Capítulo II

Cuando llegó la hora del té, Harry estaba seguro de que todo el colegio lo sabía ya. Una docena de personas se habían acercado a preguntarle si era verdad. Y entonces entró Draco con Nott, Zabini y las hermanas Greengrass y supo que ellos eran la excepción. Quizás habían estado dando un paseo o estudiando en la biblioteca y nadie les había ido con el cuento aún. Pero no tardarían en enterarse.

Draco se dio cuenta rápidamente de que pasaba algo, todos lo hicieron. Había demasiadas miradas fijas en él, con más o menos disimulo, y varias risitas sofocadas. Pero ocupó su sitio de siempre y se sirvió el té como si no pasara nada. Harry, que no había podido probar bocado, lo observó todo con un nudo en el estómago. La Casa de Slytherin no había sido una excepción, ellos también estaban al corriente del chisme. Algunos parecían enfadados y lo habían negado con vehemencia; otros, que no debían de sentir demasiada simpatía por Draco, se habían reído también. Le llegaría. Harry sabía que el rumor le llegaría.

-Tendría que haberle avisado –comprendió de pronto-. Al menos no se habría enterado delante de todo el mundo. Soy un idiota, ¿por qué no se me ha ocurrido?

-Aún estás a tiempo –dijo Hermione, al cabo de unos segundos-. Si creo una distracción…

-Hermione, dame con un Desmaius sin que se den cuenta –propuso Ginny-. Y mientras todos se fijan en mí, que Harry saque a Malfoy de aquí y le cuente lo que pasa.

Pero entonces se oyó el ruido de una silla arrastrándose por el suelo y la clara voz de Draco por encima del murmullo habitual del Gran Comedor.

-Yo no soy maricón.

Todos los alumnos enmudecieron de golpe, obviamente interesados en lo que estaba pasando. Draco estaba de pie, tratando de ocultar su vergüenza, su agitación.

-Todo el colegio lo sabe, Malfoy –dijo un Slytherin de séptimo que permanecía sentado. Harry no podía verle la cara-. Hicieron un hechizo para ver qué chicas perdían las bragas por Potter. Y has resultado ser una de ellas.

McGonagall trató de poner orden, pero no tuvo éxito. Hubo un coro de risas burlonas y Draco se puso un poco más rojo, pero aun así siguió esforzándose en mantener una pose amenazadora.

-Te digo que es mentira. ¿Es que te has vuelto loco? ¿Potter? Aunque fuera marica, ¿por qué iba a gustarme a mí un cuatro ojos cara-rajada como ése?

Aunque Harry estaba convencido de que Draco sólo trataba de disimular por puro terror, no pudo evitar sentir que se le rompía el corazón un poquito. Algo más lejos, Romilda Vane se puso en pie con aire justiciero.

-¿Cómo te atreves a hablar así de Harry? Para empezar te salvó la vida. Y además, de mentira nada, Malfoy.

-¡Señorita Vane! –la llamaron desde la mesa de los profesores.

Pero Romilda estaba embalada y no les hizo caso.

-¡No, es la verdad! Yo sé quién echó el hechizo, pero no lo voy a decir porque los Gryffindor no somos unos chivatos. Y funcionó y dijo que estabas colado por Harry. Pero despierta, encanto, porque Harry es un hombre de verdad. Y si fuera marica, que no lo es, no tendría tan mal gusto para salir con un mortífago como tú.

Ocho o diez personas –no todo el Gran Comedor, porque entonces habría sido demasiado feo, demasiado horrible, y Harry probablemente habría dejado el mundo mágico para no volver jamás- se echaron a aplaudir y a jalearla. Draco estaba ahora rojo como un tomate y sus ojos sólo expresaban dolor crudo y descarnado. Harry tuvo que apartar la vista, no soportaba verle así. Oyó a McGonagall volviendo a imponer calma, esta vez con mucha más contundencia y cuando volvió a mirar, Draco ya caminaba hacia la puerta.


Cuando terminó el té, Ron suspiró y anunció que iba a confesar.

-Mira, yo no quería que esto pasara. Pero al fin y al cabo fui yo quien lanzó el jodido hechizo. Y ahora me siento culpable.

Y Harry y Hermione fueron con él y confesaron también su parte. Porque quizás no habían lanzado el hechizo, pero tampoco habían impedido que Ron lo hiciera.

