EMBRUJADA

Por Cris Snape

DISCLAIMER: Todo pertenece a JK Rowling y su gente. No escribo esto con ánimos de lucro.

CAPÍTULO 1

El funeral del señor Prewett

Percy Weasley trabajaba en el Departamento de Transportes Mágicos del Ministerio de Magia. Había conseguido su puesto actual unos meses después del final de la guerra contra Voldemort, diez años atrás, y desde entonces había obtenido varios ascensos. Ahora aspiraba a la jefatura de dicho departamento y se encontraba impaciente y nervioso. Podría ser uno de los jefes más jóvenes del Ministerio y ver cumplida una parte de sus sueños de juventud. Por supuesto que durante su adolescencia había aspirado a algo más elevado, pero después de todo lo que había ocurrido cuando empezó a trabajar para Fudge, casi podía considerar que su posición actual era mucho más satisfactoria. Tenía un buen empleo, era un funcionario respetado y, además, no había tenido que darle la espalda a su familia para conseguirlo.

Sí, Percy podía decir que tenía una buena vida. Vivía en el Londres muggle, en un edificio muy cercano a la entrada para visitas del Ministerio de Magia. Hacía muy poco tiempo había conseguido que se tramitara una ley para regular nuevamente el uso de trasladores en Inglaterra y de vez en cuando era invitado a reuniones sociales de considerable importancia. Además, todos los domingos se reunía con el resto de Weasley en La Madriguera. Allí hablaban de sus cosas, se permitía observar a sus pequeños sobrinos mientras hacían el burro y, ante todo, disfrutaba de la deliciosa comida de su madre.

Percy no necesitaba nada más, aunque últimamente su progenitora le había sugerido que debía dedicar menos tiempo al trabajo y un poco más a buscarse una novia. Se lo había dicho así, de forma directa y sin contemplaciones, y Percy no había sabido qué decirle. La verdad era que nunca se había planteado la posibilidad de tener eso, novia. Era cierto que tenía treinta y dos años y que su familia empezaba a verlo como a un solterón. Pero. ¿Qué importancia tenía eso? Charlie tampoco había sentado cabeza todavía y andaba por ahí, recorriendo el mundo y haciendo vete a saber qué cosas. Percy al menos llevaba una vida respetable. Si no salía con ninguna chica era porque no sentía la necesidad de hacerlo. Ni siquiera se había planteado la posibilidad de tener una familia, pero tampoco la necesitaba. ¿Para qué querría tener él hijos?

La experiencia le decía que los niños eran una fuente inagotable de problemas y quebraderos de cabeza. No era que no disfrutara de la compañía de sus sobrinos, pues encontraba agradable que lo miraran desde el suelo con los ojos como platos y le preguntaran cosas que nadie más les explicaba. Le gustaba acomodarse en el viejo sofá de La Madriguera con un libro entre las manos mientras los niños se sentaban a su alrededor y escuchaban con atención su lectura y, de vez en cuando, se descubría pidiéndoles un beso o un abrazo. Pero. ¿Tener hijos propios? ¿Soportar a un montón de esas criaturitas durante todo el día? ¿Escuchar sus vocecitas chillonas exigiendo cosas? ¿Sus llantos? No. No era algo que atrajera especialmente a Percy. Y lo de las mujeres, pues tampoco le entusiasmaba especialmente.

No era un ermitaño, por supuesto. De vez en cuando tenía alguna aventura, pero nunca mantenía relaciones duraderas. Sabía que las mujeres eran exigentes y que era necesario emplear un montón de tiempo para satisfacerlas y eso era precisamente lo que echaba a Percy para atrás. No podía empezar a salir con nadie porque necesitaba utilizar todo el tiempo disponible en su trabajo. Para eso estaba ahí. El trabajo era su prioridad a corto y a largo plazo y no deseaba cambiar de momento.

