DISCLAIMER: Tras una larga espera, he regresado. Me disculpo con todos mis lectores por la demora, pero este es el capítulo que más me ha costado escribir, ya que la historia de Goki es muy interesante y está llena de matices, por lo que tuve que investigar un poco para desarrollar de la mejor manera posible a este dios de la mitología japonesa. Debido a que Goki es un héroe muy poco valorado por los fans del anime de Zenki, quise darle su merecido espacio en esta historia.

Con este capítulo, culmino con la primera parte de "El Legado". La segunda parte, la cual dará inicio con el capítulo 12, será dedicado a las batallas entre los guerreros de Ozuno y los nuevos enemigos (Hengai y los "Hijos del Despertar"). Por lo pronto, espero que esto sea de su agrado.


Este capítulo va dedicado a mi amiga Christine (AzureKnight2008), a quien agradezco infinitamente por animarme a continuar con la historia, y por haberme proporcionado tan valiosa información sobre Zenki, Goki y Enno Ozuno. Sin ti, nada de esto habría sido posible. Arigatou! ;)


CAPÍTULO 11:

"El Monstruo Dormido"

Las gotas de lluvia descendían sin prisa en aquel atardecer brumoso, entonando una sonata cargada de melancolía que bañaba la mayor parte de Mikaido, un pequeño pueblo perdido entre las montañas y cuyo número de habitantes no superaba los mil. Olmos y abetos aparecían distribuidos en cada uno de sus límites y el suelo, a diferencia del que existía en gran parte de Japón, era sumamente fértil y saludable. La mayor parte de las casas estaban sólidamente construidas con hormigón, el cual abundaba en los bosques aledaños. La actividad en Mikaido no se detenía ni de día ni de noche, y cualquier forastero que lo visitara por primera vez podía encontrar siempre un sitio interesante para divertirse, más en aquella época en la que se celebraba la feria local del pueblo. Norias, tiovivos, espectáculos circenses, músicos y bailarines de música popular japonesa alegrando corazones en cualquier esquina y un sinfín de actividades hacían las delicias de pequeños y grandes. Desafortunadamente, en los últimos dos días, todo lo anterior se había paralizado debido al clima lluvioso que imperaba en la región, y los más viejos del pueblo pronosticaban que dicho fenómeno continuaría por espacio de varios días más.

Mikaido también contaba con una modesta cantidad de templos, santuarios, museos y casas de té para visitar. Tampoco faltaban las izakayas, otabernas japonesas, en las cuales se podía degustar, después de una intensa jornada de trabajo, bebidas como el shōchū o el tradicional sake. Una de las más famosas era la taberna de Murakami, llamada así en honor a Haruki Murakami, uno de los escritores más prolíficos y reconocidos de Japón, que había llegado a Mikaido en busca de inspiración y se sintió embelesado por la atmósfera que rodeaba aquel lugar. Fue así como, luego de volver a su natal Kioto, el renombrado novelista dio a luz a una de sus novelas más exitosas, titulada Sendero Dorado, cuya historia se desarrollaba precisamente en ese pequeño pueblo alejado de la modernización y del ruido de la ciudad, un rincón detenido en el tiempo y del que era fácilmente enamorarse, según él. En el prólogo, Murakami dejaba en claro que ciertos pasajes de Sendero Dorado habían sido escritos en la taberna de Kimchi, propiedad de un robusto hombre de mediana edad llamado Hiro Yamagata. Cuando la noticia llegó hasta sus oídos, el eufórico personaje no dudó un minuto en renombrarla con el apellido de aquel ilustre artista de las letras, en cuyas historias de carácter metafísico era común intuir rastros de pesadumbre y soledad, elementos fundamentales que suelen acompañar a los virtuosos hasta el final de sus días.

La taberna de Murakami no se diferenciaba mucho de otras del pueblo pero era la más grande de todas. En la entrada se exhibían lámparas de papel rojas que seducían fácilmente al visitante para animarse a caminar en su interior. El salón principal tenía mesas y sillones al estilo occidental pero el negocio también incluía habitaciones bien iluminadas con suelo de tatami para los puristas. Las paredes estaban cubiertas con mantas que incluían frases célebres de Haruki Murakami, como por ejemplo: "Lo que nos traerá el mañana, sólo lo sabremos cuando llegue el mañana", "Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida", o "Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales", entre muchas otras. Debido a la lluvia y a la hora, en ese momento la izakaya estaba repleta de gente. Algunos comían en solitario, otros lo hacían acompañados de familiares o amigos, pero todos disfrutaban de un momento agradable mientras meseros de ambos sexos servían mozuku, tofu, sushi, edamame y diversos platillos típicos. Por desgracia, en una de las tantas mesas iba a suceder algo que alteraría la tranquilidad en la taberna.

Varios hombres acababan de terminar una partida de póquer y uno de ellos lucía bastante furioso, debido a que había tenido mala suerte durante toda la tarde. Su aspecto era intimidante. Llevaba una cicatriz en el rostro, su dentadura era tan lamentable que lo asemejaba a una hiena, era alto, de complexión fuerte y lo conocían como el taifu del pueblo, debido a su carácter violento y porque era capaz de enfrentar a una multitud y arrasar con todos como si se tratara de un auténtico tifón. Su verdadero nombre era Jubei Kafuin. En la mesa había cinco sujetos más. Uno de ellos, llamado Hoshino, era el más joven del grupo y sonreía abiertamente porque estaba apuntándose otra victoria, causando el desconcierto del resto de los jugadores. En eso, anunció con gesto triunfal, mientras mostraba sus cartas:

—¡Flor imperial, señores! Parece que no hay forma de que puedan ganarme en la tarde de hoy. Lo mejor será que me retire antes de que los termine dejando en la más absoluta miseria.

Los demás jugadores permanecieron callados. En sus rostros se expresaba el malestar por la mala racha que habían tenido. Hoshino agregó:

—Por cierto, Jubei, espero que no te molestes por lo sucedido pero no se trata de algo personal. Es sólo que hoy no es tu día de suerte. Pero, ¡Descuida! Ya vendrán tiempos mejores. ¡Asegúrate de no beber tanto para la próxima vez!

Aquellas palabras, acompañadas por una risa burlona, acabaron por agotar la paciencia del temible Jubei. Este se levantó y derrumbó la mesa de una patada, causando el consabido susto de los demás, quienes se quedaron paralizados por la reacción del taifu. Los empleados de la taberna se escondieron rápidamente en una de las habitaciones contiguas. Jubei se lanzó sobre Hoshino antes de que este pudiera escapar y le dio varios puñetazos al rostro que lo hicieron sangrar a borbotones. Después, Jubei lo tomó por el cuello para apretarlo con todas sus fuerzas, mientras decía:

—¡Maldito! ¡Estás haciendo trampa y eso no lo puedo permitir en mi mesa! Te daré una lección que nunca olvidarás. ¡Prepárate, Hoshino!

El rostro de Jubei se había transformado y parecía dispuesto a acabar con la vida de Hoshino, quien suplicaba con un hilo de voz que no le hiciera más daño y juraba que había jugado limpio. A pesar de que el incidente era una conducta inaceptable en la taberna de Murakami, el dueño no estaba en ese momento para imponer orden y nadie se atrevía a enfrentar a Jubei, menos a esas horas, en las que, a diferencia de quienes lo acompañaban, había bebido sake más de la cuenta y se envalentonaba al punto de volverse peligroso.

El infortunado Hoshino miraba con ojos suplicantes a su alrededor, esperando que alguien lo ayudara pero todos conocían de antemano lo que Jubei era capaz de hacer. De pronto, una voz joven, fuerte y decidida se dejó escuchar en el interior de la taberna:

—¡Suelta a ese hombre ahora mismo!

Silencio absoluto. En lugar de obedecer, el taifu buscó el origen de aquella voz para identificar a quien se atrevía a ordenarle algo semejante. Al principio, no supo de quién se trataba, así que preguntó:

—¿Quién ha dicho eso? No te escondas, ¡Cobarde!

La voz se dejó escuchar de nuevo:

—¿Cómo tienes el descaro de llamarme cobarde cuando te atreves a atacar sin razón a alguien que no ha hecho nada malo y que no es igual de fuerte y alto que tú? ¡Suéltalo de una vez!

Al aguzar el oído, Jubei logró por fin identificarlo. Se trataba de un individuo sentado en el área de la barra. Llevaba una capa gris que le ocultaba el rostro y gran parte del cuerpo. Vestía una camisa negra y un pantalón azul desteñido. A sus pies había una pequeña mochila de color verde bastante vieja y desgastada. Probablemente se trataba de un forastero que sólo estaba de paso por Mikaido. Los clientes de la taberna que se encontraban cerca de él se alejaron a toda prisa y Jubei, cada vez más furioso, soltó su presa quien aprovechó la oportunidad para huir del lugar. El taifu se acercó cautelosamente hacia el misterioso personaje que lo acababa de desafiar. Este, por su parte, permanecía inalterable mientras terminaba de beber un humeante té de oolong.

—A ver, maldito desgraciado —dijo Jubei, cuando se hubo acercado a la barra —. Repíteme a la cara lo que acabas de decir. Quiero ver si tienes las agallas suficientes para hacerlo antes de que te rompa los huesos en mil pedazos.