McGonagall les lanzó un buen sermón e hizo llorar a Hermione, que ya había soltado algunas lagrimitas con el aplauso al horrible discurso de Romilda. El propio Harry sentía ganas de llorar cuando pensaba en Draco y en lo mal que lo debía de estar pasando. La directora les castigó a escribir una redacción de un metro sobre las responsabilidades de la vida adulta, les quitó cinco puntos por cabeza que se sumaban a los diez que había perdido Romilda por su cuenta y les hizo salir de allí diciéndoles que estaba muy decepcionada con ellos.

-La putada ha sido lo de Romilda –masculló Ron-. Si ella no se hubiera enterado, no habría pasado nada.

-La parte de torturar a Draco tampoco estaba muy bien –replicó Harry, de mal humor.

-Eh, yo ya lo había dejado.

-Pobre chico, debe sentirse fatal –dijo Hermione, con sentimiento-. Fatal.

-Como para dejar la escuela –dijo Ron.

-No puede –les recordó Harry-. Ha de terminar sus estudios. Forma parte de su condena.

-Colega, pues ahora sí que es una condena.

Ninguno de los tres, ni siquiera Hermione, estaba con ánimos de ponerse a hacer deberes y se quedaron vagabundeando por el castillo hasta la hora de cenar. De vez en cuando se cruzaban con alguien que hacía alusión a Draco, a lo sucedido durante el té. Harry, que estaba muerto de preocupación, tenía que refrenarse para no mandarlos a la mierda. No sabía qué era peor, los que encontraban ofensivos los sentimientos de Draco o los que los encontraban hilarantes. ¿Y qué pensarían todos esos idiotas si supieran que quizás él sentía algo parecido? ¿Qué dirían si él contara que quizás los chicos también le atraían?

Harry estaba convencido de que Draco no iba a aparecer a la hora de cenar. Él, desde luego, no sabía por qué había ido al Gran Comedor, ya que seguía siendo incapaz de tragar bocado. Pero para su sorpresa, Draco hizo acto de presencia. Esta vez no le acompañaba Nott, iba con Zabini y las dos chicas Greengrass. Caminaba algo encogido y se notaba que estaba muerto de miedo y sin embargo a Harry nunca le había parecido tan valiente como en ese momento.

A su paso hubo risitas y cuchicheos, pero por lo demás lo dejaron en paz. Draco se sentó en su sitio y cuando la comida apareció sobre la mesa, se sirvió y empezó a comer. Harry decidió imitarle, después de todo, y se obligó a comer un poco. Si Draco podía, él también podría. Mientras cenaba, no perdió de vista a la mesa de Slytherin, que se veía un poco tensa. Estaba claro que no todos estaban contentos con lo que había pasado. Nott, de hecho, le estaba lanzando a Draco miraditas de desprecio de vez en cuando. Harry no podía ver la cara de Draco desde dónde estaba, pero tenía la impresión de que estaba tratando de concentrarse en su comida y olvidarse de todo lo demás.

Cuando terminó la cena, Draco fue el primero en marcharse con sus amigos, los pocos que le quedaban. Harry lo observó marcharse con una sensación de añoranza en el pecho y supo que tenía que hablar con él. Tenía que hacerlo. Quería decirle que lamentaba de corazón todo lo que le había pasado y que podía contar con su apoyo. Quería decirle… Harry ya no estaba seguro de que fuera a aparecer una luz rosa sobre la cabeza de Draco si hicieran de nuevo el hechizo, no después de todo lo que había pasado. Debía de odiarle, y eso que no conocía su implicación en aquel desastre. Pero al menos se merecía su ayuda.

Harry se fue con los otros Gryffindor a la Sala Común. Allí la mayoría estaban hablando de Draco, pero cuando él, Ron, Hermione y Ginny les dijeron que cerraran el pico consiguieron, al menos, que se fueran a hacerlo a un sitio donde ellos no podían oírles. Neville fue uno de los pocos que parecía ver el tema desde el mismo punto de vista que ellos.

-No es que yo sea fan de Malfoy. Pero el tipo no se ha metido con nadie en todo el curso y lo del té ha sido demasiado cruel. Esa Romilda… Además, si es gay, es asunto suyo.

-Sabía que eras un hombre sensato, Nev –dijo Harry.

-Es que es verdad. Los idiotas que echaron ese hechizo podrían haberse dedicado a otra cosa más constructiva.

Harry intercambió una mirada con Ron y Hermione.