Además, todavía era joven, así que las prisas de su madre estaban totalmente injustificadas. Si un mago podía llegar a vivir ciento cincuenta años, incluso algunos más si tenía suerte. ¿Por qué iba a querer casarse con solo treinta y dos? En su opinión, sus hermanos se habían dado demasiada prisa en formar sus familias. Podía comprender a Bill, que se casó en mitad de la guerra y realmente no tenía tiempo que perder, pero no a los demás. Como la pobre Ginny, que había dejado su prometedora carrera en el quidditch para tener a esa pesadilla andante que había resultado ser el pequeño James. Inconcebible, en su opinión. Precioso y perfecto, si le preguntabas a Molly Weasley.

En cualquier caso, Percy no podía perder tiempo pensando en minucias como aquella. Debía concentrarse en el ascenso. Si el señor Peterson finalmente se jubilaba, tenía que conseguir su puesto y para ello no debía tomarse ni un respiro. Eficiencia, concentración y entrega eran las tres claves para alcanzar el triunfo definitivo porque si fracasaba tendría que esperar años antes de volver aspirar a algo parecido.

Por ese motivo había acudido a la oficina a una hora tan temprana. Tan solo los funcionarios de guardia estaban en la sala de empleados, tomando café en cantidades industriales para mantenerse despiertos. Percy los saludó con educación y ellos lo miraron con sorpresa, seguramente porque aún no había amanecido siquiera y era raro que alguien se dejara caer por ahí tan pronto.

Percy no les dio ninguna explicación. Se encerró en su oficina y les echó un vistazo a sus archivos. Normalmente era Margaret, su secretaria, la encargada de esa tarea pero Percy no podía esperarla. Quería presentar un informe exhaustivo sobre el tráfico de alfombras voladoras en Oriente Medio antes del mediodía. Era un tema peliagudo porque la mayoría de sus superiores veían con gran desconfianza la utilización de las alfombras en la vida cotidiana, pero en opinión de Percy no estaban tan mal. Bill las había estado utilizando durante el tiempo que vivió en Egipto y hablaba maravillas sobre ellas y Percy había decidido poner toda la carne en el asador con ese proyecto. Sabía que era arriesgado y que un fracaso en ese sentido supondría casi con total certeza un no-ascenso, pero quería intentarlo. Para cumplir su sueño debía asumir ciertos riesgos.

Le alegró comprobar que Margaret era una mujer metódica. Había tardado mucho tiempo en encontrar una secretaria que se ajustara a sus exigencias, pero al final había dado con ella y era perfecta en todos los sentidos. Siempre llegaba puntual a su puesto de trabajo, era educada y amable, se le daba muy bien hacer papeleos y llevarle la agenda y preparaba un café delicioso. Percy estaba contento por tenerla a su lado y, si finalmente se hacía con el puesto de Jefe de Departamento, pensaba llevársela consigo. Margaret no era alguien prescindible.

Tal y como esperaba, encontró los pergaminos que necesitaba ordenados en su sitio. Los extrajo, les echó un primer vistazo y comenzó a poner en orden su mesa. Preparó pergamino, pluma y tintero y se puso a escribir con letra precisa y elaborada. Para cuando llegó su secretaria, prácticamente dos horas más tarde, Percy ya había hecho un cuarto del total del informe y consideraba que su ritmo estaba siendo bastante aceptable.

El café que Margaret le preparó revitalizó el cuerpo y la mente y, tras indicarle a la mujer que no iba a necesitar su ayuda hasta media mañana, siguió a lo suyo. Sin embargo, Percy fue interrumpido antes de lo previsto. Margaret asomó la cabeza por la rendija que había abierto y pidió permiso para entrar.

-El joven Hodges acaba de entregar el informe de bajas del día –Margaret dejó un trozo de pergamino sobre la mesa- La señorita Prewett ha comunicado que no vendrá a trabajar porque su padre está enfermo.

-Bien. Muchas gracias.

