An addiction for a escort.


Summary: Bella Swan había tenido un pésimo día y tenía que buscar un reemplazante que cumpliese con el perfil de Gigoló, nada fácil. Todo se complica cuando encuentra al candidato indicado y no sólo para ese trabajo.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, pues fueron creados por Stephenie Meyer. Y mi inspiración para esta trama fue extraída de la novela méxicana Las Aparicio, en especial de Alma Aparicio, aún así la narración es mía por lo que queda estrictamente prohibida la copia parcial o total del texto sin mi autorización.


Dedicado a AnneHilldweller.

Porque las palabras sobran cuando estas llena de sentimientos, porque no es necesario que pasen años, ni meses para querer a alguien, lo quieres como eres y cuando esa persona es transparente contigo, entonces el cariño es nato, más cuando hay una conexión tan especial que me une a ti. Gracias por todo Anne, por ser tan especial y comprensiva. Te quiero mucho.

Espero que disfrutes de este pequeño regalito que esta inspirado en Las Aparicio y todo gracias a ti, porque fuiste tú la que me hizo adicta a esta telenovela.


Capitulo I

Cazando un Escort.


—Lo siento, Isabella, sé que no he cumplido el contrato y por eso mismo he venido a presentarte personalmente mi renuncia —me dijo en un tono de voz suave y sin rencor.

Jacob había sido mi mejor Gigoló en años, el chico tenía potencial por donde se le mirase, físicamente era muy agradable con sus brazos bien tonificados y esa piel mate perfecta acompañada de unos ojos azules que resaltaban una mirada sensual que derretía sin duda a cualquier mujer, pero el físico no lo era todo, con la experiencia adquirida por el trabajo y con mis enseñanzas había conseguido convertirse en un excelente partido y en el mejor de mis Escort.

Lamentablemente nada es perfecto, menos si se trata de hombres, eso estaba comprobado por mi profunda experiencia, y mi querido Jacob me falló como tantos otros hombres a lo largo de mi corta, pero experimentada vida. Se enamoró de una clienta.

Dudaba seriamente de la profundidad de esos sentimientos, una relación basada en sólo sexo difícilmente podía ser un amor duradero, por lo menos, de ser yo, hubiese pensado si merecía la pena el sacrificio. Dejar a un lado un trabajo que te entregaba un mejor salario que un abogado, quizá hasta mejor que el de un médico, todo dependía de la cantidad de clientas que exigiesen el servicio y siendo sincera Jacob se robaba casi toda la cartera de clientas, era, sin duda, descabellado.

—No te preocupes, Jacob, sabes que si mantienes la confidencialidad podrías volver a trabajar aquí —sonreí.

—Gracias, Isabella, pero la verdad Sussie y yo estamos planteándonos el abandonar la ciudad. Ya sabes, sería complicado encontrarme con una clienta en la calle y no quiero someterla a ese martirio —me explicó mientras mantenía la mirada, sacando el máximo partido a esos ojos azules, partido que yo le había enseñado en sus tres años de prueba en donde estuve adiestrando aquellos dones que estaban ocultos tras la timidez que le caracterizaba en esa época, ahora no había rastro de aquel joven inseguro, frente a mí tenía un semental.

—Bueno, aún así aquí serás siempre bien recibido y te deseo el mayor de los éxitos —le tendí el bono por años de servicio y firmó el recibo.

—Una vez más —sonrió —, muchas gracias, Isabella —sonrió en el umbral de la puerta.

—No creas que es fácil dejar que te vayas así como así —reí —. Creo que tendré muchas clientas insatisfechas exigiéndote.

—Ya enseñarás a otro tan bien como me enseñaste a mí —alzó su mano en señal de despedida, me sonrió de medio lado y abandonó la habitación dejándome con una cantidad de quehaceres que al principio de mi mañana no preveía.

Llegué a mi departamento, lancé lejos los zapatos de taco aguja que estaban matando mis pies y me dirigí hacia la cocina.

Un whiskey, mi cuerpo exigía whiskey. Saqué mi Chivas Regal de 18 años y me serví un vaso. Necesitaba ordenar mis pensamientos con un acompañante tan grato, peligroso, fiel y silencioso como el whiskey.

