NdA: Este fic está dedicado a Regan, alias Loredi, que cumplió añitos el sábado. Ya sabes que quería haberlo subido ayer, pero se alargó de lo listo. Espero que te guste, guapa, y feliz cumpleaños ^^

Los personajes son de J.K. Rowling, la Warner, qué sé yo. Y una servidora va a seguir pobre como una rata. Así es la vida. Pero ¿y lo divertido que es jugar con Harry y Draco?

Capítulo I

Cuando Ginny rompió con Harry, éste se dio cuenta de que no se sentía tan mal como se suponía que debía de sentirse. Perderla a ella era como perder una posibilidad de ser normal, de entrar a formar parte realmente de los Weasley, pero su corazón no parecía demasiado roto en el fondo.

Aun así, todo resultaba algo confuso y deprimente porque se suponía que tras la guerra todo iba a ser más fácil. Y sin embargo los muertos seguían doliendo y ahora Ginny había vuelto con Dean Thomas. Ron y Hermione, siempre los mejores amigos, se esforzaron en animarlo.

-Sólo necesitas tiempo, Harry.

-Sí, seguro que encuentras a alguien –dijo Ron-. Además, la mitad de las chicas de Hogwarts quiere salir contigo.

Esto último no animaba tanto a Harry como Ron podía imaginar. Para empezar, muchas de esas chicas estaban cegadas con todas aquellas tonterías sobre el Chico-que-vivió y esperaban verlo hacer heroicidades todo el tiempo y hablar en forma de discursos. Y bueno… no se moría de ganas de estar con ellas. Siempre habían sido algo secundario en su vida. Era el rechazo en sí lo que le dolía, la sensación de estar solo. Hermione y Ron se tenían el uno al otro, probablemente acabarían casándose. ¿Qué pasaría con él? No tenía familia propia, sólo los Dursley, y esos no contaban.

Pero Ron seguía pensando en todo aquello de la cantidad de chicas, al parecer, porque unos días después, cuando le llegó una carta de su hermano George durante el desayuno, sonrió con algo de malicia.

-Eh, colega, ¿a que no sabes qué me acaba de enviar George? –le preguntó en voz baja.

-No.

Ron meneó un trozo de pergamino en su cara.

-Si pronuncio este hechizo brillará una luz rosa sobre todas las chicas de esta habitación que se sientan atraídas por ti.

Harry soltó una risita.

-Ron…

-Ni se te ocurra, Ron –le advirtió Hermione, también en un cuchicheo.

-¿Por qué no? Sólo trato de que vea que no hay razón para estar deprimido.

-Es una invasión horrible de la intimidad.

-Los únicos que veríamos esa luz seríamos nosotros –replicó Ron, claramente entusiasmado con la idea y poco dispuesto a dejarla ir sin más-. Vamos, Harry, ¿qué me dices? ¿No te gustaría saberlo? Estoy convencido de que a esa Hufflepuff morenita de séptimo le gustas aunque finja que no.

A decir verdad, de todas las chicas del colegio ésa era la que más le gustaba. Y no le molestaba mucho la idea de saber con certeza si era correspondido antes de acercarse a ella.

-No sé, es que…

-¡Ronald!

Ron se giró hacia ella con el ceño fruncido.

-Ya está bien, Hermione, tú no mandas de mí.

Y a continuación sacó la varita y pronunció el conjuro en voz baja, pero clara y firme. Harry vio un pequeño chorro de corazones rosa salir disparado y miró a su alrededor. Al menos dos docenas de chicas, de todas las edades y todos los cursos, estaban coronadas con luces de colores rosas.

-Eres un idiota, Ron –refunfuñó Hermione.

-Te lo dije, Harry –se rió Ron, sin hacer caso del tono hosco de Hermione-. Hay un montón.Y a la morenita le gustas. Lo sabía. Estoy hecho un crack.

-No te voy a decir lo que estás hecho –replicó ella.

Harry miró a la mesa de los profesores para ver si alguno se había dado cuenta de lo que sucedía, pero todos estaban desayunando tranquilamente. Y de pronto, la voz de Ron atrajo su atención.

-No puede ser. Oh, Merlín, no puede ser.