En cuanto Margaret cerró la puerta, Percy le echó un vistazo al informe. Le gustaba mantener bajo control a sus subordinados. De momento no podía vigilar todo el departamento, pero se aseguraba de que sus hombres realizaran correctamente su trabajo. Por eso se cercioraba de que no faltaban a sus puestos ni un día e incluso sancionaba a aquellos que se retrasaban con asiduidad. Al principio, su gente había estado un poco molesta por ello, pero con el tiempo se habían dado cuenta de que era lo mejor y ahora formaban un buen equipo.

Mafalda Prewett era parte de dicho equipo. Había estudiado en Hogwarts en el mismo curso que su hermana y había ido a Ravenclaw, aunque en ese tiempo Percy apenas conocía su existencia. Fue en el Ministerio cuando supo que existía y que, además, era hija del primo de su madre, ese que nació siendo un squib y era contable. En casa casi nunca habían hablado de él, aunque la tía Muriel sí que hacía algún comentario de vez en cuando. Despectivos, en su mayoría.

Percy se preguntó qué le habría pasado al señor Prewett. Realmente nunca había sentido la menor curiosidad sobre él, pero como Mafalda trabajaba para él creyó necesario mostrar un poco de interés. Al día siguiente, cuando la joven volviera al Ministerio, se interesaría por la salud de su padre y se olvidaría del asunto. Tampoco era necesario hacer nada más.

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Aquella mañana, Percy llegó a la oficina a su hora de entrada normal. Después de haber echado el resto durante el día anterior, creyó conveniente darse un día de respiro y lo empezó permitiéndose no madrugar tanto. Margaret había llegado incluso antes que él y lo recibió con una media sonrisa y una taza de café humeante que Percy aceptó gustoso. La mujer le informó sobre todos los inconvenientes surgidos durante el día anterior, ayudó Percy a organizar a los empleados e incluso lo animó respecto al ascenso.

Sus superiores habían recibido su trabajo con un poco de escepticismo, aunque Percy creía que su explicación verbal había conseguido impresionarlos bastante. El brujo se sentía satisfecho. Estaba seguro de haber dado lo mejor de sí mismo y ahora sólo podía esperar y confiar en sus posibilidades. Si no lo lograba, se cabrearía, deprimiría y aislaría del mundo, pero se le terminaría pasando. Necesitaría unas cuantas semanas, eso sí.

Percy pensaba dedicar la mañana a estudiar posibles candidatos para ocupar su puesto en caso de lograr el ascenso. Tenía que escribir cartas de recomendación y dar algunos consejos a sus chicos. Pensó en Mafalda Prewett, que siempre había demostrado una gran valía, y se preguntó cómo estaría su padre. Hodges aún tardaría un rato en prepararle su informe diario, así que por el momento ignoraba si la mujer había acudido a su puesto de trabajo.

A la hora señalada, Margaret le entregó la notificación de bajas y Percy le notó en la cara que algo no iba bien. Efectivamente, su suposición se vio confirmada cuando la mujer habló.

-Mafalda Prewett ha enviado una lechuza esta mañana –Dijo con seriedad, entregándole a Percy una pequeña carta- Su padre falleció anoche y solicita unos días libres para el duelo.

Percy parpadeó. Era la primera vez que se encontraba en una situación así, aunque sabía perfectamente cómo debía actuar. Le echó un vistazo a la nota de Mafalda y volvió a prestar atención a Margaret.

-Bien. Que Hodges tramite la documentación necesaria. Y hágale llegar a la señorita Prewett unas flores con nuestras condolencias.

-En seguida, señor Weasley.

-Muchas gracias, Margaret.

