Existen dos tipos de personas: las que creen en las casualidades, porque sí, porque el azar puede ser así de caprichoso a lo largo de la existencia de un individuo; y las que, por el contrario, no lo hacen, las que piensan que la suerte tiene poco o nada que en los tejemanejes de la vida de las personas, que nada de lo que les ocurre a las mismas lo hace sin razón de ser... Y Claire Dilthey pertenecía a ese segundo grupo de personas. Mientras tamborileaba los dedos sobre la carpeta que portaba sobre su regazo, la periodista trataba de mantener la mente despejada y sus nervios a raya, aunque parecían haberse apoderado de ella a juzgar por lo mucho que le costaba tragar saliva. No lo entendía: a lo largo de su trayectoria se había enfrentado a situaciones mucho más estresantes que comenzar un trabajo nuevo, de hecho lo que había vivido el verano pasado en ese mismo lugar había sido infinitamente peor a cualquier cosa a la que pudiera enfrentarse en aquel momento, pero la periodista tenía sus razones para mantenerse a la defensiva.

No era por el lugar al que la habían destinado, pensó mientras paseaba la mirada de forma distraída por el vestíbulo del cuartel de la guardia suiza, donde había acudido sin pensarlo dos veces después de que Chinita Macri le comunicara el lugar donde iba a trabajar durante los próximos doce meses, al menos no totalmente. Era más que obvio que aquel lugar le traía malos recuerdos, pero creía haberlo superado, después de todo, a pesar de su implicación, nunca estuvo lo demasiado expuesta al terror que ocurría en las calles romanas mientras ella se encontraba a salvo: sí, había recibido un disparo, tenía una cicatriz en el hombro izquierdo que se lo recordaría toda la vida, pero una vez dentro de los muros del Vaticano se había sentido protegida, nada de lo que había ocurrido en el exterior había conseguido alcanzarla allí.

Lo que de verdad le extrañaba era que, de todos los lugares de Roma a los que había podido ir a parar, fuera precisamente en Ciudad del Vaticano donde había acabado encontrando su nuevo trabajo, y esa cuestión no podía inquietarla más. Si aún apenas podía entender por qué habían solicitado su presencia en Italia, teniendo en cuenta que el idioma no era precisamente su fuerte, menos aún podía entender que fuera en aquel lugar, donde había sido persona non grata para más de uno... A no ser que Patrick hubiera tenido algo que ver... Y en el caso de que así fuera, ¿por qué lo había hecho?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando alzó la vista y vio a Chartrand entrar en la ajetreada estancia, donde el resto de sus compañeros iban y venían apenas reparando en ella, buscándola con la mirada. Tan pronto como sus ojos se cruzaron finalmente con los de Claire, ella se levantó de inmediato, casi de un brinco y se apresuró a dirigirse hacia él con toda la firmeza que le permitía su organismo en esos momentos.

- Chartrand, ¿qué está pasando? - quiso saber la periodista tan pronto como se encontró frente al joven suizo.

No le contestó sino que, habiendo apenas terminado la frase, el joven la tomó por el codo y la guió a través de la puerta por la que acababa de entrar, que daba a un pequeño pasillo mucho menos transitado de lo que era el vestíbulo del cuartel de la guardia suiza en sí, y por lo tanto mucho más aconsejable para hablar con un mínimo de privacidad. Pero Claire no parecía estar pensando en todo aquello, y se zafó de Chartrand tan pronto como superó la sorpresa de su gesto.

- ¿Qué haces? - le espetó ella, sin entender nada de lo que estaba pasando.

- Pensé que querías hablar... - comenzó a decir Chartrand, para verse interrumpido pocos segundos después.

- ¡Por supuesto que quiero hablar! - continuó diciendo Claire, sin poder bajar el tono de su voz: era una persona impetuosa a la que muchas veces la perdían sus nervios, sobre todo cuando parecía que la situación en la que se encontraba escapaba a su control, como en aquella ocasión.

- Entonces, coincidirás conmigo en que no quieres que se entere todo el cuartel... - afirmó el joven suizo con una voz pausada que invitaba a la calma, como si no ocurriera nada malo en el mundo.

Claire le sostuvo la mirada a su amigo durante unos momentos, a la vez que intentaba tranquilizarse: él no tenía la culpa de nada en todo ese lío, de hecho, él era probablemente una de las personas que menos culpa tenía en todo aquel brete... Le había llamado angustiada, él le había ofrecido su ayuda de inmediato, y ella se lo agradecía así. La periodista dejó escapar un suspiro de cansancio y se pasó la mano por la frente, en actitud derrotada.

- Lo siento... - se disculpó ella con afligida sinceridad, negando con la cabeza y mirando a su alrededor, para después volver a dirigir la mirada al guardia suizo. - Pero todo esto es tan raro: desde que llegué a Roma no han dejado de ocurrirme cosas extrañas, y ésta es la que se lleva la palma...

Chartrand se limitó a escucharla y a asentir, comprendiendo su situación: lamentaba cómo se sentía ella y no poder decirle todo lo que sabía, todo lo que estaba pasando en realidad, pero también sabía que la noticia de que la razón por la que ella se encontraba allí era porque había sido una de las últimas "voluntades" de uno de los trabajadores más veteranos del Vaticano, fallecido en circunstancias extrañas, poco después de tramitar su traslado, no sería lo que más tranquilizaría a la joven periodista, a pesar de tratarse de la verdad. La observó tomar aire una última vez, y él mismo se obligó a hablar para no dar lugar a que la joven pensara que realmente había una razón para preocuparse.

- Entiendo que a tus ojos todo esto pueda parecer muy extraño... – dijo Chartrand conservando ese tono de calma en la voz que, esperaba, ayudara a hacer comprender a la periodista que no había por lo que preocuparse, aunque no fuera verdad. - También lo pensaría yo, pero todo es mucho menos complicado de lo que tienes en mente ahora mismo...

- ¿Y qué tengo ahora mismo en la mente? - contestó Claire de mala gana.

