N/A: Lamento la espera. Este capítulo lo tenía hace mucho pero sufrí un lapsus por muchas causas que no quieren saber, jaja. Sin embargo, mi intención de terminarlo sigue en pie y yo sigo escribiendo. Quien guste acompañarme es bienvenido.

Beteado por Intimisky, mucho más que una beta.

El cielo de allá

Scorpius despertó asustado, como lo había hecho por una semana entera, y al abrir los ojos se llevó una agradable sorpresa al encontrarse por fin en un lugar conocido. Suspiró tranquilo y se estiró en su cama sólo para sentir una presencia detrás. Sus músculos se tensaron, se giró rápidamente y descubrió a Albus Potter dormido tras él.

Después de eso no pudo levantarse de la cama, simplemente se acomodó para analizar al joven Potter, al que lo había dado todo para sacarlo de ese mundo y traerlo de vuelta a casa. Todo, literalmente todo. Había dejado atrás a su familia de héroes, su trabajo, su vida y lo había acompañado. Ahora Scorpius sentía una carga pues no podía entender qué estaba pasando.

Desde que lo había conocido, la actitud de Albus lo tenía desconcertado. Tenía tantos gestos hacia él, en apariencia sin tener nada en mente para pedir a cambio. Y ahora estaba ahí, con él, dormido y sin sentir el peligro que seguramente estaba sobre su cabeza. Scorpius podría matarlo ahí mismo, en su sueño, sin que lo sintiera incluso.

Eso era lo que querían los miembros del Paraíso, ¿no? Venganza. Que los Apartados sufrieran, que se extinguieran. Recuperar ellos el poder que les había dado en algún momento la sangre pura.

Pero no podía matarlo. Como no había podido dejarlo en la superficie para que su propio mundo lo juzgara por el crimen de haberle salvado la vida.

"¿Qué me está pasando?", se preguntó, llevándose la mano hacia la frente para despejarla de cabellos. Las cosas que estaba sintiendo y la manera en la que estaba actuando desde el momento en que había conocido a Albus eran totalmente estúpidas e inexplicables.

O quizás, intentó convencerse, tenía más que ver con la situación desesperada de haber sido arrastrado con los Apartados, hacia un mundo al que no pertenecía. Seguramente eso era lo que lo había hecho actuar como un absoluto imbécil.

Ahora que estaba aquí, tendría que lidiar con Albus en agradecimiento al hombre que había salvado su vida. Era una deuda de magos, se lo debía por su honor. No tenía por qué pasar nada más, nada… extraño.

Seguía mirando a Albus fijamente, sentado contra la cabecera de la cama, cuando llegó el primer problema con el que tendría que lidiar de vuelta en el Paraíso: Parkinson entró dando zancadas y, tan pronto como notó que estaba despierto, se acercó a la cama y se paró firme frente a él.

—Buenos días —saludó Scorpius, un poco ácido al ver que Parkinson callaba.

Antes de saludarlo, el moreno pasó la vista hacia Albus y de regreso.

— ¿Así que fuiste de shopping al mundo de los Ápartados? —dijo, con los dientes apretados, y al ver la confusión en el rostro de Scorpius, agregó—: Sí, vamos, que te compraste una puta y la trajiste y todo.

Scorpius inmediatamente frunció el ceño y se levantó de la cama. Un sentimiento incómodo se instaló en su estómago y una necesidad insana de defender a Albus se apoderó de él. En lugar de eso, apretó la mandíbula y tomó a Parkinson del brazo.

—Hablemos afuera.

— ¿Por qué no aquí? Sólo quiero saber si es media sangre o sangre sucia —le dijo, con veneno—. ¿Qué cosas deja que le hagas como para que te lo trajeras? ¿Se deja follar c…?

—Ya cállate —le dijo Scorpius, de golpe—. No tengo por qué soportar estupideces y tampoco por qué darte explicaciones —le dijo, en voz baja y grave—. Y hay cosas más importantes de las que debemos hablar.

Una vez en el pasillo, Scorpius empujó a Julian por la puerta que daba a la habitación de éste último, justo frente a la suya. Aunque eso les era conveniente en las noches de sexo, en este momento Scorpius estaba molesto de tenerlo tan cerca de él. Y de Albus.

—Bien, ahora dime —ordenó Scorpius.

— ¿Qué? —preguntó Julian soltándose de su agarre de mala manera.

—Tú sabes qué, idiota. Dime cómo están las cosas, qué ha pasado realmente y qué hay planeado hasta ahora.

