¡Hola, bienvenidos!

¿Qué hago yo aquí? Jejejeje, bueno, pongámosle que hace tiempo que tenía ganas de escribir una historia que girara en torno al interesante universo de New Mobile Report: Gundam Wing. No sé si deba dedicar unas palabras de gracia a esta fantástica serie, dado que soy prácticamente nueva en estos rincones, o a hacer referencia a algunos de los personajes que más me llamaron la atención, porque creo que me iría derechito a estrellarme contra la muralla de mis críticas pomposas (y probablemente ustedes también…), y estrellarse con cosas duras no es algo a lo que sea muy afecta, la verdad jajaja.

En fin, simplemente me limitaré a mencionar al misterioso Heero –protagonista de esta pesudohistoria –cuya aura muy, muy, muy misteriosa e impredecible al parecer no sólo ha captado mi interés, sino también el de muchos de ustedes ¡Sólo hay que ver la cantidad de páginas dedicadas a él! Como sea, el punto va de que creo que, a pesar de que no me simpatiza mucho –me refiero a que si me encontrara con alguien como él en la calle y me viera involucrada con él, probablemente querría estrangularlo al rarito despúes –paradójicamente se ha transformado uno de mis personajes favoritos de todo el mundo del animé –y eso que no son muchos, nótese –y vaya cosa increíble. Sus contradicciones, sus conflictos y su nivel de complejidad están tan bien logrados que a la larga logra intrigarte. No sé ustedes, pero a mí ha logrado atraparme xD

Quizá tenga que ver con el contexto con que está sujeta la serie, no lo descarto. No soy muy afecta tampoco a los animés con maquinas supervoladoras y armas ultrapoderosas y bang-bang para allá y bang-bang para acá –no voy a mencionar ejemplos, sólo se trata de gustos :) -pero el universo de esta serie, paralela a el resto de la saga, te trasmite muchas ideas y sin querer te encuentras poniéndote de acuerdo con muchos argumentos con respecto a las situaciones bélicas que se dan dentro y que son peligrosamente análogos a las que vivimos hoy en día, y discutiendo con las que te parecen que no son correctas. Es realmente una cosa que me impresionó de la serie…

¡Cooomo sea! –Nadesko se limpia el tomatazo de la cara –Otro día seguiré con mi perorata de las series de animé y su impacto en la crisis mundial xD, Sí, sí, ya sé que todos ustedes están muy ansiosos de querer escuchar mi valiosísima e imperdible opinión –Nadesko se agacha para esquivar otro tomatazo -¡Pero esto debe continuar!

Bien, aquí les dejo la introducción de esta historia que no es mía. Sé qué es poco original de mi parte y ciertamente una no muy adecuada manera de debutar en este rincón de Fanfiction, pero la verdad es que es una historia bastante llevadera, considerando del género que trata y no pude resistir la tentación: Cssi podía ver a los personajes encarnando esta singular tramilla.

Armas de Soldado es un universo alterno, basado en una de las novelas de Kinley MacGregor, asi que ¡No me demanden! Los personajes de New Mobile Report: Gundam Wing que aquí se señalen no me pertenecen.

Con sinceridad, espero lo disfruten.

¡Saludos!


ARMAS DE SOLDADO

Prólogo.

— ¡Él es el mismo diablo!

Heero Yuy, cuarto conde de Ravenswood, resopló audiblemente ante la convicción que demostraba la voz de Milliardo Peacecraft mientras ambos permanecían de pie ante el trono del Rey Enrique II, con el hermano de Heero y uno de los de hombres de Milliardo ligeramente detrás de ellos. Era un epitafio que había escuchado más veces de las que podía contar.

Curvando el labio en un retorcido gesto de diversión, Heero asintió rápidamente.

— Engendrado en el infierno y amamantado con la teta de un demonio. No puedo pretender otra cosa. —Después de todo, era de su reputación de lo que estaban hablando y, en este país envuelto en el caos, Heero era el campeón indiscutible.