- ... No es un trato de favor por nada, si es lo que está pensando – dijo finalmente el joven suizo, leyendo en la mirada de la periodista que eso era precisamente lo que pensaba la susodicha. Por su parte, Claire se limitó a pasarse las yemas de los dedos por debajo de los párpados y volvió a cruzar los brazos con firmeza. - Sé que no debe de gustarte volver a este lugar después de lo que pasó, para nosotros es nuestro hogar y lugar de trabajo a la vez, pero para tí sólo es un lugar donde pasaron cosas terribles, y con el que no tienes ninguna vinculación emocional...

- Mira, Chartrand, no quiero faltarte el respeto ni nada parecido – le interrumpió la joven con voz cansada. - Pero no sé qué tiene que ver todo eso que me estás diciendo con la razón de que yo esté aquí, de que deba trabajar en la sala de prensa de este lugar durante doce meses... Sin conocer el idioma, sin sentir ninguna inclinación particular por la religión, ni personal ni profesional... Todo es muy extraño...

El joven suizo asintió una vez más, y por primera vez desde que comenzara a hablar con Claire Dilthey temió no ser capaz de hacerla creer en otra cosa que no fuera la verdad: se encontraba asustada y algo alterada, y odiaba no saber qué le habían dicho exactamente sus compañeros de la BBC sobre su nueva situación profesional. Aparentemente no mucho, ya que si no Claire no se encontraría allí exigiéndole una explicación, sino en el primer avión de regreso a Londres. Nunca se le había dado bien mentir, y mucho menos en situaciones como aquella, en la que cualquier detalle que sobrara o faltara podría dar al traste con todo y dejarle como un embustero frente a una de sus amistades, frente a una amiga para la que en ese momento era el único apoyo al que podía aferrarse.

- Es simplemente cuestión de lógica, Claire, no tienes que alarmarte por nada... - comenzó a explicar el joven suizo. - Sabes lo que pasó hace cinco meses, todo esto era un caos, nos estaban atacando desde dentro del Vaticano... Ha pasado el tiempo y la gente tiende a olvidar, pero aún hay gente aquí, entre ellas yo mismo y por supuesto Patrick, quien piensa que deberíamos contar con gente en la que realmente podamos confiar...

- Así que es eso, Patrick está detrás de todo esto... - le interrumpió ella una vez más.

- Las decisiones administrativas no suelen estar en sus manos, Claire... - le explicó Chartrand, con más paciencia de la que había necesitado para hablar nunca. - No le corresponde a él decidir absolutamente todo lo que ocurre y deja de ocurrir entre estos muros: después de todo es meramente un líder espiritual para personas que necesitan su ayuda. El hecho de que estés aquí es la consecuencia de un acuerdo al que han llegado tu cadena y el consejo de la sala de prensa del Vaticano. Te prometo que para Patrick supuso una gran sorpresa el hecho de que vinieras a trabajar aquí...

La joven rubia bajó levemente la mirada, a la vez que escrutaba sus recuerdos de la tarde anterior: Patrick se había sorprendido muchísimo de verla allí, de hecho, Claire no recordaba haber visto a nadie nunca tan asombrado en toda su vida. No esperaba que fuera a la audiencia general, a pesar de que lo habían hecho Robert Langdon y Vittoria Vetra, como del mismo modo no esperaba que fuera a quedarse un año trabajando en Roma. Ahora que lo recordaba, Patrick no podía salir de su asombro cuando ella le dijo que había venido para quedarse durante al menos un año, si hubiera sido él que hubiera decidido que acudiera al Vaticano no se hubiera mostrado tan sorprendido, es más, puede que incluso hubiera sido el mismo quien le hubiera comunicado la noticia.

Claire dejó escapar un suspiro de resignación y volvió a mirar a Chartrand: se estaba comportando como una neurótica, aunque ella misma comprendía que tenía sus razones para sospechar. Durante su corta estancia en Roma no había hecho una cosa que preocuparse, si no era por una cosa era por otra: por su reencuentro con Patrick, por su futuro profesional próximo... Y aún cuando ambas cuestiones habían quedado aclaradas para bien, ella seguía dándole vueltas a la cabeza. Agradecía profundamente por seguir contando con la amistad de Patrick, tras ambos haber discutido sobre su relación y llegado a una conclusión común, y no iba a negar que se había sentido más que emocionada al descubrir que iba a trabajar en una sala de prensa del gobierno de un Estado... Bueno, puede que fuera el país más pequeño del mundo y probablemente de los que menos atención acaparaban salvo para los creyentes y, a parte, en las ocasiones especiales. La vida parecía sonreírle, pero ella se encontraba demasiado a la defensiva como para apreciarlo.

Sintiendo cómo el peso de sus preocupaciones y dudas comenzaba a disiparse sobre sus hombros, la joven acortó la distancia entre Chartrand y le dio un fuerte abrazo, a la vez que apretaba los ojos con fuerza: apreciaba mucho poder contar con él ahora que estaba en Roma, lejos de su familia y de sus amigos, en una ciudad relativa desconocida para ella donde se había sentido acorralada por sus pensamientos y suposiciones.

- Muchas gracias por todo, Chartrand – dijo Claire, mientras le daba al joven suizo unas leves palmadas en el hombro. - Eres un buen amigo, de verdad.

El veinteañero le devolvió el abrazo sin decir nada, sumido en sus propios pensamientos: un buen amigo no la engañaría, sino que le diría la verdad sobre lo que parecía estar pasando... Pero sabía que no podía hacerlo, al menos no hasta que descubriera realmente lo que estaba ocurriendo. Sólo esperaba que todo tuviera una explicación lógica, porque se negaba a creer que algo terrible estuviera a punto de comenzar a ocurrir de nuevo... Quería creer que nada volvería a pasar como lo que pasó el verano anterior, pero la zona más lógica de su mente desmoronaba poco a poco esas esperanzas. Sin embargo, tenía que ser fuerte, especialmente si nadie más a su alrededor lo era, tenía que servir de apoyo a sus amigos. Aún no sabía qué era exactamente lo que tanto atormentaba a Patrick, pero no iba a abandonarle en esa mala racha, como tampoco iba a abandonar a Claire.

Cuando finalmente se separó de la periodista, pudo comprobar que estaba considerablemente más tranquila, todos esos nervios y dudas que portaba consigo cuando había ido a verle se habían esfumado, pero aún habían dejado un pequeño rastro en ella: después de todo, Chartrand no creía conocer a nadie que no estuviera al menos un poco nervioso ante la perspectiva de empezar un nuevo trabajo en una ciudad diferente. Finalmente, la joven esbozó una pequeña sonrisa y murmuró, inclinando la cabeza un poco hacia la izquierda:

- Entonces parece ser que vamos a ser compañeros de trabajo...