—Oh —respondió, con una mirada glacial—, ¿yo no puedo preguntar nada pero tú sí tienes derecho a interrogarme?

—No seas infantil —ordenó Scorpius con su voz más grave—. Empieza a pensar con la otra cabeza —dijo, prácticamente enterrándole el dedo en la frente— y habla.

Julian se lo quitó de encima con un manotazo y se alejó hasta el otro extremo de la habitación.

—Logramos parar el cargamento de Nott esa semana aunque obviamente también perdimos oportunidad de sacar el nuestro —explicó en un tono protocolario muy digno—. Además, se podría decir que también perdimos la batalla. Tuvimos más heridos, muchos de gravedad. Y perdimos a nuestro líder —agregó, mirando a Scorpius a los ojos con esa mirada que había atraído a Scorpius desde siempre—. Así que… eso. La semana no estuvo mejor. No sabemos cómo, pero Nott logra mantener comunicación con el exterior —dijo—. Y nosotros no, por eso hemos estado perdiendo ventas y él ha podido convencer a más gente que se una a él para conservar el poco estatus que tenga aquí…

Scorpius asintió: eso ya lo había deducido él.

—Sí, de alguna manera el idiota que me mostró dónde estaba el umbral estaba trabajando para él —explicó.

Julian le sonrió de lado.

—Lo vimos caer mientras esperábamos a ver si regresabas. No le fue muy bien.

—Me alegra —dijo Scorpius con un resoplido—. Es un hijo de puta. Al menos me ayudó a encontrar el umbral, de otra forma no habría podido volver hoy.

—Y tampoco sin ayuda del regalito, ¿no? —preguntó Julian, señalando con las cejas habitación de enfrente—. Digo, si no, ¿por qué te hubieras quedado con él? Alguna utilidad debe tener…

Scorpius lo mandó callar.

— ¿Qué más?

—Estábamos concentrados en recuperarte, la verdad —murmuró Julian, con cierta vergüenza latente en el rostro—. Al principio no sabíamos qué había pasado, si estabas… si estabas vivo —siguió, en un tono bajito—. Luego nuestros espías en el lado de Nott nos dijeron el plan de traerte… y entonces esperábamos que él te trajera y ayudarte a escapar estando aquí.

— ¿Y qué tal si no hubiera bajado? —preguntó Scorpius, por simple curiosidad—. Después de todo, el cazador bajó sin su presa.

Julian asintió.

—Estábamos esperando los últimos minutos del portal —explicó—. Si no bajabas —alzó la cabeza y nuevamente lo miró fijamente a los ojos—… había una comitiva que saldría por ti.

— ¿Quién sería tan estúpido…? ¡No saben lo que hay ahí arriba! ¿Qué rayos pensaban hacer?

Julian frunció el ceño.

—Bueno, algunos de nosotros recordábamos cosas o nuestros padres nos contaron…

— ¡Nada es como nos lo contaron! —gritó Scorpius, por primera vez liberando la frustración y el miedo de haber estado ahí arriba— ¡Nada! ¡No durarían un minuto!

— ¡Pero no fuimos! —dijo Julian, asustado; se acercó a él con los ojos muy abiertos—. No fuimos, no tuvimos que ir, estamos aquí. Y tú estás aquí. Estás con nosotros —dijo, finalmente parándose frente a él—. Estás aquí —repitió y alzó su mano para acariciar la mejilla de Scorpius y buscar sus labios.

Scorpius se dejó besar por unos segundos, con los ojos apretados; finalmente se separó de él, dando un paso hacia atrás.

— ¿Quién me mandó ahí?

Julian parecía ahora más asustado.

—Estella.

—Mientes —rebatió Scorpius.

Julian tragó en seco.

— ¿Por eso ahora me odias? ¿Ya no me…? —susurró, y antes de terminar sacudió la cabeza— ¿Qué cosas viste ahí arriba Scorpius? ¿Qué daño te hicieron? —preguntó, angustiado.

Extrañamente, cuando Julian le preguntó qué había visto la primera imagen que vino a la mente de Scorpius fue el cielo de arriba. Ahora, al mirar hacia el techo veía sólo una pobre imitación en algunas habitaciones. La de Parkinson ni siquiera tenía el hechizo. Cuando Scorpius alzó la vista sólo vio el gris plano y lleno de humedad contenida por la magia. Así era su cielo.

—Olvídalo —dijo, enfadado—. No pasó nada importante. Debemos concentrarnos en el plan… ¿qué más han pensado?