Dos guardias, que permanecían tan inmóviles como estatuas, flanqueaban el trono donde el rey se sentaba. Vestido de púrpura oscuro y con su corona brillando bajo la luz de las antorchas, Enrique no parecía muy complacido cuando clavó la mirada en ambos nobles. Aún cuando Heero había vertido su propia sangre, y derramado la ajena todavía más, para afianzar la corona de Enrique, conocía los límites de la tolerancia de su monarca, y, a estas alturas, el rey ya había sido presionado más allá de sus límites.

Milliardo dio un paso imprudente hacia el trono de Enrique. Algo muy inusual en él, hombre de carácter templado, pero cuya alma temeraria –pulcramente resguardada, sólo traslúcida en ciertas ocasiones –amenazaba con tomar el control, en pos de la situación que se dilataba a cada segundo que pasaba.

— Quiero que deje mis propiedades en paz, Majestad. Con toda seguridad, posee bastante tierra como para apaciguarse con ellas, así que bien podría abandonar las tierras de Sanc.

Enrique Plantagenet no era un hombre al que uno debiese acercarse imprudentemente. Era un hombre que se había hecho a sí mismo con una férrea determinación y un valor endiablado; un hombre que tenía mucho en común con Heero, y mejor aún, un hombre que estaba en deuda con Heero.

La mirada en el rostro de Enrique fue la imagen misma de la ira de los infiernos.

Recuperando de nuevo la cordura, Milliardo retrocedió de mala gana y clavó la mirada en el suelo empedrado.

Enrique miró a Heero y suspiró.

— Nos no entendemos cómo empezó este conflicto. Heero, vos decís que él os atacó, y Milliardo, vos decís que él os atacó, de modo que ninguno admite haber instigado este asunto. Esto nos recuerda a dos niños malcriados peleando por un juguete mientras ambos aducen injusticia. Particularmente, esperaba algo mejor de vos, Heero.

Heero hizo todo lo que pudo para no mostrar la furia que le invadía. Había servido fielmente a Enrique durante más de la mitad su vida. Aun así, no era el bufón ni el peón de ningún hombre, y no respondía ante nadie salvo ante sí mismo. Enrique había aprendido ese hecho hacía tiempo, y era eso mismo lo que hacía de Heero un valioso aliado para él. Su alianza había sido forjada con sangre, en la batalla.

Con la furia hirviendo a fuego lento en su interior, Heero osó enfrentar la mirada del rey como si fuese la de un igual.

— Como bien sabéis, mi señor, no soy ningún cobarde, y no me inclinaré ante este hombre mientras siga atacando a mis campesinos y asaltando mis tierras. Si Milliardo quiere una guerra entonces, por Dios, soy definitivamente el que se la va a proporcionar.

Enrique miró hacia arriba como si buscase la ayuda de los sagrados santos.

— Nos estamos aburridos de que nuestros señores luchen entre ellos. Nos damos cuenta de que los años de reinado de Romefeller fueron muy permisivos, pero esos tiempos ya han terminado. Ahora soy yo, Enrique, el que reina en este país, y nos lograremos que se extienda la paz en él —miró directamente a Heero—. ¿Comprendéis?

— Sí, mi señor.

La mirada de Enrique se volvió entonces hacia Milliardo, cuyos ojos seguían clavados en el suelo, a sus pies.

— ¿Y vos?

— Sí, sire.

Los severos rasgos de Enrique se relajaron un tanto.

— Está bien, entonces. Pero como nos sabemos que no deberíamos dejar en libertad dos ratones mientras el gato está ocupado en otros menesteres, debemos sellar este pacto de manera más permanente.

Un nauseabundo sentimiento de miedo se atravesó en la garganta de Heero. Conocía a Enrique lo bastante bien como para comprender que aquello no iba a ser de su agrado.

Enrique continuó.