-El idiota fui yo –dijo Ron con resignación.

Neville se quedó perplejo.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Quería demostrarle a Harry que había un montón de chicas en Hogwarts dispuestas a salir con él. Ya sabes, para que se animara porque Ginny estaba con Dean. Y entonces descubrimos que Malfoy también estaba interesado. Yo se lo conté a Ginny y Romilda escuchó cómo Ginny y Dean hablaban de eso y ya conoces el resto.

-Oh, joder…

-Y…. sí, se nos ha ido un poco de las manos.

"Un poco", en opinión de Harry, no describía nada bien el absoluto y jodido desastre en el que se había convertido la situación. Durante la cena había empezado a pensar en los padres de Draco; se enterarían, alguien les iría con el cuento. ¿Cómo reaccionarían? Narcissa probablemente apoyaría a su hijo de manera incondicional, pero ¿y Lucius? ¿Y si desheredaba a Draco o le echaba de casa o algo así? Pasara lo que pasara, le habían complicado la vida de tal manera que sentía deseos de plancharse las orejas como un elfo doméstico. Preocupado como estaba, sabía que no iba a poder conciliar el sueño fácilmente y retrasó el momento de irse a la cama. Pero cuando subió por fin a su dormitorio, cediendo a un impulso, sacó el Mapa del Merodeador de su baúl y lo puso en marcha con su varita.

Harry buscó a Draco en el dormitorio que habían adecentado para los alumnos de octavo de Slytherin. Esperaba verlo allí durmiendo, una señal de que al menos estaba a salvo en su cama. Pero Draco, para su sorpresa no estaba allí y eso le alarmó.

-Busca a Draco Malfoy –dijo, abriendo el Mapa para consultarlo mejor.

Con el corazón latiéndole cada vez más rápido miró en la enfermería, en el campo de quidditch, en las cocinas, en el despacho y las habitaciones de Slughorn, pero Draco no estaba en ninguna parte. Entonces recordó un sitio en el que no había mirado y buscó en la Torre de Astronomía. Allí estaba, en una de las habitaciones más altas. Pero nada más verlo, el corazón le dio un vuelco. A juzgar por la posición de la etiqueta con su nombre, Draco estaba justo en el borde de la ventana.


Harry había corrido muy pocas veces en su vida así de rápido. Sólo sabía que tenía que llegar a tiempo. Esta vez sí. No había podido detener el chisme, pero podía, debía detener a Draco. Lo contrario era impensable. El corazón parecía a punto de saltarle del pecho y las piernas le temblaban y le dolían por el esfuerzo de los escalones, pero los seguía subiendo con la vista fija en el Mapa, sabiendo que Draco seguía ahí, vivo, todavía a su alcance. Por fin, ya sin aliento, abrió la puerta.

-Draco…

Draco estaba de espaldas a él, sentado en el alféizar de la ventana con su pijama y su batín, las piernas colgando en el vacío.

-Potter –musitó, girando la cabeza.

Harry alzó una mano.

-Aléjate… de la ventana –le pidió, tratando de recuperar el aliento.

-¿Qué…?

Pero lo único que Harry sabía con absoluta certeza es que quería a Draco alejado de aquella ventana.

-Draco…bájate… por favor…Bájate de ahí… vamos…

Draco le miró, se miró a sí mismo y frunció el ceño mientras le hacía caso. Ahora que podía verlo mejor a la tenue luz del candelabro que iluminaba el cuarto, vio que tenía los ojos enrojecidos, pero secos.

-¿Acaso crees…? Potter, por las pelotas de Merlín ¿es que crees que estaba pensando en suicidarme o algo así?

Harry parpadeó.

-¿No?

-No. No, claro que no. Estaba mirando las putas estrellas. Y sí, por qué no, estaba pensando que mi vida es una puta mierda. Pero no estaba pensando en suicidarme. No me suicidé cuando Voldemort quería convertirme en un asesino y amenazó con matarnos a mí y a mis padres. No me suicidé cuando nos torturaba y me obligaba a torturar a otros. ¿Crees que voy a suicidarme ahora por haber sido humillado delante de todo el colegio? ¿Crees que esa zorra barata de Romilda Vane puede acabar conmigo cuando Voldemort no pudo? ¿Crees que puedes ? –Sus ojos se entrecerraron con ferocidad-. Puedo aguantar cualquier cosa, Potter. Cualquier cosa.

-Lo sé –contestó Harry.

