¡Buenas tardes! (Es que aquí es tarde :D, una muy calurosa de por cierto, aunque eso no evitó que me pidiera una pizza para merendar ¡Qué vida la mía!) Espero hayan tenido un comienzo de año espectacular, y ofrezco mis disculpas por la demora que ha tenido este fic, pero ya falta poco! Aparte de este sólo quedan 3 capítulos, asi que estamos literalmente en la recta final :D Espero lo disfruten y me manden sus opiniones ¡Oro, ambrosía, elixir para mis ojos! Ustedes son el motor de mi inspiración, el corazón de mi...

Hígado: ¡Oh, ya calláte! Un año sin subir nada! Eres una sinvergüenza!

Nadesko: ¡Y tú que te metes! Te comportaste como un bebé en año nuevo, no voy a hablar contigo NUNCA más!

Hígado: ¡Já! Ya quisieras, me amas, me adoras y LITERALMENTE no puedes vivir sin mí! No puedes ignorarme :D

Nadesko: ¡Arg, túu...! -suspiro -Ah, creo que debo salir más seguido...

Ignoren eso, por favor :3 ¡Un abrazo!


XIV.

—Un caballero iba a la caza de una liebre, pero de pronto, cayó a una zanja tan profunda, que se partió una pierna, y se desangró hasta morir. Fin.

— ¡Heero!

Heero se encogió de hombros a la defensiva.

— No bromeo, ocurrió en serio –declaró ofendido, como si su honor hubiera sido puesto en tela de juicio –Desapareció de su campamento una tarde, poco antes del anochecer, para ir de caza como era su costumbre, pues era un excelente arquero. Pasaron las horas, y puesto que no volvía, dieron la alerta, pensando que quizá el hombre había sido víctima de alguna clase de ataque. Pero apenas dieron las primeras luces del alba, no fue difícil seguir su rastro hasta una zanja –bastante bien disimulada por el terreno –para finalmente allí encontrar al pobre diablo, ya muerto.

Relena, a su lado, se llevó las manos a la boca.

— ¡Qué horror!

—Esas cosas pasan –dijo él, con tranquilidad.

— ¡Heero!

El caballero suspiró.

—Ya te dije que no soy bueno contando anécdotas –volvió a defenderse, ante la mirada de reproche que le enviaba lady Relena. Ella lo apuntó con un dedo.

—Eso, precisamente. Te pedí una anécdota, no otra historia de terror. –dijo ella, dándole un golpecito en el bíceps. – ¿No puedes contarme alguna que no incluya muertes lentas y dolorosas en lugares desolados?

Las cejas de Heero bajaron ligeramente en concentración, intentando pensar. A la luz brillante de la mañana, con el aire fresco entrando por su ventana, y la cálida, lánguida figura de Relena a su lado, con sus ojos grandes y atentos suspendidos sobre él, como mariposas, a Heero positivamente le estaba costando mantenerse enfocado en sus pensamientos.

Dadas sus placenteras circunstancias él debía, de hecho, poder recordar algo que no implicara "muertes lentas y dolorosas", ni "rápidas y dolorosas", ni muertes en general, para el caso. Pero, al parecer, no tenía vivencias que no estuvieran salpicadas de algún tipo de desgracia, por mucho que su perspectiva de las cosas y/o su vida en general se hubiese vuelto infinitamente más amable ésa mañana con respecto a la tarde anterior.

Él debía, de hecho, sentirse mal por no compartir una historia de interés con lady Relena. Pero en lo único que podía pensar era en lo bien que se sentían sus músculos sobre la cálida colcha, o se distraía en cosas triviales como en las figuras talladas del marco de su puerta –nunca se había fijado antes que tenían la forma de enredaderas. Impresionante. Siempre le habían parecido rasguños sin sentido –, o en cómo la luz del sol que llegaba al cuarto sacaba reflejos dorados en el cabello de Relena, o la curva delicada de su cadera…

Cuando había fantaseado acerca de la felicidad –hace muchos años, antes de que aceptase con amargura su destino como hijo de su padre y terminase de ahondar en la idea –había tenido la sensación de que ser feliz seria como estar en un ensueño, insensible a los dolores y a la desesperación. No sentir miedo nunca más. Lo más cerca que hubo imaginado a aquel estado, había sido la muerte. ¡Oh, y cómo lo había imaginado! Observar cómo la cortina gris de aquel mundo se apartaba y él al fin podría dejarse ir, marchar suavemente al infinito, como una ligera brisa, para nunca más volver…

Pero Heero no se sentía nada ligero, se sentía muy dentro de su cuerpo, extrañamente muy consciente de sí mismo. Incluso podía sentir una ligera irritación en sus heridas, ya cicatrizadas pero no completamente curadas. Él se había imaginado que, si él no fuese él –el conde de Ravenswood, hijo de Dante de Ravenswood –habría podido quizá llegar a ser feliz. Habría dado cualquier cosa por no ser él mismo, y por eso había vivido odiándose y haciendo que el resto hiciese lo mismo.

Pero él no era quién pensaba que era. Él no era su padre.

No había notado lo mal que se había tratado, lo cruel que había sido consigo mismo, en pos de descargar de alguna forma el odio que había albergado contra su padre.

Pero él no era su padre.

Su padre estaba muerto. Y él estaba vivo. Más vivo que nunca.

Era la sensación con que se había despertado, apenas el alba se asomaba por su ventana, dando un bote tal en la cama, como si hubiese sido golpeado por un rayo.

Le costó un momento, durante unos angustiosos segundos, darse cuenta el por qué se sentía tan confuso. Había parpadeado pesadamente a la débil luz del alba que comenzaba a asomarse, con el cuerpo igual de pesado, y entonces, su mente aturdida sugirió tímidamente que quizá, sólo quizá, se había quedado dormido.

Se había quedado dormido.

Y no se refería a un eufemismo, como Dúo solía llamar a sus descansos. Se había quedado dormido realmente. Como un tronco, de hecho. Ni si quiera había soñado –él siempre tenía pesadillas apenas pegaba un ojo. Pero anoche él, al parecer, simplemente se había limitado a desmayarse.

Y, cielo bendito, se sentía tan, pero tan bien.

No podía ni moverse, su cabeza daba vueltas aún, sus heridas picaban, y habría necesitado dos bueyes para levantarlo de su lecho, pero no se podía sentir mejor. No recordaba haberse despertado tan bien en siglos, en otra vida quizá, donde no sabía que le deparaba el destino, pero sabiendo muy adentro, que todo estaría bien.

