este fanfic fue inspirado por "los monologos de la vagina"


aunque Hijikata-san sea guapo no quiere decir que se fije en mí, por qué; pues porque... él es un hombre estricto, con sus hombre como conmigo. Es bajo, serio, no tiene buen sentido del humor, solo se sonríe. No le llama la atención las mujeres maquilladas y se sumerge en su trabajo y no es un alcohólico.
Ese día, cuando estábamos en Edo y nos habíamos separado del grupo por un ataque de los reformistas, me había tomado de la mano y corrimos más de 10 minutos bosque adentro, hasta encontrar una choza abandonada. Entramos allí. Oh! gran sorpresa cuando descubrimos que había sido recientemente abandonada; la ceniza de la leña en la chimenea, el tatami estaba limpio y había un futón a medio doblar. El lugar estaba vacío, no tenía decoración alguna -la quietud y la tranquilidad del lugar nos daba cierta desconfianza- "será la casa de algún cazador" pensé, pasaron cuatro horas y con ellas el atardecer, ya era hora de encender el fuego o nos moriríamos de frío, además Hijikata-san estaba herido y necesitaba atención, solo se me ocurrió romper el ruedo de mi hakama para poder vendar su brazo, aunque para él era un rasguño, para mí era una herida que debía cuidarse de infectarse.

la noche llegó, y la choza aún tenía algunas reservas de comida, envejecidas, pero las tenía. Afortunadamente nos quedaríamos hasta el día siguiente. Las cosas se complicaron a la hora de dormir, ya que ninguno decía nada con respecto al único futón en la casa; teníamos frío, pero más que frío, era una sensación de angustia y atracción animal. No sé si él, pero yo no dejo de pensar en el momento en que me agarró de la mano y huimos de aquel lugar, fue especial, como dos amantes en fuga. Sí, dos amantes en fuga, eso éramos. El shogunato nos abandonó por completo. El éjército imperial nos acorraló, dividiéndonos en tres grupos; los dos primeros sin guía y nosotros en esa casucha... divertido ¿no?

Cada uno llegaba a sus propias conclusiones, respecto a lo sucedido en la tarde. Todo giraba de acuerdo a lo que dictaba la naturaleza -ustedes saben, él, yo, juntos a jugar a la casita- nada era lo convencional en estos casos, solo atracción animal, nada más. Miradas vienen, monólogos van -ya probaste este melocotón?- preguntó él, como para quebrar el hielo. Él mismo puso la norma de que no se permitían mujeres en el Shinsengumi y conste que fue él quién estuvo al tanto de mis cosas y mi cuidado, claro por desición unánime, patrocinado por Soji Okita -no, está bueno?- pregunté con algo de curiosidad gurmet y lasiva a la vez.
-sí están buenos, quieres probar?
-está bien- me acerqué porque el hambre me ganaba la batalla y no había mas que comer
-qué te parece?- preguntó inocentemente, pero su mirada decía algo más. Algo que yo también decía con la mirada. El estómago estaba lleno de sirope de melocotón y la cabeza llena de saque; eso había en la estantería de la casa, saque y melocotones en almibar. Un coctel letal para quien desea permanecer despierto toda la noche. Pero no para quienes desean pasar la noche. Es distinto, distinto concepto. la chimenea hervía y la casa cálida, él, yo, el futón, la ropa, las miradas, las caricias en la frente, en el pelo, en los hombros -espera, qué haces?-pregunté sorprendida de que estuviera pensando lo mismo, aunque tal vez, siendo hombre se deje llevar por sus impulsos y no piense en las consecuencias: yo enamorada de él, yo embarazada o el enamorado y yo sin prestarle atención -tú quieres... conmigo en ese futón o definitivamente no?- preguntó casualmente, sin darle importancia
-y si dijeras que las dos...?- pensé
-qué dices?- insistió
-tienes claro las consecuencias de todo esto, puede que sea una carga aún más pesada por esta época
-mira, tengo los días contados, déjame divertirme- respondió altanero, por lo cual, mi mano derecha terminó en su mejilla izquierda enrojeciéndola por el golpe, y la lasivia que me encarnaba termino en el drenaje del agua lluvia de la casa -esa es tu respuesta, Chizuru?
-sí- respondí adolorida
-muy bien, eso quería!- contestó orgulloso de la decisión que yo había tomado -pero yo también tengo frío y necesito dormir, me permites descansar contigo?- preguntó tomándome la mano con mucho cuidado como si fuese de una porcelana muy frágil. Esa simple caricia me recorrió por la espina dorsal como un rayo, no sabía si sonreir o simplemente... ¡tirarme en sus brazos y perder la cordura en sus brazos ¡gracias ejercito imperial! -qué ocurre? te quedaste sin habla
-nada... sí puedes dormir, tranquilo no pasa nada
-seguro...?- preguntó con aires de sospecha y una risita burlona y una mirada rayada mientras que yo hacía cosas inesplicables, como tomar las dos katana suyas y envolverlas en tiras de tela, soltarme el cabello, relinchar como potro dándole la espalda, hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo y me di vuelta ronriendo apenada hasta las orejas. Él, me mira divertido, simulando que está extrañado por mi conducta y atina a decir -quiero verte!
-aquí estoy, Toshizo-san
-no, necesito verte- repitió
-aquí estoy- respondí ya con mi peculiar enfado
-necesito verte ahí- señaló entre mis piernas y me sentí tonta por un momento, aunque entendí lo que los dos queríamos esa noche, volver a empezar como personas normales.

