Disclaimer: Antes de nada me gustaría comentar que los personajes de Detective Conan no me pertenecen. Son propiedad de Gosho Aoyama. Sin embargo, yo me he inventado esta historia con la finalidad de divertirme y divertir a los lectores, o hacerlos llorar... ;) Por eso no me considero violadora de ninguna ley.


—¿Y bien? ¿Cómo te sientes? —preguntó ella, inclinando la cabeza al tiempo que buscaba la mirada de su acompañante. Dicho hombre tenía la mirada completamente perdida; y no contestó, sin embargo, de lo concentrado que estaba rememorando los acontecimientos que habían sucedido durante los últimos dos meses.

De nuevo en el presente, Ran Mouri todavía esperaba una respuesta por parte de su compañero. Al fin y al cabo, esta pequeña excursión al bosque de Gunma de tonalidad rojiza propia del otoño era su despedida. Parecía que Shinichi se había enamorado de los árboles cobrizos, del cielo azul y de la manta de hojas secas que habían caído de los árboles, y que ahora decoraban el suelo, con su característico crujido al ser pisadas. El joven se tocaba la barbilla inconscientemente, inmerso en sus pensamientos, así que, con un suspiro, Ran desistió de esperar una respuesta en un futuro cercano. Atraída por el olor a tierra mojada, dio unos cuantos pasos alrededor de los árboles que se levantaban majestuosamente por la zona, admirándolos. El paisaje era precioso.

La maestra aprovechó para acercarse a los niños que habían traído con ellos al bosque y a los adultos que los vigilaban de cerca. Por ellos, tan sólo por ellos, ya merecía la pena todo lo que había tenido que sufrir para poder llegar a ser maestra. Una compañera la saludó y le preguntó con la mirada si estaba bien, a lo que Ran asintió ligeramente. Ya se imaginaba por qué la otra le hacía tal pregunta.

Después del revuelo formado cuando el caso del señor Ogata quedó resuelto, casi todo el colegio supo por fin la verdadera identidad de Shelling Ford y el motivo por el cual se había infiltrado en el profesorado. Incluso se descubrió que había más miembros del equipo de profesores que sabían de las prácticas corruptas del director, pero por miedo habían preferido mantener la boca cerrada. Y, una vez se descubrió todo, el nuevo director, el señor Otonashi, organizó conjuntamente una cena de bienvenida y despedida, para él mismo y Shinichi respectivamente, con todos los profesores. Pero ni Ran ni Shinichi se contentaron con esa cena, así que decidieron organizar una última excursión al bosque con los niños. En parte, porque Shinichi les había cogido mucho cariño, aunque no quisiera admitirlo. De la otra, sería bueno para los niños que desconectaran un poco del colegio y de lo que había pasado y, si era posible, dejarlo en el olvido.

Y allí se encontraban ahora mismo, pasando el día rodeados de la madre naturaleza. Ran seguía caminando entre los árboles cuando vio a una niña y se le ocurrió una idea. Se acercó a Ayumi Yoshida, la niña que le había mencionado por primera vez que el ex-director era un corrupto, y le tendió la mano para que la cogiera. Se agachó para contarle un secreto al oído, cosa que provocó que la niña pequeña sonriera contenta, y siguió a su maestra hasta el falso profesor de inglés, que todavía seguía cavilando en sus pensamientos. Para sacarlo de tal abstracción, la niña le tiró de los pantalones y le cogió la mano, haciendo que el hombre se arrodillara para ponerse a su nivel.

—Profesor Shelling, no quiero que se marche… —gimoteó Ayumi.

—Escucha —le dijo Shinichi, con una expresión calmada—, te prometo una cosa. Hoy no será el último día que me veas. Prometo que me pasaré por el colegio de vez en cuando y que iré a veros: todavía me queda un asunto pendiente —miró a Ran durante una milésima de segundo—. Además, el nuevo profesor de inglés será mucho mejor que yo, y tienes que prometerme que con él aprenderás tanto como has aprendido conmigo, ¿de acuerdo?