Relena se había movido a su lado, y sus piernas, enredadas con las de él, le trasmitieron un temblor bajo el vientre. Heero de pronto sintió que recuperaba la autonomía de su cuerpo, y sus músculos parecieron bostezar y estirarse lánguidamente mientras alcanzaba por ella, y estrechaba su suave cuerpo contra el de él.

Ella entreabrió los ojos, y esbozó una sonrisa somnolienta cuando enfocó su rostro. Heero le devolvió una sonrisa lenta antes de inclinarse y besarla.

Ninguno dijo nada mientras hacían el amor otra vez.

El sol ya podía verse sobre el horizonte cuando Relena, se inclinó sobre un codo y le pidió que le contase una historia.

Heero, quién tenía los ojos semicerrados, su mente alejándose a un cómodo estado somnolencia, soltó una suave y ligera retahíla de gruñidos que seguro debían significar algo en el lenguaje de los monstruos. Relena se rió.

—Oh, vamos, Lord Ogro —murmuró ella dándole golpecitos con el índice sobre un pectoral. Heero volvió a gruñir. —Ya sabes, una historia tuya. Alguien como vos que ha viajado a cientos de lugares debe tener alguna anécdota interesante.

Heero la miró por una esquina del ojo, y decidió que era hora de confesar.

—Soy malísimo contando historias. —Él dijo —Dúo dice que parezco que estuviese detallando un reporte de daños. O, en el mejor de los casos, relatando el epitafio de alguien que fue especialmente malvado.

Quizá se podría pensar que era algo que dijese sólo con el fin de molestarlo, pero el joven Dúo tenía bases para afirmar lo que decía.

En sus primeros años, cuando su madre aún vivía, y su padre desaparecía meses en sus campañas, Heero decidió que ya era hora de comportarse como el verdadero hermano mayor que era para su pequeño hermano… ¡Y qué mejor manera para comenzar que contándole historias antes de ir a dormir! (Una idea brillante de su ama de llaves, Beatriz).

Cabe mencionar que la mayoría de aquellas nefastas noches, el mayor logro de Heero, fue que su hermano pequeño no se echase a llorar de terror. No es que Heero le contase historias especialmente aterradoras de por si –de hecho, eran historias comunes y silvestres que oía a las comadronas contar a sus niños a plena luz del día, o de su propia madre cuando él mismo era mucho más joven.

Era simple y llanamente que todo lo que él contaba, sonaba indescriptiblemente escalofriante.

Podía ser la historia más inocente del mundo, la historia más tierna de las anécdotas, pero a los labios de Heero, parecía que cualquier cosa podía saltarte de las sombras y destrozarte el pescuezo. Y no ayudaba en nada que Dúo fuese especialmente crédulo a cada palabra que escuchaba.

El hacer llorar a tu hermano pequeño probablemente le habría acarreado fama a cualquier niño entre su círculo de amigos. Pero el hecho de que Heero no los hubiese tenido jamás, y de que él de verdad quería entretener a su hermano, no hizo otra cosa que frustrarlo.

Las historias eran estúpidas, concluyó finalmente. No había manera de tomar en serio algo que ni si quiera sabía si era verídico. Y no había sido su culpa que Dúo dejase de comer sus legumbres por dos meses y medio por miedo a que le creciera un árbol gigante desde las profundidades de sus entrañas. Eso se lo había inventado él solito. Dúo siempre había tenido una lógica extrañísima, cosa que tampoco lo ayudó a la hora de justificarse frente a su madre y su ama de llaves.

Y así, fue como su corta carrera de contador de cuentos había llegado abruptamente a su fin.

Relena se rió de él con tantas ganas que casi se ahogó.

—No me parece gracioso —Heero la miró ceñudo.

Relena tuvo que hacer un esfuerzo para tomar aire, antes de contestar.

—Pero no sabéis cómo a mí sí —se volvió a echar a reír —Dúo es realmente un fanático tuyo, y eres un talento desperdiciado. Les habrías encantado a mis hermanas. De niñas adoraban las historias de misterio. Siempre terminaban chillando de horror con cada una, pero no pasaba mucho tiempo antes de que pidiesen otra.

— ¿Y a ti no gustaban?

—No mucho. Siempre me parecieron muy fantasiosas, y tampoco es que asustaban mucho de todas formas. Prefería las historias que habían pasado de verdad, por muy románticas, heroicas, o increíbles que pareciesen. Así podía pensar que, algún día, podían pasarme a mí. —Ella le envió una mirada extraña, intensa. Pero antes de que Heero pudiese hacer cualquier movimiento, ella juntó ambas manos sobre su pecho, y apoyó su barbilla sobre la unión. —Vamos, cuéntame alguna anécdota que haya pasado de veras. Algo interesante —pidió.

Así fue, como Heero terminó contándole de aquel pobre sujeto de la zanja.

Relena resopló.

—De acuerdo, como veo que debéis agarrar práctica en cuanto contar historias, yo os contaré una. —resolvió, sacudiendo su largo cabello, antes de volver a apoyarse sobre su codo.

— ¿De terror? —Se burló Heero. Relena lo ignoró.

—Es una historia que me pasó a mí. Bueno –ella se corrigió haciendo una mueca —no a mí, precisamente. Pero digamos que fui testigo de ella.

Heero tenía mejores ideas de qué hacer con lady Relena sobre un lecho, y gustoso se lo habría demostrado.

Pero, por alguna razón, se encontró con que de verdad tenía curiosidad por saber qué diría ella a continuación. Desde que la había conocido ella no había dicho más que cosas confusas, maravillosas, molestas, fascinantes, grandiosas, odiosas, y toda una gama que adjetivos que Heero nunca había procesado en menos de una conversación.

Nunca se podía saber con qué saldría ella a continuación.

Heero la enfrentó, apoyándose a su vez sobre su codo y la miró.

—Muy bien, milady. Si es capaz de contar una historia interesante, os prometo contar una mejor a cambio.

Ella lo miró entrecerrando los ojos.

— ¿Lo prometéis?

Heero se llevó una mano al pecho.

—Por el poco honor que me queda. –ella le dio otra palmadita sobre su abusado bíceps —Adelante. Os escucho.

Porque ya fuera haciendo el amor, o simplemente escuchándola hablar, cualquier actividad que realizara aquella fresca y soleada mañana, sería tiempo bien gastado. Nada sería nunca más tiempo perdido, siempre que ella estuviese con él para aprovecharlo.

