Disclaimer: Soul Eater y sus personajes no me pertenecen.

Supongo que ES necesario que diga que quiero que comentéis para que lo hagáis… Jeje, bueno, tranquilos. No soy de esos que se ponen en plan: "no review, no chapter", así que creo que con sólo deciros que me gustaría que comentarais será suficiente.

Me está costando bastante hacer la historia y acordarme de cada pasaje; así como de recopilar información y adecuarla al fic, por lo que a lo mejor tarde un poco más en actualizar, pues necesito hacer guiones sobre cada capítulo y así acordarme.

Sin más dilación, seguimos.

Segunda virtud

Murmullo que palpita. Voz amable.

Luc empezó a recordar el rostro de Dana cuando la vio por última vez. Estaba aterrorizada. Ni siquiera podía gritar del miedo que estaba pasando, y él no era menos. Sin embargo, al percatarse de la situación en la que se encontraba el país entero, y al escuchar los gritos de batalla de los invernales contra los primaverinos, se prometió que, cuando tuvieran la ocasión de contraatacar, la aprovecharía al máximo para hacerles pagar lo que hicieron a su vida y a su patria. Pero sobretodo, lo que probablemente le estén haciendo a su amiga.

Acordarse de que él no pudo hacer nada le hacía sentirse, aparte de inútil, un estúpido. Golpeó el suelo terroso del refugio de la casa Albarn con rabia llorosa. Crona, al verlo arrodillado en el suelo con Irria yaciendo frente a él, como si estuviese tratando de contactar con ella, se le acercó. Vio cómo caía una diminuta lágrima de uno de sus ojos, y le abrazó con amparo. Ella también se encontraba así. No habían vuelto a tener noticias del mundo exterior desde que Kim los dejó para buscar a su pupila. Había pasado muchísimo tiempo, casi un día. Ellos habían dormido en las camas que la habitación les proporcionaba, sin demasiado éxito debido a los nervios, así como se habían alimentado de los víveres almacenados por los sirvientes de la casa.

No habían cerrado del todo la compuerta de ése sótano, pues esperaban que el señor Spirit y la directora Azusa llegaran con más gente… o al menos supervivientes. De pronto, se escuchó un a serie de golpes y estruendos sobre sus cabezas. Miraron hacia arriba algo asustados, mientras les caía un poco de polvo encima.

-Seguramente hayan entrado – dijo Luc tomando a Irria alerta y secándose las lágrimas.

-Un momento… – Crona le apremió levantándose.

Ese habitáculo que conectaba con las catacumbas de la ciudad estaba lleno de raíces de las plantas del patio superior, por lo que trató de pedir a alguna de las más grandes y viejas que les contara lo que estaba pasando. Crona colocó su oído en ella y la acarició.

-Vamos, no seas tímida – dijo tranquila.

Finalmente pudo escuchar lo que la planta le decía que podía ver arriba. Por lo visto, ella y todos los demás árboles y flores habían muerto de hipotermia, pero los recuerdos de la que hablaba seguían vivos. Crona sintió pena por ellas, y odio a los que los invadían en esos momentos, aun así tuvo que controlarse: esas sensaciones no la permitían oír bien. Lo único que llegó a comprender fue que en ese momento había una pelea encima de ellos, pero que estaba muy desigualada. Al despegar su oreja, tuvo un mal presentimiento. ¿Serían los supervivientes que trataban de llegar? Un sentimiento de angustia se apoderó de ella y quiso ir a investigar.

Antes de que pudiese salir por la redonda y blindada puerta de piedra y diamante, Luc la detuvo, aún con los ojos rojos.

-¿A dónde vas? ¿Qué está pasando?

-Voy a ver qué pasa. Arriba hay una pelea – dijo tomando su parasol, Medea.

-¡No! ¡No podrás hacer nada si vas sola! Y dudo que mi ayuda sirva de algo.

Crona iba a responderle al tiempo que trataría de irse, pero entonces un peso gigantesco aporreó el portón. Resonó durante un tiempo, y ellos, paralizados pensando que les habían encontrado y que conseguirían abrirla, se sobresaltaron. Al oír cómo los mecanismos eran usados, se pusieron en guardia. Pensaban enfrentarse a cualquier cosa que apareciese, no estaban dispuestos a acabar así tras haber pasado por todo aquello. No sin Dana.

Cuando, finalmente, la puerta rodó para un lado abierta, se empezó a escuchar un griterío de gente. Aquella que accionó la compuerta no era otra que la directora Azusa, seguida de un auténtico regimiento de personas exhaustas.

-¡Sacerdotisa! – saltaron al verla en su estado.

-Yo estoy bien, ¡ayudad a los demás! – su voz denotaba rabia y mal humor.

Entró en el refugio liderando una marabunta de gente. Tanto ella como los demás estaban muy heridos: algunos con sangrados superficiales y otros con auténticas laceraciones de batalla, pero el que peor pinta tenía era Spirit, que era llevado por dos personas más, al verse incapacitado para andar. Los recién llegados se dirigieron, entre gemidos y quejidos de dolor a los lugares de descanso para que alguien, quien pudiese, les atendiera sus daños. Crona y Luc fueron directos al padre de su amiga.

-¡Señor – exclamó Crona –, ¿qué ha pasado?

-Se encargó de todos los enemigos él sólo para que saliésemos lo menos heridos posible. Ya veis cómo ha acabado – explicó uno de los jóvenes que le soportaban.

Se encontraba exhausto y tiritando. Sus piernas estaban completamente cubiertas de escarcha y el resto de su cuerpo lleno de heridas.

-El… transmisor… – balbuceaba mientras le llevaban a una de las camas.

Berio, el profesor de la academia, se acercó al recostado Spirit y empezó a pasar sus manos por encima del cuerpo de éste. Inmediatamente comenzó la curación de tejidos dañados.

-¿Tan fuertes eran? – preguntó Luc a Azusa, que se encontraba junto a ellos – ¿Y qué los ha hecho retrasarse un día entero?

-Tuvimos que, aparte de pelear, ayudar a tanta gente como fuese posible. No sabéis cómo ha quedado todo después de las oleadas… – su voz estaba tintada de tristeza – Pero, además, el señor Albarn necesitaba buscar algo en una nave enemiga.

