Nota: La historia se sitúa en el siglo XIV, época de reyes y reinas, de príncipes y princesas, de amores prohibidos y graves consecuencias. El nombre de esta historia es el título de una canción medieval "Lute song at twilight" (Canción fúnebre en el crepúsculo).

Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Yo solo juego con ellos.

Capítulo uno : Un atardecer

En el siglo que me ha tocado vivir solo existen dos tipos de personas; los nobles y la plebe. O lo que es lo mismo: ricos y pobres. Y a veces ni siquiera ser rico te salva de una vida llena de sufrimiento y penurias.

Nunca he querido que me encasillen en ninguno de esos dos grupos. Sí, no soy noble, pero tampoco paso hambre, aunque no puedo permitirme ningún lujo. Siempre he soñado con tener un espejo. He escuchado maravillas sobre ese objeto tan preciado. Algunas chicas del pueblo conseguían colarse en palacio y pasar noches con algunos de los nobles que vivían en la corte, y estos a cambio, las obsequiaban con preciosos regalos. Me pasaba horas imaginándome como sería mi cara reflejaba en aquella cosa. La única manera que tenía de verme era en el río, aunque el reflejo era turbio, podía hacerme una idea.

Pero yo no quería ser como esas chicas. Sabía que las únicas opciones para las chicas de mi edad eran dos: el claustro o un matrimonio concertado con el hijo de algún mercader del pueblo. Así es la vida en el siglo XVI. A no ser que un golpe de suerte llamara a mi puerta…

∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞

Los primeros rayos del sol comenzaron a colarse por mi ventana cuando el canto de los gallos me despertaron. Eran las cinco de la mañana y empezaba otra jornada de trabajo en el campo. Mi madre y yo recogemos las cerezas que crecen en los alrededores del castillo real. Es un trabajo realmente duro, y para nada compensa la pequeña paga que recibimos por ello. Pero tenemos que comer y el taller de artesanía que tiene mi padre está de capa caída últimamente, así que al cumplir los catorce años, decidí ayudar y aportar más dinero en casa.

Mi madre me sentó en la cama y comenzó a cepillarme el pelo como hacía cada mañana. Luego me lo recogía con una cinta a la altura de la nuca y me colocaba la cofia que cubría todo mi pelo. Después me giraba y me inspeccionaba la cara. Según dicen, soy bastante guapa: tengo unos ojos castaños enormes con unas pestañas espesas, largas y oscuras. Unos labios gruesos y rosados y la piel muy blanca. El pelo, castaño y ondulado, me llega por la cintura y cuando le da el sol, el castaño se mezcla con reflejos rojizos.

-"Nunca conseguirás que ningún muchacho se fije en ti con ese rostro tan pálido."

Mi madre, Reneé, era muy presumida y coqueta, e intentaba que yo siguiera su mismo camino, casándome enseguida con el primer hombre que me cortejara. Me agarró las mejillas y las pellizco suavemente. O lo que ella pensaba que era suavemente. Fruncí el ceño e intenté zafarme pero fue inútil.

-"Madre, no necesito que nadie se fije en mí." - le contesté con la cabeza agachada, frotándome las mejillas ahora un poco doloridas, y recogiendo el cesto que tenía al lado de la puerta. Salimos de la casa y nos unimos al resto de mujeres que se encaminaban hacia el castillo.

Seguí todo el trayecto con la cabeza gacha, pero en cuanto la levanté, el castillo ya estaba frente a mí. Majestuoso, grandioso y enorme. Casi podía respirar todo el lujo que debía haber ahí dentro. Llevaba toda mi vida viendo ese castillo y todavía no me había acostumbrado a él. Me imponían los grandes muros de su fortaleza, las banderas ondeando en lo alto, las almejas donde permanecían rígidos, casi como estatuas, los fieles arqueros del rey Carlisle.

Solo había visto al rey en dos ocasiones: la primera cuando tenía cinco años, y jugaba con las flores mientras mi madre recogía la cereza. Un comité de caballeros, a lomo de sus caballos, salió apresuradamente del castillo, y al final de todos ellos, y también subido a un caballo, apareció el rey, de pelo rubio casi blanco, y una armadura plateaba que brillaba tanto que hacía daño a la vista.