- Eso parece... - confirmó el suizo asintiendo la cabeza, sin aún poder evitar pensar en que toda la confianza que tenía ahora Claire Dilthey en él se basaba en una mentira.

- Me alegro... - habló la chica con más sinceridad de la que había oído últimamente. - De hecho, creo que es de las pocas alegrías que me da el tener que trabajar aquí durante un año, saber que al menos tengo un amigo por aquí.

- Vamos, eso no es verdad – dijo Chartrand, saliendo finalmente de ese estado de culpabilidad en que se encontraba tras haber calmado a la periodista. - Sé que puede parecer un lugar algo... Atascado en el tiempo, pero no es así, además tampoco soy el único amigo que tienes por aquí, también está Patrick...

Tan pronto como pronunció esas palabras se arrepintió de haberlas dicho, había sido una metedura de pata por su parte. La expresión de Claire Dilthey se apagó un poco: aunque Patrick y ella hubieran aclarado todo lo que pasó entre ellos el verano pasado, prefería no tener que pasar mucho tiempo a su lado si lo podía evitar, al volver a Roma parecía que el pasado se volvía más presente que nunca.

- Lo sé, sé que está Patrick, pero hasta cierto punto – dijo Claire tras una pequeña pausa. - Las cosas han quedado bien entre nosotros, pero... Bueno, supongo que, de un modo u otro, ese recuerdo siempre estará planeando sobre nuestras cabezas, así que creo que, dentro de lo que cabe, lo mejor es que cada uno siga con su vida y ya está...

El joven comandante se encontraba asintiendo una vez más a las palabras de la periodista cuando un gran estrépito se oyó en la sala contigua, en la entrada al cuartel donde Claire le había estado esperando hacía unos minutos. La misma periodista se había llevado la mano al corazón en un acto reflejo cuando ese sonido interrumpió la conversación que estaba manteniendo con Chartrand, antes de girarse hacia el mismo con una expresión desconcertada en el rostro:

- Por el amor del cielo, ¿todos vuestros días son así?

El suizo no tuvo más remedio que reírse, a medida que todo volvía a su cauce normal: su mente ya no estaba intentando averiguar qué había querido Gennaro Scialo apuntando ese número 2899 antes de morir, ni tampoco se cuestionaba el papel que Claire Dilthey parecía tener que jugar en ese momento, ni siquiera pensó en qué demonios atormentaba tanto a Patrick McKenna... En aquellos momentos, su mente había vuelto de golpe a la rutina diaria de un guardia suizo, a enfrentarse a pequeños problemas menores que nunca daban demasiados dolores de cabeza y que tendrían a solucionar en, como mucho, una mañana. Y ese pequeño cambio de aires, fuera lo que fuera lo que había causado este estrépito en la sala contigua, era de agradecer en unos tiempos tan confusos.

Las reacciones de los compañeros de Chartrand que se encontraban en la sala de al lado no se hicieron esperar demasiado: empezó a oír pasos y cómo comenzaban a hablarle a, quien fuera que acababa de entrar en el cuartel, en un apresurado italino mientras que el visitante intentaba hacerse oír insistentemente por encima de las voces de los guardias. Claire esbozó una sonrisa al oír el algarabía que se estaba montando en la sala contigua, cuando Chartrand enmudeció repentinamente, provocando el corazón de la periodista diera un pequeño vuelco.

- ¿Qué ocurre? - preguntó ella.

El joven suizo no respondió de inmediato sino que, sin decir una sola palabra, se dirigió hacia la puerta que daba a la entrada del cuartel, que seguía abierta, seguido por Claire, que iba un par de pasos por detrás de él. Teniendo en cuenta el historial que tenía la ciudad de Roma y el Vaticano en particular en la mente de la periodista, no es de extrañar que la joven se asustara al poco al ver una reacción tan poco común en el rostro de su amigo frente a algo tan aparentemente inofensivo. Y en verdad era algo inofensivo.

En la entrada del cuartel, dos guardias suizos totalmente trajeados hablaban en un fluido italiano con una chica que no parecía tener más de diecisiete años. A su lado había una maceta volcada y resquebrajada, con parte de la tierra que contenía esparcida por el suelo: muy probablemente la adolescente había tropezado con ella al entrar. Llevaba el cabello castaño claro recogido firmemente en una larga coleta y vestía un abrigo de invierno que le llegaba hasta la rodilla, dejando unos legging negros al descubierto. Era muy muy delgada, pero no en el modo en que estaría delgada una adolescente con problemas alimenticios, no; esa chica era delgada pero parecía fuerte, como si fuera una especie de atleta sometida a un firme horario de entrenamiento.

La periodista estaba sacando esas conclusiones cuando se dio cuenta de que ya la conocía, la había visto antes, sólo que no se explicaba qué podía estar haciendo allí... Tan inmersa se encontraba en sus propias divagaciones que Claire no prestó atención a la expresión de estupefacción que había aparecido en el rostro de Chartrand al ver a esa chica, lo único que la devolvió a la realidad fue el fuerte grito que dejó escapar la adolescente cuando sus ojos se posaron sobre el joven comandante de la guardia suiza.


Patrick McKenna empezaba a preguntarse cúanto sería el tiempo máximo que una persona podía aguantar sin dormir. Estaba sentado en su escritorio, debían de ser poco más de las doce de la mañana y, sin embargo, no tenía absolutamente nada que hacer, su camarlengo había sido lo bastante astuto como para reorganizar todos sus quehaceres de modo que, en esos momentos, no le quedara por hacer otra cosa sino dormir, y aún así el joven líder de la iglesia intentaba retrasar ese momento tanto como podía, aunque no sabía a ciencia cierta por qué lo hacía.

Era cierto que hacía tiempo que no conocía una noche en que las pesadillas no le despertaran en medio de sudores fríos y un ritmo cardíaco más acelerado de lo normal escasas horas después de haber conciliado el sueño, dejándole desvelado y atemorizado el resto de la noche, pero la realidad no era un lugar muy diferente, puede incluso que fuera peor: cuando sus pesadillas se materializaban en la vida real no podía despertarse, no podía hacer nada para escapar de ellas.

