Summary: Después de escapar de un terrible matrimonio, la organizadora de fiestas Bella Swan no estaba dispuesta a dejarse engañar por ningún otro hombre. Ni siquiera por el guapísimo millonario Edward Cullen, que la había contratado para que le organizara una fiesta sorpresa a su madre.

Edward decía que llevaba enamorado de ella desde seis meses antes, cuando Bella había organizado una fiesta para un amigo suyo. Pero, si eso era cierto, ¿Por qué estaba aceptando solicitudes de mujeres que querían convertirse en su esposa? A pesar de todo, Bella se sentía tentada a entregar una de dichas solicitudes.

Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a la gran Stephenie Meyer y la historia es una adaptacion de Gena Showalter.

Advertencia: esta historia contiene material de caracter sexual a si que si eres menor de edad leelo bajo tu responsabilidad.


"Una tigresa auténtica sabe pavonearse. Camina con la cabeza alta

y el pecho hacia delante, con una expresión que dice: «Voy a comerte vivo»."

BPOV

Yo soy un felpudo.

Ya está. Lo he admitido. Si la gente quiere limpiarse las botas sucias en el felpudo que es mi vida es probable que les dé la bienvenida con una sonrisa y luego les dé las gracias. Al saber esto, algunas personas podrían perderme el respeto. En mi defensa diré que estoy mejorando. Haciéndome más fuerte. Más firme y enérgica. Estoy liberando a mi Tigresa interna. Por desgracia, hoy la he tenido muy controlada. De momento el tanteo no va a mi favor: Vida 5, Tigresa 2.

De nuevo, en mi defensa, diré que la Vida es una arpía, mala y miserable. Rememoraba la última sección que había leído de Libera a la Tigresa que llevas dentro cuando apareció ante mi vista el edificio de cromo y cristal de Aeronáuticas Cullen. Me dije que la reunión iría de maravilla; como Tigresa, no permitiría menos.

Con determinación, alcé la barbilla y cuadré los hombros contra el asiento, mostrando mis pechos en su máximo esplendor. Pero por más que lo intentaba, no conseguía dominar la expresión de caníbal.

Claro que, cuando se tienen labios tan carnosos y aparentemente rellenos de colágeno, bueno no sólo aparentemente, como los míos, la única expresión que dominan es: «Cobro doscientos dólares la hora». En realidad, si uno lo piensa, eso podría implicar que quiero comerme a alguien vivo. Por Brad Pitt, estaría dispuesta a negociar.

Los demás, bueno… me encogí de hombros. Lo siento, tendrán que conformarse con la expresión. Fruncí los labios y los relajé. Fruncir. Relajar.

Intentando encontrar la expresión amenazadora perfecta. Cuando noté que el taxista me miraba fijamente por el retrovisor, enrojecí y volví la cara hacia la ventanilla. Debería haber practicado en casa, pero había recibido una llamada inesperada de mi ex marido; ojalá muriese y ardiera en el infierno toda la eternidad, que había consumido mi tiempo libre.

—Quiero darnos otra oportunidad —había dicho. Solía llamar una vez al mes con el mismo discursito. No soportaba la idea de que una mujer no lo quisiera—. Te quiero, nena. Te lo juro —había concluido.

Ya, y mis impresionantes pechos son dos globos de placer… Por si alguien se lo pregunta, no lo son. A duras penas lleno una talla 90.

Estoy orgullosa de mi misma. Le deseé que entrase en contacto íntimo con una bacteria carnívora que devorara su cuerpo dolorosa y lentamente, empezando por su apéndice favorito, y colgué, apuntándome el primer punto en mi marcador. Tengo la sospecha y la esperanza de que mi Tigresa es una arpía tan malvada como la vida, pero aún no la conozco lo suficiente para saberlo con seguridad.

En fin, cuando Richard y yo estábamos juntos, me engañaba. Siendo la buena chica que soy, lo perdoné la primera vez. Luchar para salvar el matrimonio y todas esas bobadas. Los hombres siempre serán hombres y eso. Da igual que sean prostitutos masculinos.

Vaya, ¿se me nota la amargura?

La segunda vez que me engañó, lo dejé cuatro semanas. Me avergüenza admitir que me reconquistó. Se tatuó mi nombre en el trasero, ¿quién puede resistirse a eso? Igual daba que mi nombre estuviera al lado del de su primera esposa. La tercera vez que me engañó, me fui y solicité el divorcio. Eso había sido hacía seis meses. Él, abogado especialista en divorcios, y por tanto la peor basura del universo, había sabido manejar la situación para quedarse con todo y dejarme sin nada de nada.

