Chapter 1:

Advertencias y/o notas de autor: Los personajes de Twilight no me pertenecen.

La campiña toscana se extendía por debajo de nosotros: verde y sonriente. Bueno, sonriente estaba yo, que no podía imaginar unas mejores vacaciones. Con mis amigas Rosalie y Alice y sus novios en Italia. Hum, y con Edward. Que no era mi pareja, por mucho que todo el mundo pensara que sí; por ejemplo, la mujer italiana sentada al lado del pasillo, que ya me había dicho un par de veces con una graciosa sonrisa: "su novio parece muy cansado" porque Edward se había pasado la mitad del vuelo Nueva York-Florencia con la cabeza apoyada en mi hombro.

Me daba pena despertarlo a codazos que, era, de suyo, lo que merecía: Edward no había estado trabajando hasta tarde en el hospital el día antes de irse de vacaciones, no. Había pasado la noche en blanco por una despedida de soltero. ¿Quién era el afortunado que se casaba? ¡Ah! Misterio. Jasper y Emmett no habían querido decírmelo. Alice y Rosalie no sabían nada y Edward… Bueno, él dormía. Creo que había subido al avión ya en estado de sonambulismo.

Dos meses antes, Rosalie y Alice habían venido a verme a la universidad de Seattle mientras preparaba los exámenes.

-¡Bella, nos vamos a Italia de vacaciones! Vamos a pasar siete días en la Toscana.

-Enhorabuena. Que lo paséis muy bien.

-¿No te vienes?

-¿Con dos parejitas? ¿Bromeas?

-Vamos, está Edward –dijo Rosalie.

-Edward es un amigo, no un comodín.

-Edward está encantado de acompañarte a todas partes –dijo Rosalie.

-Mi hermano preguntó si venías tú y yo le dije que sí –explicó Alice. La miré irritada. Ella se encogió de hombros lo que quería decir que le daba igual como la mirara-. Lo sé, tú no lo habías confirmado aún pero, en realidad, el orden de los factores no altera el producto.

-¡Alice!

-Lo he visto. Vas a venir –dijo-. Los seis vamos a pasar unas maravillosas vacaciones en la Toscana. Hemos alquilado una bonita casa en un pueblo llamado Volterra y…

-Basta, Alice. Iré. –Cualquier cosa con tal de que se callara y me dejara estudiar-. Aunque no sé de dónde voy a sacar el dinero.

- Ya hemos pensado en eso; Edward me ha dicho que él te lo podía prestar.

Edward no sólo me prestó el dinero. Cuando un mes después, ya graduada, me ofrecieron para el curso siguiente un trabajo como profesora de literatura en un instituto de Nueva York, la ciudad en la que él trabajaba como médico, quiso acompañarme a hablar con el director de mi nuevo centro, pasó la tarde conmigo haciendo de guía turístico y me ofreció su apartamento hasta que encontrara un lugar donde vivir.

-Edward, ¿y tu novia? ¿No se molestará?

-¿Tanya? He roto con ella.

-¿Ah, sí?

-Sí, se acabó.

-Pero habrá otras chicas. Quizás quieras llevar a una de ellas, una noche, a tu piso y si yo estoy allí… -Al decirlo, pensé en las numerosas mujeres que se meterían sin pensarlo dos veces en la cama de aquel dios griego de ojos verdes y sonrisa encantadora.

Edward se ajustó la corbata como si le molestara en el cuello.

-Créeme, Bella, no soy la clase de hombre que cada vez se acuesta con una, y, aunque lo fuera, tú eres mi mejor amiga; no te iba a dejar en la calle por un poco de sexo.

-Gracias.

-Y tú, ¿qué tal con Jacob?

-Terminé, también.

-Así que los dos estamos solteros –dijo, pensativo. Seguro que él no lo estaría por mucho tiempo-. Razón de más para que te quedes en mi casa.

-Está bien, pero sólo hasta que encuentre un piso para mí sola.

-Y lo puedas pagar –dijo, con una sonrisa-. Ya verás, no es fácil.