El desconocido de la capa gris no respondió de inmediato. En su lugar, sacó un objeto del bolsillo de su pantalón y se puso a juguetear con él. Se trataba de una pequeña piedra preciosa de color dorado que frotó por varios segundos. Luego de guardarla de vuelta en su bolsillo, el desconocido dijo algo que termino por caldear los ánimos de Jubei:

—No hay razón para llegar a tales extremos. ¿Por qué tienes que recurrir a la violencia? Me pareció muy injusto lo que hacías con aquella persona y por eso intervine. En los juegos, como en la vida misma, a veces se gana y a veces se pierde. ¿Entiendes?

—Lo único que entiendo es que te gusta jugar con fuego, fósforos y gasolina y ha llegado la hora de que te comiences a quemar como un fardo de papeles por sabihondo. ¡Prepárate!

Sin esperar respuesta, Jubei se dispuso a atacar al desconocido, pero este fue más rápido y lo esquivó en un abrir y cerrar de ojos. El taifu, al verse burlado, lanzó un grito de rabia.

—¡Demasiado lento! —dijo el forastero en tono burlón —Tal parece que tanto sake ya está empezando a afectar tus reflejos. Es una pena que no te des cuenta del daño irreversible que le estás haciendo a tu cuerpo.

—¡Cállate, gusano! —rezongó Jubei, con voz de trueno —¡Tú no eres nadie para decirme qué es lo que debo o no debo hacer!

El taifu intentó conectarle un puñetazo al tipo de la capa gris, pero este lo esquivó con agilidad y el hombre fue a caer encima de una de las mesas. Frustrado, Jubei cogió una botella y, tras romperla, dijo:

—¡Hoy no te me escapas!

El taifu trató de atacar nuevamente al desconocido, pero este se deslizó por debajo de las piernas de su atacante, quien sólo logró tomar la capa del escurridizo individuo. Fue en ese momento cuando todos pudieron conocer por fin de quién se trataba. Hubo un murmullo generalizado de sorpresa y, Jubei, el más sorprendido, se quedó con la boca abierta.

—¿Qué diablos es esto? —preguntó el taifu, cuando fue capaz de controlarse.

Frente a él, había un muchacho cuya edad probablemente no sobrepasaba los quince años. Era bien parecido, de estatura media, tenía el cabello azul y éste le caía por la espalda en forma de cascada. Su piel era ligeramente sonrosada y en sus facciones aún se apreciaban algunos rasgos de la niñez. Sus ojos, del mismo color que su cabello, expresaban una tenacidad poco vista en los preadolescentes. A pesar de su atlética apariencia, en el caso de que se llevara a cabo una lucha cuerpo a cuerpo entre ambos, cualquiera habría apostado a favor de Jubei, pero el muchacho no parecía sentirse amilanado ante su atacante. Por el contrario, únicamente se limitaba a sonreír, como si lo que sucedía estuviera divirtiéndolo grandemente:

—¡Vaya! Así que apenas eres un chiquillo que se quiere pasar de listo con sus mayores —dijo el taifu—. ¡Qué decepción! ¿Por qué mejor no regresas a refugiarte bajo las faldas de tu madre?

—No me subestimes por el simple hecho de ser tan joven —dijo el chico sin abandonar su voz calmada —. Podrías terminar tragándote cada una de tus palabras.

—Está bien, está bien. ¿Quieres que juguemos un poco? Tú te lo buscaste. Te borraré esa estúpida sonrisa de tu rostro de niña. ¡Aquí voy!

Jubei corrió a toda velocidad hacia el misterioso joven, pero este lo volvió a evadir hábilmente, y luego de dar un enorme salto sobre el taifu, aprovechó para frotarle la cabeza de forma cómica, mientras decía:

—¡Qué mal! ¡Todavía eres muy lento, hombre! Creo que si hicieras un poco de ejercicio no te abochornarías tanto como lo haces ahora. Como sea, tu perseverancia es digna de admirar.

Las demás personas que se encontraban presenciando la escena estallaron en carcajadas al ver esta especie de recreación moderna de David contra Goliat. El rostro de Jubei estaba rojo de ira.

—¿De qué demonios se ríen? —preguntó el taifu a un grupo de comensales —¿Creen que pueden hacerlo sin atenerse a las consecuencias? Pues, se equivocan, ¡Maldita sea! ¡Se equivocan!

Jubei, olvidándose temporalmente de su objetivo principal, empezó a agredir a cuanta persona encontraba a su paso y el caos se desató por completo. Fue entonces cuando la expresión del muchacho de la cabellera azul cambió por primera vez y dijo, con la voz cargada de furia e indignación:

—No lo soporto más. ¡Deja ya de lastimar a la gente inocente!

En la mirada del joven apareció un destello de odio y, a una velocidad casi sobrehumana, éste corrió la distancia que lo separaba del taifu y le conectó un puñetazo certero en el estómago que inmovilizó al hombre de inmediato. Jubei lanzó un gemido lastimero y abrió los ojos de tal forma que parecía que iban a abandonar sus órbitas. Segundos después, el taifu terminó derrumbándose en el suelo.

—¿Cómo…? ¿Cómo es posible esto…? —preguntó el caído, con voz entrecortada —¿Quién? ¿Quién se supone que… eres tú? ¡Dímelo!

—Sólo soy un muchacho como cualquier otro —respondió el chico de cabellos azules —. Me desplazo por la vida esperando a que el viento me lleve a algún sitio en el que pueda descansar. Soy un vagabundo sin hogar, un viajero que destila gotas de sueños que algún día alcanzaré.

Tras esta extraña respuesta, el jovencito recuperó su capa y volvió a cubrirse nuevamente con ella. Luego, dijo en voz alta:

—Siento mucho el haberte atacado físicamente pero no podía tolerar que desquitaras tus frustraciones reprimidas con gente que no tiene la culpa y que no lo merece. En un pueblo tan hermoso y tranquilo como este sólo debe haber espacio para la armonía y la prosperidad, no para la violencia y la discordia. Ojalá que hayas aprendido tu lección y que de ahora en adelante respetes siempre a los demás.

Apenas el muchacho dijo aquellas nobles palabras, los aplausos por parte de los presentes no se hicieron esperar. Jubei, paralizado de pies a cabeza, no daba crédito a lo que estaba sucediendo, ya que aquel adolescente que se veía tan indefenso en apariencia, lo había noqueado de un solo golpe. Este se arrodilló frente al taifu para decirle:

—Y, ya que tanto te interesa saber quién soy, te lo diré. Tengo catorce años, estoy regresando de una peregrinación en el monte Oomine, que se encuentra no muy lejos de Mikaido y me dirijo hacia la ciudad de Shikigami-Cho. Mi nombre es Akira Goto.

Revelada su identidad, y, en un gesto inesperado, el joven colocó su mano derecha sobre la frente del taifu para decir,en un tono más íntimo:

—Cuando despiertes, te sentirás mejor y esto lo recordarás como un sueño distante. Espero que logres apartarte del licor para enmendar tu vida y que alcances la felicidad que tanto añoras.

Apenas Akira acabó de pronunciar estas palabras, apareció un leve resplandor sobre la frente de Jubei Kafuin, quien cerró los ojos y murmuró la palabra "felicidad" en voz baja, al momento que una sonrisa se extendía sobre su rostro. Después, dejó caer la cabeza para así sumirse en la más profunda inconsciencia. Se escuchó un nuevo murmullo, esta vez de admiración, pero nadie se atrevió a acercarse al jovencito de la cabellera azul. Éste, por su parte, se limitó a sonreír y, tras pagarle a uno de los empleados por lo que había consumido, se alejó a paso lento del lugar. De él emanaba una personalidad muy poderosa que hizo retroceder a la mayoría de los presentes. El muchacho avanzó con la vista al frente, ignorando que era el foco de atención y finalmente cruzó el amplio portal de madera, abandonando la taberna de Murakami para siempre.

-2-

Goki

Afuera, la lluvia seguía empapando cada rincón de Mikaido sin deseos de querer amainar. La mayoría de los habitantes del pueblo ya se habían recogido en sus casas pero a pesar de esto, en ocasiones se veía a una que otra persona corriendo a toda prisa para guarecerse en algún sitio seguro y así evitar ser rociado por el ininterrumpido llanto divino que brotaba del cielo.

Los pasos de Akira eran pausados, solemnes, como si estuviera dentro de una película en la que todo transcurre en cámara lenta. Visto desde lejos, el jovencito parecía un monje vagabundo llegado de tierras lejanas en búsqueda de una posada para pasar la noche, misma que pronto haría acto de presencia. Lo que nadie podía imaginar era que aquel muchacho representaba en realidad a la reencarnación de Goki, el dios Azure de la sabiduría y la recreación, uno de los seres más poderosos del universo, y alguien que, desde tiempos inmemoriales, servía al legendario hechicero Enno Ozuno.

Desde el primer día en que Akira tuvo conciencia de su verdadera identidad, él juró proteger el legado de Ozuno aún a costa de su propia vida, vigilando a Chiaki, y peleando al lado de Zenki, el rebelde guerrero de cabellos color fuego. Parte de su labor como Goki, uno de los elegidos, era la de ayudar a Zenki para que este alcanzara una nueva transformación. Pese a no tener aún el mismo nivel de poder que su compañero de batalla, Goki era muy hábil creando estrategias y confundiendo a los enemigos gracias a su enorme grado de inteligencia. Conforme pasó el tiempo, la mayor parte de los recuerdos de su anterior vida fueron regresando a él y poco a poco su actitud insegura se esfumó, mientras su poder crecía cada vez más.