La secretaria inclinó la cabeza y se fue. A Percy siempre le había admirado su elegancia y vitalidad a pesar de estar entrada en años. Margaret tenía el pelo gris y unas cuantas arrugas en su rostro, pero siempre lucía impecable y caminaba con la espalda muy recta, manteniendo el equilibrio sobre sus eternos zapatos de tacones imposibles. En su juventud debió ser una mujer hermosa. Tenía tres hijos y una decena de nietos a los que Percy siempre enviaba un regalo a título personal por sus cumpleaños. Era lo menos que podía hacer.

En cuanto Margaret se fue, Percy retomó su trabajo pero sin dejar de darle vueltas al asunto del señor Prewett. Creía conveniente informar a su madre sobre el fallecimiento de su primo y por eso fue a La Madriguera en la hora de la comida.

A Molly le sorprendió verlo allí, pues Percy rara vez los visitaba entre semana. Solía enviar una lechuza los miércoles contándole a su madre alguna tontería, más que nada para dar señales de vida, y veía a su padre casi todos los días en el Ministerio, pero las visitas eran cosa de los domingos. Quizá por eso Molly lució un poco preocupada cuando lo vio aparecer. Percy la tranquilizó con un gesto y comenzó a dar buena cuenta de un trozo de pastel de carne que, como siempre, era exquisito.

Rose y Hugo, los hijos de Ron, estaban allí. Rose era una niña de dos años que tenía el pelo rojo como los Weasley y encrespado como los Granger, y Hugo era un bebé prácticamente recién nacido poseedor de una esplendorosa cabeza calva. Al parecer sus padres pasarían todo el día arreglando papeleo relacionado con la compra de su nueva casa y tendrían que ir al Ministerio y a Gringotts. Como ambos dormían plácidamente, Percy apenas les echó un vistazo antes de ponerse a comer.

-¿Papá no va a venir? –Preguntó Percy deteniéndose en su labor de devorar la obra de arte materna. Era de muy mala educación sentarse a la mesa sin que todos los comensales estuvieran presentes. Cuando su madre le dijo que Arthur Weasley había quedado con el mismísimo Ministro de Magia (Kingsley lo llamó ella, haciendo gala de una confianza que daba escalofríos) se sintió libre de seguir a lo suyo y clavó el tenedor sobre un trozo de pastel especialmente grande.

-¿A ti te pasa algo? Es un poco raro que hayas venido por aquí –Comentó su madre, sirviéndose un plato de comida.

-En realidad quería comentarte algo relacionado con Mafalda Prewett. ¿Recuerdas que te hablé de ella?

-¿La hija de mi primo Raymond?

-Exactamente. Ayer no fue a trabajar porque su padre se puso enfermo y esta mañana ha enviado una lechuza para decir que ha muerto. Pensé que querrías saberlo.

-¿En serio? –Molly pareció sorprendida y puso una cara un poco rara, aunque Percy no podría haber dicho que fuera de tristeza. Parecía más confundida que otra cosa- Es una lástima. Debía ser muy joven todavía. ¿Qué fue lo que le pasó?

-En la carta no contaba nada al respecto.

Molly reflexionó durante un instante. La verdad era que no había visto a su primo más que un par de veces en toda su vida, cuando era niña. Después de que se descubriera su condición de squib, su padre lo había apartado de la familia y lo había internado en un colegio muggle. El hombre había estado convencido de que lo mejor para su hijo era acostumbrarse a la vida no-mágica lo antes posible y Raymond Prewett no había vuelto a pisar el mundo de los magos desde que tenía once años. Al menos que Molly supiera, claro. Aún así, le dio un poco de pena saber que otro Prewett más había muerto. Ya no quedaban muchos en Inglaterra.

-Debería hablar con la tía Muriel. Estoy segura de que le interesará conocer la noticia –Dijo Molly al cabo de unos segundos, decidida a ir a visitar a la mujer esa misma tarde.

-No parece sentir un gran afecto por su sobrino. ¿Verdad? –Comentó Percy, recordando algunos de los comentarios que la mujer había llegado a hacer.