— Como ninguno de vosotros parece querer admitir quién atacó primero, nos deberemos aplicar la sabiduría de Salomón. Si alguna de vuestras mercedes toma posesión de algo a lo que el otro tiene en alta estima, puede que entonces sus señorías se lo piensen dos veces antes de llevar más lejos las hostilidades.

— ¿Majestad? —preguntó Milliardo, y su voz arrastraba el peso de su propio estremecimiento.

Enrique se mesó la barba castaño-rojiza.

— Tenéis una protegida, ¿no es así, Milliardo?

— Sí, sire, tengo tres que aún siguen con vida.

Enrique asintió, y entonces se volvió para observar a Heero, que le devolvió la mirada con impertinente franqueza.

— ¿Y qué me decís vos, Heero?

— Tengo un hermano derrochador del que llevo deseando librarme durante años.

Dicho hermano echaba espuma por la boca por la indignación unos diez pasos por detrás de él, pero, con gran sensatez, guardó silencio ante su rey.

Absolutamente perplejo, Enrique consideró el asunto.

— Decidnos, Dúo —dijo dirigiéndose al joven hermano de Heero—. ¿Qué es lo que vuestro hermano estima más en esta tierra?

Heero se volvió ligeramente para contemplar cómo se retorcía Dúo ante la mirada de su rey. Con la cabeza respetuosamente inclinada, Dúo respondió.

— Para serle sincero, Su Majestad, él tan sólo valora su honor. Moriría por defenderlo.

— Sí —dijo Enrique pensativamente. —Nos hemos comprobado los límites a los que él llegaría para mantener limpio su honor. Muy bien, nos exigimos que Heero jure por su honor que no hará incursión alguna ni atormentará a Milliardo, y éste entregará a una de sus protegidas como promesa de su buena conducta.

— ¡¿QUÉ? —bramó Milliardo de forma tan escandalosa que Heero casi esperaba que las vigas del techo comenzaran a caerles a su alrededor—. No podéis estar hablando en serio.

Enrique dirigió una acalorada mirada a Milliardo.

— Señor, os estáis extralimitando. Es a vuestro rey a quien os estáis dirigiendo, y su traicionero suelo el que estáis pisando.

El rostro de Milliardo se puso más rojo que la sobreveste carmesí que Heero llevaba sobre la armadura. Heero no recordaba nunca haberlo visto tan descompuesto. Siempre le pareció un hombre bastante propio.

Hasta hoy.

— Su Majestad, os lo ruego, no me pidáis esto. Mis protegidas son las más gentiles criaturas, y no están acostumbradas ni a pasar penalidades ni a la compañía de los hombres. La mayor va a casarse de aquí en pocas semanas, y su hermana es una monja que ha hecho votos en Santa Ana. Con toda seguridad, vos no podéis exigir que abandonen sus votos para convertirse en rehenes durante un tiempo.

— ¿No hablasteis sobre una tercera protegida?

Un absoluto y genuino horror se reflejó en el joven y alargado rostro de Milliardo.

— Señor, Relena es la más gentil de todas mis protegidas. Se estremece ante el más ligero sobresalto. Una hora en Ravenswood y moriría de miedo. Os lo suplico, por favor, no me exijáis esto.

Enrique entrecerró los ojos.

— Nos desearíamos que vuestras señorías nos hubiesen dejado alguna otra opción. Mas, ay, estamos cansados de las constantes quejas y acusaciones de nuestros señores. De hecho, el día siguiente al de hoy tenemos un compromiso en Hexham para poner en orden otra disputa entre dos barones a los que no parecen importarles sus propias tierras. ¡Todo lo que queremos es paz! —bramó Enrique. El brillo de la mirada del rey se intensificó—. Milliardo, fuisteis vos quien solicitó la intervención de la corona en este asunto. Nos os hemos dado nuestra solución, así que permitid que se lleve a cabo, y apiadaos de la atolondrada alma que ose desafiar a esta corona —Enrique pareció calmarse un tanto—. Lady Relena le será entregada a Heero para que él la custodie.

