Lo único que diré en mi defensa es que he tenido bastantes problemas para escribir las escenas de este capítulo. Todas, no se libra ninguna, es el capítulo más complicado de escribir de la historia hasta el momento.


Capítulo 31: Una amistad sin fronteras

Sora se había marchado con unos familiares hacía dos años.

Aquello era, al menos, lo que los adultos le habían contado a Riku cuando preguntó por Sora el día que su amigo dejó de venir a jugar. Era lo que le seguían respondiendo cada vez que preguntaba por Sora.

Riku no les creía.

No entendía lo que había pasado, pero sabía que algo pasó el día que Sora dejó de venir. Había demasiadas cosas que sino no tenían sentido. Para empezar, Sora nunca le había hablado de ningún familiar fuera de la isla, y Sora y Riku se lo contaban todo. Riku estaba seguro de que sabían tanto el uno del otro como lo sabían de sí mismos. Además, Sora no le había dicho que se iba, y Riku estaba seguro que, de haber sido así, habría pasado semanas consolando a su amigo antes de que se tuviera que ir. Y Sora nunca escribía. Riku sabía que Sora le habría mandado decenas de cartas al día, contándole cada tontería que le pasaba y preguntando por todo lo que le pasaba a Riku.

Sora había tenido cinco años al marcharse y Riku seis, pero eso no quería decir nada. Ellos dos eran especiales y se querían muchísimo, Riku no se creía que Sora fuese a olvidarse de él solo porque hubiese hecho nuevos amigos.

Riku había intentado escribirle a Sora, pero siempre que pedía su dirección le cambiaban de tema.

Y los padres de Sora aún estaban en la isla. Incluso si habían mandado a su hijo con un familiar deberían ir a visitarlo, pero no lo hacían. La madre de Sora lloraba, había estado llorando desde el día en que Sora se fue, y su padre estaba callado casi siempre.

Riku no entendía lo que pasaba, pero entendía que Sora no se había ido con unos familiares. Pero Riku conocía a su amigo, y sabía que volvería. Así que él lo esperaría. Hacía más de un año que había empezado a ir al colegio, pero no había hecho ningún amigo.

Por las mañanas, desde que se levantaba hasta que se iba al colegio, Riku esperaba. Cuando terminaban las clases y hasta que tenía que ir a cenar, Riku esperaba, y antes de ir a dormir seguía esperando.

Sabía que los adultos estaban preocupados, pero le daba igual. Cada día Riku iba a sentarse en la arena de la playa a esperar a que Sora volviera.

Porque Riku sabía que Sora iba a volver.


Ansem el Sabio se arrepentía de muchas cosas que había hecho a lo largo de su vida. Se arrepentía de haber acogido a Xehanort como discípulo, de haber sido tan ingenuo como para no darse cuenta de que sus apreciados discípulos, del mismo modo que varios de los guardias del castillo estaban trabajando a sus espaldas en un experimento extremadamente peligroso. Se avergonzaba de haberse dejado llevar por su orgullo y sus deseos de venganza, y de haber causado sufrimiento a tantas personas en su afán por destruir la Organización XIII. Pero no había habido ningún momento en que se hubiese sentido peor que cuando vio la mirada de la joven Aqua al escuchar su historia.

Que una persona con una fuerza tan grande como para resistir sola en aquel desolado y oscuro mundo durante tantos años, una persona con un corazón tan puro, lo hubiese mirado con semejante mirada de pasmo, casi de repulsa, había hecho que la culpa que comenzó a sentir al volver a encontrarse con Riku se multiplicase hasta sentir que casi desbordaba los límites de su destrozado corazón.

Aqua nunca le había increpado nada, y siempre regresaba de sus exploraciones en busca de una salida para comprobar que estuviera bien. Era una gran chica, y a Ansem le hubiese encantado poder ayudarla a salir de así para que encontrase a sus amigos, pero la otra vez que él estuvo atrapado en ese mundo había logrado salir con ayuda, aunque quien lo ayudó no se dio cuenta de ello. Mickey. Y Riku.