— ¿Entonces yo no puedo hacer preguntas? —gruñó Julian, ahora de vuelta con su tono enojado— ¿No puedo saber por qué te trajiste a ése de arriba? ¿En qué estabas pensando? ¿No puedo saber qué te hicieron, si te interrogaron, si ahora saben dónde estamos?

—Dije que no pasó nada importante. Si alguien supiera dónde estamos, sería lo primero que les habría dicho, ¿no crees? —replicó molesto.

Julian alzó la barbilla y cruzó los brazos. Al menos ahora debía haber captado que Scorpius no diría nada.

— ¿Qué más han planeado? —repitió Scorpius en voz de mando.

Julian lo mira con desdén.

—Vamos a cercar todos los caminos al umbral y a cambiar el hechizo que lo guarda para hacerlo abrirse cuando nosotros queramos.

Scorpius se sobresaltó.

—¿Es eso posible?

Julian se encogió de hombros.

—Con la sangre de los que conjuraron el umbral… y tenemos varios de nuestro lado. Debería ser suficiente.

Scorpius asintió, haciéndose a la idea de tener control sobre portal que hasta este momento no sólo los había mantenido protegidos sino, ahora se daba cuenta, también atrapados…. ¿Y de dónde salían esos pensamientos? Esta era una medida extrema, impensable. Sin embargo, quizá esta vez sí lo iban a hacer. Tal vez iban a abrir ese umbral y a dejarlo abierto.

Cuando regresó a la habitación, Albus estaba despierto y sentado sobre sus piernas en la cama, mirando con desconfianza el plato de comida que había aparecido en la mesita frente al sillón.

—Juro por Merlín que no está envenenada —le dijo Scorpius al verlo con ese rostro tan concentrado.

Albus soltó una risita.

—No es eso, es sólo que juraría que eso no estaba ahí hace unos segundos y yo no conjuré ninguna comida.

—Fueron los elfos —respondió, con el ceño fruncido, confundido ante aquel despliegue de extrañeza ante algo tan común.

—¿Los elfos?

—Sí —explicó—. Muy pocos lograron bajar con nosotros… los que sobreviven siguen sirviéndonos fielmente. —Albus lo miró con los ojos muy abiertos—. ¿Qué? ¿Ustedes no tienen elfos?

Albus negó con la cabeza.

—Es muy raro ver uno. Hace algunos años se les dio su libertad —explicó su mundo, con la misma despreocupación que Scorpius compartía el suyo, sin darse cuenta—. Se volvieron casi todos locos y no supieron qué hacer. Bueno, no todos, pero sí muchos. Ahora hay muy pocos para la población de magos y sus servicios son muy caros. Casi todos trabajan para el gobierno o para extranjeros que pueden pagar…

Scorpius sacudió la cabeza, sin poder imaginarse un mundo de esa manera… a la vez sabiendo que existía. Que había estado en él. Que la prueba de ello la tenía en su cama.

—¿Y cómo pueden… hacer las cosas?

—Pues las hacemos nosotros mismos —respondió animadamente—. Cocinar resulta divertido.

Scorpius lo miró como si se hubiera vuelto loco y luego se rió, provocando que un dolorcito en la mandíbula lo hiciera gruñir. Albus se arrastró hasta el borde de la cama para estar directamente frente a él.

—No vi esto ayer —susurró Albus, tocándole la boca.

Tenía el labio partido y la mandíbula descolocada por un puñetazo del traficante que planeaba entregarlo, quien también le había dejado recuerdos en forma de moretones en los brazos y las costillas. Sin embargo, la herida más notable estaba en su hombro, donde la piel se veía quemada como había estado su pecho entero el día que lo habían llevado a San Mungo.

—Voy a arreglar eso —susurró Albus y fue a buscar su varita.

Cuando volvió, a pesar de que lo bañó de hechizos, el ardor en su hombro continuó.

—Voy a prepararte ese ungüento, lo quieras o no, ¿sabes?

Scorpius sonrió.

—Pediré que te traigan los ingredientes. Será bueno tener una cura para esto de nuestro lado, hasta ahora no hemos sabido muy bien cómo tratar estas cosas…

—¿No tienen medimagos? —preguntó Albus incrédulo. ¿Qué clase de mundo tenía elfos y no medimagos?

—No entrenados, no —respondió Scorpius—. Hacemos lo que podemos con el conocimiento heredado. Pero por alguna razón tú haces que todo se sienta mejor más rápido —susurró, tocándose la mandíbula para asegurarse de que ya estaba perfecta.