Incluso la alegría inicial que había sentido al volver a ver a Claire Dilthey se había esfumado al conocer que la presencia de la joven en Roma no era pura casualidad: hace mucho tiempo que debió dejar de creer ingenuamente en las casualidades. Ahora el hecho de que Claire se encontrara tan cerca de él no le inspiraba seguridad, sino más bien todo lo contrario: ¿por qué Scialo había tenido tanto empeño en traerla de vuelta a Roma?, ¿fue una idea del propio Scialo?... Por el amor de Dios, ¿por qué había muerto ese pobre hombre? Eran demasiadas preguntas para las que no encontraba respuesta alguna, y todas ellas iban haciéndose un hueco en la pesada carga que ya de por sí sostenía sobre sus hombros.

El joven sacerdote se pasó la mano por los párpados y alzó la mirada con cierta cautela: se encontraba totalmente solo en la sala. Hacía ya casi dos días que no veía nada raro, al menos nada de naturaleza sobrenatural, pero sabía que eso no significaba que iban de dejar de aparecer: la costumbre le había enseñado que, por mucho que tardaran en volver, siempre lo hacían, cuando su cansado corazón ya había albergado esperanzas de dejar de sufrir por ellas. Sombras de fantasmas en medio de la madrugada, miradas de ojos que ya no veían en medio de ninguna parte... Aunque no sabía por qué estaba ocurriendo, Patrick no dejaba de rogar a los cardenales fallecidos que le perdonaran: no para dejar de sufrir esas apariciones, sino porque creía firmemente que, al permitir que murieran así, les había negado un descanso eterno que de otro modo les hubiera sido concedido sin mayor premura.

El teléfono inalámbrico que había reposando sobre la tabla del escritorio comenzó a sonar muy ruidosamente, haciendo que Patrick se sobresaltara y saliera de sus tan visitadas elucubraciones y preocupaciones. Pasados unos breves, instantes, el joven se inclinó sobre el escritorio y alcanzó el teléfono preguntándose de qué podía tratarse: apenas le llegaban llamadas de teléfono porque todo lo que tenían que decirle sus cardenales o guardias suizos podían hacerlo en persona, y no esperaba llamadas de otra gente externa al Vaticano básicamente porque ya no le quedaba familia alguna, él mismo había tenido mucho que ver en causar esa situación.

Procurando apartar esos dolorosos pensamientos de su mente durante el tiempo que durara la llamada de teléfono, el joven sacerdote tomó aire y descolgó el teléfono, recostándose de nuevo contra el respaldo de la silla de trabajada madera.

- Patrick McKenna... - dijo el joven como único modo de presentación a la persona que debía encontrarse al otro lado de la línea.

Durante los instantes siguientes, Patrick no escuchó sino silencio al otro lado del teléfono. Agudizó más el oído por si el aparato se había estropeado o por si había algún tipo de problema con la línea, pero no parecía ser ningún tipo de problema técnico: la única opción que quedaba es que la persona que había al otro lado del teléfono había dejado el mismo a un lado por cualquier razón desconocida, o que simplemente no sabía cómo comenzar a hablar.

- ¿Oiga? - volvió a hablar Patrick. - ... ¿Sigue usted ahí?

No había pasado mucho tiempo hasta que el sacerdote oyó una risa ahogada al otro lado de la línea, como si quien fuera quien le estuviera llamando hubiera estado conteniéndola por mucho y al final había dejado escapar esa risa fría y arrastrada.

- Lo siento... - le oyó decir tras una breve pausa. - De verdad, lamento muchísimo haber tardado tanto en contestarte, pero no me deja de sorprender que aún sigas llamándote a tí mismo por tu nombre civil, ¡qué inaudito!

Durante un momento, Patrick no supo bien qué contestar, es más, ni siquiera estaba seguro de haber oído bien lo que esa persona le había dicho: después de todo, llevaba más tiempo sin dormir del que seguramente era saludable, y últimamente su mente le jugaba unas muy malas pasadas, incluso a veces le costaba distinguir lo que era parte del mundo real de lo que no lo era. No sabía decir muy bien el qué, porque aquella persona no había dicho particularmente alarmante, pero había algo en su voz que no le gustaba nada. Le recordaba a los viejos tiempos... Y no se equivocaba.

- Por favor, ¿con quién hablo? - contestó Patrick, ignorando sus tempranas conjeturas sobre la naturaleza de esa llamada.

- Eso no podría decírtelo ahora mismo... - siguió hablando aquella persona al otro lado de la línea. - Dime, ¿dónde estaría la gracia de todo esto si supieras desde este mismo instante quién soy yo?

De acuerdo, no habían pasado ni dos minutos, y Patrick ya estaba harto de ese tipo y de esa llamada: no era más que una perdida de tiempo de alguien que, aunque no sabía cómo, había burlado los filtros de seguridad del Vaticano hasta lograr hacer una llamada al mismo despacho papal. No sabía si era una especie de broma o alguna especie de hacker que estaba celebrando su victoria sobre el sistema de comunicación del estado más pequeño del mundo. Fuera lo que fuera, en esos momentos no tenía paciencia para aguantarlo.

- Lo lamento mucho, pero voy a cortar la llamada, estoy ocupado – dijo el joven, separando el auricular de su oreja, dispuesto a colgar el teléfono.

- Creo que ésa es la decisión más pésima que podrías tomar ahora mismo, y me temo que ya has tomado alguna de esas antes, ¿no crees? - oyó decir a su interlocutor, a pesar de la distancia que había entre el teléfono y él.

Hubo algo en el tono de voz de esa persona que le hizo detenerse en su movimiento para finalizar la llamada, y también en lo que decía. ¿Que había tomado malas decisiones en el pasado? Podría no significar nada, un eufemismo con el que pretendía tenderle una trampa y obtener más información de la que en realidad disponía aquella persona... Pero ciertamente había algo más en todo aquello que le trajo recuerdos de llamadas de teléfono semejantes y a la vez muy distintas ocurridas un tiempo atrás... Tras unos instantes de confusa duda, el joven sacerdote volvió a apoyar el auricular del teléfono contra su oreja:

- ¿Qué quiere decir con eso? - quiso saber Patrick.