-La tía Muriel no parece sentir afecto por nadie –Dijo Molly con algo de malicia. Percy no pudo estar más de acuerdo con ella- Aún así, Raymond formaba parte de la familia y creo conveniente comunicarle la noticia.

Percy cabeceó y siguió comiendo. Permanecieron callados un par de minutos y Percy, que había estado pensando en el tema durante toda la mañana, volvió a hablar.

-Voy a ir al funeral, mamá –Molly lo miró con los ojos entornados- Conozco a Mafalda desde hace unos años. Trabaja para mí y lo adecuado es ir a mostrarle mi apoyo.

-Me parece bien, hijo –La mujer le dio un par de palmaditas en la mano- Iré contigo. Alguien de la familia debe despedir a Raymond como se merece.

-Bien. Me pondré en contacto con Mafalda para saber dónde y cuándo se celebrará el funeral y te mandaré una lechuza en cuanto sepa algo.

-Estaré esperando.

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La familia de Raymond Prewett había querido celebrar el entierro aquella misma tarde, pero unos problemas en el hospital donde había fallecido hicieron que todo se retrasara hasta el día siguiente. Percy debía reconocer que el cambio de fecha le venía muy bien, pues había tenido tiempo de sobra para organizar las cosas en la oficina y, además, su madre había podido avisar a la tía Muriel, que finalmente había decidido asistir al sepelio.

A decir verdad, Percy no recibió la noticia con mucho agrado. Tía Muriel siempre había demostrado cierta debilidad hacia él, lo cual se traducía en que no lo insultaba ni le ordenaba tantas cosas como a sus hermanos, y a Percy le resultaba tan complicado como al resto de Weasleys soportar su presencia. Era una mujer muy desagradable que no medía las palabras y que hacía gala de unos malos modos que podían incomodar a cualquiera.

Cuando Percy llegó a La Madriguera, seguro de que únicamente contaría con la compañía de su madre, apenas pudo disimular su desaliento cuando vio a la tía Muriel vestida de negro y con su gesto hosco de siempre. Sus hermanos solían bromear diciendo que cada día se parecía más a esa mujer y Percy quería creer que no era cierto. Porque, vamos, él era serio y responsable y no le hacían ninguna gracia las bromas (especialmente si él era su víctima), pero de ahí a ser igual que la tía Muriel iba mucho trecho.

-Muchacho desagradecido –La tía Muriel podría haberle saludado de una forma mucho peor. Percy se había colocado frente a ella y procuraba mantener el tipo- ¿Por qué no me dijiste que Raymond se ha muerto? Deberías haberme escrito en cuanto conociste la noticia.

¿Qué se suponía que debía contestar? ¿Que estaba seguro de que Raymond Prewett no le importaba lo más mínimo? ¿Que ni siquiera se había acordado de ella?

-Ya le dije que Percy me pidió que se lo comunicara yo porque debía volver inmediatamente al Ministerio, tía –Molly Weasley intervino, sonando razonablemente tranquilizadora. Percy se lo agradeció muchísimo.

-Esta juventud. Siempre con prisas, incapaces de hacer las cosas como Dios manda –Tía Muriel empezó a gruñir con bastante saña- ¿Dónde vamos a ir a parar? No me gustaría ver el día en que vosotros, panda de maleducados, gobernéis el mundo mágico. ¡Menudo desastre!

-¿Nos vamos? –Molly pudo hablar cuando la anciana hizo una pausa para coger aire- El funeral comienza dentro de una hora.

Tía Muriel siguió gruñendo y Percy y su madre intercambiaron una amarga mirada cómplice. Iba a ser una mañana muy difícil. Sólo podían esperar que esa mujer se comportara en presencia de la familia del difunto.

Los Prewett habían decidido velar a Raymond en la casa que poseían en uno de los barrios residencial de las afueras de Londres. La vivienda era enorme, de estructura moderna y absolutamente muggle y tenía un bonito jardín en la parte delantera. Percy no sabía muchas cosas sobre el primo de su madre, pero viendo el lugar dónde había vivido llegó a la conclusión de que ser contable era una profesión que proporcionaba grandes ingresos económicos.