...

Heero quería pasarse el resto del día entre sus brazos, pero no se atrevía. Si bien, él aún tenía aquella sensación de que podría hacer lo que quisiese, no era así mismo para Relena. Había demasiada gente alrededor que podría llevar la noticia a Milliardo, y no estaba demás ser algo prudente, para variar. No es que tuviese miedo por él mismo; nada más lejos de la realidad. Había aceptado la posibilidad de morir joven el primer día que cogió una espada entre sus manos. Pero se negaba a que lastimasen a Relena por su culpa.

Después de hablar, habían hecho el amor una vez más y habían caído en una profunda duermevela.

Heero suspiró. La realidad volvía a reclamarlo, como siempre.

Se apartó de ella con un beso sobre su hombro descubierto, se vistió y bajó a buscar a Dúo.

Y lo encontró, de hecho. Dúo estaba esperándolo en el salón con una expresión en el rostro que daba a entender que Heero era el ángel de la Muerte y había venido a reclamar su alma impenitente.

— Te acostaste con ella, ¿no es cierto? —preguntó en cuanto Heero se acercó a él.

— ¿No era eso lo que querías?

Dúo apartó la mirada, ligeramente avergonzado.

— ¿Y desde cuándo me haces caso?

— Parece que desde hoy.

La angustia atravesó el semblante de Dúo.

— No me refería a que la tomaras de esta manera. Creí que te casarías con ella primero. Ésa era mi intención. ¿Y ahora qué vas a hacer?

— Ella quiere que envíe una carta a Enrique y le pida que dé su aprobación para el matrimonio.

— ¿Y lo hará él?

Heero lo miró. No había ninguna razón para mentir, a parte del hecho de que jamás había mentido a su hermano.

— ¿Tú qué crees?

— Enrique se muestra razonable en ocasiones.

Heero resopló.

— Caprichoso, querrás decir. Si lo pillo de buen humor, es posible que olvide lo que dijo.

— ¿Y cuántas probabilidades hay de que eso suceda? —preguntó Dúo.

Heero dejó escapar un suspiro resignado.

— Ninguna, me temo. Verá mis acciones como una traición personal, ya que soy su campeón.

Dúo se llevó una mano a la frente y se restregó el cabello. Heero lo oyó respirar hondo y lo vio repetir la acción un par de veces más. Finalmente, su hermano agachó la cabeza.

— Siento haberte metido en este lío.

— Tranquilízate, Dúo —dijo, poniendo una mano sobre el hombro de su hermano—. Tú no me has metido en esto. Yo lo hice. Conocía las consecuencias y, aun así, elegí hacerlo —Heero sonrió al recordar a Relena entre sus brazos—. De todas formas, si saberlo va a hacer que te sientas mejor, te diré que ella ha merecido la pena.

Dúo lo miró fijamente, furioso.

— Espero que sigas pensando lo mismo cuando te saquen las entrañas mientras aún sigues vivo para verlo.

Heero se encogió de hombros.

— Me han hecho cosas peores.

— ¿Cómo qué?

— Como arrancarme el corazón. Te aseguro que la ejecución del rey no podrá igualar el dolor que sentí el día que nuestra madre murió —miró fijamente la pared del otro lado de la habitación, donde había estado una vez la mesa de su padre. Al parecer el desastre que armó ayer había sido diligentemente limpiado—. Nunca me había enfrentado a los hechos hasta hoy. Y ahora…

— ¿Y ahora…? —lo instigó Dúo.

— No puedo decir que todo se haya solucionado, porque el dolor aún sigue ahí, pero la parte vacía que había en mí se ha llenado de algún modo.

Dúo frunció el ceño.

— ¿Qué parte vacía?

De pronto, Heero se dio cuenta de lo que estaba diciendo. Hacía años que no compartía ese tipo de confidencias con Dúo.

¿Qué le había hecho Relena? Poniéndose rígido ante el mero pensamiento, miró a Dúo con una expresión divertida.

— La parte vacía que hay entre mis orejas. Ahora vete y déjame a solas.

Poco antes de que anocheciera, Relena bajó las escaleras para esperar a Heero, pero no apareció. Los sirvientes ya habían limpiado todos los restos del estrado, y cuando intentó hablar con Dúo, éste le ofreció una pobre excusa y se esfumó.

Se sentía como una paria cuando se sentó frente al fuego de la chimenea en el sombrío salón, esperando a que Heero regresara. Uno de sus sabuesos se había echado a su lado, y Relena acariciaba distraídamente sus orejas mientras contemplaba las llamas del hogar. La mayoría de los habitantes del castillo se había retirado, y ella se preguntaba si Heero tenía alguna intención de volver a casa esa noche. Él le había dicho que tenía que ocuparse de ciertos asuntos.

Aunque no lo compartía del todo, había entendido las razones de Heero para mostrarse discreto a los demás en cuanto a lo que había pasado entre ellos, pero había supuesto que algunas cosas cambiarían, al menos.

De hecho, había sido tremendamente vergonzoso cuando ella había entrado a su cuarto, después de salir de puntillas del cuarto de Heero aquella mañana, y había encontrado a Beatriz en su habitación, terminando de limpiar las cenizas de su chimenea.

Se instauró un abrupto silencio, mientras las dos mujeres se miraban la una a la otra.

—Yo… fui a la sentina. —se excusó finalmente Relena, retorciéndose las manos. El ama de llaves le envió una mirada, de ésas que envían las madres ante una mentira descarada del hijo más pequeño, alzando una oscura ceja.

Relena no se gastó en esperar que la mujer le creyese. Siempre había sido una pésima mentirosa. Y aunque Beatriz no comentó nada al respecto, eso no evitó que Relena enrojeciera hasta las orejas y no se le pasase hasta que Hilde apareció por la puerta, momentos más tarde.

Hilde no paró de reírse de ella hasta la hora de la cena. Y cada vez que se desaparecía y Relena le preguntaba que en dónde se había metido, ella batía las pestañas con mirada inocente y decía con voz aflautada: "Pues en la sentina, milady."

Relena se preguntó seriamente si debía preocuparse por el patrón errático de comportamiento que demostraban sus amistades más queridas decía algo de ella misma.

