Reto LJ: 30wars (El arte de la guerra)

Tema: #23 - Las armas son instrumentos de mal augurio, y solamente deben ser utilizadas cuando no hay otra alternativa
Pairing: Saji x Ryomou
Rate: T
Título: "Quid pro quo"
Summary: Todo en la vida tiene un precio a pagar. Y yo no me iba a quedar sin esa información.
Nota: El tercero que escribo, pero el primero que subo. Si ya jugaron alguna vez al 'Yo nunca', este fic no les va a ser complicado de entender.


Quid pro quo

– Quid pro quo.

No me quedaba otra alternativa.

– ¿Latín? – rió él, mirándome. – A ver... – susurró, cruzando las manos frente a su rostro, entrelazándolas – Algo por algo.

Asentí con la cabeza y apoyé la botella que había comprado con él al salir del instituto. Dejé salir algo parecido a un suspiro, tornando mi mirada a la ventana. Los últimos vestigios de los rayos solares se filtraban por la antigua persiana de madera, dándole un aspecto cuasi lúgubre al dojo de la gran mansión.

A veces, y sólo a veces, la soledad de los grandes pasillos me abrumaba. Allí, sentada en el suelo a su lado, las cosas no parecían tan solitarias. Trataba de no pensar en ello.

– Ya me parecía extraño... – arqueó una ceja – Y extraño en el buen... el mejor sentido de la palabra.

Carraspeé.

– Yo nunca. – propuse, imaginándome de antemano que él conocía el juego.

– ... Esto se torna realmente interesante. – se acomodó en el suelo, escrutándome con la mirada. Bajé la cabeza, intentando ocultar mi sonrojo. – Entonces... Simplemente digo 'Yo nunca' y agrego una frase... ¿y vos vas a tomar en el caso de que sí lo hayas hecho?

Asentí y abrí la botella, sirviendo parte de su contenido en los dos vasos que reposaban en el suelo, frente a nosotros.

– Completa sinceridad. – le advertí – Quid pro quo.

Me sonrió y tomó el vaso con una mano. Repasé en silencio las facciones de su rostro. Tragué saliva cuando me encontré con sus profundos y aparentemente inexpresivos ojos grises. Cada parte de él era perfecta. Me asustó darme cuenta cuánto tiempo podía quedarme absorta, repasando cada línea de su cara, cada parte de su cuerpo.

– Lo que daría por saber qué está pasando por tu cabeza en este momento... – soltó él entre risas.

'... Es menos de lo que yo daría porque no te enteres' le respondí en mis pensamientos.

Volvió a reír y me pasó un brazo por detrás, rodeándome por los hombros.

– Las damas primero.

Tomé el vaso con ambas manos y levanté mis rodillas, apoyando mi espalda contra la pared. Lo miré. Aquel gesto calmo, inescrutable e ilegible. Así era él. Y por eso pretendía cuestionarle, aunque eso me pusiera a mí en posición de responderle.

No es como si hubiera querido usar esto para enterarme. Pero sabía que no iba a echarse atrás si lo retaba en algo. Obviamente, mi concepción trasgiversada de las formas de conseguir información me iba a traer problemas.

– Yo nunca mentí. – murmuré en voz baja.

– Touché. – dijo, tomando parte del licor – Tuve que mentirle a mucha gente.

Sonreí con suficiencia, dándole un pequeño sorbito al vaso.

– Yo nunca me enamoré de uno de mis mejores amigos. Amigas, en mi caso – acotó, sonriente.

'Maldito.' Miré el vaso con insistencia, como si su consistencia fuera lo más interesante de la habitación.

– Completa sinceridad – repitió él – Quid pro quo, Mou–chan.

Me mordí el labio inferior y le di un sorbo. Volteé la cabeza para verlo, y encontrarme con su mirada divertida y sorprendida.

– No es como si hubiera querido que pase. Pero pasó. – hice un mohín y miré hacia otro lado.

Quiso ahogar una risita en su garganta, pero su gesto lo delató. Acercó el vaso a sus labios y tomó. De nuevo, me quedé mirándolo como embobada. Sacudí la cabeza, intentando pensar en otra cosa que se alejara de sus labios.

– Yo nunca supe sobre la farsa que planeó Toutaku para conseguir el sello imperial.

Mis ojos se posaron en él de frente. Vi la punzada de dolor que le causó escucharme. Por un momento, sentí su angustia como si fuese mía. Se mojó los labios en el alcohol.

– Tengo algo que decir en mi defensa. – murmuró entre dientes, apretando el puño – Yo sí sabía que iban a engañar a Teifu para conseguir el sello...

Tragó saliva, bajando la cabeza por primera vez.

– Pero no sabía a quién iban a usar. Ni de qué manera. Kaku parecía demasiado segura... No me imaginé que iban a usar su punto débil. No lo hubiera permitido si hubiera sabido que...

Abrió grandes los ojos, como si hubiera empezado a hablar sin consciencia de ello y no hubiera sabido cuándo detenerse.

– Quid pro quo, yo nunca sentí nada mayor a un lazo de amistad con Teifu.

Lo miré inmóvil, incrédula, y todos los adjetivos que se les ocurran que empiecen con 'in'. El no quitó su vista de mi: me estaba tratando de decir que le debía una explicación.

Arqueé una ceja. Sostuvo la mirada.

– ¡Por favor, Saji! – solté, rodando los ojos – Jamás sentí nada por él.