—Gracias —dijo Albus—. Y yo que dudaba que ésta fuera mi profesión —intentó bromear, aunque era verdad.

—Lo haces muy bien —susurró de nuevo Scorpius y de pronto fue muy claro el calor que despedía el cuerpo de Al, tan cerca de él.

— ¿Te sientes mejor? —respondió Al, también en un susurro.

—Mucho —respondió, su aliento muy cerca.

Esta vez el beso pareció un mutuo acuerdo pues ambos se lanzaron con todo hacia los labios del otro. Scorpius se aferró a la cintura de Al y éste a su cuello. Cuando pensó que no pasaría a más, Albus pasó la lengua por su paladar y Scorpius simplemente se volvió loco, lo levantó y lo tiró en la cama.

Para variar, Albus no estaba pensando en lo mal que podía resultar esto, en lo malo que era en general para el sexo, que eran sus preocupaciones siempre que intentaba tener intimidad. Esta vez, de hecho, ni siquiera estaba pensando.

Quizás por eso se dejó llevar completamente. Dejó que Scorpius lo apretara contra la cama firmemente, con todo su cuerpo sobre el suyo, haciendo contacto desde el pecho hasta las caderas con una erección que él ya había sentido en su boca… Eso lo hizo gemir.

Movió sus piernas y las enredó en la cintura del otro para apretarlo más, como si eso fuera posible. Por lo menos funcionó para que Scorpius empujara con más fuerza, rozando sus erecciones sobre la ropa de tal forma que en lugar de satisfacerlos los ponía más hambrientos y necesitados.

Scorpius fue el primero en dejar caer la camisola del pijama, sin un pensamiento para sus heridas, que apenas se recuperaban. Lo hizo con una seguridad que le quitó la respiración a Albus y provocó que mordiera y jalara uno de los pezones del rubio. Scorpius respondió con un gemido desde el fondo de su garganta y un esfuerzo sobrehumano para quitarse los pantalones a pesar de estar apretado entre sus muslos. Albus cedió entonces y abrió las piernas, lo que al final los favoreció a ambos pues en cuanto terminó de quitarse su ropa, Scorpius procedió a arrancársela a Albus con un brillo de lujuria en los ojos que Al no entendió hasta que se dio cuenta que seguía vestido con las ropas blancas, ahora arrugadas, del hospital.

Ah, con que Scorpius tenía algo con eso…

Decidió abrirse él mismo la camisa, pero no dejó que Scorpius se la quitara por completo.

—Déjala —le susurró al oído.

El nuevo gemido de Scorpius le indicó que su suposición no estaba errada.

Así estuvo mejor, ambos desnudos de la cintura para abajo, frotándose a cada embestida. Al abrió más las piernas y su mano, temblorosa y sudada, bajó para colocarse entre ambos. Ahí tomó ambas erecciones en ella y comenzó a masturbarlos al ritmo que se movían. Y así estuvo mucho más que mejor.

Vio a Scorpius entrecerrar los ojos y alzar la mano para lamer entre sus dedos y Al respondió con un jadeo. Entonces Scorpius bajó la mano, hizo que alzara más las piernas y de pronto tuvo dos dedos dentro de él. Prácticamente soltó su agarre sobre sus miembros, pero luego su compañero marcó un ritmo hipnótico con sus dedos que Al no pudo más que seguir con su mano.

Cuando encontraron su ritmo juntos no dejaron de moverse hasta descontrolarse y perderlo de nuevo. Los dedos de Scorpius estaban muy dentro de su cuerpo, haciéndolo perder la noción de todo; su mano acariciando ambas erecciones, deseando más, mucho más. Entonces Scorpius gimió audiblemente y mordió su hombro y sus lagos dedos se enterraron profundamente. Y Albus se dejó caer en el placer.

Para el momento en que Al fue consciente de sí mismo, Scorpius seguía encima de él y lo veía a los ojos con una expresión ligeramente asustada.

—Hey —dijo Albus, porque no sabía qué decir.

Porque era la primera vez que disfrutaba tan completamente de un encuentro sexual, sabía que ese era el momento menos indicado y que su vida estaba de cabeza y todo era una locura; y aun así lo había disfrutado de sobremanera.

Scorpius se rió bajito.

—Hey —dijo, con voz ronca y luego dejó de verlo a los ojos—. Deberíamos comer algo.

