En el fondo siempre lo supo. Sabía que Arnold no tenía ni un poco de carácter cuando se trataba de estos asuntos. Siempre dejándola sola, incluso en momentos como estos. ¿Y todo por qué? Porque nunca pudo notar cuando una cara bonita estaba manipulándolo. Y con los años, se había vuelto mucho más tonto influenciable desde que llegó ella. Simplemente la veía caminar, y se derretía en el acto sin siquiera poder controlarlo, era casi automático. Bastaba que moviera su pequeño dedo, para tener al torpe y despistado cabeza de balón comiendo de su mano. A través de los años, podía haberle dejado pasar muchas cosas, porque aunque su corazón hubiera hecho el esfuerzo más de mil veces, seguía queriéndolo por ser un cretino soñador, sin un poco de atención a detalles importantes, y lo que es peor, ser tan noble y dulce cuando se trataba de ella… Verlo cómo la trataba, cómo no podía tolerar verla hacer una mueca de desagrado y enseguida cargarla en sus brazos, y mecerla para que su enojo pasara y volviera a prestar esa enorme sonrisa entre traviesa e ingenua. Porque todavía era una pequeña. Su pequeña.

-Stella… ven aquí.- La llamó escuchándola alejarse rápidamente mientras se tambaleaba por los rincones de la casa. Sabía muy bien que su pequeño ángel tenía una dirección y que iba en busca de alguien en particular.

-Waaaaaa…- La escuchó llorar a los gritos, como si hubiera sido un regaño que la hubiera marcado de por vida.

-Stella…- Suspiró armándose de paciencia.- Lo que es de tu hermano, es de tu hermano. No puedes arrebatarle sus cosas, y menos cuando las está usando, ¿de acuerdo?

Pero la bebé de dos pequeñas coletas, cabello suave de pelusa, ojos enormes de color verde esmeralda solo dibujó una expresión de enojo, y se dirigió a la sala.

-¿Qué sucede princesa?

Y no tenía que escucharlo dos veces para saber lo que había ocurrido. Prácticamente de un salto Arnold se había levantado del sofá donde se encontraba muy tranquilo mirando las noticias. La pequeña dio un brinco, y se aferró a sus brazos.

-¿Qué pasó? ¿Por qué llora mi bebé?- Preguntaba mientras su perdición rubia continuaba llorando… o al menos gritando desconsoladamente. No había lágrimas en sus ojos, solo un ceño fruncido y una expresión de rabia hacia su madre. La miraba de arriba abajo como si fuera una traidora.

Las palabras que pronunció eran incomprensibles, solo apuntó con su pequeño dedo y se acurrucó más entre los brazos de su padre, comenzando a calmarse poco a poco.

Fue cuando Arnold levantó sus enormes orbes, y la miró fijamente.

-¿Qué sucedió?- Preguntó acariciando a su pequeña que jugaba con el cabello de su padre como quería.

Emitió un hondo suspiro dándose por vencida. No había remedio. Arnold jamás tendría la fuerza suficiente para negarle su atención a Stella.

-Phil estaba jugando con su pelota, muy tranquilo en su cuarto junto a ese bolsa de pulgas que trajiste a la casa.- Explicó la mujer de cabello rubio mientras observaba como Stella la miraba de reojo con recelo.

Arnold sonrió.

-Entonces si te agrada nuestra nueva mascota.- Inquirió mirándola con diversión.- De lo contrario no lo llamarías de esa forma, mi querida Geraldine

-¡Arnold!- Exclamó con una mueca de desagrado, escuchando como Stella sonreía divertida por verla enfadarse, aunque no entendiera por qué lo hacía.- Si te refieres a que tendré que lidiar con los desastres que haga ese animal, sin contar con que seguramente seré yo la perdedora que termine alimentándolo, bañándolo y cuidando de esa alfombra con cuatro patas… No, no me agrada. Ya habíamos discutido sobre esto.

El rubio rodó los ojos.

-¡Vamos Helga!... Él único que se ha levantado por la noche para que Tobby de su paseo antes de dormir, fui yo.

La rubia ladeó la cabeza.

-Esa es otra discusión muy diferente que tendremos más tarde, Arnoldo. Ahora estoy intentando entender por qué siempre tengo que ser la mala de la película.

-Eso no es cierto…- Negó el rubio, mientras Stella se bajaba del sofá y comenzaba a caminar alrededor.- Si el perro es de ambos, Phil puede jugar primero, y luego deberías haber dejado que Stella…

-Fue lo que intenté.- Dijo la rubia asintiendo.- Pero TU hija estaba llorando, porque la regañé cuando le quitó la pelota a su hermano y se la aventó por la cabeza.

Stella elevó sus ojos, y Helga sonrió de lado.

-Así es, estoy hablando de ti, pequeña traviesa. Y si tu padre sigue consintiéndote cada vez que haces algo incorrecto, te volverás una pequeña niña caprichosa y luego será difícil remediar eso.

Arnold solo observó como Stella lo tomaba de la mano y lo hacía ponerse de pie para que la acompañara a caminar.

-¿Ves lo que digo, Tarzán? Nunca tienes fuerza de voluntad cuando se trata de Stella.

Arnold ladeó la cabeza tomándola en sus brazos, mientras sonreía cálidamente al verla hablar o intentar hacerlo.

-Tienes razón, debería ser más estricto con ella. Supongo que no puedo evitarlo. Es tan parecida a ti, que yo…

-¡Oh no! ¡Ni siquiera lo intentes!… Yo nunca tuve ese pequeño y sutil toque mágico casi manipulador, para hacerte actuar a mi antojo.

El rubio sonrió acercándose a ella, con Stella en brazos.

-Nunca pude estar demasiado tiempo enojado contigo y lo sabes. Siempre he estado perdido cuando se trata de tu causa.

Helga sonrió esperando el ansiado beso, cuando un pequeño grito de diversión resonó en los oídos de ambos. Stella reía sin parar, por lo que había hecho. Tenía una expresión de gozo, por la travesura que pronto cambió a una dulce sonrisa mientras tiraba de las orejas de Arnold.

El rubio sonrió asintiendo.

-Stella… Cuando Phil termine de jugar con Tobby, tú podrás hacerlo, lo prometo.

Helga sonrió tomando en brazos a su pequeña, que había dibujado un pequeño puchero cruzándose de brazos indignada por la situación.

-Creo que tiene ese humor, porque ya es hora de su siesta.- Dijo la rubia mientras llevaba a su pequeña bebé irresistible lejos de su padre antes de que este cambiara de opinión y sucumbiera a sus caprichos.

Fin.

Hola… Espero que les haya gustado el capítulo. Escuché a varias veces a las fans de Hey Arnold!, quejarse al ver como Arnold podía ser manipulado fácilmente por un rostro bonito. Sin embargo, Arnold jamás se enfada demasiado tiempo con Helga, y muestra un sentimiento de tolerancia hacia ella y sus modos. Supongo que su propia hija no sería la excepción… jajaja! Saludos!