Sin mirar atrás, Akira se fue alejando de Mikaido. Luego de tomar un camino de tierra, el joven observó el panorama que se pintaba ante él. El lugar estaba salpicado por cientos de olmos que eran tan altos como un campanario y que parecían tener más de un siglo de vida. Tratar de vislumbrar el cielo bajo el extenso follaje de dichos colosos era una tarea imposible. Varios cientos de metros más allá, se encontraba el caudaloso río Shampopo, cuyas aguas limpias y cristalinas nacían en lo alto de las montañas. De la hierba mojada se desprendía un olor muy agradable, mezcla de menta y hierbabuena, regalo invaluable que la Madre Naturaleza ofrecía a manos llenas en aquella época. Las flores de cerezo se mecían al compás de una canción cubierta con retazos de nostalgia que la lluvia interpretaba magistralmente y que ni la más talentosa orquesta sinfónica habría sido capaz de igualar.

Mientras aceleraba el paso, el muchacho repasó lo que había vivido desde que tomara la decisión de abandonar Shikigami-Cho, poco después de la derrota del temible monstruo conocido como Kokutei. Su misión como Goki había concluido y ahora debía encontrar un espacio en el mundo de los humanos para emprender su propia aventura en el sendero de la vida. Kazue, la incansable chica que lo había protegido en los primeros días y con quien consiguió forjar una gran amistad, se había marchado con el Profesor Kuwaori a Europa y no regresaría a Japón en varios meses.

Una semana después de que la paz descendiera nuevamente sobre los corazones de los habitantes de Shikigami-Cho, Akira había tomado una decisión, así que luego de reunir a la familia Enno y a varios conocidos, él reveló sus planes a futuro.

—Ha llegado la hora de labrar mi propio destino. De tal modo, saldré a recorrer el mundo para resolver aquellas dudas que han sobrevolado por mi cabeza en las últimas semanas —había dicho.

—¿A dónde piensas ir? —le preguntó Chiaki, con una punta de preocupación en su voz.

—Ojalá tuviera una respuesta absoluta para tu pregunta, querida ama. Tengo tanto por descubrir que no sé por dónde empezar. De todas formas, algo es seguro. Llegado el momento adecuado, me asentaré en el monte Oomine, mi primer hogar. Necesito volver a mis raíces para reencontrarme conmigo mismo.

Ante semejantes palabras, todos, excepto la abuela Saki, miraron al joven de catorce años con perplejidad, sin comprenderlo. Luego de empacar unas pocas pertenencias y llevar la suficiente cantidad de dinero para subsistir, Akira se había despedido de sus amigos. Antes, él tuvo una última conversación a solas con Chiaki en el interior del templo Enno:

—No puedo creer que vayas a abandonarnos —dijo Chiaki con un tono de voz en el que Akira percibió una mezcla de tristeza y reproche.

—¿Por qué?

—Y, ¿Todavía lo preguntas? Tu partida es algo que nadie se esperaba y nunca nos compartiste lo que sentías.

—A veces, mi querida ama, es mejor guardar ciertas emociones y conflictos internos bajo llave en el baúl de tu alma para no ocasionar un revuelo innecesario a tu alrededor. Cuando has encontrado la fortaleza necesaria, debes abrir el baúl y luchar contra esos demonios hasta derrotarlos. Si dejas que el tiempo pase y te quedas de brazos cruzados, estos ya no querrán salir y terminarán consumiéndote.

Chiaki se había sentado en la alfombra tatami y escuchaba con atención lo que su antiguo guerrero protector le decía. Este prosiguió, con su característica voz de terciopelo en la que ya se detectaban los primeros cambios causados por la llegada de la adolescencia:

—Lo que quiero decir es que existen cosas que no pueden contarse y que debes encarar por tu propia cuenta sin que nadie más intervenga. Es parte del concepto de la madurez. No puedes depender siempre de otros para que te resuelvan hasta el más insignificante problema.

—Tienes razón —admitió Chiaki, lanzando un suspiro —. Aún así, pensé que te quedarías con nosotros por bastante tiempo para continuar con tus estudios, por ejemplo, y que te tomarías las cosas con más calma.

—Lo sé y agradezco a tu abuela y a ti por la hospitalidad que me han brindado desde que nos conocimos. Ha sido una temporada maravillosa, pero todo tiene un principio y un final.

—No digas eso —dijo Chiaki, bajando la vista —. Parece que te estuvieras despidiendo de nosotros para siempre.

—¡Oh, no! Perdona… No… No quise decir eso —se apresuró a decir Akira —. Me refería más bien a que hoy termina una etapa y comienza otra totalmente nueva. Por otro lado, a pesar de que desconozco por cuánto tiempo estaré lejos de Shikigami-Cho, ten por seguro que voy a volver.

—¿De veras?

—¡Claro que sí! —dijo Akira, mostrando una sonrisa que transmitió una generosa dosis de buen humor a la sacerdotisa —Tú eres una de las personas más importantes en mi vida. ¿Cómo podría lanzarte al olvido como si fueras un cometa al que le cortas el hilo para que el viento se lo lleve tan lejos como pueda?

Chiaki se sonrojó ligeramente ante las palabras de Akira. Este prosiguió, mientras su interlocutora sentía que la tristeza que la había embargado en un principio se marchaba lentamente de su corazón:

—De no ser por ti, hoy estaría viviendo una mentira y no habría cumplido con la misión que tengo desde tiempos ancestrales. A tu lado, fuimos capaces de salvar a la Tierra del caos y de la destrucción. Eres una digna descendiente del maestro Ozuno y eso es algo que nunca debes olvidar. Sin embargo, ahora que esa misión para la que estaba predestinado ha llegado a su fin, debo dirigirme hacia la siguiente fase de mi aventura personal, misma que aún desconozco. Y, ten por seguro que si me quedo en esta ciudad no lograré averiguarlo.

Chiaki asintió y permaneció en silencio. La firmeza de Akira no admitía réplica alguna. En eso, los ojos de la hechicera se iluminaron y dijo:

—¡Oye! Ahora que lo pienso, cuando vayas al monte Oomine, podrías hacérnoslo saber para que mi abuela y yo te visitemos. Al fin y al cabo, no creo que sea un viaje tan largo. Suena divertido, ¿No te parece?

—Es una magnífica idea pero me temo que no podrá ser posible. Recuerda que todo aquel que se dirige al monte Oomine lo hace con el fin de meditar y seguir las reglas de los monjes ascéticos que profesan la religión Shugendô. No puedes distraerte; la concentración y la entrega deben ser totales. Aparte, recuerda que ellos prohíben el ingreso de mujeres en esa zona.

Chiaki se mordió los labios al instante. Akira estaba de nuevo en lo cierto. Media vez él penetrara en el mágico y silencioso mundo de los yamabushi, en las montañas, Akira debía entregarse en cuerpo y alma a este, desprendiéndose de cualquier pensamiento que lo atara a su pasado. Chiaki tenía que aceptar la decisión de Akira, le agradara o no, así que hizo a un lado sus intereses y dijo:

—Sea a donde sea que vayas, cuentas con todo mi apoyo, Akira. Tú también eres alguien muy importante para mí. Eres como el hermanito pequeño que nunca tuve, sólo que en este caso, ¡Tú eres mucho más sabio que yo!

Ambos rieron y se pusieron de pie al mismo tiempo. Antes de abandonar el santuario, Akira miró fijamente a Chiaki y le dijo:

—Ha sido un honor combatir junto a ti, pero más importante aún, conocerte y descubrir el gran ser humano que eres. Hoy te dejo atrás, pero seguiré llevándote en mi corazón día y noche, mi querida ama. Mientras tanto, quiero que sigas adelante con tu vida, porque tienes un fructífero futuro por el cual luchar.

Antes de que Chiaki pudiera decir algo, Akira se acercó a ella y, en un acto de inconmensurable cariño, la abrazó tiernamente. Sorprendida en un principio, Chiaki terminó por corresponder al muchacho, devolviendo el abrazo con el mismo sentimiento y fervor que Akira había demostrado. La joven heroína no pudo evitar que dos lágrimas abandonaran sus ojos de color añil para deslizarse por sus delicadas mejillas, más no eran lágrimas de amargura. Eran lágrimas de emoción en las cuales se materializaban los bellos recuerdos de lo que ambos habían vivido juntos hasta entonces.

Para Chiaki, olvidar las ocasiones en que fue salvada por Goki era sumamente difícil. Bastaba con recordar la vez en que ella fue convertida en una indefensa muñeca y él se encargó de protegerla, ayudándola a liberar el hechizo para que Zenki se transformara. O aquella vez cuando una de las bestias de Karuma lanzó a Chiaki por los aires y Goki la rescató antes de que ella cayera al suelo, salvándola así de un impacto mortal. Y, ¿Cómo podría la enigmática joven olvidar cuando sus dos guerreros guardianes quedaron imposibilitados para luchar luego de que el santuario Enno fuera atacado? En ese momento, Goki, a pesar de encontrarse muy debilitado, juró con vehemencia que protegería a Chiaki y a la familia Enno utilizando su propio cuerpo como escudo, aún a costa de su propia vida. Indudablemente, la nobleza del guerrero Azure llegaba aún más lejos que su poder.

Fuera del campo de batalla, Akira, a diferencia de Zenki, siempre se había desvivido por complacer a Chiaki. Por ejemplo, escoltándola en secreto cada vez que él presentía algún peligro, acompañándola sin chistar palabra cuando ella quería ir de compras o incluso ayudándola con sus tareas escolares si ella se quedaba atascada en alguna clase, como aritmética o trigonometría. Ambos habían llegado a simpatizar espléndidamente, a pesar de que Chiaki era cuatro años mayor que él. Aquella relación, sin embargo, iba un poco más allá; ellos se querían y se trataban como si fueran los mejores hermanos, aunque Akira no se olvidaba de guardarle cierto grado de respeto y devoción a quien consideraba su "ama", calificativo que siempre le causó gracia a la descendiente de Ozuno.