-¿Qué pasa? –dijo Harry, dándose cuenta de que Ron miraba hacia la mesa de Slytherin.

-Malfoy –dijo Ron, empezando a temblar de la risa-. El jodido Malfoy. No puede ser… Es demasiado bueno…

Harry se había quedado boquiabierto. Ya estaba desapareciendo, pero la luz rosa todavía era visible sobre la cabeza de Draco, que como todos los demás, desayunaba ajeno a todo lo que estaba pasando.

-Ese hechizo tiene que ir mal –declaró con total convicción.

-¿Qué coño va a ir mal? –replicó Ron, que ya no podía aguantarse la risa-. Malfoy es maricón. Y está coladito por ti. Oh, es demasiado, ¡es demasiado!

Hermione le dio un codazo.

-Ya vale, Ron. Para empezar, no se dice "maricón", eso es tan horrible como llamar a alguien sangresucia, que lo sepas.- Las carcajadas de Ron frenaron en seco y él la miró con más sobriedad-. Ser gay no tiene nada de malo, y si Malfoy lo es, eso es asunto suyo. Tú no tenías derecho a entrometerte en su intimidad. No se ha metido con nadie en todo lo que llevamos de curso, así que déjalo en paz, ¿entendido?

Ron sonrió con condescendencia.

-Hermione, creo que no acabas de entenderlo. Draco Malfoy –Y aquí soltó una risilla de incredulidad- sueña con ser el único y verdadero amor de Harry, igualito, igualito que Romilda Vane. Oh, colega, deberías sonreírle un poco un par de veces, a ver qué pasa.

Harry, que aún no se había recuperado de la impresión, meneó la cabeza, pero Hermione contestó antes que él.

-Ron, eso sería cruel.

-Ya, ya lo sé –dijo, conciliador-. No digo que lo haga, pero sería divertido verlo, eso es todo. Merlín... Todavía no me lo puedo creer.

-Mira, vamos a olvidarnos de todo esto, ¿de acuerdo? –propuso Harry-. Como ha dicho Hermione, los sentimientos de Malfoy –Ron soltó otra risilla- son asunto suyo.

-Bueno, pero a la Hufflepuff le gustas –le recordó Ron-. Así que nada de deprimirte por lo de mi hermana.


Harry intentó seguir su propia sugerencia, pero lo de Draco lo había sacado de sus raíles. No conseguía quitárselo de la cabeza, le resultaba totalmente surrealista. Le habría gustado poder hablar con él y preguntarle cómo y por qué para ser capaz de entenderlo. ¿Era porque le había salvado? ¿También él estaba cegado al fin por todo ese brillo del Elegido? Era la única explicación medio normal, medio pausible, que se le ocurría.

En realidad, Draco no había dado señales de ser consciente de su presencia en todo lo que llevaban de curso. Harry le había echado un ojo al principio para asegurarse de que no tenía ni causaba problemas y en vista de que todo iba bien, se había desentendido de él. Draco se juntaba únicamente con los otros Slytherin, sobre todo con Zabini y Nott, que también estaban haciendo aquel octavo curso y era obvio que estaba tratando con éxito de mantener un perfil bajo. Cuando coincidían en clase, que compartían con los de séptimo, no lo escuchaba hablar si el profesor no le hacía una pregunta directa, cosa que no sucedía a menudo y si se cruzaban por los pasillos no se prestaban atención. De no ser por el conjuro de Ron, Harry no habría imaginado que Draco sentía algo por él ni en un millón de años.

Ahora que empezó a fijarse un poco más en él, pudo darse cuenta de otros detalles. Todavía estaba muy delgado. Draco siempre había sido delgado, pero había perdido peso en sexto y no había vuelto a recuperarlo del todo. Nunca se reía. Y cuando coincidían en Defensa, Encantamientos o Pociones, Draco se sentaba invariablemente algunas filas por detrás de él. Antes de la guerra siempre se ponía a su altura, o por delante, para poder girarse hacia él y dirigirle miradas ceñudas o sonrisillas de superioridad. Harry se preguntó por qué habría cambiado de posición y el auror que ya llevaba dentro le dio una respuesta rápida e intuitivamente: para observar sin ser visto.