Suspiró.

¿... con alivio?

– Yo nunca sentí nada por Ryofu Housen. – farfullé entre dientes.

Dejó salir una risa sonora, y dejó el vaso en el suelo.

– ¡Quid pro quo! – repetí.

– ¿Sorprendida? – me dijo, acariciando mi mejilla con la yema del pulgar. Notó que estaba pidiéndole una explicación – ... Odié saber que algún día tendría que explicarte esto. – volvió a pasar el brazo para apoyarlo con cuidado en mi hombro.

Tragué saliva, sabiendo que había llegado al punto que quería llegar.

– Se acercó a mí porque tenía que vigilarme. Orden de su líder. Ya empezaban a sospechar de mí... – se acomodó contra la pared – Y si la historia seguía el mismo curso que hace 1800 años, Toutaku iba a morir por culpa de ella... y todo ello iba a ser inducido por mí.

Asentí con la cabeza, escuchándolo absorta.

– Yo no... pretendía seguir del todo a mi destino. Sabía que no podía escapar de ciertas cosas. Pero había dos personas por las que, y yo lo sabía muy bien, iba a tener que morir. O por Sonsaku, por mi sino... – tironeó, atrayéndome a él – O por vos.

Me eché hacia atrás.

– Al final, la que terminó siendo vigilada fue ella. Me mantuve a su lado porque así me ganaba su confianza, la convencía de matar a Toutaku, y todo seguiría su curso natural.

– ¿Calculaste todo? – exclamé, alarmada

– Una pregunta a la vez, Mou–chan. Quid pro quo.

Volví a hacer un mohín. Inconscientemente, me acurruqué contra él. Me mostró una amplia sonrisa al sentirlo, cosa que logró que me aleje, sonrojada.

– Yo nunca soñé con la persona que tengo al lado. – dijo luego de pensarlo un rato.

Lo miré, embobada. Con la poca fuerza que le quedaba, el sol del crepúsculo iluminó la sala. Suspiré de forma lastimera, y tomé de un trago todo lo que quedaba del vaso. Él me miró sorprendido, mientras tomaba un pequeño trago de su propio vaso.

– La pregunta es cuando NO soñé con la persona que tengo al lado – acoté, algo liberada por el alcohol.

– Ah, ¿sí...? – murmuró él, rozándome el cuello con su aliento.

– ¡Quid pro quo...! – hice notar que era mi turno de preguntar – ¿Por qué hacés todo lo que hacés? – volví a tomar sin razón, apoyándome en su hombro – Quiero decir... ¿por qué matar a Toutaku, engañarnos a todos...?

Sentí que me costaba pronunciar.

– Para protegerte... – me respondió, tomándome en brazos con cuidado – Siempre fue mi único ideal. Me tenía que mantener lejos tuyo para eso.

– ¿A qué te referís? – pregunté, soltándome de su agarre y sosteniéndome por mi propia cuenta. Empecé a tambalear, cosa que lo hizo reír.

– ¿Cómo estarías con quien amás, sabiendo que en una hora cercana vas a morir, y ella sólo va a sufrir? Por más que nunca te hayas podido resistir, ni cuando era más chica y tenía el pelo largo, ni cuando creció e intentó ocultar sus sentimientos...

Lo miré con la boca entreabierta, intentando procesar todo lo que estaba diciendo.

– ¿Y cómo podrías resistirte... sabiendo que no hay nadie como ella? – me volvió a tomar en sus brazos, caminando por su mansión – Que no existe nadie que sonría como ella lo hace, que nunca vas a escuchar una voz que te tranquilice como la de ella, que nunca vas a poder besar o tocar a alguien sin que ella aparezca en tu mente, que nadie va a decir tu nombre como ella lo hace...

Cuando me di cuenta, sentí algo suave en mi espalda. Miré a mi alrededor. Estaba en su habitación, en su cama. Me moví un poco, e inhalé el aroma que desprendía su almohada. Me acarició la cabeza.

– Mañana vas a tener tiempo de pedirme explicaciones y de cuestionarme sobre si te acosé mientras estabas borracha.

– ¡Yo no estoy borracha! – exclamé, incorporándome. Me volvió a empujar con suavidad a la cama.

– Cuando estés consciente de tus actos, volvemos a hablar. – caminó hacia la puerta.

No quería. No quería que se fuera. Cuando dejé de sentir sus manos en mi cuerpo empecé a emanar pequeños quejidos.

– Mou–chan, no hagas eso... – me advirtió, tomándose la cabeza con las manos – Mi autocontrol tiene límites... Y no estás ayudando.

– ¿Autocontrol? – pregunté, abrazando la gran almohada.

– Es esa simpática voz que me está diciendo lo malo que sería darme vuelta, atarte a esos barrotes – señaló la cama – y no dejarte ir hasta que no me cobre todas las veces que te quise para mí desde que te conozco.

– ¡Sa–– Saji!

– Pero hoy no... – abrió la puerta y cruzó el umbral. Se volteó para mostrarme una sonrisa amplia – Confío lo suficiente en mis habilidades como para tener que abusarte estando bajo el efecto del alcohol. No necesito esas cosas...

Pestañeé, sin entender.

– Me estás torturando, Mou–chan. – se tomó la frente con una mano – Que descanses. – murmuró entre dientes, cerrando la puerta.

No me tomó mucho tiempo quedarme dormida.
Y sí, volví a soñar con él.