—Te extrañaré, Akira-kun —dijo Chiaki, transcurridos algunos minutos —. Vayas a donde vayas, recuerda que aquí siempre encontrarás un hogar. Deseo que despejes cada una de las dudas que han sido sembradas en tu interior. Sigue tu camino y ve tan lejos como debas ir hasta que logres reencontrarte contigo mismo…

El adolescente de cabellos azules sonrió. No hacía falta que dijera nada. Él sabía que, a veces era mejor disfrutar en silencio de un momento inolvidable como aquel, en el que el afecto lo envolvía todo como un manto invisible y sagrado.

-3-

De pie frente al río Shampopo, Akira recordaba los últimos minutos vividos en Shikigami-Cho como si hubieran ocurrido horas atrás. Lo cierto es que ya habían pasado seis meses desde entonces y, a pesar de ello, la melodiosa voz de Chiaki llegaba fuerte y clara hasta él como una serie de exquisitas notas musicales que lo enternecían por completo:

Sigue tu camino y ve tan lejos como debas ir hasta que logres reencontrarte contigo mismo

Esas habían sido las últimas palabras de Chiaki, mismas que el muchacho mantuvo presentes desde que partió de la mítica ciudad de Ozuno. El recuerdo de la voz de la chica de cabello púrpura y rostro risueño inundó el alma de Akira con un calor especial que llegó hasta sus fibras más sensibles. Él sabía que pronto la volvería a ver y esto lo ilusionaba enormemente. En un principio, él pensó que su ausencia se prolongaría por tiempo indefinido pero luego de ciertas situaciones vividas a lo largo de su viaje y tras una inexplicable visión que tuvo durante su posterior estadía en el monte Oomine, el jovencito emprendía mucho antes de lo previsto su regreso a Shikigami-Cho.

Las aguas del río Shampopo eran tan transparentes, que se podían distinguir con facilidad los guijarros anclados en el fondo y uno que otro salmón de vivos colores desplazándose contra la corriente. No muy lejos de allí se elevaba un angosto puente de madera que solía servir como enlace entre Mikaido y el misterioso bosque de Tsukiya, que muy pocos se atrevían a penetrar debido a su espesura, misma que hacía perder fácilmente el sentido de la orientación a cualquier persona. Sin embargo, aquella era la única alternativa que Akira tenía para continuar con su recorrido. La ciudad de Futade lo esperaba más adelante y todavía le harían falta dos ciudades más antes de llegar a su destino, por lo que Akira tenía que apresurar el paso lo antes posible. Según le había dicho uno de los habitantes en Mikaido, el puente se encontraba en mal estado, por lo que la única manera de llegar al bosque de Tsukiya era cruzando el río a nado; tarea un tanto arriesgada, ya que por aquella temporada el río avanzaba con más fuerza que de costumbre y se tornaba peligroso para quien se adentrara en sus aguas.

Por fin la intensidad con que caía la lluvia fue extinguiéndose hasta dar paso a una llovizna pertinaz. Los oscuros nubarrones que cubrían la bóveda gris fueron arrastrados por el viento mientras surgían pequeñas cadenas de nubes blancas, fenómeno que Akira agradeció con el pensamiento. Este procedió a despojarse de su capa y la guardó en su vieja mochila. Akira cerró los ojos y extendió los brazos como si se rindiera ante la majestuosidad del paraíso que lo rodeaba. El cielo se transformó en un manso océano que se mantenía eternamente atrapado dentro de una invisible caja de cristal. Al sentir el contacto de las finas gotas de lluvia que caían sobre su rostro, Akira comprendió que era más libre que nunca y la alegría por formar parte de la creación del mundo junto a la Madre Naturaleza era tan grande que no cabía en su piel. Fue entonces cuando la figura de Akira empezó a emitir breves destellos azulados. Si bien su cuerpo aún estaba en desarrollo, este se había vuelto muy fuerte en los últimos tiempos y la musculatura de sus brazos y sus piernas así lo evidenciaban. Todo esto era una prueba inequívoca del inmenso poder que existía en su interior y que aún no había sido explotado al máximo.

Después, cuando logró relajarse, Akira hurgó en el bolsillo de su pantalón y extrajo nuevamente la piedra preciosa que había acariciado con anterioridad en la taberna de Murakami. Dos cosas llamaban la atención al verla por primera vez; la piedra estaba hecha de oro puro y en ella aparecía un grabado en forma de tridente. Akira jugueteó un rato con el extraño objeto a medida que sentía su textura áspera y rugosa. La mencionada piedra había aparecido frente a él una tarde cualquiera tras culminar con una sesión de meditación a orillas de una imponente cascada. Ni el yamabushi más veterano supo darle una explicación lógica sobre el origen de aquella piedra pero él había decidido llevarla consigo desde entonces como si se tratara de un recuerdo inapreciable.

Sentado a orillas del río Shampopo, Akira seguía disfrutando de la exuberancia natural que lo rodeaba. A pesar de su enorme deseo de regresar a Shikigami-Cho lo antes posible, el muchacho sentía la necesidad de disfrutar un poco más del terreno que pisaba antes de introducirse de lleno por el bosque de Tsukiya. Akira lanzó un suspiro de satisfacción y luego extrajo de su mochila una pequeña flauta hecha de sauce. Sin pensarlo dos veces, se llevó el instrumento a los labios y empezó a soplar las primeras notas de una melodía llamada "Atardecer en el campo", que él mismo había compuesto. Tocar la flauta era una afición que él tenía desde niño. Su buen oído para la música le permitía retener fácilmente cualquier canción que despertara su interés y, a veces, cuando se encontraba a solas y desocupado, Akira aprovechaba el momento para tocar una danza popular o un tema de su invención, poniendo todo el sentimiento del que era capaz. Rara vez se equivocaba. En varias ocasiones, Chiaki se había sentado a su lado para disfrutar de aquellas notas que parecían brotar mágicamente desde el alma de su talentoso amigo, y a veces ella se unía a él, canturreando alegremente. Akira sonreía cuando esto pasaba ya que Chiaki poseía un dulce timbre de voz y no desafinaba nunca. Debido a esto, uno de los sueños del jovencito había sido salir a recorrer el mundo junto a Chiaki y tocar en cualquier sitio como un dueto musical. Ambos ganarían el dinero necesario para comer, dormir bajo techo en una habitación sencilla y llegado el momento, viajar a otra ciudad para repetir el proceso. Sería una aventura apasionante, pensaba Akira, quien, a pesar de tenerle un gran nivel de confianza a Chiaki, él nunca llegó a manifestarle tales pensamientos por temor a recibir una negativa rotunda como respuesta.

A medida que se desarrollaba aquel pequeño concierto en el que Akira tocaba para un público imaginario, algo inesperado ocurrió. La piedra de color dorado, la cual había sido depositada por su dueño en un sitio visible, cobró vida propia y empezó a flotar, lanzando pequeños destellos de forma esporádica. Sorprendido, Akira dejo de tocar la flauta y siguió la trayectoria del objeto con la mirada. Este avanzó hasta posarse sobre el río Shampopo sin dejar de rotar sobre su eje. Sin saberlo, Akira estaba a punto de presenciar algo que se quedaría grabado en su mente por el resto de su vida.

Como si hubieran recibido una orden divina, las aguas del río detuvieron su recorrido y formaron un gigantesco surtidor, como si una ballena estuviera escondida en las profundidades de la tierra. Sorpresivamente, del surtidor surgió una figura humana de rasgos femeninos. El muchacho se quedó helado al reconocer de quién se trataba. En su mente se fueron agolpando recuerdos que hasta ese momento había reprimido inconscientemente. Su corazón comenzó a latir con alocado frenesí; su nivel de excitación era mayúsculo a tal grado que el muchacho fue incapaz de contener un pequeño grito de sorpresa y en un principio, no logró articular palabra alguna. Finalmente, tras ordenar sus pensamientos, dijo con voz incrédula:

—Imposible… Esto debe tratarse de un simple sueño. Esto… No puede estar sucediendo…

Pero Akira sabía positivamente que se encontraba despierto y en sus cinco sentidos. Lo que tenía frente a él era tan real como el murmullo del río y el aire que respiraba y que agitaba sus cabellos. El agua había recreado la figura de una bella mujer de aspecto joven que lo observaba con dulzura y le sonreía sin reserva. Sus ojos brillaban como dos pequeños luceros y las curvas de su cuerpo aparecían perfectamente delineadas, dándole una apariencia demasiado vívida que Akira no podía seguir ignorando.

A pesar de no salir de su asombro, Akira terminó por rendirse ante la realidad palpable que sus ojos le mostraban. Aquello distaba de ser una alucinación. Frente a él se encontraba el primer amor de su vida, la mujer que otrora se convirtiera en la madre de sus hijos, la persona que había amado con todas las fuerzas de su alma hasta el fin de sus días. Ese rostro, esa sonrisa, esa hermosura y esa aura sólo podían pertenecer a una persona:

—¡Kasumi!