¿Podía ser eso? Harry se sentía un poco tonto pensando algo así porque francamente… ¡estaban hablando de Malfoy! Pero sentía curiosidad y en la siguiente clase de Defensa llevó un pequeño espejo encantado que le permitiría ver a Draco cada vez que éste mirara en su dirección.

La nueva profesora de Defensa era una mujer bastante competente que se llamaba Arlene Fox y Harry esperaba que, con la muerte de Voldemort, la maldición que pesaba sobre el puesto de profesor de aquella asignatura se hubiera desvanecido y ella pudiera seguir dándola durante más tiempo. La profesora Fox sabía que la mayoría de ellos tenían un buen dominio de la asignatura y procuraba enseñarles hechizos de defensa que pocos magos conocían, casi propios de aurores. Harry y los demás no tenían mucho tiempo en sus clases que perder, entre los apuntes y las prácticas, pero aun así el espejo le desveló varias miradas directas de Draco.

Y qué miradas… Harry estaba acostumbrado a que le hicieran ojitos y al anhelo y a la adoración. Pero había algo distinto en los ojos de Draco. Había anhelo, sí, y un poco de tristeza, pero también algo primitivo, animal. Era deseo, deseo en estado puro, y Harry se sintió extrañamente acalorado y turbado al notarlo. No estaba acostumbrado a ser mirado así. Ginny y Cho no le habían mirado así.

Hasta ese momento, una parte de Harry todavía había albergado la esperanza de que el hechizo de Ron fuera una engañifa. Pero después de haber visto esas miradas de Draco, ya no lo dudó más.

Funcionaba, y Draco sentía algo por él.


La cosa podría haber terminado ahí. Harry no tenía pensado hacer nada, por mucho que su cabeza se empeñara en darle vueltas a la imposibilidad que suponía un Draco Malfoy enamoriscado de él. Aquello era algo que Draco tenía que resolver solito. Total, aunque tuviera un poquillo de mala fama y una personalidad bastante horrible, era un tipo bastante atractivo, mirado objetivamente. Seguro que pronto encontraba a alguien más. Alguien a quien hacerle esas cosas en las que pensaba cuando lo miraba así a él.

Pero Ron era como un polvorín a punto de estallar. De vez en cuando le lanzaba miraditas a Draco y estallaba en risitas burlonas que Draco trataba de ignorar. Otro día, cuando entraron en clase de Pociones, se encontraron con un corazón en la pizarra que contenía las iniciales de Draco y un interrogante. Draco se quedó paralizado durante un segundo; después fingió desprecio, acusó a las chicas de séptimo de Slytherin de ser unas cursis y lo borró con indiferencia. Harry, que sabía perfectamente que había sido Ron, le acusó de portarse como un crío y le pidió que lo dejara estar.

-Vamos, si es sólo una broma. No es como si hubiera revelado su secretito.

-¿Qué secretito? –preguntó Ginny, que estaba sentada cerca de ellos.

Ron soltó un ronquido de risa.

-Nunca te imaginarías de quién está enamorado el hurón.

Harry maldijo entre dientes. Ginny le lanzó a su hermano una mirada penetrante, se giró hacia Harry y luego se llevó la mano a la boca.

-¡No! –Ron soltó una risilla. Ginny estaba boquiabierta-. No, me estáis tomando el pelo… No puede ser. ¿De Harry?

-No –dijo Harry, con firmeza-. Claro que no, no digas idioteces. No está enamorado de nadie, ¿de acuerdo?

Ginny dudó un momento, pero luego meneó la cabeza y se rió un poco.

-No cuela.

-Lo digo en serio –insistió Harry-. Ya está bien con el tema.

Harry no sabía si le habían creído, pero al menos había dejado una cosa clara: el tema no le hacía ninguna gracia. Ron y Ginny lo dejaron correr y la clase transcurrió sin más comentarios sobre Draco. Pero Ginny parecía tan incapaz de olvidarse de aquello como Ron y no sólo se lo contó a Dean en estricto secreto, sino que además se la veía dispuesta también a unir fuerzas con su hermano a la hora de chinchar a Draco.

-Te recuerdo que él me hizo la vida imposible cuando tú me gustabas –dijo, cuando Harry intentó convencerla de que lo dejara estar.