-Ella y yo le acompañamos, por lo que apenas tuvimos problemas para acabar con los que se encontraban allí. Los que recogimos se escondieron y estuvieron a cargo de… – Berio comentó con su habitual expresión de ojos tristones, pero fue interrumpido por alguien que se acercaba por detrás.

-A mi cargo.

Excepto Berio, los otros tres se dieron la vuelta y se encontraron con Jaqueline, que les miraba entre orgullosa y desfallecida. Crona la notó distinta, sin embargo.

-Y no, no penséis que fue tarea fácil.

-Nunca lo hemos dudado – Luc fue tan tosco con ella como de costumbre.

-Ha salido muy mal parado, pero si no fuera por esto no conseguiríamos salir de esta situación – sacó del interior de su quimono un aparato del tamaño de su mano con una especie de fluido azulado en su interior –. Según Spirit, es capaz de localizar y contactar con otras máquinas como ella, pero sólo él sabe usarla.

Miraron el artefacto de acero con curiosidad, desde luego era de fabricación invernal, y dudaban de sus propiedades mágicas.

-No lo entiendo – confesó Crona –, ¿de qué nos va a servir?

El silencio que siguió dejaba claro que nadie de los presentes lo sabía. Jaqueline se sintió arder de frustración. Una de las muchas cosas que odiaba era que la dejaran en vilo, y, por lo tanto, esperar. Se fue con paso airoso dejando el transmisor en una mesa de mármol. Berio la siguió, ya había terminado con Spirit y tenía que atender a los heridos. Los demás se quedaron junto al durmiente, esperando a que despertara. Sentían lo que parecía ser un brote de desesperación en sus pechos. Algo que los oprimía. Algo que les decía que todo esto no iba a terminar pronto, y que, por mucho que se esperanzaran, tendría consecuencias más allá de la guerra. Lo siguiente fue una oleada de cansancio.

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El mar estaba picado, y el cielo lleno de nubes. Parecía que fuera a llover, sin embargo Kim afirmaba que el tiempo se quedaría así durante todo el día. Que ella lo sabía.

El puerto de Lone era un mundo completamente nuevo para Dana. Las casas de piedra y madera que se fundían con el grisáceo color del cielo parecían estar muertas de aburrimiento. El paisaje natural, sin embargo, contaba con árboles blanquecinos, nudosos, bajos y con hojas de tonos rojizos, amarillentos y verdes; al igual que la hierba. Esto daba una sensación reconfortante de luminosidad a la monocromía. En la Primavera todo estaba lleno de vida, incluso los edificios, pero aquí no. Era como si el suelo que pisaba se hubiera callado de pronto. Sintió un escalofrío recorrer su espalda y brazos, que frotó para calentarlos. Wings y sus padres hablaban con el jefe del puerto, negociando el pago de atraque para su casa y la inserción de un inmigrante al país. Parecían tener problemas para lo último, pero ella pensó que quedarse ahí con ellos solo causaría más tensión. Por ello prefirió ir con Kim a mirar el océano desde el pantalán.

No había mucha gente en el pueblo, sólo pescadores y los comerciantes junto a sus compradores. Ninguno de los otros muelles de atraque para naves de aire o barcos parecía estar ocupado, lo que le dio a Dana una imagen del Otoño algo cansada. También se fijó en las diferencias con su país: aquí la ropa era mucho menos ceremoniosa, colorida o larga. Las personas parecían tener una desconfianza desmesurada a los extraños, las largas y discretas miradas que la habían dedicado lo delataban. Todo estaba muy bien organizado, con una perfecta simetría y control, incluso la estructura de las calles, que eran tan rectas, anchas y estaban tan limpias como un obelisco a Pheme. Otro punto eran los rasgos físicos de los otoñales: la mayoría eran de piel ni muy pálida, ni muy morena, eran una especie de mezcla. Sus ojos tenían una expresión adormecida y sus serios rostros compaginaban con sus diminutas bocas. Tras muchas otras diferencias analizadas, Dana se deprimió. Un entorno tan gris era abrumador para ella, pero por otra parte se sentía como en casa: ambas sociedades parecían estar educadas en la disciplina. Suspiró, al menos en la Primavera se sonreía más.

Alguien le posó su mano en el hombro, sobresaltándola y haciendo que Kim también pegara un saltito en su cabeza.

-Eh, que soy yo – Liz la sonrió –. ¿Y bien? Monótono, ¿verdad?

-Siempre pensé en este lugar como un continente muy bonito…

-Comprendo que ahora creas todo lo contrario, pero no todos somos así de austeros, y no toda la península de Ìlo así de fea – Dicho esto, apoyó su espalda y codos en el muro de piedra que daba al mar –. Tranquila, Lone no es, ni por asomo, un foco de cultura nativa. Ya verás la capital y los bosques. ¡Y las montañas! Oh, las montañas… Aquí solo estamos de paso.

-¿Por qué? – Preguntó Kim.

-Necesitamos un aparato extranjero, y este pueblo, aunque no lo parezca, tiene una buena circulación mercantil internacional. Además, estamos esperando a un amigo.

Dana se preguntó a sí misma si iban a seguir con tanto misterio. Habían sido muy amables, pero necesitaba saber con urgencia qué iba a ser de ella. Como si la hubiesen escuchado, Wings y Kid se acercaron.

-Tenemos el atraque para la casa gratis hasta que oscurezca – anunció Kid –. No nos retrasemos más.

-¡Vamos, Dana! ¡Tenemos prisa! – dicho esto, Wings tomó su mano y la llevó con él corriendo.

Se dirigían a la plaza central del pueblo, que quedaba un poco más al fondo de la larga calle principal. Una vez allí, Dana pudo ver que la actividad de los aldeanos aumentaba. Los pescadores traían sus logros a los tenderos, que, esta vez, se movían con más agilidad y griterío que los del muelle. Lo mismo pasaba con los compradores, que seguían mirándola con timidez. Unos cuantos niños que jugueteaban esquivando a la escasa muchedumbre se quedaron mirando a Wings, que los saludó alegre sin dejar de andar. Kim y su alumna se dieron cuenta de que, excepto para los niños, ellos tres eran como desconocidos para los habitantes del lugar, por muy pertenecientes a las altas esferas que fuesen.

