Este fic es para celebrar que hoy cumplo un cuarto de siglo. Que vieja soy u_u

Disclaimer: Los personajes de La espada del Inmortal pertenecen a Hiroaki Samura.

Manji's kitchen

Ese día era el cumpleaños de Rin, y a Manji le apetecía cocinarle una sabrosa tarta de chocolate que había visto en un libro de postres que tenía la morena. ¿Y qué mejor día que aquel para probar sus dotes culinarias? Sobra decir que él no sabía ni freír un huevo, pero suponía que eso se le daría tan bien como cualquier otra cosa.

Así que se puso de acuerdo con las dos mejores amigas de Rin, Dôa y Hyakurin, y estas se la llevaron de buena mañana de compras para dejar espacio a Manji para prepararle el pastel.

Después de tardar horas y de pelearse con el libro y los ingredientes, por fin terminó. La cocina parecía un campo de batalla: el fregadero lleno de cacharros hasta los topes, alguno de los cuales ni siquiera se necesitaban para hacer una tarta, una botella de aceite volcada en el suelo y soltando el líquido dorado, incluso Manji estaba rebozado en harina. Había más comida en el suelo que en el pastel en sí. Y se podía adivinar un tenue, pero revelador, olor a quemado flotando en el aire.

Y ahí estaba él, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirando desafiante el pastel. Si a eso se le podía llamar pastel, claro; la nata del relleno se salía por algunos lados, el chocolate que debería estar recubriendo dicho dulce no llegaba a todos los costados, con lo cual se veía el mazapán, y la parte del centro estaba algo hundida. Eso no era una tarta, era una vergüenza.

En eso que llegó Rin cargada de bolsas y se quedó parada en la entrada de la cocina mirando boquiabierta todo aquel desastre. Parecía que había entrado un ladrón y se había ensañado especialmente con la cocina. Justo en ese momento cayó al suelo una yema de huevo que había estado colgando de un borde de la encimera, creando un gran estrépito en la silenciosa estancia.

El moreno cogió la tarta y estiró los brazos ofreciéndosela, e intentando componer una sonrisa sincera dijo:

—Felicidades, Rin.

Ella apretó las asas de las bolsas con fuerza; haciendo eso evitaba darle una paliza al hombre que la miraba con cara de bobo.

—Manji, cielo, sabes que yo te quiero mucho, pero como vuelvas a entrar en la cocina te rompo el espinazo.

Y sin ni siquiera echarle una mirada al pastel -tenía miedo de que esa cosa "redonda" pudiera atacarla-, se fue a la habitación que compartían.

Manji suspiró y dejó la tarta en la mesa de la cocina. Bueno, se le ocurrían otros regalos que hacerle, y la nata que había sobrado se podía utilizar de otra manera. Sonrió perversamente.