-Teníamos doce años. Nosotros también nos reíamos de Hermione porque le gustaba Lockhart.

-¿Por qué le defiendes? –preguntó con extrañeza.

-Porque se supone que ya ha acabado todo, Ginny. Y desde la guerra él no ha hecho nada malo. Se dedica a sus asuntos y ya está.

Ginny chasqueó la lengua.

-Oye, no voy a gritar que le van los rabos en mitad del Gran Comedor. Pero déjame torturarlo un poquillo, ¿vale? Cuando acabe el curso nos tocará ser adultos y portarnos bien. Quiero aprovechar mi última oportunidad de portarme como una cría.

-Ginny…

Ella sonrió.

-Confía en mí.


Harry no sabía qué pensaba hacer Ginny, pero en aquel momento estaba más ocupado tonteando con la chica de Hufflepuff, Peggy. Y tal y como había revelado el hechizo, ella sí estaba interesada. Las miradas de Peggy eran dulces y prometedoras, justo lo que Harry había esperado encontrar unos días atrás. Sin embargo, en esta ocasión se descubrió pensando en los ojos insistentes, casi exigentes de Draco.

Bien, quizás no era la dulzura de las Hufflepuff lo que realmente quería, después de todo, pensó, mientras entraba a clase de Pociones. Quizás necesitaba chicas más apasionadas.

Las risas de Ron le hicieron regresar a la Tierra.

-Mira esto, Harry.

Sobre el pupitre, sobre todos los pupitres, había una encuesta. Cómo saber si estás enamorado de Harry Potter. Las preguntas eran del tipo: ¿Alguna vez te ha salvado la vida? ¿Alguna vez has llevado insignias con su nombre? ¿Piensas obsesivamente en él? Harry enrojeció y arrugó la que había sobre su mesa.

-Por favor, esto es una estupidez.

-¿Podrías tenértelo un poco más creído, Potter? –exclamó entonces Zabini con disgusto, mientras hacía desaparecer su papel-. Esto empieza ya a ser patético.

-Yo no tengo nada que ver –replicó Harry, disgustado.

Mientras tanto, Draco estaba también algo rojo y había hecho desaparecer la encuesta de su mesa. Detrás de Harry, Ginny disimulaba las risas.

-Lo siento, Harry, pero tendrías que haberle visto la cara –cuchicheó.

Harry se giró hacia ella.

-¿Te has vuelto loca o qué? ¡Esto no tiene gracia! Se han pensado que es cosa mía.

-Lo siento –repitió Ginny, todavía riendo.

Slughorn entró y el asunto quedó momentáneamente olvidado, pero Harry se giró un par de veces en dirección a Draco y pudo darse cuenta de que estaba algo inquieto. Su poción no salió muy bien, y eso que ahora que Harry no tenía el libro del Príncipe Mestizo, Draco se disputaba feroz y silenciosamente el primer puesto de esa clase con Hermione. Harry empezó a sentirse realmente molesto con todo aquel asunto: era absurdo, era de críos y tenían que parar ya.

Cuando acabó la clase habló con Ron y Ginny una vez más, pero ninguno de los dos parecía tomarse en serio las molestias que le estaban causando a Draco. Eran exageraciones, decían. Hermione terminó enfadándose mucho con Ron y tuvieron una pelea bastante fuerte. Después de aquello, Ron le hizo algo más a Draco, probablemente por puro despecho hacia Hermione. Harry no supo qué había sido, pero vio a Ron riéndose con Ginny y le llegaron rumores de que Draco había sido visto saliendo de uno de los cuartos de baño como si se hubiera topado con un dementor.

Al día siguiente de aquello, mientras daba un paseo, Harry se encontró con Luna, que iba por ahí agitando en el aire una larga ramita, como si ahuyentara bichos invisibles.

-Hola, Harry.

-Hola, Luna. ¿Qué haces?

-Estoy limpiando el aire.

-Oh… No sabía que estuviera sucio.

-Sí, todavía lo está. Un poco. Pero con el tiempo se limpiará. –Agitó una vez más la ramita y sonrió complacida-. Listo, esta parte ya está. ¿No lo notas?