Había mucha gente vestida de negro en las afueras de la casa. Charlaban entre sí e incluso había algunos que parecían sinceramente compungidos. Raymond Prewett debió ser un hombre con muchas amistades. Percy se sintió momentáneamente fuera de lugar, pero cuando la tía Muriel echó a andar con decisión hacia la residencia del fallecido, se obligó a seguirla para evitar que hiciera o dijera alguna tontería. Uno nunca sabía por dónde podían saltar las viejas brujas.

-Mira, Molly. Todo lleno de muggles. ¿Qué hubiera dicho mi pobre hermano de haber visto algo así?

Percy puso los ojos en blanco. A juzgar por el trato que el padre de Raymond le había dado a su hijo, no era fácil suponer que no le hubiera importado la presencia de tanta gente no-mágica. Después de todo, él mismo se había encargado de que llevara una vida normal entre los muggles. Una buena vida, por lo que podía ver.

Al fin llegaron a la casa. Habían instalado el féretro en el centro de un amplio salón. El ambiente era fresco y Percy distinguió a tres mujeres enlutadas sentadas en un sofá bajo la ventana. El cabello rojo de Mafalda era inconfundible y Percy quiso ir a darle el pésame, pero la tía Muriel ya estaba frente al ataúd y el brujo no estaba muy seguro de que su madre pudiera controlarla sin ayuda.

Raymond Prewett había sido un hombre atractivo. Aún tenía el pelo negro, aunque se vislumbraban algunas canas grises en las sienes y en la frente. Tenía una barba perfectamente recortada y una nariz muy parecida a la de su madre. Percy, que había visto los suficientes muertos como para no sentirse impresionado, se dijo que tenía un aspecto muy plácido. Recordó entonces la cara de Fred poco después de morir, luciendo aún la última sonrisa de su vida, y no logró contener un brusco estremecimiento.

-¡Uhm! –El gruñido de tía Muriel lo devolvió a la realidad- Siempre fue un niño de lo más vulgar. Veamos a esa hija suya. ¿Dijiste que es bruja, cierto Molly?

-Así es tía. Trabaja con Percy en el Ministerio.

-Bien. Al menos Raymond dejó algo bueno.

Percy estaba seguro de que para tía Muriel había supuesto un gran disgusto tener un sobrino squib. Después de todo era una mujer chapada a la antigua, toda una sangre limpia, y esas cosas debían disgustarla enormemente. Era posible que considerara a Raymond como una vergüenza para la familia Prewett. Percy sintió un ramalazo de culpa cuando se dio cuenta de que cada vez que en casa se hablaba del primo contable, todos parecían un poco avergonzados.

Tampoco pudo pensar en ello, pues tía Muriel había vuelto a actuar por su cuenta y ya iba directa hacia Mafalda Prewett. Era una joven alta y esbelta, bastante guapa y muy parecida a su padre, con mucho carácter y siempre dispuesta a hacer bien su trabajo. A Percy le chocó un poco verla tan abatida, con los ojos enrojecidos y abrazada a una chica muy joven, de pelo oscuro y cuerpo menudo que sollozaba en silencio. Junto a ellas, una mujer madura muy parecida a la jovencita luchaba por mantener el tipo, estrechaba la mano de los que se acercaban a ellas y mantenía breves conversaciones susurradas a media voz.

A Percy le pareció muy incorrecto que tía Muriel se acercara a ellas para interrumpir su duelo. Se las veía muy tristes y no quería que las molestara con sus groserías, pero milagrosamente nada de eso ocurrió. De hecho, la desagradable mujer se transformó en un ser amable que daba palmaditas en los hombros y ofrecía consuelo.