- No voy a insultar la inteligencia de ninguno de los dos fingiendo que no sabemos en torno a qué gira todo esto. - habló el desconocido. - Sólo diré que hay cosas que no permanencen siendo un secreto por demasiado tiempo, sobre todo si son cosas muy feas que implican a gente muy importante...

Si lo que pretendía era asustarle, aún no lo había conseguido, pero el treintañero sí tuvo la certeza de algo: todo aquello estaba muy lejos de ser una broma. Recordaba las llamadas de teléfono del mes de junio pasado, y aunque podrían parecerse mucho a la que estaba manteniendo en esos momentos, no podía evitar sentir que había algo que las diferenciaba claramente: no se trataba de la misma persona, no le daba esa sensación (además, sabía de buena tinta que el anterior interlocutor había fallecido como consecuencia de sus propias acciones el pasado verano). Además, no sabía cuáles eran las intenciones de esta nueva persona.

- Así que lo que me quiere decir con esto... - continuó diciendo el joven, intentando permanecer tranquilo ante una situación tan inesperada como extraña. Haciendo acopio de todo el raciocinio del que se veía capaz, siguió hablando. - ...Es que cree saber cosas sobre mí que me perjudicarían de algún modo... Es tan absurdo que no sé cómo espera que le crea...

- Eso es muy sencillo: si no me creyeras hace tiempo que hubieras llamado a seguridad, y sin embargo esta llamada ha captado tu atención lo bastante como para no hacerlo.

Aunque hubiera pensado en un principio que todo el asunto de esta nueva llamada no era nada de lo que preocuparse realmente, lo cierto era que, conforme habían ido pasando los minutos, esa llamada había terminado por comenzar a derribar esa barrera que había levantado para protegerse frente a ese interlocutor anónimo y con esa actitud tan silenciosamente hostil. Toda la ansiedad que había estado conteniendo desde que esa persona empezó a hablar comenzaba a extenderse nuevamente por su mente. Tragó saliva levemente e intentó continuar con la conversación, únicamente para tratar de descubrir algo más de esa persona.

- Me llama mucho la atención que me trate con esa naturalidad – habló Patrick, ignorando la cuestión anterior, e incorporándose levemente en su asiento. Necesitaba llevar la atención de la otra persona hacia un asunto más trivial, para ver si podía percibir algo más desde ese otro punto de vista.

- No me inspiras el suficiente respeto para tratarte de forma diferente – escuchó inmediatemente al otro lado del teléfono. - Por no decir que no me inspiras ningún respeto en absoluto, la gente como tú no merece nada mejor, y tú que eres el experto en los evangelios coincidirás conmigo en esto.

- ¿Y qué tratas de conseguir con todo esto? - quiso saber el treintañero, abandonando también el todo formalismo a la hora de dirigirse a esa persona. - Si tan seguro estás de todo lo que crees saber, ¿por qué no hacerlo público directamente?

Esta vez, se escuchó un breve silencio al otro lado de la línea, pausa que Patrick aprovechó para separar un poco el auricular de su rostro y tomar aire con cuidado. El corazón le latía fuertemente en el interior de su pecho y ahora no podía pensar en otra cosa que no fuera la conversación que estaba manteniendo en esos momentos, simplemente se veía incapaz de pensar en otra cosa distinta a partir de ese momento.

- Ese error ya lo cometieron otros antes que yo... - se oyó decir finalmente al otro lado de la línea. - Y es de sabios rectificar, ¿no crees? Que lo que hiciste se haga público no me interesa tanto como otros asuntos, no es en absoluto mi prioridad...

- ¿Y cuál es tu prioridad, entonces?

- En Junio pagaron justos por pecadores, mucha gente inocente murió por tu culpa esa noche, y tú, sin embargo, sigues aquí... Eso es algo que no se puede tolerar.

Paralizado por todo aquello, el oír de lejos a la gente y los turistas que charlaban trivialmete como si no ocurriera nada en la plaza de San Pedro, le hacían sentir como si todo aquello no le estuviera ocurriendo realmente. Últimamente el mundo real y el imaginario se habían mezclado de tal manera que ya no podía asegurar que algo vivido fuera o no real. Si lo que esa persona se proponía era acabar con él, lamentaba mucho sentir que no tenía nada que perder: morir era algo que había dejado de asustarle hace mucho, la vida que vivía desde el pasado verano era más hostil y difícil de llevar a cada día que pasaba.

- Como si le hubiera leído el pensamiento, el interlocutor desconocido comenzó a hablar de nuevo:

- La partida no ha hecho nada más que empezar, las piezas apenas se han movido... La muerte es una liberación que no voy a tener la consideración de darte.

- Si crees que te tengo miedo... - habló Patrick bruscamente, abandonando toda la quietud que había tratado de mantener durante la conversación. - Eres un necio si crees que puedo temerle a alguien como tú, que se esconde tras una llamada anónima.

- ...Eso demuestra muy poca inteligencia por tu parte, esto no ha hecho nada más que empezar y yo no tengo ninguna prisa en terminarlo. - El tono de voz de la persona que llamaba reflejaba ahora una hostilidad y un rencor mucho mayor, pero aún así seguía trasmitiendo una sensación de oscura indiferencia ante el arrebato del joven sacerdote. - Y si no me temes ahora, te prometo que en unas semanas apareceré dentro de cada una de tus pesadillas, incluso las que tienes cuando no estás durmiendo: no vas a escapar tan fácilmente, no de mí...

La convicción con la que hablaba esa persona no pasó desapercibido para Patrick, por muy aturdido que pudiera encontrarse ante esa nueva situación: la seguridad de ese desconocido al hablarle era algo extraño al tratar con alguien a quien realmente no conoces.

- ...¿Quién eres tú? - quiso saber el joven sacerdote.

No podía verle, eso era obvio, pero estaba convencido de que, fuera quien fuera el que estuviera al otro lado de la línea, en esos momentos estaba esbozando una sonrisa de satisfacción.

- Tú y yo somos viejos conocidos... - habló finalmente el desconocido. - Y ya sabes dónde puedes encontrarme... Recuerda la primera pista, recuerda ese número...