-Hummm.

Luna lo miró con sus grandes ojos saltones y azules.

-Estoy un poco preocupada por Draco.

Harry dio un respingo.

-¿Qué? ¿Por Draco? ¿Qué?

-Creo que un bombilphy le está robando la energía. A veces ocurre. Hay que tener mucho cuidado con ellos. Le he dicho que se ponga un collar hecho de guisantes ensartados porque todo el mundo sabe que eso ahuyenta a los bombilphys, pero no me ha hecho caso.

-¿Le has dicho eso? ¿Has hablado con él?

-Dos o tres veces. Él también quiere ser medimago.

Harry arqueó las cejas.

-¿Qué? ¿Queréis ser medimagos?

Luna asintió con una media sonrisa.

-Sí. Aunque yo quiero investigar ramas alternativas de la medimagia. Hay tanto que no sabemos… Draco quiere especializarse en daños producidos por hechizos y encantamientos. Por la Cruciatus, sobre todo.

Por la Cruciatus… Harry podía entenderlo, podía entenderlo perfectamente. Y le decía mucho sobre Draco.

-No tenía ni idea.

-Sí, estudiaremos juntos en San Mungo. Nosotros y una chica de Hufflepuff somos los únicos de nuestro curso que nos haremos medimagos.

Harry pensó un poco.

-¿Y no se te hace raro hablar con él?

-¿Por qué?

-Estuviste secuestrada en su casa.

Luna volvió a agitar la ramita en el aire.

-Puede que fuera su casa, Harry, pero él también estaba prisionero allí.


Al cabo de un par de días de su pelea con Hermione, Ron estaba ya visiblemente ablandado y deprimido y dispuesto a comportarse de una vez con sensatez. Después de hacer las paces con ella anunció oficialmente –es decir, le dijo a Harry- que iba a dejar a Draco tranquilo. Harry se alegró de corazón al oírlo, porque después de enterarse de su elección de carrera todas esas bromas le parecían de peor gusto que nunca.

Pero Ron era una cosa y Ginny otra muy distinta. Ella no veía motivos para abandonar las pullas. Harry llegó a pedirle a Dean que hablara con ella, pero no sirvió de nada. En una de las clases de Encantamientos Flitwick les hizo cambiar de pareja varias veces a lo largo de la clase, ya que el hechizo requería que se acostumbraran a usarlo en personas de distinto tamaño, y en uno de esos cambios Harry se vio cara a cara con Draco. Draco fue el primero en girarse para emparejarse con alguien más, pero Flitwick le llamó al orden.

-¡Señor Malfoy!

Entonces Draco le dirigió a Harry una leve inclinación de cabeza.

-Está bien, empecemos, Potter.

-Cuando quieras.

En ese momento no había nada en su aspecto que indicara sus sentimientos hacia él y Harry se encontró buscando una señal de ellos, ya que se le presentaba la oportunidad de examinar a Draco más o menos a su antojo. Rara vez tenía la oportunidad de hacerlo. Pero Draco acabó dándose cuenta de aquel escrutinio.

-¿Se puede saber a ti qué te pasa?

-¿De qué?

-No haces más que mirarme.

Harry se puso a la defensiva.

-Estás delante de mí, Malfoy. ¿A dónde quieres que mire? No querrás que me arranque los ojos.

De pronto oyó la voz de Ginny.

-Francamente, Harry, no creo que a Malfoy le moleste mucho que le mires.

Harry abrió los ojos de par en par, se giró hacia Ginny y luego se volvió hacia Draco, que había vuelto a quedarse lívido por un momento. Pero sólo eso, un momento, porque se recuperó rápido y trató de torcer la boca en una mueca de desdén.

-¿Qué quieres decir con eso, chica Weasley?

Ginny sonrió dulcemente.

-Tú ya me entiendes, Malfoy.

Con eso Ginny se marchó para seguir practicando, dejando a Harry en una situación terriblemente incómoda. Draco, sin duda, aún se encontraba peor. A Harry en esos instantes le costaba hasta mirarlo a los ojos, pero se esforzó en hacerlo porque sabía que alguien tenía que reconducir aquella situación a la normalidad y desde luego el pobre Draco no iba a ser, que bastante estaba haciendo ya con aguantar la situación.