-Es extraño – Comentó –. En la Primavera acostumbramos a tratar a los de las altas clases con mayor reconocimiento, si es que se dignan a mezclarse con nosotros en la calle. Sin embargo a vosotros os ven como alguien más.

-Somos algo menos tradicionales que vosotros – Explicó Kid –. Nos basamos en lo objetivo, creemos que toda persona, sea de la clase social que sea, es tan humano como tú o como yo. Por eso no les sorprende vernos por la calle en un pueblo tan alejado de la capital. Porque, al fin y al cabo, para eso están las calles. Para usarlas, ¿no?

Su filosofía también era difícil de comprender, pero Dana la vio bastante lógica. Aun así, decidió saciar su curiosidad sobre los niños que jugaban.

-Pero los chiquillos no dejan de mirarnos con atención – Comentó.

-No sé por qué, pero les gusto mucho – Wings se giró encogiendo los hombros –. Pero supongo que tampoco están acostumbrados a extranjeros.

Pararon en frente de una casa al otro extremo de la plaza. La puerta contaba con un enorme picaporte, que, a pesar de verse roñoso y viejo, hizo a Kid forcejear para accionarlo. Por lo visto era una especie de bar. Nada más entrar, pudieron ver el enorme salón del estilo de la casa de la familia, lleno de redondeadas y pequeñas mesas de madera con sus taburetes alrededor, al igual que la barra. Más adelante, y si se escrutaba entre la gente que bebía, se lograba ver un lugar de baile, de donde salía una alegre y pueblerina melodía de instrumentos de cuerda y viento. Todo esto iluminado por unas lámparas de aceite que daban un aspecto aun más reconfortante al lugar. El olor a una bebida alcohólica desconocida para Dana era patente.

Ella torció la boca. Nunca había estado en un lugar así, al menos con gente de ese estilo y con música tan poco conocida. La tranquilidad con la que personas de una clase social tan alta, como Kid y su familia, podían actuar aquí volvió a dejarla boquiabierta. Kim revoloteó frente a ellos antes de que pudieran continuar, alterada por el ensordecedor sonido. Tuvo que gritar para que se la oyese.

-¡¿Se puede saber dónde ven ustedes un ambiente de intercambio económico aquí? ¡Esto es un antro!

-El propietario también es vendedor de mercancías extravagantes. Es el mejor del lugar, y amigo nuestro – Dijo Liz –. Vamos, por aquí.

Las llevaron a la barra, donde una ancha y desaliñada mujer les atendió.

-¿Desean algo? – Preguntó con rutina, pero al ver de quién se trataba, rectificó –. Ah, son ustedes. Pasen, pasen.

Abrió una puertecita de un extremo de la alargada mesa. Una vez tras la barra, les llevó a la trastienda, que estaba sumida en un ambiente muchísimo más tranquilo. Al cerrar la puerta, el silencio reinó. La habitación en la que se encontraban estaba llena de estanterías a rebosar de libros. Mesitas del mismo tipo que las anteriores valían de soporte para los clientes, que acompañaban su estudio o lectura con alguna bebida. Dana y Kim se quedaron anonadadas, parecía otra dimensión. Habían oído hablar de la pasión de los otoñales por la lectura y los conocimientos, pero jamás se habrían imaginado una biblioteca dentro de un lugar de ocio y alcohol. Ante su sorpresa, la mujer comentó en bajo:

-Insonorización, chicas. Nosotros la creamos y exportamos al mundo. – Se dirigió a los mayores –: ¿quieren ver al jefe?

-Sí, Uya – Respondió Kid –. Quisiera recoger lo que en cierto día traje.

-Sin problema.

Todo lo que la mujer decía era traducido a las dos por Wings, que trataba de hacer lo menos aburrida posible la tarea. Siguieron a Uya al fondo de la amplia sala, donde se veía el escritorio de un hombre ocupado, escribiendo a una velocidad vertiginosa, consultando guías y tomos enormes. Atusándose las gafas y rascándose la barba que ya empezaba a molestar. Kid posó sus manos en la mesa de estudio, esperando una reacción.

Al ser desconcentrado, el hombre se levantó molesto, pero cuando vio el rostro de su invitado, se alegró enormemente. Tras saludarse con abrazos y risas, que increíblemente fueron ignoradas por los lectores, empezaron a conversar en otoñal, olvidándose de Dana y Kim. Wings pensó que traducir lo que decían sería inservible, por lo que hizo como si nada.

Esta vez en primaverino, Kid presentó a las dos.

-He oído hablar de vuestro problema, pero no sé los detalles – Dijo él en el mismo idioma, para sorpresa de la chica –. Me llamo Daqo Higher, encantado, Dana.

Su larga, greñuda, sucia y negra melena le hizo ver que no era alguien muy preocupado. Era alto, como todo otoñal que se precie, y su amoratada cara debido a las escasas horas de sueño le hacía parecer un globo. En resumen: su imagen dejaba mucho que desear.

-¿Vienes a por tu aparatito? – Preguntó a Kid – Lo tengo justo aquí.

Empezó a rebuscar en uno de los largos cajones de la mesa.

-¿Estáis seguros de que está bien que nos lo dé delante de toda esta gente? – Inquirió Dana a Liz por lo bajo.

-Desde luego. Verás, a esta sala vienen únicamente los que se quieren abstraer del mundo con los libros. Cuando abren uno, todo lo demás carece de importancia o sentido.

Eso estremeció a la muchacha. Se dio cuenta de que, verdaderamente, el mundo fuera de su tierra era fascinante y al mismo tiempo terrorífico. Finalmente, Draqo encontró lo que buscaba. Lo posó encima de su escritorio, satisfecho.

-Voilá. Tal y como me pediste: sin ningún rasguño o signo de forcejeo. Reprimí mi curiosidad, y sabes lo mucho que me cuesta hacerlo.

-Gracias por tu confianza – Kid lo tomó, frío.

Dana se fijó en el tan preciado objeto. Estaba hecho de un metálico material, tenía forma circular y, a través de unos cristales, se podía ver un azulado líquido fluir. No tenía ni idea de qué era.

-¿Qué es? Se me olvidó por completo… – Wings estaba igual de desconcertado.