Durante unos momentos, aquella persona consiguió despistarle: ¿pista, número? ¿De qué estaba hablando? Hasta donde podía recordar, ese desconocido nunca había puesto el menor interés en descubrirse o darle una mínima pista de nada... ¿O sí? La tarde en que el comandante Chartrand fue a verle, preocupado por lo que podía haber detrás de la muerte de Gennaro Scialo, acudió a su mente de manera fugaz, pero hubo un solo detalle que permaneció a fuego en su memoria, como si hubiera estado esperando a que acudiera a él todo ese tiempo.

- El... ¿El número 2899?

- No es otro número más... - pareció asentir su anónimo interlocutor al otro lado de la línea. - Y me voy a asegurar de nunca lo olvides

Lo siguiente que escuchó fue el pitido intermitente característico que señala el final de una llamada. Patrick McKenna permaneció unos instantes más sosteniendo el teléfono contra su rostro, hasta que finalmente separó poco a poco sus dedos y lo dejó caer inanimado en su regazo, aún con ese irritante pitido sonando en la lejanía, mientras él seguía repasando frenéticamente todo lo que se había hablado durante aquella extraña conversación. No podía creer lo que acababa de ocurrir, tan simple y complicado como eso: durante estos cinco meses que habían seguido a los atentados Illuminati, nunca había temido (ni se le había pasado por la cabeza) que algo así pudiera volver a pasarle. Otra vez llamadas anónimas que dejaban entrever mucho menos de lo que le gustaría, mucho menos de lo que había realmente tras ellas...

Y sin embargo, esta vez era distinto... Aún se encontraba demasiado aturdido como para saber explicarse a sí mismo por qué esa llamada le parecía tan diferente de la realizada el pasado verano, pero tenía la certeza interior de que, si no se trataba de una broma de mal gusto, las cosas no habían hecho nada que empezar... Otra vez. No, no podía vivir en la incertidumbre y el miedo: su error pasado había sido no tomar cartas en el asunto hasta que fue demasiado tarde, y esa vez no estaba dispuesto a cometer el mismo error.


Pasaron unos momentos en los que todo el mundo permaneció paralizado en el hall de entrada al cuartel de la guardia suiza, no tanto por la aparición de aquella extraña adolescente sino por la sorprendente reacción de la chica al toparse con Chartrand. Si la situación no la hubiera dejado tan estupefacta, Claire no hubiera tardado mucho en taparse un poco los oídos de forma disimulada: si no fuera porque lo conocía lo suficiente como para poder afirmar que el joven suizo no llevaba una doble vida ni nada que se le asemejara, la periodista hubiera jurado que estaba presenciando el encuentro de una histérica fan adolescente con su ídolo más adorado. Pero ése no era el caso, definitivamente no podía ser.

Tan pronto como la chica se quedó sin aire en los pulmones, dejó escapar una expresión en un idioma que Claire desconocía pero que sonaba bastante similar al alemán, y esbozando una emocionada sonrisa de oreja a oreja, la joven se abalanzó sobre el comandante Chartrand, echándole los brazos alrededor del cuello, aunque no sin antes dar un par de saltitos inquietos. Claire dejó escapar una breve risa de desconcierto y se giró hacia el resto de guardias suizos para ver si a ellos les resultaba familiar esa situación, y realmente no les debía ser del todo desconocida porque bajaron inmediatamente la guardia y volvieron poco a poco cada uno a sus asuntos.

Mientras tanto, la joven seguía fuertemente abrazada a Chartrand sin dejar de sonreír: únicamente se separaba de él para mirarle a la cara, como si no se acabara de creer que estuviera allí, susurrar unas pocas palabras una vez más en un idioma que definitivamente era el alemán, y de inmediato volvía a estrecharle con ímpetu. A todo esto, la expresión dibujada en el rostro del joven suizo era todo un poema: por una parte parecía tan asombrado como el resto de sus compañeros hacía unos minutos, pero por otro casi parecía que las Navidades se hubieran adelantado sin que nadie se lo advirtiera.

De repente, Claire tuvo la sensación de que sobraba en esa escena, a pesar de no entender aún muy bien lo que estaba pasando. Procuró salir del hall sin hacer ruido, pero tuvo la mala suerte de patinar un poco sobre un trozo de cerámica que antes había sido parte de la maceta, llamando la atención de la adolescente, quien se giró hacia ella como si fuera la primera vez que la veía... Y puede ser que, en efecto, así fuera.

- Hola – habló la joven, en un idioma que ambas conocían, con una amplia sonrisa dibujada en el rostro.

- Hola – la saludó la periodista devolviéndole.

- No sé quién eres – afirmó la muchacha con una firme convicción y aún sin perder la sonrisa.

La joven rubia hubiera mentido si dijera que no encontró el comportamiento de esa chica algo extraño, pero después no era nada que no hubiera visto antes en una muchacha de su edad: la adolescente sonreía, pero no sinceramente, eso podía verlo (después de todo, había entrevistado a bastante gente como para saber cuándo algunos gestos eran sinceros y cuándo no lo eran). No la conocía, pero a simple vista, le recordó a una vieja compañera de instituto, Alison Watson: era guapísima, la más popular del instituto, todos los chicos estaban por ella, y lo peor de todo es que ella lo sabía y caminaba por los pasillos del edificio como si estuviera un peldaño permanente por encima de los demás.

Antes de que pudiera contestar, esa chica ya se había vuelto hacia Chartrand mostrando una expresión no tan dulce. Hizo un leve gesto hacia Claire:

- ¿Por qué no me la presentas? - quiso saber la adolescente, algo molesta a juzgar por su tono de voz.

- Esto... Sí, claro... - Chartrand aún estaba asimilando que la chica se encontrara allí. Extendió el brazo hacia la periodista y comenzó las presentaciones. - Erika, ella es Claire Dilthey, periodista, una vieja amiga mía...

- Oh, ¿una vieja amiga? - preguntó Erika, haciendo como que se sorprendía mucho. - ¿Y cómo es que no he sabido nada de ella hasta ahora, Lexie?

- En realidad... - habló Claire, intercediendo en medio de aquella peculiar y extraña pareja. - Llevo trabajando aquí poco tiempo, y siempre en circunstancias algo problemáticas; Chartrand siempre me ha echado un cable... Claire Dilthey, encantada de conocerte, tú eres Erika, ¿no?