—Mjm —respondió Albus, intentando bajar a la tierra—. Y luego debes darme los ingredientes para tu ungüento —agregó, tocándole el brazo, justo por debajo del hombro lastimado.

Cuando Albus se levantó de la cama y medio se acomodó la camisa, notó que tenía semen seco en el abdomen, una combinación entre el de Scorpius y el suyo que lo hizo ruborizarse un poco al no saber cómo se iba a limpiar eso. Afortunadamente, el otro pensó lo mismo que él.

—El baño está ahí. —Señaló una puerta tan grande que bien podría haber llevado a un closet—. Hay toallas extras y... haré que los elfos te traigan ropa.

—Oh —dijo Albus, ahora más rojo al pensar que hacía unos minutos había usado su ropa, descaradamente, para calentar a Scorpius.

Era increíble cómo ahora no podía creer que había hecho eso.

— ¿Está bien? —preguntó entonces el otro, preocupado ante su falta de respuesta.

—Sí, sí, sí —respondió inmediatamente—. Está bien, está perfecto. Gracias. No tardaré y… ¿podemos desayunar juntos? —agregó, irremediablemente en forma de pregunta.

Scorpius se lamió los labios y se aclaró la garganta.

—Sí, claro.

—Ok.

—Bien.

Al se fue al baño, intentando ignorar su desnudez y la mirada calculadora de Scorpius.

Harry se paró en las ruinas de Burgin and Burkes, en lo que algún día había sido el Callejón Knockturn, y desde ahí miró hacia el fondo del callejón. Había llegado ahí en busca de cualquier pista sobre su hijo porque un testigo había asegurado haberlo visto caminar al fondo del callejón Diagon, tras lo cual no había otra cosa que ruinas donde se suponía que hacía años no había actividad comercial alguna. O eso era lo que el Ministerio había creído.

No obstante, cuando uno entraba solo al callejón Knockturn, bajo la protección de multijugos y sin una bandada de aurores a sus espaldas, la perspectiva era muy diferente. En el silencio de la noche se podían escuchar los murmullos de compradores y vendedores escondidos tras las paredes destruidas y bajo techos caídos. En la oscuridad, apenas se distinguían las sombras de los que entraban y salían del callejón por una entrada que Harry no conocía y que estaba seguro de no haber visto en los planos oficiales.

Y ahí estaba, en las narices del Ministerio, el callejón de artes oscuras que habían pensado extinto. Ahí estaba también, si sus ojos no lo engañaban, la fuente de pociones y artefactos oscuros de contrabando que habían intentado rastrear sin éxito. En el mismo lugar que antes. ¿Por qué se habían confiado todo este tiempo de que aquel lugar estaba más que muerto?

Obviamente los traficantes estaban un paso (o un kilómetro) por delante de ellos. Ocultándose en el lugar más obvio, escondiéndose a plena vista…

Una anciana de dientes verdes se acercó a él y lo miró de pies a cabeza.

—¿Qué busca? Tengo de todo —le dijo.

Por un momento, Harry se quedó pasmado, pues había llegado hasta ahí sin un plan real. Afortunadamente, tras años de trabajar con los aurores y haber visto cosas horribles en la guerra, tenía una idea de qué podía pedirle a la anciana que no tuviera. Para poder largarse de ahí sin sospechas.

—Polvos de muerte y resurrección —dijo, con su voz prestada.

Era un veneno horrible que le quitaba vida a una persona para darle unos años más a otra. Sólo lo había visto una vez, en el caso de una viuda extranjera, y no quería volver a verlo en la vida.

La anciana frunció el ceño.

—Eso explica por qué estás disfrazado, nadie viene aquí tan campante a pedir esas cosas —respondió y lo miró de pies a cabeza nuevamente, evaluándolo como cliente potencial—. ¿Tienes con qué pagarlo?

Harry asintió contundente; sólo esperaba que no le pidiera pruebas, porque no es como si anduviera por ahí con una bolsa de galeones.

—Entonces vuelve después del domingo.

—¿Después del domingo?

La anciana asintió.

—Sé de alguien que puede conseguirlo, pero sólo después del domingo.

—Bien, regresaré. ¿Cómo te encuentro?

—Yo te encontraré, nene —le dijo la anciana.

Harry asintió y prácticamente salió corriendo de ahí.