-Un transmisor de ondas audiovisuales. Cortesía del Invierno durante nuestra última guerra.

-¡Entonces ya es viejo!

-Pero su potencia no ha disminuido, créeme.

-Bien, muchas gracias de nuevo. Debemos irnos –. Kid guardó el transmisor en su zurrón.

-¿Por qué tanta prisa? ¿No queréis una bebida o algo? Kid, no nos vemos desde hace… dos días… – Draqo suspiró con sumisión –. Está bien, no podéis perder tiempo.

-Sabía que lo comprenderías – Kid le abrazó de nuevo –. Puede que no vuelva hasta pasado un tiempo, ¡pero lo haré!

-Adiós, señor Higher – Se despidió Dana.

Una vez el grupo entero salió de la biblioteca al griterío de la taberna y la calle, Uya se acercó a su marido.

-¿Será ella la…? – No siguió, no estaba segura.

-La misma – Respondió Draqo volviendo a su tarea de administración.

-Por Eos… – Se santiguó en el nombre del Gran Espíritu, deseándola lo mejor.

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Todavía no habían recibido la visita del que esperaban y estaba oscureciendo. "Su nombre es Justin Law", mencionó en una ocasión Kid, "Y es el jefe del Consejo General de Justicia, además de un viejo amigo de mi familia". Llevaban horas en la casa nave, horas que fueron aprovechadas para hacer un poco de exploración en ella. Aparte de la enorme sala de reuniones, la habitación de Wings y las de invitados en el largo pasillo de estribor, idéntico al de babor, también estaba el dormitorio de los padres, la enorme cocina, otra sala de estar y el balcón principal en un pequeño ático; donde se encontraban Liz, Wings, Dana y su profesora. Observaban el horizonte: por el norte (a su izquierda) escabroso y lleno de montañas, por el este y el sur (frente a ellos y a su derecha) todo llanura amarillenta tapada por la niebla, y, finalmente, por el este (tras ellos) el océano.

Liz fumaba un puro apoyando su espalda en la barandilla, mirando el mar; pensativa. Wings y Dana estaban sentados en esa baranda, mientras que Kim se paseaba por ella, aburrida.

-Mira – Wings señaló a la sierra nevada y casi cubierta por las nubes –, por ahí se va a la capital, Sträto. Nosotros vamos a sobrevolar esos picos, si es que al señor Law le da por aparecer, pero normalmente se usan los puertos que los atraviesan para pasar.

-¿Cuánto se suele tardar en pasarlos por encima? – Preguntó curiosa.

-Una hora, más la otra hora y media que nos llevará llegar a Sträto respetando los límites de vuelo.

La cara de la chica reflejó su desilusión. No hacían más que demorarse y todavía le faltaban dos horas y media para saber de su padre. El transmisor les permitiría contactar con la Primavera, donde había otro, pero; por lo visto, se les había prohibido investigar sobre el ataque a su continente hasta que se encontraran con Shinigami. Era como si el Otoño ya supiera que todo eso iba a pasar, aunque ella fuese rescatada por un golpe de suerte. Se sintió frustrada. La ira empezó a fluir dentro de ella y estuvo a punto de golpear la barra cuando su acompañante la hizo reaccionar.

-Aunque no lo creas, toda esa niebla viene del Surtur. Ese río que baja de la cordillera.

-¿Ah, sí? – Apenas le hizo caso. Se había relajado, pero seguía enervada en el interior.

Liz acabó de fumar su puro y lo dejó caer por la borda. Se acercó a los tres y sacó una especie de catalejo. Wings lo miró ilusionado y se apoderó de él enseguida. Mientras miraba a través, sonreía maravillado girando sus engranajes. Su madre explicó a las chicas:

-Se os veía tristes y cansadas. Mirad a través de ello, os gustará.

Obedeciendo, Dana lo tomó intrigada y Kim se posaba en su hombro. Colocó su ojo en el monóculo y lo que vio la dejó pasmada. Un auténtico espectáculo de luces y figuras danzantes tenía lugar delante de ellos. El cielo se cubría de siluetas brillantes, casi transparentes, que se entrelazaban, volaban, bailaban y saludaban a sus espectadores para volver a empezar con los tan naturales pasos. ¿Qué serían? Kim no parecía asombrada, de hecho gruñó sonriente cuando supo a qué se debía tanto revuelo.

Dana supuso que se trataría de algún tipo de espíritu del viento, sin embargo, la explicación era distinta.

-Es un fenómeno atmosférico que solo tiene lugar en estas tierras del continente. Los habitantes de la llanura lo llaman nustril, nosotros, los de las montañas; nostl.

-Aún no se ha averiguado cómo y por qué se forma, pero se cree que tiene que ver con los silfos – Dijo Wings.

-Es precioso… – Dana se olvidó por unos instantes de todas sus preocupaciones.

En ese momento, Kim había pasado a sentarse en la salida de un tubo de comunicaciones en la pared de la terraza. Y para su desgracia, Kid empezó a hablar por él, sobresaltándola:

-Bajad ya, Justin ha llegado – Anunció.

-¡Por fin!

Dicho esto, Wings se fue corriendo al recibidor. Las chicas se quedaron un momento, asombradas por la energía del muchacho.

-¿Es siempre así de…? – Kim no encontró el adjetivo.

-¿Inquieto? Sí, e hipersensible – Liz parecía decir eso con un adorable gesto materno.

Bajaron las escaleras de caracol de la terraza, al llegar a la sala de reuniones, pasaron por el dormitorio de Kid y Liz para más tarde alcanzar el hall de la morada, habiendo atravesado el largo pasillo. Allí se encontraban el padre de familia con su hijo y un hombre con una larga y austera vestimenta. Su porte al hablar era de continua educación, simpatía y reverencia. Tanta pompa en una sola persona le recordó a Dana el respeto con que siempre debía dirigirse a ciertas personas en la Primavera.

Al percatarse de la presencia de las tres, Kid sonrió y señaló a Dana con la mano. El señor Law la recibió con una amplísima sonrisa en su boca y un estreche de manos muy acalorado. A pesar de su apariencia, era una persona bastante, o incluso demasiado amigable.