Al interesarse por ella, la expresión de la tal Erika se dulcificó: ya no parecía fulminarla de manera glacial con esos ojos claros que adornaban su rostro. Sonrió, esta vez de modo genuino, e hizo una leve pero estudiada reverencia, inclinándose levemente en su corta estatura:

- Soy Erika Keller, es un placer conocerte...

Por el modo de presentarse, a Claire le dio la sensación de que tenía que conocer su nombre de algo, y así mismo debía pensar ella, puesto que, tras sostenerle la mirada amable durante unos pocos segundos, se volvió hacia Chartrand algo aturdida, y antes de que la periodista tuviera oportunidad de decir nada, comenzó a hablar de nuevo:

- Lexie, ¿no le has hablado de mí? - su tono de voz reflejaba estupefacción y desconfianza a partes iguales. - Por el amor del cielo, Lexie, ¿tan poco...?

- De hecho... - volvió a interrumpir Claire, al ver que Chartrand parecía estar perdiendo poco a poco el color en el rostro. La joven rubia hizo memoria del primer día que se encontró con el comandante al regresar a Roma: si no recordaba mal, volvía de cancelar una reserva para una tal Erika... Esperaba con todo su corazón no equivocarse. - Sí me ha hablado de tí... Creo recordar que ibas a venir a visitarle, pero sucedió algo y no pudiste venir, ¿no?

Erika asintió varias veces, volviéndose hacia Chartrand como disculpándose con la mirada. Sin responder a Claire, la adolescente se encogió de hombros y sacó levemente el labio inferior, como si estuviera a punto de ponerse a hacer pucheros.

- Lo siento, Lexie, es que he pasado un montón de tiempo sin verte y quería darte una sorpresa...

- No pasa nada, todo está bien, me alegro de que estés aquí... - contestó Chartrand de inmediato, tomándola levemente de la barbilla.

Vale, fuera lo que fuera lo que estaba sucediendo entre ellos, estaba claro que Claire sobraba. No sabía al cien por cien quién era Erika, ni por qué parecía tan alerta de que ella estuviera allí, ni por qué llamaba a Chartrand "Lexie"... Comenzó a dirigir sus pasos hacia el interior del cuartel, sintiendo que su mente era un pequeño caos: esa chica se comportaba como si mantuviera algún tipo de relación sentimental con Chartrand, ¿pero podía el joven mantenerla? No recordaba que Chartrand le hubiera mencionado alguna vez lo contrario, pero en un lugar como en el Vaticano, donde todo lo relacionado con esa temática parece estar prohibido, no dejaba de chocarle que hubiera aparecido una chica en plena edad del pavo que parecía ser más que celosa. Se hubiera marchado del hall con éxito si no hubiera sido porque alguien decidió entrar por la misma puerta por la que Claire estaba dispuesta a salir: y esa persona no era otra que Patrick McKenna.

La periodista se sobresaltó levemente, no únicamente porque no esperaba encontrarle allí, sino porque el joven sacerdote había entrado con tal brío en la sala que la puerta había dado un fuerte golpe contra la pared, cuyo ruido había resonado en todo el hall, pero este detalle no parecía haber llamado particularmente la atención del religioso. Chartrand y Erika también se habían girado hacia la puerta que daba al interior del edificio, aún sorprendidos por una aparición tan inesperada y en parte brusca.

- Chartrand, ¿has visto a Nicolas Widmer? - ignorando por completo la presencia de Claire o la de Erika en la sala.

El comandante permaneció estupefacto durante unos pocos segundos: había notado a Patrick raro estos últimos días, pero siempre que terminara por convencerse de que no era para tanto, algo le hacía renovar sus sospechas sobre que algo no iba del todo bien. Y esa forma de comportarse no era una excepción.

- ¿Lo has visto o no lo has visto? Es muy sencillo de responder – insistió el sacerdote, una vez más de forma algo brusca.

- Tiene... Tiene que estar por ahí dentro, Patrick, en la sala de control... - dijo Chartrand finalmente, señalando una puerta que había a su izquierda.

Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, el joven religioso se dirigió a la puerta que el suizo le acababa de señalar y comenzó a llamar a golpes, que en otro contexto no hubieran sido para tanto, pero que en esa situación no hicieron sino extrañar aún más a los allí presentes. Pasaron unos pocos instantes hasta que un muchacho pelirrojo apareció por la puerta, con cierto asombro reflejado en su joven rostro: Chartrand recordaba que a su compañero le había afectado mucho la muerte de Gennaro Scialo y que lo último que necesitaba en esos momentos era una reprimenda de un superior, como parecía que iba a dársela Patrick McKenna.

- ¿Sí, su Santidad? - preguntó respetuosamente el joven guardia suizo.

- Widmer, eres tú quien se ocupa de las conexiones telefónicas de este edificio, ¿no es así? - quiso saber Patrick.

El joven pelirrojo pareció algo desconcertado con la pregunta e intercambió una breve mirada de confusión con Chartrand, quien no pudo hacer más que encogerse levemente de hombros: por supuesto que Patrick McKenna sabía perfectamente qué puesto ocupaba, sabía qué puesto ocupaban todos los que trabajaban allí, ¿adónde quería llegar con todo eso?

- Eh, sí... - respondió finalmente el pelirrojo. - Por supuesto, sí, desde hace un par de años...

- Excelente, ¿puedes decirme el remitente de una llamada que ha llegado a mi despacho hace unos minutos? - inquirió el joven sacerdote de manera algo ansiosa. Todo él parecía ser un manojo de nervios y mal humor, y Claire no estaba muy segura de cómo iba a acabar aquel peculiar interrogatorio. - ...¿Qué os pasa a todos hoy? ¿De repente no sabéis cómo hacer vuestro trabajo?

- No, señor, en absoluto, no se trata de eso – balbuceó un cada vez más nervioso Nicolas Widmer. Parecía temer llevarle la contraria a Patrick en esos momentos, en los que estaba tan irreconocible. - Sólo es que durante esta mañana no ha habido ninguna llamada dirigida a su despacho, señor...