Si queréis saber de dónde sacan sus ideas los asesinos, os lo diré: de mujeres despechadas. ¡Lo que podría haber hecho yo con unas tenacillas de rizar el pelo y una pica para hielo… !

Bueno, eso ya no merece la pena pensarlo.

La llamada de Richard había dado inicio a un día que iba de mal en peor. Hacia un rato me habían quitado uno de los mayores proyectos de mi casi inexistente carrera como planificadora de fiestas. Sólo por negarme a ofrecerle al dueño de Industrias Glaston una «fiesta privada», según sus palabras, en el asiento trasero de su lujoso automóvil.

Me despedía cuando ya llevaba cuatro semanas planificando el banquete anual de la empresa.

¡Cuatro semanas largas, tortuosas y mortales!

Al oír la repugnante oferta, mi Tigresa interior salió a la luz y le presenté mi rodilla a la entrepierna del señor Glaston; segundo punto de mi tanteo.

No hace falta decir que no fue un encuentro amistoso. Antes de que me demandara por agresión, me metí en este taxi para reunirme con mi siguiente cliente. Entonces fue cuando encontré un trozo de comida podrida pegado al cinturón de seguridad. Supuse que era comida. No quería ni imaginar qué otra sustancia podía provocar una mancha de grasa indeleble.

La grasa, o lo que fuera, era el menor de mis problemas. Cuando entré en el taxi, pensé que el taxista tenía un problema de gases. Erróneo. El repugnante olor a excrementos de perro provenía de mis zapatos. Debía haber pisado alguna boñiga de camino a Industrias Glaston. Deseé haber dejado parte del regalito en los pantalones del señor Glaston.

¿Es horrible por mi parte desear que Richard y él se pudran juntos en el infierno?

Un momento. Empiezo a rezumar amargura otra vez. No quiero ser una mujer amargada. En serio. Quiero ser fuerte. Las mujeres fuertes son felices. Y yo deseo desesperadamente ser feliz.

Para animarme, rebusqué en mi maletín y saqué mi ejemplar de Libera a la Tigresa que llevas dentro. Mis primas gemelas, Rosalie y Mel, me lo habían regalado dos meses antes, cuando cumplí los treinta y uno, y gracias a él estaba convirtiéndome en una mujer más fuerte y feliz.

Una mujer que controlaba su destino.

Una mujer que no permitía que un poco de mala suerte la desanimara.

«Todo se arreglará, Bella. Espera y verás». El taxi se detuvo bruscamente.

—Quédese con el cambio —le dije al conductor, dándole un billete de diez. Tomé aire y abrí la puerta.

Cuando pisaba la acera, un joven agarró la correa de mi bolso, dio un tirón y echó a correr. Grité y corrí tras él. Pero cuatro zancadas después, el tacón de siete centímetros de mi zapato izquierdo se partió por la mitad y caí de bruces. Mis pulmones se vaciaron del golpe. Mi maletín patinó por el asfalto.

Estábamos a principios de julio y era una mañana típica de Phoenix: calurosa, seca y desagradable. El pavimento recalentado me quemó las rodillas.

El ladrón desapareció tras una esquina y nadie intentó detenerlo. Creo que oí a una mujer decir: «¿Habéis visto el trasero de ese tipo? Genial».

Mientras estaba allí tirada, algunos pasaron sin prestar atención; otros se detuvieron y me miraron, sonriéndose. Con las mejillas encendidas, me puse en pie. Y estuve a punto de volver a caer cuando una de mis rodillas heridas se dobló en señal de protesta.

Habría sido agradable que el taxista saliera a ayudarme. Pero una mujer rubia pasó por encima de mí y se instaló en el taxi sin darme tiempo a parpadear. El maldito coche arrancó, envolviéndome en una nube de humo. Tosiendo, me incliné y recogí mis cosas. Al menos había dejado mis tarjetas de crédito en casa. Pero no era el caso de mi lápiz de labios y mis polvos para controlar los brillos, ahora desaparecidos.

¡Maldición! Era el colmo de los males.

Cojeando y sucia, conseguí recomponerme lo suficiente para entrar en el edificio Cullen. A pesar de que acababan de robarme, tenía que actuar con confianza y seguridad. Era un trabajo importante.

Sin hacer caso de las miradas curiosas de los hombres y mujeres de negocios que había en el vestíbulo, busqué el cuarto de baño. Estaba lleno de mujeres y sus voces altas y cacareos eran aún más molestos que la prohibida nube de humo de cigarrillo.