-Por fin nos conocemos, chica. Me llamo Justin Law, pero probablemente ya te hayan hablado de mí. ¿He de pensar que esta hada es amiga tuya? Si me permites el atrevimiento, te diré que sus destellos resaltan el pálido tono de tu piel. Probablemente estés deseosa de ir ya mismo a la capital, pero antes deja que…

-¡Diantres! ¿Es que no piensa callarse nunca? – Saltó Kim, alterada, como casi siempre.

-¡Kim! – Su aprendiza la reprendió.

-¡Qué!

-No, tiene toda la razón – Concedió Justin –. Muchas veces no recuerdo que ya no estoy sentenciando o dando una charla a algún delincuente o mis superiores.

-No se preocupe, yo me llamo Dana Albarn.

Él miró a Kid mientras decía:

-Debemos irnos ya, su padre necesita urgentemente su presencia y la de la chica. Y creo que ella también la suya.

-Vámonos a mi cuarto. Tengo una cama de invitados debajo de la mía, y probablemente quieras descansar los pies de tanto esperar – Dijo Wings a Dana.

Ella y Kim le siguieron. Una vez en su habitación, la casa empezó a temblar. Miraron por la ventana para observar el despegue. Cuando se encontraron sobrevolando el país, Dana se encontró más aliviada. Ya estaban de camino. Alejándose del cristal, pudo observar que Kim ya se había relajado también: se encontraba encima del escritorio, dormitando en una pequeña pila de ropa doblada. No parecía necesitar una manta.

Frente a sus pies, Dana pudo ver la cama nido de Wings. Él estaba cómodamente tumbado en la suya, leyendo lo que parecía ser una novela. La de ella era una más baja, pero plegable. Al verla, su cuerpo se sintió muy pesado. ¿Qué hora sería? No tenía forma de saberlo, pero tampoco le interesaba. Sólo quería abrazarse a la almohada.

Antes de que pudiese caer rendida, se percató de que no tenía pijama, que probablemente Wings no contara con uno para ella, y que, encima, ella se encontraba en la tesitura de tener que desvestirse allí mismo, en el pasillo o en la sala de reuniones. Y eso daría igual, porque acabaría siendo vista por Wings quisiera o no quisiera. Decidió preguntarle:

-¿No tendrás un pijama para mí, verdad?

Él, como si le hubieran pegado un berrido, se despegó de la lectura raudo. Cuando se levantó, abrió la boca para hablar, pero calló. Miró en derredor rascándose la cabeza.

-Pues no. Pero puedo dejarte el mío, si quieres.

-¡Oh, no! Seguro que no vale. Además, no quiero que duermas incómodo por mi culpa.

-Nunca lo uso, puedes estar tranquila. Mira, está como el primer día… a pesar del polvo acumulado.

Sacó del armario un pijama masculino de color grisáceo. En efecto, no había sido usado en su vida. Dana miró a su compañero con las cejas alzadas.

-¿Enserio duermes desnudo?

-No, eso en verano.

Prefirió no seguir. Tomó el pijama con agradecimiento. Esta vez sin pedírselo siquiera, Wings se dio la vuelta para darle intimidad. Ella fue desvistiéndose rápidamente. En el proceso, el chico se puso a canturrear una canción, para más tarde preguntar:

-¿Has terminado ya?

-Espera.

Una vez se abrochó el último de los botones de la camisa, le dio permiso para girarse.

-Ya estoy.

-Bien, pero una cosa: ¿habías visto a algún chico desnudo antes? – Preguntó sin darse la vuelta aún.

-Pues sí – A pesar de que la pregunta le pilló desprevenida y le dio que pensar, no lo demostró en su seca respuesta.

-Ah, vale. Mejor así.

Dicho esto, Wings se giró y empezó a quitarse la ropa con toda la tranquilidad del mundo. Dana le miró como empezaba a acostumbrarse: extrañada.

-¿Se puede saber qué haces?

-Ponerme mi "pijama".

Ya semidesnudo, la miró sonriendo. Ella sacó conclusiones, equivocadas o acertadas, pero las sacó, y no le gustaron nada.

-Oye, que apenas nos conocemos – Apremió ella.

-¿Y qué? No será tu primera vez.

Tenía razón ella. Quería hacerlo, y eso la deprimió muchísimo. Acababa de hacer un amigo que quería tirársela, eso deprimiría a cualquiera, en su opinión.

-Pero es que no quiero. No contigo, Wings.

-¿Por qué no? Tampoco será la mía.

-Ese no es el problema – Empezó a alzar la voz un poco, exasperada.

-¿Entonces? No me dirás que no estoy para comerme.

En eso no podía estar en desacuerdo. Era un muchacho muy guapo y en muy buena forma. Pero simplemente no podría hacerlo, y se debía a que no estaba en condiciones de hacerlo. Su país de origen acababa de ser invadido, maldita sea. Wings, por su parte, sabía que lo estaba pasando mal, precisamente por eso quiso distraerla de muchísimas formas a lo largo del día. Desde explicarle cada cosa nueva que veía en el Otoño hasta incluso contarle chistes. Ya que ninguno de esos métodos había funcionado, pensó en un último "ataque desesperado": echar un polvo. No le importaba para nada. Dana era una chica muy mona y mayor que él, justo como le gustaban, sin embargo se mostraba reacia.

-Mira, eres muy simpático y esas cosas. Si por mí fuera, aceptaría, pero es que no puedo, ni siquiera quiero.

-Pero te gusto – Insistió.

-Sólo un poco.

-A mí me vale.

-Pues a mí no, leches – El enfado comenzaba a notarse en su voz.

Él se encogió de hombros y extendió los brazos, medio sonriendo.

-De acuerdo, pues buenas noches. Ahora bien, seguiríamos siendo amigos.

Ella prefirió no responder, sólo miró cómo se metía en la cama y se arropaba, dándole la espalda. En unos pocos instantes, su respiración se reguló. Estaba dormido. Suspirando, Dana miró por última vez por la ventana. En ese momento ya era noche recién empezada, y ella se sintió confusa. Si iban a llegar a la capital en dos horas y media, ¿qué hacían yéndose a dormir? Como si hubiesen escuchado sus pensamientos: el interfono que comunicaba cada habitación con la sala de reuniones empezó a vibrar. Ella lo cogió rápidamente, para no despertar a los otros.