¡Una dama en su hogar! Heero pudo sentir como sus labios empezaban a curvarse ante ese pensamiento. Estuvo a punto de decirle a Enrique que olvidase todo el asunto, pero una con una simple mirada pudo darse cuenta de que era mejor no cuestionar los dictados del rey.

Entonces sucedió una de las cosas más increíbles que había visto en su vida. Milliardo se postró de rodillas ante el trono de Enrique. El alto, elegante y hasta el día de hoy muy propio Milliardo, estaba rogando. Las sobrevestes blancas y amarillas ondearon como un charco a su alrededor cuando se doblegó y apoyó la frente sobre el suelo de piedra.

— Por favor, Majestad —rogó Milliardo con voz trémula—. Ella es mi hermana, sangre de mi sangre. No podéis tomar a mi hermana pequeña y, en cambio, exigirle a Ravenswood un simple juramento. Os lo suplico. Relena es… ella es mi vida. Podéis quedaros con mis tierras pero, por favor, dejad a mi hermana donde está.

Por un instante, Heero casi sintió compasión por aquel hombre; hasta que recordó el pueblo que había incendiado en el silencio de la noche. Las mujeres que habían sido violadas y asesinadas con saña en sus lechos.

Si no hubiera sido por el mandato de Enrique, habría sitiado el castillo de Milliardo costara lo que costase, y habría visto cómo las murallas del al que llamaban Conde Relámpago se caían a pedazos.

Pero Enrique tenía una deuda de sangre con el padre de Milliardo, y como campeón del rey, Heero se había visto obligado a no hacer daño a Milliardo sin el permiso real.

De cualquier manera, Heero sabía que sólo la presencia de la hermana pequeña de Milliardo en su hogar garantizaría un comportamiento benevolente por parte de éste hacia su gente. Y, como de costumbre, haría lo que fuese necesario para proteger a su pueblo, y obedecería la orden del rey.

Enrique se acariciaba la barba pensativamente mientras escuchaba a Milliardo seguir implorando su misericordia.

— Levantaos, Milliardo.

Milliardo se puso de pie; tenía los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas, una expresión un tanto increíble de ver viniendo de un caballero como él.

— Nos hemos escuchado tu súplica, y podemos aseguraos que Heero se toma sus votos muy en serio. Le hemos visto llevar a cabo su deber con obras de incuestionable lealtad. Sin embargo, como vos sois conocido por faltar a vuestros juramentos, nos debemos asegurarnos de alguna manera de que se conserve la paz.

El rey hacía referencia al hecho de que Milliardo había prometido apoyar el reclamo de Enrique al trono y llegar finalmente a la paz sólo para, alrededor de dos meses más tarde, unirse a las fuerzas rebeldes de Colmillo Blanco, un grupo de caballeros influyentes que surgió apenas el reinado de Romefeller comenzaba a caerse a pedazos.

Milliardo no era alguien en quien se pudiese confiar. Jamás.

— Si Vuestra Majestad tiene dudas acerca de mi lealtad, ¿por qué aún conservo las tierras de mi familia? —preguntó Milliardo.

Los orificios nasales de Enrique se abrieron ostensiblemente.

— Debéis agradecerle eso a vuestro padre, y mejor que cuestionar mis motivos, deberíais sentiros complacido de seguir gozando de nuestra misericordia y actuar mostrando la apropiada gratitud. Heero custodiará a vuestra hermana durante un año. Si durante ese tiempo habéis demostrado ser honorable, os será devuelta.

El semblante de Milliardo se volvió duro como el granito.

— Actuáis como si hubiese sido yo el que instigó todo este asunto —murmuró—. ¿Por qué debo ser castigado mientras que él…?

— ¡Silencio! —rugió Enrique—. Una palabra insolente más de vuestra parte y haré que os despojen de todo lo que os es querido.

Milliardo contuvo su lengua juiciosamente, pero sus ojos brillaban con auténtico rencor.

Enrique le hizo un gesto con la mano a su escriba para que plasmara sobre el papel su decreto.