Así, había llevado todo el día intentando distraerse, pero la ausencia de Heero, la indiferencia de Dúo –estaba casi segura que llevaba todo el día intentando evitarle a toda costa –y los intervalos en lo que Hilde tenía que dejarla a solas, comenzaron a hacer mella en ella. Hasta sentía que los sirvientes la miraban más de la cuenta, aunque sabía que tenía que ver más con el estallido del señor del castillo la tarde anterior y su papel en él, más que tuviesen una idea de lo que había ocurrido después. Quizá se sorprendían que aún estuviese viva. Aún, eso no evitó que se sintiera extrañamente fuera de lugar durante el resto de la tarde.

— ¿Qué estás haciendo aquí?

Dio un respingo al escuchar la voz de Heero a sus espaldas.

— ¿Pero es que nunca haces ruido? —gruñó, con el corazón martilleándole en el pecho.

— Creí que habrías oído mis pasos en las escaleras —dijo mientras se acercaba hacia ella.

Relena lo miró por encima del hombro.

— Pensé que no llegarías. ¿Está todo bien?

— Sí.

Ella estiró la mano para acariciar la suya. Heero la apretó suavemente, y después la alzó para besar sus nudillos. La calidez del tierno gesto inundó a la muchacha.

Él soltó su mano y rebuscó en su bolsillo durante un minuto. Relena lo observaba con el ceño fruncido.

— Cierra los ojos —dijo Heero.

Relena hizo lo que le pedía, y él colocó algo frío y pesado alrededor de su cuello. La mujer acarició el objeto con los dedos y se dio cuenta de que era un collar.

Abriendo los ojos, miró hacia abajo para comprobar que se trataba del colgante de aguamarina que el comerciante había tratado de venderle en la feria de Lincoln.

— ¿Heero? —preguntó con incredulidad.

— Vi cómo lo mirabas en la feria, y quería que lo tuvieras.

— ¿Pero cómo…?

— Envié a Druce a buscarlo la noche antes de que saliéramos.

Relena alzó las cejas, incrédula, al tiempo que sentía que su corazón se enternecía al comprobar su consideración.

— ¡Eso fue hace semanas! ¿Cuándo pensabas dármelo?

Heero desvió la mirada por un momento, encogiéndose de hombros.

—Un día de estos.

— ¿"Un día de estos"? —Relena rió. Era tan él. —Muchas gracias.

Heero asintió.

Relena se levantó del asiento y le dio un beso en la mejilla.

Heero cerró los ojos para saborear la percepción de sus labios sobre la piel.

— Ven arriba conmigo —le susurró ella al oído.

Y, que Dios lo ayudara, él la siguió. Después de todo, ¿qué importaba a esas alturas? Enrique no podría colgarlo dos veces por la misma ofensa. Además, sería infinitamente más satisfactorio pasar la noche en sus brazos que caminando en los parapetos.

Ella lo guió hasta su cuarto, donde el fuego ardía bajo en la chimenea, y una sola vela iluminaba la habitación. Olía a rosas y a manzanas, y el perfume logró relajarlo inmediatamente.

Heero se detuvo en medio de la habitación y la atrapó entre sus brazos. Inclinó la cabeza para hundir el rostro en el hueco de su garganta e inhalar la delicada esencia característica de Relena.

Ella colocó las manos bajo sus codos y empezó a besarle el cuello. Heero tragó saliva. Ella lo veía como nadie lo había visto antes. Cuando la miraba a los ojos no veía a un demonio bastardo salido de los infiernos; se veía a sí mismo como quería ser. Amable, heroico, noble y, sobre todo, digno de ser amado.

Acarició los labios de Relena con las yemas de los dedos.

— Gracias —murmuró él.

— ¿Por qué?

— Por ver lo mejor que había en mí.

Ella le sonrió.

— Sólo veo lo que hay.

Él la miró unos instantes, sin decir nada. Luego, se inclinó hacia delante y la besó.

Relena se entregó a él con un suave gemido de placer.

— Jamás he conocido a nadie tan maravilloso como tú —dijo él en voz baja.

Ella le sonrió de nuevo. Heero la envolvió con los brazos y la apretó contra el calor de su cuerpo.

Relena se estremeció. Por alguna razón, se sentía como si hubiera llegado a casa después de una larga ausencia. Estar con ese hombre le hacía sentir que todo estaba bien.

Alzó la cabeza para ver si él sentía lo mismo. No pudo descubrirlo, pero el brillo de sus ojos la incendió.

Él inclinó la cabeza hacia sus labios, y ella le dio la bienvenida a su beso. Relena dejó escapar un gemido desde lo más profundo de su garganta cuando sus bocas se encontraron. Eso era lo que había estado deseando. Estar a solas con el hombre al que amaba y que él derramara un millar de besos sobre ella.

Con una osadía que la dejó pasmada, tomó sus labios entre los dientes y los succionó ligeramente. Quería devorar a ese hombre, sentir cada centímetro de su cuerpo contra ella una y otra vez, no dejarlo nunca.

A Heero le daba vueltas la cabeza mientras saboreaba la dulzura de su boca. Relena se aferraba a su espalda con las manos, apretándole tanto contra ella que realmente temió hacerle daño.

Lentamente, ella rompió el beso.

—A propósito, milord, me debes una historia —ronroneó, rozando su nariz con la de él.

—La mitad de una —contestó él —No me contaste el verdadero final…

— ¡Ya te dije que si fue un final! ¡Y un final muy bueno! —Ella dijo muy efusivamente.

En efecto, la historia que ella le hubo contado temprano, fue una buena historia, y Heero ahora estaba en deuda. Excepto por un detalle: Ella no sabía el verdadero final. Ella no había estado ahí para presenciarlo.

—Lo fue —él concedió —Pero fue lo que crees que pasó, no lo que sucedió en realidad. —insistió.

—Eso carece de completa importancia —Ella lo abrazó más fuerte contra sí, y su voz se volvió baja y sedosa —Me debes una historia.

—Nunca te rindes ¿verdad? —Heero frotó su nariz contra la de ella. Relena sonrió ampliamente, mientras sacudía la cabeza. Claro que no. Ni quiera sabía por qué se molestaba en preguntar.

Volvió a besarla y ella, en su inocencia, frotó los pechos contra su torso, logrando que estallara en llamas. Heero gimió cuando se colgó de sus brazos y sus caderas rozaron su hinchado miembro.

— Relena —jadeó, intentando apartarla un poco. En cambio, ella se acercó más a él, besándolo de nuevo.