Se había ido Jacob y tan sólo me quedaba Riley, Emmett y Jasper, pero Jacob era el sustento principal de mi negocio y necesitaba encontrar un reemplazante a la altura.

La exitosa Isabella Swan, empresaria dueña de la cartera de abogados más prestigiosa de la zona era también una complicada mujer que en estos momentos estaba pensando como equilibrar la perdida de su mejor gigoló.

¡Que alentador suena!, me mentí a mi misma.

Luego de tomar una ducha para relajarme en la tina, intenté planear mis pasos a seguir. Sin duda esta noche sería una noche de caza. Si Jacob se había ido tenía que buscarle reemplazante y aunque hacía bastante tiempo que no buscaba un Escort, pues cuatro era el número perfecto, debía volver a las andanzas y salir a bares a buscar un chico perdido, sin trabajo, ambicioso y bueno en la cama, principalmente bueno en la cama. Lo quería para sexo, el resto daba igual, lo podía moldear y arreglar a mi antojo.

Lavarle el cerebro a un hombre era tan fácil como utilizar una tarjeta de crédito de cupo ilimitado, aunque en este caso el cupo de los hombres era bastante limitado, así que había que trabajar duro para comprimir la información en su pequeño disco duro.

Si tan sólo el material que tenían entre las piernas y que sabían ocupar tan bien fuese proporcional al material que tenían sobre sus orejas, todo sería más fácil y quizá no necesitaría moldear al hombre perfecto, pero he ahí el dilema, me quedaría sin mi pequeña mina de oro y no tendría el placer de jactarme al decir que soy la Afrodita del siglo XXI.

Me perfumé con mi Channel y enlacé un pequeño pañuelo rojo en mi cuello. Mi cabello estaba tomado con una coleta baja de medio lado que dejaba caer mi castaño pelo ondulado. Todo el resto de mi vestuario se resumía a lencería exclusiva y un impermeable negro lo suficientemente sensual para ser utilizado en esta ocasión, después de todo, no todos los días tenía el placer de ir a probar candidatos y comprobaría una vez más que mi agudo sentido y mi radar para calificar a los hombres aún estaba en la mejor de las condiciones.

Marqué mi labial antes de salir de casa, una mirada más en el espejo y todo en orden y dispuesto para comenzar mi búsqueda.

Tomé un taxi, el chofer me recorrió de pie a cabeza, sabía perfectamente cual era el motivo: mi escote. Me senté con cuidado ya que mi impermeable no era largo y podría verse cualquier cosa que no precisamente quería mostrarle al chofer pervertido que me llevaría hacia el bar Scotia.

Si quería encontrar a un hombre solitario, de buena apariencia y que buscase sexo, debía ir a Scotia, allí había encontrado a Jacob y todos mis Escorts.

Realcé un poco más mi mirada con maquillaje, revisé mi labial, todo estaba en perfecto orden. Pagué al chofer y bajé decidida con mis Jimmy Choo.

Como siempre el bar estaba iluminado con luces bajas, la oscuridad le daba misterio a mi búsqueda, las mesas estaban llenas, había hombres sentados solos en la barra y algunos en compañía de mujeres de la vida fácil, aunque estas no eran las típicas chicas que caminaban por las esquinas. Este tipo de hombre se sentaba en las mesas de los rincones, obviamente evitando ser vistos por alguien conocido, aunque fallaban rotundamente y más de alguna vez presencie una escena en que la mujer venía a desenmascarar a su marido. Ilusos.

Me acerqué a la barra, allí tenía mejor campo visual y usualmente los hombres más interesantes se encontraban allí, así como también los más idiotas, pero de eso no debía preocuparme de idiotas estaba lleno el mundo, toparme con uno más ya era normal.

—¿Qué le sirvo? —dijo el barman.

—Un Whiskey doble a las rocas —sonreí.

Observé lo que había en la barra, cuarentones y cincuentones llenaban el local… nada útil para mis planes, buscaba un hombre de edad media, experiencia desarrollada, pero limitada.

Un hombre de cuarenta o cincuenta no me servía, el árbol había crecido chueco, ya no lo podía moldear a mi gusto y a esa edad comenzaban con problemitas sentimentales y algunos tenían problemas con su cerebro eréctil, definitivamente tenía que ser un chico que rodeara los treinta.