La segunda vez tenía doce años. Era muy temprano por la mañana y yo ayudaba a mi madre, como siempre. De repente, las enormes puertas de la fortaleza se abrieron mientras sonaban unas trompetas. Enseguida reconocí al rey Carlisle, subido a su caballo pero esta vez sin armadura. A su derecha, iba el mayor de sus hijos, Emmett, vestido casi a semejanza del propio rey. Emmett era ya muy fornido a sus dieciséis años, y tenía el pelo oscuro, siempre limpio y peinado. Y detrás de ambos, iba el mejor de los hijos del rey. Subido a un caballo color canela iba un muchacho de unos catorce años, con semblante aburrido, agarrando las bridas con una mano y con otra frotándose los ojos. Tenía el pelo cobrizo, y a diferencia de su hermano, bastante revuelto, casi parecía que no se había peinado nunca. Todos los campesinos se agacharon con una reverencia a ambos lados del camino, demostrándole al rey su admiración y respeto. Carlisle sonreía y saludaba con la mano, y Emmett hacía lo mismo. Pero yo no podía apartar la vista de Edward, el chico adormilado que se quedaba atrás y parecía no enterarse de nada. Y cuando dejó de frotarse los ojos, los posó en los míos. Me había quedado inmóvil en el borde del camino, ni siquiera fui capaz de hacer la reverencia de honor. Sus ojos verdes siguieron clavados en los míos mientras pasaban por delante de mí en sus caballos. Era como si de repente el mundo se hubiese detenido y sólo existiese él. El príncipe Edward. Aquel pensamiento me sacó de mi trance. Agaché la cabeza y la sacudí, en un intento por recobrar la cordura. No volví a verle, pero seguía en mis pensamientos.

El asfixiante sol de Julio hacía el trabajo insoportable. Mientras hacía mis tareas, escuchaba sin demasiado interés las historias que las demás mujeres contaban para amenizar el trabajo. De repente, un nombre llamó mi atención.

-"Ese Emmett… va a poner el reino patas arriba." - dijo una de ellas mientras colocaba la fruta en su cesto. Margaret Stanley era la mujer más cotilla del pueblo. Era corpulenta y con bastante mal genio, y lo mejor era mantener cualquier comentario personal fuera de su alcance, o en cuestión de horas, todo el pueblo lo sabría. Me acerqué más a ella con el cesto apoyado en mi cadera.

-"¿Qué ha pasado?" - pregunté para sorpresa de mi madre. La señora Stanley levantó la cabeza y sonrió sarcásticamente, limpiándose el sudor de su frente con el dorso de la mano.

-"Se ha encaprichado de una cortesana. Seguramente has oído hablar de ella."

-"¿Quién es?" - volví a preguntar. mordiéndome el labio con una curiosidad que jamás había experimentado. Mi madre me lanzó una mirada de desaprobación, no le gustaba que me metiera donde no me llamaban. Pero desde hacía un tiempo las cosas de palacio me llamaban intensamente la atención.

-"Rosalie Hale. Es una de las doncellas de la hija mediana del rey, Alice. Una muchacha muy guapa, sí, pero ya desde niña se le veía venir. ¡Ja! Su madre estaría encantada si pudiera verla."

Rosalie Hale era unos pocos años mayor que yo. Había crecido en el pueblo y era de una familia tan humilde como la mía. Hacía un par de años que su padre la envió a la corte para servir, todo un honor para cualquier familia plebeya. Pero si los rumores eran ciertos, el orgullo de su familia estaba en juego. Todo e mundo sabía que cuando un príncipe se encaprichaba con una cortesana, esta sería desterrada de la corte, haciendo que su familia tuviera que irse del pueblo, avergonzada.

Mi cuerpo comenzó a estremecerse ante esa idea. Me había imaginado mil y una veces que me volvía a encontrar con Edward, y me subía a su caballo y huíamos. Pero nunca sin pensar en esas consecuencias. Nunca podría hacerle eso a mi padre, no soportaría mirarlo a la cara y ver el dolor y la humillación en él.

∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞

Pasaron las semanas y los rumores cada vez eran más ciertos. Emmett, el primogénito del rey, iba a renunciar a su título de heredero por amor. Y la elegida era Rosalie Hale. Por una vez, la señora Stanley estaba en lo cierto. No se hablaba de otra cosa en el pueblo, y muchos fueron los que se acercaban hasta la puerta de los Hale para lanzarles fruta podrida, demostrando así lo disgustados que estaban con la idea de que Emmett no fuera su próximo rey. Todos sabían que Emmett era el ideal para suceder a Carlisle en el trono; tenía su mismo coraje, su misma bondad y compresión con sus súbditos y además era un excelente guerrero. Alguien que podría defenderlos si la guerra volví a cernirse sobre el reino. Y si Emmett renunciaba, el siguiente en la linea de sucesión era Edward. Siempre se había rumoreado que Edward era muy aficionado a las fiestas en la corte, al juego y a la caza. No había sido educado de la misma manera que Emmett, y por lo tanto, la gente no lo consideraba un buen heredero. Incluso algunos afirmaban que le gustaba acercarse al pueblo por las noches, oculto para que nadie lo reconociera, para disfrutar de la compañía de varias muchachas a la vez.

