de pie hasta el último momento. Tenía que hacerlo por aquellos que creían en mí, y en las habilidades que en un principio nadie imaginó que poseía. Ese era un secreto que había sabido guardar hasta el momento indicado. Rendirse no era una opción viable. Debía encontrar una salida, pero tenía que ser pronto o todo habría sido en vano.

Por fin mi cuerpo empezó a responder, aunque las energías me abandonaban segundo a segundo. A duras penas logré levantarme, apoyándome en una roca que se encontraba justo a mis espaldas. Sentí que un líquido caliente se deslizaba sobre mi pecho y en mis costados. El desangramiento era evidente, pero no podía detenerme a analizar la gravedad de mis heridas, así que traté de no prestarles atención. Las piernas me temblaban a tal punto que difícilmente logré dar un solo paso. En ese momento, noté, horrorizado, que mi brazo derecho no me respondía. Los huesos de dicha extremidad estaban rotos pero contrario a lo que podría pensarse, no sentía dolor alguno. Sentí un sudor frío acompañado de un sopor incontrolable, que amenazaba con hacerme desfallecer. Sin embargo, todo lo anterior era un problema menor a comparación de lo que estaba por venir.

Observar sobre el suelo rocoso una sombra enorme que se acercaba a paso aterradoramente lento, y sentir una presencia maligna y devoradora, fue todo uno. Alcé lentamente la mirada, y, dejé escapar un grito ahogado de sorpresa. Ante mí se encontraba un coloso capaz de aplastar a cualquier ser humano en un abrir y cerrar de ojos. Aquel guerrero valeroso que antes solía proteger a los débiles y defender la paz a toda costa ahora se encontraba poseído por una furia irascible mezclada con odio y el deseo insaciable de arrasar con todo a su paso. Su mirada de fuego reflejaba el deleite de saber que su enemigo estaba en una encrucijada. Su rostro no era el mismo de otros tiempos gracias a ese misterioso hechizo que logró convertirlo en un ser sediento de sangre e incapaz de razonar. Su boca tenía unos colmillos mucho más largos y afilados que antes, y eran capaces de triturar cualquier objeto, por muy duro o resistente que este fuera. Jamás imaginé que un día iba a luchar al lado de aquel ser mitad guerrero, mitad demonio, menos aún que tiempo después me tocaría enfrentarlo en un duelo a muerte. Por más que intenté hacerle frente utilizando todo mi poder, nada había surtido efecto, y los pocos ataques exitosos que logré aplicarle sólo aumentaban su ira. Cada puñetazo suyo era igual a la embestida de un toro. Cada vez que sus garras lograban alcanzarme, estas destruían mi piel, haciéndome sangrar a raudales. Su fuerza era descomunal, y parecía ilimitada. No existía palabra, hechizo o cura alguna que lo hiciera reaccionar. No había escapatoria.

Recorrí el lugar con la mirada, buscando a mis amigos. En ese terreno desolado e inhóspito no había una sola alma. Esto solo consiguió aumentar mi desconcierto, porque llegué a pensar lo peor. En mi mente se dibujó una escena en la que mis camaradas eran asesinados sin piedad. De haber sucedido eso, entonces yo era el siguiente en la lista. Estuve a punto de estremecerme, pero conseguí mantener la cordura a pesar de las circunstancias. Sin nadie que me ayudara en esos críticos minutos, comprendí que mi única alternativa era enfrentarlo nuevamente y resistir hasta donde fuera posible, pero ¿Por cuánto tiempo más podría hacerlo?

Sin decir nada, y luego de rugir como un león hambriento, aquel gladiador místico, cuya armadura se había vuelto tan oscura como mis pensamientos, se abalanzó sobre mi humanidad, y gracias a que mis piernas aún funcionaban, logré escapar a la masacre en el último segundo, al dar un salto largo que me hizo aterrizar pesadamente a una prudente distancia de mi rival. Sabía de antemano que esto sólo lo enfurecería más. Sus garras consiguieron arañar la enorme roca donde había estado hace poco y eso fue suficiente para que ésta se redujera a escombros. Desolado, tras comprobar nuevamente su inmenso poder, meneé repetidamente la cabeza como si fuera un demente. Al verlo girar sobre sus talones, recordé con amargura aquellos días en los que él y su dueña, la hechicera más poderosa y joven de Japón, combatían toda clase de bestias salvajes, exorcizaban a cualquier humano que estuviera poseído, y triunfaban siempre sobre la adversidad. ¡Qué lejos quedaban aquellos días de gloria!