Seguí bebiendo tranquilamente mi Whiskey, nada me apresuraba, la noche era joven y aún tenía cuerda para largo.

—Buenas noches, preciosa —dijo el hombre que estaba a mi lado.

Me volteé a mirarlo, con una sonrisa de medio lado, sonrisa que le llamaba la Femme Fatale, jamás fallaba.

Me encontré con un decadente, unos cincuenta años, su cabello comenzaba a debilitarse mostrando una futura calvicie y su cutis era desastroso, que hablar de sus dientes. Nada sexy.

—Buenas noches —dije manteniendo mi sonrisa.

—¿Te puedo invitar a algo?

—Lo siento, ya estoy bebiendo, gracias —respondí cortésmente.

—¿Segura? Yo creo que si podría interesarte algo —rió mientras le señalaba al barman su copa. Este la llenó.

—Disculpe ¿Qué parte del "Lo siento, ya estoy bebiendo, gracias" no entendió? —dije molesta.

Intenté calmarme, un hombre como este no me sacaría de mis casillas, mucho menos si tenía una misión en mente. Esta noche no era como mis noches de juerga en las que acostarse con un hombre de cualquier edad servía, esta noche buscaba algo específico, venía de caza y no me iría tranquila hasta no haber encontrado lo que estaba buscando.

El barman le habló al hombre y le pidió que me dejase en paz, se lo agradecí una vez que el borracho se marchó a otro lado, quizá a fastidiar a alguna acompañante de esas que sobraban.

Miré mi copa, media vacía y le pedí al barman que me sirviese otra.

—Dame un Vodka —dijo una voz gruesa y marcada, con una dicción realmente interesante.

Comencé a jugar con el borde de mi vaso, intentado disimular para poder mirar a aquel hombre que se había sentado a mi lado.

Coqueteé con mi cabello y corrí mi flequillo para entrever al que sin duda sería mi candidato esta noche y que debería pasar por el control de calidad.

Alto, de contextura moderada, pero en aquel chaleco de cashemire se podía vislumbrar las marcas de sus músculos marcados, el color le favorecía, a simple vista tenía sentido de la moda.

Me miró unos instantes y recibió su copa.

Mantuve la mirada hasta que él volvió a mirarme, le dí mi sonrisa de Femme Fatale, simulé un poco de vergüenza y volví a mirar mi vaso.

Bebí lo suficiente de él y me volteé para sonreír a aquel hombre de unos aproximadamente veintinueve a treinta años. Su cabello cobrizo estaba casualmente despeinado y su mirada era tan tentadora como sensual.

Entonces me levanté de la barra, le pagué al barman y caminé hacia la salida.

Con pasos decididos, procurando tener una caminata perfecta, a la cuenta de tres volteé a mirarle y tal cual como lo supuse él estaba mirando mi trasero que se marcaba perfectamente con este impermeable.

Le sonreí y me dí la vuelta regresando a la barra.

—¿Te puedo invitar a algo? —sonreí.

Él me miró impresionado, como si nunca alguna mujer le hubiese invitado a un trago, entonces recuperó aquella gesticulación sensual y mirándome directamente a los ojos, con su voz aterciopelada me respondió con un "Si"

—¿Otro Vodka? —cuestioné.

—Como gustes —sonrió.

Su mirada no estaba dirigida a mis ojos, no precisamente allí, si no que a mi escote que dejaba entrever a mis orgullosos senos.

—¿Cómo me dijiste que te llamas? —le pregunté mientras revolvía los hielos de mi nuevo vaso de whiskey.

—Edward —respondió con ese tono de voz que hacía vibrar cada centímetro de mi piel y me contraía completamente cada zona erógena —. ¿Y como debo llamarte?

—Bella —dije manteniendo el coqueteó.

—Un placer, un exquisito placer el conocerte, Bella —volvió a repetir aquel tono y esa mirada sensual que parecía mirarme como si estuviese desnuda.

—Pues créeme que el placer es todo mío —sonreí mirándolo de pie a cabeza para que él notase que era lo que quería de él.

Ambos sonreímos y bebimos de nuestras copas sin dejar de mirarnos.