Con la voluntad hecha jirones por sus caricias, Heero desterró todo pensamiento racional de su mente. Todo lo que podía pensar era en el placer que le proporcionaba su fragancia, en la sensación de sus caderas frotándose contra esa parte de él que deseaba entregarle.

— Hazme el amor, Heero, toda la noche —rogó Relena, enterrando las manos en su cabello.

Sintió las manos de él agarrando el dobladillo de su túnica y alzándolo para poder acariciar la carne desnuda de sus nalgas mientras la besaba con furia, con exigencia.

Ella se deleitó con sus caricias, sabiendo que jamás podría desear a otro hombre como deseaba a Heero.

Nunca.

El éxtasis se propagaba de arriba abajo mientras deliciosos temblores sacudían su cuerpo. No estaba segura de que la estremecía más: sentir su lengua acariciándole el cuello o aquellas fuertes manos tocando lugares que ningún otro hombre había tocado.

Heero encerró su rostro entre las manos y la besó profundamente.

Relena cerró los ojos.

— Aquí —dijo él, y su voz fue como un ronco susurro en el oído—. Tócame aquí —tomó la mano de ella y la colocó sobre la protuberancia de sus calzones.

Ella abrió los ojos de par en par al sentirlo pulsante bajo su palma. Su primer instinto fue retirar la mano, pero contemplar el enorme placer que reflejaba su rostro fue una especie de acicate para seguir adelante. Deslizó la mano hasta la cintura de las calzas y la hundió entre los rizos que había entre sus piernas para tocar su carne con la mano.

El cuerpo entero de Heero se estremeció. Relena sonrió con satisfacción al comprobar el poder que tenía sobre ese hombre que aseguraba no necesitar a nadie.

Entonces, Heero la echó sobre el duro suelo y le quitó la túnica. Expuesta a su mirada, tembló de incertidumbre. Notaba que se estaba ruborizando a medida que él la recorría con la mirada.

— Mi Relena —susurró—. Quiero verte, tocarte… pero mi mayor deseo es saborearte.

Inclinó la cabeza sobre su pecho. Relena arqueó la espalda al sentir su lengua jugueteando con el endurecido pezón. Gimiendo, agarró su cabeza entre las manos para acercarlo aún más, dejando que su cálido aliento le abrasara la piel.

Heero deslizó la mano hacia abajo, desde el vientre hasta la cadera. Todo el cuerpo de Relena se retorcía por la necesidad, desgarrado por esa especie de bendita agonía.

Y, entonces, él recorrió el muslo con la mano, llegando hasta el mismo centro de su ser. Relena jadeó en el momento en que el éxtasis la atravesaba, cuando los dedos de Heero comenzaron a frotar los suaves pliegues de su cuerpo.

Heero dejó escapar un gruñido, separándose ligeramente para mirarla. La acariciaba con los dedos una y otra vez, estimulándola con la promesa de más placer, y retirándolos cuando se acercaba al final.

Relena gimoteó de frustración cuando él se puso en pie para quitarse las calzas.

Heero le tendió una mano. Relena la tomó y le permitió que la ayudase a levantarse. Él la condujo al borde de la cama.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Relena.

Heero emitió un sonido profundo y gutural que la excitó.

— No has leído tu libro últimamente, ¿eh? —bromeó, dándole un beso en la nuca.

Relena se estremeció.

Heero estaba de pie detrás de ella. La inclinó contra su pecho y deslizó las manos sobre sus pechos, pasando por la cintura hasta llegar a las caderas.

Relena arqueó la espalda contra él, y extendió las manos sobre su cabeza para enredar los dedos en el cabello de Heero.

Él envolvió un brazo alrededor de su cintura, y bajó la mano hasta la unión de sus muslos. Relena gimió de placer.

— Eso es —murmuró él contra su cuello—. Apoya tu peso en mí.

Ella lo hizo, y Heero empezó a besar sus hombros. Relena podía sentir la punta de su pene apretándose contra sus nalgas.

Heero aspiró bruscamente entre los dientes e inclinó la cabeza. Sus dedos volvieron hasta el sexo de Relena, torturándola con sus caricias. Ella no podía soportarlo más. Se retorció entre sus brazos mientras los dedos se deslizaban dentro y fuera de ella, intensificando el placer.

Mientras la presión aumentaba en su interior, Heero separó un poco más sus muslos y se hundió dentro de ella.

Relena gritó de placer, bajando las caderas para introducirle aún más en su interior.

Heero cerró los ojos, saboreando sus jadeos mientras se enterraba en ella hasta el fondo. Jamás había sentido nada tan increíble como la firmeza de su calor rodeándolo mientras se movía en su interior.

Que el cielo perdonara lo que estaba haciendo. Pero aquello era lo que siempre había deseado en su vida. Alguien que pudiera aceptarlo. Ella era una parte de él que ni siquiera sabía que le faltaba hasta que no apareció en su vida, sujetando aquella maldita gallina colorada en las manos.

Relena apretó los dientes mientras aquella exquisita tortura deshacía su cuerpo. El mundo giraba enloquecido a su alrededor mientras él se introducía en ella una y otra vez, cada vez más profundamente. Era increíble sentirlo detrás de ella, dentro de ella.

Sus dedos aumentaron el ritmo de las caricias para emparejarlo al de las embestidas de sus caderas. El cuerpo de Relena pareció cobrar vida propia para ir a su encuentro, embestida tras embestida, aumentando la sensación de placer hasta que creyó que ya no podría soportarlo más.

Y entonces estalló en un millón de descargas de auténtico éxtasis. Gritó cuando el placer, más intenso de lo que jamás habría creído posible, se abrió paso en su interior. Se aferró con fuerza a los cabellos del hombre mientras su cuerpo se deshacía ante las caricias que él le prodigaba.

Heero cerró los ojos cuando la sintió estremecerse entre sus brazos, y entonces la inundó con su propio orgasmo.

Satisfecho hasta unos niveles que jamás pensó que existieran, Heero se dejó caer sobre sus rodillas.

Relena se dio la vuelta lentamente. Una fina capa de sudor cubría el cuerpo de Heero, y éste la contemplaba asombrado. Sonriendo, ella se arrodilló a su lado y colocó los labios contra los de él.

El beso de Heero fue profundo y posesivo, acariciándola con los labios.

— Eres increíble, milady.

Ella le pasó una mano por la frente, apartándole el pelo mientras estudiaba atentamente sus ojos, en los que brillaban distintos tonos de azul.