Nada más decir aquel nombre, la figura de agua avanzó varios pasos hasta situarse a pocos centímetros de Akira. Sin dejar de sonreír, esta alargó sus manos para acariciar las mejillas del muchacho que, inmóvil como si fuera una estatua de mármol, dejó caer varias lágrimas que brillaron a la luz de los últimos rayos solares. Lejos de sentir tristeza, Akira estaba fuertemente conmovido por el reencuentro con su amada Kasumi luego de tantos años, y sintió que uno de los momentos más fecundos que habían formado parte de su primera vida se manifestaba ante él en toda su excelsitud. De esta manera, él revivió, sin proponérselo, la noche en que ellos, aún siendo muy jóvenes, se reunieron en una casita situada a mitad del bosque y se entregaron por primera vez el uno al otro a ese inmortal acto de amor en el que el tiempo deja de existir y quedas atrapado en medio de una vorágine de emociones a flor de piel, sueños dorados y un éxtasis de pasión que no conoce límites ni fronteras.

Mi doncella de las rosas…

Tanto Kasumi como Goki habían comprendido desde el principio que el sentimiento que los unía iba más allá del entendimiento humano y por ello prefirieron disfrutarlo a plenitud sin hacer preguntas y sin dejar que nadie se opusiera a ello. A pesar de que por aquellos tiempos Goki continuaba permaneciendo al servicio de Enno Ozuno, esto no le impidió llevar una vida al lado de Kasumi, llegando incluso a tener varios hijos, a cual más lindo e inteligente. Y, no era para menos: Kasumi era dueña de una belleza casi angelical. Sus cabellos, de un extraordinario rojo vivo contrastaban con sus ojos color esmeralda, que a veces brillaban por las noches bajo la mística luz de la luna. La primera vez que Goki vio a su amada sin ropas sintió que desfallecía, ya que él jamás había visto semejante majestuosidad reunida en una doncella. Cada curva, cada línea que conformaba la esbelta figura de Kasumi había extasiado a Goki hasta dejarlo sin aliento pues este no alcanzaba a comprender hasta qué niveles podía elevarse la hermosura humana femenina. Si antes él estaba enamorado profundamente de ella, dicho sentimiento se propulsó a distancias incalculables luego de disfrutar del elixir más exquisito que los dioses han concedido al hombre desde que habita este planeta. Eso, junto con el hecho de que Kasumi fuera una mujer desprendida y bondadosa que siempre tenía una palabra de aliento y de afecto para él, lo habían hecho comprender que si la dejaba escapar, se privaría del amor verdadero que muchos buscan, como si de una flor rara y exótica se tratara, pero que pocos, muy pocos pueden encontrar antes de que se les escape la juventud o la vida entera.

Akira/Goki sabía perfectamente que ésa había sido la etapa más feliz de su vida. Por esta razón, la nostalgia se apoderó de él mientras contemplaba la figura femenina que el agua había creado. Esta, mientras tanto, seguía acariciando y recorriendo el cuerpo de Akira con delicadeza. A pesar de que estaba hecha del líquido vital, ni una sola gota de agua mojó el cuerpo del muchacho. De pronto, la voz de Kasumi llegó a los oídos de Akira de forma vibrante y casi irreal:

—Así es, mi querido Goki. En efecto, soy yo. He abandonado por un tiempo el universo al que ahora pertenezco para comunicarme contigo. Volver a verte es algo que anhelaba desde hace más de mil años.

Akira/Goki sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Este dijo, con voz quebradiza, debido al llanto que brotaba de su ser:

—Mi amor... no sabes… no puedes comprender cuánto ansiaba este momento. Ahora que tengo esta maravillosa oportunidad para volver a verte, soy tan… tan feliz…

Kasumi absorbió las lágrimas de su amado, tras tocarlas y dijo:

—No llores más. Sé que me has extrañado tanto como yo a ti pero desde que me marché de este mundo, he llegado a un nuevo nivel de existencia que algún día tú podrás comprender. En verdad te digo que nunca te abandoné realmente. He seguido cada uno de tus pasos y me honra saber que continúas manteniendo vivo el legado del legendario Ozuno porque proteges a aquellos que más lo necesitan. Eres grande, Goki.

Las palabras de Kasumi causaron que en el rostro de Goki se extendiera una sonrisa cálida. Este preguntó, un poco más calmado:

—Amor mío, ¿Por qué has vuelto a mí hasta ahora?

—Estoy aquí para alertarte —respondió Kasumi, cogiendo las manos de Goki —. La Tierra está a punto de ser atacada por las fuerzas malignas y debes estar preparado para poder enfrentarlas. Muy pronto, tu verdadero poder verá la luz finalmente.

—¿Qué dices? Eso significa que el sueño que tuve hace poco ¡No fue una simple casualidad!

Akira/Goki se sintió súbitamente desasosegado. Una semana antes, él había tenido una extraña visión en la que aparecía preso en una lóbrega y oscura celda. Las cadenas le sujetaban fuertemente ambas extremidades. Por más que gritó, nadie pudo escucharlo. A su alrededor resonaban voces desconocidas que le erizaban la piel y que se burlaban de él por ser inferior a Zenki y no tener la misma resistencia y fortaleza que el guerrero del trueno rojo. Al mismo tiempo, él sentía que algo muy grande y poderoso estaba moviéndose en su interior: una especie de monstruo dormido que buscaba escapar de su jaula para finalmente ser libre y desatar toda su furia y su poder. Antes de que esto sucediera, Akira había despertado pero aquel sueño le robó la tranquilidad que tuvo hasta ese momento en el monte Oomine. Este fue el detonante que lo hizo emprender el camino de vuelta a Shikigami-Cho para hallar una explicación a tan peculiar sueño. Y, tras escuchar las palabras de Kasumi, él se alegraba de saber que estaba en el camino correcto pero, por otro lado, se sentía turbado porque aquel breve período de paz estaba rozando su fin.

—Tú lo has dicho —respondió Kasumi—. El sueño que experimentaste tiene un significado trascendental. Deberás portar nuevamente tu armadura de fiel guerrero de Ozuno. Fui yo misma la que dejó caer esa piedra dorada que llevas contigo desde aquel atardecer en el monte Oomine.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque esta te mostrará el camino para que tu poder y tu energía alcancen al mismo nivel que el de Zenki. Cada vez que la piedra cobre vida propia, recibirás la guía necesaria para que consigas llegar tan lejos como nunca imaginaste.

—Entonces, ¿Quieres decir que esta no va a ser la última vez que nos veamos? —dijo Goki, con una creciente emoción en su voz.

—Goki, no te adelantes a los acontecimientos. Recuerda que no soy la única que ha formado parte de tu vida. Por ahora, necesito que me escuches. A pesar de que te has vuelto muy fuerte, esto no es suficiente para encarar los nuevos desafíos que se avecinan. Como bien sabes, tanto tú como Zenki fueron creados con los cinco elementos del cosmos. Estos son el éter, la tierra, el agua, el fuego, y el aire. Tu poder te ha permitido, hasta el momento, controlar el éter y la tierra. A diferencia tuya, Zenki ya ha logrado dominar los cinco elementos. Es por ello que él es más fuerte que tú.

Por ahora, pensó Goki, con una mirada tenaz que pocas veces había mostrado. Como si adivinara sus pensamientos, Kasumi se apresuró a decir:

—Tu poder, sin embargo, va más allá de lo que muchos creen. No eres un simple ayudante de Zenki ni alguien que tenga que depender de otros para subsistir en un combate, por más cruel y sangriento que este sea. En un principio, eras como un volcán joven que sólo desprendía ocasionalmente pequeñas cantidades de arena y lava. Pero, eso está por cambiar.

—¿Qué debo hacer para alcanzar la siguiente fase e incrementar mi poder? —preguntó Goki.

—Sólo debes esperar y prestar mucha atención —respondió Kasumi al minuto.

Akira asintió. Inmediatamente después, Kasumi desapareció entre las aguas del río, causando el desconcierto del joven, quien a pesar de llamarla repetidas veces, no obtuvo respuesta. De pronto, se escuchó un terrible chillido y una criatura de gran tamaño emergió del agua. Se trataba de una serpiente de aspecto amenazador que se asemejaba a una anaconda y cuya altura superaba los seis metros. Esta lanzó un poderoso rayo que Akira esquivó ágilmente en el último segundo. El muchacho, cada vez más confundido, miró con horror el lugar en el que había caído el frustrado ataque. Allí donde antes había hierba, ahora se extendía una gruesa capa de hielo. Por más que Akira trataba de explicarse el origen de aquella criatura, no encontró una explicación lógica y convincente.

Mientras tanto, la serpiente, al darse cuenta de que su objetivo estaba aún con vida, sacudió su cola con violencia y trató de aplastarlo con ella. Por fortuna, Akira rodó por el suelo para ponerse a salvo y fue entonces cuando comprendió que debía enfrentar a su agresor, no sólo para seguir adelante con su viaje, sino también para salvaguardar la vida de los habitantes de las poblaciones más cercanas en caso de que el monstruo se saliera de control.

Es ahora o nunca

Akira sintió una descarga que nacía desde su corazón y se extendía hasta el último rincón de su ser. Sus ojos se transformaron en dos pequeños orbes rojos incandescentes y en escasos segundos, sus ropas fueron reemplazadas con una armadura de color plateado, la misma que utilizaba cada vez que debía revelar su verdadera identidad. Era la armadura de la luz. Dos afilados colmillos se formaron en su bien cuidada dentadura y las uñas de sus manos se convirtieron en largas garras. Lo anterior fue complementado con una pequeña diadema dorada que adornó su frente. Luego de alzar su puño derecho para dar un grito de guerra, dijo:

—¡El legendario guerrero guardián Goki ha revivido!