Existía algo hipnotizante en ese hombre, su forma de hablar, su tono de voz, esa mirada perfecta, hasta su forma de vestir, hasta el momento no le criticaba nada, sería un estupendo candidato para reemplazar a Jacob si es que pasaba la prueba de fuego.

—¿A qué te dedicas? —dije mientras apoyaba mi mano en su marcado pectoral.

Él posó su mano sobre la mía, la tomó para apoyarla en el borde de su rodilla. Un escalofrío me dejó estupefacta y reaccioné rápidamente al oír su sensual voz.

—En estos momentos a mirarte cariño, a eso me dedico —sonrió.

Parecía un hombre de negocios turbios, no parecía un chico perdido por el mundo, tampoco parecía un simplón de trabajo normal, tenía todo ese porte que podía señalar un mafioso, con su forma de vestir quizá lo ocultaba un poco, pero esa mirada intensa era sacada de película.

Edward era un seductor nato.

—¿Y tú, a qué te dedicas tú? —dijo acariciando mi mano que aún permanecía posada en su rodilla.

—Yo, bueno me dedicaría a otra cosa, pero en estos momentos tú estas dedicado a mirarme —sonreí y volví a beber mi whiskey.

—Entonces dime a que nos dedicamos y yo me encargaré que así sea —dijo presionando mi mano en su rodilla.

Suavemente comencé a subir mi mano, soltándome de la suya, acaricié el prominente músculo de su pierna, rozando mi mano contra la tela de su pantalón y deseando entrar a la zona prohibida, subí mi mano hacía sus abdominales y volviendo a su pectoral, entonces le miré sensualmente, como jugando a las adivinanzas.

Me levanté de mi asiento y me acerqué a sus piernas que estaban entre abiertas dándome un perfecto espacio para ubicarme entre ellas. Había comenzado el juego.

Tomé mi vaso de whiskey mientras mi otra mano jugaba con su cabello, acercando su rostro aún más al mío. Pude sentir su respiración un poco acelerada y el perfume exquisito que llevaba demostraba que era un hombre de carácter. Me acerqué a él con las ansias de besarlo, como si mi cuerpo me hablase e incitase a hacerlo, podía notar que su cuerpo también lo deseaba, pues acortó la distancia de nuestros labios, pero no podía dejar que él dominase el juego, era yo quien venía en búsqueda de un Escort para mi empresa, por lo que le sonreí sin dejar de mirarle a los ojos y cuando él estaba seguro que me besaría, alcé mi copa y bebí de ella jugando recatadamente con mi lengua.

Pagó ambas cuentas al barman, a pesar que yo le había invitado. Se levantó de su asiento y pude notar que fácilmente medía un metro noventa centímetros, me tomó de la cintura y apegó mi cuerpo al suyo. El calor que ambos desprendían traspasó nuestras ropas.

La delicia de sus labios enrojecidos por el deseo reprimido era un llamado de la madre naturaleza a consumar el acto que aún ni siquiera se había manifestado. Cuando el deseo se apoderó de mí y ya no me pude resistir a aquella respiración acelerada, a aquel pecho fuerte y esos brazos que me aprisionaban, posé mis labios en los suyos, sintiendo la suavidad de la seda en aquella tibieza que me hizo estremecer. Sus manos se mantenían en la fina línea que dividía la decencia con el placer.

Se separó suavemente de mis labios que aún tenían sed de los suyos. Labios que eran experimentados y sabían como llevar a una mujer a imaginar sus deseos y fantasías más profundas tan sólo con el juego del roce, con tal sólo una probadita de aquel tentador manjar que ahora tenía el nombre de Edward.

—¿Nos vamos? —me susurró al oído.

Le miré una vez más y me perdí en la inmensidad de los ojos verdosos que en esos momentos estaban teñidos de lujuria y que eran reflejo de los míos que exigían exactamente lo mismo.

—Cuando gustes —le sonreí.

Caminamos hacía la salida del Scotia. El brazo de Edward estaba enlazado en mi cintura y su mano caía en mi cadera, podía sentir el calor de su mano posada allí y mi cuerpo anhelaba que en ese preciso instante perdiésemos la decencia en la salida de aquel bar.