-Chicas, ja –dijo con torpeza-. Son tan raras. Nunca se sabe muy bien lo que quieren decir.

-Ya.

-No le hagas ni caso. Venga, sigamos.

Draco siguió. Y Harry sintió nacer un respeto renuente hacia él. Todo eso de los sentimientos siempre había sido una pesadilla para él, el horror. Lo que estaba pasando Draco aterrorizaba más a Harry casi cualquier cosa que hubiera pasado en la guerra. ¡Si se hubieran empezado a reír de él delante de Cho cuando ésta le gustaba! Dios, no lo habría podido soportar. Se habría muerto allí mismo. Estaba convencido de que la única razón por la que no había impedido que Ron usara el hechizo en primer lugar había sido porque así podía ahorrarse la agonía, el sufrimiento de acercarse a una chica y recibir un no como respuesta.

Tenía que admitirlo, Draco tenía valor. Quizás no la clase de valor que le hacía uno enfrentarse a un Señor Tenebroso, pero otra clase de valor.


-Eh, Harry, ¿todavía no le has pedido salir a Samantha? –le preguntó Ron en la Sala Común.

Era la Gryffindor apasionada de séptimo. Harry, que no había pensado en ella últimamente, la rememoró con indiferencia.

-No, todavía no.

-Déjale tranquilo –dijo Hermione-. Lo que tiene que hacer es concentrarse en los ÉXTASIS. Necesita cinco si quiere entrar en la Academia de Aurores.

Ron suspiró y le dio a Harry con un almohadón en la cabeza.

-Cuando seas auror vas a tener que andarte con ojo. Ya no estaremos Hermione y yo para cuidar de ti.

Harry sonrió y tragó saliva.

-Sí, ya lo sé.

Ron sonrió también.

-De todos modos, sigo pensando que deberías salir con Samantha. La loba…

-¡Ron! –exclamó Hermione, riendo.

-Los de su curso la llaman así –se defendió él, riendo también-. Sólo sale con chicos de fuera de Hogwarts y queda con ellos los sábados, en Hogsmeade. Pero también le apareció la luz rosa, así que algo le gustas.

Hermione puso los ojos en blanco.

-Y somos las chicas las que tenemos fama de chismosas, ¿sabes? Las chicas… Anda, dejadme en paz, que yo sí quiero estudiar.

Harry sonrió y se dispuso a seguir leyendo su propio libro también, pero su cabeza estaba en otro sitio. En Samantha. O en la ausencia de Samantha. En realidad, últimamente sólo pensaba en Draco. Pensamientos que a veces eran un poco raros, la verdad. Quizás se estaba empezando a obsesionar con todo ese asunto del enamoramiento. Era extraño pensar que Draco quería besarle. Bueno, besarle y muchas más cosas, evidentemente. ¿Y no era inevitable que él pensara en qué se sentiría en esas circunstancias?

Inevitable o no, lo que resultaba perturbador es que la idea le resultaba cada vez más excitante. Había usado el espejito encantado en más ocasiones, y aunque Draco le miraba menos que antes y ahora esas miradas eran mayoritariamente angustiadas, de vez en cuando aún lo devoraba con los ojos, como si fuera su manjar favorito y él estuviera hambriento. Esas miradas le tenían algo obsesionado, la intensidad de ese deseo. Y si en sus primeras fantasías ese deseo lo habían protagonizado chicas, hacía varios días que era Draco el que se colaba en su mente. La idea debería haberle parecido repugnante, tocar otro chico, tocar otra polla pero no lo era. Todo lo contrario, resultaba… sexy. Harry empezó a pensar, un poco confundido, que quizás él también era gay. O bisexual.

La culpa era tan de Ron…


Todo permaneció tranquilo un par de días. Si por tranquilo se entiende que él se estuvo comiendo la cabeza sobre su orientación sexual y Draco probablemente estuvo agonizando sobre si alguien conocía su secreto o no. El caso es que al menos Ginny no le molestó de ninguna manera. Pero al cabo de ese breve periodo de relativa calma, Ginny se acercó a Harry, que volvía de ver a Hagrid, con una expresión de culpa tan grande que no parecía capaz ni de mirarlo a la cara.