Ahí estaba Goki nuevamente listo para luchar y dispuesto a destruir a la serpiente, que volvió a atacar al guerrero de Ozuno con mucha más fuerza que antes. En varias ocasiones, Goki tuvo que protegerse con su "Escudo del Cielo", el cual había logrado desarrollar durante los últimos meses para conseguir que aumentara de tamaño y resistiera hasta los ataques más potentes. La bestia del agua no daba descanso alguno a Goki, quien, consciente de que no podía continuar con una postura defensiva, dijo:

-¡Ha llegado la hora de poner en práctica lo que he aprendido!

Goki juntó sus manos como si se dispusiera a rezar e hizo aparecer una estrella de color blanco hecha de energía pura que creció hasta alcanzar el mismo tamaño de su creador. De nuevo los ojos de Goki se tornaron de color rojo y hasta la tierra comenzó a estremecerse ligeramente a su alrededor.

—¡Ira divina! —exclamó Goki, al momento que lanzaba el potente ataque contra su enemigo a gran velocidad, impactándolo de forma exitosa.

Tras el ataque, la serpiente desapareció bajo una cortina de humo y Goki sonrió, satisfecho al comprobar el fruto de incontables horas de práctica en las que había desarrollado la "Ira Divina" hasta conseguir perfeccionarla, y que desde entonces se sumó al arsenal de ataques que Goki poseía. Por desgracia, el guerrero comprobó poco después que su rival continuaba de pie, aunque un poco debilitado y confuso por el ataque recibido.

No había tiempo qué perder. Decidido, Goki corrió a una velocidad supersónica hasta embestir el cuerpo de la serpiente. Su ataque, sin embargo, fue infructuoso porque aquella criatura parecía estar hecha de acero y ningún ataque corporal de Goki surtió efecto. Esto hizo que el guerrero se descuidara por varios segundos, oportunidad que el monstruo aprovechó para enrollarlo con su cola y aprisionarlo de pies a cabeza.

¡Maldición! Tengo una labor por cumplir en Shikigami-Cho y no puedo seguir perdiendo el tiempo con este maligno ser. Lo destruiré antes de que sea demasiado tarde.

Goki luchaba desesperadamente para librarse de la hercúlea fuerza de su rival. Este lo mantenía sujeto con el único afán de romperle los huesos. A pesar del macabro panorama que se cernía sobre Goki, el gladiador reunió gran parte de sus energías e hizo que su cuerpo generara una temperatura cada vez más alta al mismo tiempo que su figura se iluminaba. Debido al insoportable calor generado por Goki, la criatura terminó soltando a su presa y lanzó un agudo gemido de dolor.

Goki aterrizó a salvo en las orillas del río y su rostro se llenó de una furia que pocas veces había mostrado. Sin el más leve deseo de querer dar tiempo para que su enemigo se recuperara, Goki exclamó con voz de trueno, como si estuviera poseído:

—¡Bastón sagrado de la Tierra, dame todo tu poder! ¡Venga a mí el indestructible Dragón de Fudok!

Tras colocar sus manos en el suelo, causando que este se estremeciera, Goki hizo surgir un largo bastón hecho de platino. Este poseía ricos detalles artísticos que sólo una mente privilegiada podía haber ideado. Era el símbolo que inmortalizaba el segundo elemento que Goki sabía controlar: la tierra.

—¿Crees que vas a destruirme así nada más? —dijo Goki, iracundo—¡Te equivocas, maldita abominación de la naturaleza! ¡Ha llegado la hora de que dejes de existir!

Con envidiable maestría y a una mayor velocidad que antes, Goki utilizó su bastón del Dragón de Fudok para atacar brutalmente a la criatura, haciéndola retroceder. Con cada golpe recibido, esta lanzaba quejidos ensordecedores que confirmaban la fortaleza impuesta por Goki en sus ataques. Nada parecía detener al demonio de Ozuno. Este decidió dar por terminada la contienda, por lo que tras dar un enorme salto hasta situarse a la altura de la cabeza de su adversario, Goki intentó dar un golpe mortal que lo abatiera de forma definitiva.

—¡Despídete de esta vida, engendro del mal! —vociferó Goki, con arma en mano.

En un inesperado giro del destino y antes de que Goki pudiera ejecutar su golpe final, la serpiente reaccionó y capturó a Goki con su boca para posteriormente tragárselo. Goki profirió un grito ahogado que terminó diluyéndose para luego dar paso a un silencio funesto.

Poco después, la grotesca criatura empezó a chillar de dolor, convulsionando y retorciéndose sin parar. Esto fue seguido por la aparición de una intensa luz que salió de la boca de la bestia asesina. Se trataba de Goki quien, con expresión triunfante, abandonó el cuerpo de su captor a toda prisa y declaró a voz en grito:

—Pensaste que sería un rival insignificante y que me convertiría en tu alimento, ¿Verdad? ¡Pagarás por eso ahora!

Esta vez, la serpiente no tuvo tiempo de reaccionar, mucho menos de protegerse. Goki asestó varios golpes de artes marciales sobre el cuerpo de la serpiente, combinados con su indestructible bastón del Dragón de Fudok. Cada vez que utilizaba dicha arma, aparecían fuertes ráfagas que agitaban las aguas del río Shampopo, amenazando con que este se saliera de su cauce. Subyugada y herida de muerte, la criatura maligna cayó al suelo, resoplando.

Goki tenía la firme intención de eliminar a su oponente, pero antes, se aproximó al río para buscar a su amada Kasumi, quien por fin reapareció luego del encarnizado combate que se había suscitado. El guerrero, visiblemente molesto, le increpó a su amada:

—¿Puedes explicarme de dónde vino esa bestia y por qué me atacó desde el primer momento? ¿Acaso fue obra tuya? ¿Qué está sucediendo aquí?

—Cálmate, amado mío. Lo anterior fue una simple prueba para saber si aún eres digno de continuar protegiendo el legado de Ozuno en esta Tierra. Me solaza conocer que has superado ampliamente las expectativas. Ahora, observa detrás de ti.

Goki obedeció y al instante, su rostro se llenó de sorpresa. Una serie de orbes blancos salieron de la boca de la serpiente y se quedaron flotando en el espacio como átomos en movimiento. Eran siete en total. Estos avanzaron hacia Goki para rodearlo.

—No temas, Goki —dijo Kasumi—. Ha llegado el momento de que domines el siguiente elemento: El agua, símbolo de todo lo incorpóreo que existe en este mundo. Desde ahora, tanto tu fuerza como tu sabiduría alcanzarán un nuevo nivel de evolución.

Las esferas tocaron a Goki e inmediatamente se fundieron en el cuerpo del guerrero, haciendo que este irradiara un aura tres veces más grande de la que poseía hasta entonces. Luego de que una incandescente luz cubriera a Goki, su apariencia sufrió un drástico cambio. La estatura del guerrero aumentó quince centímetros, y sus cabellos, ahora teñidos de color aguamarina, crecieron hasta casi tocar el suelo. De sus orejas colgaban dos aretes del mismo color. La armadura que el guardián portaba también se transformó, al volverse el doble de resistente que antes. Algunas de sus partes desaparecieron para que se apreciara mejor el volumen de los músculos de Goki, el cual se había incrementado en cuestión de segundos. La corona que descansaba en su cabeza era mucho más pronunciada y brillaba tan fuerte como un faro a mitad de la noche. Bandas de color blanco protegían sus brazos y sus manos. Al darse cuenta de la metamorfosis sufrida, Goki exclamó:

—¡He recuperado el tercer elemento que integra el cosmos! Soy el guerrero Azure de la sabiduría y la recreación, y ¡Estoy listo para enfrentar una nueva cruzada!

La evolución de Goki también afectó su frágil voz de adolescente, volviéndola tan grave y aplastante como una nota arrancada de un violonchelo. El camarada de guerra de Zenki había alcanzado la apariencia completa de un adolescente. Goki se fijó en la bestia maligna que había enfrentado y que parecía estar recuperándose de los ataques recibidos. Sin inmutarse, el renovado demonio de Ozuno elevó sus manos para generar una poderosa ventisca de hielo. Su control sobre esta era absoluto. La serpiente, acorralada, ya no supo cómo reaccionar ante la superioridad de Goki.

—No claudiques un solo instante, amado mío —dijo Kasumi—. Ha llegado la hora de que despierte el monstruo que duerme en el fondo de tu alma. Deja que tu nombre trascienda las fronteras de Japón y así se conozca la leyenda de Goki, ¡El glorioso combatiente que persigue la paz y la justicia!

Como si hubiera esperado durante mucho tiempo para escuchar las palabras de Kasumi, Goki preparó la ofensiva y dijo:

—¡Onda congelante!

Goki lanzó una fuerte corriente de aire y hielo que azotó al enemigo hasta convertirlo en una estatua de hielo. Sin mostrar señales de misericordia, Goki se elevó al cielo y posteriormente se dejó caer a gran velocidad para dar el golpe definitivo, ocasionando una enorme explosión que levantó una nube de polvo y humo. Después, silencio total.

Cuando por fin se aclaró la visibilidad del lugar, se distinguieron las siluetas de Goki y Kasumi a orillas del río Shampopo, quienes conversaban tomados de la mano. Sus miradas reflejaban el amor incondicional que se habían profesado desde el primer día en el que brotó esa chispa divina entre ellos. De pronto, Goki reparó en algo que le había pasado inadvertido hasta ese momento:

—Kasumi, me sorprende en gran medida que seas tú y no el maestro Ozuno quien se haya comunicado hoy conmigo para ayudarme a despertar el elemento del agua.