La tensión que siguió a esa afirmación podía cortarse con un cuchillo, y realmente se palpaba en el aire. Claire dirigió una mirada interrogante a Chartrand: ¿de qué iba todo aquello? Era verdad que realmente no conocía a Patrick más que de unas pocas horas, pero ni siquiera en sus peores momentos lo había visto tan alterado y tan silencioso a la vez, como si fuera la falsa calma antes de la tempestad. Al no obtener más un nuevo movimiento de hombros por parte del joven suizo, Claire se giró de nuevo hacia Patrick, quien parecía querer acorralar al pobre guardia como si fuera un insecto.

- He recibido una llamada hace como un cuarto de hora. En mi despacho, ¿y tú dices que no ha habido ninguna? ¿Acaso estás diciendo que me lo he imaginado? - afirmó el religioso con vehemencia y alzando más el volumen de voz a cada frase que decía.

- No, de ninguna manera... - se intentó excusar el guardia suizo.

- Patrick, ya basta... - llamó Claire desde el otro lado de la habitación, llamada que el susodicho ignoró.

- ...Puede que haya habido una llamada, y yo no me encontrara en el puesto, o que alguien pudiera entrar en nuestro sistema... - comenzó a hablar el chico, intentando encontrar algún posibilidad que coincidiera con lo que Patrick quería oír.

Pero ni siquiera le dio tiempo a acabar la frase, antes de que ninguno de los presentes pudiera evitarlo, el religioso había agarrado al joven guardia por las solapas de la chaqueta y lo había empujado con fuerza contra la pared más cercana, haciendo que una pequeña mesa cercana volcara. Erika, quien había estado observando toda la escena sin siquiera parpadear, dejó escapar un pequeño gritito y se aferró con más fuerza a la mano de Chartrand. La reacción no se hizo esperar, el ruido de la mesa había alertado al resto de los guardias, que comenzaron a salir intentando ver qué estaba ocurriendo. Asombrada por lo que acababa de ver, Claire cruzó el hall hasta alcanzar el brazo del joven sacerdote, al que sujetó con fuerza, instándole a retroceder.

- Patrick, suéltale... - habló la joven con voz firme, aún sintiéndose bastante sorprendida por el rumbo que había tomado la situación. - Suéltale ya, no es culpa suya, no hagas nada de lo que te vayas a arrepentir...

Sin embargo, ninguna de esas palabras parecían llegar a oídos del joven, quien tenía la mirada fija en su objetivo. Sólo cuando hubieron pasado unos largos y angustiosos instantes para todos los allí presentes, el treintañero soltó bruscamente al guardia suizo, quien se apartó de él de inmediato sin dejar de mirarle de forma totalmente espantada. Así mismo, Claire dejó caer sus brazos a ambos lados de su cuerpo, dejando libre a Patrick McKenna. El silencio que siguió a aquella sorprendente situación fue tan incómodo como la misma, nadie sabía qué decir ni cómo comportarse, no después de una escena como aquella.

Claire no podía dar crédito a lo que había presenciado: ¿tanto había cambiado Patrick en apenas cinco meses? No, no podía ser, había hablado con él la tarde anterior y nada la había hecho sospechar de que algo fuera mal. Bien era cierto que podía tratarse de algo propio del carácter del joven, ella apenas lo conocía de unas horas y en una situación muy concreta, pero ese tipo de comportamiento no encajaba nada con la imagen que tenía de él, y hasta esos momentos creía conocerle bastante bien.

Por su parte, una vez que los ánimos se hubieron sosegado un poco, la atención de Patrick McKenna pasó de Nicolas Widmer al resto de los allí presentes en la estancia, que no hacían otra cosa que observarle con los ojos como platos.

- ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer? - espetó el joven.

De inmediato, todos se apresuraron a volver a sus quehaceres cotidianos, incluso la adolescente Erika dio un respingo y se puso a parlotear con Chartrand de cualquier cosa que se le viniera a la mente para evitar el enfado del sacerdote. Claire se dirigió hacia Nicolas Widmer, que aún seguía petrificado y hasta algo sudoroso junto a la puerta de entrada a la estancia:

- ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo? - se interesó la periodista, buscando la mirada del joven pelirrojo.

El chico acertó a negar con la cabeza, y Claire se volvió hacia Patrick, quien parecía reparar en ella por primera vez desde que éste hiciera aparición en la entrada al cuartel de la guardia suiza. Le sostuvo una mirada carente de toda emoción durante unos momentos, antes de volverse sobre sí mismo y marcharse por donde había venido, dando grandes pasos. Tan pronto como Patrick McKenna abandonó la estancia, comenzaron los cuchicheos de todos los allí presentes, compartiendo sus impresiones de lo que acababa de ocurrir. Nicolas Widmer dejó escapar un bufido de ansiedad y salió a la calle con la mano sobre la frente. Por la expresión de rostro, Claire supo que Chartrand se encontraba visiblemente preocupado mientras atendía las insistentes preguntas de su adolescente amiga o lo que fuera.

Y en cuanto a Claire, no sabía lo que acababa de ocurrir, ni por qué había sucedido. Lo único que creía saber de forma certera es que habían cambiado muchas cosas en el Vaticano desde su última visita a Roma, y muchas de ellas eran aún secretos de los que nadie hablaba.


NdA: Nueve meses sin actualizar, esto tiene que ser un record... ¿Queda alguien por aquí? Lamento mucho la enorme tardanza en actualizar este fic, pero mucho me temo que no puedo agilizar mucho más las actualizaciones (aunque no tardaré TANTÍSIMO en subir el próximo, pero debéis tener en cuenta que han pasado casi tres años desde que empecé a escribirlo y últimamente me he estado dedicando a escribir de otros fandoms), aunque no tengo intención de abandonarlo. Anyway, las cosas siguen por donde las dejamos el capi anterior, la pobre Claire no se entera de nada ni sabe dónde se ha metido, conocemos a Erika y los miedos de Patrick comienzan a transformarse en algo más que temores propios para tornarse en algo bastante más real. Lo dicho, las cosas se tienen que poner muy feas... O muy bonitas, según lo miremos, recordad que a esta parejita le suele ir mejor en medio del caos. En fin, espero no estar hablando sola por aquí :P. Espero que os haya gustado, y por favor, no me tiréis tomates.