— No tenía ni idea de que pudiera ser así —dijo, asombrada.

— Yo tampoco.

Él estiró la mano para tomar su túnica y quitarse el sudor de la cara antes de acercarse a ella de nuevo.

Heero se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y la atrajo hasta su regazo. Relena se mordió el labio cuando él cogió sus piernas y las colocó alrededor de su cintura, apretándola con fuerza contra su cuerpo. Se estremeció al sentir los duros músculos de su abdomen rozando la carne sensible entre sus piernas. Sonriendo, retiró una vez más el oscuro cabello de sus ojos y le dio un beso en la mejilla.

Heero enterró el rostro en su cuello, provocando oleadas de escalofríos que la recorrieron de arriba abajo. Empujándola levemente hacia atrás, jugueteó con el collar. Relena gimió cuando él tomó la piedra aguamarina en forma de lágrima y rozó los pechos con los nudillos. Heero le dedicó una ardiente mirada antes de tomar un pecho entre sus dientes.

Relena jadeó de placer y se inclinó hacia atrás. Heero la apoyó suavemente contra el suelo, con las nalgas todavía descansando sobre su regazo.

— ¿Sabes? —dijo él, mirándola fijamente—. Te deseé desde el primer momento en que te vi con esa gallina.

— ¿De verdad?

— Sí —afirmó, acariciándola entre las piernas suavemente con el pulgar—. Todavía puedo verte allí, atormentando a ese pobre hombre.

Ella gimió, retorciéndose de nuevo bajo sus caricias.

— Ese pobre hombre estaba haciéndome proposiciones deshonestas, Señor Caballero.

Por la expresión de su rostro, Relena pudo deducir que a Heero no se le había ocurrido esa explicación. Detuvo un instante su atormentador asalto.

— ¿Cómo que proposiciones deshonestas?

Relena frunció el entrecejo.

— No te enfades, Heero. Si no hubiese sido por los ineptos intentos de Godfried, no te habría valorado como mereces.

Su expresión se suavizó y volvió a prodigarle de nuevo sus cuidadosas atenciones.

Relena apenas podía pensar cuando él la tocaba. Había algo mágico en sus caricias. Eran a la vez fuertes y delicadas, y le resultaba asombroso que él pudiese ser tan generoso.

Los ojos del hombre se oscurecieron de nuevo y ella sintió que se ponía duro una vez más.

— ¿Pero es que nunca te quedas satisfecho? —preguntó asombrada.

Arqueó una ceja en un gesto interrogativo y él, entonces, hizo la cosa más inesperada de todas.

Soltó una carcajada.

Aturdida, Relena se incorporó cuando aquel melodioso sonido invadió sus oídos.

— ¿Heero?

Él sacudió la cabeza.

— No puedo evitarlo —susurró—. Tienes una peculiar influencia sobre mí, Relena.

Y entonces Heero alzó las caderas de ella y la llenó con su cuerpo.

Ella gimió al sentirlo duro y caliente dentro de ella de nuevo. Mordiéndose el labio, se alzó y descendió sobre él.

Heero siseó y sujetó con más fuerza su cintura. Ella abrió los ojos para observar la mirada hambrienta de él.

— Soy tuyo, milady. Haz conmigo lo que quieras.

Y ella lo hizo. Una y otra vez, hasta que, el algún momento de la madrugada, se dio cuenta de que estaba agotada.

Heero la cogió en brazos y la colocó sobre la cama. Relena se durmió casi antes de que él la arropara con las mantas.

El hombre se maravilló ante el hecho de que pudiera dormir tan profundamente. No podía recordar un momento de su vida en el que se sintiese tan feliz como cuando ella se acurrucó a su lado.

Vendería su alma para impedir que llegara el alba. Para poder abrazarla siempre de aquella forma. Pero él, mejor que ningún otro hombre, sabía que los sueños y los deseos siempre tenían una fecha de caducidad. Y él estaba escarbando como loco todo el tiempo que podía reunir.

Esto no era para siempre.

Las cosas, sabía, tenían la mala costumbre de caer por su propio peso.

¿Estaría realmente preparado para cuándo eso sucediera?

¿Lo estaría alguna vez?

Algunas horas más tarde, Heero observó la salida del sol a través de la ventana abierta. Los pájaros empezaron a trinar, y escuchó a los sirvientes yendo y viniendo, haciéndose cargo de sus quehaceres más abajo, en el salón.

Relena susurró en sueños algo sobre dragones y rosas.

Sonriendo al escuchar su voz melosa, sintió que su cuerpo se endurecía de nuevo.

Hizo un movimiento negativo con la cabeza, atónito por el hecho de desearla aun después de la noche que habían compartido.

Pero la deseaba, no había duda.

Retirándole el pelo del hombro, depositó un tierno beso sobre su piel mientras su mano de deslizaba por su abdomen. Ella yacía de lado, de espaldas a él. Heero bajó las sábanas, alzando la pierna izquierda de ella ligeramente para poder tener un mejor acceso.

Con el cuerpo en llamas, se introdujo en el paraíso que era el cuerpo de ella.

Relena se despertó en el instante en que sintió la calidez del miembro de Heero llenándola de nuevo. Con un gemido de placer, se arqueó contra él.

— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

Él la rodeó con la mano para acariciar suavemente su pecho, mientras se inclinaba para susurrarle al oído:

— Posición número setenta y tres.

Relena sintió que el calor invadía su rostro.

— ¿Y cómo lo sabes?

La risa de Heero llenó sus oídos.

— ¿Que cómo lo sé? Esa postura no ha hecho más que perseguirme desde la noche que la vi en tus manos.

Su propia risa se le quedó atascada en la garganta cuando Heero bajó la mano desde su pecho para deslizar los dedos en la humedad de su sexo. Sus atormentadores dedos avivaron el fuego de su cuerpo mientras su miembro se introducía, cada vez más profundamente, en su interior.

No podía pensar en nada que no fuera en el cuerpo caliente de él detrás de ella, mientras su mano se movía a la par que sus embestidas.

Y cuando llegó el orgasmo, casi acaba con ella. El placer fue increíble. Con tres fuertes embestidas más, Heero se reunió con ella en el paraíso.

Él era suyo y ella era de él. Relena sonrió al pensarlo. Su unión no se limitaba a sus cuerpos, si no que se extendía a sus almas y sus corazones.

Estaban unidos para siempre.

Abrumada por el amor que sentía, se volvió hacia él.