-Sobre todo con el dinero que te debo y que te voy a deber.

-Eso no tiene importancia –respondió él, con su acostumbrada generosidad para conmigo.

Al llegar a Volterra, un señor llamado Marco Vulturi nos llevó hasta la casa que habíamos alquilado. Estaba en la plaza, junto a la Iglesia, y tenía numerosas habitaciones. Debían caber al menos cuarenta personas en ella.

-Alice, ¿para qué queremos una casa tan grande?

-Bella, ¿no te gusta?

-Sí, claro, es preciosa, pero, ¿seguro que podemos pagarla?

-Bella, si es maravillosa. Del siglo XVI, ¿sabes? Estilo renacentista. En ella vivieron los condes de Vulturi hasta 1920. ¿Te imaginas los bailes que darían en el salón principal, abajo? ¿Y los vestidos, Bella? ¿Puedes imaginar lo bonitos que serían?

Alice cerró los ojos y dio una vuelta sobre sí misma. Luego volvió a mirarme.

-Además, necesitamos una casa grande.

-¿Grande? Pero Alice, si somos seis personas y esto es un hotel.

-Nos hacen un precio especial.

Cuando Alice decidía algo, era imposible razonar con ella. Suspiré.

-¿Cuánto?

-Ya está pagado.

-No me digas que has sableado a Edward cómo con el viaje.

-Fue idea suya. Por cierto, mi hermano te adora, Bella. Deberías casarte con él.

-Sí, claro –respondí, sin hacerle caso.

Emmett, Rosalie, Jasper y Edward llegaron en aquel instante e interrumpieron nuestra conversación.

-Bueno, ¿qué? ¿Nos vamos a comer? –preguntó Emmett.

-Hemos visto una pizzería aquí al lado que tiene una pinta genial –dijo Jasper. Me guiñó el ojo-. Nuestro maravilloso amigo rico se ha ofrecido a invitarnos.

Edward levantó las cejas, sorprendido.

-¿Y quién es? –bromeó.

-Ya está bien de sablear al amigo rico –dije.

-Menos mal que tengo a Bella; si no, me sacaríais los ojos.

Nos sentamos en las mesas del exterior. Hacía un día espléndido. El dueño en persona salió a atendernos. Se llamaba Cayo Vulturi.

-¿Qué pasa en esta ciudad con los Vulturis, amigo? –preguntó Emmett.

-Pues que uno de cada cuatro habitantes tiene ese apellido. ¿Ve la chica de la barra? Se llama Jane Vulturi. ¿Y el camarero que atiende la otra mesa? Su nombre es Alec Vulturi, hermano de Jane. ¿Y el grandullón que hay sentado en la barra hablando con Jane? Es Felix Vulturi. Por último, está el más importante de todos, mi hermano, el cura, Aro Vulturi. ¿Saben que es el sacerdote que más bodas celebra de toda Italia? Él piensa que es por su perfecta dicción en inglés pero yo creo que es por la iglesia. Deberían visitarla, es preciosa. A los americanos les encanta.

El llamado Felix Vulturi salió del restaurante y se dirigió a Cayo:

-Me ha dicho Aro que este domingo tenemos una casamiento. –Volvió la vista hacia nosotros-. Es alguno de ustedes ¿verdad? Traen cara de boda. Bueno, perdonen que no me haya presentado antes: yo soy Félix, el monaguillo, para lo que gusten.

-En realidad, en esta mesa, no se casa nadie –dije, recorriendo con la mirada los rostros de todos-. ¿O sí?

Jasper, Alice, Emmett y Rosalie dijeron que no al unísono.

Edward estaba a mi lado. Félix nos miró.

-Entonces, ¿son ustedes? –insistió.

-No, claro que no –respondí. Solté una risita tonta. Edward rió también al oírme-. En realidad, ni siquiera somos novios.

-Vaya, pues no sé quiénes serán los que se casan. No han llegado aún a Volterra.

-Aún falta una semana, seguro que aparecen –dijo Edward.