Unos pasos en la arena lo alertaron del regreso de la joven. Pero al escuchar con más atención se dio cuenta que se oían más que un par de pies andando.

Ansem el Sabio se giró y sintió cómo el mundo le caía a los pies al ver a Aqua acompañada de cinco incorpóreos. Entre ellos los que más habían sufrido a causa de su plan. Solo que sus auras habían cambiado, y donde antes hubo incorpóreos ahora había seres completos.

El hombre que había sido la mano derecha de Xemnas, Saïx, Naminé, Axel, Roxas y… La recordaba. La marioneta, número XIV, Xion.


Roxas había sabido de antemano que en la playa se encontraría con Ansem el Sabio, DiZ, y creía haber estado preparado mentalmente para ello. Supo que no cuando fue la mano de Axel en su hombro la que le impidió lanzarse a partirlo en dos con la llave espada como había intentado en la cámara donde Sora dormía. La mano de Axel temblaba, mostrando el gran esfuerzo que el pelirrojo estaba haciendo para contenerse él mismo, y su otra mano estaba en el hombro de Xion, que se había quedado blanca como el papel. Roxas estiró la mano por delante de Axel y cogió la de su amiga, apretándola para hacerle saber que no estaba sola.


Aqua notó el silencio incómodo que se apoderó de la playa en el momento en que la mirada de Ansem se cruzó con la de sus acompañantes, y comprendió que estaban a un paso en falso de un enfrentamiento.

-¿Cómo se abre el camino que utilizaron Sora y Riku?- Preguntó, esperando desviar la atención del hombre.

-A ellos se les abrió el portal gracias a una carta de Kairi.- Respondió Xion.- Pero creo que con la cantidad de llaves espada que tenemos aquí deberíamos poder abrirlo.

La chica miró a Roxas y a Aqua, que asintieron y los tres dieron un paso adelante. Levantaron la mano con la que empuñaban las llaves espada, y estas se materializaron. Un hilo de luz salió de cada una de ellas y estos chocaron en un punto cercano en el aire, provocando una explosión de luz que los forzó a todos a taparse los ojos. Cuando el destello inicial desapareció fueron abriéndolos de nuevo y vieron que, frente a ellos, se abría un portal compuesto en su totalidad de luz.

Aqua sintió cómo sus piernas temblaban al comprender que había pasado un siglo allí sentada, buscando una salida que había estado frente a ella todo el tiempo. Tuvo que emplear todas sus fuerzas para no dejarse caer al suelo llorando.

-Vamos.- Dijo, consiguiendo que apenas le temblase la voz.


Estaban a punto de cruzar cuando Xion se dio cuenta de algo y se detuvo, los demás parándose también. Miró hacia detrás, donde DiZ, Ansem el Sabio, seguía sentado en la roca de la playa, sin moverse.

-¿Y él?

Hubo un silencio incómodo, todos se miraron entre sí y fue Roxas quien habló al final.

-¿No vienes?

Ansem levantó la cabeza y ni la sombra de la capucha pudo tapar el brillo de completa estupefacción que apareció en sus ojos al comprender que estaban dispuestos a ayudarlo.

El hombre se levantó y los siguió a través del portal.


Ansem fue el último en salir del agua en las Islas del Destino. Cuando se hubo orientado de nuevo se dio cuenta de que los chicos estaban todos quietos mirando a un punto en la costa. Iba a preguntarles qué sucedía mientras giraba la cabeza hacia allí, pero las palabras murieron antes incluso de salir.

El hombre sintió cómo lo poco que quedaba de su mundo se le venía a los pies al ver al niño sentado en la arena, con el cabello plateado ondeando por el viento y sus grandes ojos azules parpadeando confundidos ante la visión de siete personas saliendo de la nada en medio del agua.

Ver a Riku fue como la última bofetada que probaba todos los errores que había cometido en sus últimos diez años antes de caer al mundo de la oscuridad.

Continuará