-¿Señor Death? – Dijo al cogerlo.

-Dana, espero no haberte despertado – Se trataba de Kid.

-No, pero iba a acostarme ahora mismo.

-Ah, perfecto, eso quería decirte. Que durmierais sin preocuparos, mañana despertaremos en Sträto, aunque lleguemos antes. Así que no te preocupes.

-De acuerdo, gracias – Con un escalofrío en su espalda por que hayan respondido exactamente a su respuesta mental, colgó.

Antes de meterse en su cama, arropó a Kim con la falda que le habían prestado. El colchón era cómodo, la almohada mullida y las mantas algo calurosas, pero sacó un pie fuera para refrescarse. En la cama de al lado dormía Wings, que sonreía en sueños. ¿Es que siempre estaba contento? Dana pensó en el como en un chico, no sólo muy raro, sino además rodeado de misterio. Y no era de extrañar, siendo hijo de un silfo, supuestamente.

Se colocó mirando hacia el techo. Pensó en su padre, en Crona, en la directoria Azusa, en el profesor Berio, en Luc… hasta en Jacqueline. ¿Estarían bien? En esos momentos deseaba más que nada los abrazos de su amiga, los ánimos de su padre y la risa de Luc. A él era al que más añoraba. Desde hace mucho tiempo sólo existió él, hasta que vino ese chico tan misterioso de su lado. Como bien dijo él antes, le gustaba un poco. "¡Pero muy poquito!", se decía a sí misma.

Empezó a sentirse incómoda en esa posición, por lo que se puso de espaldas a su compañero. Nada, seguía sin poder dormirse, y sabía muy bien por qué era. Llevaba muchísimo tiempo reteniendo su miedo, su tristeza, su añoranza y su deseo; y por eso lloró. Lloró con abundantes lágrimas. Muchas, muchas lágrimas por mucho tiempo. Eso sí, en silencio absoluto. Las convulsiones eran lo único que acompañaban en su mal momento. Se hizo un ovillo tras haber llenado la almohada de agua y empezó a girar. Terminó mirando a un ya despierto Wings, que la observaba muy serio y con los ojos entornados. Ella frunció el ceño sin decir nada. Se quedaron ambos en silencio, hasta que él torció la boca y dijo:

-¿Quieres un abrazo?

-¿Y tú un mamporro? – Respondió ella con la voz quebrada.

-No voy a hacer nada, ¿por quién me tomas?

Por unos instantes no respondió, hasta que finalmente asintió con la cabeza fuertemente. Él se deslizó de cama a cama para tumbarse a su lado y rodearla con sus brazos sin llegar a meterse entre las sábanas. Dana rompió a llorar con mucha más fuerza, esta vez gimiendo. Sus bajos, pero agudos grititos despertaron a Kim, que, al ver la situación, se lanzó a Dana para darle mimos.

-Ay, no llores, madre mía. Que entonces me pongo yo también fatal. Anda, venga, Dana, no te pongas así. ¿Por qué lloras?

-Por todo – Dijo entre sollozos.

Wings no lo comprendió, pero se hizo más o menos a la idea de que estaría agobiada por su situación. Kim, sin embargo, sabía perfectamente lo que le pasaba. Tanto viaje, tantas cosas que no sabe, tantas cosas nuevas… el pensar que a lo mejor no vuelve a saber de sus seres queridos. Todo ello hizo estremecer el corazón del hada. A pesar de haber vivido tantos años, pero tan pocos entre los humanos, todavía había cosas de ellos que la tocaban hondo. Como, por ejemplo, los fuertes y enormes lazos que pueden llegar a establecer entre ellos. Les hace sentir vivos, y al mismo tiempo les traen de cabeza. Las hadas sólo pueden llegar a sentir ese amor por la naturaleza, con la que siempre están. Hace tiempo que Kim conoce a Dana, y nunca jamás llegó a sentir un mayor afecto por ella que el de pupila, pero esto le esta haciendo sentir cosas nuevas.

-¿Quieres… que te enseñe a hablar con el viento? Cuando lo domines, el otoñal será pan comido – Eso fue lo único que se le ocurrió a Wings para distraerla de todo, pues sabía que no tendría consuelo con banales palabras de ánimo.

Sorbiendo sus mocos, secándose las lágrimas, ella le miró cansada. Él, como siempre, sonrió.

-Bueno…

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-Ahora respira lentamente.

Dana obedeció, aún temblequeando entre pucheros, por mucho que se hubiese relajado al sentir el viento entrar en la habitación. Se encontraban sentados en el suelo, bajo la ventana. Ella con la manta abrigándola, y él con su abrigo de piel sobre sus hombros, de nuevo. Kim estaba sobre el hombro de la primera, acariciando su mejilla. Habían empezado las clases justo en ese momento, cuando todavía quedaría más de la mitad de viaje. Wings decía que para entrar en contacto con la conciencia viva del viento se necesitaba tener, como mínimo, una formación mágica de un altísimo nivel, pero que, con su ayuda, sería pan comido. Él podía hacerlo por propia naturaleza. Por lo visto, ni siquiera él era capaz de hablar con los espíritus del éter, los silfos, así que la idea fue descartada. Llevarían intentando conversar con los silbidos del aire por un cuarto de hora, y ya Wings ya veía progresos. Lentos, pero eran algo.

-Tienes que tranquilizarte del todo. No se puede hablar con él si no estás del mismo humor – Decía con voz afable, pero crítica.

-Si la presionas tanto, nunca lo hará – Le reprendió Kim.

Wings ignoró por completo al hada. Pensó en reconfortar a Dana de otra forma, pero no se le ocurría nada. Aunque no lo pareciese, había empezado con buen pie el aprendizaje. Nadie era capaz de calmarse tanto la primera vez, por mucha preparación que hubieran tomado. Ella, sin embargo, había suplido todo lo que los demás no podían incluso después de haber estado tan nerviosa anteriormente.

No se rindió, continuó con lo que Wings le había dicho. Aspirar y respirar lo más lentamente posible, calmándose. Poco a poco, los temblores cesaron y sus músculos se quedaron con agujetas. Siguió una vez más con el ejercicio: esta vez, sintió el aire helarse en sus pulmones, como si un a presencia extraña hubiera hecho espacio en ellos para caber a gusto. Cerró los ojos y dejó a su consciencia flotar. Sin darse cuenta, empezó a dormitar medio despierta.