Edward y yo, casados. Eso era imposible. Éramos los mejores amigos del mundo pero nada más. Claro que, al principio, cuando lo conocí, Edward me gustó. Pero comprendí enseguida que no era su tipo de chica, que nunca lo sería, y decidí que, en cambio, podíamos ser los mejores amigos del universo.

Nunca me había arrepentido de aquella decisión y Edward siempre se había sentido tan feliz con nuestra amistad como yo. ¿O quería algo más? Si era así, nunca lo había sugerido siquiera. Jamás flirteaba conmigo. Bueno, a veces; y yo le seguía la corriente. Pero los dos lo hacíamos sólo para divertirnos.

-Bueno, ¿qué? ¿Vamos a ver esa iglesia? –dijo Emmett cuando terminamos de comer.

El interior de la iglesia estaba en penumbra. Nuestros pasos resonaron sobre la piedra. Al fondo, la luz de una vela iluminaba el altar, pero eran los rayos de sol, que se filtraban a través de las vidrieras, los que caían sobre el pavimento y dibujaban un collage de colores en el aire y el suelo. Parecíamos estar en un reino fantástico, en plena edad media. Sólo faltaban las damas deslizando los vestidos en un fru-fru continuo y los caballeros con espuelas doradas tintineando como campanillas, para completar la visión.

-Un buen lugar para situar una novela, ¿eh? –dijo Edward.

-Sí, creo que sí –respondí.

No habíamos llegado aún al altar cuando se abrió una puerta al fondo y un pequeño hombre vestido con una túnica blanca apareció tras ella.

-Ah, ustedes deben ser los americanos ¿no? Cuánto me alegro de verles. Precisamente, me estaba desvistiendo. Acabo de celebrar la misa. ¿Quieren ver el altar? Les enciendo la luz. El retablo es de Rafael Sanzio; les encantará. Además, lo han restaurado hace poco y los colores… Bueno, lo mejor es verlo. A la gente le gusta hacerse una foto aquí, en el altar, después de casarse.

Cuando las luces se encendieron. Oh, maravilla. Ante mí aparecieron doce cuadros maravillosos pintados como si formaran una sola tabla. Constituían una secuencia de imágenes de la vida de Cristo. La pintura era armoniosa, llena de una serenidad que pocas veces se veía en el tema, fuera de Rafael y de algunos otros pintores del renacimiento italiano.

-No sabía que Rafael hubiera pintado en Volterra –dijo Edward. Se había adelantado a través del pasillo central y ahora estaba frente al altar. Extasiado por completo. Tenía una especial sensibilidad para el arte, para todo tipo de arte, aunque su fuerte era la música.

Aro se situó a su lado y admiró también el retablo.

-Es una pintura de juventud. El conde de Vulturi contrató a Rafael cuando vivía en Florencia. Eran grandes amigos. Hay pinturas suyas también en la casa de los Vulturis; díganle a Marco que se las enseñe.

Aro y Edward se enfrascaron en una conversación sobre el arte en el renacimiento italiano. Yo escuchaba absorta, hasta que Alice nos interrumpió.

-¡Hola!

Todos nos volvimos a mirarla. El rostro viejo y arrugado de Aro se iluminó.

-Usted debe ser Alice, ¿verdad? Es tal como la imaginaba –Aro caminó hacia ella y le dio dos besos.

-Oh, padre Aro, no sabe cuánto me alegro de conocerle. Le necesitamos.

-Lo sé, hija, lo sé. Un caso urgente, ¿no?

-No sabe hasta qué punto.

-Ya veo.

¿De qué iba aquella conversación? Miré a Edward. Era su hermana, además de mi amiga, quizás él tuviera las claves para descifrar las intenciones de Alice. Edward se encogió de hombros y esbozó una sonrisa más tímida de lo habitual en él. Aro se volvió hacia nosotros dos.

-Me gustaría invitaros a un café. Y pensad un día para venir a cenar. Siempre invito a las parejas que se casan aquí a una cena en mi casa. Normalmente, sólo a ellos: bueno, a veces, también a sus padres, si les acompañan. Pero si no vienen los padres, los amigos también valen. –El anciano cura sonrió.