— Si atacáis a Heero, a su gente o sus tierras durante el próximo año, vuestra hermana pasará a ser de su propiedad y podrá hacer con ella lo que le plazca.

Milliardo recorrió a Heero con una mirada que pudo haber picado piedra.

— ¿Y si él le hiciese daño o la deshonrara, sire?

El rostro de Enrique se endureció.

— Siendo la mano derecha de la corona, Heero sabe de primera mano lo que nos hacemos con los traidores. Le hemos confiado nuestra vida a Heero, y aceptaremos su juramento sobre los huesos de San Pedro de que no le hará daño alguno. Para aliviar vuestros temores, enviaré a uno de mis médicos personales para que examine a vuestra hermana ahora y de nuevo dentro de un año, asegurándonos así de que regresa a vos en las mismas condiciones en las que abandonó vuestra protección.

Y, entonces, mirando a Heero, Enrique añadió:

— Lady Relena será considerada nuestra pupila. Cualquier daño que se le haga, nos será hecho también a nos. ¿Podemos confiar en que vos la trataréis en consecuencia?

— Sí, Su Majestad. La protegeré con mi vida.

— Entonces todo resuelto. Ahora partid y empezad las preparaciones. Heero, buscad a nuestro sacerdote para que os tome juramento —Enrique dirigió su mirada a Milliardo, y dijo amenazadoramente—. Heero cabalgará con vos hasta vuestro hogar para proteger a vuestra hermana. Si los emisarios reales regresaran de Ravenswood con noticias de que ella no se encuentra allí, no estaremos nada complacidos.

Al mismo tiempo, los hombres se inclinaron en una reverencia y caminaron hacia atrás para abandonar el salón del trono. Una vez que las pesadas puertas de madera se hubieron cerrado tras ellos, Milliardo se volvió hacia Heero.

— De una u otra manera, conseguiré que muráis por esto —siseó.

— ¿Es eso una amenaza? —preguntó Heero con un dejo de diversión en la voz. La última cosa bajo los cielos a la que temía era a la muerte; de hecho, habría supuesto un bienvenido alivio.

Dúo agarró a Heero y lo separó de Milliardo.

— El rey está dentro escuchando —susurró con furia—. ¿Es que deseáis mantener otra conversación con él?

Los ojos de Milliardo lo miraron con furia, y entonces giró los talones y se alejó a grandes pasos.

— No tema, Milliardo. Le daré a vuestra hermana la mejor de las bienvenidas.

Una maldición hizo eco en el vestíbulo, pero Milliardo no volvió la mirada, y sólo después de que el conde hubiese desaparecido de su vista, Heero permitió que su rostro mostrara lo disgustado que se sentía.

Ninguna dama había pisado Ravenswood en muchísimos años. Cerrando los ojos para difuminar sus recuerdos, Heero deseó poder bloquear también los gritos de terror y los ruegos de misericordia que resonaban en su cabeza.

Y ahora iba a llegar otra dama.

— Sólo será un año —murmuró Dúo.

Heero lo miró a los ojos.

— ¿Es necesario que te recuerde la maldición, hermano?

— Tú no eres tu padre.

Él arqueó una ceja.

— ¿Crees que no? ¿Acaso no soy su igual en cuanto a lo que prosperidad y batallas se refiere? ¿No comenta todo el mundo que soy su viva imagen?

— Tú no eres tu padre —repitió Dúo.

Pero Heero no le escuchó tampoco esa vez. Porque él sabía la verdad. Era el hijo de su padre, y al contrario que en Dúo, la maldición de la hedionda sangre de ese hombre corría por sus venas.

Llevar a una mujer de buena cuna a Ravenswood era lo mismo que firmar su sentencia de muerte, y Heero estaba a punto de comprometer su honor por el bienestar de la dama

La Fortuna era una puta cruel, y ese día se estaba riendo de él a carcajadas.


Continuará...


Ehm...

¿Reviews, comentarios, carcajadas?