Tosí, me hice camino a uno de los cubículos, cerré la puerta y tiré la chaqueta manchada a la papelera. Apoyé la cabeza en la puerta. Una parte de mí quería romper en sollozos. La otra deseaba lanzarse sobre la primera persona que viera y desgarrarla.

Tenía que encontrar un término medio. Presentarme a un cliente potencial con aspecto de ser una bestia salvaje, pero sensible, no era buena idea. Inspiré profundamente, cerré los ojos y canturreé para mí: «Estoy en un prado de felicidad. Estoy en un prado de felicidad».

¿Por qué no me había quitado los zapatos y perseguido a ese ladrón desgraciado?

«Estoy en un prado de felicidad».

¿Por qué no había denunciado al señor Glaston por su asquerosa proposición?

«Estoy en un maldito prado de felicidad».

¿Por qué no había… ?

Abrí los ojos y cerré los puños. El mantra de meditación que me había enseñado mi padrastro sólo estaba incrementando mi agitación. Mejor dejarlo antes de empezar a gritar, llorar y patear las paredes. Mi padrastro es psiquiatra, pero sus métodos no suelen funcionar conmigo. No sé por qué sigo probándolos, la verdad.

—Puedo hacer esto. Puedo.

«Mentirosa», dijo mi Tigresa, yo dije «Zorra».

Por si fuera poco, tal vez encima sea esquizofrénica.

Obligué a mis músculos a relajarse y salí del cubículo. Miré el cuarto repleto, notando detalles que no había visto antes. Todas las mujeres llevaban algo de color verde. Chaquetas verde guisante, faldas verde lima, blusas verde oliva.

Me sentí como si estuviera en una ensalada de aguacate. ¿Por qué verde?

Miré mi falda marrón, que caía a media pantorrilla. Suspiré. Daba igual. Incluso si hubiera sabido que el verde era el color de moda, ya no tenía ropa de ese color. Sólo me ponía marrones, negros y blancos. Colores de trabajo. Colores aburridos.

Algo más que añadir a mi lista de: «Por qué mi día es un asco».

Con tanta gente ante el espejo, no había sitio para arreglarme el pelo, así que lo dejé como estaba, recogido en la nuca con mechones sueltos en las sienes. Sin embargo, me negaba a ir a la reunión cojeando.

Después de limpiar mis olorosos zapatos, pasé diez minutos golpeando, raspando y arañando hasta conseguir que tuvieran una altura similar. Cuando acabé, eran planos. No cojearía, sin duda, pero iba a parecer una niña de doce años. Con mi metro sesenta de altura, todo centímetro extra venía bien.

El aseo se llenaba más y más. Agobiada, salí. Había un guardia de seguridad, de hombros anchos y la tripa rebosando por encima del pantalón, ante el ascensor. Cuando intenté pasar, su brazo se disparó, deteniéndome.

—Las solicitudes se piden en recepción, señorita.—Estuve a punto de decir: «Gracias, iré por una», pero me detuve a tiempo. Confianza, seguridad.

—No estoy aquí para solicitar trabajo —en realidad sí, pero no de la clase a la que se refería él.

Enderecé los hombros como indicaba el manual de autoayuda—. Estoy citada con Edward Cullen.

—Eso pruébelo con otro —rezongo el guarda—. Yo no voy a tragarme esa excusa.

—Digo la verdad —lo miré boquiabierta.

—Oiga, si no envía la solicitud por correo, como las demás, la pondré en la lista negra y jamás la consideraran para el puesto.

Normalmente, su tono me habría acobardado. Al fin y al cabo tenía años de experiencia con mi padre natural, que ojalá se retorciera en su tumba, y con Richard, que ojala se encontrara pronto con el Creador, para retorcerse en su tumba. Pero, como ya he dicho, estoy en el proceso de convertirme en una mujer nueva. Una mujer nueva no aguantaba esas chorradas de un hombre.

Y, la verdad, la idea de estar en la lista de las chicas malas me parecía excitante.

—Escuche —dije, clavándole un dedo en el pecho—. No he tenido un buen día. Le sugiero que se aparte antes de que le haga daño.

Se rió. ¡Soltó una carcajada!

—No voy a moverme, señora.

—Quítese de mi camino —cada palabra sonó férrea, cortante.

—De eso nada —sonrió, mostrando unos dientes amarillentos y torcidos—. Ya no la dejaría pasar ni aunque Dios bajara a apartarme.

En ese momento, me ocurrió algo raro. El guarda se convirtió en la representación de todo lo que me había ido mal ese día, el día anterior, toda mi vida. Pasar no era sólo necesario para conseguir un trabajo. Era vital para mi paz mental. Que alguien diga «miau», por favor.