Fue entonces cuando escuché una respiración que me dejó paralizado. Se trataba de aquella hermosa heroína causante de que mi corazón volviera a vibrar después de tanto tiempo, quien emergió repentinamente de lo desconocido, y cuando me di cuenta, se encontraba a mi lado. A pesar de lucir cansada y lastimada, su rostro mostraba una gran dureza y una determinación que me impresionaron. Me miró brevemente con sus ojos limpios como la hierba fresca de los campos por los que solíamos pasear en aquellos inolvidables atardeceres de otoño, y me sonrió de una forma que nunca olvidaré. No pareció advertir el estado lamentable de mi brazo, y en un movimiento inesperado, ella avanzó hacia donde se encontraba su antiguo guardián, aquel demonio que había dejado de obedecerle, pero que aparentemente estaba ligado a ella por algo más profundo que un simple brazalete. Al verla acercarse, el personaje de la armadura centró su atención en ella, y empezó a relamerse una y otra vez, como degustara por anticipado con lo que, según él, sería su primera víctima.

El corazón me dio un vuelco. ¿Qué rayos te sucede?, pensé, indignado. ¿Acaso no comprendes que él ya no te pertenece, y que es incapaz de escucharte? La posibilidad de que él se liberara de la maldición en la que había caído, era la misma que yo tenía de lograr que mi brazo muerto se moviera un centímetro, al menos. Si existía alguna posibilidad de triunfo, aquel era el momento preciso para que alguien me lo dijera, porque las alternativas eran cada vez más escasas.

A menos que…

Mi mente por fin se iluminó. El rostro de aquella joven no había dejado lugar a dudas. Después de comprobar que la fuerza de su guerrero era insuperable, que el influjo maligno que lo había transformado era irreversible, y que él podía seguir luchando durante horas o días enteros sin descanso alguno, la bella hechicera había optado por la única solución posible. Sacrificarse para salvar al mundo de un futuro caótico. Ello explicaba la sonrisa tan peculiar que me brindó un momento antes. Una sonrisa en la que la frase "todo va a estar bien" iba implícita. Una sonrisa de despedida, una expresión agradable a la vista que encerraba un escalofriante significado. Y, sin embargo, nadie podía estar seguro de que aquello fuera a funcionar realmente. Por más que intentara suplicárselo, nada lograría hacerle cambiar de parecer. La conocía mejor que muchos, y, sabía que en situaciones de esa índole ella no bromeaba. Sentí como si la tierra se hundiera bajo mis pies.

No podía permitirlo. La chica era tan joven, alegre, increíblemente madura a pesar de su edad, y maravillosa en todo el sentido de la palabra, que el solo hecho de pensar que su vida culminara tan absurdamente, con lo mucho que le faltaba por vivir, me resultaba intolerable. Y, no solo eso. Ella significaba para mí algo más que una amiga. Ella era la razón por la que mi tedio se transformaba en ilusión, mi decepción en alborozo, y mis lágrimas en sonrisas. Ella era la única persona que, sin proponérselo, me desarmaba por completo con la dulzura de su voz, reconfortaba mi espíritu y apaciguaba mis enojos. ¿Cómo podía permitir que la vida de ese pequeño ángel se extinguiera injustamente así nada más?

Deseé decírselo, pero ya no era posible. Hubiera querido retroceder el tiempo para encontrarme por última vez a solas con ella y así expresarle lo mucho que su existencia representaba para mí. Desafortunadamente, lo más seguro era que dichos sentimientos y palabras me los iba a llevar a la tumba. En ese preciso instante, supe en verdad cuál era mi verdadera misión en aquel lugar. Después de tanto camino recorrido, por fin tuve claro que el momento de tomar el control sobre mi propio destino había llegado. Y, es que, a pesar de que sentía como mi vida se apagaba cada vez más, y que uno de mis brazos había dejado de funcionar, todavía me quedaba un último as bajo la manga.

No había tiempo qué perder. El gigante de la armadura avanzaba cada vez más rápido hacia su futura presa, y la vida de la joven hechicera estaba a punto de sufrir un fatal desenlace. Mis últimos pensamientos fueron dirigidos hacia mi madre, y suspiré con tristeza porque quizás nunca la volvería a ver. No obstante, no podía detenerme a meditar. Tenía una misión por cumplir. Ignorando el estado calamitoso de mi cuerpo, y echando mano de las últimas fuerzas que me quedaban, avancé tan rápido como pude para acabar con aquella amenaza de una vez por todas. Guardé en mi interior los mejores recuerdos de mi vida, aquella que parecía escurrirse como gotas de lluvia entre mis dedos. Y, es que indudablemente allí se encontraba la culminación de mi destino, uno del que antes solía huir, pero que en aquel instante por fin lograba tomaba entre mis manos para cambiar el destino de la humanidad. No había marcha atrás.

Así es como debe ser

En ese momento, sentí que la lluvia caía con más fuerza, mientras un rayo iluminaba el firmamento para luego impactar la superficie cerca del área de batalla, provocando poco después un estruendo tan intenso que posiblemente llegó a oírse hasta en los confines de aquel inhóspito lugar.