¿Se estaba dirigiendo a nosotros? El padre Aro sufría una confusión. Aunque tal vez nos hablaba como amigos de los novios. Pero, ¿quiénes eran, entonces? Yo no quería mostrar mi ignorancia.

-Estaremos encantados de tomar un café con usted, padre.

-Todos lo estamos –concluyó Alice con una sonrisa de oreja a oreja.

Nos sentamos en un patio pequeño y coqueto que comunicaba con la iglesia y pertenecía a la casa parroquial. El padre Aro nos abandonó un momento para preparar el café; Alice y Jasper le acompañaron para ayudarle a sacar las tazas y eso me permitió abordar a Emmett y Rosalie a solas.

-¿De qué va todo esto? –pregunté.

-Eso, ¿de qué va? –coreó Edward.

-A mí que me registren, no tengo ni idea –respondió Emmett. Levantó las manos y nos enseñó las palmas en señal de inocencia.

-Hum, igual Alice se casa –dijo Rosalie-. Quizás hay boda a la vista.

-Desde luego que la hay –dijo Edward. Le miré, sorprendida de su convencimiento. El me devolvió la mirada-. O eso parece. Se han ido los dos detrás del cura ¿no? Y el padre Aro no va a estar mintiéndonos y hablando de una boda si no es verdad.

-Claro –dije. Si era cierto, no le perdonaría nunca a Alice que no me lo hubiera dicho antes. Edward debió notar mi tensión porque me pasó el brazo por la espalda, me dio dos palmaditas y me atrajo hacia sí. Dejé caer la cabeza sobre su hombro y él depositó un beso en mi frente. Ese fue el instante elegido por Jasper, Alice y Aro para volver con el café humeante y las pastas sobre una bandeja.

-¿Verdad que hacen buena pareja? –dijo Alice.

Aro se encogió de hombros, mientras iba poniendo una taza delante de cada uno de nosotros.

-No siempre los abrazos son indicativos de que una pareja se llevará bien. En ocasiones, he casado a algunos muy cariñosos que a los dos días se separaron. Saber convivir es importante; compartir aficiones, tener objetivos comunes por los que luchar, como la educación de los hijos, ser buenos amigos el uno del otro; y el sexo, por lo que tengo entendido.

Me separé de Edward de un salto. Sexo con Edward, hijos con Edward. Enrojecí como un tomate. Y el caso es que no sonaba nada mal si una lo pensaba un poco. Me permití imaginarme con Edward de esa manera. Pero abandoné deprisa esa idea. No porque no me gustara sino porque me resultaba demasiado excitante. Dios mío, ¿qué me estaba pasando? Ni siquiera me atrevía a mirarle a la cara.

Empezamos tomar el café y durante unos segundos, nadie dijo nada, salvo "¿me pasas el azúcar?". Estaba avergonzada. Seguro que todo el mundo había visto los colores subidos en mi rostro. Las cucharillas tintineaban en las tazas.

-Bella, creo que te gustaría leer esto –Aro me tendió un papel tamaño cuartilla-. Me llegó con el correo hace ya algún tiempo. Creo que él quería que lo tuvieras tú.

Miré el papel: era la letra de Edward.

¿Bella? ¿Bella Swan? Es la mujer más maravillosa que he conocido nunca. Lo tiene todo: es guapa, con una belleza que es tanto espiritual como física. Sus labios prometen el cielo para quién se atreva a besarla. Sus ojos prometen más que su boca. En ellos brilla la inteligencia; la ironía más sagaz y divertida que puedas imaginar. Algún día escribirá una gran novela, lo sé. Está tan destinada a ello como el sol a dar calor.

Es generosa. Cuida de su padre, el jefe Swan; aguanta a mi hermana Alice, lo cual dice mucho a favor de ella. Mi madre la adora por su carácter. Querría que me casara con ella. Pero lo mejor es estar a su lado. Da gusto escucharla y, al tiempo, sabe escuchar. Es la mejor amiga del mundo. ¿Puede un hombre desear acostarse con su mejor amiga? Yo lo deseo con toda el alma. En realidad, lo que deseo es pasar con ella mi vida entera.