Alguien o algo le susurró al oído. No era Wings, ni tampoco Kim. Era una voz más suave, más acariciante y repentina a la vez, más grave y mucho, mucho más dulce. Decía su nombre, esperando paciente una respuesta. Cuando por fin decidió abrir la boca para responder, no fue capaz de articular palabra. Únicamente pudo pensar en lo que planeaba decir y, sin embargo, sintió como si estuviese manteniendo una conversación la mar de corriente. "Hola, ¿eres el viento?", preguntó a la nada. "Vaya, por fin me diriges la palabra, niña"; eso fue lo que oyó silabear en sus oídos. No era un sonido que llegara del exterior y que se introdujera en sus tímpanos, era una voz cuyo génesis se encontraba en el propio interior de Dana. "Bueno, tengo muchos nombres, y uno de ellos es ese, pero tengo por costumbre pedir a los que me conocen por primera vez que me rebauticen".

¿Rebautizar al viento? Para ella eso era impensable. No sólo porque no se le ocurría ningún nombre, sino porque, además, no lo veía del todo apropiado. "Pues yo soy…", antes de que pudiese continuar, el viento la interrumpió: "Eres Dana Albarn Cu'Iorm, ya lo sé". "¿Lo sabías?". "¡Claro que sí! Y mucho antes de que nacieras. Lo sé todo de ti… Bueno, lo sé todo del mundo entero. Para algo estoy en todas partes a la vez". Esas palabras la dejaron patidifusa. Si lo sabía todo acerca de todo el mundo, podría saber no sólo que estaba ocurriendo para que el Invierno actuara de esa forma; sino qué es de los demás y qué quieren de ella los demás países. Intentó no ponerse nerviosa, pero el viento la delató: "Antes de que te emociones y me preguntes todas esas cosas que ahora mismo te rondan la cabeza, rebautízame, y ya veremos si me gusta el nombre". Dana se lo pensó unos largos instantes, pero finalmente encontró un pseudónimo perfecto: "El Marino, de apellidos de Mistral e Infiel. ¿Qué te parece? El Marino de Mistral Infiel". Escuchó lo que parecía ser un tanteo murmurante: "Sí, me gusta, supongo… Lo del mistral lo entiendo, pero lo de El Marino y lo de Infiel, ¿qué quiere decir?". "Eres como un marino: vas y vienes toda tu vida. Sin descanso. Y eres infiel, en el buen sentido de la palabra, porque probablemente ahora mismo estés hablando con algún otoñal más". "…Eres… ¡buena! Mira, ya me has intrigado. Estaba apunto de irme conmigo mismo todo fresco (*), pero ahora puedes hacerme una pregunta de las tuyas o seguir hablando tan a gusto".

Dana pudo ver que, aparte de ser muy cambiante, El Marino era caprichoso y muy natural. Vio estas características bastante acordes con la propia esencia del viento, olvidándose de que podía escuchar sus pensamientos. "¿Verdad que soy como un niño? Pero si quiero puedo ser más tremendo que el peor de los tiranos. Además tengo un encanto que ni yo me aguanto. Soy demasiado, admítelo". "Eres El Marino, dejémoslo ahí", terminó Dana riendo sin reír del todo. "Pues verás… es que quiero saber tantas cosas…". "Yo sólo hago un trueque por día. Hoy me has dado un nombre nuevo, y bastante bonito, por lo que sólo puedo darte un cuento, una anécdota, una respuesta a algo desconocido, o una larga y agradable conversación. Elije con cuidado lo que quieras saber", El Marino parecía regocijarse con cada palabra dicha. Era como si sólo viviese de lo que los mortales le daban: cosas nuevas, cosas ya sabidas, lo que sea.

"Me…", dudaba ella; "…me gustaría saber qué desea el Inverno, y sobre todo ese Soul y su compañera, de mí. Estoy aterrorizada". La respuesta se hizo esperar, precedida de un suspiro de lo más nostálgico y entonada como si de un poema cantado se tratase:

"¿Qué querrán esos bellacos de esta pobre muchacha? La vida de la Flor del Sol pasa paradójicamente monocromática durante su estancia en la Primavera, entonces llega La Corona para hacerla reina, pero la rechaza con miedo. ¿Por qué la rechazas, flor de mis desvelos? ¿Acaso no es el sueño de todo hombre y mujer reinar con poder? No parece ser el de esta bella magarza. La margarita desconoce su verdadera razón de ser, por eso la busca en los labios del Marino, que canta este misterio tan conocido sólo por él. Debes seguir, florecilla. Sigue adelante y encuentra lo que buscas, porque lo encontrarás por tus propias manos de carne, no por las etéreas de éste viejo soplo de artimañas".

El Marino terminó su recital con una larguísima y cálida bocanada de brisa sobre la cara de la que le escuchaba. Ella, confusa hasta los topes, le suplicó que se explicara. Que no entendía nada. Supuso que la letra de esa canción era forma de negarle la respuesta que tanto ansiaba, por eso dejó que la presencia del Marino se desvaneciera de su conciencia, acabando así la conversación. Abrió lentamente los ojos, cegada por un rayo de sol en su cara. Un dolor en su cuello la hizo quejarse al estirar sus brazos sobre la cama. ¿Se había dormido? Ya era de día, y probablemente habrían llegado ya a Sträto. Miró a su alrededor, encontró a Wings durmiendo a su lado, pero sin llegar a tocarla, y a Kim acostada en el pelo de éste. Dana sonrió aliviada. Aunque pensara en ello, ya no podía agobiarse por su preocupación de anoche. Seguía inquieta y nerviosa, pero se sentía con muchísimas fuerzas para continuar.

A pesar de que El Marino la hubiera engañado y se sintiera tan enfadada, agradeció poder olvidarse de todos esos problemas por un tiempo. Aún así había algo que no encajaba: había estado un rato no demasiado largo hablando con el viento, y sin embargo se había dormido y ya era de día. A saber qué hora. Despertó a Wings y a Kim, que gruñeron entre bostezos. El hada se desperezó y, siguiendo su rutina de la mañana, se fue con lento vuelo a un cuenco de agua en la mesa para arreglarse. Como si fuera un día cualquiera. "La costumbre", pensó Dana. Wings se sentó en el colchón, mostrando su desaliñada cara mañanera sin apuro, sobándose los ojos. Al acordarse de que no estaba soñando todavía y de lo que había pasado anoche, sonrió a su amiga.