—No puedo organizar la intervención de Dios —le dije—, pero sí darle una patada en el trasero.

—Odio a las mujeres con síndrome premenstrual —gruñó él, tras un leve parpadeo de sorpresa.

—Si quiere premenstrual, le daré un bofetón de zorra premenstrual. ¿Qué le parece eso?

—Bien dicho —gritó alguien.

Me di la vuelta. Casi todas las mujeres del cuarto de baño estaban detrás de mí, alineadas como para un desfile del Día de San Patricio. Animada por su apoyo, giré en redondo, convencida de que en ese momento mi rostro dominaba la expresión «Voy a comerte vivo».

El guarda, precavido, retrocedió un paso.

—Tiene exactamente dos segundos para quitarse de mi camino —afirmó—, o lo lamentara. Hablé con Esme Cullen hace tres días…

—¿Esme Cullen? —el terror nubló sus ojos y se apartó—. ¿Por qué no lo dijo? Suba en el ascensor rápido. Planta diecinueve.

Asombrada por mi éxito, parpadeé. Las mujeres que había detrás de mí avanzaron de repente, en masa, y me lanzaron hacia el ascensor, conseguí enderezarme antes de besar el suelo.

—Yo hablé con Esme Cullen—gritaron varias al unísono—. En serio. Lo juro.

—Atrás, señoras —oí decir al guarda, justo cuando las puertas del ascensor se cerraban.

Mientras subía, empezaron a sudarme las palmas de las manos y se me aceleró el corazón.

Odiaba la idea de caer en el vacío en cualquier momento. Por suerte, el ascensor no se estrelló y llegué a la oficina unos minutos antes de tiempo.

Una mujer de traje negro ocupaba el mostrador de recepción. Tenía el cabello recogido atrás, sin un solo pelo suelto. Su piel era palidísima, más pálida que la mía, y yo soy casi albina, le daba un aspecto inquietante, casi vampírico.

—¿Es ésta la oficina de Edward Cullen? —pregunté.

—Sí —la severa y ceñuda mujer alzó sus negras pestañas—. Y usted, ¿es?

—Bella Swan. Vengo a verlo.

Me miró de arriba abajo y no debió gustarle lo que vio.

—Se supone que las solicitudes se envían por correo, no se entregan en mano.

¿Solicitud? Santo cielo, no entendía lo que pasaba en ese edificio. Edward Cullen me había llamado varias veces en los últimos meses, pero yo no le había devuelto sus llamadas. No había tenido coraje para enfrentarme al hombre devastadoramente sexy que había visto sólo una vez, pero con quien había soñado muchas. Por desgracia, en mi situación estaba dispuesta a trabajar con el mismo diablo. Si está leyendo esto, señor Satán, mis tarifas son excelentes.

El caso era que Esme Cullen me había llamado hacía unos días y me había pedido que me reuniera con su hijo para que determinara si yo era «la persona adecuada» para planificar la fiesta de su sexagésimo cumpleaños. Intenté explicarle esto a Elvira, Dama de la Oscuridad: era el nombre que mejor le cuadraba.

—Mire, no necesito solicitud. Soy…

—Todo el mundo la necesita y puede recogerla abajo. De hecho —sus ojos se estrecharon—. ¿Cómo ha conseguido pasar por delante de Johnny?

—Andando —agité un brazo en el aire—. Mire, ya le he explicado que no necesito solicitud. Ya tengo el trabajo —no era mentira, pero casi. Ni se habían fijado los términos, ni había contrato firmado—. Lo que necesito es hablar con el señor Cullen.

—No hay necesidad de ponerse violenta.

—¿Perdone? —la mujer debía estar drogada—. No soy violenta.

—Eso dígaselo al brillo asesino de sus ojos.

—Si puede decirle al señor Cullen que estoy aquí… —rechiné los dientes.

—Por Dios santo, le buscaré una solicitud —se puso en pie—. Espere aquí. Y no toque nada.

—Pero no he venido a solicitar… —mi voz se apagó cuando me quedé sola. De repente me pregunté si las solicitudes eran para el puesto de organizadora de la fiesta y si todas las mujeres que había abajo eran mis contrincantes. Tragué saliva.

—Aquí está. Rellénela y envíela por correo —me dio unas hojas azules.

Eché un vistazo. Aficiones favoritas. Informaci6n sobre el último novio. Hábitos sexuales. Diablos. Yo no iba a rellenar eso. Sin saber qué hacer con los papeles, los guardé en el maletín.