Heero depositó un beso sobre la punta de su nariz y la contempló fijamente, maravillado. Esta vez no tenía ninguna intención de salir de la cama en todo el día. Ni siquiera un momento.

— ¿Y bien? —ella le dijo, apoyando su mejilla en su pecho —Ya que habéis encontrado una manera tan… colorida de despertarme. Supongo que ya habéis pensado en una historia para pagar tu deuda.

Heero se rió.

—Milady, nunca incumplo una promesa. He pensado en una historia, en efecto. Pero a diferencia de la vuestra, no está terminada. Y no tengo el valor como vos de suponer un final para ella.

— ¿Una historia inconclusa? Hum, interesante —caviló Relena. — ¿Pasó de verdad?

—Así es. ¿Milady desea escucharla?

Ella se incorporó para mirarlo.

—Absolutamente —dijo, marcando cada letra. Le dio un rápido beso en la mejilla, y volvió a apoyarse en su pecho. Heero se rió otra vez.

Una suave brisa agitó el dosel borgoña de la cama, seguida por un ruido inesperado.

Al principio, creyó que se lo estaba imaginando, pero a medida que pasaban los minutos, el sonido se acercó y se hizo mucho más claro. ¿Un ejército? Heero frunció el ceño y salió disparado de la cama.

— ¿Heero? —preguntó Relena, sentándose y sujetando las mantas contra su pecho—. ¿Qué pasa?

— Alguien avanza hacia Ravenswood —dijo mientras forcejeaba para ponerse la ropa.

— ¿Qué? —preguntó ella, incrédula—. ¿Estás seguro?

Heero recogió su espada y la colocó en la correa que llevaba a la cintura.

— ¿Después de tantas campañas en las que he participado? Sí. Conozco ese sonido demasiado bien.

Relena lo miró mientras él abandonaba la habitación. Entonces escuchó también el ruido de caballos acercándose. Saltando de la cama, se puso la ropa a toda prisa para reunirse con Heero en el parapeto.

Al principio, Relena creyó estar soñando cuando vio el estandarte amarillo y blanco de su hermano aproximándose.

Pero no era cosa de su imaginación: su hermano detuvo su ejército al lado de las murallas de Heero.

— ¿Qué significa esto, Milliardo? —gritó Heero, una vez que su hermano estaba lo suficientemente cerca como para oírle.

La voz del conde de Sanc sonó como un trueno en la lejanía.

— ¡He venido a buscar a mi hermana, maldito bastardo!

Relena se quedó helada.

— No puede haberse enterado, ¿verdad? —le preguntó a Heero.

— No —respondió él, y entonces le gritó a su hermano—. Ella está bajo mi custodia. No tienes ningún derecho a venir aquí y llevártela.

— No, después de lo que pasó anoche, ya no lo está. Ahora enviadla fuera o derribaré las murallas para sacarla.

Relena se quedó boquiabierta al escuchar aquellas palabras. ¡Su hermano lo sabía! ¿Pero cómo? Sólo habían estado juntos dos días. ¡Sólo dos días!

Heero colocó una mano sobre su brazo para sostenerla.

— ¿Milliardo? —dijo ella—. ¿Por qué habéis venido a buscarme?

— Él hizo una incursión anoche en Keswyk. Ya me he encargado de avisar a Enrique, y vendrás conmigo ahora mismo o echaré abajo estas murallas. Liberadla, Yuy, y hablaré en vuestro favor ante Enrique.

¡¿QUÉ?!

Relena frunció el ceño, y miró el perfil adusto de Heero.

— Tú no hiciste ninguna incursión anoche.

Él le dirigió una mirada llena de diversión.

— Te aseguro que sé perfectamente dónde pasé la noche, Relena, pero si le decimos a Milliardo dónde estaba, no creo que lo aprecie mucho.

Heero tenía razón. Y se le hizo un nudo en la garganta sólo de pensar que su hermano descubriera alguna vez lo que habían hecho.

— ¡Te equivocas, hermano! —gritó ella, esperando que él entrara en razones. –Heero no…

Heero la agarró.

— ¿Qué crees que estás haciendo?

— Voy a decirle que tú no pudiste hacerlo.

— ¿De verdad crees que él te escuchará?

— Mmmm… no —dijo al fin—. No escuchará a nadie en circunstancias como estas. Ni si quiera a mí.

— ¡Preparad las defensas! —gritó Heero a sus hombres—. Que los hombres se coloquen en las murallas y…

— ¡No! —dijo ella, sujetando su brazo—. Es mi hermano contra el que quieres luchar.

— ¿Pretendes que le entregue mi castillo? —preguntó él, con una expresión dura y una firme determinación en los ojos.

Frustrada, aturdida y aterrorizada más allá de todo pensamiento, ella le replicó sarcásticamente:

— Hmm, déjame pensar... Entregar tu castillo a mi hermano o matarlo… Creo que mi respuesta es sí, ¡entrega el castillo!

— ¡No! —replicó él con furia—. Yo mantengo Ravenswood en el nombre de Enrique, rey de Inglaterra, y no abriré mis puertas para rendirme a un hombre en el que Enrique no confía en absoluto.

Escuchó cómo su hermano les decía a sus hombres que se prepararan para la batalla. Relena se estremeció de miedo. ¿Qué debería hacer? ¿Qué podía hacer?

Heero le quitó un arco a uno de sus hombres y preparó la flecha. Mientras comprobaba la tensión de la cuerda, vislumbró el rostro ceniciento de Relena.

Con los ojos abiertos de par en par por el pánico, ella contemplaba a su hermano, y Heero pudo ver el amor que sentía por su sire reflejado en sus ojos.

Bajó el arco y miró a Milliardo. El hombre sabía que no tenía ninguna oportunidad. Nadie había conseguido jamás apoderarse de Ravenswood, y nadie lo haría.

Pero por amor a su pequeña hermana, Milliardo enfrentaba a sus hombres a una muerte segura.

Su propio padre lo habría arrojado desde las almenas para protegerse contra un ejército. Dante jamás se habría sacrificado para poner a salvo a su hijo.

Heero levantó el arco de nuevo y apuntó directamente al corazón de Miiliardo. Podría acabar con aquello de una vez por todas con un único disparo. Milliardo era demasiado orgulloso para ocultarse siquiera, y Heero tenía una vista perfecta de su sobreveste amarilla.

Todo lo que tenía que hacer era dejar que la flecha volara y…

¡Hazlo!