La expresión de Draco cambió, y de pronto parecía muy cansado. Harry sintió unos deseos irreprimibles de abrazarlo, de acostarse a su lado y velar su sueño hasta que quedara dormido.

-Ya has visto que no voy a matarme así que lárgate, héroe. Quiero estar solo.

-No, Draco, espera, quiero contarte una cosa.

-Si es lo del hechizo ya lo sé. McGonagall me lo ha contado –dijo con el mismo tono lacónico-. Un desafortunado incidente, dice. A mí me suena a venganza.

Harry negó con la cabeza.

-No. No, Draco, no, lo juro. Ron sólo quería animarme con la estupidez esa de todas las chicas de Hogwarts que querían salir conmigo. No teníamos ni idea de que tú también… sentías algo. No tenía nada que ver contigo.

Ante la mención a sus sentimientos Draco apartó la vista un segundo, pero eso no le impidió seguir hablando.

-¿Y lo que no sabe McGonagall? ¿Ciertas cosas que han estado pasando, como encuestas para saber si estás enamorado de Harry Potter, mensajitos en los lavabos e insinuaciones de Ginny Weasley delante de todo el mundo? ¿Eso tampoco tenía que ver conmigo?

-Sólo estaban haciendo el idiota. Querían chincharte un poco, es verdad. Pero eran sólo… No querían que esto pasara. No imaginaban que esto fuera a pasar. Y de todos modos… siento no haber sido capaz de convencerlos para que de dejaran de hacerlo. Lo siento mucho.

-Ya… Bueno, no importa mucho.

-Sí que importa, ¿no lo entiendes? Ninguno de nosotros quería meterte en este lío. Tus padres…

Draco frunció el ceño.

-¡Deja a mis padres fuera de esto!

Harry alzó una mano.

-Sólo quiero saber si vas a tener problemas con ellos.

-No es asunto tuyo.

-Sí que lo es, si estás metido en esto por nuestra culpa.

Draco se lo quedó mirando unos segundos y luego le dedicó una mueca de desdén.

-Apuesto a que te gustaría escuchar que son malvados y que me han desheredado o algo así.

-¿Ya has hablado con ellos? –preguntó Harry, un poco sorprendido.

-Claro que sí, desde Hogsmeade. Tenían que saberlo por mí antes de que lo supieran todas las familias de sangrepuras. –Alzó la barbilla con un gesto desafiante-. Y para que lo sepas, mis padres me quieren, Potter. Y me apoyan. Estoy dispuesto a continuar el linaje familiar de un modo u otro y eso es lo que cuenta.

-Me alegro… -dijo de corazón-. Me alegro de que hayan reaccionado bien.

Draco lo miró como si estuviera ansioso por romperle la nariz otra vez.

-Oh, por favor, no finjas que te preocupa.

-¡Sí me preocupa! Sí me preocupa, ¿no lo entiendes? Hemos sido unos idiotas. Y lo que ha dicho Romilda ha sido horrible. Tener prejuicios contra los gays es tan malo como tenerlos contra los muggles. ¡Y tú no eres ningún mortífago! –Draco arqueó una ceja y se subió la manga de su bata y su pijama, dejando ver la Marca Tenebrosa. Harry apretó los labios-. Ya sabes lo que quiero decir. Tú creías que querías ser uno de ellos, vale. Pero cuando viste todo lo que significaba realmente, te diste cuenta que no servías para ello. Tendrás la Marca, Draco, pero no eres un mortífago.

Draco se lo quedó mirando un momento y luego hizo un gesto desdeñoso de incomprensión y burla.

-¿Y a ti que más te da? ¿Qué te pasa, ahora quieres ser el Chico-que-defendió-a-los-gays o algo así?

-Si está mal, está mal –dijo, rehuyendo su mirada. Pero no podía ser así de cobarde. Era un Gryffindor, ¿no?-. Y además…

-¿Qué?

Harry se mordió los labios.

-Creo que yo también soy un poco gay –le soltó de sopetón.

Draco necesitó varios segundos para reaccionar.

-¿Qué? –Harry asintió-. ¿Lo dices en serio?

-Sí.

Draco era la viva imagen del asombro, pero al momento ese asombro se trocó en desconfianza y miró hacia todos los lados.

-¿Qué es esto? ¿Otra broma? –Esta vez llegó a sacar la varita y apuntarle con ella-. ¿Otra broma?