Pero a mi no me gustaba esa imagen que todos tenían de Edward. Prefería imaginármelo como el príncipe que yo misma había creado.

Era una tarde de principios de Agosto y todos los campesinos comenzaron a recoger su cosecha para volver a sus casas. El sol le daba al cielo y ligero tono rosado, algo inusual por estas tierras. De repente y sin previo aviso como siempre sucedía, las puertas de la fortaleza se abrieron, y un joven subido a caballo salió por ellas. Me di la vuelta al escuchar el chirrío de la madera, y sobresaltada, solté mi cesto, haciendo que todas las cerezas que había recogido durante todo el día, cayeron al suelo. Toda la sangre de mi cuerpo subió a mi cabeza, ya que la cosecha de un día echada a perder podía ser motivo de castigo por parte del señor feudal. Asustada y con las manos temblorosas me agaché y comencé a recoger las frutas, aplastado algunas de ellas debido a mi nerviosismo.

-"Permíteme ayudarte."

Una voz grave pero dulce sonó a mis espaldas. Sin levantar la vista del suelo, me detuve en seco y observé como un par de botas, limpias e impecables, se situaban ante mis ojos. Mi corazón palpitaba con fuerza, pero aún así fui valiente para levantar la cabeza. Ahogué un jadeo de sorpresa cuando reconocí su cara. Era Edward. Solo que ya no era aquel muchacho rezagado y adormilado encima de un caballo color canela. Sus facciones eran ahora más masculinas, más marcadas y sin duda, más perfectas de lo que recordaba. El pelo seguía siendo el mismo, algo más largo, y su mandíbula estaba cubierta por una barba de pocos días del mismo color. Aquellos ojos verdes que me había mirado con extrañes hacía años, me volvieron a mirar de nuevo, ahora con dulzura. Edward esbozó una sonrisa torcida.

-"No tienes que tenerme miedo. No soy Emmett." - dijo al ver el pánico en mi cara. Agaché de nuevo la cabeza y asentí rápidamente, haciendo que Edward soltara una risa.

Se agachó junto a mí y comenzó a ayudarme a recoger las cerezas, quitándose los guantes de montar primero y colocándolos en su cinturón. Yo estaba temblando. Miré a mi alrededor y di gracias mentalmente porque todos los demás campesinos ya no estuvieran allí. Timidamente, comencé a recoger las pequeñas frutas y a colocarlas con cuidado en el cesto, mirando de vez en cuando el rostro de Edward, que parecía concentrado en lo que hacía.

-"¿Cómo te llamas?" - me preguntó mientras se volvía a poner de pie, una vez que las frutas volvieron a estar dentro del cesto. Sentí como mis mejillas se encendían y me mordí el labio mirando al suelo.

-"Isabella, mi señor." - contesté con un hilo de voz. Escuché como Edward soltaba un profundo suspiro y daba un paso hacia tras, colocándose de nuevo los guantes.

-"Yo no soy tu señor, Bella."

Levanté la cabeza enseguida. Nunca nadie me había llamado así. Siempre había sido Isabella, para lo más cercanos Isa, pero eso de Bella era algo totalmente nuevo para mí. De repente sentí como mi pecho se hinchaba de alegría, mientras los ojos verdes de Edward me miraban intensamente con curiosidad, ladeando la cabeza. Este sin duda, era el día más feliz de mi vida. Ni en mis mejores sueños hubiera pasado algo así.

-"Gracias." - le dije mirando hacia mis pies, con una pequeña sonrisa y las mejillas todavía coloradas.

-"¿Por qué me das las gracias?" - preguntó Edward, revolviéndose el pelo con los dedos.

-"Ha sido muy amable al ayudarme, señor."

-"¿Puedes dejar ya ese rollo de llamarme señor? No lo soporto."

-"Lo siento señ- ¡Oh! Perdón, señ- ¡Oh dios mío…"

Edward soltó una carcajada mientras yo pedía a gritos que me tragara la tierra. Sentía que había quedado como una idiota. Yo era una simple campesina y él era un príncipe heredero al trono. ¿Cómo se supone que debía tratarlo? Dio un paso hacia adelante y pensé que me desmayaba cuando su aroma inundó mis pulmones.

-"Deberías irte a casa, Bella. Se está haciendo de noche y a estas horas no es recomendable quedarse aquí."

Asentí con la cabeza, conmovida por las palabras de Edward. Recogí el cesto del suelo y lo coloqué sobre mi cintura, como siempre. Edward caminó a mi lado hasta llegar al camino que conducía al pueblo. Por un momento deseé que este día no terminara jamás. Estar a su lado era reconfortante, hacía que el dolor de mi espalda desapareciera. Llegamos hasta el caballo de Edward y éste se dio la vuelta, volviendo a mirarme a la cara.