—¿Esto es para planificar la fiesta o para un trabajo de oficina?

—No es una solicitud de empleo, guapita —rezongó ella—. Es para ser señora de Edward Cullen.

—¿Disculpe? —tenía que haber oído mal.

—Por favor, no simules que no estás aquí para casarte con él. El Tattler publicó la noticia hace unos días. Y no dejan de llegar mujeres desde entonces.

—¿Solicitudes para encontrar «esposa»? ¿En serio? —¿Qué clase de hombre pedía que una mujer rellenara una solicitud para ser su compañera el resto de su vida? Implicaba un egocentrismo increíble. Deleznable. Asqueroso.

Pero encajaba perfectamente con cómo iba mi día.

Como si yo quisiera casarme otra vez. Preferiría comer gusanos podridos envueltos en útero de cerda y cubiertos de sangre de vaca. Intenté calmarme.

—Estoy aquí para discutir los detalles de la fiesta de cumpleaños de Esme Cullen. Nada más.

—¿Nombre? —la mujer alzó una ceja.

—Bella Swan—ya se lo había dicho, pero sonreí con educación. El asunto avanzaba.

—Vaya, vaya, vaya —una larga uña rojo sangre se deslizó por una agenda—. No está aquí.

—Le aseguro que tengo cita —mi sonrisa se apagó un poco—. El lunes a las once.

—La creo —dijo ella con tanto sarcasmo como si me estuviera clavando los colmillos y sorbiéndome la sangre—. Un hada habrá entrado a borrar el nombre.

—Por favor, compruébelo otra vez —pensé que debía haberlo hecho su amante, el mismísimo Drácula.

—Siéntese allí —señaló una rígida e incómoda silla—. La llamaré si el señor Cullen puede atenderla. Por cierto —esbozó una sonrisa malévola—, tiene una mancha de tierra en la mejilla.

—Gracias por decírmelo —Bruja. Mi sonrisa se desvaneció por completo. Esperé a que saliera para frotarme ambas mejillas con frenesí.

¿Por qué no me había atropellado el taxi cuando tuvo oportunidad? Me habría evitado un montón de problemas. Y habría sido más piadoso.

Rígida, fui hacia el asiento asignado y esperé como una niña mala espera su castigo. Me habría gustado irme a casa y comerme una pizza de pepperoni, chorreante de grasa y unas galletas de chocolate. Y una bolsa de tiras de maíz. Y un refresco grande de vainilla, cereza y cola. El colesterol y las arterias atascadas no tenían importancia cuando mi cordura pendía de un hilo.

El tiempo pasó y empezó a dolerme el trasero. Era imposible ponerme cómoda. La silla no estaba almohadillada y cada vez que me movía, clavaba los huesos en el rígido cuero artificial.

Me removía otra vez cuando entró una mujer con melena plateada y aura de realeza que clamaba «pedigrí». Capté una suave brisa perfumada, y cara, cuando pasó a mi lado. Elvira se levantó de un salto, con expresión de disgusto. Y un atisbo de miedo.

—No hace falta que me anuncies —dijo, con un tono que no daba lugar a discusión—. Conozco el camino —esquivó el mostrador de recepción.

—Lo siento, señora Cullen, pero no puedo permitírselo —Elvira extendió un brazo para detenerla—. Déme un minuto y le diré que está aquí.

Se miraron. Sacaron las uñas. Se les erizó el vello. Iban a saltar las alarmas de incendio. Me olvidé del dolor de trasero y del asqueroso día que llevaba.

La escena prometía convertirse en una batalla campal, y si alguien se merecía una patada en el culo, esa era Elvira. «Usted puede, señora. ¡Ánimo!»

—No necesito que me anuncies a mi hijo —ladró la señora Cullen. La verdad era que daba miedo. Si yo fuera Elvira, ya me habría escondido bajo la mesa—. Quítate de ahí ahora mismo, o te arrepentirás.

—Sólo un segundo —Elvira se lamió los labios—. Puede sentarse con la otra señora que no tiene cita —alzó el teléfono—. Señor Cullen. Su madre…

La señora Cullen no esperó. Fue hacia el despacho. El rostro de Elvira se oscureció, tempestuoso.

—Demasiado tarde. Va para allá —colgó con rabia.

Así acabó la escena. Y yo me quedé esperando.

Esperando. Y esperando.


aawwww aqui estoy pero con una adaptacion ahora jijiji espero que les guste el primer capitulo ¿Quieren que siga? bssttss nos leemos se despide Ame-Cullen-Swan ^.^