-¿Una broma? ¡No! Draco, te lo juro por mis padres, no. –La gravedad del juramento hizo que Draco se quedara serio de nuevo, dispuesto a creer. Al menos bajó la varita-. No sé, desde que todo esto empezó… Es como si no pudiera parar de pensar en cosas, ¿entiendes? En chicos. En… ti. –Draco abrió los ojos de par en par-. En lo que sentiría al besarte y… y en el modo en el que solías mirarme antes, como si quisieras que folláramos hasta la muerte.

Draco, que se había quedado mirándolo con la boca entreabierta, tragó saliva y meneó ligeramente la cabeza, como si quisiera salir de algún trance.

-No. No, lo que te pasa es que sientes curiosidad. Te da morbo, eso es todo.

-No, no es eso, creo que me gustas –dijo, dando un paso hacia él.

Pero Draco retrocedió, algo encogido.

-Potter, ya vale, ¿es que tú y tus amigos no me habéis hecho bastante daño por hoy?

-No quiero hacerte daño –protestó Harry.

-Pero me lo harás –replicó Draco, con más ímpetu-. No pretendas hacerme creer que quieres ir en serio conmigo, ¿de acuerdo? Que… que yo iré a casa de los Weasley contigo y tú vendrás a Malfoy manor conmigo y que pasearemos juntos por el callejón Diagon cuando haga calor y yo vaya en manga corta. Tú mismo lo has dicho, lo único que quieres es saber qué se siente, y una vez lo sepas perderás el interés.

-No, Draco…

-No me conoces. No me conoces de nada. Como mucho quieres pegar un par de polvos. Y en otras circunstancias no me importaría, pero en estas, no. Contigo, no. Si quieres experimentar me parece muy bien, pero búscate a otro. Y… y si tienes dudas, me importa tres cojones: francamente, gracias a ti y a tus amigos ya tengo bastante con mis propios problemas. –Suspiró-. Olvídame, Potter. Es lo que yo voy a hacer.

Draco se marchó. Harry pensó en detenerlo, en seguir hablando con él hasta animarlo y pintar una sonrisa en su boca, hasta convencerlo de que él también había empezado a sentir algo. Pero sabía que Draco estaba herido y sus palabras le habían dejado inquieto. No quería hacerle más daño, ante todo no quería hacerle más daño. Así que le dejó ir, pensando que quizás al día siguiente tendría la cabeza más clara y sería capaz de encontrar lo que necesitaba decirle.


En realidad, Harry no durmió mucho aquella noche. La pasó dando vueltas en la cama y pensando en Draco. Dijera lo que dijera éste, Harry estaba convencido de que sus sentimientos no eran simple curiosidad. Quería conocerle mejor. Quería saber más de ese Draco que pensaba estudiar medimagia. Y desde luego había atracción física. Mucha, cada vez más. Y podía entender que Draco estuviera total y absolutamente a la defensiva después de lo que había pasado, pero no iba a dejar pasar esa oportunidad. Tenía que encontrar la manera de convencerle de que iba en serio, de que sí estaba interesado en él.

Cuando bajó al Gran Comedor al día siguiente le dijeron que los primeros en llegar se habían encontrado una pintada que decía "Malfoy maricón" en la pared. Uno de los profesores la había hecho desaparecer ya, pero obviamente la noticia llegaría a los oídos de Draco igual que había llegado a los de Harry. Harry estaba molesto y no sólo por el insulto, sino por el prejuicio que ponía de manifiesto. Estaba seguro de que Draco y él no eran los únicos dos adolescentes homosexuales o bisexuales de Hogwarts. ¿Cuántos más se estaban sintiendo agredidos con todo aquello?

-Esto es una vergüenza –dijo Hermione.

-Si pillo a alguien escribiendo una mierda de estas se va a enterar –gruñó Harry.

Draco llegó poco después y si se enteró entonces de lo de las pintadas, Harry no pudo observar su reacción. A lo largo del día lo vio en un par de clases, pero se comportó básicamente como si se hubiera vuelto autista. Escribía, hacía sus hechizos o sus pociones y poco más. Sin embargo, Harry volvió a usar el espejito encantado y descubrió que, al menos, Draco seguía mirándolo cuando creía que nadie se fijaba en él. Miradas atormentadas, que evidenciaban lo mal que lo estaba pasando. Harry comprendió que después de lo de anoche al menos había una parte de Draco que deseaba que sus palabras fueran ciertas y que esa esperanza le estaba haciendo sufrir aún más.

