SWEENEY TODD NO ME PERTENECE


Todd afiló la navaja mientras el cliente esperaba sentado con la cara enjabonada.

Deslizó lentamente la hoja por el cuero, respirando profundamente a cada movimiento de su brazo, sintiendo la fricción del hierro con la piel, como un virtuoso que ejecuta una pieza lenta con el violín.

Una vez que se sintió satisfecho, alzó la navaja y observó el filo a trasluz del enorme ventanal de la habitación. La plata brilló ante sus ojos con un fulgor maravilloso. Después, sin inmutarse, delizó su dedo índice por la hoja, acariciando su filo helado. Una gota de sangre cayó al agua de la bacía y se disolvió en ella.

Se dibujó una casi imperceptible sonrisa en su rostro. Estaba listo.

Se dio la vuelta y, sin decir ni una palabra, se acercó al cliente y comenzó a afeitar el carrillo derecho. Éste alzó un poco la cabeza para facilitarle el trabajo.

Todd pensaba que todos los habitantes de esa escoria llamada Londres se parecían mucho entre sí. Había afeitado a varios tipos cuya descripción se podría haber correspondido perfectamente con la del hombre que tenía enfrente. Rostro huesudo, ojos sin brillo, piel pálida...Todos hechos siguiendo el mismo patrón. El patrón de los deshechos humanos.

Limpió la hoja de la navaja en un trapo y continuó con la barbilla y el labio superior. Podía sentir el aliento del hombre, su respiración mientras el filo acariciaba su piel. Su mirada distraída se paseaba por la habitación. Alguna vez clavó su mirada en Todd, cuyo aspecto parecía resultarle curioso. Ojeras marcadas, un mechón de cabello blanco, piel pálida como la de quien jamás ha sentido el calor del sol en su piel...No era la imagen común de un barbero, ni mucho menos.

Volvió a limpiar la hoja y se dispuso a afeitar la zona cervical. El cliente alzó aún más la cabeza.

Posó el filo de la hoja en el cuello y, de improvisto...

Un movimiento inesperado.

La navaja atravesó de lado a lado el cuello del cliente.

La sangre comenzó a salir a borbotones de la abertura. El cliente, sorprendido y confuso por esa reacción súbita, sólo pudo dejar salir sonidos guturales, con los ojos y la boca muy abiertos. Miraba suplicante a Todd.

Sin embargo, él no movió ni un dedo. Sus ojos brillaron al ver deslizarse la sangre por su cuello, tiñiendo la toalla que lo envolvía de rojo. La sangre salpicó la camisa de Todd e incluso unas cuantas gotas mancharon su mejilla.

El cuerpo del cliente se convulsionaba cada vez más por momentos mientras las palabras roncas que luchaban por salir de su garganta degollada se hacían cada vez más fuertes. El cuerpo de Todd se mantuvo en tensión, observando en silencio cómo la vida del hombre escapaba ante sus ojos. Sus labios estaban apretados y aún sujetaba en la mano la navaja de plata, teñida de sangre, a la que acariciaba con los dedos.

Pronto terminó todo. El hombre bajó la cabeza y sus piernas perdieron su rigidez inicial mientras que la sangre seguía saliendo.

Todd, sin tan siquiera cerciorarse de que estaba muerto o no, se acercó a la silla y activó con el pie un pedal que hizo que la silla se inclinara, dejando ver una trampilla colocada en el suelo, por la que cayó el cuerpo del cliente. Al caer, el cadáver emitió un sonoro crujido que pudo oír perfectamente. La trampilla, a continuación, volvió a cerrarse.

Aún excitado, Todd contempló la sangre que cubría parte del sillón y su ropa. Tendría que limpiarlo antes de que vinieran más clientes, pero eso no le importaba. Quería disfrutar el momento.

Observó sus manos. Estaban cubiertas de sangre, que goteaba en el suelo silenciosamente. Cerró el puño y, luego, los ojos, soltando un largo suspiro.

Pero no era lo que el quería. No era suficiente.

Quería verse bañado por la sangre del juez Turpin.

No descansaría hasta ver cómo la hoja de su navaja se hundía en el cuello del monstruo que acabó con su felicidad y la de su familia.

- Pronto...-se dijo Todd, controlando la furia que se comenzaba a apoderar de él.

Aquello sólo era un aperitivo. Turpin era el plato fuerte. Tenía que controlar sus ansias de sangre. Podría perder la cabeza y acabar descubierto por la policía a causa de un estúpido descuido. No podía permitirlo. Aún no.

Recuperando su acostumbrada calma, Todd fue hacia el espejo y se miró en él. Vio la salpicadura de sangre en su mejilla y se la limpió inmediatamente con el agua de la bacía. Después pensó que tendría que cambiarse rápidamente la camisa y que tendría que limpiar el suelo y la silla sin falta, así que se puso a ello de inmediato.

Pero antes de empezar miró un pequeño retrato que descansaba sobre la mesa.

Su mujer y su hija.

Lucy y Johanna.

Todd acarició el retrato con sus manos huesudas.

Aunque había perdido a una, la otra seguía viva. Y pensaba recuperarla costara lo que costara.

Su pequeña Johanna...

Wake up,
Johanna
Another bright red day
We learn Johanna
To say
Good-bye


Esta es la parte de Todd. La segunda y última será la de Lovett, que intentaré seguir en breve.

Acepto críticas y sugerencias.

Gracias por leer.