Levanté los ojos. Frente a mí estaba Aro, que me observaba con curiosidad y algo de paternalismo.

-Cuando leí ese papel, me dije: Aro, este novio está loco por la chica con la que se va a casar. Tienes que celebrar esta boda para conocer a una pareja tan encantadora.

Miré a Aro, pero, a quién más quería mirar era a Edward. ¿Era él quién había organizado todo esto? ¿El viaje, la boda, todo? Podía ser muy romántico pero sabiéndolo antes y estando de acuerdo. ¿Qué clase de amigo era? Si no era capaz de decirme a la cara que me amaba; si no podía pedirme que me casara con él como Dios manda, respetando mi decisión fuera la que fuera…

-Bella, yo… -le oí balbucear.

-¡No! ¡No digas nada! –le interrumpí, mientras me levantaba de la silla con tanta fuerza que ésta caía al suelo. Salí corriendo hacia la puerta, intentando retener en vano las lágrimas. En la plaza, el sol cayó a plomo sobre mí. Me dirigí hacia la fuente y me senté en el borde de la misma, llorando a lágrima viva.

-Bella, por favor.

-¡Cállate! -grité-. Debería darte vergüenza hablarme después de esto. ¿No merezco que se me pregunte antes de organizar mi propia boda? ¿O es que mi opinión no cuenta? Pues para que lo sepas, la respuesta es no, ¿te enteras? No pienso casarme contigo.

Algo se rompió en mi corazón al decir eso. Porque en realidad, deseaba decirle que sí, pero no podía hacerlo, no de esa manera.

-Bella, yo no he organizado nada. Eso lo escribí hace ya unos años. Y sí, entonces estaba colado por ti hasta los mismos huesos. Pero jamás te forzaría a casarte conmigo, ni a eso ni a nada, jamás te pondría en una situación así ¿me entiendes?

Lo miré entre hipidos. Se había sentado enfrente de mí, también sobre el borde de la fuente. Acercó tentativamente la mano a mi mejilla pero lo rechacé.

-¿De verdad? –dije, aterrorizada.

-Bella. Yo no le he enviado esa nota a Aro. Es mía sí, pero yo no la he enviado.

Aparté con fuerza una lágrima empeñada aún en salir de mis ojos.

-Mis sentimientos son los mismos, entonces y ahora –Me miró tiernamente y volvió a intentar acariciarme la mejilla. Esta vez le dejé hacerlo. Me cogió la mano.

-Siento que te hayas tenido que enterar así. Tú deberías haber sido la primera en saber cuánto te quiero.

-Entonces, ¿no has sido tú?

-Jamás hubiera hecho algo así –respondió, su voz áspera y ronca. Había inclinado su cabeza hacia mí. Nos miramos. Sus ojos verdes habían adquirido el color de un bosque oscuro y profundo. Me quedé enganchada a ellos como un drogadicto con su adicción. Sin dejar de mirarme, Edward acercó sus labios a los míos y comenzó a besarme. Mientras su lengua buscaba febrilmente la mía, el velo que cubría mi mente cayó por completo. Edward era mucho más que un amigo; lo había sido siempre, y era mi mente hiperracional quién había fabricado el engaño. Mi corazón siempre había sabido la verdad.

- Por cierto -le pregunté, cuando ambos tuvimos que pararnos a respirar-. Si tú no has organizado esta boda tan extraña, ¿quién lo ha hecho? ¿Y cómo ha llegado tu nota hasta aquí?

Edward levantó las cejas, sonrió y se encogió de hombros.

-La perdí hace tiempo, así que no sé; pero creo que tengo una ligera idea de quién ha hecho este montaje.

Los dos gritamos al mismo tiempo:

-¡Alice!

Y nos reímos, yo, entre lágrimas e hipidos, él, a carcajadas.