Sólo que no tenía por qué hacerlo. Ese era el meollo del asunto, no tenía por qué hacerlo.

Harry estaba tomando ya el té. Planeaba hablar con Hermione cuando terminaran, pedirle consejo sobre cómo resolver lo de Draco. Pero llevaba todo el día con la sensación de que algo, no sabía muy bien qué, se agolpaba en su interior, exigiendo salir, y estaba nervioso, y quería arreglar lo de Draco, y estaba harto de todos esos subnormales que medían la hombría por el lugar en el que metían la polla. Y entonces vio la espalda algo encorvada de Draco en la mesa de Slytherin y su pelo rubio eternamente bien peinado y de repente se encontró de pie sobre su banco.

-¡Draco!

El Gran Comedor se quedó en un silencio sepulcral. Harry pudo ver cómo la espalda de Draco se tensaba hasta límites insospechados, temiendo sin duda otro golpe.

-Señor Potter, ¿qué cree que está haciendo? –dijo la profesora Sinistra, nueva Jefa de Gryffindor ahora que McGonagall era la directora.

-Por favor, profesora, será sólo un momento –dijo Harry-. Es que tengo que decirle a Draco una cosa muy importante.

Harry miró también a McGonagall para que viera que obraba de buena fe, que no se trataba de ninguna jugarreta y la directora asintió y le hizo un gesto a la profesora de Astronomía para que lo dejara estar. Draco se giró entonces, todavía muy receloso, pero al menos ya no parecía temer una puñalada trapera. Harry, que en realidad no tenía nada preparado, se lanzó sin más.

-Pues… yo quería decirte que respecto a lo que hablamos anoche no tienes razón. O sea sí, tienes razón en casi todo, pero no en lo del final. Porque no es que sienta curiosidad por montármelo con un chico o que… o que me dé morbo estar contigo, es que me… me gustas y cada día que pasa me gustas más.-El silencio del Gran Comedor se quebró con exclamaciones de asombro y de incredulidad, pero Harry no les hizo caso. Sólo tenía ojos para Draco, que había vuelto a sonrojarse un poco, pero en esa ocasión era un sonrojo que valía un universo entero. A juzgar por el ardor que sentía en sus propias mejillas, él también debía de estar como un tomate-. No quiero ir y experimentar con otros. No quiero olvidarte. Quiero besarte a ti, quiero estar contigo. Quiero conocerte mejor. Porque bueno, es verdad que no te conozco bien, pero tú tampoco me conoces bien a mí. Podríamos salir y quizás tú podrías darte cuenta de que en el fondo soy un imbécil y decidir que no quieres saber nada de mí. O podrías cansarte de mí, ¿no? O sea… ninguno de los dos tiene nada seguro. Total, que bueno… como mañana es sábado y eso me preguntaba si querrías venir conmigo a Hogsmeade a tomar algo, ya sabes. Tú y yo. Una cita. En Hogsmeade. Si quieres.

Harry se bajó del banco y se quedó de pie frente a la mesa, consciente de lo mucho que le temblaban las piernas. ¿Le habían temblado tanto al enfrentarse a Voldemort? Creía que no. Pero era mejor enfrentarse a magos tenebrosos que hablar de sus sentimientos delante de todo el Gran Comedor, eso sin dudarlo. Oh, sí, puestos a repetir experiencia, prefería la de Voldemort.

-Harry… -susurró Hermione, con asombro, poniéndole la mano en el hombro.

Él la miró fugazmente, a ella y a Ron, los únicos que realmente le importaban de verdad. Los dos estaban sorprendidos, muy sorprendidos, pero supo que ninguno de los dos le daría la espalda. Ginny también tenía los ojos abiertos como platos. Romilda abría y cerraba la boca como si no encontrara las palabras adecuadas para expresar su indignación.

Y después Harry se giró hacia Draco, que seguía girado hacia él, aunque con la cabeza algo gacha, ocultando la mirada. El Gran Comedor era ahora un hervidero de susurros asombrados y escandalizados, pero nadie hablaba demasiado alto no sólo para no hacerle enfadar a él, sino también porque obviamente todos estaban pendientes de la reacción de Draco. Harry era el primer interesado en saber cuál era. No iba a rendirse si Draco seguía rechazándole, pero aun así, después del papelón que había hecho delante de todo el mundo, la verdad es que esperaba de corazón haberlo convencido.