—Tu reacción es comprensible, Goki. De hecho, originalmente era el gran Ozuno quien iba a manifestarse ante ti pero al recordar lo mucho que tú y yo nos amamos en el apogeo de nuestras vidas, concluyó que era el momento indicado para que nuestros corazones se volvieran a cruzar una vez más. Así que tu agradecimiento debe ser dirigido hacia tu antiguo maestro, quien tejió este reencuentro como una deferencia de su parte por la labor que le has prestado desde hace más de mil años.

Fascinado, Goki agradeció con el pensamiento a Enno Ozuno por haberle permitido revivir los vestigios más fecundos de su pasado. Y, es que Goki había acumulado los suficientes méritos para ello, al ser un gladiador que no atendía a sus propios intereses y nunca se quejaba, a diferencia de Zenki, cuya bizarra actitud lo había condenado a ser sellado en el sepulcro sagrado del templo Enno.

El júbilo de Goki era tal que incluso pensó en dar todo lo que estuviera a su alcance a cambio de que ese momento al lado del amor de su vida perdurara. Kasumi no le dio tiempo para más, ya que anunció en tono de despedida:

—Goki, ahora todo depende de ti y de Zenki. Ha llegado la hora de regresar a mi mundo y continuar con mi propia búsqueda personal. Y, es que el viaje del ser humano nunca se detiene. Ninguno de nosotros existe por el mero producto de la casualidad y en tu caso, mi hermoso Goki, tienes un trecho muy largo por recorrer en esta realidad.

—Lo sé, pero ¿Por qué te vas tan pronto? —inquirió Goki.

—Porque mi labor aquí está hecha. ¡No te entristezcas, amado mío! A pesar del poco tiempo que tuvimos para vernos y hablar cara a cara, nuestro amor, como alguna vez lo juramos, es eterno y ello nada ni nadie lo podrá cambiar. ¿Lo recuerdas?

Era verdad. Al ser Goki un shikigami, su calidad de vida había sido mucho más larga que la de Kasumi, quien, a pesar de conservar su belleza aún en sus últimos años de vida, no pudo evitar que el tiempo afectara su aspecto físico y minara su salud. Al fin y al cabo que ella era una mortal más en el valle de lágrimas y alegría que representa la existencia del ser humano. Goki, fiel a su musa inspiradora, nunca tuvo ojos para otra mujer y si bien era cierto que la frescura y la vitalidad de Kasumi se habían ido esfumando gradualmente, ella conservó la dulzura y la majestuosidad de su espíritu, que tanto habían cautivado a Goki desde que la conociera. Él sabía que ese era el verdadero amor, un amor incondicional e intenso que se alimentaba a través de la tolerancia mutua, de regodearse incluso en las situaciones más pequeñas sin pensar en el futuro y más bien disfrutando el presente desde la aparición de la aurora hasta el ocaso del sol. Más de una vez Goki había llegado a la siguiente conclusión: "Soy más que un simple guerrero. Soy un dios que vive una vida pacífica junto a su alma gemela. Soy un feliz padre de cinco hijos lindos y sanos. Vivo en un país colorido que rebosa de folklore, una cultura sin igual, y que tiene a gente maravillosa pisando su sagrado suelo. Soy el encargado de proteger a esa gente y lo seguiré haciendo hasta que mi misión culmine. Pero, lo más importante es que no estoy solo. Tengo mucho por lo cual despertarme un día más. He encontrado la felicidad. ¿Qué más puedo pedirle a la vida?"

Sin embargo, la felicidad de Goki no pudo ser eterna. A medida que los años pasaban, los hijos de Goki fueron tomando caminos separados y pocas veces volvieron a mantener contacto con sus padres. Kasumi envejecía y Goki sufría en silencio al pensar que en algún momento el fuego que alumbraba la vida de Kasumi se fuera a extinguir. Incluso tuvo la idea de mantenerla joven y sana, utilizando sus propios poderes curativos, los cuales podían utilizarse como una especie de fuente de la juventud. Dado que él dominaba los cinco elementos del universo por aquel entonces, esto no era una tarea imposible. Fue Kasumi quien puso fin a las intenciones de su esposo, al señalar tajantemente:

—Goki, por ningún motivo consentiré que deshagas lo que el tiempo ha hecho tanto en mi aspecto físico como en mi interior. Tú me amas tanto como yo a ti y aunque yo muera…

—No vuelvas a decir eso, por favor.

—¿Por qué no? Debemos ser realistas —dijo Kasumi —. Sabes muy bien que eso es parte del proceso del ser humano. No podemos evitarlo pero, a pesar de que yo muera, nuestro vínculo sagrado no lo empolvará ni siquiera una eternidad. Comprendo tus temores y tampoco quisiera pensar en abandonarte, pero la vida es así.

Conteniendo las lágrimas, Goki abrazó fervorosamente a Kasumi, susurrando con voz afligida "Te amo, te amo, ¡Te amo y no quiero perderte!". Kasumi podía sentir en lo más hondo de sus entrañas la tristeza que embargaba al hombre que tantas horas de gozo le había dado. Ella acarició el rostro de Goki y le dijo:

—Yo también te amo. Te amo más que a mis padres, que a mis amigos, que a este hermoso país en el que vivimos, que a la Madre Naturaleza, que a mí misma. ¡Te amo como nunca pude ni podré amar a otra persona! Me has dado a los hijos más maravillosos que una madre podría soñar y juntos hemos superado tantos obstáculos para alcanzar nuestras metas. Te prometo que viviré lo suficiente para permanecer a tu lado y hacerte feliz.

Goki asintió, sin decir una palabra y besó cariñosamente las manos de Kasumi, quien prosiguió:

—Soy dichosa al permitir que el destino te pusiera en mi camino, Goki. Pero, no puedo dejar que interfieras con los planes que este tiene para mí. Sería como violar una de las leyes básicas de la vida. Dejemos que todo fluya normalmente, como el agua de una cascada que desciende a un lago en lugar de subir al cielo. ¿Lo prometes?

—Lo prometo —dijo él, recuperando por fin un poco de paz.

—Y, si mañana mi alma abandonara este cuerpo envejecido, recuerda que lo que tú y yo hemos creado durante todo este tiempo no tendrá fin…

Kasumi acercó los labios de Goki a los suyos, mientras susurraba:

—Te aseguro mi bello príncipe, que en un futuro, ya sea cercano o lejano, nos volveremos a ver.

Amor verdadero... Amor para todas las vidas… Amor más allá del fin de los tiempos…

Aquel inolvidable momento había sucedido durante la época en la que Ozuno aún existía. Ahora, más de mil años después, las palabras de Kasumi se habían vuelto realidad.

—Claro que lo recuerdo. ¿Cómo crees que podría olvidar algo tan importante como eso? —dijo Goki, sonriendo.

—Me llena de alegría el saberlo —respondió Kasumi—. Por lo pronto, debo retirarme. Al igual que yo tengo un trayecto qué recorrer, tú debes viajar a Shikigami-Cho para proteger el santuario Enno. Ahora que tienes un nuevo poder en tus manos, sé que sabrás utilizarlo sabiamente.

Con el espíritu ensombrecido, Goki entendió que nada iba a detener a su amada. Antes de que Kasumi se alejara, él dijo:

—Por favor, dile a Ozuno que siempre le agradeceré por haberme otorgado la oportunidad de volver a verte. Le estaré en deuda por el resto de mis días.

—Estoy segura que la mejor forma para agradecerle será defendiendo la ciudad que él fundó y luchando junto con Chiaki, la heredera de ese legado milenario que ha perdurado a través de los tiempos.

—Así lo haré —respondió Goki, con una determinación sin precedentes.

—Bien. Sólo me resta decirte que, después de que logres triunfar contra la adversidad, deseo con todas mis fuerzas que rehagas tu vida y que no ignores a tu corazón cuando este quiera mostrarte a la mujer con la que puedas compartir nuevos amaneceres. Tú te lo mereces.

Asombrado ante semejantes palabras, Goki no supo qué responder. ¿Volver a enamorarse? ¿Rehacer su vida sentimental? ¡No podía ser! ¡Eso sería como traicionar a su doncella de las rosas! Pero Kasumi, que parecía adivinar el conflicto interno que experimentaba Goki, dijo:

—Sé que hoy no lo entenderás porque eres hombre de una sola mujer y cuando te entregas a alguien, lo haces de forma definitiva. Pero, llegará el día en que vas a recordar estas palabras. Cuando eso suceda, haz a un lado cualquier duda y permite que la chispa del amor renazca en tu interior. Nada me haría más feliz que verte ilusionado, Goki. Pase lo que pase, los lazos que nos unen jamás se romperán, porque nuestro amor ya es una leyenda.

Apenas Kasumi terminó de decir lo anterior, ella acercó su rostro al de Goki para besarlo tierna y apasionadamente por última vez. Para Goki, fue como volver a surcar el cielo sin necesidad de tener alas. Fue como si durante ese breve período de tiempo en que sus ojos se cerraron, el mundo entero hubiera desaparecido, quedando con vida únicamente ellos dos. A pesar de que la figura de Kasumi estaba hecha de agua, él no sintió diferencia alguna al besarla. Goki disfrutó con éxtasis supremo desde el primer hasta el último instante que duró aquel beso de despedida.

Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, Goki abrió los ojos por fin y se dio cuenta de que Kasumi ya no estaba a su lado. Las aguas del río Shampopo fluían de nuevo con normalidad como las de cualquier otro río y la criatura que en un principio amenazó al guardián había desaparecido. De súbito, Goki escuchó la inconfundible voz de Kasumi, que decía:

"Te amaré por siempre…"

Aquellas palabras, sumadas al ocasional gorjeo de las aves, el suave vaivén de las ramas de los árboles y el murmullo ininteligible de la hierba color esmeralda, formaron en conjunto un encantador mosaico de melodías que daba un aire sobrecogedor al entorno. Música para los oídos. Música para el alma.