-Lo siento mucho, queridas –Estaba diciendo cuando Percy llegó junto a ellas. Sostenía las manos de la mujer madura, que se limitaba a mirarla sin ver realmente quién tenía frente a sí- Es una gran pérdida.

-Muchas gracias, señora.

-Soy Muriel Prewett. Raymond era mi sobrino, aunque no tuvimos ocasión de relacionarnos demasiado a menudo –Percy se dijo que la anciana estaba siendo muy políticamente correcta. Notó como Mafalda se envaraba, quizá un poco molesta con su presencia, mientras que la otra chica permanecía ajena a todo- Por fortuna, su hija Mafalda trabaja con Percy y nos hizo llegar la noticia.

Percy creyó conveniente adelantarse entonces, aunque se dirigió a la única de las tres que conocía. Estrechó la mano de Mafalda, que se alegró un poco de tenerlo allí y le presentó a las otras dos mujeres.

-Ella es Sophie, la esposa de mi padre –Percy saludó a la mujer- Y Audrey. Mi hermana.

La chica menuda lo miró entonces con sus enormes ojos negros repletos de lágrimas. Percy le estrechó las manos, le dio el pésame y dejó que su madre diera sus condolencias a las tres mujeres. Después, se hicieron a un lado para permitir que otras personas tuvieran oportunidad de expresar su pesar y se quedaron en un rincón.

-Que falta de compostura –Decía tía Muriel mirando a Mafalda y a su hermana- Llorar de esa manera en público no es digno de una dama.

-Su padre acaba de morir, tía –Su madre fue la que contestó. En cualquier otra circunstancia, Percy hubiera estado de acuerdo en que siempre era conveniente no expresar emociones frente a desconocidos, pero no concebía la idea de que alguien pudiera ocultar su dolor ante la muerte de un ser querido. Quizá antes de la muerte de Fred pensara diferente, pero ahora sólo podía sentir simpatía por las dos chicas- Es normal que se sientan abatidas.

-Tonterías. Lo que pasa es que ese Raymond debió consentir demasiado a sus dos hijas.

Su madre suspiró como si no tuviera sentido seguir discutiendo. Percy no podía estar más de acuerdo y, cuando la presencia de tía Muriel comenzó a molestarle de veras, apenas si pudo sentir un poco de lástima por su madre mientras abandonaba la sala y se ponía a curiosear por la casa.

No era un hombre muy dado a hacer cosas como esa, por supuesto, pero nadie parecía percatarse de su presencia y a él realmente le apetecía conocer más cosas sobre Raymond. ¿Habría podido adaptarse por completo a la vida muggle? ¿Habría echado de menos el mundo mágico? Percy dio una vuelta por la planta baja, descubriendo que la vivienda era bastante grande, y terminó saliendo a un pequeño jardín trasero que contaba con una piscina y una pequeña zona de recreo. Observó las bien cuidadas plantas que crecían por todos lados y se sobresaltó un poco cuando, al dar media vuelta, se encontró frente a frente con Mafalda.

-Su madre me dijo que le vio venir aquí –Comentó, dejándose caer en una silla de mimbre. Sacó un paquete de cigarros y encendió un pitillo.

-Tiene una casa muy bonita, señorita Prewett.

-Gracias. Desde que Sophie está al cargo, todo tiene mucho mejor aspecto.

Percy se sentó a su lado y rechazó el cigarrillo que Mafalda le ofreció. Aún le resultaba raro verla tan deprimida. Era como si la mujer de acero que conocía tan bien se hubiera deshecho.

-Lamento mucho la pérdida de su padre. Quise venir a decírselo personalmente.

Mafalda no dijo nada. Debía estar pensando en Raymond, en todo lo que había tenido que pasar a lo largo de su vida, y un halo de amargura cruzó su rostro.

-Me ha sorprendido la presencia de Muriel Prewett y de su madre. ¿Por qué están aquí?