El autocontrol en estos momentos había sido excedido por el placer, mis negocios se iban al carajo, no necesitaba comprobar más, Edward era el hombre que estaba buscando, llevármelo a la cama simplemente sería un tramite más y comprobaría que aquella manera de hacerme sentir era la evidente destreza de un experimentado semental.

Fuimos al estacionamiento y me abrió la puerta de su automóvil. Un volvo c-30.

Quizá tendría problemas, al parecer Edward no era un chico común perdido por la vida, desempleado. Por lo que veía mis teorías sobre Edward podían ser ciertas. Era un hombre de negocios oscuros y amante de la velocidad.

Abrochó su cinturón de seguridad, me pidió que hiciese lo mismo e hizo rugir el motor de su auto. El rechinar de las ruedas volvió a comprobar mi teoría.

Ya era tarde, arrepentirse no valía la pena y perderme de mi noche de sexo desenfrenado sin duda era una estupidez.

Puso música en la cabina y no tardamos en llegar a un gran edificio. Me extrañó llegar allí, era un edificio residencial. Yo supuse que me llevaría a un motel, como se solía hacer cuando no se buscaba compromisos ni segundas citas.

Estacionó el auto, me abrió la puerta y estampó sus labios sobre los míos mientras intentaba mantener mis piernas firmes en el suelo, si no fuese porque estaba pegada al volvo me abría derretido ante esos labios.

Este hombre me descolocaba de una extraña manera.

Tomé las riendas del asunto y comencé a dar el ritmo de aquel majestuoso beso, sus labios se separaron de los míos, besó mi mandíbula y subió a mi lóbulo en donde dejó un pequeño jadeo que aumentó mi sensibilidad en todo tipo de zona.

Estremecí al ver que sus labios bajaban por mi cuello bordeando el impermeable, acercándose a mis senos, mientras una de sus manos se ubicaba sobre uno de ellos y lo masajeaba con un desenfrenado deseo.

Le tomé del cabello y levanté su rostro, entonces le sonreí y volví a pegarme a sus labios, dejé que mis manos hiciesen lo propio, siguiendo la perfecta línea de su espalda, con aquellos hermosos músculos que se notaban trabajados de la manera adecuada, hasta que llegaron a su trasero, firme como el de una escultura griega. Tomó mis manos y las apartó de allí, me sonrió una vez más y me tomó en brazos.

No me separé de sus labios en ningún momento, su aroma natural que desprendía su cuerpo con la mezcla de su perfume hacían la combinación perfecta, en esos momentos en los que aún no llegábamos al ascensor mi cuerpo exigía a gritos el de este desconocido que me sorprendió al instante de haberle visto.

Para ambos era un martirio esperar que el ascensor nos llevase al piso en donde me llevaba Edward. Cambié la posición en la que Edward me llevaba en brazos y enlacé mis piernas alrededor de su cintura, mis brazos enlazados de su cuello y mi boca perdida en los labios carmesí que me producían un placer inimaginable. Todas mis fantasías corrían por mi mente aumentando la libido y el deseo de consumar aquel extenso preámbulo.

No sé como ni cuando, abrió su departamento y nos vimos enrollados en el sillón. Él se montó sobre mí y me aprisionó en contra del mueble.

Le volteé como pude para quedar encima de él y me separé de aquellos labios que me obligaban a pecar de una manera indiscriminada y me hacían olvidar el objetivo de aquella noche.

—¿Pasa algo? —me preguntó cuando me detuve.

Me pasaba de todo, quizá me pasaba más de lo que esperaba, más de lo que estaba acostumbrada y más de lo que debería pasarme, pero no le iba a responder eso a un futuro empleado, si es que no terminaba confesándome que era parte de la mafia del país o algo así.

—Esto pasa —dije adueñándome de sus labios y obligándolo a sentarse en el sofá.

Puso sus manos en mi trasero y me levantó como si tan sólo fuese una pluma, mientras me distraía con sus besos y sus manos bien puestas en mí, me llevó a su cama. De inmediato volteé los papeles.

Lo tenía prisionero contra su cama, me alejé de él, pude notar la contrariedad en su mirada y me quité lentamente mi impermeable y mi pañuelo rojo que a esta altura estaba mal atado.