-"Si no te importa iré detrás de ti hasta que llegues al pueblo." - me dijo mientras subía al caballo. Levanté la cabeza y lo miré con el ceño fruncido. -"No me fío de los bandidos que rondan por aquí." - respondió con una mueca.

Afirmé con la cabeza y me di la vuelta, caminando delante del caballo de Edward, sintiéndome segura mientras no era capaz de borrar la sonrisa de mi cara. Intenté no acelerar el paso durante todo el trayecto, en un intento por disfrutar de ese momento el mayor tiempo posible. Por primera vez, el silencio del camino no me asustó, y tan solo escuchaba como Edward silbaba una canción, y los casquillos de su caballo pisando con fuerza las piedras del camino.

Al llegar al cruce de caminos me detuve y me di la vuelta. Había llegado a casa, y muy a mi pesar, debía despedirme de él.

-"Yo debo seguir por aquí." - le dije mientras movía mi cabeza hacia la derecha. Edward oteó el camino durante un momento y asentí, despidiéndose de mi con una ligera reverencia de cabeza.

-"Buenas noches, Bella."

Esas fueron sus últimas palabras, y a pesar de que la imagen de Edward desapareciendo a paso lento de mi vista era lo bastante triste como para que se me saltaran las lagrimas, me di la vueltas y seguí mi camino silbando la misma canción de Edward. Estaba feliz. Porque Edward me había hecho sentir una princesa.

∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞«∞

Apenas pude pegar ojo esa noche. Repetí en mi mente una y otra vez mi encuentro con Edward. Recordé su olor, su voz, la manera de silbar mientras me acompañaba a casa. Pero no estaba cansada. Ni siquiera la reprimenda de mis padres por haber llegado tan tarde me hacía sentir culpable. Nada ni nada en el mundo podría arruinar mi buen humor.

Era domingo, el único día de la semana libre de trabajo. Me estiré debajo de mi manta mientras observaba como el polvo brillaba sobre los rayos del sol que entraban por la ventana. El color del sol rebotando sobre la madera de mi habitación me recordaba al pelo de Edward, y el verde de las plantas que veía a través de la ventana, a sus ojos. Me imaginé como sería acariciar su cara, si sería tan suave como pensaba. Me encantaría abrazar su cintura mientras él me lavaba a casa a lomos de su caballo. Me moría de ganas por contárselo a alguien, pero sabía que mi madre me encerraría en casa por el resto de mi vida. Peor sería mi padre, que me enviaría de cabeza a un convento. Salí de mi cama en cuanto escuché como mi padre comenzaba a trabajar el mimbre en la parte trasera de mi casa. Me vestí y me cepillé el pelo, salí en silencio de mi casa y me dirigí a buscar a mi amiga Angela.

Un par de horas más tarde, estábamos sentadas frente al río, observándonos en el agua y arreglándonos el pelo la una a la otra.

-"Lo siento Isa, pero no puedo creerte." - me dijo Angela colocándome pequeñas flores alrededor del pelo a modo de diadema.

-"Angela, es cierto. Salió del castillo, se acercó a mí y me ayudó a recoger las cerezas. Luego me acompañó durante todo el camino a casa."

Angela colocó la última flor en mi pelo y me miró después de un largo suspiro.

-"Creo que ayer te dio demasiado el sol." - respondió sacudiendo la cabeza. Era de locos pensar que Edward, el hijo del rey, había ayudado a una pobre campesina con su trabajo. Ese no era el Edward del que todos hablaban.

Me resigné. Dejé salir un suspiro, sabiendo que Angela jamás me creería. Pero no pude evitar sonreír al recordar la canción tarareada por Edward, y su olor. Sus largas y perfectas manos recogiendo las cerezas del suelo, y el melodioso sonido de su voz al decir su nombre. Seguimos recogiendo flores cuando escuché la voz de mi madre llamarme a gritos. Mi corazón se encogió ante la idea de que algo malo había pasado. Me levanté enseguida, tirando al suelo las flores que guardaba sobre mi pequeño mandil.

-"¡Isabella! !Debes volver a casa enseguida!" - me dijo una vez que llegó hasta nosotras. Me agarró por el brazo, casi arrastrándome sin decir nada más. Intenté zafarme, revolviéndome y tirando hacia atrás, pero era inútil,

-"¡¿Podrías decirme al menos que ha pasado? Está a punto de salirme el corazón por la boca."

Mi madre se detuvo en seco y me miró a los ojos, llena de pánico, confusa y más pálida de lo normal.

-"Han venido de palacio. Al parecer el hijo menor del rey quiere verte de inmediato."

Me encantaría leer vuestros comentarios así que... ¡dejad review! Siempre ayudan a mejorar :)