Percy no supo qué decir. Suponía que su madre había ido porque una parte de sí misma lamentaba la muerte de aquel hombre, pero la tía Muriel seguramente lo había hecho para guardar las apariencias o, lo que era más probable, para cotillear.

-Mi padre solía decir que la tía Muriel nunca fue muy amable con él. No llevaba muy bien el hecho de que fuera un squib.

-Lamento si su presencia aquí os inoportuna, pero no pude evitar que viniera.

-Ya –Mafalda se encogió de hombros- Sólo espero que no moleste a Sophie o a Audrey. No se encuentran muy bien.

-Entiendo. Quizá sea buena idea que nos marchemos en cuanto pase la ceremonia.

-Se lo agradecería mucho, señor Weasley.

Percy sonrió, comprometiéndose a cumplir con su palabra en cuanto le fuera posible. Mafalda le dedicó un gesto de agradecimiento y volvió al interior de la vivienda. Realmente no estaba siendo un día fácil para ella.

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Percy, que nunca había tenido ocasión de asistir a un funeral muggle, lo encontró bastante parecido a uno mágico. Fue una ceremonia muy sencilla y todo el mundo habló maravillas del difunto. Los dos Weasley y tía Muriel se sentaron al final de la sala, silenciosos y respetuosos, y en cuanto todo terminó fueron a despedirse de las tres mujeres y abandonaron la casa de los Prewett sin perder el tiempo. Tía Muriel se pasó gruñendo todo el tiempo y tanto Percy como su madre dieron gracias al universo cuando pudieron librarse de ella. Después, charlaron un rato en La Madriguera y Percy decidió volver al trabajo.

Regresó a casa un poco tarde, considerando que el día había sido muy poco provechoso. Al día siguiente fue tan puntual como siempre y comenzó a ordenar tareas aquí y allá. Se permitió unos minutos para pensar en Mafalda, que no tenía que ir al Ministerio hasta una semana después, pero no tardó en volver al trabajo.

Margaret le había informado con todo detalle sobre todo lo ocurrido el día anterior y le había preguntado a Percy por su ascenso. Como aún no sabía nada, la mujer le deseó suerte nuevamente, le entregó el listado diario que preparaba Hodges y volvió a sus cosas.

La rutina era algo que encandilaba a Percy. Nunca le habían gustado los imprevistos ni la improvisación y por eso calculaba a conciencia cada paso que daba, tanto en lo personal como en lo laboral. Sentir que todo volvía a la normalidad después de la muerte de Raymond Prewett fue un alivio y no tardó ni una hora en acostumbrarse a ello.

Por eso, cuando a mediodía Margaret le entregó una carta que acababa de llegar, Percy se llevó un pequeño sobresalto. Por un momento pensó que se trataba de noticias sobre su ascenso, pero no tardó en descubrir que era un mensaje de Mafalda Prewett. Al parecer, el abogado de la familia les había comunicado que la lectura del testamento de su padre debía realizarse en breve y se reclamaba la presencia de Molly Weasley en la casa familiar para ese mismo sábado.

Percy no sabía de qué se trataba exactamente, pero algo en su interior le dijo que las cosas en su vida iban a cambiar mucho en un breve plazo de tiempo. Quiso luchar contra esa sensación, pero no lo logró y pasó el resto del día muy preocupado. Se moría de ganas de que llegara el sábado para enterarse de todo.

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Hace unas semanas prometí otro Audrey/Percy y, aunque no es exactamente el que tenía en mente, he tenido que escribir esta nueva historia después de que la inspiración me llegara repentinamente. Ya dije que mi muso está muy activo desde que me dieron las vacaciones, así que me tendréis que aguantar más de lo normal. Lo siento.

La idea es hacer una especie de comedia romántica, aunque este inicio no es la alegría de la huerta precisamente, pero era necesario. ¿Qué le vamos a hacer?

El segundo capítulo llegará pronto, así que espero que os haya gustado el inicio. Un saludo y hasta pronto.

Cris Snape