-Harry…

-¿Qué pasa, Ginny?

-Es que… Merlín, yo no quería…

-Ginny, ¿qué ha pasado? –insistió Harry, más preocupado.

-Estaba hablando con Dean de lo de Malfoy –dijo en voz baja-… y Romilda Vane y unas amigas suyas me han escuchado.

Harry sintió una especie de mareo.

-No…

Ginny lo miró con expresión arrepentida.

-Lo siento… Lo siento, Harry. No las he visto, te lo juro. Les he pedido que no dijeran nada, se lo he pedido por favor, pero no sé si me van a hacer caso. Habla tú con ellas. Ya sabes que a Romilda le gustas, a lo mejor guarda el secreto si se lo pides tú.

Harry resopló porque eran tantas las cosas que le habría dicho a Ginny en ese momento, cosas sobre la conveniencia de dejar a la gente en paz, de cerrar la boca, de ocuparse de sus propios asuntos. Pero no tenían tiempo. Lo importante era Draco.

-¿Dónde está?

-En los escalones de la entrada.

Harry echó a correr hacia allí. Ginny le siguió, intentando mantener el ritmo, pero él era algo más rápido y pronto le sacó algo de ventaja. No la esperó, tenía que alcanzar a Vane y a sus amigas antes de que fuera demasiado tarde. Tenía que hacerlo. Algunos alumnos le llamaron, pero él no les hizo caso y entró en el castillo. Sólo entonces se detuvo y miró a su alrededor en busca de Romilda.

-Eh, Harry –le llamó Michael Corner, que andaba por allí con un par de amigos suyos-, me han dicho que te ha salido un admirador.

Los tres se echaron a reír. Harry cerró los ojos. Había llegado tarde.

-¿Qué quieres decir? –preguntó, por aferrarse a la mínima posibilidad de que el nombre de Draco aún estuviera a salvo.

-¿No lo sabes? Cuentan por ahí que Malfoy es maricón y está enamorado de ti o algo así.

Harry hizo lo único que podía hacer, resoplar.

-Menuda tontería.

-No sé qué decirte, al parecer todo se desveló gracias a un hechizo. ¿En serio no sabías nada?

Ahí ya no supo si mentir, porque era como intentar exculparse.

-Mira, lo que sé es que esos chismes no me interesan –dijo en cambio, dando media vuelta.

Intentando averiguar la extensión de los daños, Harry se dirigió hacia el Gran Comedor. Le bastó sólo un paseo para darse cuenta de que la noticia estaba extendiéndose como la pólvora. Él y Draco eran dos de los alumnos más conocidos de Hogwarts, aunque fuera por motivos muy distintos, y el chisme, había que reconocerlo, era de los gordos. Y al parecer la gente lo encontraba histéricamente divertido y daba por sentado que él opinaba lo mismo.

-Harry –dijo Ginny tras él, sin aliento-. ¿Has encontrado a Romilda?

-No.

-¿Crees que ha dicho algo?

-No lo creo, lo sé.

-Mierda… -Se mordió los labios con consternación-. ¿Estás seguro?

-Sí, ya me han gastado bromitas sobre el tema.

Un grupo de mocosos de segundo pasó riéndose por delante de ellos y salió del Gran Comedor. Harry se preguntó si hablaban de Draco. Los que lo hacían, sin duda alguna, eran Creevey y unos amigos suyos, que también fueron a hablar directamente con él.

-Eh, Harry, ¿es verdad lo que cuentan? ¿Malfoy está enamorado de ti?

-Eso es una estupidez.

Creevey apretó los labios con disgusto.

-Eso espero. Si no es que está loco.

-No es tan malo como piensas –le defendió Harry.

Pero Creevey ya no le escuchaba, se había marchado con sus amigos. Harry se pasó la mano por el pelo, agobiado con todo aquello. Podía negarlo y fingir que era un chisme absurdo salido de la imaginación de Romilda y sus amigas, pero estaba claro que habría gente que seguiría creyéndoselo. Y Draco… Draco aún tenía que enterarse… Harry no quería ni imaginar cómo iba a sentirse.

Continuará