Respiré profundamente, me relajé y le di permiso para que lo hiciera. Ah! cómo decirlo, fue perfecto. Me abrazó delicadamente y me tomo en brazos hasta el futón; me miró y subió el kimono hasta mi cintura y deshizo la ropa interior, descubriendo todo... el jardín, por así decirlo. Abrió los ojos como si hubiera tenido una epifanía, separó mis piernas lentamente y me conoció. No fue vulgar, intimidante al principio, pero no vulgar. Me dijo -eres hermosa!- y su voz se quebraba, como si algo lo deslumbrara hasta tocar su sencibilidad, descubrí que Toshizo Hijikata amaba las vaginas, las amaba de verdad, para el era una obra de arte. Le agradaba el olor, la textura, el color, la forma. Amaba lamerlas, besarlas. Y a mi, no se que hizo porque solo se quedo casi una hora solo mirando, analizando -es la cosa más hermosa que he visto- decía emocionado
-en serio?- me dije -y yo que pensaba que era la peor cosa sobre la tierra- me exité y él también, y juntos perdimos la cordura esa noche.

En la madrugada la temperatura había bajado unos grados bajo cero y nevaba lentamente. Nos abrazábamos consiguiendo calor el uno del otro bajo el futón aunque llevabamos pestos los kimonos, la leña se había extinguido y la casa estaba al merced de la temperatura. Afuera, algunos arboles se movían con el viento, dejando caer peligrosas estalagmitas de hielo al suelo húmedo. Fue en ese momento que se escuchaban susurros a lo lejos, inteligibles, insesantes. Toshizo ya estaba despierto y alerta, cuando empecé a escucharlos, me dijo en señas que guardara silencio. Pasos y katanas desemvinándose se oían. Recordé que había envuelto sus katanas en tela, pero estaba del otro lado del cuarto. Se escucho también el cargue de una escopeta; él se puso de pie y lentamente se deslizó por el salón hasta llegar a sus katanas y yo tomé la mía, afirmando con la mirada la desenvainé.

De inmediato, tres hombre armados entraron destruyendo la entrada principal, en ese momento Toshi los hirió al pasar por ensima de ellos, sin embargo, eran fuertes y tuvo que contenerlos dando la espalda a la entrada. Inesperadamente un disparo atravesó su espalda baja. Al verlo caer reaccioné como jamás lo hice y las caracteristicas de oni que aún no veía en mí, afloraron; la velcidad y fuerza se duplicaron, me levanté y corté la cabeza de aquellos que estaba en la casa y el de la escopeta increiblemente era esa mujer, Kaoru, al mirarla quise arrancarle la vida, pero me contuve. Disparó de nuevo, esta vez a mí, y fue ahí cuando la ira colmó mi alma y destajé sus dos brazos en un solo movimiento de mi Wakizashi como le decía Saito-san -por qué tú?- pregunté mientras se desangraba -porque debes pagar por todo lo que me hicieron sufrir por no ser mujer!- me dijo antes de cerrar sus ojos. Los otros tres hombres habían huído asustados luego de verme transformada en una bestia casi extinta en el recuerdo de un cuento constumbrista.

Los lamentos de Toshi me regrasaron a la realidad, me dispuse a auxiliarlo, pero se encontraba demasiado herido, la bala habia salido, rompiendo no solo las vértebras lumbares, también el intestino estaba hecho pedazos, pequeñas partes estaban inpregnadas en la pared -moriré verdad?- me preguntó mientras lo volteaba boca arriba para poder oscultar mejor, no obstante me deshice en lágrimas, no había nada que hacer -así es!- respondí gimiendo. Repentinamente suspiró profundamente para dejarlo todo.

Ahora, la preocupación era ¿cómo sacarlo de ahí? ¿cómo llevarlo hasta aquella aldea donde hacía nada más quince días enterramos a el señor Kondo. Al parecer no había nadie, solo nieve y árboles deshojados, caminos desolados y Kasama-san mirando desde la corniza de la casa -Ohayō misu Yukimura, parece que usted asesino su propio hermano
-qué?
-no le dijeron?
-no entiendo
-veras Chizuru, él- señalaba a Kaoru -es tu hermano gemelo, es un hombre e infortunadamente no nos servía de nada en nuestro clan, es por eso que te buscaba incansablemente, para hacerte sufrir, según el miserable, de igual manera que él- desesperé hasta tal grado que quise matarlo. Me avalnce a él y le herí la mano, esto le enojó mucho y me golpeó en la cara tan fuete que caí al suelo frío y húmedo, esto último me devolvió la compostura trayendome de nuevo al objetivo inicial, llevar el cuerpo de mi amado Hijikata a Itabashi para enterrarlo junto al señor Kondo. En ese instante los soldados imperiales llegaron y tomaron la casa, Kasama-san pidió que no me hicieran nada, más bien escoltarme hasta Ibarashi para hacer el funeral de Toshizo Hijikata. Y así fue, cinco días después llegamos a Ibarashi, allí me dejaron sola con el cofre, sin embargo dos de los soldados se quedaron para ayudar a enterrarlo junto a una tumba vecina.

Al día siguiente fui a una tienda de modistería para que me hicieran un kimono, debía quitarme las ropas que llevaba, ya no era un hombre. Era una mujer de nuevo, con miedo a soñar, de meditar, de hacer, de cantar y de cocinar. Ya no había quien degustara mi té.