-¿Pero cómo se le ha ocurrido organizar algo así?

Edward se encogió de hombros y me miró.

-¿Sabes? Yo creía que era cosa tuya –dijo.

-¿Qué?

-Hasta que saliste llorando, creí que estabas confabulada con mi hermana para yo que sé qué.

-¿A qué te refieres?

-Pensaba que sentías algo por mí y deseabas, de verdad, casarte conmigo. No sabía cómo salir del apuro.

-Así que soy un apuro para ti.

-No, eres Bella. –Hizo una pausa, como si calibrara las palabras que debía decir-. En realidad, estaba dispuesto a dejar que me llevaras al altar.

Me quedé con la boca abierta. Iba a responder alguna barbaridad, sin duda, pero Alice se me adelantó apareciendo de repente en la escena:

-¿Ya puedo hablar? Jasper, ¿me dejas? –dijo mientras se soltaba de la mano de Jasper y caminaba hacia nosotros. Su novio y todos los demás caminaron detrás de ella, resignados. El único que protestó un poco, y sin convencimiento, fue Emmett.

-¿Por qué no dejas a los chicos en paz?

-Porque hay muchas cosas importantes de las que hablar y no tenemos tiempo. Lo primero de todo: Edward, ¿qué quieres decir con eso de que Bella "me aguanta"? –Edward me miró y levantó las cejas. Luego sonrió torcida y divinamente como siempre. Me hizo reír. Me arrimé a él y apoyé la cabeza sobre su pecho. El me abrazó.

-Bueno, es igual –siguió Alice-. Ya me lo contarás. Y basta de cariñitos. No hay tiempo. Guardadlos para después de la boda. Y si no, haber tenido un noviazgo como Dios manda, como hace todo el mundo.

-¿Qué? –dijimos los dos al unísono.

-El domingo os casáis, chicos ¿acaso no os habéis enterado? Bella, tenemos que elegir tu vestido de boda. Edward, el miércoles llegan papá y mamá al aeropuerto. Te toca ir recogerlos.

La cara de Edward era un poema graciosísimo. Me hubiera reído a carcajadas de no ser porque no me dio tiempo.

-El jueves llega Charli y también tendrás que ir a recogerlo.

Dios, ¡qué apuro! Alice era un monstruo.

-¿Y qué les has dicho?

-¿Pues qué voy a decirles? La verdad, que os casáis. Y Esme y Charli dijeron que ya era hora.

Edward y yo nos miramos en silencio mientras Alice seguía hablando y hablando: las flores, el coro, el órgano, el convite en el palacio de los Vulturis…

La mirada de Edward decía "hemos de hacer algo" y la mía debía decir algo parecido.

-Alice –dije, mientras me levantaba y comenzaba a caminar hacia ella. Edward hizo lo mismo.

-¿Qué? –preguntó ella.

-Cállate –dije.

-Eso es imposible –respondió. Oh, no. Iba a seguir hablando. Edward cogió a su hermana en brazos. Ah, qué bueno es tener un "mejor amigo del universo" que, además, es el hermano de tu "mejor amiga" y el único que sabe hacerla callar.

-Alice, ¿has oído a Bella? O te callas o te remojo en la fuente.

-Pero es que Bella no comprende…

El agua salpicó por todas partes y nos dejó la ropa chorreando. Por suerte, hacía un calor intenso y lo agradecimos. Al fin, acabamos todos dentro de la fuente, excepto el padre Aro, que debió pensar que aquello ofendía su dignidad y había vuelto a su iglesia ¿O quizás no había salido de ella? Edward y yo nos abrazamos, entre risas, sentados dentro del agua. Comprendí lo que él pensaba de todo aquello y decidí que yo pensaba lo mismo:

-Alice, para que te enteres, no vamos a casarnos. Aún no. Puede que volvamos por Italia dentro de un año para ver al padre Aro, pero no ahora.

Alice se puso de pie en medio del agua como una diosa terrible de los océanos, agitando sus brazos y muy, muy enfadada:

-¡Eso lo veremos!

Un gran saludo.