Pudo escuchar la voz de su padre en su cabeza, como cada vez que se enfrentaba a un enemigo.

Dale a un hombre la oportunidad y él se colocará a tus espaldas, con la espada en alto, y te atravesará con ella. Mata siempre antes de que tengan la ocasión de golpear primero. Toma lo que quieres y nunca te disculpes.

Heero tiró de la flecha hacia atrás.

Un disparo y todo acabaría.

Un disparo y ella sería suya para siempre.

Apuntando, Heero dejó escapar la flecha, y, como pretendía, ésta voló muy lejos de su objetivo.

No podía hacerlo.

Bueno o malo, con o sin razón, Milliardo era hermano de Relena. Y ella lo amaba.

— Relena —Heero se volvió hacia ella con tono inexpresivo y el cuerpo en tensión. —. Te doy la oportunidad de elegir. Puedes quedarte conmigo, y yo te protegeré, o puedes regresar con tu hermano.

Ella parpadeó, como si no diese crédito a sus palabras.

Heero se acercó a ella, con el cuerpo entumecido por el miedo a lo que decidiera.

— Si me dejas ahora, quiero que entiendas que tu hermano jamás te permitirá regresar aquí. Te habré perdido para siempre. Pero la elección es tuya. La dejo en tus manos.

Relena no podía creer lo que escuchaban sus oídos mientras contemplaba el rostro inexpresivo de Heero.

¿La dejaba marchar?

¿Dejaba la elección en sus manos?

En ese momento, se dio cuenta de lo mucho que lo amaba. Había muy pocos hombres, si es que había alguno, que permitiesen a una mujer tener algo que decir a cerca de su vida o su bienestar.

Él era su custodio, y tenía plena soberanía sobre ella. Aun así, dejaba la elección completamente en sus manos.

Ella estiró la mano para acariciar su mejilla. Sintió cómo ésta se contraía bajo su palma mientras él la miraba fijamente con aquellos gélidos ojos zafiros, aguardando su respuesta.

Odiaba tener que tomar esa decisión, pero sabía que era lo único que podía hacer.

— Sabes que debo irme con él.

La agonía que vio en sus ojos casi la mata, pero su rostro no mostró emoción alguna.

— Heero, escucha…

Él se hizo a un lado para evitar que lo tocara y se apartó de ella.

— ¡Lárgate! —gritó.

— Pero Heero, escúchame, yo…

— Nicholas —dijo, alejándose de ella—. Llévatela de las murallas y escóltala hasta el puente.

— Sí, milord.

Ella forcejeó para librarse de Nicholas, que sujetaba su brazo.

— ¡Heero! —le gritó, pero él no se detuvo, ni se dio la vuelta.

Nicholas no aminoró el paso mientras la arrastraba por las escaleras. Desesperada, intentó liberarse, pero fue inútil.

— Milliardo —escuchó gritar a Heero—. Detened vuestro ataque. Vuestra hermana regresa con vos.

Contra su voluntad, Relena se vio forzada a atravesar la pequeña puerta que se encontraba junto a la puerta principal de Ravenswood.

Se giró para abrir la puerta de nuevo, pero habían echado el cerrojo justo después de echarla fuera.

— ¡Heero! —gritó desesperadamente, golpeando con todas sus fuerzas la madera de la puerta hasta que sintió que le dolían los brazos.

Pero era demasiado tarde. Finalmente, él había conseguido expulsarla de su vida.

Relena se dejó caer de rodillas al suelo y lloró junto a la puerta, deseando disponer al menos de cinco minutos para poder explicárselo todo.

— ¡Maldito estúpido testarudo! —sollozó—. ¿Cómo has podido hacerme esto?

El viento sopló, y revolvió el cabello de Heero mientras observaba a Milliardo acercándose a su puerta para recoger a su hermana.

El vacío de su pecho se multiplicó por diez al verla montar en su caballo y alejarse.

No miró atrás ni una sola vez.

Heero se quedó de pie en la muralla, quieto como una oscura estatua en las alturas, hasta que no quedó rastro de ella. Se había ido.

Su expresión mortalmente fría de deshizo en un rictus cuando se arrancó el broche que sujetaba su capa y lo apretó con fuerza en el puño. La ira y el dolor hacían pedazos su temple, y echó el brazo hacia atrás para arrojar lejos el objeto.

Pensé que vos necesitaríais más un recuerdo alegre de la feria que yo.

Aquellas palabras resonaron en su mente.

Apretó aún con más fuerza el broche, clavando el alfiler tan profundamente en la palma que empezó a sangrar, mirándolo con furia.

— Maldita seas —juró en voz baja—. Desearía no haberte conocido jamás.

Le había enseñado a amar cuando él se creía incapaz de hacerlo. Le había dado alas para volar, y en un momento, se las había arrancado de los hombros y lo había enviado de vuelta al infierno.

Sólo que esta vez él conocía el rostro y el nombre del paraíso, y, en comparación, el infierno resultaba infinitamente más doloroso.

No, jamás podría haber estado preparado para esto. Nunca.

Con un nudo en el pecho, giró sobre sus talones y volvió lentamente hacia la torre.

— Trowa —dijo en cuanto entró en el salón—. Dile a la doncella de la señora que recoja todas sus cosas y envíalas a Sanc inmediatamente.

—Sí, milord.

Aflojando el puño, se arrancó el broche de la mano llena de sangre y se lo entregó a Trowa.

— Y encárgate de que también se lleve eso.

Trowa frunció el ceño al ver la sangre.

— Sí, milord —dijo trémulamente.

Dúo entró en el salón justo detrás de él.

— ¿Heero?

— Déjame en paz.

— Pero…

— ¡Déjame en paz! —gritó, avanzando furioso hacia Dúo.

Dúo apretó la mandíbula con fuerza, se giró e hizo lo que su hermano le ordenaba.

Mientras Heero volvía a su cuarto, habría jurado que aún podía escuchar el eco de la voz de Relena en las escaleras del torreón. Que aún podía oler el aroma de madreselva de su cabello. Él olía a ella aún.

Le dio un puñetazo a la pared, dejando un rastro de sangre procedente de la herida que el broche le había hecho en la palma.

— Te expulsaré de mis pensamientos —siseó—. Será como si nunca hubieras existido.

Pero en el momento en que pronunció las palabras, supo que jamás sería capaz de hacerlo. Ella había conseguido meterse bajo su piel, y nunca más volvería a ser el mismo.


Continuará...