Del mismo modo, Goki recobró su apariencia normal, la del risueño y calmado Akira Goto de cabellos azul oscuro, la del adolescente de catorce años que se encontraba en medio de una peregrinación hacia Shikigami-Cho. Los ojos del muchacho centelleaban de emoción ante lo que había vivido. Gobernado por un sentimiento indescriptible, le respondió a su amor perdido:

—Yo también, mi doncella de las rosas.

Y, así, mientras la noche se filtraba sobre aquella zona del planeta, Akira recordó una bella canción que había escuchado de un músico ambulante en la ciudad de Horiguchi. Era una balada que llevaba por título "El Amor de Mi Vida". Desde el primer momento que Akira la escuchó detenidamente, él se sintió atrapado por el sentimiento que el cantante imprimía en cada verso. La letra podía arrancar fácilmente una lágrima de cualquier ser sensible y luego de su encuentro con la mujer que tanto había adorado, él supo que debía dedicársela.

Con los brazos extendidos y como si intentara traspasar el firmamento con los ojos, Akira entonó aquella canción, cuya letra se había incrustado en su memoria. Su voz era bien timbrada, melancólica y llena de nostalgia por tiempos lejanos, tiempos en los que había sido tan dichoso. La entrega del joven era total, como si interpretara la mencionada pieza musical frente a miles de espectadores. Akira sabía que su amada la escucharía sin importar el sitio en el que ella estuviera. Eso era lo importante.

Si alguien –hombre o mujer- hubiera llegado en ese momento a aquella área, habría afirmado que pocas, muy pocas veces se tenía la oportunidad de escuchar un canto tan triste y hermoso por esas montañas del país del sol naciente:

Duerme un recuerdo
clavado en mi corazón
Es el recuerdo de mi amor.

En la distancia
siempre añoro volverla a ver
Y besar su rostro de mujer.

Y al soñar la vi
Y al despertar no estaba allí

Oír su voz
sentir su piel
Pero pronto volveré
Y ya no marcharé
de allí.

Me miran sus ojos
Su encanto rodea mi ser
Cuando regreso con ella.

Hoy ella me inspira
siempre la amaré
Porque ella es el amor de mi vida.

Oír su voz
sentir su piel
Pero pronto volveré
Y ya no marcharé.

Y yo estaré
allí donde tu estés
Yo velaré por ti…

-4-

Raudo como un rayo de luz, Akira se desplazaba por el bosque de Tsukiya con su mochila al hombro, la piedra dorada en su bolsillo y mil pensamientos navegando dentro de su cabeza. A ese ritmo, probablemente acabaría llegando a su destino en un máximo de cuatro días. Esto, desde luego, si es que no surgía algún obstáculo en su camino. No lo creo, pensó el muchacho con plena confianza, y si eso llegara a suceder, tengo en mis manos las armas adecuadas para combatir.

Después de su corto pero memorable reencuentro con Kasumi, la autoconfianza de Akira era mayor que antes. Las lagunas de la incertidumbre ya no existían y el saber que el elemento del agua ya era parte de su esencia como guerrero era parte del combustible que alimentaba sus deseos de luchar, de proteger a su gente, de erradicar cualquier presencia maligna al precio que fuera necesario.

Por otra parte, lo que más le intrigaba a Akira era algo que su primera esposa le había dicho antes de que ella se marchara:

"Deseo con todas mis fuerzas que rehagas tu vida y que no ignores a tu corazón cuando este quiera mostrarte a la mujer con la que puedas compartir nuevos amaneceres".

—Sigo sin entender por qué dijiste eso —dijo Akira, deteniéndose un momento a reflexionar—. Es como si hubieras predicho parte de mi futuro. ¿En verdad está por llegar alguien a mi vida?

Al analizar la situación en retrospectiva, Akira se dio cuenta que, hasta aquel día, él había suprimido inconscientemente todo tipo de emociones que lo llevaran a desarrollar una relación sentimental con una chica. El cariño que él sentía por Chiaki era un fuerte lazo más cercano a la hermandad que a otra cosa. Lo mismo podía decirse de su relación con Kazue aunque a un nivel menor, tomando en cuenta que ella tenía veinticinco años. Aparte de eso, Akira pasaba la mayor parte del tiempo en solitario, ya fuera tocando instrumentos como la flauta o el piano, pintando al óleo, entrenando artes marciales con el maestro Jukai o simplemente meditando en algún rincón al aire libre que le permitiera conectarse con la naturaleza que rodeaba al santuario de los Enno. A solas. Marea relajada. Bendita libertad.

Sin duda, Akira aún guardaba una profunda devoción hacia el recuerdo de Kasumi. A ello se debió que él reaccionara con perplejidad ante la petición que le hizo su doncella perdida. ¿Cómo olvidarla así de fácil y rehacer su vida? ¿Cómo podría él mirar con ilusión a los ojos de una mujer sin sentir al mismo tiempo una punzada de dolor y remordimiento?

Debido a la frondosa vegetación del bosque de Tsukiya, este era casi tan oscuro como el fondo de una cueva. El último rayo de luz ya había abandonado la superficie del país. Las ramas de los árboles y la maleza del lugar le cerraban el paso a Akira, lastimado su rostro y sus brazos, pero a este no le importaba. En su lugar, trataba de ordenar sus pensamientos en medio de un soliloquio que no lo dejaba tranquilo.

—Me siento avergonzado —dijo, mientras cerraba los ojos—. Se supone que soy la reencarnación de un dios que ha acumulado la sabiduría de la raza humana a través de los siglos, y sin embargo, no soy capaz de encontrar una respuesta para el conflicto que anida en mi corazón.

Akira seguía caminando sin prestar atención a su entorno. Cualquier habitante de Mikaido habría elogiado la facilidad con la que el muchacho atravesaba el bosque de Tsukiya, sobre todo en horas de la noche. De pronto, una lechuza voló directamente hasta el rostro de Akira, haciendo que este reaccionara, protegiéndose de un posible ataque. Aquel animal logró sacar al muchacho de sus cavilaciones, devolviéndolo a la realidad, como si le reprochara por la inquietud tan poco relevante que cargaba sobre sus hombros. Ya tendré tiempo para pensar en mis sentimientos. Por lo pronto, tengo cosas más importantes de qué ocuparme, pensó.

Era más fácil decirlo que hacerlo, pero no había otra alternativa. Shikigami-Cho lo esperaba con los brazos abiertos. Akira no quería defraudar a la familia Enno, pero sobre todo, a su venerada "ama", a quien tenía tantas cosas qué contarle tras seis meses de ausencia. Al recordar a Chiaki, su rostro adquirió un color más intenso y sonrió. No era la primera vez que esto sucedía.

Reanimado con el recuerdo de la hechicera de cabellos púrpura, Akira aceleró el paso con el propósito de abandonar el bosque lo antes posible. Un vigor intenso recorría sus venas. A pesar de ser alguien extremadamente apacible y apartado de problemas, Akira podía convertirse en un bravo león para proteger al más débil. Por esa misma razón él había abatido al temible Jubei Kafuin horas antes en la taberna de Murakami. No hubo necesidad de transformarse en Goki porque Akira había aprendido a fusionar su lado humano con su lado divino, desarrollando ciertas habilidades que lo diferenciaban de un humano convencional. No obstante, el jovencito trataba de ser cuidadoso para no atraer la atención.

En un principio, eras como un volcán joven que sólo desprendía ocasionalmente pequeñas cantidades de arena y lava. Pero, eso está por cambiar, había dicho Kasumi sentenciosamente.

Cuando por fin llegó al final del tenebroso bosque de Tsukiya, Akira se detuvo para admirar cuanto lo rodeaba. Su mirada se perdió en una ladera que conducía hasta la modesta ciudad de Futade, conocida por ser uno de los sitios más tranquilos de la isla y porque su principal atractivo residía en la estación de tren. Era allí donde se concentraba la mayor actividad comercial. El resto de la zona era bastante silenciosa e ideal para que en ella viviera cualquier enemigo del ruido que abundaba en ciudades más desarrolladas como Osaka o Tokio.

Antes de reemprender la marcha, Akira pensó que Chiaki y los demás se sorprenderían al ver cuánto había crecido y más aún, cuando conocieran la tercera evolución de Goki. Y, es que muy en el fondo, todos, excepto la sabia abuela Saki, no veían a Goki como un guerrero capaz de igualar la fortaleza y la resistencia de Zenki. Goki era el escudo. Zenki era la espada. Goki era la luz divina. Zenki era el trueno rojo que destruye lo que toca.

—Ellos me subestiman más de la cuenta y creen que no estoy a la altura de mi hermano, pero yo les demostraré todo lo contrario. ¡Lo juro!

Lentamente, Akira comenzó el camino de descenso hacia Futade, con la mente enfocada en su objetivo y con la esperanza de que sus amigos pudieran resistir con entereza hasta que él llegara. Sin importar cuán sangrientas fueran las próximas batallas, su espíritu valeroso lo haría levantarse una y otra vez. Cien veces caído, cien veces de pie para continuar. Su destino seguía forjándose y nada detendría esta vez a Goki, el místico guardián de la luz.


Nota aclaratoria: La canción "El Amor De Mi Vida" es, en realidad, una composición de una banda española de heavy metal llamada Tierra Santa.