Capítulo trece

Habían pasado seis meses desde el incidente con Shampoo. Ante todo el mundo, la situación quedó como asesinato en defensa propia, y como testigo de Ranma, estaba Mouse.

Pero yo sabía la verdad, y ellos dos también. Sería el secreto que nos uniría de por vida, aunque no volvimos a ver al ex chico pato por Nerima, era parte esencial de nuestras vidas.

Después de eso recuerdo poco; los brazos de Ranma alrededor de mi cuerpo, alzándome como si yo no pesara más que una pluma. Luego el viento, reventando contra mi cuerpo, y su respiración tibia y asustada contra mi rostro. Finalmente, negro.

Cuando abrí los ojos, ya llevaba cuatro días en el hospital, y toda la familia había vuelto. Por supuesto, el primero a quien vi fue a mi prometido. Y ahora sí era mío, porque nadie podía decir lo contrario después de que fui yo quien le pidió matrimonio.

Estaba ojeroso, pálido, pero simplemente perfecto. Sus ojos centellaban como nunca antes, en su expresión había paz y una alegría contagiosa al verme regresar de la muerte una vez más, y salir victoriosa. Mi hermoso Ranma, una vez más, era sólo Ranma.

La bestia se había ido.

Ahora estaba seguro de mi amor por él, y yo del suyo.

Lo primero que me dijo cuando me desperté fue que lo sentía, una y otra vez, como un mantra.

-Fue mi culpa esta vez –le dije desde mi incómoda cama de hospital-. No tienes porqué sentirte responsable.

-Fue bajo mi guardia, para variar.

-Ranma… Si te vuelves a sentir así, te juro que no podré soportarlo. ¿Quieres eso?

-Nunca.

-¿Entonces?

-Akane… -se acercó a mi oído, y con su voz de terciopelo, tan armoniosa, me lo dijo al fin-: Te amo.

Nunca me vi ni me sentí más bonita que cuando Ranma me dio el anillo de compromiso, para mi fue como la gloria. Lo llevaba todo el tiempo, y me encantaba presumirlo a quien lo viera o preguntara. Ir por las calles tomada de la mano del mejor hombre sobre la faz de la Tierra, era un sueño hecho realidad, y una bendición.

Me siguió celando, creo que eso nunca cambiaría, o nunca lo hará. Peor ya no era un salvaje sediento se coraje, y volvió a controlarse como el artista marcial que en realidad era.

Seis meses habían pasado apenas, pero ya era mío, y con esa seguridad me di cuenta que siempre lo había sido. Siempre, desde un principio. Fueron sus ojos profundos y transparentes, su risa sensual, sus suaves cabellos, su cuerpo sin imperfecciones, y él. Todo lo que él era, lo que representaba, todo eso me robó el corazón cuando apenas tenía dieciséis años.

Mi prometido, al fin.

Y en esto estaba pensando mientras lo admiraba secretamente bajo el marco de la puerta del dojo, observándolo intensamente en su entrenamiento diario, anhelando cada músculo, cada centímetro de su piel delineado por franjas de luz que se extendían por toda la estancia. Acorde con su respiración pausada iba mi corazón, que era suyo por completo hasta el día de mi muerte.

-Eres la más hermosa mujer que conozco –me dijo una tarde, frente a su millar de seguidoras, y luego me besó.

Si, era justamente así como me sentía.

-¿Estas espiándome? –preguntó deteniéndose de pronto y sacándome del ensimismamiento. Me sonrojé al punto de parecer una manzana, y no supe que decir o hacia dónde correr.

Era espectacular lo que tenía delante de mi, él era, sencillamente, irreal. Respiré profundo y me tragué la pena, entré al dojo con paso seguro.

-Sólo tenía una duda –respondí-. ¿Ya sabes la fecha de la boda?

-Mañana –contestó con una sonrisa hilarante.

Solté una carcajada suave, y cuando estuve demasiado cerca de él, noté cómo se tensaba.

-¿Aún te pongo así de nervioso? –lo escuché tragar duro y luego negar con la cabeza una y otra vez.

-¿Nervioso yo? Te confundes.

-¿Ah no? –alcé una mano y la pasé por su pecho desnudo, él contuvo el aliento y yo sonreí-. Ya veo.

Inesperadamente me sujetó de la cintura pegándome a su escultural cuerpo, yo sentí que mis piernas se derretirían con la cercanía.

-¿Quién iba a decir que fueras tan sexualmente activa? –me miró con picardía y yo volví a sonrojarme. Tenía que salir de esa situación de inmediato, era media mañana y cualquiera nos podría ver.

-¿Cuándo nos vamos a casar? –insistí.

-Yo podría casarme mañana mismo, ¿qué no lo sabes? –se acercó peligrosamente a mi, las rodillas me temblaron delatando mi nerviosismo, pero sobretodo, mi deseo casi imposible de suprimir.

-Ya estoy completamente recuperada, no hemos tenido ningún encuentro desagradable con tus otras novias ni con los locos que me perseguían, justo como querías, por eso…

-Akane –lo miré intrigada-. Nos casamos en un mes, ya está arreglado todo. Me encargué personalmente -. Mi corazón cantó y bailó de felicidad ante sus palabras, sentí que toda mi vida le pertenecía y que no podía estar en mejores manos. ¿Era posible amar tanto? ¿Había niveles? Si así era, nosotros habíamos superado cualquier límite-. Ahora… -deslizó un dedo por una de mis mejillas, lo bajó hasta la barbilla y siguió de largo por todo mi cuello erizándome la piel. Llegó hasta mi escote y los primeros botones del vestido lo detuvieron. Me miró buscando mi aprobación y yo le regalé esa sonrisa que tanto adoraba, que yo sabía desde siempre que lo volvía loco, al tiempo que lentamente me desabotonaba el vestido, para que continuara su camino.

La pesadilla había terminado, y finalmente, era nuestro turno de comenzar a vivir en un sueño.

Esa era mi vida, y era perfecta.


Gracias a todos los que me leyeron y los que comentaron, me hicieron sonreír muchísimo.

Este es el final, porque hay que saber cuándo terminar las cosas.

Fue todo un gusto para mi.

De nuevo gracias.