Edward admiró mi trabajado cuerpo y mi exquisita lencería.

—¿Eso era todo lo que traías puesto? —jadeó.

—Si, pero me gusta estar más ligera de ropa aún —le ronroneé.

Pegué mi entrepierna a la suya, siendo bloqueadas por la delgada tela de nuestra ropa interior. Sus diestras manos recorrían todo mi cuerpo y se posaron en el broche de mi sujetador, que pronto se vio volando por los aires.

Besó mi cuello, masajeó mis pechos y yo disfruté de aquel cuerpo esculpido por los dioses griegos, sus perfectos pectorales, sus brazos tonificados y su espalda hecha a cincel, me tenía en otra dimensión.

Quitó mi ropa interior y yo hice lo propio con sus apretados boxer que contenían al digno miembro de aquel cuerpo. Todo estaba bien puesto en su lugar, pero aquel fuerte y firme espécimen era admirable.

Disfruté de juguetear con él antes de introducir con suavidad el preservativo, deslicé mis dedos en el grueso sexo de Edward, que estaba perfectamente irrigado y lo suficientemente sensible para que soltara un par de quejidos mientras yo retardaba adrede la postura de la protección.

—No me mortifiques —jadeó.

Sonreí ante su imploración y acaricié una vez más al que pronto sería un alojado de mi intimidad.

Volví a sus labios con delicadeza y suavidad, no dándole en el gusto de ingresar a mí, no aún. Rozó una y otra vez su firme sexo contra el mío, rogándome que le permitiese la entrada, lo que me negué una y otra vez mientras que mi humedad me exigía que concretara el acto.

Besé su abdomen con delicadeza, y mi lengua recorrió su zona baja hasta llegar a sus labios otra vez. Pero Edward no resistió mi crueldad, me tomó de las caderas y volteó la posición dejándome aprisionada entre su caliente piel y la suave cama.

Sin más se adentró en mi haciéndome sentir más estrecha que de costumbre y a pesar de mi humedad y la humedad del preservativo sentí como mi sexo se adhería al de Edward para formar un encaje perfecto, una presión estupenda. Embistió un par de veces y volvió a salir de mí, para introducirse una y otra vez.

Cada roce en mis zonas erógenas me hacía estremecer, cada caricia de sus labios en mis pezones aumentaba el deseo que estaba siendo silenciado por la fricción de nuestros sexos unidos. Una y otra vez embistió sin piedad y con deseo, aumentaba y disminuía la frecuencia de sus movimientos, haciéndome exigir que no tardase en volver a crear aquel ambiente de extrema fricción que me producía el máximo placer, su miembro tocaba cada punto sensible de mi intimidad con destreza, como si los conociese de memoria, como si supiese cual rincón de mí estaba a la espera de aquella sensación exquisita que producía su masculinidad.

Decidida a no dar mi brazo a torcer, me monté sobre él llevando la frecuencia de la fricción hasta el punto más intenso, moviéndome con gran destreza, acelerando el movimiento de mis caderas y presionando mi interior para estrechar aún más la cavidad en donde él tenía su sexo.

Sus gemidos de placer corroboraban el deseo de continuar, mientras que la carencia de aire me hacía jadear en sus brazos, continué el movimiento hasta que ya mi cuerpo no pudo más, increíblemente aquel hombre había agotado todo mi ser en el preámbulo y ahora mi energía se había difuminado por completo.

Edward me quitó de encima de él y nuestros sexos perdieron el contacto. Me dejó mirando a la pared, de espaldas a él y se introdujo nuevamente a la humedad de mi intimidad, mientras sostenía mis manos con las suyas.

La frialdad de la pared y la nueva postura no tardaron en excitarme aún más y por fin llegué al punto máximo de placer en donde mi intimidad se estrechó aún más en torno a Edward y él me acompañó en aquel éxtasis único, en aquel orgasmo perfecto. Podía sentir como mi sexo latía junto al de Edward.

—Exquisito —murmuró.

—Perfecto —susurré, mientras me dejaba caer sobre él.

Nos acomodamos de tal manera que mi cabeza descansaba sobre sus pectorales. Mi respiración estaba aún acelerada y no podía detener la necesidad de aire, al igual que el pecho de Edward que subía y bajaba con impaciencia.