-¿Qué tal? Es majo, ¿verdad? – comentó.

Unas extrañas palabras surgieron de la boca de Dana cuando se dispuso a hablar. Sabía perfectamente lo que quería decir, pero lo pronunciaba de una forma distinta. Se tapó la boca con la mano, sorprendida. El otro amplió su sonrisa.

-Te dije que después de hablar con él, el otoñal sería pan comido –. Por fin lo comprendió: de alguna forma, hablar con el viento la hizo dominar, sin querer, el idioma otoñal –. El Cantor, como yo llamo al viento, y los silfos enseñaron al pueblo del Otoño a hablar. El que los extranjeros paséis a hablar nuestro idioma sin quererlo cuando contactáis con los espíritus de esta tierra sigue siendo un misterio, pero es práctico, ¿eh? Mira, ahora intenta hablar primaverino.

Esta vez, con mucho cuidado de elegir lo que va a decir, trató de imitar su lengua materna. Lo consiguió, pero con lentitud y chapurreándola.

-Esto… es… demasiado – dijo simplemente.

-Apuesto a que no sabías que yo estoy hablando otoñal.

Eso ya la dejó boquiabierta.

-No te preocupes si no puedes controlar lo que dices ahora, dentro de nada podrás distinguir los idiomas y ser una bilingüe profesional, créeme.

-Entonces… ahora mismo hablo otoñal –. Lo que soltaba se le iba haciendo más familiar –. Y ahora… primaverino.

Él asintió con la cabeza.

-Es… ¡genial!

Antes de que la conversación pudiera alargarse, Kim intervino:

-Quiero desayunar, y también quiero darles una paliza a esos dos paliduchos… ¿Qué hacemos primero?

Dana pensó que, al fin y al cabo, no todo iba a ir a mal, como pensaba antes. Esta vez, Wings se fue a cambiar al baño, dándola intimidad y como si nada de lo dicho la noche anterior hubiera pasado.

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En la sala de reuniones se encontraban Kid y Liz, hablando algo nerviosos, yendo de acá para allá, comprobando diversos elementos en la cabecera del control. Wings les llamó la atención, pero únicamente su madre les hizo caso, Kid seguía ocupado y como si no hubiera escuchado nada.

-Desayunaremos en casa del abuelo. Shinnigami, quiero decir – le dijo, rectificando después –. Todavía tenemos que preparar la nave para adecuarla al protocolo de atraque de la ciudad. Iros vosotros, ya os alcanzaremos.

-Aunque parezca mentira, se necesita más trabajo para aterrizar en Sträto que para despegar – susurró Wings a las chicas.

Obedeciendo, llegaron a la parte posterior de la casa, donde se encontraba la puerta de salida, en el recibidor. Allí se encontraba Justin, sentado en un taburete y leyendo lo que parecía ser una carta. Su rostro denotaba preocupación. Al percatarse de la presencia de los demás, dejó lo que estaba haciendo aparte y se dirigió a ellos.

-Os acompañaré. Supongo que no podrás aguantar más – dijo a Dana.

Su boca temblaba medio sonriente, como si se estuviera conteniendo para no hablar demasiado. Eso les hizo gracia interiormente a los tres.

-Sí, estoy que no quepo en mí.

-Vamos, pues –. Cuando abrió la puerta al exterior, Justin se volvió y comentó –: Bienvenidas al corazón del Otoño.

La luz del sol de mediodía las deslumbró un poco, pero cuando se acostumbraron a ella, pudieron ver con claridad, y más aun cuando se asomaron un poco, la capital: ante ellos se extendía una verde explanada, poblada de otras casas flotantes que aterrizaban y de gente que se encargaba de ellas. Era como un puerto para los que poseyeran esas viviendas. Más adelante había granjas y caminos pavimentados. Se trataba de la zona más modesta de la ciudad, que hacía sus tareas con brío. Pudieron observar que se encontraban justo en medio de un valle entre colosales montañas nevadas, en cuyos pies crecían frondosos bosques de hoja caduca y perenne por igual. Sin embargo, lo que más llamó la atención fue el epicentro de la población: un enorme bastión sobre una afilada y alta montaña. Completamente cubierta de edificios y rodeada de una muralla, y en cuya cima se encontraba lo que parecía ser un castillo. Dana supuso que se trataba de la residencia de Shinnigami. Encima de la torre más alta de esta fortaleza, podía verse una destellante y abrumadora acumulación de nubes de tormenta, mientras que en el resto del valle no había una sola de ellas. Se preguntó de qué se trataría.

-Es… – no tenía palabras, y Kim tampoco.

-Única, ¿verdad? – ayudó el señor Law.

-Venga, vas a alucinar con las cuestas que hay para llegar al castillo.

Con decisión y llena de inquietud, se dispuso a seguirles. Tenía una extraña sensación y un mal presentimiento: la sensación era que, durante el viaje, lo que le dijo El Marino no sólo era un acertijo, sino también un tupido velo sobre su papel en la guerra que acababa de empezar. Un velo que debía retirar. El mal presentimiento era que sentía el peligro acechar desde lo más profundo de su subconsciente. Como si fuera ella misma la que llamaba a Soul y a Patty para que vinieran a buscarla. Tragó saliva y tomó fuerte de la mano a Wings. Él la miró y sonrió.

-Eres rara – dijo.

-Mira quién fue hablar.

(*): es una referencia a la expresión "irse con viento fresco", y como lo dice el viento mismo, es como si se fuera consigo mismo… ¿lo pilláis?

Ya sé que este capítulo sólo os deja más intrigados aún y que no os ha revelado nada en absoluto, pero no podría seguir la historia sin este lapso de tiempo en que los protagonistas viajan. Además, notaréis que me ha quedado más corto que el anterior… ¿verdad?

En fin, probablemente tarde también bastante en volver a actualizar… no me esperéis despiertos, sólo marcad esta historia con el "alert". Os lo recomiendo.