La niña asintió con una pequeña sonrisa y corrió hasta sus amigos, mientras el detective se ponía de pie y metía las manos en los bolsillos del pantalón.

—Al final te gustará ser domador de pequeñas fieras —se mofó de él, la maestra.

Shinichi Kudo hubiese contestado con otra indirecta si su móvil no hubiese comenzado a vibrar justo en aquel instante. Con una mirada le pidió a la maestra que le disculpase, y se apartó un poco de ella para poder hablar por teléfono. El joven dijo tan sólo cuatro palabras a su interlocutor bajo la atenta mirada de la maestra, y en seguida ella comprendió que había llegado la hora de decir adiós.

—Ya está, ¿no? —preguntó Ran, una vez que el detective hubo acabado la llamada.

—Sí —suspiró él, sabiendo que ya no tenía remedio—. Ahora vengo.

Se dirigió al coche y abrió la puerta, metiéndose en él para salir segundos después, con una sonrisa radiante y algo firmemente cogido en la mano. Que ésta no sea la última vez que la vea, pensó para sí el detective.

Cuando llegó hasta Ran, Shinichi la encontró un poco inquieta, hasta que pareció que tomaba una decisión y se tiró a sus brazos. Él retornó el abrazo con todas sus fuerzas y le dio un beso pequeño en la sien. Cuando se hubieron separado, Shinichi le cogió la mano y dejó en ella su tarjeta, y volvió a besarle los nudillos ante la atónita mirada de Ran. Ella subió la vista y conectaron una última vez; no necesitaron decir nada más. El detective dio la vuelta y caminó hasta el coche, mirándola una última vez por la ventanilla del vehículo una vez se hubo sentado. Ran le dijo adiós con la mano desde afuera y él puso en marcha el motor sin pensárselo dos veces. Réquiem.

Con la mirada clavada en el horizonte y viendo como el coche del detective se iba encogiendo hasta desaparecer, Ran dejó ir un largo suspiro. Se le había formado un nudo en la garganta, pero no quería, no debía, ceder.

Y entonces la tarjeta que todavía tenía apretada entre sus dedos llamó su atención. La alzó y leyó el nombre del detective, su profesión y la dirección y teléfono de su despacho… Y escrito a bolígrafo y con prisas se encontraba su número personal, y casi vio la palabra cita escrita en el cielo.

Pero lo que la hizo sonreír por primera vez en mucho tiempo fue la otra cosa que también se encontraba escrita en la tarjeta. "You never smile, madame la princesse?" Aunque en la película basada en la novela de Agatha Christie, la princesa Dragomiroff dijera que el médico se lo había prohibido, Ran Mouri ahora sí que tenía un motivo para esbozar una amplia sonrisa.

Shinichi Kudo era un loco del misterio, temerario, no cabía ningún tipo de duda, y eso la hacía feliz. Un detective, por norma, tendría que ser racional, no tan sólo en el campo de las deducciones sino a todas horas; pero él era diferente, raro en el buen sentido: excepcional. Sonrió todavía más, porque él había sido el único capaz de destruir sus murallas y hacerla sonreír. Él, tan sólo él.

Y giró la tarjeta, y detrás había otra corta frase:

Smile, do smile, my lady.


¡Y se acabó! Me quedo con la sensación rara de haber vuelto y no sentirme satisfecha del todo con este fic, pero tendré que arrinconarla hasta nuevo aviso. Si puedo, algún día revisaré y ampliaré el capítulo central, porque la acción está un poco pillada por los pelos (y antes de publicarlo ya era consciente de ello) y espero quitarme de encima el sabor amargo. Igualmente, muchísimas gracias por haberlo leído y seguir conmigo hasta el final. ¡Miles de gracias por los reviews!

Por cierto, como curiosidad, le debo la "facilidad" (y lo pongo entre comillas porque no fue nada fácil xD) de escribir este capítulo a Owl City, que supongo que todo el mundo conoce Fireflies pero a mí me han ido bien Sunburn y The Saltwater Room. ¡Echadles un vistazo si podéis! (espero que esto no cuente como spam xD).

Un besazo enorme y gracias de nuevo. :)