Entonces recordé el por qué yo estaba allí en aquel momento y a pesar que mis deseos internos me exigían que repitiese la experiencia sabía que mis reglas eran claras: Tener sexo con un futuro Escort era sólo de prueba y sólo una vez.

—Edward —susurré.

—¿Si? —respondió mientras acariciaba mi cabello.

Me levanté de su pecho y le miré a los ojos.

—¿Tienes empleo? —dije cambiando radicalmente el tema y pude ver que esa pregunta no se la esperaba—. No se trata de que este buscando a alguien que me mantenga ni nada por el estilo así que no te asustes, sólo se sincero.

—A ver —se sentó en la cama —. Lo siento cariño, pero que hayamos tenido esta maravillosa experiencia sexual no implica que nos acerquemos a nuestra vida personal ¿Ok?

Muy cierto, no fue la manera correcta de abordarlo. Tomé aire y lo intenté de nuevo.

—Mira yo soy dueña de una empresa de Escort, ya sabes, gigoló, pero prefiero llamarles Escort. Y esta ha sido una experiencia realmente buena y me gustaría saber si tienes empleo o si buscas algo mejor de lo que tienes, me encantaría contratarte, realmente se paga muy bien —sonreí.

Edward estaba sorprendido, lo podía notar en su mirada.

—¿Me estás diciendo que esto fue una prueba? —cuestionó molesto con su voz grave.

—Si —respondí cortante —. Sólo dime ¿Estarías interesado o no?

Al parecer no todo estaba perdido, podía notar cierta duda en su rostro y a pesar que no me dijo realmente que era lo que hacía, en qué trabajaba, existía la posibilidad que no fuese aquel empresario de negocios oscuros que creí y fuese un Escort excelente que me llevaría a la cima del negocio.

—¿De cuanto hablamos? —dudó.

—Cinco millones mensuales seguros y bonificación por clientas extra —expliqué —. No te pido que lo aceptes de inmediato, puedes pensarlo.

Me puse mi ropa interior y me abroché mi impermeable, ordené un poco mi cabello y amarré nuevamente el pañuelo rojo.

—¿Qué te hace creer que necesito el trabajo? —añadió.

—Digamos que me arriesgué, espero no haberme equivocado, en ese caso sería la primera vez —dije con seguridad mientras ataba mis Jimmy Choo.

Le entregué mi tarjeta, me levanté de la cama y me acerqué al umbral de la puerta.

—Piénsalo —añadí antes de irme.

Salí de aquel departamento algo mareada, sin saber donde demonios estaba, así que llamé al radio taxi y le dí la dirección que me entregó el conserje.

Ojala Edward no fuese más que un chico desesperado en busca de trabajo, no sé por qué tenía esa necesidad de verle de nuevo, de que trabajase para mí, aunque sabía los costos que implicaba eso: No volver a tener el maravilloso sexo que había tenido hoy. Olvidarme del Dios griego y pensar en que sería un Escort más.

Lamentable.

—Isabella —escuché a mis espaldas.

La voz de Edward, sensual y exquisita se dirigía a mí, volteé intentando no demostrar ninguna expresión delatora en mi rostro.

—¿Si? —respondí.

—Nos vemos el lunes —se acercó a mí e intentó besarme. Me aparté.

—No olvides que esto fue sólo una prueba, si aceptas las condiciones del contrato, seré tu jefa. Los besos están fuera de lugar, Edward —respondí fríamente, aunque mi cuerpo ardía en deseos de sentir el cuerpo de Edward nuevamente en mí.


Buenas noches.

¡Uff! creo que hacía ya bastante no subía un lemmon y las ansias me estaban comiendo así que he aquí un nuevo fic.

Creo que será un 3 shot o quizá tenga 5 capitulos, eso aún no lo decido, realmente depende de mi tiempo, mi creatividad y ansiedad con respecto a este fic y otros que tengo en andas.

Espero que les haya gustado, si fue así DEJE SU REVIEW :) y su alerta.

También si gustan pasan a: Mil y una forma para que me digas: si. 3 shot que está terminado.

Con mucho cariño se despide :)

ManneSkarsgard