Sólo después del domingo. Ocultándose a plena vista…

Estaba dando vueltas sin sentido por las calles muggles y pensando una y otra vez en lo mismo, cuando Hermione le llamó al celular. (Ahora era común entre los magos usarlos, importando de Japón los aparatos especialmente adaptados a la magia que, aunque caros, eran esenciales para la comunicación.) Tenía una línea para los aurores, pero su amiga le estaba marcando a su línea privada.

—¿Herm?

—Harry, encontraron la varita del desconocido —le dijo apresuradamente.

—¡¿Qué? —preguntó en un grito en medio de la noche— ¿Y por qué no me han avisado?

—Porque no quieren que lo sepas —susurró.

—¿Por qué?

Hermione respiró del otro lado de la línea.

—Porque no están seguros de cómo vayas a reaccionar.

Harry tragó en seco y de pronto imaginó todos los escenarios posibles. La varita tenía sangre de Albus. O peor, el último hechizo era un avada. O la habían encontrado con el cuerpo de su hijo… o… No, aquello era imposible.

—¿Están seguros de que es suya? ¿Es una de las que les robó a los aurores?

—No —respondió—. No, Harry. Es su varita. La que perdió al principio. Peinaron la zona donde encontraron al desconocido y descubrieron que su cuerpo había sido movido hasta ahí, quizás por alguien que no quería que supiéramos de dónde había salido realmente…

—¿Dónde? —preguntó Harry sin aliento.

—Lo encontraron en Hyde Park, ¿recuerdas? Pudieron seguir el rastro hasta Green Park. La varita estaba ahí.

—¿Albus…?

—No, no lo encontraron, ni tampoco rastros de él.

—¿Entonces por qué pensaron que me alteraría si me informaba de esto? —preguntó, frustrado—. No estoy alterado, estoy calmado y pensando qué puede haber oculto en esos parques y en qué lugar exactamente…

—Harry —dijo Hermione—. No es una varita común, no de las que usan los magos en Inglaterra desde hace siglos, no está hecha por Ollivander ni por ningún otro fabricante de varitas que…

—Lo sé, Herm —susurró él—. Hace mucho tiempo que he dejado de ser complaciente con este asunto. Sé que son ellos, los desaparecidos. Y sé que Al está con ellos.

Hermione jadeó, sorprendida.

—Bien —dijo—, bien —como intentando calmarse—. Hay algo más. Dos cosas, en realidad.

—¿Qué?

—La varita era un trabajo artesanal muy personalizado —explicó.

—¿Y?

—Para el Ministerio es la prueba final de que están vivos… Tenía el escudo de los Malfoy.

Draco Malfoy, pensó Harry inmediatamente. Los Malfoys tenían a su hijo y, ¿para qué? ¿Cómo? ¿Estaban buscando venganza porque Harry no había podido hacer nada por ellos? ¿Tendrían compasión de su hijo porque de verdad lo había intentado? ¿Lo estaban protegiendo o lo estaban torturando? ¿Había ido con ellos porque Scorpius le había dicho algo…? ¿Se lo devolverían…? De todas las familias de los Desaparecidos que podían tener a su hijo esta era la que más lo desconcertaba porque NO LOS ENTENDÍA. Nunca lo había hecho, nunca había sabido realmente de qué lado estaban, si es que estaban de alguno o habían creado un lado aparte sólo para la familia.

Albus. ¿Dónde RAYOS estaba Albus ahora?

—¿Harry? ¿Estás bien?

—Sí —respondió al instante, intentando ocultar la preocupación que estaba rayando en histeria—. ¿Cuál es la otra cosa?

Hermione respiró profundamente.

—Sospechan que están ocultos en alguno de los parques porque encontraron varios dejos de huellas mágicas, pero no saben de dónde provienen exactamente. Van a alzar barreras sobre Kensington, Hyde, Green y St James's.

—Bien, si están ahí y Albus está ahí, van a dar con ellos…

—Van a secar los lagos y a cortar el paso del agua al lugar para comprobar si están escondidos ahí —interrumpió—. Creen que si su fuente de agua los abandona no podrán ocultarse por mucho tiempo. Los van a sacar de su escondite…

El corazón de Harry se aceleró.

—Así tengan que matarlos de sed —susurró.

Así Albus fuera un rehén y el primero al que dejarían morir de sed para salvarse ellos.

—No —respondió—. No pueden hacer eso, no si yo no lo permito.

—Por eso no querían que supieras, por eso te sacaron del caso…

— ¿Qué?

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Los comentarios son mi única paga. Y realmente lo único que me mantiene animada y escribiendo. Si no, mi pasatiempo sería hablar con mi almohada.