Harry vio cómo Zabini se inclinaba ligeramente hacia Draco y murmuraba algo que no sonaba muy halagüeño. La Greengrass más joven meneó la cabeza, le puso la mano en el hombro y dijo algo también. Y entonces Draco alzó la vista, cruzó la mirada con él un segundo y se puso de pie. Con paso rápido, evitando mirar a la gente, llegó hasta donde estaba Harry, lo sujetó del brazo y lo llevó con el mismo paso apresurado hasta la salida del Gran Comedor, pasando entre las mesas de Gryffindor y Slytherin. Harry se dejó llevar, esperando que aquello fuera una buena señal.

En cuanto salieron del Gran Comedor, Draco lo empujó contra la pared y Harry se dio un buen coscorrón.

-Idiota –exclamó Draco, sujetándolo de los bordes de la túnica-. ¡Maldito Gryffindor tarado!

Y con eso se apretó más contra él y empezó a besarlo con fuerza, presionando con la lengua, insistiendo para entrar. Harry abrió la boca y le dejó paso y le rodeó con los brazos para apretarlo más contra su cuerpo. Era un beso fiero, casi agresivo, con dientes y mordiscos, y Harry se descubrió disfrutando cada segundo. Sus manos se aferraron al cuerpo de Draco, subieron por su cuello, se hundieron en su fino pelo rubio y su propio cuerpo se estaba convirtiendo en algo que sólo era calor y escalofríos y pasión. Sí, pensó, quiero esto. Esa voracidad, ese abandono. Pero entonces Draco bajó un momento el ritmo, como si fuera a ponerle fin, y efectivamente, se separó de él, le colocó bien las gafas y lo miró a los ojos.

-¿Y bien?

Harry necesitó unos segundos, ver el temor y la expectación latiendo en sus ojos grises, para darse cuenta de lo que quería saber.

-Joder, Draco –dijo, lamiéndose los labios. Sabían a él-. Soy tan gay…

Draco soltó una pequeña risa. Harry se dio cuenta de lo poco que le había visto reír o sonreír en los últimos años.

-Es un buen principio.

-¿Saldrás conmigo? –preguntó Harry, acariciándole la mejilla tentativamente.

Draco asintió mientras se le escapaba otro pequeño resoplido de risa.

-¿Quién podría resistirse a una declaración tan romántica? –Harry se rió un poco también, aunque aún no podía creerse que hubiera declarado sus sentimientos en voz alta delante de todo el Gran Comedor. Eso sonaba más bien a una pesadilla. Y sin embargo no lo era, se alegraba de haberlo hecho. Por Draco y por él. Por los que estaban en la misma situación que ellos y por todos los idiotas que pensaban que ser gay tenía algo de malo-. En los últimos meses he… he fantaseado muchas veces con este momento, pero nunca me he atrevido a pensar que pudiera suceder de verdad. No sé qué pasará. Todavía me da… Pero eres y quiero correr ese riesgo. Tengo que hacerlo.

Harry esbozó una sonrisa y le dio un suave beso en los labios.

-Lo correremos juntos. Nadie sabe qué pasará. Ya no hay profecías, sólo… futuro.

Draco le devolvió la sonrisa y sus ojos adquirieron un brillo un poco malicioso mientras se inclinaba hacia su oreja.

-He fantaseado también con muchas otras cosas, Harry. Y me gustaría hacer realidad un par de ellas antes de la cena, si no es ir demasiado rápido para ti. –Su aliento era cálido y su mano acarició ligeramente su erección por encima de los pantalones. Harry cerró los ojos y se mordió los labios para no gemir-. Nada serio, un poco de tanteo… Pero… ¿sabes qué me gustaría hacer ahora?

Harry reaccionó y besó a Draco con el mismo ímpetu que éste había mostrado cuando habían salido del Gran Comedor. Cuando terminó con él se sintió orgulloso de sí mismo al ver la expresión un poco ebria de Draco.

-Sí. Volver ahí dentro y cerrarles la boca a todos.

Draco se echó a reír.

-Igual sí que me conoces un poco, después de todo.

Harry asintió y le tendió la mano.

-Cuando quieras.

Draco asintió también y entrelazó los dedos con los suyos. Y así fueron hacia la puerta del Gran Comedor, dispuestos a enfrentarse a lo que tuvieran que enfrentarse. Primero el Gran Comedor, y luego el mundo.

Fin